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Pasaron exactamente treinta y siete exasperantes minutos desde que mi hermano se sentó delante de la tele hasta que sonó el timbre. Todo pasaba a velocidad de tortuga, como si el reloj se burlase de mí y el tiempo fuese hacia atrás. Pero por fin, a las once y treinta y tres exactamente, llamaron a la puerta.
Me excitaba y me asustaba pensar en quién iba a usarme...
Javi se puso en pie con tranquilidad y cogió mi correa. Tiró de ella y me hizo arrastrarme hacia el recibidor. |