Ahbí, aquel marroquí que me pasaba el hachís, se descubrió en el salón de mi propia casa como un auténtico cabrón. Jamás mi mente había soñado con algo tan sucio.
En ocasiones el destino nos pasa malas jugadas. O buenas, todo depende de cómo se mire. Esa noche no supe ver la diferencia, hasta que ellas me la explicaron en la práctica, y no me arrepentí de ser su puta.