Te conocí en la biblioteca, estabas sentado a mi lado,
batallando con el ordenador, al cual intentabas arrancarle una información en
vano. Me pediste que te ayudara a localizar un libro, la informática no era tu
fuerte, y yo introduje los datos que me habías facilitado y obtuve el registro
de las obras de Hermann Hesse. "El lobo estepario" estaba prestado hasta dentro
de veinte días y eso te contrarió, el libro te urgía. Te dije que tenía un
ejemplar en mi casa, que podía dejártelo mientras te hiciera falta. Ibas a
aceptar, pero refrenaste tu impulso a darme el sí.
_Sería abusar de tu amabilidad _alegaste.
Insistí, y finalmente accediste a venir a casa para
recogerlo. Te agradó mi pequeño estudio y te admiró que poseyera una colección
de libros tan amplia. Estabas muy azarado. Te anoté mi número de teléfono en un
papel y convinimos que me llamarías para devolverme la novela. Antes de
marcharte me diste mil veces las gracias por el favor que te hacía.
Dos días después telefoneaste, ya habías leído la obra. Me
sorprendí, y tú replicaste: "Es que soy muy rápido". Sonreí para mis adentros
mordiéndome la lengua, iba a contestarte: espero que no seas tan rápido en todo,
pero me pareció una observación improcedente y me la callé.
Nos citamos en la puerta de la biblioteca y te presentaste a
la hora en punto. Me invitaste a un café en un bar cercano y charlamos de la
novela, de la vida, de nosotros. Nos sentíamos muy a gusto juntos, enseguida se
estableció entre ambos un clima de grata confianza y aquella tarde nos costó
despedirnos, por eso volvimos a quedar, para tratar de todos los temas que
dejamos pendientes, y seguimos viéndonos con asiduidad, cada tarde, hasta que
constatamos asustados que entre los dos había nacido el amor.
Tú estabas casado, no me lo ocultaste, en cuanto la simpatía
y el agrado se trocaron en afecto y deseo, me confesaste que tenías una esposa,
dos hijos, pero para entonces la pasión que nos embargaba ya había eclipsado
todo lo demás. Estando juntos ardíamos devorados por llamaradas de pasión,
éramos prisioneros de un frenesí que a duras penas lográbamos controlar, pues
ambos comprendíamos los peligros que encerraba dar aquel paso trascendental.
Yo era bastante más joven que tú, y eso te preocupaba, la
cincuentena se te venía encima llenándote de inseguridades y dudas. ¿Cómo una
mujer joven, inteligente y bella, que podía elegir al hombre que quisiera, te
amaba precisamente a ti, un maduro juez?
Pero a mí no me importaban ni tus arrugas, ni tus canas, ni
tu dinero. Con ningún otro hombre había experimentado la emoción que me hacía
vibrar estando a tu lado. Nadie me había arropado en cálida ternura como lo
hacías tú.
Sabíamos que tenía que suceder, que era inevitable, que el
amor, mucho más fuerte que nosotros, nos vencería, y decidimos pasar un fin de
semana en el apartamento que tenías en una población costera. Le expusiste a tu
esposa que asistías a un simposio de derecho internacional en el extranjero y
nos reunimos en Cadaqués.
Acordamos que no haríamos el amor, que únicamente estaríamos
juntos disfrutando de aquel sentimiento que nos desbordaba, de la mutua
compañía, sin que el reloj, eterna amenaza, pusiera fin al encuentro.
Desayunamos, paseamos por el pueblo abrazados, comimos, recorrimos la playa y
cayó la noche, en aquel momento la pasión fluía a borbotones con una magia
electrizante y hermosa. Cenamos en un típico restaurante cogidos de la mano,
mirándonos a los ojos. Para los postres, nuestra brújula interna sólo indicaba
un norte: el otro.
Nos besamos en la boca con miedo, era la primera vez que lo
hacíamos, y ya no pudimos parar. Tus labios temblaban en contacto con los míos.
Me habías comentado que de joven, mientras estuviste en la facultad, eras un
poco calavera, no te creí entonces y tu torpeza me indicó que mi impresión fue
certera.
No sabías qué hacer ni cómo comportarte, no porque no
desearas lo mismo que yo, sino porque te faltaba experiencia, y tu inseguridad
manifiesta me excitaba todavía más si cabe. Llegamos al apartamento urgidos por
la necesidad imperiosa del otro y allí, de pie junto a la mesa de la sala, me
desabrochaste con impaciencia la blusa, me acariciaste un pecho y me estrechaste
contra ti.
Percibí las sacudidas de tu verga dura en mi vientre y a
continuación me pediste perdón con los ojos brillantes.
_Lo siento, lo siento mucho. No he podido controlarme. Te
deseo demasiado.
_No importa _mentí encubriendo mi desengaño, y esperé a que
hicieras algo para aliviar mis ansias de ti, pero no acertaste a hacer nada.
Tus manos trémulas no sabían dónde posarse, cómo acariciarme,
y comprendí en el acto que no sabías nada del amor, que los más de veinte años
de matrimonio con una mujer frígida, practicando el misionero sin otra
variación, te habían atrofiado el instinto y robado la libertad para disfrutar
de las infinitas caras del placer.
Tras aquella noche, en la que nos limitamos a dormir piel con
piel, corazón con corazón, vinieron tardes enteras escondidos en un hotel de las
afueras de la ciudad donde vivíamos.
Me gustaba desnudar tu cuerpo lentamente, besar tu piel,
meter mis dedos entre el encanecido pelo de tu pecho, juguetear con tus pezones
anhelantes y siempre agradecidos. Cuando descendía a la cintura, apagabas la luz
para no ver lo que hacía con tu miembro agigantado, para sentir mi lengua
viciosa recorrer entre arabescas filigranas su volumen.
_Te quiero. Te quiero. Me haces gozar tanto _murmurabas.
No me permitías acabar, te agradaba penetrarme suavemente,
con lentitud, con infinito cariño. Llegabas rápidamente al clímax, sin darme la
oportunidad de deleitarme contigo, y nuestros cuerpos se quedaban fundidos,
confundidos el uno con el otro. Tú te adormilabas, y a mí no me molestaba tener
que ir al lavabo a masturbarme porque luego, cuando regresaba al lecho, me
abrazabas y me besabas con tu inefable ternura, con ese afecto entrañable que me
compensaba de cada insatisfacción.
Un día me descubriste sentada en el bidé, no me estaba
lavando como te había dicho, el agua corría acallando mis gemidos.
_¿Por qué no me lo has comentado? _me preguntaste con
dulzura_ Eres tan joven que necesitas mucho más de lo que yo te doy.
Me abracé a ti para decirte que te amaba y que ver mi
sentimiento correspondido de aquella manera sublime era más de lo que cualquier
mujer podría soñar, pero tú te arrodillaste delante de mí para suplicarme.
_Dime que he de hacer.
Y yo te lo expuse. Tuve que enseñarte la ubicación exacta del
clítoris, el modo de lamerlo, morderlo, frotarlo, te instruí en el arte del amor
porque tú, a tu edad y pese a tu matrimonio, seguías siendo un púber virginal.
Te revelaste como un alumno aventajado y no te costó aprender
a conocer mis deseos más íntimos, por ello, cuando estábamos en la cama y yo
cerraba los ojos y te pedía: ven, tu iniciabas aquel ritual amoroso que me
enloquecía, quizá porque hasta entonces ningún otro hombre se había concentrado
exclusivamente en mi propio placer. Me halagaba considerar que tú eras el único
que conocía milímetro a milímetro mis zonas más erógenas, ésas en las que las
terminaciones nerviosas se hallan a flor de piel y son capaces de despertar
infinidad de sensaciones voluptuosas.
Comenzabas el recorrido por mi cuerpo en la oreja, donde el
contacto de tu aliento tibio me erizaba el vello y desencadenaba una reacción en
cadena que habría de propagarse por cada poro de mi piel enardecida. La nuca y
el cuello propiciaban el descenso hacia mis pechos, siempre los encontrabas
calientes y siempre te sorprendía su rápida respuesta al suave roce de tu boca.
Los pezones se erguían inflamados, aguardando impacientes más, más, y tú te
convertías en un bebé ávido y goloso de dulzura y mamabas de mis senos una leche
imaginaria. Escuchabas mi respiración acelerada y en ocasiones te apremiaba:
chupa, sí, así. Era la frase clave que hacía que te apoderases con las dos manos
de mi pecho, duro ya como una piedra, y lo dejases vacío y seco.
Con la boca saturada de mi amor, resiguiendo el esternón,
bajabas hasta la oquedad del ombligo, chupabas la boca de ese diminuto cráter
que era el arranque de la ruta más deseada y acercabas la nariz al montículo
cubierto de rasurado pelo, mi olor de mujer, ese aroma único que me distinguía
de cualquier otra, te encendía conminándote a penetrar en la gruta que guardaba
el codiciado tesoro de mi intimidad. Tu aliento, hábilmente derramado sobre los
labios entreabiertos, me resultaba irresistible, porque conocía de antemano que
acto seguido tu lengua se posaría rígida en la punta endurecida del clítoris. Y
tú sabías que en ese preciso instante me agitaría una potente convulsión, la
primera de todas las rítmicas sacudidas que habrían de sucederse, mientras
bordeabas con fruición la ya pétrea dureza de aquel minúsculo botón y sentías
los espasmos que contraían cíclicamente mi vagina. En medio de aquella
excitación creciente, tu lengua lamiscaba y lamiscaba, hasta que la cara se te
humedecía de mis secreciones y mi voz ahogada por el éxtasis susurraba: eres el
mejor amante que existe. Y ocurría que mis músculos tensados al máximo se
relajaban, y tú aún te recreabas en los pliegues y repliegues empapados por mi
eyaculación, pensando solamente en darme mayor y más placer, más incluso del que
podía soportar. El mundo se detenía en ese instante fabuloso, cuando con mayor
intensidad disfrutaba; estaba exhausta.
Te acostabas a mi lado y me abrazabas con la cara empapada,
yo te lamía percibiendo el gusto agridulce y con un punto ácido de mi
lubricidad, y luego, en cuanto recuperaba el aliento, me colocaba sobre ti, te
cabalgaba. Tú no habías practicado ese juego nunca y temías hacerlo mal, por eso
dejabas que gozase a mi antojo de tu cuerpo, un cuerpo que apenas se movía, pero
que me arrebataba de una forma singular en su quietud complaciente y amorosa.
Así pasaron las semanas, los meses, hasta que el abandono
sexual alertó a tu esposa y la puso sobre la pista de nuestra relación. Un día,
limpiando tu despacho, descubrió en tu mesa un libro desconocido: "El lobo
estepario" que yo te regalé, leyó la apasionada dedicatoria que incluía y ya no
le hicieron falta más pruebas para ponerte en la disyuntiva de optar entre una
de las dos.
La elegiste a ella para evitar el escándalo en tu conservador
y estricto círculo social, para no afrentar a tus hijos, porque fuiste un
cobarde, y desde entonces ni tú ni yo vivimos, porque nuestros respectivos
corazones dejaron de latir al despedirnos.