MARAVILLAS EN EL PAÍS DE LA DELICIA.
CAPÍTULO V
LA TARTA
La primera mitad de este capítulo lo escribí mientras
escuchaba "Metrópolis", de Blind Guardian, por raro que parezca. En la segunda
mitad estaba escuchando "Schizoid Dimension. A tribute to King Crimson". Lo digo
sólo como curiosidad para los o las lectores o lectoras.
04/02/03
Maravillas tenía ahora dos opciones. En realidad tenía una
tercera, que era mandarlo todo a la mierda y salir de aquella casa ya mismo.
Sin embargo, las otras dos eran bastante más sensatas. Una
era buscar a su prima, que sería para ella como un flotador salvavidas en medio
de un mar de mujeres desconocidas abiertamente sexuales. La otra opción, la cual
le inquietaba bastante, era la de buscar a alguien (probablemente mujer, como
todas las demás invitadas a la fiesta) que rondaba por ahí en posesión de una
foto de ella besando a otra mujer.
¿Qué tenía de importante aquella foto? ¿Qué mal podía hacerle
en manos de alguien que no le conocía ni importaba en absoluto? ¿Acaso la podría
utilizar para hacerle chantaje? ¿Acaso era Maravillas tan importante, acaso
tenía algo que le pudieran pedir a cambio?
Ignoró el sudor frio que le bajaba por la columna vertebral
al imaginar aquella foto rodando de mano en mano, y decidió que era su última
oportunidad para encontrar a Conchi. Si su siguiente búsqueda la obligaba a
tener que relacionarse con más de dos mujeres (probablemente locas y
pervertidas) abandonaría la búsqueda y se marcharía de la enorme casa sin
despedirse de nadie, echando rayos y centellas de furia por las orejas.
Bajó todas las escaleras que había subido anteriormente para
contemplar una sesión privada de abusos hacia una adolescente con antenas de
abeja. Su supuesto "premio".
Oyó música. Le resultaba familiar. Era un blues de ritmo
profundo y repetitivo. No el blues recargado y transformado de los blancos.
Aunque la voz masculina era muy suave y aguda, seguramente la de un blanco,
tenía aquel ritmo insistente, como el traqueteo de un tren cargado de esclavos
negros. El bajo retumbaba por todo el pasillo. Una harmónica introducía algunas
notas de vez en cuando. ¿Cómo se llamaba aquella canción? Buscando en su memoria
el título y el nombre del cantante, Maravillas se olvidó unos instantes de la
impactante escena que había visto anteriormente.
¿Era "In the Road Again"?
You know, the first time I travel... in the rain storm, in
the rain storm...
Donde hay música, hay fiesta, montones de personas hablando,
cantando, flirteando, bebiendo y fumando. De hecho, eso se oía conforme se
acercaba por el pasillo, así que se encaminó decidida. Aquel sería su último
intento.
El salón parecía el lugar espacioso y acogedor apropiado de
la casa para pasar largos ratos sin hacer nada importante, sobre todo en
invierno, junto a la chimenea, oyendo música en un enorme equipo, viendo la
tele, leyendo lo que fuera, durmiendo la siesta en uno de aquellos largos sofás
que parecían tan mullidos. Quizá era dos o tres veces mayor que el salón de su
casa.
También era el lugar adecuado para una buena fiesta.
Efectivamente, el salón estaba atestado de mujeres, apoyadas
contra la pared, sosteniendo o bebiendo una copa, charlando con un entusiasmo
propio del momento avanzado de la noche,
En el centro del salón, una chica bailaba a solas al ritmo
hipnótico del blues. Sus ojos estaban cerrados, su vestido negro brillante se
retorcía sobre su cuerpo con cada movimiento. Era una isla bailando en un mar de
mujeres.
So mama please, don´t you cry no more, don´t you cry no
more...
Maravillas paseó por el salón, echando un vistazo, haciendo
todo lo posible por pasar inadvertida.
- ¡"I´m sorry"! -exclamó con voz aguda una chica rubia de
nariz afilada, situada junto al equipo de música.
Y efectivamente, comenzó a sonar aquella canción. Maravillas
la conocía bastante bien. Hubo una época de su adolescencia, la que tienen todas
las buenas canciones, en que la oía todos los días varias veces.
No recordaba el nombre de la canción, pero sí que cuando la
grabó, en la época de la gomina, las diademas y los babana split, la chica no
tenía más de dieciséis años. Era, pues una canción interpretada por una voz de
candidez extrema, que pedía perdón no sabía todavía a quién.
I´m sorry... so sorry... please accept my apologies...
¿Cómo negárselo?
Aquella canción parecía ser allí un clásico o algo parecido,
porque cuando empezó a sonar, se armó un alboroto y todas las mujeres se
apresuraron a buscar una pareja para bailar bien agarradas. La escena era propia
del baile de fin de curso de uno de esos institutos de las teleseries. De fin de
año o de primavera, da igual.
"Oh-oh, pensó Maravillas, este es el momento en que empiezan
a pasar cosas raras y a mi me pillan en medio. Yo me largo".
Y se escabulló disimiladamente para buscar en otro lugar su
última ocasión de encontrar a su prima.
Así que no sabremos lo que pasó en aquel baile, en aquel
salón. Sí puedo decir, por ejemplo, que más de una pareja acabó besándose o
palpándose el culo, alguien se subió a una mesa y enseñó una teta a la
concurrencia, cosechando risas y ovaciones, una mujer pidió en matrimonio a
otra, la cual aceptó, y que alguien vomitó tras un jarrón, y hubo quien opinó,
para asombro de las demás, que hecho de forma estética, resultaba excitante ver
vomitar a una chica.
Baste con este pequeño resumen de todas las cosas que pasaron
allí hasta que acabó la fiesta.
Maravillas atravesó un pasillo de aspecto relativamente
silencioso y normal. Relativamente silencioso porque en aquella mansión la
música, los golpes, el arrastrar de muebles, las conversaciones y otros sonidos
producidos por la voz en dudosas situaciones, todo aquello se filtraba por cada
rendija de su estructura, como el moho. Y relativamente normal por los cuadros
que adornaban cada lado del pasillo. En todos ellos, versiones de obras famosas,
las cabezas de las personas habían sido sustituidas por las de ratones. La Mona
Lisa, La Odalisca, las Meninas, la Maja Desnuda, Jesús y sus apóstoles en la
última cena, tenían ojillos redondos, nariz inquieta y bigotes.
Maravillas no quería imaginar qué tipo de pervertida era la
dueña de aquella casa que coleccionaba semejante material. ¿Coleccionar? Quizá
incluso lo pintaba ella todo, lo cual era peor.
Llegó a una cocina. Le era familiar. Se dió cuenta de que un
par de horas antes ya había pasado por allí, aunque habría llegado desde otro
pasillo. Ya no estaban la chica que dormía sobre la mesa y la que bebía leche,
la del gracioso bigote blanco.
En su lugar había tres mujeres sentadas ante la mesa de
madera. Si el programa "Caiga Quien Caiga" se hubiese vuelto a emitir y esta vez
las presentadoras fueran mujeres, habrían tenido aquel aspecto: camisas blancas,
trajes negros impecables y corbatas también negras. Una de ellas, de pelo negro
recogido en un moño, tenía el cuello de la camisa levantado, dándole un aspecto
rebelde o trasnochado. Otra llevaba gafas negras, a pesar de la poca luz que
había en la cocina.
Las tres estaban muy serias.
Maravillas pasó ante ellas sin mirarlas, intentando no
desbocar una extraña cadena de escenas sexuales. Pero las tres la siguieron con
la mirada.
- ¡Eh! -dijo la única rubia de los tres. Tenía la melena
desbaratada y era realmente guapa.
Y Maravillas se detuvo.
- ¿Sí...? -respondió dubitativa.
- ¿Puedes acercarte?
- ¿Porqué? Estoy un poco ocupada.
- No tienes tanta pinta de ocupada -dijo la del cuello
alzado.
- ¿Puedes acercarte por favor?
- Depende para qué...
- Acércate, no puedo levantar mucho la voz. Además, sólo es
un momento.
Maravillas se acercó y apoyó las manos en la mesa. Sacó de
donde pudo su aspecto de mujer cansada y segura de sí misma.
- ¿Síiii? -dijo, alargando el sonido de la "i" de modo
sarcástico.
- Estamos buscando a alguien que...
- ... Que quiera hacer un trato -completó la frase la del
cuello alzado. La chica de las gafas parecía más amiga de mirar que de hablar.
- Sí, es más bien un trato, ¿no?
- Claro.
- Mira, yo... -quería decir Maravillas- La verdad es que no
sé qué tipo de tratos se hacen en esta fiesta, pero prefiero irme, lo siento.
- ¡Es un trato con dinero, ¿eh?! -se apresuró a señalar la
rubia- Vamos, te damos dinero si haces algo.
- Una cosa muy sencilla -dijo la del cuello alzado.
Maravillas torció la boca. Al menos, si era lista, podría
salir de aquella locura con algo de dinero.
- ¿Cuánto?
- ¿No quieres saber primero qué vas a hacer? -dijo la del
cuello.
- ¡Calla! Muy bien, quiere saber cuánto dinero... A ver...
-intercambiaron miradas- Cuatrocientos.
- ¿Cuatrocientos? ¡¿Euros?! -exclamó Maravillas.
- ¿Euros? ¡Claro que euros! ¿Qué van a ser, piedrólares?
- ¿Qué son piedrólares?
- La moneda de los picapiedra -murmuró la chica de las gafas
negras-. En realidad eran conchas.
- ¿Bueno, te parece bastante?
- Depende.
- Depende, claro. Ahí está el quid de la cuestión. Verás como
es mucho dinero por una tontería.
De una encimera tras ellas, la mujer rubia sacó una tarta y
la colocó sobre la mesa. Una típica tarta americana, seguramente de frambuesa.
La chica de las gafas gimió débilmente. En realidad las tres parecieron
inquietarse con aquello sobre la mesa. Cuando la rubia la llevaba en sus manos,
parecía manejar un diamante recién pulido, o una cabeza nuclear.
- ¿Qué? -preguntó Maravillas, audaz.
- Te damos cuatrocientos euros si te comes la tarta delante
de nosotras -dijo la rubia.
Maravillas no sabía lo chistosa que era la cara que puso.
Quizá si hubiese tenido un espejo delante, habría salido corriendo y riendo.
Un puñado de billetes nuevecitos salió del bolsillo de la
chica del cuello alzado, revoloteó un poco en el aire y volvió a esconderse.
- Si me como la...
- Sí, pero... -la chica del cuello alzado dudaba al
intervenir- No te la comas así, a lo tonto. Verás, somos una especie de... de...
- Fetichistas -dijo la señorita gafas negras.
- Sí, algo así. Queremos que te la comas... Con esmero,
disfrutando de cada bocado.
- Queremos ver como te la comes poco a poco y... de forma
sexy -dijo la rubia. Conforme hablaban, podía ver como se inquietaban en sus
taburetes, como se les hacía la boca agua. De repente parecía que no cabían en
sus ropas.
- Sí, imagina que es un... bueno, una... Bueno, lo que tú
quieras.
- No, qué hostias -dijo la rubia, tajante-. Imagina que es un
coño. Un coño limpito, jugoso y blandito. Ya me entiendes... Venga, tienes pinta
de chica que sabe ser muy sexy cuando quiere. ¿A que no me equivoco?
Maravillas se relamió, pensando.
- Un momento. Claro. ¿No llevará una droga o algo de eso?
- Joder, claro que no. No se trata de eso.
- Si noto que lleva algo raro... Os lo aviso: aquí hay un
montón de gente, saldré corriendo y pidiendo socorro...
Las tenía a las tres pendientes, mirándola a ella y a la
tarta. Por extraño que pareciese, estaban excitadas.
- Que sean quinientos. Todavía no he tenido uno de esos.
- ¿Quinientos...?
- Sí, sí, los tenemos, lo que sea, venga...
- Empieza con los dedos...
Cuando Maravillas hundió los dedos índice y corazón en el
centro de la tarta, se hizo un gran silencio. Sólo se oyó el constante runrún de
la fiesta, roce de ropas, la viscosidad de la tarta, un triple suspiro. Se llevó
los dedos a la boca y probó. Sabía a frambuesa. Las tres no le quitaban el ojo
de encima en cada movimiento. Pensó que daba igual. Se comería lo que fuese,
cojería el dinero y después se iría de aquella fiesta de ex-internas del
psiquiátrico, se daría una ducha en su casa y mandaría a la mierda todo lo que
había visto aquella noche.
Chupó toda la frambuesa en sus dedos. No notó ningún sabor
extraño. Lo comprobó introduciendo de nuevo los dedos, llevándose un trozo del
pastel. No sabía identificar el sabor de un somnífero o algo parecido, pero allí
no había nada raro. De hecho, estaba buena, incluso un poco caliente todavía.
Sin dejar de observar el espectáculo, las tres chicas se
aproximaron entre ellas. Ya no parecían siniestras ni charlatanas. La chica
rubia echó sus brazos sobre los hombros de sus amigas.
Era divertido. Comprobó que cuando metía un dedo en la tarta
y removía un poco el interior, las hacía retorcerse en los taburetes, apretarse
más unas con otras, incluso gemir.
Arrancó un buen trozo con los dedos y se lo metió en la boca.
Lo masticó. La masa también estaba muy buena.
La chica del cuello alzado hundió su cara en la melena rubia
de su compañera, para besar su cuello, y ella se dejaba hacer. La rubia apretó
contra ella a la chica de las gafas negras.
Sintiéndose malvada, Maravillas pensó qué podía excitarlas
aun más, cuál era el gesto erótico más típico que podía hacer con una tarta.
Recogió un pegote de relleno de frambuesa con el dedo y se lo metió en la boca.
Lo saboreó. Comenzó lentamente a meter y sacar el dedo entre sus labios.
Surtió efecto.
La rubia parecía mandar allí, parecía acostumbrada a reclamar
atención. Apretaba a las chicas contra ella. La del cuello alzado recorría
húmedamente todo su cuello con los labios, la de las gafas se abrazaba fuerte a
ella. Su mano subía por su vientre, acercándose a uno de sus pechos. Era una
extraña modalidad de danza sincronizada, con una directora de orquesta que comía
tarta. La chica del cuello desabrochó los botones de la chaqueta de la rubia,
para que la otra chica pudiera acariciarla por encima de la camisa. Acarició su
vientre, y subió poco a poco de nuevo hasta su pecho.
Maravillas no sabía cuánto quería ver de aquello, pero
decidió probar sus límites. Cuando se hiciera desagradable, pediría su dinero y
se marcharía.
Efectivamente la chica de gafas atrapó el pecho. Entre sus
dedos pareció crecer, de pronto parecía grande y blando, todo un placer al
tacto. Lo masajeaba y estrujaba con delicadeza, mientras su dueña arqueaba su
cuerpo en el taburete. La chica del cuello alzado le lamió el cuello. Su mano
bajó hasta los pliegues de la camisa que quedaban sobre su vientre.
Y nunca, nunca, dejaban de observar cómo ella se comía la
tarta. Con cada nuevo gesto, con cada nuevo bocado que tomaba, gozaban y se
encendían aun más, compartiendo una excitación encadenada que no dejó
indiferente a Maravillas. Al menos no dejó indiferente a los mecanismos
involuntarios de su cuerpo.
Maravillas acercó su cara para dar un bocado directamente del
recipiente. Eso las encendió al máximo. Verla sumergirse en el relleno,
chapotear con su boca, resbalar la frambuesa por las comisuras de sus labios,
por su barbilla...
La mano que acariciaba el vientre pasó directamente a
estrujar el muslo, y de ahí a la entrepierna. Uno de los dedos frotaba con
especial ahinco la apretada ranura que se había formado en los pantalones allí.
La chica de gafas desabrochó la camisa con impaciencia. Se
enfadó con los tozudos botones. Sacó el pecho de la copa del sujetador. Lo
trataba con admiración, como a un ídolo. Era pálido, de buen tamaño, parecía
mullido y suave. La aureola estaba ya hinchada, pero el propio pezón no estaba
erecto aun. La chica se encargó de acariciarlo y pellizcarlo hasta ponerlo en
posición de firmes, mirando hacia Maravillas.
Se sintió un poco rara.
La chica de las gafas lo atrapó fuertemente entre sus dedos y
se lo llevó a la boca. Lo atrapó y chupó con fuerza. La mano de la otra chica le
bajó la cremallera y se introdujo bajo la tela entre sus muslos.
La mirada de la chica de melena rubia revuelta decía "¿Has
visto lo que tengo? ¿Has visto lo que puedo hacer?".
Maravillas acabó comiéndose sola la tarta, sin que nadie la
mirase. Las chicas se habían abandonado al sexo. Cada una le comía golosa un
pecho a la rubia y le acariciaba bajo la tela del pantalón. Ya tenía los ojos
cerrados y sólo gozaba entre sus manos. Cuando podía las besaba con verdadero
cariño, como agradecimiento, y las dejaba volver al trabajo. Su camisa y su
traje estaban totalmente abiertos, tan sólo estaba la corbata negra encima de un
cuerpo bonito, no falto de carne, una piel pálida, suave, brillante y limpia
cubriendo unos músculos que se contraían y retorcían bajo las frenéticas
caricias de las manos de sus amigas y amantes. Hacia el final, dejaron la
delicadeza a un lado y la masturbaron ferozmente, haciéndola contener sus gritos
y levantarse en el taburete.
Maravillas las miraba desde el otro extremo de la cocina. Más
bien las miraba de reojo. Mientras tanto, rebañaba el último resto de tarta.
Las chicas de negro se recomponían la ropa y se besaban
tiernamente en un triángulo vicioso, cuando Maravillas arrojó la bandeja de la
tarta sobre la mesa, haciendo un ruido metálico.
- ¿Qué? Casi no me he dado ni cuenta... -decían, confusas.
- Lo has hecho muy bien. Muy sexy, con buen gusto. Cómo una
verdadera especialista.
"¿Habrá especialistas que se dediquen a esto?", se preguntó
Maravillas.
- Quinientos euros -pidió, extendiendo la mano sobre la mesa.
- ¿No habíamos dicho cuatrocientos?
- Estoy muy cansada. Por favor, no me apetece mucho discutir.
- Vale, vale... -de mala gana, la chica del cuello de camisa
alzado buscó, y reunió quinientos entre los dos bolsillos- Toma. Lo siento, no
es un billete -dijo con una sonrisa sarcástica.
- Da igual. Ya los cambiaré en un banco. Bueno, ¿me los he
ganado, o no me los he...?
La cortó el brillo de un flash, más allá, al final del otro
pasillo que daba a la cocina. Recordó su foto besando a otra chica, y se fue a
paso ligero hacia allí, con quinientos euros en el bolsillo.
- ¿Qué pasa? -preguntó la rubia, cuando se quedaron solas en
la cocina- ¿No le habéis puesto "eso" a la tarta?
- Claro que se lo he puesto. Ya debería estar drogada.
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Continuará... ¡En el último capítulo de la serie!
18/02/03
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