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Y me arrodillé, me puse a cuatro patas y comencé a andar. Aunque si bien le iba a dar el gusto de hacer algo que odiaba, Él me iba a dar el gusto a mí de no sentirme tan humillada, ya que en todo el trayecto que hice desde que mis rodillas tocaron el suelo hasta que estuve a sus pies mis ojos no se apartaron de los suyos y mi mirada se esforzó a cada segundo en ser más retadora si cabe…
- No tienes remedio… |