De repente, una descarga láser de escasa potencia pasó a breves metros del casco del Orión. Era solo un aviso. Con un par de disparos de sus proyectores principales, la nave pirata nos podía hacer estallar en mil pedazos. Entonces apareció en nuestras pantallas un mensaje procedente del Hiperión. El rostro de un hombre barbudo y delgado, con una maligna sonrisa, comenzó a hablarnos. Lo reconocí de inmediato. Era el capitán Pallás, famoso por sus sangrientas operaciones y crueldad.
-¡Saludos! Tenéis un minuto para apagar los motores y mantener un rumbo estable. Si no aceptáis mis favorables consejos, abriremos fuego sobre vuestra nave.
Estilicón, sin dudar un segundo, hizo lo que nos ordenó el comandante de los piratas. Irina se mantenía serena y aprobó la actuación del primer oficial. Pallás continuó entonces comunicándose con nosotros.
-¡Muy bien! Así me gusta, que seáis razonables. Reuníos todos los tripulantes en el comedor y colocaos de rodillas con las manos en vuestras nucas, esperando la llegada de mis hombres. En el puente de mando debe permanecer solo el comandante de la nave.
Irina comunicó al resto de la tripulación la grave situación en que nos encontrábamos y cumplimos lo que nos ordenaba el pirata. Reunidos en el comedor, escuchamos con terror como las tropas de Pallás accedían al interior del casco del Orión y con terribles gritos llegaron hasta nosotros. Demostrando una violenta actitud, golpeándonos gratuitamente con sus subfusiles, nos hicieron abandonar nuestra nave, en fila india y fuertemente escoltados. Hecta y los demás miembros femeninos de la tripulación fueron encerrados en un calabozo. A los hombres nos confinaron en otro, hacinados incómodamente. No pude ver que hacían con Irina. Los rostros de mis compañeros denotaban miedo y desesperación. Al rato, los piratas trajeron junto a nosotros a dos tripulantes del Orión que habían intentado ocultarse, con nulos resultados. Nos informaron estos que los piratas habían matado a tres compañeros, que llevados por el terror, se les habían enfrentado.
-¿Qué va a ser de nosotros?, -me preguntó uno de los prisioneros.
-Ahora, -respondí con estoicismo-, nos llevaran a su base. Allí un traficante nos inscribirá en el registro general de esclavos de la Liga Planetaria, vendiéndonos legalmente en algún mercado.
-¿Como es posible?, -preguntó mi compañero de nuevo-. ¡Son piratas y nos han secuestrado!
-Las leyes están hechas por poderosos para favorecer a los poderos. Nuestra civilización se basa en el sistema esclavista. Sin esa mano de obra, no funciona. Una vez que a una persona es registrada como esclava y ponen en su cuello un collar electrónico, no puede recuperar su libertad, a no ser que algún amigo o familiar lo compre y lo libere. Da igual como cayó en la esclavitud, solo importa lo que es.
-Eso es terrible.
-Si, pero nuestra sociedad es así.
De repente sentimos con el sistema de iluminación sufría un bajón, sumiéndonos durante unos segundos en la oscuridad. Se encendieron las luces de emergencia y durante bastante rato no funcionó bien el suministro de aire, volviéndose insano.
Más tarde, apareció una voluminosa tripulante de la nave pirata .Pelirroja, con grandes brazos y piernas, echó una mirada sobre los que estábamos encerrados y señalándome con su mano derecha, exclamó.
-¡Quiero ese, el morenito!
Los centinelas abrieron la puerta del calabozo y me sacaron de este. Me esposaron y la pirata, con pocos miramientos, me condujo a una de las dependencias. Allí bajó la cremallera de mi mono de vuelo hasta mi vientre y mientras me besaba, su mano toqueaba mi pene y testículos.
-¡Hum, estas muy bien!. Nos divertiremos estos días antes de que lleguemos a la base y te vendan. Será una lástima que te lleven, pero estoy seguro que sacarán un buen precio por ti y una parte de este es para mi.
Tras besarme con su asquerosa boca, comenzó a bajar mi mono. Por suerte, su intercomunicador sonó y debió devolverme al calabozo, prometiéndome que volvería a por mí.
Pero más tarde, cuatro forzudos piratas hicieron presencia en el calabozo, gritando.
-¡A ver! ¿Quien es Jasón?
Mis compañeros no pudieron evitar mirarme. Yo, sonriente, me puse en pie, a pesar de saber ya cual era mi destino.
-¡Soy yo!
Los piratas rieron al verme y tras esposarme, me sacaron del calabozo, llevándome a la misma cabina donde me había conducido la mujer anteriormente. Entonces comenzaron a golpearme duros puñetazos en el vientre, torso y rostro. Caí al suelo y se precipitó sobre mi una autentica lluvia de patadas.
-¿Te creías que no íbamos a saber que habías sido un militar, cerdo?
Los golpes y patadas continuaron y comprendí que mi muerte estaba cerca. Un gran taconazo en mi sien derecha fue durísimo. Entonces perdí el conocimiento
No se cuanto tiempo después, abrí los ojos y contemplé un hermoso rostro de mujer que me observaba preocupada.
-Estoy muerto, ¿verdad?, -pregunté.
Aquel delicioso rostro frunció graciosamente su ceño, sonrió y finalmente me dijo.
-¿Por qué dices eso?
-Porque estoy viendo un ángel.
-Pues estas equivocado.
Entonces vi lo que llevaba en el cuello. Un collar electrónico de esclava.
-¿Donde estoy?, -pregunté aturdido.
-En la enfermería del Hiperión.
-Oh, si. Ya recuerdo.
Noté entonces el dolor que recorría todo mi cuerpo, fruto de aquella paliza.
-¿Por qué sigo vivo? Aquellos animales iban a matarme.
-Eso tendrás que preguntárselo a mi dueño. Por cierto, debo avisarle de que estas despierto. Me ordenó que lo hiciese.
Entonces tomó su intercomunicador y llamó a Pallás.
-Mi señor. Ya se ha recuperado.
No pude escuchar su contestación. La hermosa esclava me habló de nuevo tras apagar el aparato:
-Sígueme al camarote de mi amo, por favor.
Comencé a reincorporarme y sentí un agudo dolor en mi costado derecho, así como un ligero mareo. Mi vientre parecía que iba a explotar.
-Ten cuidado. No te esfuerces demasiado, has estado a punto de morir.
-Ya noto.
Puse lentamente mis pies en el suelo y la mujer me entregó mi ropa. Tras vestirme lentamente, salimos de la enfermería. Yo cojeaba visiblemente.
-¿Qué llevas ahí?, -preguntó la esclava mientras nos dirigíamos a la cabina de Pallás.
-¿Donde?
-Ya sabes. En tu vientre.
-¡Ah, eso! Un recuerdo de mi estancia en la flota armada.
-Llevo ya tres años curando a estos piratas. No es metralla ni ningún proyectil incrustado. No te lo he sacado, ni le he dicho nada sobre eso a mi dueño.
-Gracias.
-Pero, dime, ¿qué es?
-No te lo puedo decir y te ruego que no se lo comentes a nadie.
-Está bien. Odio a estos malditos piratas.
Llegamos al fin a la cabina del comandante y penetramos en ella. Pallás estaba sentado en una gran mesa, repleta de comida. Dos esclavos, un hombre y una mujer, ambos de los más hermoso que había visto nunca, le servían. Iban vestidos con la mínima expresión, ocultando solo sus partes erógenas.
-Hombre, Jasón. ¡Que alegría verte vivo!
-Yo también estoy contento de estar vivo, -contesté-, pero no mucho de que tú lo estés también.
-Lo imagino, -añadió el pirata, mientras mordía un enorme muslo de algún tipo de ave.
-Dime, Pallás. ¿Por qué aún lo estoy? Tus amigos estaban dispuestos a acabar conmigo.
-¡Ah, si! Esos inútiles decidieron acabar contigo sin consultarlo primero. Recibieron traerte ante mí cuando casi te habían matado. Desde ese momento te puedo asegurar que nadie en toda la galaxia ha rezado a su dios más que ellos para que tú sobrevivieras.
-Y, ¿cual es el motivo de tú que desees preservar mi existencia?
-Tus conocimientos. Cuando aplicamos un campo magnético para apresaros, sufrimos una avería en la generación de energía y transmisión de esta a nuestros motores. De hecho, el Orión nos esta remolcando ahora. Claro esta, lenta y penosamente. Evidentemente, eso no lo podemos aceptar. Hemos detectado la presencia de tres naves que nos sigue......
-No me agradó escuchar que supiese eso último-.
....así que necesitamos reparar esa avería lo antes posible. Entonces, al revisar la lista de tripulantes del Orión, vi tu cualificación y ordené que te trajesen ante mí de inmediato. Mis mecánicos son lerdos e inútiles. Los más valiosos, desgraciadamente, fueron ejecutados en nuestra sublevación por nosotros mismos. Pero tristemente, en ese momento, esos cuatro subordinados míos estaban entreteniéndose matándote. Por suerte, mi orden llegó a tiempo a sus oídos. Mi esclava Lena tuvo que aplicarse mucho para evitar tu viaje al mundo de los muertos.
Yo la miré de reojo, sonriendo. Entonces la vi. La comandante Irina estaba desnuda, con un collar dorado en su cuello. De esta caía una cadena del mismo metal que llegaba a sus pies. Grilletes en estos y en sus manos, unidos a esa cadena, la mantenían inmóvil. Estaba arrodillada en una oscura esquina, amordazada y llorosa. Su cuerpo estaba recorrido por marcas de latigazos.
-¡Irina!,- exclamé.
-¡Ah¡, tu comandante, -contestó Pallás-. Olvídala. Yo lo soy ahora. Arregla tú esa avería y seguirás vivo. Si no lo haces, tiraré al vacío tu cuerpo, separado de tu cabeza.
-¡Si reparo la avería, -le dije-, ¿como se yo que no matarás después?
-Tendrás que confiar en mi palabra.
-¿Palabra de un pirata?
-Palabra de un comandante.
-Esta bien.
Lena, la esclava que me había salvado y yo, dejamos la cabina de Pallás Yo tenía mucho trabajo que hacer.
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