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Los hombres, como regla general, no somos malas personas, egoísta tal vez, posesivos, sí, ruines no. Nos gustan las mujeres como nada en el mundo. Las buscamos frenéticamente para compartir con ellas nuestras creencias, nuestras vidas, ilusiones y amarguras, los triunfos y los fracasos, el amor y los hijos. Pero se ha implantado, desde que la sociedad humana se creó al descrubirse el techo de la cueva, un virus letal entre nuestro sexo que parece imposible de erradicar. Tener el privilegio de poderlo arrancar de entre nosotros para aplastarlo con el pie como la carroña que es sería, para todos los hombre de bien, el sueño deseado. |