Aquél era mi último año de carrera y había suspendido dos
asignaturas. Mis padres, que siempre se habían sentido orgullosos de su
unigénito, empezaban a desesperarse por mi único gran fallo: no haber concluido
los estudios con matricula de honor y siendo el número uno de mi promoción, así
que cancelaron mis vacaciones y me obligaron a quedarme en casa para recuperar
las asignaturas pendientes mientras ellos recorrían los Estados Unidos.
Lo último que me apetecía era estudiar. El verano es momento
de relajo y esparcimiento. Mis amigos se divertían en la playa, navegando,
saliendo cada noche de farra, y yo permanecía encerrado en Madrid, con dos
odiosos libros de química sobre la mesa de mi estudio y sin valor para abrirlos.
Lilizbet, la asistenta venezolana que desde hacía poco
trabajaba en casa, me acompañaba haciendo más llevadera mi condena. Era un
detalle que mi madre, conociendo mi absoluta ineptitud para ocuparme de las
tareas domésticas, le hubiera pedido que me cuidase, en lugar de darle
vacaciones durante el tiempo que ellos permanecían fuera.
Lilizbet era una muchacha joven, alegre y vital, se ocupaba
de sus quehaceres con diligencia y procurando no interrumpir mi supuesta
concentración en los textos. La veía moverse ligera y eficiente por el piso en
los ratos que me tomaba de descanso, que eran muy frecuentes, y me dejaba
prendado de su simpatía y sus encantos.
Una tarde, en una de mis escapadas para buscar un refresco en
la nevera, me la encontré planchando. Estaba de espaldas a mí cimbreando sus
redondeadas caderas rítmicamente, me fijé en ella con detenimiento, llevaba
puestos los auriculares de un walkman y bailaba al son de alguna música.
La melena azabache le caía encima de los hombros y se mecía ondulante. Sentí que
una oleada de testosterona me invadía provocándome una erección que mis tejanos
a duras penas podían contener. Decidido a volver a mi cuarto para ocultar
aquella incontrolable reacción fisiológica, giré sobre mis pasos, pero Lilizbet
me vio antes de que saliera y me preguntó si necesitaba algo.
Vacilé unos segundos sin acertar a darle una respuesta
plausible y al final alegué que había ido a coger una cocacola. Ella se apresuró
a sacarme una lata del frigorífico y me la tendió sonriente, conocía mis gustos
y sabía que solía beberla directamente del envase. Me quedé mirándola hechizado
por su amplia sonrisa, por sus pechos abundantes sobresaliendo bajo la blusa,
por la extraña sensualidad que emanaba de ella, y regresé corriendo a mi
habitación antes de que comenzaran a saltarme uno a uno los botones de la
bragueta.
Aquella noche soñé despierto con Lilizbet, debe tener unos
dieciocho años y es la criada, me repetía en un intento por demostrarme a mí
mismo lo improcedente de aquel repentino prurito. Pero yo estaba en esa edad en
que las hormonas no te dan tregua, me sentía solo, aburrido y abrumado por
imperiosas necesidades insatisfechas. Lilizbet rezumaba vida, entusiasmo,
erotismo. Seguro que tiene novio, me decía cerrando los ojos y viéndola bailar
incitadora.
Procuraba centrarme en fórmulas, moléculas, ecuaciones...,
mas era en vano, cada vez que veía a Lilizbet, algo se me descontrolaba por
dentro. Sus gestos dulces y sus movimientos despreocupados, carentes de toda
provocación, me excitaban. Me costaba no mirar sus muslos ceñidos por la falda
del uniforme, me cautivaban sus ojos negros, su piel dorada, su melodiosa voz,
todo en ella me resultaba irresistible.
Salí algunas noches en busca de compañía femenina, aunque sin
saber por qué el deseo me devolvía a Lilizbet; incluso sus actos cotidianos y
sin importancia, me atraían en una dirección no calculada, pero que de ninguna
manera lograba ignorar.
Las noches eran terribles, ella estaba allí mismo, al otro
extremo del pasillo, y yo me moría por tenerla entre mis brazos. Cuando al fin
me quedaba dormido, al cabo de un rato se hacía presente en mis sueños y el
recuerdo de su mirada, de su provocadora presencia, me desbordaba de sensaciones
intensas que acababan invariablemente en una abundante polución. Empecé a
obsesionarme con Lilizbet y mantenía una tremenda lucha interna con mis
emociones. La razón me dictaba una conducta inviable, porque mi deseo sólo
conocía un objetivo: ella.
Aquella noche le pedí que cenáramos juntos, no tenía sentido
que yo lo hiciera solo en la sala y ella en la cocina. La ayudé a preparar la
mesa y compartimos un guiso típico de su tierra, le serví una copa de vino y me
respondió que no tomaba alcohol, pero que haría una excepción porque yo se lo
pedía. El corazón se me desbocaba y el temor a que la evidencia de mis apetitos
fuese evidente, me trastornaba. Lilizbet se había convertido en la única mujer
del mundo y desde entonces no dormía, apenas comía y, obviamente, tampoco
estudiaba, pues mi cerebro era incapaz de concentrarse en nada.
Tomamos un té frío y le pedí que me hablara de su país, de su
familia, quería conocerla más a fondo, pero mi atención se dispersaba en cada
gesto de su rostro, en cada movimiento de sus manos, en esa respiración que le
inflaba el pecho y lo hacía tentador. Debía notar mi enorme agitación, porque
era tan grande como imposible de ocultar.
Sus ojos reían y mi corazón latía desasosegado, estaba
hechizado por la magia de un sentimiento poderoso y extraño. ¿Sería amor lo que
hacía de su compañía una dulce bendición? Sí, no podía ser otra cosa que amor.
Las palabras me salían torpes y me resultaban ininteligibles, sentía angustia,
deseo, sudores fríos. Alargué el brazo sobre la mesa y le cogí una mano
esperando que Lilizbet la retirase y con su reticencia me dejara claro que no
obtendría nada de ella, que yo no le interesaba, pero la mantuvo debajo de la
mía y aceptó la imperceptible caricia de mis dedos.
Le confesé que la apreciaba, que no sabía si era amor lo que
sentía por ella, pero que dormido y despierto se hacía omnipresente en mi
corazón. Lilizbet sonrió con su encantadora sonrisa y no contesto, posiblemente
considerase que yo no era sincero y que siendo un hombre estaba dispuesto a
decir y a hacer cualquier cosa con tal de conseguirla. Pero no era así, por
encima de todo la respetaba, me importaba y no iba a forzar su voluntad en nada.
Me escuchaba, me contemplaba con sus ojos vivísimos y
nigérrimos y no me respondía. Yo me ahogaba en deseo, en ternura, en miedo. Me
levanté de la mesa y Lilizbet se acercó a mí, me atreví a besarla, se dejó hacer
y luego me rechazó con la mano. Yo no buscaba imponerme, estaba perdido,
dispuesto a darle lo que ella deseara aun sin conocer sus deseos.
Me cogió por el brazo y me condujo a su dormitorio, se sentó
en su pequeña cama y yo me acomodé a su lado, atento a sus reacciones,
procurando adivinar qué esperaba de mí. Inicié una larga serie de besos,
conquisté su cuerpo a fuerza de caricias y afecto que fui derramando por su
piel. Hice que se tumbara en el lecho y la desnudé despacio, aparecieron sus
pechos redondos, turgentes, igual que dos frutas frescas jugosas y maduras. Ella
se mantenía expectante y de tanto en tanto me detenía a admirarla.
Su piel tostada olía a esencia de limón verde. Yo avanzaba en
una progresión prudente, porque esperaba su oposición, pero ella yacía
abandonada a las reacciones que se producían en su cuerpo. Remonté sus muslos y
me acerqué a la ingle, le rocé el elástico de las bragas con los dedos, deseoso
de eliminar el obstáculo de tela que me separaba de su intimidad, y Lilizbet dio
un respingo y se incorporó.
Pensé que era el final de mi viaje, que ya había llegado
demasiado lejos, y admití que haría sólo lo que ella me permitiera. Se levantó
para apagar la luz y volvió a la cama, me permitió besarla y yo percibía su
calor quemándome la ropa, advertía su deseo palpitando bajo mis manos y como
pude, me fui desnudando también. Llegamos a ese punto sin retorno en que no se
puede esperar más y sin prisas, con enorme suavidad, toqué su vulva mojada como
una flor que ha sido salpicada por el rocío. Sabía que le agradaba, puse mi boca
anhelante en sus labios íntimos y los besé con la enorme pasión que me consumía,
la punta endurecida de mi lengua le bordeó el clítoris enhiesto, lo estimulé con
pequeños lametones, quería hacerla disfrutar.
Entonces escuché su respiración agitada y lo que me pareció
un sollozo, casi no distinguía su rostro en la penumbra de la habitación, pero
mis dedos se impregnaron de la humedad de su cara. Lilizbet lloraba y yo no
quería contravenir su voluntad, no podía soportar sus lágrimas. Le pedí perdón
enternecido y ella se preocupó por si estaba disgustado, le confirmé que no, que
no estaba molesto, que no pretendía hacerla llorar. No sabía qué hacer.
Lilizbet me abrazó con cariño y me besó en los labios, separó
las piernas y yo entendí que el juego continuaba. Aún dudé, pero ella, con sus
caricias, me animó a proseguir. Lamí sus secreciones, le besé la vulva cogiendo
sus labios entre los míos, apretando los pequeños en calculados mordiscos, con
las manos la abrí y a la par que la besaba la estimulaba con el dedo. Puse mi
pene justo delante de su entrada, sin osar traspasar aquella puerta, pero el
instinto avivó mi ardor y poco a poco me introduje en aquel recinto sagrado
hasta que topé con cierta resistencia, con decisión y precavido desgarré aquella
membrana más preocupado en su posible dolor que en mi propia satisfacción.
Supongo que no le causé ningún daño porque Lilizbet se agitó por un enérgico
espasmo al que siguieron otros.
Viéndola gozar disfrutaba de una sensación extraordinaria de
poder y me reconocí enamorado y viril dándole placer y olvidando el mío. Acogido
por el amoroso calor de su sexo, me encontraba bien allí dentro, le acaricié los
pechos endurecidos y mi miembro reaccionó al contacto de aquellos senos. Moví
ligeramente a Lilizbet y gané unos centímetros de profundidad en su vagina.
Luego salí para repetir el mismo recorrido y Lilizbet me esperó afanosa y ya no
me dejó escapar, aferró con fuerza mis glúteos y me impuso el vaivén que más la
hacía disfrutar, entonces empezó a gemir cada vez más fuerte, su fogosidad iba
en aumento y me contagiaba, sus dedos se clavaban en mi trasero, me hacía mal y
me gustaba. Me corrí, la inundé de semen y continué encima, como muerto, en
cuanto me recuperé un poco me acosté junto a ella y la estreché plenamente
feliz, complacido.
La melena de Lilizbet caía por mi pecho y sus brazos me
ceñían entrañables. Te quiero, musitó en mi oído, y sus palabras sonaron tan
sinceras y emotivas que me conmovieron, conminándome a declararle aquella
emoción afectiva que me alteraba desde hacía días. Me sentía vinculado a
Lilizbet de un modo especial y único y ahora, sabiéndome el primer hombre de su
vida, algo dentro de mí me hacía sentir agradecido, orgulloso, en deuda.
Todo se fue encadenando, mis manos encontraron las suyas,
nuestras bocas se unieron, yo la abrazaba y la besaba, su pecho se aplastaba
contra el mío, nuestros sexos se buscaban, estaba como embrujado, borracho de
amor y de deseo. Lilizbet se volvió de espaldas y yo me pegué a ella adherido a
su piel, mi pene se despertó nervioso al contacto de sus nalgas y ella se
arrodilló, la acaricié entera, se había creado una atmósfera estimulante y grata
que invitaba a complacer cualquier antojo.
Me mojé los dedos en la mezcla de fluidos que albergaba su
vagina para lubricar su otra entrada inexplorada y añadí saliva al canal que
dividía sus nalgas, las separé con las manos y la punta del glande inició sola
el camino. El anillo del esfínter se cerró sobre él y ese estrangulamiento
ejerció una presión que me gustó. Con cuidado, me introduje progresivamente, mis
manos abarcaban la libertad de sus pechos, su vientre, su clítoris, que en aquel
instante era el eje del universo. Lilizbet no dejaba de gemir, de respirar de
una manera ruidosa. Yo la poseía con las manos, con el miembro. Nunca había
visto un orgasmo femenino como aquél. Su placer me excitaba y provocó mis
convulsiones, la sujetaba lo más fuerte que podía para que no se me escapara y
el semen se me disparó liberándome en aras de una felicidad suprema que jamás
hubiese imaginado que pudiera existir.
No podíamos movernos, Lilizbet y yo estábamos agotados, nos
tendimos sobre las sábanas contentos y enamorados y nos quedamos dormidos.
A la mañana siguiente despertamos sobresaltados por la
inopinada aparición de mis padres en el dormitorio. Era inútil negar la
evidencia, así que no tuve más remedio que soportar estoicamente el aluvión de
recriminaciones que cayeron sobre nosotros. Sin que sirvieran de nada mis
objeciones, Lilizbet fue despedida de inmediato y yo dejé de ser para siempre el
hijo modélico que mis progenitores deseaban tener, había caído en lo más bajo:
acostarme con la asistenta; yo, que podía haber elegido a cualquier chica de mi
misma clase y condición, me solazaba con aquella buscona, como mis padres la
definieron, y para colmo, para colmo volví a suspender las asignaturas
pendientes. Y es que cuando se está enamorado, cualquier cosa que no sea el
objeto de ese amor se vuelve superflua, por eso hoy trabajo en un laboratorio
mientras preparo mi doctorado y Lilizbet, mi esposa, permanece conmigo.