Amigos, ésta es mi historia, y tan real como la excitación
que he vuelto a sentir mientras la escribía. Espero que disfrutéis al leerla
tanto como yo lo he hecho al escribirla:
La que entonces era mi mujer, María Teresa, y yo vivíamos a
principios de los ochenta en un pueblo próximo a la costa catalana. Ella aún no
había cumplido los treinta, medía poco más 1.60 cm., pelo rubio o rojizo, según
la inspiración de la peluquera, 105 de pecho y un culo fantástico: redondo,
abultado y firme. Éramos jóvenes y a ambos nos gustaba cuidar nuestro físico en
interminables sesiones en el gimnasio.
Nuestra vida sexual, aunque convencional, siempre había sido
satisfactoria. Hasta el día en que tuvo lugar la historia que os voy a relatar,
nuestras fantasías nunca habían pasado de ser un juego más. En numeras
ocasiones, tumbados en la cama, después de hacer el amor, nos masturbábamos
mutuamente imaginando diferentes situaciones en las que, en ocasiones,
intervenían otras personas.
Desde el verano anterior habíamos empezado a frecuentar
playas nudistas, porque a los dos nos gustaba la sensación de libertad que
proporciona estar desnudos al aire libre y a ambos, aunque sobre todo a ella,
nos excitaba mirar y que nos mirasen, especialmente cuando estábamos disfrutando
del sexo. Ella gozaba exhibiéndose, había recato y un punto de picardía en todos
sus movimientos que hacía que todos los ojos la siguiesen cuando andaba por la
calle con su andar ingenuo y malicioso, insinuante y huidizo.
Un sábado de finales de mayo, cuando ya hacía bastante calor,
decidimos dejar a nuestra niña con mis suegros, preparar unos sándwiches, una
nevera portátil con algunas cervezas heladas, comprar un periódico e ir a alguna
cala donde estuviéramos prácticamente solos para poder desnudarnos y
acariciarnos, con la esperanza que alguien nos viera, para después, en casa,
hacer el amor y masturbarnos recordando la situación.
Después de atravesar la cadena costera, llegamos a una playa
cerca de Sant Pol que tiene un acceso penoso, empinado, protegido por espesos
pinos y matorrales que ocultan la vista de la playa desde la carretera. Al
llegar abajo vimos algunas parejas dispersas, muy distantes entre sí, desnudas y
todas ellas muy tranquilas. Nosotros seguimos caminando hasta el final de la
playa, saltamos unas rocas y encontramos una pequeña cala, aún más cerrada,
protegida por un roquedal en la que no había absolutamente nadie, solo el sol de
mediodía brillando en el cielo despejado y un mar tranquilo de un intenso color
azul. Decidimos quedarnos allí. Tendimos nuestras toallas en la misma orilla, de
tal forma que cuando llegaba una ola algo más potente que las demás nos
refrescaba los pies.
Yo me desnudé inmediatamente y me lancé de cabeza al agua, ya
que después de la excursión con la bolsa de playa y la nevera a cuestas tenía un
calor insufrible. El agua estaba helada, pero era lo que yo deseaba en aquel
momento, nadé un poco hacia el fondo, me volví para llamar a María Teresa y pude
admirar como se quitaba la ropa lentamente: camiseta, pantalón corto y bikini,
dejando al aire sus impresionantes pechos y su pubis adorable. Se acercó a la
orilla con paso decidido, se puso de rodillas, se abrió de piernas, tomó un poco
de agua con sus manos y empezó a masajearse sensualmente los pechos buscando con
la mirada a alguien que la pudiera estar viendo.
Me sentí orgulloso de mi mujer, cualquiera que la viese la
desearía. Yo flotaba en el agua, dejándome balancear por las olas, manoseando el
pene rígido por la soberbia visión de mi mujer acariciándose eróticamente el
cuerpo. Sus manos mecían lánguidamente las esferas inmensas de sus senos, sus
dedos retozaban voluptuosamente con los pezones duros y en la distancia podía
adivinar como su cuerpo temblaba de ansiedad ante la perspectiva de que alguien
la estuviera viendo.
Volví a nado hasta donde estaba ella. Cuando me vio salir del
agua, con el miembro empalmado, amoratado por el frío y temblando, me acercó una
toalla y me envolvió, sonrió, se metió conmigo bajo la toalla y me abrazó. Su
cuerpo parecía arder sobre mi piel helada. Sus pezones se clavaban cruelmente
contra mi abdomen. Empezó a besarme, sentía su lengua cálida recogiendo las
gotas de agua de mar que se deslizaban por mi pecho y sus manos deslizándose,
primero sobre mis nalgas, luego sobre mi cintura para, finalmente, atrapar mi
polla contra su vientre. Ella levantó la cabeza y nos besamos, después acercó su
boca a mi oído y susurró: "¿te ha gustado lo que has visto?", mientras sus manos
subían y bajaban sobre mi mástil congelado. Le respondí que sí y ella dijo:
"entonces, demuéstralo, dame ahora y aquí lo que llevas ahí dentro" Era una
situación algo incómoda, estábamos de pie, en medio de una cala vacía, abrazados
y envueltos por la toalla, pero cualquiera que apareciese podría vernos. Sin
embargo, sabía que eso era lo que María Teresa estaba buscando.
Ella levantó una pierna, la pasó por detrás de mi cintura y
pude sentir sobre mi pene el tacto untuoso y tórrido de su sexo abierto. Aquella
era una de sus posturas favoritas, la sujeté con fuerza por las nalgas. Se cogió
de mi cuello y se empaló lentamente sobre mi nabo. Sentí su humedad interior
abrazando la fría rigidez de mi miembro. Cerró los ojos y apoyó la cabeza contra
mi pecho. Su cintura comenzó una danza erótica, contoneándose con lascivia,
agarrándose a mí. Yo solo podía estar quieto, con los pies clavados en la arena
húmeda ser la columna en la que ella se apoyaba. María Teresa era la directora,
haciendo cabriolear su cintura en un pausado vaivén, con la finura y la gracia
de unas alegrías, con movimientos breves, ondulados y rítmicos, que se rizaban y
desrizaban en el aire con el garbo de una revolera.
Su balanceo, al cabo de un rato, cambio de cadencia, se
transformó en un batir rítmico. Su respiración entrecortada iba acompañada de
gemidos prácticamente inaudibles. Su cabello se sacudía al compás, centelleando
bajo el sol de la mañana. Su cara estaba congestionada, las mejillas de un
escarlata encendido, la frente perlada de sudor, los ojos cerrados con nervio,
la boca entreabierta dejaba ver la punta de la lengua atrapada entre los
dientes. Era una imagen que no por conocida dejaba de enternecerme. De vez en
cuando, yo levantaba la vista con intranquilidad, por si había alguien que se
hubiese decidido a llegar hasta aquella cala escondida. María Teresa no se
preocupaba de ello, concentrada en su baile, sus caderas habían cobrado vida y
volaban, danzando en el aire, sujeta apenas por mis manos que patinaban
intentando aprehender los globos pulidos de sus nalgas bañadas de sudor. El
batir de su sexo contra el mío, de su vientre contra el mío, producía un
chapoteo sonoro, un palmoteo sensual y vivo, un compás de bulerías. Con este
ritmo aflamencado percibía mi inmersión en el interior líquido de su cuerpo,
convulsionado por tenues espasmos y estremecimientos de placer. Hasta que,
finalmente, venciéndose contra mi cuerpo, se hundió mi estilete hasta la
empuñadura, y con un largo y hondo quejido dejó caer su cabeza hacia atrás. Las
venas de cuello y sienes, completamente hinchadas, parecían a punto de estallar.
Lanzó una serie de sollozos irregulares, al tiempo que su vagina se crispaba en
una larga cadencia de contracciones.
Yo no podía más, tenía calambres en los brazos de aguantarla
en aquella posición y me dolían los riñones de mantener el equilibrio de los dos
cuerpos. Ella permaneció quieta unos segundos y después me preguntó: "¿y tú? ...
¿quieres que me baje?". No hizo falta ninguna respuesta, me miró a la cara y se
puso a reír. Levantó en el aire la pierna que tenía cruzada por detrás de mi
cintura y poniéndose de puntillas, se desclavó de mi miembro. Luego me tomó de
la mano y me condujo nuevamente al agua. Sentir mi cuerpo flotando otra vez y el
frescor después del ejercicio fueron un alivio. María Teresa se abrazó
nuevamente a mí y, mientras sus senos formidables flotaban delante de mi cara,
tomó mi miembro con su mano y me masturbó con delicadeza.
A lo largo del resto de la mañana estuvimos totalmente solos,
solo muy de vez en cuando, saltando las rocas, cruzaban la cala algunas personas
desnudas buscando un lugar aún más apartado. No había ninguna nube en el cielo y
protegidos del viento por las rocas, el sol calentaba de lo lindo. Para apagar
la sed íbamos bebiendo alguna de las cervezas frescas de la nevera. A medio día
comimos los sándwiches que habíamos traído y nos fumamos un par de cigarros algo
"cargados".
De vez en cuando mi esposa me pedía que esparciera crema de
protección solar sobre sus deliciosos pechos, abdomen y piernas, lo que yo
aprovechaba para tocarla y acariciarla, dejando pasar mi dedo por su rajita cuyo
interior notaba cada vez más empapado, y no precisamente de agua de mar.
A media tarde, cuando el sol ya había empezado a descender en
el horizonte, brincando desde las mismas rocas por las que habíamos llegado
nosotros, apreció una escultural "chica" de color totalmente desnuda con una
enorme bolsa de playa colgada del hombro. Y he escrito "chica" entre comillas,
porque tenía un de los miembros más impresionantes en reposo que nunca hubiera
visto. Mientras ella caminaba, buscando un lugar donde colocarse, su pene, en
cuyo extremos brillaba un "piercing" metálico, colgaba balanceándose como la
trompa de un elefante. Percibí como mi esposa se quedaba embobada contemplando
aquella manga, monumental y larga como ella siempre había soñado. Observé como
los pezones de María Teresa se erguían erectos y de forma inconsciente abría un
poco las piernas mostrando su flor a la recién llegada.
La "mujer" se quitó las gafas de sol, nos miró, nos saludó
con una sonrisa y colocó su toalla un par de metros por encima de nuestra
posición, tumbándose boca arriba para tomar el sol. Esto hizo que mi esposa se
diera la vuelta hacia arriba para poder seguir observando a esta "mulata" con
apariencia de brasileña.
Yo seguía a su lado, tomando el sol, disimulando, pero mi
pene empezó a engordar por la excitación del momento. Ni corta ni perezosa María
Teresa me besó, metiéndome la lengua hasta la garganta, sentí el frescor de sus
labios y un sabor a cerveza que me estimulaba profundamente. Metí la mano debajo
de mi mujer alcanzando directamente el clítoris como mi dedo índice para lo cual
ella tuvo que levantar ligeramente el cuerpo. Empecé a acariciarlo ligeramente
notando como de su conejito manaba un flujo delicioso, a la vez ella no dejaba
de mirar al transexual y de besarme.
Al mismo tiempo que la acariciaba, ella me contaba al oído
con voz quebrada que nuestra vecina se parecía medio empalmada y que no paraba
de mirarnos mientras jugueteaba con "piercing" en el extremo de su pene. Esta
escena, que se prolongó unos breves minutos, terminó con un orgasmo de mi
esposa, que no pudo evitar lanzar un pequeño quejido. Después me ordenó que la
acompañase al agua, y yo lo hice encantado, ya que no era para menos después del
recalentón.
Cuando volvimos a la arena, nos tumbamos en nuestras toallas
y continuamos tomando el sol. La "chica" se acercó para pedirnos fuego y
ofrecernos un cigarro, que aceptamos y por nuestra parte le ofrecimos compartir
una de nuestras cervezas. Se situó justo al lado de mi esposa, que se acercó más
a mí para dejarle sitio en la toalla, quedando de esta forma María Teresa entre
los dos. Comenzamos a charlar y a beber y nuestra vecina nos comentó que,
efectivamente, era brasileña, se llamaba Marcela y trabajaba en una conocida
sala de fiestas de Barcelona, también nos ofreció compartir unos porros entre
los tres. No pudimos negarnos, una vez habíamos terminado los nuestros, además a
mi esposa fumarlos siempre le ha excitado. Marcela hablaba perfectamente
castellano, llevaba años en Cataluña, e incluso en ocasiones apuntaba alguna
broma en catalán. No sé si por efecto de los canutos, de las cervezas o de la
paz que se respiraba en aquella playa, nos sentíamos absolutamente relajados.
Tras un rato de charla, María Teresa se tumbó entre los dos
con sus pezones, duros como balas apuntando al cielo y empezó a untarse la crema
de cera de abejas que prepara la madre de un conocido. Nuestra nueva amiga se
ofreció a ayudarle, cosa que a mí me excitó y consentí encantado. Pude ver la
cara de placer de mi esposa cada vez que la otra "chica" pasaba su mano por el
ombligo y poco a poco subía hasta los pezones. Mi mujer disimuladamente comenzó
a rozar aquel pene oscuro que la estaba obsesionando y éste, agradecido, no
tardó en crecer y engordar. Ninguno de nosotros dos había visto nunca una
maravilla igual: un enorme obús color azabache, palpitando bajo el sol.
Me incliné sobre María Teresa y empecé a lamer un pecho.
Marcela se inclinó sobre el otro e hizo lo mismo. Mi esposa no pudo mas abrió
completamente sus piernas, tomó nuestras pollas con las manos aún embadurnadas
de crema solar y empezó a agitarlas al unísono, dejando resbalar sus dedos sobre
los dos mástiles enhiestos, subiendo y bajando sus manos, agarrándose a los dos
mangos como si temiese caerse.
Marcela y yo, al tiempo que le chupábamos ambos pechos,
cruzábamos las manos sobre su concha. Advertí como nuestra amiga introducía uno
de sus largos dedos y me esposa se doblaba de placer. Marcela, sin dudarlo, se
arrodilló entre las piernas de María Teresa, tomándola por los tobillos, las
levantó y las separó, y, a continuación, enterró con lentitud su enorme tranca
dentro de la vagina de María Teresa. Yo estaba increíblemente excitado, también
me arrodillé y puse mi polla en la boca de mi mujer. Situados el uno frente al
otro, miré a Marcela a los ojos, ella acercó sus labios a los míos y nos besamos
apasionadamente, cerrando un triángulo glorioso.
La situación era muy morbosa: mi esposa por primera vez era
follada por dos "tíos". Yo escuchaba como los formidables testículos de Marcela
batían sonoramente contra sus nalgas empapadas de sudor y flujo, y podía ver
como cada vez que se retiraba, el ciclópeo miembro oscuro emergía
resplandeciente, barnizado por la marea de líquido femenino, arrastrando en su
retirada los labios vaginales rojos de excitación. Su golpear vibraba agotador,
frenético y encendido. Gruesas gotas de sudor corrían por la frente de Marcela,
resbalaban por sus pechos y caían sobre el cuerpo de mi mujer donde se juntaban
con las que caían de mi pecho y con la transpiración de ella.
Con mi pene enterrado en la boca de María Teresa, sentía en
mi piel como ella no cesaba de gemir y resoplar de placer. Mientras tanto, con
mi boca fundida con la de Marcela, percibía en el ritmo entrecortado de su
aliento cálido que se estaba aproximando el clímax. Finalmente, mi mujer sacó mi
polla de su boca para besar furiosamente los labios gruesos, oscuros y sensuales
de la otra "chica", un tipo de beso que yo sabía que significaba que estaba
teniendo un orgasmo. Marcela sin poder contenerse, se corrió dentro del coño de
mi mujer liberando un géiser de esperma.
Rápidamente me incorporé par contemplar la situación con una
mejor perspectiva: el cuerpo oscuro de la mulata resplandecía, perlado de sudor,
refulgiendo con el brillo anaranjado del sol del atardecer, las piernas de mi
esposa asomaban, muy abiertas bajo aquel cuerpo y su cara, como de niña dormida,
irradiaba una sensación de beatitud y paz infinitas. Cuando nuestra amiga se
retiró, María Teresa se dio la vuelta, quedando boca abajo. Yo no pude
resistirlo, tomé sus caderas, le hice ponerse de rodillas y le hundí mi polla
hasta el fondo. Nunca había sentido nada igual: su conchita chorreaba con semen
de otro "hombre". Esta nueva sensación me excitó sobremanera. Sentí como mi
miembro ardía y se endurecía aún más. Bombeé furiosamente una y otra vez,
percibiendo a cada embestida como, al tiempo que mis caderas se estrellaban
contra sus nalgas, mi vello púbico se empapaba de la leche de la brasileña que
rezumaba del interior de María Teresa.
Marcela, pasando una pierna sobre el cuerpo de mi esposa, se
situó de pie frente a mí. Su manguera descomunal, bañada por el flujo de María
Teresa quedó delante de mi cara. No lo dudé ni un instante, la tomé con una mano
y le puse en la boca. La mezcla de aromas que me invadió era irresistible. Se
mezclaba el conocido y familiar flujo de mi mujer con el perfume masculino del
sexo de la mulata. Era una combinación tan excitante que me hizo perder el mundo
de vista, hasta el punto que después de varias envestidas me corrí en las
convulsiones orgásmicas que sacudían nuevamente la vagina de María Teresa.
Después de bañarnos en el mar, nos despedimos de Marcela y
fuimos a recoger a nuestra hijita a casa de mis suegros sin comentar lo
sucedido, pero, aquella noche, después de bañar y acostar la niña, María Teresa
y yo volvimos ha hacer el amor de una manera sobreexcitada, tras lo cual, nos
prometimos que un día iríamos a ver el espectáculo de Marcela.
¿Qué os ha parecido la historia? Si tenéis algún comentario,
no dudéis en escribirme. ¡Ah! Y un beso muy húmedo para todos vosotros, sí, sí,
justo allí...