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Al final del pasillo central había un espacio con una mesa y un teléfono. Raquel estaba sentada sobre la mesa, sonriente. Su blusa negra tenía varios botones desabrochados y tenía la falda arremangada sobre los muslos, mostrando las piernas. Estaba verdaderamente atractiva.
–Hola, guapo –me dijo, con su voz profunda– Las cinco y media, ¡qué puntual! |