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Esto lo escribí una noche después de escuchar la frase de labios de una mujer de ochenta y dos años, dicha con una enorme carga de amargura en voz y expresión. Estimo que no es la única mujer a la que se la han dicho; y, no es España el único país en el que frases tan duras como esa son vertidas en un alma sensible, que una vez escuchada no sabe que hacer con ella, y, así, se decanta como lo hacen un álcali o un ácido corroyendo lo que tocan, pero no matando; sólo dañando sin sentido alguno, la vida futura de ese ser, que ni pidió nacer ni tiene culpa alguna en parecerse físicamente o espiritualmente a alguno de sus progenitores. Lo escribí, porque apunta una posible solución y porque manifiesta una forma de violencia intra familiar que no debe subsistir. |