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Por los ruidos que hacía, Mábel se dio cuenta de que se estaba quitando las ropas antes de unirse nuevamente a ella. Cuando se tumbó en la cama el viejo y usado colchón lleno de bultos se hundió bajo el peso adicional. Carlos, sin prisas, subió poco a poco sobre ella y la escudriñó durante un largo y silencioso momento, con sus ojos brillando auténticamente en la oscuridad, y Mábel tembló con un inesperado escalofrío de nerviosismo virginal. |