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Dos días y tres noches estuvimos Elisa y yo encerrados en la habitación, solos, amándonos intensamente mañana, tarde y noche. Sólo salíamos a almorzar, a cenar y a bailar un poco, para desentumecernos y estirar las piernas porque, unas veces ella, otras yo o los dos a la vez, a la media hora nos reclamábamos. Elisa caló hondo, muy hondo en mi corazón y eso, pensaba con tristeza, era acumular desesperación en los momentos de tranquilidad. Sabíamos que la separación estaba próxima. |