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Fecha: 29-May-12 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Mi tía la monja

Julio
Accesos: 83.481
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 32 min. ]
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Nunca saldrá de mi boca como llegó a ser desvirgada. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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     Parece mentira como tu vida puede llegar a dar un giro tan grande y más si es con una persona que nunca habías tenido en tu pensamiento y ni siquiera recordabas que existía. Pero a veces ciertas cosas pasan sin llegar a pensar que pueden suceder.

     Quizá lo mejor será comenzar presentándome: mi nombre es Julián, tengo veintisiete años, soy soltero y hasta el momento, sin ganas de involucrarme con nadie. Puedo decir, sin ánimo de entrar en presunciones, que a pesar de no estar comprometido con ninguna mujer, mantengo una vida sexual con cierta asiduidad. Normalmente no me falta fémina que quiera participar en mis deleites pasionales. El día que decida unirme a alguna mujer, será para entregarme a ella totalmente. Por lo demás, tengo un trabajo bastante bien remunerado, que ha permitido independizarme de mis padres y vivo solo en un piso, del que religiosamente voy pagando la hipoteca, y que espero muy pronto llegue a ser totalmente de mi propiedad.

     En esas estaba llevando una vida cómoda, pero algo suele ocurrir cuando menos lo esperas,  que llega a romper completamente los esquemas que tienes trazados.

     El hecho ocurrido, depende como se mire, fue bastante simple, pero no se porqué ni de que manera, llegó a alterar mi  manera de proceder que creía tener bastante dominada.   

     Me había impuesto ir los sábados a comer a casa de mis padres y ese sábado no era una excepción. Unas cañas con los amigos tuvieron la culpa para entrarme unas ganas de orinar tremendas, al llegar al piso de mis padres. Abrí la puerta, y casi sin saludar a mi madre, que se encontraba en la cocina, fui rápidamente al baño.

     La sorpresa fue mayúscula, creo que se me cortaron al momento las ganas de orinar. Una mujer de espaldas completamente desnuda, tenía envuelta en la cabeza una toalla y con sus manos iba agitándola con ánimo, se suponía, de secarse el cabello.

     Bueno… ¿qué había de anormal para sorprenderme de tal manera al ver una mujer desnuda en el baño? En primer lugar, que en casa de mis padres las dos únicas mujeres que podía encontrar, era mi madre y  mi hermana. La una estaba en la cocina y la otra hacía poco la había visto en la calle junto a su novio. En segundo lugar, me asombró ver un cuerpo tan bien formado y de una blancura que jamás había visto. Se asemejaba a una Venus tallada en mármol blanco.

    Poco duró mi estupor, porque un grito se escapó de su boca al volverse. No me había oído entrar pero al quitarse la toalla de la cabeza y proceder a secarse los pechos blanquecinos, como todo su cuerpo, se giró y mi presencia le hizo emitir un chillido impresionante.

     No supe que decir y lo único que se me ocurrió es salir rápidamente del baño.

     Mi madre se percató del grito y vino rápidamente para ver que pasaba.

    -¿Qué ocurre? –me preguntó al verme cerrando la puerta del baño.

    -Eso quiero saber yo, ¿quién es esa mujer que está en el baño?

     -¡Ah es eso! Has pasado tan rápido que no me has dejado decirte que tu tía se estaba duchando.

     -¿Mi tía? –pregunté sorprendido.

     -Sí, mi hermana.

     -Que yo sepa, solo tienes una hermana y está de monja –le dije a mi madre, ya que no relacionaba el cuerpo que había visto con su hermana la monja.

     -Pues ya ves que está aquí. Ha venido a la boda de tu hermana.

     Después de reponerme de mi asombro, acompañe a mi madre a la cocina mientras le decía:

     -Vaya con tu hermanita. ¿Cómo es que no me has dicho que venía? Además, se ha adelantado un poco, todavía faltan quince días para la boda.

     -No te he dicho nada porque yo tampoco sabía si iba a venir o no, y si ha venido tan pronto es porque el lunes comienza a hacer prácticas en un hospital. Parece ser que puede que deje el convento.

      Sabía la existencia de la tía monja, pero no me imaginaba que el cuerpo que había contemplado correspondía a tal persona. No recordaba la última vez que la había visto, ni me imaginaba que siendo monja estuviera en posesión de semejante figura. Era bastante más joven que mi madre,  pero a pesar de estar cercana a mi edad, casi nunca habíamos coincidido y para mí prácticamente ni existía.

     Estaba en esos pensamientos cuando apareció en la cocina la tía monja, pero esta vez le acompañaba el hábito correspondiente. Que pena. No se percibía ninguna parte de ese esbelto cuerpo que había contemplado. Se mostraba un poco azorada, suponía que era debido al haberla visto desnuda y no sabía como saludarme. Decidí salir al quite y me aproximé a ella para propinarle dos besos en la mejilla, al mismo tiempo que le dije:

     -Soy tu “sobrino” Julián y perdona por haber aparecido en el baño, pero no sabía que estabas. Recalqué un poco lo de sobrino porque parecía mentira que esa monja fuese mi tía.

     -Perdóname tú a mí por haber pegado ese grito, pero es que no esperaba ver a nadie y me he asustado mucho al verte.

     Me contestó casi sin mirarme a la cara.

      -Hala venga, ya os habéis saludado. Podéis ir al comedor que enseguida viene tu padre y nos ponemos a comer –dijo mi madre queriendo dejar zanjado el incidente.

     Nos fuimos para el comedor y le invité a sentarse en el sofá junto conmigo. Estaba como cohibida ante mi presencia, pero yo tenía ganas de tirarle de la lengua y comencé diciéndole:

     -¿Te importa que te tutee?

     -No, no, soy tu tía y me molestaría si no lo hicieses.

     -¿Sabes que eres una tía monja muy guapa?

     El color blanquecino de su cara comenzó a cambiársele no sabiéndome que decir y continué:

     -Aunque no se si tratarte como monja, mi madre me ha dicho que dejas el convento y me parece muy bien que una mujer joven como tú no se enclaustre para toda la vida. Hay muchas cosas que se pueden hacer fuera del convento.

     Mi parrafada pareció que surtió efecto porque enseguida me dijo:

     -No se que te ha contado tu madre, pero sí que posiblemente deje el convento, todo depende como me vaya en el hospital, en el que quiero dedicarme a cuidar enfermos.

     -Pues tienes buena labor, porque si te cansas del hospital, también fuera hay mucho enfermo a quien amparar.

     -No te entiendo –me contestó. Su inocencia no llegó a comprender por donde yo iba.

    -No me hagas caso. Me parece muy bien que hayas dado este paso y seguro que te va a ir muy bien.

     -Eso espero…

     Pareció que cogió confianza conmigo porque continuó hablando de sus proyectos de una forma amistosa y yo apenas la interrumpía. Aparte de escucharla y ver esa cara que se me antojaba angelical, no podía apartar de mi mente el cuerpo que había vislumbrado en el baño y que se perdía en ese hábito que la tenía encerrada de cabeza hasta los pies. Me atreví en un momento a cogerle sus manos y aunque intentó separarlas tímidamente, no lo hizo con la suficiente fuerza como para desasirlas de las mías y así enlazados le dije:

     -Lo primero que tienes que hacer es cambiar esa vestimenta.

     -¿Por qué? – me preguntó.

     -Porque ese habito esconde todos tus encantos que  merecen admirar los enfermos.

     -¡Que cosas tienes…! Tengo entendido que es al revés, el hábito crea confianza en los enfermos.

     -La confianza te la tienes que ganar por tus hechos, no por el hábito.

     -¡Ya veremos! –me dijo sonriendo.

     Su sonrisa era dulce y la perfilaban unos labios frescos sin pintar muy apetecibles.

     -Inténtalo… –le contesté sin dejar de observar su cara, pero  poca cosa más se podía vislumbrar en ella debido a la capucha que tapaba casi toda su cabeza.

     No dio la conversación para más porque mi padre apareció por el comedor y era señal que íbamos a disponernos a comer. Sí que observé durante la comida, que la mirada de mi tía disimuladamente no me perdía de vista. Parecía como si me estuviera analizando. En algunos momentos, a propósito, hice que nuestras miradas se cruzaran, pero inmediatamente bajaba la vista.

     En días sucesivos intenté olvidar la imagen de la tía monja y sí que podía llegar a ignorar el hábito que la envolvía, pero no su interior. Ese cuerpo blanquecino me tenía seducido, tanto, que una noche en que me disponía a tener sexo con una conocida amiga y que solíamos hacerlo con cierta asiduidad, no pude. Al ver su cuerpo, lo relacioné con el de Sara, que es así como se llamaba mi tía la monja, y tuve que dejarlo. A la chica le extrañó muchísimo, porque era la primera vez que mi pene no cumplía como era debido.

     Volví el sábado siguiente, como siempre, a casa de mis padres para comer junto a ellos, y allí estaba Sara. La vestimenta había variado un poco, pero todavía no se había desprendido de sus largos faldones y el cabello seguía cubierto con un velo, pero esta vez dejaba ver parte de su cuello blanquecino. No podía olvidar la parte que seguía a ese cuello. En esa semana no pude dejar de recordar ese bello cuerpo y tenía que seguir en ese mismo recuerdo. La escena del baño que tuve el placer de poder contemplar y admirar, no se repitió.

     Tanto mi madre, como mi tía la monja se encontraban en la cocina. Entré a saludarlas, dándoles un beso en la mejilla a las dos. No me dio tiempo a decirles nada, porque mi madre comenzó a decir:

     -¿Sabes Julián que tu tía ya no va ir más al convento…?, se queda definitivamente para trabajar en el hospital.

     La miré y me devolvió la mirada con una tímida sonrisa. Mi presencia la azoraba porque enseguida su vista fue para otro sitio. Para mí su presencia era todo lo contrario, me cautivaba y me atraía, e inmediatamente dije:

     -Déjame que te felicite porque como te dije, me parece que has hecho lo más adecuado.

     Sin esperar a que ella me autorizara, me acerqué a ella y le propiné dos besos y esta vez mis labios se acercaron más a la comisura de sus labios.

     -Ahora solo te falta lo otro que te dije –continué diciendo.

     Su rostro evidenciaba que mis muestras cariñosas la turbaban, no sabía que decir, pero tampoco hizo falta porque mi madre inmediatamente dijo:

     -¿Qué le falta?

     -Cambiarse de vestimenta –respondí-. No puede ir así por ahí. Además estamos en verano y con el calor que hace no se como puede aguantar con esa ropa.

     Hice alusión al calor del verano, porque no le iba a decir a mi madre que me gustaría poder admirar el cuerpo de su hermanita, que tenía escondido en esos trapos.

     -No sé, ella verá. Pero sí que tenía que llevar una ropa más ligera… Tú que dices –dijo mi madre dirigiéndose a su hermana.

     Sara estaba un poco aturdida por el cariz que había tomado la conversación y se limitó a decir:

    -No creo que vaya mal así. Además no sé que ropa puedo ponerme y que sea adecuada.

    No sabía que quería decir con lo de adecuada, pero lo intuía. Tenía yo que decir algo que le animase a cambiar los modelitos a los que estaba acostumbrada.

    -Esa ropa que llevas no es la más adecuada, así que ya estás pensando en cambiar y si no sabes que ponerte, no te preocupes, te pones a las ordenes de mi hermana y ya veras como ella si que sabe.

     De momento mis palabras dieron resultado porque mi madre, sin saber claramente mis intenciones, apoyó mi recomendación.

     -No estaría mal que pasase por las manos de tu hermana, pero esta semana no creo que tenga mucho tiempo, está muy liada con los preparativos de la boda.

     Mi hermana era una acreditada esteticién y una perfecta asesora de vestimenta, que tenía encantadas a sus clientas. Llevaba casi un año conviviendo con el novio y no creía que estuviera muy nerviosa esos días. Perfectamente podría perder un pequeño tiempo, en dar un giro espectacular al aspecto y atuendo de Sara. Así que respondí a mi madre:

     -Tú encárgate de llevarla a su centro y verás como en un santiamén lo soluciona y no le vais a causar ningún trastorno.

     No volví a ver a Sara hasta el día de la boda de mi hermana. Si no llega a ser porque apareció del brazo de mi madre, no la hubiera reconocido. Cambiada no estaba, estaba para comérsela. Adiós a los faldones del hábito y a esa especie de capucha que le cubría el cabello y parte de su rostro. No se como describirla, pero si solo digo alucinante, me quedo corto. Se notaba claramente la intervención de mi hermana. El vestido contorneaba sus perfectas curvas y su cabeza descubría una pequeña melenita de color castaño, que le daba un aire muy juvenil y seductor.

    Me acerqué a ellas y después de dar dos besos a mi madre, hice lo propio con Sara, pero mis labios, al igual que la última vez, todavía se acercaron algo más a la comisura de los suyos. Algo se estremeció, pero enseguida se repuso diciendo sonriente:

     -Me dijiste que cambiase de vestimenta y ya ves.

     Me acerqué a su oído para que mi madre no escuchase y le contesté:

     -Estás estupenda, estoy por decirte que vas a quitar protagonismo a la novia.

     -Que cosas tienes Julián -me respondió

     -Anda dejaros de chácharas que ya tendréis tiempo y vámonos dentro de la iglesia –dijo mi madre.

     No tuve ocasión de dirigirme a ella ni durante la ceremonia ni en la comida, que tuvo lugar en un hotel a las afueras de la ciudad. Me debía a la boda de mi hermana, y en salón donde se celebraba el banquete, me situaron en una mesa juntamente a los más allegados a la novia y al novio. A Sara le habían asignado una mesa en la que se encontraban amigas y amigos de los novios. No por eso dejé de observarla y me dí cuenta, que  una persona se la comía con los ojos mostrándole la mejor de sus sonrisas.

     Era un estúpido amigo del novio que se las daba de ligón y ante la soberbia mujer que se había encontrado a su lado, no podía por menos que echar mano a sus dotes de seductor para intentar conseguir algo de ella.

     Una vez degustada la tarta y con el consabido “¡viva los novios!”, comenzó el baile iniciándolo los novios con el clásico vals. Todavía me encontraba sentado en la mesa donde había comido, saboreando una copa de whisky, cuando mi hermana se empeño en que bailase con ella. No soy muy dado para los bailes, pero no iba a decepcionar a mi hermana en su día. Baile con ella y mientras, ella aprovechó para decirme lo que me repetía en multitud de ocasiones:

     -Hay muchas chicas guapas, haber si te animas y me sigues.

     -Muy bien hermanita te haré caso.

     Si alguna de las mujeres de esa boda podía acaparar mi atención solo podía ser Sara, pero “joder”, era la hermana de mi madre y en cierto sentido tenía que estar vedada para mí. Además, la veía muy animada con el gilipollas del acompañante que le asediaba.

    Parecía que la familia se había puesto de acuerdo, porque después de mi hermana me cogió mi madre para que bailase con ella y casi me repitió lo mismo:

     -Ya tengo a una hija casada, ahora me faltas tú.

     Le podía haber dicho: “si me das el consentimiento de comprometerme con tu hermana dalo por hecho”, pero le dije:

     -No te preocupes, que cualquier día te doy la sorpresa.

     Seguía pensando en lo imposible de que Sara pudiera ser mía, pero como si leyese mi pensamiento dijo:

     -Haz un poco de caso a tu tía e invítala a bailar.

     No quería decirle lo interesado que estaba por su hermanita y le contesté:

     -No te preocupes por ella, que por lo que veo parece ser que tiene buena compañía.

     -Por eso te lo digo. Ese que está con ella es un cantamañanas y no me hace gracia que esté detrás de ella.

      Siguiendo ante mi madre, mostrando el mismo desinterés, le contesté:

     -Déjala, que ya sabrá ella como salir si realmente no le interesa.

     -Ten en cuenta que no tiene experiencia con hombres y hay mucho buitre.

     En lo de buitre bien pudiera estar yo, porque si el tío ese iba a la caza e intentar conquistarla, yo no le iba a la zaga. Realmente cada vez que la miraba, se encendía más mi pasión por ella.

     Después de mis bailes familiares, me fui a la barra para tomar otro whisky con hielo y como por arte de magia, sin esperarlo, se presentó a mi lado Sara.

    -¡Hola Julián! ¿Cómo es que estás tan solo…? ¿No te apetece bailar con las chicas tan guapas que hay?

     La vi muy desenvuelta y daba la sensación de que mi presencia no le azoraba como en otras ocasiones.

    -Hola Sara. ¿Y tú que haces aquí que no estás bailando con tu pareja?

     Me obsequió una sonrisa y percibí que sus hermosos ojos verdes destellaban enormemente. Sin esperarlo, me agarró fuertemente del brazo para preguntarme:

     -¿Te molesta que haya venido a ti?

     -No, porque –le respondí

     -Porque eres mi tabla de salvación. No sabía como desprenderme de esa pareja que tú dices. No estoy acostumbrada a dar desaires y ese chico se estaba poniendo un poco pesado y me sentía muy agobiada. He aprovechado verte solo, para decirle que te tenía que hablar contigo.

     -¿Y como sabes que yo puedo ser tu salvador?, puede ser que yo también me ponga pesado contigo, porque ya te dije antes que estabas estupenda y además muy apetecible.

     -No seas malo, ya sabes que no estoy acostumbrada a estas cosas –me respondió.

     No había comenzado a tomar el whisky y se lo ofrecí a Sara.

     -Anda, tómate esto para que se te pase el agobio. Por lo menos estando conmigo, no creo que nadie llegue a molestarte.

     -Gracias Julián eres un sol... ¿Y que es esto que me das?

     Tú tómatelo que es refrescante. Además es muy digestivo.

    -¡Uy, no sé! Me parece que he bebido mucho y acabaré mareada.

     No se separó de mí ni un momento. Se le veía muy alegre y contenta estando a mi lado. Algo más bebimos y haciendo caso a lo que me dijo mi madre, me animé a invitarla a bailar. Si yo no soy un Fred Astaire, puedo decir que ella no sabía ni como colocar los pies. Lo que menos me importaba es que no supiese bailar, con tenerla entre mis brazos era suficiente. Su desconocimiento del baile le hacía a veces estrecharse más a mí y notaba como sus pechos se aplastaban a mi cuerpo y mi barbilla se fijaba en su cara.

     Esa mujer me producía algo distinto y estando a su lado, mi mente se esforzaba en querer rechazar toda la afinidad de parentesco. Solo pensaba en que sería maravilloso poder llegar a sentirla totalmente mía. Ella por su parte, la veía gozosa conmigo y no paraba de reír, mientras sus pies continuamente tropezaban con los míos, al intentar dar los pasos del baile.

     Todo iba perfectamente hasta el momento que me dijo que no se sentía bien. Tal como me comentó, no acostumbraba a beber y la bebida y las vueltas que le hice dar bailando, acabaron por marearla completamente.

     -Julián…, si no te importa sácame de aquí. No me encuentro muy bien y no quiero que nadie me vea en este estado.

     Sin que nadie lo notase, salimos de la sala y la llevé al jardín del hotel para ver si tomando un poco el aire se le pasaba, pero no. Se veía que por momentos se estaba poniendo peor y decidí ir a recepción del hotel para pedir una habitación. En ella descansaría y una vez repuesta, ya la llevaría al piso de mis padres. Tampoco yo estaba en esos momentos en condiciones de coger el coche.

     Mientras íbamos a la habitación Sara se agarraba fuertemente a mi brazo y balbuceaba frases confusas, pero entre ellas percibí algo como:

     -Perdóname Julián… no se que me pasa Julián… me gusta mucho estar contigo… no me abandones…

     Estábamos entrando en la habitación cuando le vinieron unas nauseas tremendas y aunque se colocó rápidamente la mano en su boca, no le dio tiempo a que le llevara al baño. Comenzó a devolver y se puso el vestido hecho un asco. La llevé al baño para quitarle el vestido manchado, pero casi no me da tiempo a quitárselo, porque una nueva arcada le vino provocando un nuevo vómito, pero esta vez conseguí que lo echara en la taza del water. La mantuve en posición inclinada hasta que pareció que había acabado y procedí a limpiarla. Tenía los ojos cerrados y creo que no se enteraba de todo que le estaba pasando.

     Yo, como digo, tampoco estaba muy despejado, pero pude desnudarla y procedí a que se diera una ducha. Bueno, más bien yo le dí la ducha, porque ella apenas se mantenía en pie.

     A pesar de verla en ese estado, no por eso dejaba de contemplar y admirar ese magnifico cuerpo que tenía en mis manos.

     Una vez duchada y enjuagada su boca la cogí en brazos y me dispuse a llevarla a la cama. Ella se aferraba a mí fuertemente y sus ojos seguían permaneciendo cerrados, pero antes de llegar a posarla en la cama de la habitación, entreabrió sus ojos me miró e incomprensiblemente, puso sus labios en los míos dándome un pequeño beso, que me cogió muy de sorpresa. No me dio tiempo a reaccionar porque volvió cerrar los ojos y su cabeza buscó el apoyo de mi hombro.

    La extendí en la cama y la observé. Ver tendido ese magnifico cuerpo blanquecino, se me antojaba como un obsequio o un regalo divino a mi alcance. Si hacía dos semanas la había contemplado desnuda, pero casi solamente de espalda, esta vez tenía ante mis ojos, su cara, sus pechos, su vientre, su sexo, todo…

     Me acerqué a ella y quise corresponder al beso que me había dado antes, pero no obtuve respuesta. Se había quedado profundamente dormida.

     Mi cabeza empezaba a darle vueltas ante lo que tenía a mi vista, intentando vencer el hecho de que esa mujer era mi tía y además, hacía nada que había dejado de ser monja. Algo me decía o quería verlo de ese modo, que eso no tenía que ser un impedimento, ni algo insalvable.

     No pude resistir la tentación y sobre todo, algo ayudó el alcohol que llevaba dentro, porque después de posar mis labios en los de ella, esos mismos labios fueron recorriendo todo su cuerpo que se manifestaba virgen e inexplorado. Todo él lo tenía a mi alcance y mis labios absorbían cada uno de sus poros. Éstos irradiaban una pureza y un frescor inenarrable. Y es que todo en ella era tremendamente virginal.

     ¿No estaba bien aprovecharme estando dormida? No me lo parecía, o por lo menos no lo quería admitir. Solamente quería contestar con hechos a sus palabras, y aunque fueron dichas en un estado de embriaguez, quizás era más creíble el decirme que le gustaba estar conmigo y que no la dejase sola. Con mis caricias, le respondía claramente que yo también me sentía a gusto con ella y en mi ánimo tampoco estaba el abandonarla.

     Y es que era apoteósico abarcar con mis manos esos  pechos turgentes e introducir en mi boca esos diminutos pezones, para después lamer todo su vientre, hasta llegar a posar mis labios en su monte de Venus. ¡Impresionante!, ¡qué monte!, era como si en él hubiera florido un bosque frondoso inexpugnable, en el que yo iba ser el primero en explorar.

     Mi lengua se afanaba en abrir camino separando su vello, hasta llegar a rozar sus labios vaginales. Algo debía sentir Sara, porque ante mi incursión, su cuerpo se estremecía y de su boca me llegaba el sonido de una respiración acelerada, pero sus ojos se mantenían cerrados en un profundo sueño. Separé suavemente algo más sus delicados muslos y seguí mi exploración. Después de que mi boca acariciara y lamiera sus muslos, fui suavemente en busca de su clítoris, para chupar y succionarlo delicadamente. Una gran excitación se produjo en Sara. Sus muslos me atenazaban mi cara y un tremendo chorro de flujo inundó mi boca.

     Yo me encontraba a punto de explotar, y mi pene pedía desesperadamente buscar donde guarnecerse, para poder desprenderse de ese liquido viscoso y blanquecino que reclamaba a gritos salir.

     Tuve la suficiente calma, y en eso me valió la experiencia que tenía, para pasear sosegadamente mi miembro por su vulva, hasta que creí oportuno introducir con suavidad y delicadeza mi pene en su vagina, haciendo que mi falo se adaptara a su virginal anatomía vaginal.

     Fue como una delicada intervención quirúrgica pero que se vio recompensada tras poder penetrarla totalmente. Sara permanecía dormida, pero su cuerpo no era ajeno a mis envites, porque sus alucinantes y blanquecinas nalgas se movían compaginándose con los movimientos de mi pene.

     Estaba más que alucinado. Como era posible que una mujer dormida y encima por lo que se veía claramente, nunca había sido penetrada por ningún hombre, su subconsciente le hacía ser participe del placer del coito. Su respiración más que alterada y acelerada, llegaba claramente a mis oídos y no pude más.

     Ahogué un tremendo grito que se iba a escapar de mi garganta, pero lo que no pude hacer, es frenar mi tremenda eyaculación. Todo mi semen se perdió en lo más íntimo de Sara. Tras la descarga me quedé completamente exhausto tendido en la cama, pero antes con la misma suavidad que la había penetrado, saqué mi pene de su vagina y pude comprobar que unas gotas de sangre le acompañaban.

     Nunca había tenido la ocasión de desvirgar a una mujer y esa tarde había sido capaz de desflorar nada más y nada menos a una monja o exmonja, que además era mi tía.

     Tras la tempestad llega la calma y mi mente más apaciguada, comenzó a darle vueltas a lo había sido capaz de consumar y lo primero que pasó por mi pensamiento es que había sido un cabrón. Aprovechándome de la situación, había violado a esa mujer virginal e inocente y además era la hermana de mi madre.

    Un sudor frío se unió a mi cuerpo completamente sudado y para intentar despejar mi mente y abandonar esos pensamientos, me fui a la ducha. Una ducha fría, pensé, me calmaría y me aclararía las ideas.

    No sé el tiempo que estuve dejando que cayese el chorro de agua fría sobre mi cabeza. Intentaba, si era posible, se llevase esa perturbación cerebral que me estaba trastornando.

     Un poco más relajado, pero todavía tocado por haber abusado del cuerpo de Sara, me dispuse a salir del baño. Al igual que salí volví rápidamente a entrar. Un grito inconfundible me hizo echarme atrás.

     Se asemejaba, aunque con menos intensidad, al que Sara emitió cuando la vi desnuda en el baño de casa de mis padres, pero esta vez el que iba desnudo era yo. Más que por ir desnudo, me sorprendió y me asombró el que Sara estuviera despierta. ¿Cómo iba a afrontar verme con ella después de lo que había pasado? Me coloqué una toalla en la cintura y me dije: “a lo hecho pecho”, si había tenido cojones para de alguna manera violarla, tenía que seguir siendo lo suficientemente hombre, para presentarme ante ella y enfrentarme a lo que me podía venir encima.

     Salí de nuevo del baño cubierto con la toalla y vi a Sara reclinada en la cama agarrando la sabana cubriéndose casi hasta el cuello.

     No hizo falta que yo dijera nada porque sin llegar a ella exclamó:

     -¿Dónde estoy…? ¿Qué me ha pasado…?

     Era evidente que tenía que responder y lo mejor era comenzar diciendo porqué estábamos en esa habitación.

     Me senté al borde de la cama y comencé a explicarle, ya  que por lo visto no se acordaba, de porqué estábamos en esa habitación. Más bien le explique hasta que procedí a extenderla en la cama. Ya vería como narrarle el resto.

     -¡Madre mía, que vergüenza! ¡Cómo he podido llegar yo a esto! –dijo apenándose.

     Dejó de sostener la sabana y se puso las manos en la cara y empezó a llorar. Se me encogió el corazón. Si lo que le había contado era para echarse a llorar, ¿qué sería si le contase el resto? No pude por menos que acercarme a ella y pasar mis dedos por sus ojos para decirle:

     -No te preocupes, simplemente te ha sentado mal la bebida y no pasa nada. Además, aquí estoy yo tal como me dijiste.

     -¿Qué te dije…? -me preguntó alarmada.

     -Que no te abandone nunca –lo de nunca era un añadido, pero me pareció que me venía bien agregarlo.

     -¿Eso… te dije?

     -Claro y aquí me tienes.

     Noté que su cara se trasformaba y volvía a ser la mujer que se azoraba en mi compañía. Eso me envalentonó y continúe diciéndole:

     -Alguna cosa más me dijiste, pero no se si creérmelo.

     -¡Ay madre de Dios… ¿que más te dije…?

     Era la mía si quería salir bien del trance y aunque lo que le pensaba decir era media mentira, porque ella simplemente había dicho que le gustaba mucho estar conmigo, yo lo quise interpretar y descifrar de otra manera. Para crearle un poco más de incertidumbre, le contesté:

     -No se si decírtelo.

     Se puso las manos en señal de perdón pidiendo se lo dijese y la sabana, por otra parte, fue resbalando de su cuello hasta detenerse en sus pechos, pero no creía que Sara se diese cuenta. Le preocupaba lo que me hubiera llegado a decir.

      -Por favor… dime que barbaridad llegué a decirte.

      -No fue ninguna barbaridad, además yo también te quiero –le solté.

      Sara como un acto reflejo cogió la sabana y se cubrió hasta la cabeza y así estuvo unos instantes, hasta que se descubrió.

      -No puede ser Julián…, no sabía lo que decía.

      Me parecía que iba bien y volví a la carga.

      -Dime ahora si de verdad no me quieres.

      -No, por favor…, no me pidas que te lo diga, además recuerda que soy tu tía.

       -Sí que te lo pido porque es muy importante para mí. Ya he pensado en  que eres mi tía y no tiene que influir en nosotros si realmente me quieres como yo te quiero.

      -Ay, por Dios, por Dios, esto es una locura…

      No pude más, agarré su cara con las dos manos y le dí un beso en la boca para después decirle:

     -Dime, y no me mientas, si es verdad que me quieres.

     Me miró y unas lágrimas volvieron a sus ojos pero terminó diciéndome:

      -Que Dios me perdone…, pero sí…, sí…, creo que te quiero… Algo muy fuerte hay dentro de mí y no se lo que puede ser.

      Las lágrimas inundaban su rostro, pero conseguí calmarla con dulces palabras que verdaderamente salían espontáneamente de mi corazón. La abracé y ya la sabana no entorpecía para que sus pechos se juntasen a los míos y mi boca buscase la suya para unirse en un prolongado beso. Nuevamente esos labios eran míos. No sabía besar. Todo esto era nuevo para ella, pero ahí estaba yo para enseñarle. Mi boca fue jugando con sus labios hasta que estos se abrieron y nos unimos en un acalorado y desenfrenado beso.

     -¡Ay Julián, esto no puede ser!

     -¿El que no, mi amor? –le pregunté.

     -Estamos incurriendo en un grave pecado.

     -Pecado sería dejar de querernos y tú y yo no vamos a dejar de amarnos.

     -¿De verdad Julián que me quieres?

     -No lo dudes. Quiero que seas mía para siempre.

     -Pero Julián…, esto es contra natura…, no debemos seguir…

     No le contesté, dejé que siguiera mirándome, hasta que se abrazó a mí diciéndome:

     -No se que me pasa Julián, siento mi cuerpo tembloroso y me encuentro muy nerviosa, pero algo muy interno me está pidiendo que me ames.

     No se lo iba a decir, pero mira por donde mi atropello jugaba a mi favor. Su cuerpo, sin que ella lo supiera, después de haber experimentado el placer de ser poseído, le pedía volver a experimentar un nuevo goce. 

     Si mi anterior incursión sobre su cuerpo fue alucinante,  esta vez fue apoteósico. Salvados los primeros momentos, en que Sara se mostraba un poco reticente, contribuyó a que nuestros cuerpos estuvieran acompasados. Es más, hasta conseguí que mi miembro se lo introdujera en la boca y me hiciese una felación monumental. Ella no sabía que hacer cuando mi semen se esparció por toda su boca, pero al igual que hice cuando la mía se inundó de sus flujos al comerle su deliciosa vagina, no tuve ningún remilgo en volverla a besar de nuevo y que mi semen se desparramara en nuestras bocas.

     Nos detuvimos un momento para tomar fuerzas,  tanto Sara como yo estábamos completamente exhaustos. Había recorrido todas las partes del cuerpo de Sara y a ella le enseñe como hacer lo mismo conmigo y de verdad que lo hizo de maravilla. Prueba de ello, como he dicho anteriormente, fue la tremenda erección de mi pene, cuando su boca jugó con él, hasta producirme tal orgasmo que hizo desatar su furia, derramando todo el líquido contenido en su boca.

     Me sentía un poco menos culpable de lo que le había sido capaz de hacer estando dormida, pero ahora faltaba como afrontar el poseerla totalmente, sin que notara que antes ya había sido penetrada. Estaba en ese pensamiento cuando Sara me dijo:

     -Julián… ¿Es normal esto que estamos haciendo?

     Me entusiasmaba la ingenuidad de Sara. Todo para ella era un mundo nuevo y yo gozaba ayudándole a descubrirlo.

     -Claro cariño, esto entra en el juego del amor ¿no te gusta?

     -Claro que me gusta, siento que voy a explotar. Me estás llevando a un mundo celestial impensable para mí.  ¿Notas como me siento?

     Y si que lo notaba. El contacto de mi cuerpo, mis besos, mis caricias, le producían tal placer, que su cuerpo se retorcía y de su boca se desprendían unos jadeos y gemidos que me llenaban de placer.

     Sonreí y la volví a besar de nuevo. Después del beso me miró dulcemente y me dijo.

     -No te rías de mí Julián por ser tan tonta. Yo tenía entendido que hacer el amor era solamente unir los sexos.

     -Mi vida..., eso es la culminación del acto.

     Todas sus incertidumbres se iban perdiendo y para muestra me llegó a decir:

     -Vamos a culminarlo mi amor… Quiero comprobar que se siente teniéndote en lo más profundo de mi ser.

     Ya me había tenido, pero ese momento en el que estábamos no se parecía en nada al anterior. Estaba despierta y yo tenía que comportarme como si fuera la primera vez que mi miembro iba a explorar su cueva.

     Comencé besándola una vez más, para ir desplazándome por ese cuerpo inmensurablemente blanquecino y de curvas perfectas. Haciendo uso de mis manos y mi boca, iba deteniéndome en los puntos más erógenos. Quería excitarla y excitarme de tal manera que llegase a olvidar que mi miembro suciamente, ya la había explorado. Quería que se convirtiese y ella notase, que era nuestra primera vez.

     Lo primero lo conseguí con creces. Era tal nuestra excitación, que si Sara se retorcía y con voz entrecortada me decía: “poséeme mi amor… hazme tuya…”, yo no le iba a la zaga. El cuerpo de esa mujer se me antojaba que era mío completamente, cosa que con otras mujeres no lo había experimentado, y mi pasión por él iba a más y más a cada momento.

     Casi me sobra decir que mi miembro estaba tremendamente exultante, como queriendo manifestar que había llegado el momento propicio para introducirse en esa angelical vagina. No le hice esperar. Con suma delicadeza, la punta de mi pene comenzó rozando sus labios vaginales, hasta que poco a poco apuntó a su orificio para ir introduciéndose suavemente por todo su conducto vaginal.  

     La actitud de Sara rayaba en la locura. Sus manos asían fuertemente mi cabello, sus nalgas se agitaban intentando acompasar al desplazamiento de mi pene a través de su vagina y su boca desprendía unos jadeos  y gemidos inconmensurables.

     La apoteosis no tardó en llegar. Algo salió de nuestras bocas casi al unísono, que me es igual decir que eran, gritos, chillidos o rugidos. Éstos fueron fieles acompañantes a nuestros dos imponentes orgasmos. Si ella desprendió una gran cantidad de flujo, mi miembro no se quedó atrás. La única diferencia es que parte de su flujo salía al exterior de su vagina y el mío se perdía en lo más hondo de sus entrañas.

      Después de extendernos en la cama completamente extenuados y que nuestra respiración volviese a cauces casi normales, Sara se desato en muestras de cariño, con sus besos, abrazos y sus palabras.

     -Eres todo par mí… Nunca hubiera pensado esto y además no he sentido ningún daño… Eres mi amor, mi vida, mi tesoro.

     Estaba sentada encima de mi vientre y sus manos asían mi cabeza al mismo tiempo que me besaba. Se paró un momento, mi miró profundamente a los ojos y me dijo:

      -¡Ay Julián! No quisiera perderte nunca, ¿pero ahora, que va a pasar…? No tenemos que olvidar que tu madre es mi hermana y yo soy tu tía la monja.

     La incliné hacía mí y mi boca busco la de ella para propinarle un beso en el que claramente dejaba a entender que dejaba de ser la hermana de mi madre y la tía monja, para convertirse en la mujer que yo deseaba y que hasta ese momento no había encontrado.

     Para demostrarle que también era ella todo para mí, una vez más nuestros sexos se buscaron, se encontraron y se unieron para llegar a nueva culminación orgásmica, Hubo más muchísimas más y desde entonces no han dejado de producirse.

    

      Tras ese día llevamos una vida en común llena de dicha y placer. Y es que compartir una vida con una exmonja es algo grandioso e inmejorable. Sí que hubiéramos compartido nuestra vida igualmente, pero agradezco a mis padres el no oponerse a nuestra unión, a pesar que nunca entendieron como pudo surgir lo nuestro.

     Para colmar más nuestra felicidad, Sara me acaba de hacer padre. Han pasado exactamente nueve meses y no se si la fecundación fue fruto de los espermas de mi primera copulación, mi segunda, mi tercera… Lo cierto es que nunca sabrá ni le diré a Sara, la historia de cómo llegó a ser desvirgada. 



© Julio

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