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Ella no se preguntó porqué estaba allí ni que quería aquel ser mitológico. Al sentir el calor que se transmitía de sus manos y lengua, presintió el desenlace y supo que no podría controlar su cuerpo ni su alma, que no había modo de evitar el entregarse, cosa que ahora lo deseaba tanto como su propia existencia. La llama de la pasión le explotaba en la entrepierna y los jugos de su sexo se volcaban sobre el césped que le servía de tálamo. |