Él la había recogido, tal y como acostumbraban, frente a la
tapia del cementerio de Les Corts. Durante media hora había estado esperando que
Madame Marcela acabase un servicio, sentado en el coche, con el motor apagado,
escuchando, como solía, música de ópera. Había podido admirar como el sol se
ponía tras los edificios de la universidad tiñendo el cielo de tonos rosados,
más tarde carmesí para acabar muriendo en un profundo azul ultramar.
Mientras la conducía a su casa, se deleitaba contemplando al
travestí. Bajo el abrigo de polipiel, el musculado cuerpo oscuro de la mulata
aparecía cubierto solo por unos shorts de vinilo rojo, unas medias oscuras y
unas botas altas de plataforma, fabricadas en charol rojo, que le llegaban a
medio muslo y acababan en unos tacones aguzados como saetas. Las morenas piernas
de defensa central se exhibían hercúleas asomando entre los shorts y la parte
superior de las botas. Sus sólidos pechos apuntaban enhiestos y afilados por
debajo del gabán abierto.
En el trayecto a través de las calles de la ciudad en
dirección a la parte alta, ella recompuso su maquillaje y su peluca mirándose en
el espejo de respeto. Antes de que él se diese cuenta, absorto en su observación
del fornido cuerpo de su Ama, ya estaban próximos a su casa y, sin darle tiempo
a reaccionar, ella le colocó la mano en una pierna, y subiéndola pausadamente
alcanzó el bulto que crecía en su entrepierna, lo acarició con los dedos. Sin
dejar de sonreír, le dijo:
- "Cuando lleguemos a tu casa, me apetece descansar en tu
sofá y relajarme. Tú te meterás en la alcoba, y te vestirás como a mí me gusta,
y una vez vestida, me servirás un café... y todo lo que a mí me apetezca ¿Estás
de acuerdo?"
A él se le aceleró el corazón de golpe, y a la vez notaba
como su miembro crecía entres los dedos de su Ama. Se avergonzó por un momento
de que su Ama se diera cuenta lo que le habían excitado estas palabras.
Santos no lo podía controlar, pero le costaba aceptar de
golpe ese cambio, por mucho que eso le estaba excitando. Quería dejarse llevar
por esa excitación, y lo estaba consiguiendo a medida que su pene iba
reaccionando a los hábiles dedos de su Ama. Se hubiera podido correr en ese
momento, pero su Ama le conocía muy bien, y por eso aumentaba y disminuía el
ritmo de su mano, llevándole al limite del orgasmo, pero frenando cuando veía
que su sumiso perdía el control. Lo notaba por como él gemía y abría las piernas
ofreciéndole el miembro.
- "Esta noche vas a ser muy puta para mí, me vas a servir
como una criada, y mientras cene te vas a masturbar como yo te diga, y
mantendrás mi polla dura durante toda la cena" – le dijo Madame Marcela.
Ya no sonreía al decir esas palabras. Sus caricias se habían
vuelto más duras, manoseando su polla descubierta a placer, estrujando el
miembro entre los dedos hasta hacerle gemir de dolor, pellizcándoselo y
estirando hasta oír sus sollozos de placer. El Ama sabía que él estaba incómodo
manejando el coche en esa situación y deseaba llegar a su casa.
Una vez hubo estacionado y apagado el motor, salió del coche,
dio la vuelta y le abrió la puerta a su Dómina. Ella tomó su mano y descendió
procurando pisarle con el estilete que era el tacón de su bota. Su mueca de
dolor pareció complacerla, decidió jugar a masturbarlo un poco más en el garaje,
sin levantar el tacón de su pie. Se incorporó y asiéndolo con una mano por el
cabello, siguió restregando su pene, ordenándole que abriera la bragueta. Él ya
no conocía dónde se encontraba, la excitación hacía que no pudiera pensar en la
situación. Bajó la cremallera de la bragueta y dejó brotar su miembro, rígido y
ardiente. Solo deseaba que su Dominatrix le permitiera correrse, ya no aguantaba
más, solo sentía la mano de su Ama frotando su polla, su otra mano estirándole
del pelo, haciendo que su cabeza ladeara hacía donde Madame Marcela quisiera.
De repente notó como ella dejaba de acariciarle y mirándole a
la cara le dio una bofetada de esas que a él le descolocaban, y a la vez le
hacían sentirse más sumiso, por completo en sus manos.
- "Vamos arriba"
Apartándose a un lado, Santos la dejó salir del coche.
Marcela se situó tras él para verle caminar por detrás, pellizcándole las nalgas
a medida que iban subiendo las escaleras. El elegante traje de lana fría no era
una defensa ante los rabiosos dedos de la transexual.
- "Maricón, párate y agáchate un momento".
Él obedeció sin pensarlo, allí, en mitad de las escaleras se
agachó apoyando las manos en un escalón superior. El pene colgaba ridículamente
a través de la bragueta que no se había acordado de cerrar. Fue consciente de
que la chaqueta abierta y la corbata de seda italiana rozaban el suelo
grasiento, pero en esa posición le ofrecía los glúteos a su Ama por primera vez
aquella velada. Ésta se puso a su lado, una de sus manazas de estibador le
estrujó una nalga, mientras con la mano libre le azotaba violentamente la otra
nalga. Santos apretó los dientes y empezó a revolver el culo porque le estaba
abofeteando siempre en el mismo sitio, y cada vez le escocía más, pero Madame
Marcela se animó con ese movimiento, y siguió disciplinándole en la misma zona,
sabiendo que le dolía, y que eso haría que continuará culeando
- "Así es maricona, mueve el culo como la puta que eres"
y siguió dándole hasta que se convenció de que ya lo debía tener bien encarnado.
- "No te muevas, que ahora me vas a chupar la polla un
poco. Me la has puesto muy dura, y ya sabes como me gusta que me la chupen, como
una puta desesperada por complacer a su Ama".
Sin dejar que él se moviera, apartó a un lado los shorts de
vinilo, descubriendo una gruesa manga azabache y se la puso delante de la cara.
El olor dulzón del miembro masculino liberado de su encierro inundó sus
sentidos.
- "Y ahora abre esa boca de zorra y empieza a mamármela".
Él no deseaba otra cosa, y empezó lamiendo con glotonería el
cañón de chocolate que se le ofrecía. Recorrió el tronco con la lengua, desde la
base velluda hasta el prepucio, empapándolo de saliva, atravesando el balano en
toda sus longitud y golpeando finalmente el glande, solo para volver a
recorrerlo de regreso, lamiéndolo con lujuria, anhelando sumergírselo en la
boca, jadeando y relamiéndose como una perra, calentándose cada vez más. Hasta
que, finalmente, su Ama le asió ferozmente por el pelo, y le hundió el inicio
del ciclópeo miembro viril dentro de la boca, colmándola, follándole por aquella
entrada con los movimientos obscenos de su cadera
- "Muy bien bujarrón, ahora vamos a entrar en tu casa... y
ya sabes lo que quiero"
Sacándole de improvios el pene de la boca, se dio media
vuelta subiendo los últimos escalones que quedaban para llegar a casa.
Él, por unos instantes, había olvidado donde estaban y al
hacerlo, se puso en pie de un salto y la siguió, apresurándose por entrar
dentro, a resguardo de la vista de cualquier vecino que hubiera podido
sorprenderles.
Una vez dentro, Madame Marcela se dirigió al sofá con paso
firme y decidido y se sentó para descansar de los esfuerzos de su jornada
laboral. Se dirigió a su esclavo y le espetó:
- "Enciende la tele y vete al cuarto, perra viciosa. Ya
sabes como quiero verte salir".
A solas dentro de la alcoba, él tuvo que hacer un esfuerzo
para bajar de las nubes que la excitación que el trato humillante de su Dueña le
había producido. Tenía prisa por volver con ella, no obstante, antes debía
pensar cómo iba a vestirse. Rápidamente se quitó el traje manchado por la
suciedad del garaje, la camisa y la corbata, y se desnudó. Al verse el pene y
darse cuenta de lo excitado que estaba, decidió pegarse una ducha rápida. Una
vez que se hubo secado, abrió el cajón donde guardaba su ropa interior
"especial". "Quiere verme como una ramera", pensó, y, decidido, cogió unas
medias de viuda y se las puso.
Dudaba si ponerse el vestido y el delantal que se había hecho
hacer para su Dueña, pero se acordó de unas cosas que se compró y que su Ama
todavía no había visto. Eran, por un lado un cinturón corsé negro de varillas, y
por otro un body tanga sin cremallera con hombros descubiertos, y tirante atado
al cuello, de lycra semitransparente, que por delante era muy subido de pierna,
le marcaba mucho el paquete. Él se lo subió aún un poco más, haciendo que la
tela apenas cubriera su miembro erecto. La parte superior le oprimía el pecho,
enredándose con su vello masculino. Se dio la vuelta y en el espejo se miró por
detrás, el body era tanga, y la forma en que se abrochaba por arriba dibujaba un
circulo en su espalda.
Le gustaba el tacto de la lycra, y pensaba en su Ama cuando
se lo viera. Esperaba que le gustara, se lo había comprado en un impulso, y se
lo había probado varias veces pensando en una sesión de sometimiento servil a
Madame Marcela
Se puso los zapatos de plataforma, y se metió en el cuarto de
baño. Se cepillo el pelo cano y se lo peinó con brillantina, dejándolo pegado y
brillante. Luego se maquilló, se sombreó los ojos, se puso rimel y se pintó los
labios de un tostado intenso. Finalmente, ciñó un collar de esclavo de cuero con
remaches alrededor de su cuello. Ya estaba preparado, se perfumó y se dispuso a
salir del cuarto.
Pero ahora que ya no estaba tan excitado, le entró la
inseguridad, el miedo a no poder comportarse tal como Madame Marcela quería.
Pensaba en su Dómina tumbada en el sofá de piel, y le hubiera gustado dirigirse
a ella directamente, arrodillarse delante y quedarse muy cerca. Acurrucarse
junto al cuerpo cálido y vigoroso de la mulata, dejar que le dominase y que le
poseyera como si fuese una mujer. Estando tan cerca de su Ama alquilada, se
sentía muy seguro.
Pero aquellas sesiones eran muy caras y no debía ser así, se
había vestido de forma provocativa con otros fines, y ya sabía lo que esperaba
la Dominátrix de ella. Entonces cambió el chip, y decidido salió del cuarto con
la cabeza alta, dispuesto a complacer los caprichos de su Dueña.
Se presentó ante Madame Marcela, quedándose a una cierta
distancia, esperando la aprobación de su Ama y sus instrucciones. Le extrañó ver
una silla colocada frente al travestí, a escasa distancia. Inmóvil y sin saber
que hacer con sus manos, le miraba atento, sonriendo por los nervios, alerta a
cualquier gesto de la Dómina.
- "Muy bien esclava maricona, me gusta, a ver, date la
vuelta, quiero verte por detrás".
Se dio la vuelta, tranquilizado porque Madame Marcela no
continuaba observando cada uno de sus gestos.
- "Ahora, como una buena puta maricona, vas a desvestir a
tu Ama, despacio, besando cada parte de mi cuerpo que desnudes".
Madame Marcela encendió un cigarro, mientras su sumiso se
arrodillaba servil a sus pies. Despacio, como le había ordenado su Ama, empezó
por quitarle las botas de charol rojo y luego las medias, descubriendo las
musculosas piernas del travestí. Las besó hasta que llegó a sus pies, tomó uno y
luego otro, su lengua, primero se dirigió hacia el talón y luego hacia el
extremo de cada uno de los dedos, repasándolos, limpiando su sudor,
saboreándolos. Fue consciente del olor ofensivo que despedían después de haber
estado toda la tarde encerrados en aquel calzado sin transpiración.
A continuación se colocó de tal forma que pudiera quitarle
los shorts de vinilo con facilidad, bajándolos con lentitud, tratando de
adivinar si había conseguido excitar a su Ama, miró disimuladamente su
entrepierna y notó fácilmente su entusiasmo. Los pantalones cortos de vinilo se
abultaban indecorosamente, dilatados por la presión de la columna de carne en
erección. Eso le alegró mucho, al mismo tiempo que le excitó.
El Ama travestida hizo un movimiento para que a él le fuera
más fácil deslizarle los shorts, y a medida que iban bajando por sus muslos, fue
besando otra vez las piernas, hasta llegar a sus pies y quitárselos del todo.
Debajo de los shorts de vinilo apareció un tanga minúsculo de algodón. Cuando el
esclavo se disponía a quitarlo, el transexual le interrumpió:
- "Todavía no, puta maricona, levántate, quiero ver como
te acaricias y te mueves para mí"
Desilusionado, porque lo que deseaba era besar una vez más la
enorme morcilla de sangre que le quedaba por desnudar, se levantó, y bajo la
atenta mirada de su Ama empezó a contonear las caderas. Mientras acariciaba las
piernas, subiendo las manos por la cintura hasta llegar a su paquete, se
acariciaba el cuerpo a través de la transparencia de lycra, notando como esta se
calentaba.
- "Date la vuelta, quiero ver como mueves ese culo que me voy
a follar después"
Apoyándose con una mano en la silla, con la otra se
acariciaba los glúteos, doblando las rodillas, oscilaba el culo de un lado a
otro. Sentía un picor de excitación en el ano, que se abría receptivo con
voluntada propia, ansiaba que su dueña le empalase mientras él se acariciaba el
miembro. Se estaba excitando mucho, y apoyando un lado de la cara en la silla,
liberó su otra mano para concederse el placer de mimarse la polla que,
agradecida, empezó a crecer apuntando al suelo.
Si hubiera seguido así no habría tardado en correrse, pero de
pronto fue consciente de la presencia de su Ama detrás, con su pene pegado a su
culo, agarrándola de las caderas, y frotándose contra él. Tuvo que apoyarse con
las dos manos en la silla, mientras disfrutaba del placer que le estaba dando su
Ama. Notaba su miembro rígido e impetuoso fregando sus glúteos, sus manazas
vigorosas aferrándole por las caderas, cogiéndole de las nalgas, abriéndoselas,
y excitándole al limite.
Una mano de su Ama se fue deslizando por su espalda, hasta
cogerle del pelo, guiándole así, lo incorporó
- "Date la vuelta, quiero que te quedes de pie, con las
piernas abiertas y las manos en la espalda"
Él hizo lo que la transexual le ordenaba, dándose la vuelta
quedó situado frente a ella. Abrió las piernas y se cogió las manos detrás del
cuerpo. El primer golpe, aunque suave, le cogió por sorpresa: el pie desnudo de
su ama le había golpeado en los testículos sin que pudiera reaccionar. Se dobló
con un gemido de dolor. Un agudo retortijón, partiendo de los genitales, le
recorrió las entrañas dejándole sin respiración.
Una bofetada se estrelló contra su cara, girándole la cabeza
hacia un lado. No fue el escozor en la mejilla, ni las lágrimas que nublaron su
vista los que le descompusieron, sino el zumbido en su oído. Un sonido bajo y
persistente que le impedía pensar. Como en una nube escuchó la voz de su Señora:
- "Mariquita, ¿quién te ha dado permiso para agacharte?"
Se incorporó con la vista fija en el suelo. Su pene se
desinfló como un globo pinchado y sus testículos quedaron colgando grotescos
entre los muslos. En cámara lenta vio levantarse nuevamente el pie en dirección
a sus cojones, vio como la pierna de defensa central de la travestí se
disparaba, lanzando una patada asesina. Su cuerpo intentó apartarse, pero la
fuerza de voluntad le obligó a continuar. El pie se detuvo a menos de un
centímetro de su escroto. Se relajó y sintió nuevamente como el pie impactaba
contra sus huevos, pero sin tanta potencia. Creyó que era un dolor soportable,
sin embargo, la idea de su Ama era otra. Sin descender continuó golpeándole,
retirando el pie un par de centímetros y golpeando de nuevo. El dolor en su bajo
vientre se avivó y sintió como le ardían los intestinos. Quiso pedir clemencia,
pero su disciplina y su fuerza de voluntad se lo impidieron, continúo en
posición e incluso intentó enderezar el tronco que tenía doblado. Para su
sorpresa, su cuerpo reaccionó de una manera extraña: su miembro se enderezó, sus
testículos se recogieron excitados y, sin que tuviese ocasión de saber lo que
pasaba, sintió un ardor diferente en sus entrañas, cerró los ojos y como un río
de lava eyaculó un torrente de semen hirviente.
- "¡Hay que ser una cerda viciosa para correrse a patadas!
Tendré que enseñarte disciplina"
La Dominátrix le habló en tono glacial, él no tardó en darse
cuenta de su error. Temía abrir los ojos, no valdrían las excusas, no debía
correrse sin antes pedir permiso. Notó la mirada de su Ama sobre él aún con los
ojos cerrados, sabía lo mucho que le encolerizaba a Madame Marcela que él no
hubiera podido controlarse. Ya había sido castigado muchas veces por esta falta.
No soportaba más esa inmovilidad de su Ama, y arriesgándose, alzó a cabeza y le
miró a los ojos. Un sonoro bofetón le cruzo la cara. Se la esperaba, pero aun
así, le dolió. Pero más le dolía defraudar a su Ama de esta manera.
- "Lo siento, Ama, no he podido evitarlo" Sabía que
iba a ser castigado, y lo necesitaba.
- "Ve a tu alcoba y tráeme las cuerdas y la paleta, y ve
pensando en el número de azotes que crees que necesitas para acordarte la
próxima vez de pedirme el permiso para correrte"
Se incorporó y mientras se dirigía a la cocina iba pensando
en el número que iba a decirle a su Ama.
La ultima vez fueron veinticinco azotes en cada nalga. Ahora
no se iba a conformar con menos. Él se acordó de lo mucho que le dolieron y, aun
así, todavía, alguna vez, se olvidaba de pedir ese permiso. Si Madame Marcela
planeaba atarlo para recibir el castigo, era porque iba a ser mucho más severo
que la última vez. Creyó que cincuenta sería un buen número, pero no quería ni
pensar en como le iban a doler tantos azotes. Trató de pensar en que su Ama le
daría el castigo que necesitaba, no importaba el numero de nalgadas, solo
deseaba purgar su falta, y que su Ama se volviera a sentir orgullosa de él.
Odiaba haberla defraudado de esta manera. Cuando estaba saliendo del cuarto con
las cuerdas y la paleta, oyó la voz de su Ama
- "Trae también las dos velas, la roja y la azul, después
del castigo quizás me apetezca adornarte un poco el cuerpo"
Se detuvo en seco. La transexual debía saber que todavía no
se había acostumbrado a la cera caliente sobre su cuerpo. Él dudaba de que fuera
acostumbrarse alguna vez, por mucho que Madame Marcela le dijera que llegaría a
hacerlo. En algunas zonas le daba la sensación que su carne se escaldaba de
verdad, y cuando veía que su Ama iba acortando la distancia entre la vela y su
cuerpo, no podía evitar temblar. Cuando la vela se dirigía lentamente hacía su
pene, no valían las quejas ni las suplicas, sabía que las ultimas gotas que le
iban a caer, serian para cubrir el glande, y eso le hacía sudar y retorcerse
temiendo ese dolor, pero al mismo tiempo sabía que serían las últimas, y por fin
podría relajar el cuerpo que le dolía de tanta tensión.
Entregó a su Ama las cuerdas, la paleta y las velas. La mesa
del comedor ya estaba preparada.
- "Desnúdate del todo, y ve a prepararme un whisky con dos
cubitos"
Desnudo para el castigo se dirigió a la cocina a
preparárselo. Al meter los dos cubitos en el vaso no quiso pensar en si iba a
usarlos también. Cuando regresó, había ya una cuerda atada en cada pata de la
mesa.
- "Muy bien, ahora túmbate en la mesa boca abajo, ya sabes
como, los brazos y las piernas extendidos de forma que pueda atártelos. ¿Estas
dispuesto a cumplir tu castigo?, ¿has pensado ya en el numero de azotes que
crees que mereces?".
- "Sí, mi Ama, estoy dispuesta a ser castigado por mi falta.
Y espero que cincuenta azotes en cada nalga sirvan para recordarme que debo
pedir permiso antes de correrme".
- "Yo también lo espero. No creo sea algo tan difícil de
recordar. Túmbate y prepárate a recibir tu castigo".
- "Sí, mi Ama".
La mesa estaba fría. Sintió el pene y los testículos
aplastados contra la madera. Las piernas abiertas tal como le había indicado su
Ama. Le excitaba estar en esta posición. Se imaginaba a su Ama observando su
cuerpo en esta postura. Las nalgas preparadas para el castigo, su miembro
escondido bajo su cuerpo, asomando ligeramente entre sus piernas. Mientras su
Ama le ataba, notaba que se estaba excitando con la idea de que su Ama la
tocara. Pero no creía que eso fuera a ocurrir, tenía que prepararse mentalmente
para el dolor que iba a recibir.
Sabía que a su Ama le gustaba tomarse su tiempo, no tendría
prisa por empezar con los azotes. Escuchó como se encendió un cigarrillo una vez
le hubo inmovilizado sobre la mesa. Ese era el tiempo que le quedaba para
recibir el castigo. Se imaginaba a su Ama, observándola, la venda que le puso en
los ojos no evitaba que se imaginara el rostro de su Ama, tranquilo, disfrutando
del cigarro y del cuerpo de su sumiso dispuesto para el castigo. Madame Marcela
colocó su tanga usado como mordaza en la boca del esclavo. Eso haría que nadie
pudiera escuchar sus gritos, que sabía que iban a ser muchos.
Una mano callosa sobre su espalda le hizo dar un respingo,
recorrió su espalda hasta sus nalgas. Percibió el dorso de la mano
acariciándoselas, recorriendo la zona que iba a ser castigada. Cuando dejo de
sentir su mano, supo que había llegado el momento. Aún así, el primer azote le
pilló de sorpresa, por mucho que lo estuviera esperando, no pudo evitar que un
grito se le escapara de su boca amordazada. Sintió como la paleta le marcaba la
piel. El segundo azote lo recibió en la otra nalga, esta vez no gritó, aunque la
intensidad fuera la misma. No creía poder sopórtalos si todos se los iba a dar
tan fuertes.
Siempre le pasaba lo mismo, minutos antes de que empezara
cualquier castigo, trataba de sacar fuerzas de donde fuera para poder aguantar
sin protestar. Pero una vez empezado, el dolor le hacía arquearse, a medida que
su Ama iba contando los azotes. Su mente solo podía centrarse en esa parte de su
cuerpo que tanto le dolía. No había disminuido la fuerza, y solo llevaba diez en
cada nalga. Estaba sudando y notaba que sus nalgas le quemaban.
Sintió alivio cuando pasaron unos cuantos segundos sin que su
Ama continuase con los azotes. Una mano en la cabeza la tranquilizó por unos
momentos. Pudo notar el aliento alcoholico de su Ama sobre su cara.
- "Tienes un par de minutos para relajarte antes de que
continúe con el castigo. Lo estas aguantando muy bien, pero solo llevas diez.
Quiero que entiendas que tus orgasmos ya no te pertenecen, solo podrás disfrutar
de ellos cuando yo te los pida, o cuando supliques mi permiso. Hasta que acabe
de darte los cincuenta azotes, solo tendrás otro descanso. Quiero que mientras
te azote, te centres en que debes aprender a ser más obediente, y que el placer
de tu Ama esta por encima de tu propio placer."
Cuando acabó de decir estas palabras, continuó con el
castigo. Los azotes ahora no eran tan fuertes, pero sí más rápidos. No le daban
tiempo a coger aliento entre uno y otro, notaba que transpiraba por todo su
cuerpo, era incapaz de pensar si se lo merecía o no, ni de si se acordaría la
próxima vez de pedir ese permiso, solo deseaba que acabara ya.
Cincuenta no era un buen número, era una pesadilla.
Necesitaba otro descanso pero sabía que todavía era pronto, imaginaba que la
dejaría descansar cuando llegara a treinta, o quizás a veinticinco, ya no podía
ni calcular, su Ama había dejado de contar hacía rato, le dolía tanto que sus
lágrimas estaban empapando la venda, sentía que los ojos le escocían, notaba la
sal de sus lágrimas, debía pensar en algo para poder continuar y dejar de
retorcerse como un poseso.
A través de la mordaza emitía apagados gritos que no cesaban.
Las cuerdas de las muñecas y de los tobillos le tiraban mucho, pero eso no era
nada, el dolor estaba centrado en sus glúteos en carne viva. Para él solo
existía esa parte de su cuerpo, le quemaba, contaba un golpe de la paleta tras
otro, no quedaba ni una mínima zona de sus nalgas que no le doliera, cuando ya
creía que no podría soportarlo más, Madame Marcela. Llegó el segundo y ultimo
descanso, no tenía ni idea de cuantos azotes le quedaban.
En un tiempo que le pareció eterno, dejo de percibir
cualquier movimiento en la habitación. Después notó como la transexual se
encaramaba a la mesa encima de él. Un aguijonazo intenso en el ano precedió a
una sensación de desgarramiento brutal. El monstruoso pene oscuro le estaba
violando, poseyéndole sobre la mesa. Sin embargo, el dolor más intenso se
produjo cuando ella apoyo sus caderas contra las nalgas en carne viva. No pudo
contenerse, aulló tras la mordaza con toda la fuerza de sus pulmones.
- "Ahora te voy a embarazar, y luego tendrás un hijo
mulato como yo" escuchó que le susurraba al oído.
Empezó a cabalgar dentro de su culo cuando este se relajó lo
suficiente. Durante largos minutos sintió que como el miembro de su amante le
revolvía los intestinos sin descanso. Una presión más intensa y un gruñido sobre
su cabeza fueron la indicación de que ella se había corrido dentro de él. Esperó
en vano que se retirase, pero Madame Marcela no daba señales de tener esa
intención.
- "¿Sabes qué? Me voy a mear dentro de ti y luego no te
dejaré que lo eches fuera"
Unos instantes después, un líquido caldoso se escapó de su
ano manchando la mesa. La transexual se apartó de golpe y se rió a carcajadas
viendo su cara de esfuerzo para evitar que un surtidor de mierda y meados
saliera disparado desde su culo y manchase la alfombra. Mientras él apretaba con
fuerza el esfínter distendido por la sodomización, ella le desató y le permitió
incorporarse. Santos salió corriendo de la habitación rumbo al lavabo más
cercano, pero no consiguió llegar, evacuó en el pasillo una catarata de orines,
heces líquidos y semen.
Recogió y limpió la casa mientras Marcela tomaba un baño de
espuma. Cuando ambos se hubieron vestido, le pagó el precio convenido, bajaron
al estacionamiento y la acompañó nuevamente a las tapias del cementerio de Les
Corts para que pudiera continuar su noche de trabajo.