El pinchaojete.
-1-
Todo comenzó cuando me caí a la pileta. Estaba muy borracho y
sólo recuerdo que cuando me sacaron me acompañaron a un baño y después me
dejaron en una habitación que estaba en el segundo piso de la casa. Recuerdo que
estaba cubierto con una toalla y que me costaba centrar la vista en algún punto
de la habitación.
Creo recordar que volví a mí casa cuando la fiesta había
terminado, ya que mis padres no querían irse. Tenía una cita. Esa noche tenía
una cita, en la cual iba a despedirme. Pero mis padres habían insistido en que
los acompañara a la fiesta.
A la media hora de estar ahí, había comenzado a tomar, para
tratar de divertirme un poco mientras pensaba. A esa hora ya podría estar
cogiendo.
Después del cuarto trago, anduve un tanto perdido, y comencé
a sentir calor. Hacía calor. Recuerdo vagamente que vomité detrás de unas
macetas, en un rincón oscuro del jardín. Pero seguí tomando. Y luego vino el
desastre. Me acuerdo que estaba caminando por el borde de la pileta y después
simplemente me encontré en el agua, completamente vestido. Creo que me sacaron
de los pelos, y después me acompañaron adentro.
Al otro día tuve que soportar el enojo de mis viejos,
principalmente de parte de mi padre, y no me quedó más remedio que aceptar el
castigo que me habían impuesto.
Contemplé la ruta que se extendía implacable y se perdía
suavemente en el horizonte. Había pasado una semana desde el incidente de la
pileta y ahora me hallaba esperando el colectivo que me llevaría a mi exilio al
interior de la provincia durante todo el verano.
Me pasé el pañuelo por la frente y me acomodé la gorra. Como
castigo, me habían obligado a tomar el colectivo en la ruta, y no me habían
dejado esperarlo en la terminal.
Cuando el colectivo se detuvo, le di el bolso grande al
chofer para que lo guardara y subí al interior del transporte, sintiendo como
lentamente el aire acondicionado me reconfortaba. Tenía un largo viaje por
delante y me dispuse a esperar mi destino con la resignación de los vencidos.
-2-
Cuando el colectivo se detuvo en la terminal de Rojas por un
momento me sentí perdido. Pasar las vacaciones de verano en una ciudad de
provincia no era lo que yo había esperado, pero no había más remedio. Tenía que
cumplir con mi castigo.
Mi anfitrión en la ciudad era el gerente de la sucursal de la
empresa que tenía la sede en Capital y de la cual mi viejo era uno de los
dueños. La mujer que manejaba el auto en ese momento, era una rubia bastante
linda y de unos treinta años. Sus hijos chiquitos iban sentados en el asiento de
atrás. Por alguna razón que no llegaba a entender se reían todo el tiempo.
Cuando llegamos a la casa, Analía me mostró mi cuarto, y me
dejó solo para que me instalara. En el cuarto había una cama de una plaza, una
mesita de luz, un televisor de catorce pulgadas, un pequeño escritorio con una
silla de plástico. En la pared izquierda del cuarto había una gran ventana desde
la cual se podía ver gran parte de la ciudad, pues mi cuarto estaba ubicado en
el segundo piso de la casa.
Me saqué las zapatillas y me tiré en la cama, mientras
prendía el televisor con el control remoto. Oficialmente había venido a Rojas
para hacer un curso sobre ecología. Eso era lo que tenía que decir si me
preguntaban, lo cual era cierto, ya que otro de los puntos del castigo consistía
en tener una asistencia perfecta al curso y aprobarlo.
Durante la cena pude comprobar que el gerente era un tipo
bastante aburrido. Era alto y bastante fornido, más bien tirando a gordo. No
hablaba mucho, y sólo me preguntó lo usual. Yo me limité a contestar lo
necesario y me dediqué a comer y a mirar a su mujer, mientras pensaba que el
tipo sólo había aceptado tenerme en su casa durante todo el verano para quedar
bien con mi viejo y sumar puntos en su carrera.
Más tarde el gerente salió, y mientras los chicos miraban
televisión en el comedor, Analía y yo nos quedamos en la cocina. Ella estaba
fumando y cuando me ofreció uno acepté.
-Marito, ¿qué hiciste? –preguntó Analía.
-¿No crees lo del curso de ecología?.
-Se que existe, pero no creo que hayas venido sólo por eso.
¿Es así?.
-Tenes razón –dije mientras daba una larga pitada al
cigarrillo-. Lo que pasó fue que me emborraché un par de veces, y la última vez
fue la peor, ya que en una fiesta muy importante me caí en una pileta.
-¿Y por eso te mandaron acá?.
-Mis padres son así. Pero ustedes no tendrían que haber
aceptado.
-No lo decidí yo. Mi marido se encargó de todo, y sólo me
contó lo que pasaba cuando ya estaba todo resuelto.
Apagué el cigarrillo en el cenicero y la miré bien. Tenía
puesta una remera y una bermuda. Usaba zapatillas blancas de tela y se había
soltado el pelo.
-¿Qué edad tenes? –preguntó Analía.
-Quince –dije.
-¿Tenes novia?.
-Algo así.
-¿Una amigovia?.
-Si. Más o menos.
-¿Qué pensas hacer aparte de asistir al curso?.
-No se. Supongo que puedo conocer la ciudad.
-En tres meses tenes tiempo de sobra. ¿Te gusta pescar?. Acá
tenemos el río de Rojas.
-Mucho no me gusta. Pero supongo que podría ir. Al menos una
vez.
-A mi marido le gusta mucho. Estoy segura que podría
enseñarte.
Cuando Analía comenzó a lavar los platos de la cena, me
despedí y me fui a mi cuarto. Me acosté y prendí el televisor. Un día a la vez,
me dije, un día a la vez.
Todo pasó muy rápido. Al día siguiente nos encontrabamos en
el living. Analía y yo estábamos cansados de mirar televisión. Eran cerca de las
seis de la tarde y ya habíamos jugado todos los juegos de cartas.
-¿Queres que te adivine la suerte con las cartas? –pregunté.
-¿Sabés? –preguntó Analía incrédula.
-Sí –dije pensando que podía hacer un truco de magia con
cartas que había aprendido hacía un par de años.
Mezclé las cartas y luego hice que Analía las cortara.
Después comencé a dar vuelta las cartas y fui hablando mirando alternativamente
las cartas y los ojos de Analía.
-Te llamas Analía.
-Si –dijo ella sonriendo.
-Tenes veintiocho años.
-Si –más interesada.
-Naciste en mil novecientos setenta y tres.
-Si.
-El quince de mayo.
-Si.
-Tenes dos hijos. Se llaman Juan y Carlos. Nacieron el
dieciséis de septiembre de mil novecientos noventa y seis y el 4 de octubre de
mil novecientos noventa y ocho.
-Si.
-Te casaste el veintiséis de marzo de mil novecientos noventa
y dos.
-Si –es increíble-. ¿Cómo haces?.
-Y... Las cartas hablan.
Analía se quedó callada unos minutos. Después fue hasta donde
estaba el marido, habló unos minutos con él y finalmente lo sentó frente a mí.
Quería que repitiera la experiencia con él, así que lo hice.
Cuando terminé victorioso la tarea, los dos me miraron
asombrados. Mientras Analía prendía un cigarrillo, pude notar que cruzaban
miradas de complicidad, como si en ese momento hubieran decidido algo pero no se
animaran a decírmelo.
Esperé expectante unos minutos pero fue en vano. El lazo de
complicidad se había roto.
Esa noche comimos en silencio y todos nos acostamos más
temprano de lo habitual.
Al otro día fui por primera vez al curso de ecología. Miramos
algunas diapositivas y hablamos sobre la contaminación del planeta. Nada que no
hubiera visto antes.
Cuando llegué a la casa, Analía y su marido me estaban
esperando. Primero me preguntaron sobre el curso, pero se notaba que eso no les
interesaba. Tenían otra cosa en mente.
El gerente tomó la iniciativa y me explicó que estaban muy
interesados en lo que yo había hecho con las cartas y querían saber si con éstas
se podía modificar un acontecimiento futuro. Dije que si, entonces él me contó
que la semana siguiente se decidía un ascenso entre otro gerente y él para
ocupar al año siguiente en una sucursal de mayor importancia.
-¿A través de las cartas vos podrías modificar la decisión
para que yo resulte favorecido? –preguntó.
-Sí –contesté sin mirarlos.
-¿Y cuánto tendríamos que pagarte para conseguir el puesto?.
-No quiero dinero ni joyas –dije.
Los dos me miraron sorprendidos.
-¿Y qué querés?.
Vi que se me presentaba la oportunidad que había estado
esperando y no la dejé pasar.
-Me gustaría encamarme con tu esposa.
-Vos estás loco –dijo el gerente-. No. De ninguna manera.
Imposible. Debe haber otra manera.
-Entonces podés reemplazarla vos y poner el culo –dije.
-Menos –dijo el gerente mientras se paraba. Caminó hasta una
pequeña mesa que había y se sirvió whisky en un vaso.
Analía, que no había hablado hasta ese momento, se puso de
pie y lo tomó de la mano.
-Nos permitís un momento –dijo mientras comenzaba a caminar
hacia la pieza llevándose con ella a su marido que aun seguía con el vaso en la
mano.
Apenas se encerraron en la pieza comenzaron a discutir. Los
dos gritaban y me pregunté si mi permanencia en la casa corría peligro. Mientras
estaba esperando pude escuchar fragmentos de la discusión que se filtraban a
través de la puerta cerrada.
-Hacelo por los chicos...
-¡Callate!. ¡Vos que sabes!...
-Entonces voy yo...
-Te dije que no...
-Vos estas loca...
En medio de los gritos sentí un fuerte ruido. Como si algo se
hubiera roto. Primero pensé en el vaso, pero después me alarmé. A ver si todavía
el tipo le estaba pegando a la mujer por mi culpa.
Como a la media hora salieron y volvieron a sentarse en el
sillón. Parecía que habían tomado una decisión, y querían dármela a conocer.
-Vamos a hacerlo –dijo Analía.
-¿Cuál de los dos? –pregunté.
-Yo –dijo el gerente mirándome con resignación.
-3-
Creo que en un primer momento pensé que estaba soñando. Pero
finalmente estábamos ahí. La visión de la cabaña en medio del monte me sacó de
mi ensoñación y me trajo bruscamente al mundo real.
Entramos en la cabaña de madera y nos quedamos mirándonos sin
saber que hacer. Hacía calor y Julio prendió el ventilador de techo del cuarto
en el que estábamos.
La cabaña era rustica por fuera, pero por dentro tenía todas
las comodidades. Según me había dicho Analía, habían comprado la cabaña un año
después de casarse y la habían usado en pocas ocasiones.
Julio bajó la persiana de la ventana de la pieza haciendo que
esta quedara un poco más oscura. Me pareció un detalle superfluo, ya que la
cabaña estaba rodeada de árboles, y no valía la pena bajar la persiana, ya que
nadie podía vernos. Seguramente era un
problema de nervios, pensé.
Me situé a un costado de la cama grande y me saqué la remera.
Julio me miró como si no supiera por que yo me estaba desvistiendo, pero un
momento después pareció recordar y comenzó a desabotonarse la camisa.
Yo me saqué el resto de la ropa rápidamente y me quedé parado
junto a la cama con la verga completamente erecta, mirando como Julio se sentaba
en la cama y comenzaba a sacarse el pantalón. Sin levantarse, se sacó las medias
y se quedó quieto. Estaba de espaldas a mí, y no daba señas de tener intenciones
de moverse.
Pensé que todo iba a terminarse, pero un par de minutos
después, Julio se puso de pie y se bajó el calzoncillo. Miré su cuerpo gordo y
peludo y me estremecí. Nada podía salir mal, pensé. Nada podía salir mal.
Nos acostamos los dos de frente y nos quedamos mirando. Su
verga estaba completamente muerta y pude ver cierto rencor en su mirada cuando
miró mi verga. Había rencor y también algo de miedo.
Pensé que tenía que dar el primer paso, así que estiré mi
mano izquierda y la apoyé sobre el culo de Julio. Este se sobresaltó cuando
sintió el contacto de mi mano, pero cuando comencé a acariciarle los cantos se
incorporó a medias y su boca se abrió como iniciando una protesta. Cuando
comprendió lo absurdo de la situación volvió a acostarse y cerró los ojos.
-Date vuelta –dije sintiendo como se me contraía el estómago.
Julio se acostó boca abajo y finalmente pude contemplar su
culo a mi antojo. Guiado por el deseo, me ubiqué entre sus piernas y arrimé mi
cara a su culo. Aspiré el aroma que se desprendía de él, y sentí que esa
fragancia me enloquecía. Le acaricié los cantos con las dos manos y después de
unos minutos de intenso manoseo, enterré mi cara en su culo.
Al principio le recorrí las nalgas con la lengua, trazando en
su carne tibia, caminos de saliva. Después de besarle y chuparle las nalgas, se
las separé dejando al descubierto su ano.
Por un momento me costó respirar al contemplar ese agujero
peludo que se abría ante mi como una gruta inexplorada. Julio se estremeció
cuando le metí la lengua en el ano. Pareció espantarse, como un caballo
nervioso, pero yo no le hice caso y comencé a chuparle el ano con todo.
Unos minutos después, al notar que mi pija todavía estaba
parada, supe que ya no podía aguantar más y me preparé para penetrarlo.
A pesar de la calentura que tenía, me acordé que tenía
vaselina líquida en el bolsillo de la bermuda. Julio se sorprendió cuando me vio
revisar mi pantalón, pero cuando le mostré la vaselina, asintió en silencio,
moviendo apenas la cabeza.
Volví a ubicarme otra vez entre sus piernas, se las separé,
lubriqué su ano con vaselina y después me puse también en la cabeza de la verga.
Conteniendo la respiración, abrí sus nalgas, apoyé la cabeza de mi verga en su
ano y empujé.
Al principio costó, pero cuando logré introducirle la cabeza
me volví loco. Comencé a respirar entrecortadamente, sintiendo que la excitación
comenzaba a dominarme, cuando Julio reaccionó. Asustado por lo que yo le estaba
haciendo, contrajo el ano de tal forma que resultó imposible tratar de
penetrarlo más profundo. Al mismo tiempo comenzó a moverse, indicándome que
quería que se la sacara. Le pedí que se relajara y
cuando lo hizo, logré retirar mi verga de la
especie de morsa en que se había convertido su ano.
-No puedo –dijo Julio, mientras se daba vuelta y se sentaba
en la cama-. Pensé que podía pero no puedo.
-¿Pero qué pasó?. Si ya tenías la cabeza adentro. Pensé que
estaba todo bien.
-Me asusté.
-¿Entonces qué hacemos?.
-No sé. ¿No podemos arreglar de otra manera?.
-No –sintiendo que se me escapaba la oportunidad, decidí
jugarme a fondo-. Mirá, por que no te relajas y te fumas un faso y lo pensas
mejor. Ya que llegamos hasta acá, podemos hacer un esfuerzo más.
Julio sacó un atado de cigarrillos del cajón de la mesita de
luz y prendió uno.
Mientras él fumaba, yo me hice la paja, para evitar que se me
muriera, y cuando terminó yo aun seguía como al principio. Sin decir nada, Julio
volvió a ponerse boca abajo y abrió las piernas.
Rápidamente me ubiqué sobre él y lo penetré lentamente. Esta
vez la cabeza entró fácil, debido en parte a la vaselina y en parte a que Julio
se había relajado. Sintiendo como la sangre se agolpaba en mis sienes, de un
solo impulso lo penetré hasta la mitad, entonces Julio gritó.
-¡No, no!. Sacámela. Me duele, me duele.
-Aguantala un cachito que ya está casi toda adentro –dije
jadeando.
-No la aguanto. ¡Sacámela! –gritó tratando de escapar.
A mi pesar, tuve que sacársela. Habíamos llegado a un punto
en que ya no podíamos seguir. Lo habíamos intentado, pero no había resultado.
Había que pensar en otra cosa.
Nos vestimos sin prisa y caminamos hacía la puerta. Mientras
estaba abriendo la puerta, Julio se detuvo y me miró. Después de un momento bajó
la cabeza, como si importantes razones le impidieran mirarme a los ojos.
-Vas a pensar que estoy loco –dijo volviendo a mirarme otra
vez-, pero ¿podemos intentarlo otra vez?.
-¿Ahora?.
-Si.
-Bueno –dije sintiendo otra vez un intenso hormigueo en todo
el cuerpo. Tenía otra chance de ponérsela, y eso me volvía loco.
Ya en la pieza nos desnudamos rápido y nos metimos en la
cama. Julio se acomodó boca abajo sin que se lo pidiera y yo le separé las
piernas y volví a ubicarme sobre él.
Esta vez lo penetré rápido, por miedo a que se arrepintiera y
me pidiera que se la sacara. La aguantó bien hasta la mitad, pero cuando pasé
ese límite gritó. No le hice caso y en dos acometidas lo penetré hasta el final
. Haciendo un esfuerzo increíble, comencé a cogerlo lentamente, tratando de
contener mis impulsos. Aguanté un par de minutos a ese ritmo y después me volví
loco y comencé a cogerlo con todo.
Lo único que podía hacer era respirar en forma entrecortada,
gritar cada tanto y meterle la pija en el ano a Julio con desesperación. Era
como una especie de posesión. Casi no podía entender como ese agujero podía
volverme tan loco, al punto de hacerme perder el control de mis actos, pero a la
vez brindarme tanto placer.
Cuando acabé me quedé un momento recostado sobre la espalda
de Julio, sintiendo como su transpiración me mojaba la piel. Tenía ganas de
abrazarlo y de besarlo, de preguntarle si le había gustado. Pero sabía que no
debía hacerlo. Era una línea que no debía cruzar.
Unos veinte minutos después, Julio quiso vestirse, pero yo le
indiqué que quería seguir. Al principio se asombró, pero después se tendió boca
abajo con resignación. Con la pija parada, yo me abalancé sobre él, dispuesto a
disfrutar de esa inexplorada gruta que Julio tenía entre los cantos.
Esa tarde lo penetré seis veces. Julio lo aceptó, no le
quedaba otra. Supe por la forma en que evitaba mirarme que estaba humillado. Así
que mientras volvíamos permanecimos callados. Yo tenía ganas de dar saltos de
medio metro, pero mientras duró el viaje traté de no demostrar alegría para no
herir más a Julio.
-4-
El lunes me levanté temprano y fui a la clase de ecología.
Julio ya se había ido y Analía me despidió nerviosa. Hoy era el día en el cual
íbamos a saber. En la clase me senté junto a un chico que se llama Pedrito. Tal
vez podamos ser amigos.
Cuando salíamos me preguntó como me llamaba.
-Marito Sanabria –dije.
Mientras caminaba fui pensando en la consigna que nos habían
dado para la clase siguiente. Teníamos que sacar fotos de determinadas zonas de
la ciudad. Pensé que tal vez podría pedirle a Pedrito que me acompañara.
Cuando llegué a la casa era cerca del mediodía y Analía y
Julio estaban tomando champán.
-¡Lo conseguiste! –gritó Analía apenas me vio-. ¡Sos un
genio!.
-No se cómo lo hiciste, pero te lo agradezco –dijo Julio
mientras me daba una copa con champán.
-¿Te dieron el cargo?.
-Sí. Soy el nuevo gerente de la sucursal que el año que viene
se abre en Córdoba. Valió la pena el sacrificio.
-¿Y vos estas contenta? –pregunté dirigiéndome a Analía.
-¿Y que te parece?. Hacía cinco años que estábamos esperando
esta oportunidad. Y cuando creíamos que todo estaba perdido, apareces vos y
conseguís el milagro.
A la tarde llamé por teléfono a Pedrito y quedamos en ir a
sacar fotos juntos al otro día. El exilio no estaba resultando como mi papá lo
había planeado.
Con Pedrito fuimos a sacar fotos de un basural. Yo había
conseguido una máquina que me había prestado Analía y Pedrito tenía la suya.
Debido al olor espantoso, habíamos improvisado barbijos con pañuelos a los
cuales les habíamos puesto perfume que Pedrito había traído. Hacía calor, y los
dos estábamos con el torso desnudo. Pedrito era más bajo que yo, y también más
delgado. Por lo que se movía con facilidad entre las enormes pilas de basura.
También había gente que buscaba cosas en la basura, pero eso no nos interesaba
ahora. Sólo teníamos que sacar fotos del basural.
Cuando terminamos, fuimos hasta las bicicletas y nos bajamos
los pañuelos. Tomamos una gaseosa que habíamos dejado dentro de una bolsa en el
canasto de una de las bicicletas, y que a esa altura ya estaba caliente y
volvimos a mirar el enorme basural. Parte de la basura había sido quemada, y el
resto permanecía amontonada en grandes pilas.
-¿Por qué estas haciendo el curso? –preguntó Pedrito.
-Es parte de un castigo que me impuso mi papá –contesté.
-¿Y hasta cuando pensas quedarte?.
-Supongo que todo el verano –dije-. ¿Hasta cuando dura el
curso?.
-Hasta mediados de febrero.
Cuando estuve en la casa pensé en la enorme acumulación de
basura que habíamos visto con Pedrito. Por un momento me vi tirado en el suelo,
la cara aplastada contra esa basura, y una bota ejerciendo presión sobre mi
nuca. Eso no va a pasar, me dije. Eso no va a pasar.
Al otro día le pedí a Analía que me acompañara a sacar unas
fotos al río, ya que Pedrito no podía hacerlo y ella aceptó sin problemas. Una
vez ahí, saqué las fotos de la basura que la gente tiraba a orillas del río y
después nos sentamos a tomar mate con Analía a la sombra del puente. Se estaba
bien, y de a poco comenzaba a olvidarme de mi exilio.
-Quiero que me hagas lo que le hiciste a mi marido –dijo
Analía de golpe.
-No entiendo –dije.
-Quiero que hagas que se me cumpla algo, a cambio de
entregarte mi cuerpo.
-¿Y qué queres?.
Lo dijo rápidamente, por lo que deduje que ya lo tenía
pensado hacía bastante tiempo.
-¿Te parece que podrás hacerlo? –preguntó después.
-Sí –dije-. Puedo hacerlo. Pero con vos va a ser distinto.
-¿Por qué?.
-Con vos quiero pasar todo un fin de semana.
-Está bien –dijo Analía después de pensarlo un rato. Y
después agregó-. Mi marido se va este viernes a la mañana y viene el martes a la
tarde. ¿Te parece que lo hagamos este fin de semana?.
-Por mí está bien –dije.
-Entonces que sea este fin de semana –sentenció Analía.
-5-
-Creo que me mandé una macana –dijo Analía mientras tomábamos
mate en la cocina.
-¿Por qué? –pregunté. Era miércoles, y sólo hacía tres días
que habíamos cogido.
-Le conté a alguien lo que le hiciste a Julio.
-¿Lo conozco?.
-No. Es una amiga.
-Bueno, mientras no se lo cuente a otra persona.
-Ese es el problema –dijo Analía mientras cebaba el mate –Ya
se lo contó a alguien.
-¿Esa persona tiene algo que ver con la empresa?.
-No. Es el marido de ella.
-¿No entiendo cuál es el problema?.
-Que ahora quieren hablar con vos para solicitarte algo.
-¿Y vos les dijiste cual es el precio que hay que pagar?.
-Si. Pero igual insisten en hablar con vos. ¿Qué les digo?.
-Deciles que si –dije-. ¿Cuándo quieren verme?.
-Mañana mismo si fuera posible.
-¿Vos podes acompañarme?.
-Si.
-Entonces vamos mañana a la tarde. ¿Te parece bien?.
-Sí. Perfecto.
El encuentro con el matrimonio amigo de Analía resultó bien.
Sabían cuales eran las condiciones y las habían aceptado con el solo hecho de
imponer las suyas. Una vez que me plantearon lo que querían, y al escuchar que
era posible, se relajaron y la reunión se volvió más amena. Marcela, la mujer
del tipo, tenía veinticinco años y un hijo de un año. Como al pasar, contó que
durante el embarazo había engordado veinte kilos y sólo había podido adelgazar
diez.
Marcela le pidió a Analía que la acompañara a la cocina y me
dejaron solo con el tipo. Durante los minutos que permanecimos solos, el tipo no
habló, y permaneció prácticamente inmóvil sentado en el sillón, moviendo apenas
el dedo pulgar de la mano derecha que usaba para cambiar el televisor con el
control remoto.
Cuando las mujeres volvieron, el tipo pareció recobrar la
confianza y bajó el volumen del televisor.
Mientras Marcela y Analía hablaban, yo lo comprendí en
silencio. Era justo que no le cayera simpático el tipo que planeaba meterle la
verga en el culo.
Pero eran ellos los que me habían llamado. Y ahora el tipo
iba a perder su virginidad, pues se había negado a que yo me encamara con su
mujer y había decidido tomar su lugar.
De última era su problema, ya que yo lo único que quería era
un agujero donde meterla.
-6-
Me abalancé sobre Damián con la verga parada y una sensación
en el estómago que comenzaba a resultarme conocida. Estábamos desnudos y el se
encontraba en la cama en la posición que me gustaba y dispuesto. Ya habíamos
hecho el consabido ritual que había estado a mí cargo: caricias, chupada de
culo, lubricación del ano.
Lo penetré con una ansiedad acumulada desde hacía ya un par
de años. Como si de pronto el destino me permitiera liberar la energía acumulada
hasta ese entonces, dándome la posibilidad de penetrar el peludo ano de Damián
que a su disgusto se veía obligado a ofrecerme, para que yo disfrutara hasta la
locura.
Cada respiración entrecortada, cada gemido, cada gruñido de
Damián mientras lo penetraba, hacia que lo embistiera con más fuerza, hasta que
el dique que sombriamente me había contenido durante ese tiempo maldito se
rompió y me derramé dentro de él mientras gritaba, dándole a entender que ese
territorio hasta ahora inexplorado me pertenecía.
Era un lenguaje brutal y primario. Esa parte de su cuerpo me
pertenecía y podía
reclamarla cada vez que quisiera.
Más tarde lo penetré en diferentes posiciones pues no deseaba
repetir la misma experiencia que había tenido con Julio.
Primero lo hice poner en cuatro, me ubiqué detrás de él y
después de penetrarlo, lo tomé de la cintura y me moví dentro de su ano, notando
como su cuerpo transpiraba debido al calor que emanábamos ambos.
Más tarde puse sus piernas sobre mis hombros y lo penetré
estando yo arrodillado, pudiendo observar su cara mientras cogíamos. Damián
tenía los ojos cerrados y se mordía los labios cuando yo lo penetraba a fondo.
Las manos estaban cerradas en puños, aferradas a la sábana.
Lo acomodé sobre su costado izquierdo, la pierna izquierda
levemente levantada y me ubiqué detrás de él, penetrándolo en la posición que yo
conocía como "cucharita".
A pesar de que ya era la cuarta vez que lo penetraba, pude
notar que Damián todavía resistía. No es que luchara evitando la penetración. Su
cuerpo ya había perdido la lucha. Pero al parecer, su mente aun no.
Se negaba a aceptar que lo que yo le hacía le causaba placer.
Lo que yo quería a esta altura, (y que no había logrado con
Julio) era que Damián gritara, se masturbara y me pidiera que se la metiera
hasta las pelotas. En fin, quería que actuara como un puto, cosa que ni él ni
Julio eran.
Sin conseguir esa victoria sobre Damián, lo penetré dos veces
más boca abajo y luego lo dejé ir a bañarse.
Cuando volvió, otra vez vestido, bien peinado y con algo de
perfume, parecía haber recobrado algo de su antiguo aplomo. Pero yo sabía que no
era así.
Había dejado que un pendejo de quince años se lo cogiera. A
partir de ahora podía negar lo que había pasado, podía tratar de olvidarlo,
podía no pensar.
Pero en verdad lo único cierto era que yo le había roto el
culo.
-7-
Habían pasado tres días de mi encuentro con Marcela cuando
recibí la llamada. Ella quería hablar conmigo, y como quería hacerlo
personalmente, pensé que el marido se había enterado de lo que habíamos hecho.
Cuando estuve en su casa, ella me explicó lo que pasaba y en
cierta forma me pidió disculpas por lo que había hecho.
-Tengo una amiga que quiere hablar con vos –dijo.
-¿Es lo qué yo estoy pensando? –pregunté.
-Sí. No pude con mi genio y le conté sobre vos y tus poderes.
-¿Y qué dijo?.
-Se volvió loca. Por supuesto que sabe lo que hicimos
nosotros, pero no hay problema, ya que es muy discreta.
La miré por un momento. Estábamos sentados en el living, y
Marcela me mostraba el esplendor de sus veinticinco años. Tenía puesta una
remera blanca y un pantalón de ejercicio. Estaba descalza y cada tanto miraba a
su bebé que dormía en la cuna muy cerca de ella.
Parecía mentira que ella fuera la mujer con la cual había
hecho el amor todo el fin de semana.
-¿Tu amiga es casada?.
-Sí.
-¿Y el marido sabe?.
-Sólo que lo hiciste con Damián. Y el tampoco quiere entregar
a la mujer.
-¿Y le dijiste cuál es el precio?.
-Si. Igual está de acuerdo pero quieren hablar con vos para
saber si les podes cumplir lo que quieren pedirte.
Se acomodó el pelo negro y lacio y cambió de posición en el
sillón. Los ojos le brillaban intensamente y supe que nunca en la vida debía
confiarle un secreto.
-Ella también quiere –dijo en tren de confidencia-. Pero
planea pedírtelo después que lo hagas con el marido de ella y que sin que él se
de cuenta, como hicimos nosotros.
-¿Cuál es su teléfono? –pregunté.
Y Marcela me lo dijo.
-8-
Supe por la casa que el matrimonio amigo de Marcela eran
gente de mucha plata. Ella se llamaba Cristina y él Cristian. Tenían una hija de
quince años, pero en ese momento no estaba en la casa.
Cristina, una morocha de unos treinta y cinco años fue la
primera en hablar. Tenía cierta clase, y se notaba que estaba a años luz de
Analía y Marcela.
-¿ Todo es tal cómo me contó Marcela?.
-Si.
-¿También el precio?.
-Eso depende de ustedes. ¿Qué decidieron?.
-Va a ir mi marido –dijo Cristina.
-9-
Como la vieja casa estilo colonial no tenía garaje, tuvimos
que bajarnos de la 4x4 corriendo para evitar mojarnos lo menos posible, ya que
llovía a cántaros.
Ya en la pieza nos desnudamos y nos miramos en silencio.
Cristian parecía interesado en mi verga, que estaba completamente parada, pues
la miraba fijamente.
Tenía unas terribles ganas de coger. Quería estar con ese
hombre. Meterle la verga dentro del culo y moverme dentro de él hasta acabar.
Una y otra vez. Poseerlo. Hacerlo mío.
Cristian era un tipo de unos cuarenta años. Rubio y gordo.
Que parecía saber lo que yo quería antes de que se lo pidiera.
Se acomodó rápido en la cama. Boca abajo y con las piernas
abiertas.
-Hago esto a desgano –dijo. Como si quisiera justificar lo
que estaba por hacer.
Al minuto de estar haciéndolo, me ganó una especie de
desesperación y comencé a cogerlo con todo.
Afuera llovía a cántaros. Se podían escuchar los truenos,
cada tanto y el viento que de
manera constante rugía de forma amenazante.
Dentro de la pieza, y amparado por la oscuridad, yo me movía
dentro del ano de Cristian y le decía lo lindo que lo tenía y lo bien que lo
estaba pasando. Él permanecía en silencio.
Cristian tenía el culo bastante grande, lo que me excitaba
terriblemente. Lo había visto cuando se desnudaba y me había calentado mucho. A
partir de ese momento lo había deseado con locura.
En la oscuridad de la pieza le seguí metiendo la verga en el
culo hasta que acabé dentro de él tensando el cuerpo sobre su cuerpo.
Un par de minutos después comencé con mí obsesión de siempre.
Quería abrazarlo y besarlo. Preguntarle si le había gustado tanto como a mí.
Quería acariciarlo y hablar de lo que habíamos hecho y que me pidiera que se la
metiera otra vez. Pero en realidad esto no funcionaba así.
Con Analía y Marcela había sido distinto, pero ellas eran
mujeres.
Una descarga de deseo me atravesó el cuerpo como un rayo. Si
él no disfrutaba yo si. Cristian tenía un culo maravilloso y estaba obligado a
entregármelo. Así que iba a disfrutar de su cuerpo hasta que no diera más. Iba a
cogérmelo toda la tarde.
-10-
Mientras Cristina terminaba su clase de tenis, pedí una coca
en el bar del club y traté de pensar que podía querer ella ahora.
Media hora después, Cristina se acercó hasta donde estaba yo
secándose la cara con una toalla blanca. Como ella no quería hablar adentro,
salimos del bar y nos sentamos en unas sillas que estaban afuera.
Cristina tenía puesta una remera, pantalón corto, medias y
zapatillas. A pesar que la mesa tenía una sombrilla, se puso lentes negros y
prendió un cigarrillo.
-Estoy dispuesta a sacrificarme –dijo sonriendo.
-¿Qué? –pregunté sin entender.
-Quiero seguir el mismo camino que Analía y Marcela.
-¿Qué tenes en mente?.
-Hay un ex amante que se está por casar dentro de unos meses.
Quiero que no se case y que vuelva conmigo. ¿Se podrá hacer?.
-Si. Siempre que estés dispuesta a pagar el precio.
-Si, sólo tenemos que decidir en que momento vamos a
encontrarnos.
-¿Este fin de semana te parece bien?.
-Si. No tengo problemas –dijo Cristina mientras apagaba el
cigarrillo en el cenicero.
-11-
-Mi marido hace dos años que está sin trabajo, y estoy
dispuesta a hacer lo que sea con tal de que consiga –pude notar que había
remarcado "lo que sea", y estaba dispuesta a hacerle cumplir sus palabras.
-Chicos, los dejo solos. Tengo cosas que hacer –dijo Cristina
mientras salía de la cocina.
Me había llamado la noche anterior para decirme que quería
hablar conmigo. Ya habíamos tenido relaciones sexuales por lo que no supe
deducir para que quería hablar conmigo.
Cuando llegué a su casa me hizo pasar a la cocina y me
presentó a la empleada domestica. Por boca de Cristina me enteré que su empleada
también quería hacer trato conmigo, pero al parecer la cosa era más simple.
-Yo voy a ir –dijo Karina, la empleada de Cristina-. Cuando
la señora me dijo lo hablé con mi marido y el me autorizó.
-Te entregó –dije.
-Si –dijo ella-. Algo así.
Cuando nos quedamos solos, Karina puso la pava para el mate y
prendió un cigarrillo. Era una morocha opulenta que en ese momento me miraba de
manera intensa.
Después de tomar unos mates le pedí un cigarrillo y fui
directo a lo que me interesaba.
-¿Qué querés? –pregunté.
-Quiero que mi marido consiga trabajo. Hace dos años que no
trabaja y está enfermo de depresión.
-¿Y cuándo podés?.
-¿Te parece bien el fin de semana?. La señora me dijo que
podemos usar la quinta.
-Por mí está bien –dije comenzando a disfrutar por
anticipado-. Nos vemos ahí.
-12-
La mujer tendría unos veinticinco años. Estaba sentada junto
a Karina y sonreía cada tanto. Los tres estábamos tomando mate en la cocina de
la casa de Cristina y era miércoles a la tarde.
-Mirta quiere saber si podés cumplir lo que te dije antes
–preguntó Karina mientras me alcanzaba un mate.
-Si –dije. Mirta quería que un amante que la había dejado
volviera con ella-. ¿Le dijiste cuál es el precio?.
-Si. Y ella está de acuerdo.
Estábamos hablando de Mirta como si ella no estuviera
presente y me pareció que debía hablar del tema directamente con ella. Después
de todo era Mirta la que ahora iba a poner el culo.
-¿Tenes un lugar dónde podamos ir? –pregunté. Sentía que
estaba subido a una montaña rusa y que indefectiblemente iba a estrellarme
contra una pared.
-Karina dice que la señora nos presta la quinta. Así que
podemos ir ahí –dijo Mirta. Era amiga de Karina y también trabajaba de empleada
domestica.
-¿Cuándo?.
-Este fin de semana puedo, si te queda bien. El otro estoy
ocupada.
-Este fin de semana está bien. Nos vemos allá.
-13-
La situación volvía a repetirse. Salvo que esta vez tenía
frente a mi a un clon de Karina pero de veinte años. Era el clon la que cebaba
mate y casi no hablaba.
Roxana, así se llamaba el clon, era hija de Karina y también
igual que su madre quería pedirme algo. Era bonita de un modo descuidado. Como
si fuera un diamante en bruto, que lo hubieran confundido con una piedra vulgar,
y hubiera pasado toda su vida así.
Karina otra vez tomó a su cargo la tarea de contar lo que
querían de mí.
-Voy a ser directa. Lo que mi hija quiere es que su marido
consiga trabajo.
-¿Tu marido también está sin trabajo? –pregunté asombrado.
Roxana asintió moviendo lentamente la cabeza.
-Lo que pasa que con el marido de ella es más difícil
–continuó Karina-, ya que en un accidente de trabajo perdió una mano. Por ese
motivo nadie quiere darle trabajo.
-Estoy seguro que si me concentro voy a poder cambiar la
situación –dije mientras le alcanzaba el mate a Roxana.
-¿Podés este fin de semana? –preguntó Roxana.
-Si –comenzaba a sentir que saltaba de un acontecimiento a
otro. Como si pasara de un compartimiento estanco a otro que extrañamente
parecían estar vinculados entre si.
La extraña mano del destino.
Karina habló sobre la quinta de su patrona, pero yo casi no
estaba ahí. Faltaba poco para que terminara mi exilio y al parecer el final iba
a ser a lo grande, en más de un sentido.
-14-
Estaba en la terminal de Tandil. Había asistido a un
encuentro de un grupo que se dedicaba a la ecología y todo había salido bien. El
curso que había hecho en Rojas finalmente me había interesado y también había
fortalecido mi amistad con Pedrito Larraqui. Hacía seis meses que había
regresado de Rojas y desde ese entonces no había estado con nadie de esa ciudad.
Por eso me sorprendí cuando sentí el insulto.
-Hijo de puta. Sabía que eras vos. Ahora voy a poder decirte
todo lo que vengo pensando desde hace meses.
La reconocí enseguida cuando la vi. Estaba sentado en un
banco de la terminal esperando que saliera el colectivo y ella estaba parada
frente a mí. Karina dejó el bolso que colgaba de su hombro y me miró fijo. Se
preparaba para insultarme de nuevo.
-No llamemos la atención –dije. Había notado que la gente nos
miraba y traté de controlar la situación-. Podemos hablar bien.
-Te voy a hacer un escándalo. Sos un hijo de puta. Como nos
cagaste a todos.
Me costó trabajo y aguantar muchos insultos más, pero
finalmente pude hacer que se sentara a mi lado en el banco.
Básicamente le expliqué que si ella dejaba de creer en mí,
favorecía a los otros. Que si eran menos los que pedían, todo se podía cumplir
más rápido. Así actuaban siempre los que tenían plata.
-Pero a nadie se le cumplió nada –dijo Karina ahora sin
mirarme.
-Las cosas ya van a empezar a salir. Ellos lo saben, por eso
quieren ser unos pocos.
-¿Queres decir que si yo renuncio, los deseos de ellos se van
a cumplir más rápido?.
-Si –dije dando un suspiro mental. Ya te tengo, pensé.
Hablamos un rato más hasta que se calmó y me contó parte de
lo que había escuchado en casa de Cristina y por qué creía que yo la había
engañado a ella y también a los otros.
-¿Y en qué orden estoy? –quiso saber Karina.
-Bastante atrás, para serte sincero.
-¿Cómo puedo hacer para estar primera?
-Tendría que reformular tu deseo –dije sintiendo que algo
importante estaba por ocurrir-. Pero puede hacerse. Sólo que tendrías que
pagarme con la misma moneda que la vez anterior.
Vi que dudaba. Cruelmente pensé que si me esforzaba podía
escuchar crujir su cerebro mientras pensaba. Creí que no iba a aceptar, pero
finalmente pareció decidirse y tomó la correa del bolso que ahora estaba a su
lado.
-¿Dónde vamos? –preguntó.
Ahora dudé yo. Esto no podía ser tan fácil otra vez. Miré
rápidamente hacía las dos entradas de la terminal. La gente seguía entrando y
saliendo. Ahora ya no llamábamos la atención. Recordé algo que me había llamado
la atención y me decidí.
-Enfrente de la terminal hay una obra en construcción –dije
sintiendo que comenzaba a transpirar. Estábamos en agosto, pero no hacía frío.
Un sol tibio caía sobre el vidrio de la terminal, pero ya no era aquel sol. La
temperatura era de unos veinte grados y la tarde estaba agradable-. Yo voy a
cruzar ahora. Dame cinco minutos y después te mandás vos. Te espero ahí.
Me puse de pie y me acomodé la mochila. Rápidamente dejé
atrás la terminal y sin mirar a ninguno de los dos lados entré en la obra en
construcción. Una vez ahí busqué un lugar apropiado, y cuando vi unos cubículos
que iban a ser futuros baños, entré en uno de ellos. Una vez ahí me saqué la
mochila y esperé. Controlé la hora en el reloj: dos minutos. Una sensación de
incertidumbre me invadió de repente. Como un puñal que me entrara en el cuerpo
sin que yo lo esperara.
Y si...
Escuché la voz de Karina que me llamaba y le hice señas para
que viniera adonde estaba yo. Cuando estuvo junto a mi, comenzamos a besarnos y
le recorrí el culo con mis manos casi con desesperación. Tenía hambre de esa
mujer, y mi verga parecía confirmarlo, apretándose contra la tela de mi
pantalón.
-¿Sabés lo que quiero? –pregunté apartando un instante la
boca de la suya y sin dejar de tocarle el culo.
-Si –dijo Karina que a esa altura me conocía muy bien.
Suavemente se desprendió de mi, me dio la espalda y se bajó el pantalón y la
bombacha.
La visión de las nalgas de Karina provoco en mi una especie
de grito interno. Hacia seis meses que no cogía, y ese culo era casi demasiado
para mí.
Rápidamente me arrodillé junto a ella y comencé a chuparle el
culo poseído por un deseo que parecía quemarme. Cuando estuve listo, escupí en
su ano, y luego de ponerme de pie lo hice en mi mano y me puse la saliva en la
cabeza de la verga.
La penetré casi a fondo con un solo movimiento, sintiendo
como sus nalgas se pegaban contra mi cuerpo. Una vez que estuve dentro de ella,
la tomé de la cintura y empecé a darle bomba.
Ahí estaba yo, un chico de quince años, un domingo de agosto,
dándole bomba por el culo a una mujer de treinta y nueve años.
Estábamos de pie, ella un poco inclinada hacia delante, las
manos apoyadas en la pared, emitiendo los dos sonidos suaves, manejados
solamente por la pasión de nuestros corazones.
De pie como los animales, pensé, y grité mientras alcanzaba
el orgasmo.
Lo hicimos dos veces más en la siguiente media hora, y cuando
nuestras respiraciones se normalizaron, recién ahí comenzamos a hablar. Habíamos
permanecido callados durante el encuentro sexual, emitiendo sonidos de placer,
concentrados en la tarea maravillosa de satisfacer nuestros deseos sexuales.
-¿A qué hora sale tu colectivo? –preguntó Karina, mientras se
limpiaba el culo con un trozo de papel higiénico que había sacado del bolso.
-Dentro de dos horas –dije. Sentía una especie de hormigueo
en todo el cuerpo, y unas terribles ganas de seguir cogiendo-. ¿Cuándo te vas?.
-Dentro de diez minutos –dijo Karina mirando su reloj-.
Terminamos justito.
-¿No hay otro colectivo más tarde?.
-¿Te quedaste con ganas? –preguntó Karina. Ante mi sorpresa
se agacho y buscó algo en el bolso. Saco un papel que tenía todos los horarios
de los colectivos y después de un rato me miró.
-Este es el último. El otro sale mañana.
La acompañé hasta el colectivo y sin pensar en lo que podían
decir las personas que estaban ahí le di un piquito.
Cuando subió al colectivo Karina me miró por última vez y
pareció que iba a decir algo. Después siguió caminando tratando de encontrar su
asiento.
Increíblemente ella había estado a punto de darme el culo
otra vez, pero lamentablemente el tiempo no estaba de mi lado. De haber tenido
una hora más le habría dado bomba otra vez.
Volví al banco en el cual había estado sentado y traté de
concentrarme en lo que había pasado hacía un momento. De pronto se me vino a la
mente el recuerdo de la bota en la nuca, aplastándome la cara contra el suelo.
Y si...
La mirada de Karina en el colectivo. No. Imposible, no otra
vez el forcejeo en la puerta y la incertidumbre.
-15-
Desde la terminal, decidí llamar a mi casa para avisar que
había llegado. El viaje en colectivo me había llevado unas seis horas. Quería
llegar a mi casa, darme un baño y acostarme a dormir.
-¿Hola?.
-Si. ¿Quién habla? –pregunté.
-Oscar Ruggeri. ¿Por qué?.
-¿Tío?. ¿Qué hacés en casa?.
-¿Marito?. ¿Dónde estás?.
-En la terminal –dije y enseguida me arrepentí-. ¿Qué pasa?.
-Una cagada. Violaron a tu primo.
-¿Cuándo? –pregunté sintiendo otra vez el asqueroso olor a
tierra. La bota se acercaba peligrosamente.
Cuando corté me acomodé la mochila y caminé hacia la salida.
Iba a tomar un taxi, pero a último momento cambié de opinión y me subí a un
colectivo.
Según lo que me había contado mi tío, mis viejos se habían
ido el fin de semana afuera y habían dejado a mi primo a cargo de la casa. A
través de las palabras de mi primo, mi tío se había enterado que dos tipos
habían entrado en la casa y habían sometido. No habían robado nada, y solamente
habían dejado una nota que decía: "Vos sos el siguiente".
En el colectivo tuve tiempo para pensar. Ahora comprendía la
mirada de Karina. Ella sabía y había querido advertirme.
Pobre panchito, pensé. No habían confundido a mi primo
conmigo. Sabían perfectamente quien era y me habían dejado un mensaje.
Como a las dos horas me bajé del colectivo, y busqué un lugar
para comer algo. En el baño del bar en el que estaba me lavé un poco y antes de
irme me llevé algo para comer que guardé en la mochila.
Cuando estuve en la calle me subí a un colectivo y dormité un
par de horas. Me bajé medio aturdido y busqué un lugar donde pasar la noche.
-16-
Pedí la llave del baño y como pude me arreglé un poco. Me
mojé el pelo y me lavé la cara. Comenzaba a transpirar otra vez.
Me senté junto a la barra y pedí café con leche con facturas.
Tenía hambre y todavía me quedaba algo de plata.
Más tarde busqué un cibercafé y mandé un e-mail.
Anduve caminando toda la mañana sin rumbo fijo, y cerca del
mediodía comí un par de panchos y una coca.
A la tarde busqué otro cibercafé y me metí en el chat de
Argentina. Usé como nick "Gareca" y esperé. Un minuto después "Brindisi" quería
hablar conmigo.
Brindisi: -¿Marito, sos vos?.
Gareca: -Si. ¿Cómo estas?.
Brindisi: -Bien. ¿Qué hiciste, pelotudo?.
Gareca: -¿Por qué?.
Brindisi: -Acá te buscan para matarte. Dicen que violaste una
pendeja. ¿Es cierto?.
Gareca: No. Voy a contarte lo que en verdad pasó.
Fume un cigarrillo mientras esperaba que Pedrito terminara de
leer el largo texto que yo había escrito. No había mucha gente en el ciber, pero
yo igual miraba casi constantemente hacia la puerta.
Brindisi: -¿De verdad hiciste todo eso?.
Gareca: -Si. Todo pasó tal cual te conté.
Brindisi: -¿Cómo hiciste para saber las fechas de los vagos?.
Yo no me creo el verso del truco de magia.
Gareca: -Cuando me caí a la pileta, me llevaron a una
habitación en la cual había una computadora. Junto a ésta encontré un disquete,
que no se por que extraña idea me guardé. Más tarde encontré ahí los datos de
Analía y Julio y su futura designación como gerente de la sucursal de Córdoba.
Lo que en verdad pasó fue que vi mi oportunidad y la aproveché.
Brindisi: -¡Los cagaste!. Les rompiste el culo a cambio de
nada. Con razón están tan enojados.
Gareca: -¿Quiénes me buscan?.
Brindisi: -En Rojas Karina, el marido y el yerno. Pero se
comenta que los tres primeros matrimonios que te cogiste contrataron a alguien
para matarte.
Gareca: -Bien. Cualquier cosa que sepas me mandás un mail.
Brindisi: -Cuidate.
Gareca: -Vos también. Te quiero mucho. Chau.
Brindisi: -Chau.
-17-
Había pasado una semana desde que había hecho contacto con
Pedrito. Ahora era miércoles por la noche, y me encontraba tirado de panza sobre
el techo de una casa. Tenía junto a mi un fierro que había robado a la tarde de
un taller. Era una protección bastante rudimentaria, pero protección al fin.
El lunes había encontrado un mail en mi correo que decía
textualmente lo siguiente: "Ya sabemos tu dirección de correo electrónico. Para
terminar con esta situación llamá al 0247515436378."
Tardé en decidir lo que tenía que hacer, pero finalmente
llamé al celular desde un teléfono público.
Me atendió Julio. Por más que trató de disimularlo, noté un
gran odio en su voz. Le pregunté que quería, y me dijo que ahora estaba por su
cuenta, y que quería encamarse conmigo por última vez. Le dije que desconfiaba
de su propuesta y le recriminé la violación de mi primo.
Me explicó que eso lo había decidido el sector de los duros,
y que había sido para darme un susto. Que él no estaba de acuerdo, y que si yo
cumplía lo que quería estaba dispuesto a mentir y decirle a los duros que yo
había logrado salir del país, y que no valía la pena seguir buscándome.
Acepté su propuesta y le pregunté dónde podíamos
encontrarnos.
Eso había sido el lunes. Ahora eran las once de la noche, y
era miércoles. Me asomé apenas y pude ver a alguien que golpeaba la puerta de la
casa de enfrente. Todo pasó muy rápido. Cuando la puerta se abrió, salió alguien
y comenzó a hablar con el pibe que había golpeado. Mientras hablaban, una
silueta apareció detrás de él y le puso una bolsa en la cabeza. El pibe quedó
desorientado y trató de moverse, pero una nueva sombra que había aparecido del
otro lado de la casa le sujetó las manos junto al cuerpo y le impidió moverse.
El tipo que había abierto la puerta, sacó un palo de atrás de la puerta y golpeó
al pibe en la cabeza.
Cuando cayó al suelo, el tipo que le había puesto la bolsa en
la cabeza se inclinó sobre él y pude ver un fogonazo.
Una pistola con silenciador, pensé.
El tipo que lo había atendido, cerró la puerta con llave y
corrió hacia un auto que estaba estacionado a media cuadra de ahí. Los otros dos
tomaron al pibe de los pies y de las axilas y lo metieron en el baúl del auto
que había abierto el tercero de ellos.
Vi desaparecer el auto en la oscuridad, y no me costó mucho
esfuerzo imaginar adonde iban.
-18-
En la estación de servicio compré una linterna y una petaca
de whisky. Entré en el baño de la terminal y me lavé la cara. Cuando me enderecé
y me miré en el espejo, no me gustó lo que vi. El fantasma que se reflejaba en
el espejo era demasiado delgado para parecerse a mí.
Destapé la petaca y me la tomé en tres tragos. Una arcada me
dobló el cuerpo en dos. Tosí y estuve a punto de devolver.
Cuando me recompuse me subí el cierre de la campera y salí al
frío de la noche. Crucé la ruta corriendo y bajé por el terraplén de tierra que
llevaba a la entrada del basural.
Una vez adentro prendí la linterna y comencé a buscar.
Media hora después estaba junto al cadáver del pibe. Le saqué
la bolsa de la cabeza y cuando lo alumbré con la linterna pude ver que le habían
pegado un tiro en la cabeza.
El día anterior le había ofrecido cincuenta pesos para que
estuviera en cierto lugar a las once de la noche. El pibe había cumplido y eso
le había costado la vida. Todavía tenía puesta la campera que yo le había dado.
Me agaché y busqué en sus bolsillos hasta que encontré los cincuenta pesos. El
pibe ya no iba a necesitarlos.
Julio no había estado entré los tres tipos, ya que habían
confundido al pibe conmigo. Había ganado un poco más de tiempo por ahora. Sólo
por ahora.
Regresé al centro en remis y después me subí a un colectivo.
Sabía que ellos iban a venir por mi otra vez y no podía confiar en sus tratos.
Yo tenía que estar ocupando el lugar del pibe que estaba en el basural, y me
había salvado por poco.
En realidad lo decidí mientras apoyé la frente contra la
ventanilla y miré hacia fuera. A partir de ahora no podía tener un lugar fijo.
Tendría que vivir en la clandestinidad.
Había leído que Miguel Bonazo había permanecido un año y
medio en la clandestinidad. Yo trataría de superarlo.
Dieche. 7 de febrero de 2002.
Dieche2003@yahoo.com.ar