Llegué a casa con el estómago revuelto, había vomitado en el
trabajo varias veces y mi jefe, en un inusual arranque de compasión magnámina y
ante mi descompuesto semblante, me recomendó que me metiese en la cama hasta que
se me pasara.
Al abrir la puerta del piso, sonaba una melodía que no figura
entre el variado repertorio de mi discoteca y supuse que Rosa estaría escuchando
la radio. Encima del sofá de la sala se encontraba tirado un abrigo azul, de
corte clásico, y sobre la mesa auxiliar descansaban dos copas con restos de
champán y la botella en un cubo de hielo. Empecé a mosquearme, de manera que me
acerqué con sigilo hasta el dormitorio y atisbando a través de la puerta
entreabierta, hallé la prueba fehaciente que confirmaba mis sospechas.
Allí estaba Rosa, con la blusa medio desabrochada, mostrando
un sujetador rojo de encaje que yo no conocía, y allí estaba un tío cachas,
desnudo y bien equipado, apretándola por la cintura y restregando los genitales
en su vientre mientras le besaba el cuello, le chupaba la oreja, le acariciaba
la nuca.
La mano de aquel bastardo se deslizaba hacia arriba por los
muslos de mi mujer, le arrastraba la falda y llegaba a las bragas. Ella, la
muy..., abrió las piernas para facilitarle la tarea y aquel cerdo le palpó la
vulva, le retiró la tela y metió su asquerosa mano dentro de Rosa.
Quise saltar sobre ellos, apartar a aquel indeseable de los
brazos de mi mujer, pero el juego seguía y yo, aún no me explico por qué, me
quedé mirando.
Rosa se tumbó de espaldas en la cama, mi cama, flexionó las
rodillas y apoyó los pies en el borde. Él se arrodilló con la cara entre sus
muslos y le clavó los dedos en las nalgas al tiempo que hundía la lengua en su
sexo ansioso. Escuchaba los gemidos de Rosa, los certeros lametones que aquel
hijo de la Gran Bretaña le prodigaba con esmero. Debía estar próxima al
orgasmo porque Rosa se incorporó levemente y agarró al hombre por la nuca
estrechándolo contra sí, él deseaba prolongar el asunto, respirar, pero ella no
lo consintió, para entonces se derretía de placer en la boca del desconocido.
Le permitía hacer desmadejada y su amante la empezó a
desnudar despacio, muy lentamente, le besaba cada poro de piel que iba quedando
al descubierto, los hombros, los brazos, los pezones, el vientre... Retornó al
sexo, cuya lubricidad había dejado un cerco húmedo en la sábana, sus dedos lo
abarcaban entero, rozaban el relieve abultado de los labios, jugaban con los
rizos del vello, se entretenían en la prominencia del clítoris. Rosa disfrutaba
complacida de esa incitadora dulzura, tenía el pelo revuelto, los ojos cerrados
y una sonrisa de gozo indescriptible.
Hizo que Rosa se pusiera a cuatro patas, él le lamía el
cuello, le amasaba los pechos con frenesí, le separó las nalgas y después de
mojarle la entrada con un beso cargado de saliva, la penetró con tal pericia,
con tanta facilidad que consiguió ponerme caliente. La tenía cogida por la
pelvis con ambas manos y empujaba acelerando el ritmo, más fuerte, más rápido,
más profundo, más. Aquel individuo era una máquina de taladrar, una manguera,
porque cuando alcanzaron el paroxismo, tranquilo, interminable y sin
estridencias, sacó la polla enhiesta del interior de Rosa y aún latía vertiendo
gotas de semen.
Tuve que apoyarme en la pared, las piernas no me sostenían,
tras el espasmo final los dos se habían deslizado sobre la cama y ahora yacían
abrazados. La música sonaba desde la sala y yo no sabía qué sentir, era incapaz
de reaccionar.
Rosa me descubrió plantado en la puerta y él salió de su
languidez y me miró espantado. Seguramente pensaban que me pondría a gritar
hecho una furia, que montaría un número, que me lanzaría al cuello del miserable
donjuán e intentaría estrangularlo. Los dos me contemplaban con gesto de asombro
y yo..., yo me sentía indignado, estúpido, encendido.
Aquel momento me pareció breve, infinito. Rosa se levantó del
lecho y caminó desnuda hacia mí, veía su cuerpo joven y esbelto, sus pechos, no
muy grandes, pero firmes, su cintura estrecha, su pubis manchado de flujo propio
y ajeno. Alargó la mano para tocar mi entrepierna, me abrió el pantalón y
comenzó a cubrirme el miembro de tiernos besos.
_Cómo te has puesto, cariño. Si te mueres de ganas _le
hablaba a mi colega igual que si fuera un ente autónomo y ajeno a mí.
Sus dedos se ciñeron a mi pene y sus labios se posaban
deliciosamente en el glande impregnándolo de humedad.
_Rosa, ¿cómo has podido hacerme esto? ¿Por qué?
Pero ella no escuchaba mis débiles quejas por su traición,
estaba absorta en mordisquear aquella piel sensible en extremo que se estiraba a
medida que la carne adquiría forma y volumen definido.
_Sabes que yo sólo te quiero a ti _le decía a mi verga entre
caricia y caricia_ Por eso te trato bien y te hago lo que más te gusta.
La sangre me bullía dentro de su boca y todo me daba vueltas.
_Eres el mejor, mi preferido _su lengua retorcida alrededor
del pene lo lamía concentrándose en la punta, en el anillo del prepucio, en el
orificio de la uretra, en donde procuraba abrirse paso.
_Me encanta devorarte, eres tan suave, tan duro. No hay
ninguno que pueda comparársete.
Yo no resistía más y apoyé las manos en la cabeza de mi
mujer.
Su boca me succionaba con avidez, me engullía, la lengua
oprimía el glande contra el paladar. Rosa ya no podía hablar, pero había
sustituido sus enardecedoras palabras por unas caricias que se prolongaban desde
el ano, por el escroto, a los testículos.
Sucumbí, le inundé la boca de leche y acto seguido todo se
volvió oscuro, negro. Cuando abrí los ojos, aquel semental desnudo me
abofeteaba la cara para reanimarme y hacer que volviera en mí, y Rosa me tapaba
nerviosa con el edredón. Yo tiritaba aterido, un sudor frío me empapó la
espalda; iba a levantarme, la acidez amarga que me nadaba en el estómago
amenazaba con salir, pero no tuve tiempo, nada más incorporarme se precipitó
fuera.
Aquel canalla, el amante de Rosa, se vistió apresurado y se
ofreció a llevarme al hospital. No tenía fuerzas para partirle la cara, así que
le agradecí el detalle y acepté. En urgencias me diagnosticaron no sé qué
infección gástrica y quedé ingresado. Fue lo que se dice un mal día.