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Hacía un tiempo que la idea me rondaba la cabeza y no sabía como llevarla a cabo. Abrí la puerta y allí estaba mi novia en el salón, una chica de 23 años, castaña, de piel suave, unos verdes ojos enormes y unos labios muy apetecibles. Su aniñado rostro se empeñaba en no abandonar nunca su etapa adolescente, y fue esa cara pícara la que me había conquistado años atrás. |