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El más fuerte de los tres no dejaba de ser el más mocoso, un chico de unos veinte años, alo mejor ni eso. Me agarraba por detrás, de los antebrazos, presionando para juntarlos en mi espalda. No me hacía daño, pero su fuerza era tal que cualquier intento de liberación era imposible.
Los otros dos estaban frente a mí, muy cerca, percibía claramente el hedor a bebida de su aliento que me llegaba a marear. En el suelo la botella de licor ya vacía. Reían, con la risa de la euforia etílica. |