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Fecha: 25-Jul-12 « Anterior | Siguiente » en Sexo Anal

El culo de mi suegra

Martin Crosas
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Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 17 min. ]
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Hace poco más de dos meses que Antonio se separó de su mujer. Él no adora a su suegra; ni siquiera le cae bien. A decir verdad, no la soporta... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Antonio y Elena eran una pareja a la vieja usanza que como muchas otras pensó que el matrimonio iba a ser color de rosa. Eran los noventa, estaban enamorados y no hizo falta que nadie les metiese en la cabeza esa idea: ellos ya soñaban con formar una familia ideal cuando aún eran novios.

Sea por lo que fuere la relación se deterioró hasta el punto en que acabaron separándose. Sin hijos y aún sin haber cumplido los cuarenta,  Elena decidió que fuese él quien se quedase con el que había sido su hogar en común durante años.

Con treinta y seis años, Antonio se las arregló para ir tirando a lo largo de esos dos meses comiendo precocinados y aprendiendo lo que significaba usar la plancha.

Acostumbrándose a una posible nueva vida de soltero, no solía recibir muchas visitas por la mañana, y por eso le extrañó que alguien tocara el timbre a una hora que para él era temprana.

Al poner su ojo en la mirilla pensó inmediatamente que volver momentáneamente a estar soltero no tenía ninguna ventaja. Ese pensamiento vino a raíz de ver a su suegra de pie, esperando con impaciencia a que él abriera la puerta.

Magdalena, Magda como le llamaban las que eran sus amigas de la peluquería, era una mujer que pregonaba ser muy devota aun cuando todo el mundo sabía que había tenido a Elena con dieciocho años. Las piernas no era lo único que no había mantenido cerrado, pues siempre que abría la boca a Antonio le parecía que no decía nada útil. El problema era que solía hacerlo con frecuencia.

Ahora ya a los cincuenta y dos años, Magda era una mujer rellenita con el pelo rubio y ondulado que no temía en decir lo que pensase. Medía un metro y cincuenta y dos centímetros que intentaba disimular a veces poniéndose unas plataformas enormes. Su piel tiraba a un color rosado, y lo único que Antonio creía que podría haber captado la atención de algún hombre era ese gran pecho que se empeñaba en apretujar en una camiseta tallas más pequeñas y esos deliciosos ojos color miel que engañaban a muchos.

Él mismo había sido víctima de caer en sus redes varias veces, distrayéndose con aquellos grandes pechos que dibujaban su figura a través de camisetas, blusas, jerséis o incluso de algún camisón y bikinis en unas terribles vacaciones de verano.

Mirando de pie y en calzoncillos blancos, Antonio la observaba mover su dedo apoyada en la barandilla cercana de la escalera. ‘‘Paso. Yo me voy y hago como que no estoy’’, pensó él.

-Vamos ábreme, ¿te crees que soy tonta? Sé que estás ahí-dijo ella en voz alta como si le hubiese leído el pensamiento.

-Maldita bruja…- murmuró él entre dientes.

Abrió la puerta y ella entró como si fuese su casa, pero él no dijo nada sabiendo que Magda habría contratacado con su típico ‘‘esta es la casa de mi hija y puedo entrar cuando me dé la gana’’.

-Buenos días a ti también-dijo Antonio mientras cerraba la puerta.

-¡Qué sucio tienes esto! Tú tienes el síndrome del griego ése…

-Diógenes-aclaró él.

-Griego he dicho, no romano.

-Pues qué te den-volvió a aclarar Antonio.

Tuvo suerte de que ella no le hubiese oído, pues eso habría desencadenado una pelea de aquellas que tan poco le gustaban. Aguantaba a su mujer, pero a la madre de ésta no la tragaba. Magdalena era un pastelillo que se le atragantaba en el cuello.

-Oye… llevo unos días sin dormir mucho y… son las diez de la mañana, así que me gustaría seguir en la cama…

-Sólo he venido a recoger unas cosas que me encargó mi hija y me marcharé.

Magda se fue al dormitorio como si la casa fuese suya. Se paseaba por allí siendo la reina del lugar, con aquellos humos que solía tener su personalidad. Mientras, Antonio pensaba en que Elena se lo había llevado casi todo y que al fin y al cabo poco iba a durar buscando nada.

-Ni siquiera te molestas en hacer la cama, seguro que le dejabas todo el trabajo a mi pobre Elenita.

Antonio se pasó la mano por la cara intentando despertarse del todo, sin molestarse en recordarle a aquella mujer que casi se acababa de levantar. Cuando se despejó la vista observó algo que nunca antes se le había presentado. Magda estaba inclinada en su cama, buscando en la mesita de noche que correspondía a su hija algo que sin duda le habían encargado. No se había molestado en cruzar hasta el otro extremo, sino que se había apoyado en la cama, dejando su culo en pompa y marcadísimo, casi con ganas de querer explotar, en aquella falda negra de cuero.

La falda apenas se movía, estaba tan apretada que no costaba distinguir la forma de cada nalga. Él llevaba más de dos meses sin tener relaciones, y ya se había embobado con imágenes más cutres que esas.

Ese culo le parecía grande, sin llegar a ser enorme, pero grande y gordo al fin y al cabo. Cuando Magda se quiso volver a incorporar, él pudo ver claramente el pequeño tanga negro saliendo de su sitio y mostrándose sin que el suéter lo llegara a tapar.

‘‘Y la muy zorra lleva tanga’’, pensó él más con cierta gracia que con excitación. Uno normal ya le habría quedado microscópico en aquel trasero, pero el tanga negro de hilo que se había puesto apenas dejaba ver la fina raya que parecía aguantarlo todo con esfuerzo.

-¿Dónde guarda Elena las gafas?

-No lo sé, pensé que ya se las habría llevado.

Antonio se fijó en las generosas tetas que marcaba aquella mujer, cubiertas por la fina tela verde y que mostraban unos pezones empitonados que se estampaban sin razón aparente.

-Y… ¿cómo está Elena?-se atrevió a preguntar.

-Pues mal, chico. Ya nos ha contado todo lo que le has hecho pasar.

-Cómo le gusta inventar…-dijo distraído.

-¿Cómo dices?

-Decía que… nada. No decía nada.

-Su padre esperaba que cuidases de ella y no lo has hecho. Yo ya se lo dije, que tú no… pero claro, la niña se encaprichó contigo, su padre le consentía todo y…

Bla, bla, bla. Eso era todo lo que Antonio escuchaba mientras la vista se le iba a sus pechos y ocasionalmente al culo de su suegra cuando ésta se giraba.

-¿Me estás escuchando? Tu problema, ¿sabes cuál es? Qué nunca escuchas.

-Señora… Magda… ¿por qué no cierra el pico de una puta vez?

-¡Ui, pero bueno! Ya decía yo que eras un maleducado… ¡y con razón!

-Está bien, lo que usted diga… Y ahora fuera de mi casa.

-Estoy en casa de mi hija, y puedo venir cuando quiera.

-Esta también es mi casa, así que… vaya desfilando hacia la puerta.

Magda se fue acercando paulatinamente hasta quedarse a menos de un palmo de distancia, rozando a Antonio con sus pechos.

Las cejas femeninas se arqueaban en su rostro y dibujaban una expresión de enfado, contrarrestando la cara de coraje que él estaba proyectando.

La respiración agitada de Magda se notaba y se clavaba con esmero en el aire que él respiraba.

-Es usted una puta.

-¿Qué?- exclamó sin acabar de creer que él la hubiese desafiado.

-¡Es una puta y además está gorda!

-¿¡Sí!? ¿¡Y qué más!?

-¡Es una maldita zorra!

-¿¡Qué más!?

Antonio estallaba de cólera en un arrebato que le hacía aumentar su erección, marcándosela sin disimulo en su ropa interior, y Magda se irritaba a tal grado que desafiaba al suéter que llevaba con sus pezones.

-¿¡Qué más!?

Él tardó una décima de segundo en volver a escupirle las palabras a la cara.

-¡Qué tus tetas necesitan respirar, no las aprietes tanto!

-¿¡Y qué más!?

-¡Qué te pongas un tanga de tu talla, que ese hilo dental que llevas por ropa interior va a romperse en tu culo!

Sabiendo que Antonio se había percatado de su talla de pecho y que, concretamente ese día, había distinguido su tanga de hilo negro, asió con fuerza la cabeza masculina para besarlo, momento en el que él no esperó más para amasar con fuerza el culo dibujado en la falda de cuero.

En esa cama donde se había alegrado la vista de Antonio cayeron los dos en un golpe seco, agarrados y con las manos inquietas.

Los dedos de Antonio agarraban con fuerza la carne mientras acallaba con sus labios los gritos de su suegra.

Él logró deshacerse de ella para tirarla otra vez a la cama y dejarla boca abajo, con esa cara que tanto había aborrecido besando la almohada. El culo volvía a verse en todo su esplendor y Antonio no ocultó más lo que era evidente; se quitó los calzoncillos blancos y dejó al aire su pene empinado. La rabia que sentía por aquella mujer se transformaba en una extraña forma de excitación.

-Maldita puta, ¡mira cómo me has puesto!

Él le cogía la cabeza a la vez que Magda relinchaba de gozo por todo aquello. El glande de su miembro casi resbalaba y brillaba por todo aquel líquido pre seminal que había nacido fruto de las circunstancias.

-Eres una zorra, ¿lo sabes, no?-le decía él mientras le mordía la oreja.

-Sí…sí…

-¿Sí, qué?

-Sí, soy una puta.

La mano de Antonio subió el suéter dejando aquella espalda de mujer medio desnuda y pellizcó con sus dedos la piel madura y solvente de Magda.

-No eres una puta, eres mi puta.

Magda soltó un grito profundo y agudo cuando le pellizcaron la piel.

-Repítelo.

-Soy… soy tu puta-dijo con cierto recelo.

-Así me gusta… cómo me pones, perra…-refunfuñó entre dientes.

Con fuerza levantó la apretada falda de cuero, despegándola de sus piernas y haciéndola emitir un ruido de estar desasiéndose de la piel y llevarse como recuerdo el leve sudor que la fogosidad había creado.

Él pudo ver el trasero en todo su esplendor. Las dos nalgas grandes y carnosas era todo lo que observaba hasta donde alcanzaba la vista, separadas por esa fina tirilla negra que se paseaba por su ano en un pobre intento por tapar aquel agujero.

Una palmada tras otra iban cayendo en su trasero, haciendo temblar las carnes de Magda y haciéndola gemir poco a poco hasta que su nalga derecha estuvo completamente roja e hipersensible al tacto.

El pene de Antonio estaba caliente y duro, esperando para poder penetrarla.  Su mano se escapó hasta el sexo de Magda a fin de comprobar su temperatura.

-Caliente, como el de una buena zorrita.

Las yemas de los dedos de Antonio se impregnaban en los flujos vaginales que su suegra había desprendido, acentuando su opinión de que era una mujer muy cachonda al segregar el líquido con cierta facilidad pese a su edad.

Con nerviosismo y marcando sus movimientos patosamente, buscó en el cajón más próximo donde sabía que estaban las corbatas. La elegida fue una corbata color salmón aderezada con rayas diagonales  y naranjas que sacó rápidamente, haciendo caer otro par de corbatas al suelo.

Sin poner apenas oposición ante el afán de Antonio, ella se dejó tirar los brazos hacia atrás, dejando las manos en la espalda y quedándose con un gusto en la boca que poco a poco se convertía en dolor.

Él le ató las manos con la corbata, dejándola casi indefensa. Con ese culo al aire, Antonio echó a un lado la pequeña ropa interior y acercó su miembro al coño de Magda.

Ella gimió con el primer contacto, sin siquiera haber sido penetrada. Se moría de ganas por calmar sus ansias de placer, y su yerno tenía que darle lo que necesitaba.

-¿Quieres que te folle, verdad?

-Sí… sí…

-Pídelo por favor.

-Sí…por favor… ¡Fóllame! ¡Pero hazlo ya!

Antonio quería de alguna forma vengarse por todo el tiempo que había tenido que aguantarla; sin embargo no la hizo suplicar más y pronto se encontró dentro de ella, oprimiendo su pene entre los labios vaginales. Magda gritaba y Antonio secundaba sus chillidos con ánimo, rugiendo y transmitiendo el calor a lo largo de sus cuerpos.

-Dame…dame… dame polla…

Totalmente derrotada, ella liberaba su boca de la blanca almohada para gritarle que se la follara a conciencia, y también liberaba de su boca un lenguaje más vulgar del que solía utilizar habitualmente.

-Sabía que eras una zorra-le decía en voz baja clavándole las uñas en su delicada piel.

Las piernas de Magda estaban ligeramente arqueadas, en una sutil posición que aumentaba su clímax. Su cabeza chocaba ocasionalmente con la cama, aumentando la sensación que le daban aquellas embestidas varoniles.

Antonio se sentía oprimido con los labios vaginales, animando su excitación con los gemidos de su suegra. Podía ver una cara de vicio que no dejaba de sorprenderle, comprendiendo que a Magda le excitaba enormemente discutir y que quizá por ello tenía el carácter que tenía.

-Ah…ah…ah…

Las manos atrapadas en su espalda le daban el punto exacto de dolor que necesitaba y que mezclado con la excitación la hacían disfrutar de las penetraciones.

En el momento en que él aprovechó para coger el pene y sacarlo de dentro de ella, sus manos se deshicieron de la corbata, que colgaba con un nudo inútil. Por primera vez se irguió como una mujer poderosa, aunque no era más que mera apariencia porque en su interior rebosaban las ganas de ser domesticada, de mantener relaciones con alguien que le había plantado cara.

-Átame, vamos, ¡átame las manos!-decía ella con sus brazos juntos casi en posición de rezo.

Magda explotaba de excitación. Nunca nadie le había plantado cara, todo el mundo comentaba sobre ella pero nadie se lo decía de frente. Él había sido la persona que se había atrevido, y ese hecho era el que la llenaba de fogosidad.

Antonio se apresuró a volver a amarrarla y dejarla imposibilitada. Cuando acabó trató a Magda como a una peonza, haciendo que cayera pesadamente en la cama, una vez más, boca abajo.

La adherida falda de cuero acabó por subir del todo y quedarse en un simple y abultado cinturón, dejando por completo al aire su gran culo. Él también sintió la necesidad de subir la tela verde que la cubría de cintura para arriba, luchando por dejar sus tetas al aire. El sujetador granate quedó en nada al ser desabrochado, dejando la tarea de realzar su pecho.

Los dedos de Antonio se volvieron traviesos y agitados, con ganas de juzgar como aquel tanga se comportaba en la parte delantera. Chupó y succionó el cuello de su suegra al comprobar que el esfuerzo de su ropa interior también se mantenía por delante, luchando por no desaparecer entre sus labios vaginales y cubrir con algo de tela su intimidad.

-Eres una puta… lo sabes, ¿no?

El pene empezaba a rozar con las nalgas desnudas y se empezaba a deshojar poco a poco, cosa que no hacía más que aumentar la sensibilidad de ese impetuoso hombre.

-¿Sabes cuántas veces me has dado por culo estos años?

Magda ahogaba sus gritos con la almohada, excitada e incitada a ser sometida.

-No te preocupes, ahora quedaremos en paz, ya lo verás…

El dedo índice circulaba entre el sudor enganchado en su piel, introduciéndose en su ano y quedándose oculto entre el culo de aquella mujer.

Con el masaje anal, Magda empezó a derretirse y a rendirse a toda inhibición. Los dedos de su pie se desperezaban en los zapatos negros y abiertos que aún llevaba puestos.

-Separa más las piernas, zorra.

La combinación de la secreción masculina y los flujos femeninos se posó a lo largo del orificio, mojándolo realmente y siendo finalmente dilatado por una saliva caliente.

Magda separaba las piernas lentamente, casi como si le pesasen. Parecía que sus nalgas se iban separando, volviendo a dejar sin remedio aquel tanga negro otra vez en mitad del camino. Antonio volvió a apartarlo a la vez que ella levantaba la cabeza. No quería enterrar sus gritos en aquel momento.

-Soy… nunca me han hecho eso-dijo mirando el pene.

Sin preocuparle demasiado, él acercó su pene e introdujo el glande, que sin problemas se desplazaba ya dentro de la cavidad rectal, sujetado entre dos nalgas luchadoras que parecían no ceder ante el peligro.

-Ah…joder… ¡para!

Él se quedó quieto, vacilando casi por primera vez desde que la llamase puta. Los dos estaban muy quietos, dudando incluso de si iban a continuar con todo aquello.

-Sólo queda un poquito-dijo agarrándole firmemente los muslos.

Ella lo miraba con odio, un falso resentimiento que utilizaba como excusa para que no le hicieran nada.

-Me arde, tienes que sacarla de ahí.

Antonio se debatió en un conflicto interno. No quería perder la erección, y en tan sólo un segundo tuvo que pensar las cosas muy fríamente. Cuando se dio cuenta de que aquella mujer se quejaba pero no había hecho ningún esfuerzo por desatarse las manos, siguió.

Magda gritaba y se inclinaba todavía más, exponiendo su culo al aire.

Poco a poco el miembro fue entrando hasta brotarse del todo, llegando al límite de sus posibilidades. Las carnes le daban un cosquilleo que casi se transformaba en el hormigueo más placentero que hubiese experimentado nunca.

Teniéndola totalmente dominada, manoseó esos deliciosos pechos y acarició sus raramente duros pezones a fin de calmarla. Los gemidos cogían a cada segundo más dulzura, una cosa que él pensaba que aquella bruja a la cual estaba penetrando nunca había tenido en todo el tiempo que hacía que la conocía.

-Está bien, dame por culo-dijo ella sorprendiéndolo.

El único gesto de cariño antes, durante y después de aquello podía resumirse en esos breves segundos en que él le acarició los pechos y le ordenó el pelo ondulado de su cabeza.

Mansamente, se ayudó de aquella transformada falda de cuero para agarrarla como base e irrumpir en su ano. Los movimientos eran lentos con la intención de oír como gemía y de asimilar bien el placer nacido de la fricción entre ambos cuerpos.

-Eso… eso es. Gime para mí…

Las manos juntas, casi en un puño, sostenían a Magda en el colchón, escapándose de toda perspectiva por no haber en la habitación espejo alguno que estuviese en la posición idónea.

-Así… así…

-Eres un… malparido…cretino…necio…

Con cada penetración ella profería un insulto a su querido yerno. Con la sensación que sentía en su recto no tenía que pensar mucho las palabras, simplemente decía lo que le salía.

-Ahora… ahora junta las piernas…

Antonio dijo aquello por cortesía, y antes de acabar la frase ya posicionaba las piernas de Magda más juntas entre ellas, coqueteando con sus nalgas a adivinar con sus manos cual de las dos debía ser más grande.

-Así dejaras de dar por el culo a todo el mundo y a callarte la boca-dijo quedándose quieto una décima de segundo.

-Sigue… ¡sigue, joder, sigue!

-Sabía… sabía que te gustaba…

El ritmo de Antonio aceleró con las ganas que tenía por haber estado sin ninguna mujer durante algún tiempo. Ardía por dentro y para desahogarse asía con más fuerza la piel femenina, dejando en paz al cuero negro.

Con su pene enterrado y brotado sintió que iba a estallar y paró. Aquel sofoco no cesó, pero se repartió equitativamente dándole una agitación que lo estremeció y que casi le erizó el pelo.

Para acabar de confundir su impresión y dejar que nada tuviese ni pies ni cabeza, Magda se lanzó y echó marcha atrás, haciéndose ocultar ella misma ese pene entre sus dos nalgas. Antonio se mantenía quieto, lleno de excitación oyendo los suspiros rítmicos y mujeriegos.

-Eso es… muévete tú… eso es…

-Sí…sí…

No parecía la misma mujer que le había amargado, pero la vena sexual de Magda había explotado y no iba a ser él quien empezase a poner pegas.

-Muévete…

El calor se hizo más intenso y su mente se nubló. Con una palmada hizo que parase, substituyendo el juego por duras agarradas en su cadera.

-Quieta…-esbozó como pudo.

Como si fuese un petardo, Antonio disparó las primeras gotas de un caliente esperma en el recto de Magda. La segunda tanda, que apenas perdía fuerza y ganaba en cantidad, se fue escapando debido al inconsciente movimiento de sacar una parte del pene del interior. La parte final de semen, aquella que se calmaba y salía espesa, se perdió ya en la parte exterior, en las nalgas que conformaban el amplio culo de su suegra.

Con un sincero cansancio y un desahogo patente, sintió la necesidad de relajarse y caer cómodamente sobre el colchón, abrumado por unas muy prematuras ganas de dormir.

Magda, de lado y dándole la espalda, se quitaba la corbata de las manos sin mayor dificultad que estirar un poco. Seguía con el culo al aire y su mano se percató de ello, descendiendo la falda de cuero con afán.

-Es… es usted una arpía-dijo él desagradecidamente.

-Y tú un imbécil… Pero esta es la casa de mi hija y puedo volver cuando quiera.


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© Martin Crosas

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