Saltó del camión con la arrogancia y la suficiencia que le
daban sus quince años. En contraposición con ese despliegue de energía, colaboró
poco en el traspaso de la mercadería. Casi les había llevado toda la mañana
hacer el reparto de mercadería y comenzaba a sentir cierto cansancio.
Pero a pesar de eso no podía sacarse de la cabeza lo que le
había contado Marcos el día anterior.
Al parecer, en un reparto que había hecho Marcos dos meses
atrás, a cambio de una bolsa más de comida, había conseguido manosear a una
gorda en un baño y que finalmente ésta le hiciera una paja.
"Cuando nos metimos en el baño le toqué el culo a lo loco",
había dicho Marcos mientras viajaban en la parte de atrás del camión de reparto
y trataban de sacudirse lo menos posible.
"Primero nos tocamos por arriba de la ropa, y después se la
pelé y la gorda me hizo una paja impresionante".
Cuando los muchachos que lo acompañaban terminaron de bajar
todas las bolsas, dio una última mirada al amplio galpón transformado en comedor
y se despidió de la gente que estaba a cargo.
Mientras caminaba hacia el camión una mujer corrió hacia él y
lo alcanzó cuando estaba llegando a la parte de atrás.
La miró bien mientras la respiración de la mujer se
normalizaba y el subir y bajar de sus pechos, también. Tendría unos veinte y
tantos años. Morocha. Y el cansancio de la pobreza en su rostro.
-Señor, me daría una bolsa –dijo la mujer.
-Tenés que ir adentro –dijo Alejandro en tono explicativo-.
Ahí te van a dar un número para que puedas hacer fila para que te den la bolsa.
-Ya no hay más números –dijo la mujer lacónicamente.
-Éstas son para otro comedor –dijo Alejandro señalando las
bolsas que quedaban en el interior del camión-. No puedo darte ninguna.
-¿No se puede hacer nada?
-¿Cómo qué?.
-No sé. Usted dirá.
-¿Qué tenés para ofrecer?.
-Puedo ofrecerle el marrón.
Alejandro le dio la bolsa y escuchó lo que la mujer le decía.
Agregó algo, preocupado y luego retuvo mentalmente las instrucciones que le daba
la mujer sobre como llegar a su casa. Después cerró la puerta y miró un rato a
la mujer mientras se alejaba. Con el corazón latiéndole más rápido de lo normal
corrió hacia la cabina del camión y subió.
La dirección que le había dado la mujer lo llevó a una villa
en la periferia de San Miguel de Tucumán. Eran cerca de las siete de la tarde y
se lo pensó dos veces antes de entrar. Varios tipos lo miraban de manera
insistente, pero aun así se animó y les preguntó por la dirección de la mujer.
Frente a la casa, si así se la podía llamar, golpeó las manos
sin bajarse de la bicicleta. De la construcción heterogénea de chapas, cartón y
ladrillos, salió la mujer y después de saludarlo lo invitó a pasar.
-Meté la bicicleta también –dijo.
Dejó la bicicleta apoyada junto a un largo banco de madera
que estaba en un rincón de la habitación. Notó el piso de tierra, los escasos
muebles amontonados y la mesa junto al televisor. Tres chicos lo miraron
intensamente, dejando de lado por un momento el programa que estaban viendo. Al
poco tiempo perdieron interés en él y se concentraron en la bicicleta.
La mujer lo invitó a quedarse a comer, y tuvo que tragar
saliva antes de contestar. Probablemente no le gustara la comida que ella iba a
hacer, pero aun así aceptó.
Ella le pidió plata para ir a comprar medio kilo de yerba y
Alejandro le dio diez pesos.
Volvió al rato trayendo yerba, pan, cigarrillos, una coca y
chupetines para los hijos. Dejó todo sobre la mesa y puso agua en la pava.
-¿Fumás? –preguntó la mujer mientras abría el atado.
Alejandro notó que ella ya no lo trataba de usted.
Más tarde Alejandro se obligó a comer la polenta que preparó
la mujer tratando en todo momento de evitar demostrar que no le gustaba.
Al terminar de comer, la mujer corrió la mesa, abrió un
sofá-cama y acostó a los tres hijos en él. Después apagó la luz y lo invitó a
acompañarla al otro cuarto.
La pieza tenía una cama grande, dos mesitas de luz, un
pequeño ropero y del techo colgaba una lámpara sin pantalla. El piso de tierra
estaba cubierto por cartones que antes habían sido cajas.
La mujer se desnudó frente a él y permaneció un momento
quieta para permitirle que pudiera verla con tranquilidad. También desnudo,
frente a ella y con una erección, se deleitó un momento con la visión de su
cuerpo.
La mujer caminó hacia la puerta del cuarto y apagó la luz del
techo. Después los dos se acostaron y ella también apagó el velador que había
sobre la mesita de luz de su lado.
-¿Cómo te llamás? –preguntó él.
-Maira –contestó ella-. ¿Y vos?.
-Alejandro.
La noche de verano era calurosa, y Alejandro se abalanzó
sobre la mujer con el ímpetu de los famélicos. Símil que bien podía aplicarse
perfectamente a Maira y sus hijos.
Maira respondió a las caricias preliminares y se acomodó en
la cama buscando una postura cómoda, pues intuía que iba a ser una noche
larga...
Se sentía confundido al ser acompañado por Maira hasta la
salida de la villa. Ahí estaba a su lado la mujer con la que había cogido toda
la noche. La mujer que ahora lo custodiaba para que nadie le robara nada, o en
el peor de los casos, lo agrediera por atreverse a entrar en la villa. O lo que
era peor, entrar sin ser habitante del lugar para cogerse a una mujer de ahí.
Cuando llegaron a la calle de asfalto, ella se paró junto a
él y le dio un largo beso de lengua mientras le tocaba la verga por arriba del
pantalón.
-Si venís otra vez traé ropa vieja –dijo Maira después que se
separaron.
A la luz de la luna, Alejandro se observó y tuvo que
reconocer que prácticamente no había pensado en lo que había hecho.
Tenía puesto un jean nuevo, una camisa celeste con las mangas
enrolladas hasta la altura de los bíceps y zapatillas también nuevas.
-Y no vengas en bicicleta –agregó Maira.
A las pocas cuadras consiguió que un remis aceptara llevar la
bicicleta en el baúl, y de esa manera pudo llegar a su casa a las tres de la
mañana.
Acostado en su cama, luego de bañarse se alegró por como
había salido todo. Había tenido que mentirle a sus padres, diciéndoles que iba a
mirar una película en la casa de un amigo y que volvería tarde. Ahí estaba él,
hijo del dueño de tres supermercados. Capitalista culposo que repartía alimentos
en los comedores de la periferia de la capital.
Sin poder dormirse y por fin, a la madrugada, cayó en la
cuenta que había superado a Marcos. Iba a tener que ponerlo al tanto.
-¡No te creo!. No podés ser tan hijo de puta –dijo Marcos.
-¿Querés que te cuente o no? –preguntó Alejandro.
Estaban en la parte de atrás del camión y hacía poco tiempo
que habían iniciado el largo viaje del reparto de mercaderías por los comedores.
El que manejaba el camión y su acompañante no podían entender como Alejandro,
que era el hijo del patrón, prefería viajar atrás con todas las bolsas, y no
adelante, en donde seguramente habría estado más cómodo.
Alejandro tenía sus razones.
Le contó que había entrado en la villa, que le había dado
plata a Maira, que había comido con ella y sus hijos, que se habían ido a la
cama y...
-¡No!. Contáme todo desde el principio y con detalles
–Suplicó Marcos.
...cuando estuve frente a ella me sentí un boludo. Ahí estaba
yo, desnudo frente a una mujer que también estaba desnuda y con la verga parada.
Cuando estuvimos en la cama comenzamos a besarnos y yo dejé que mis manos
disfrutaran de su culo. Entre los besos apasionados que me daba y la paja que me
hacía, Maira estuvo a punto de hacerme acabar, por lo que tuve que ponérsela
rápido para poder soltar mi semen dentro de ella.
Maira se había puesto boca abajo y en el oscuro aspiré el
aroma de su culo. Besé sus nalgas hasta recorrerlas por completo, y después me
dediqué a su ano. Lo exploré profundo con la lengua, y después seguí con un
dedo. Pensando que era ahora o nunca, escupí en su ano, después lo hice en mí
mano y me pasé la saliva por toda la verga. Al segundo intento conseguí
penetrarla, y fue entonces cuando esa cueva salvaje, esa gruta del placer
comenzó a volverme loco. Acostado sobre ella, disfruté de esa especie de túnel
oscuro que en vez de miedo sólo me brindaba placer.
Maira gemía suavemente, y cuando comenzó a responder a mis
acometidas, fue la sincronización de la locura total. Los dos nos volvimos locos
y parecía que ella también podía igualar la desesperación que yo tenía de
metersela en el culo, de penetrarle el agujero, de poseerla por atrás,
ofreciéndome su ano lo más abierto que podía.
La inercia de la acabada hizo que pegara aun más mí cuerpo al
de ella, como si de esa manera quisiera acompañar a mí semen, que ya viajaba al
interior de sus entrañas. Al principio grité. Era como si hubiera conquistado un
nuevo territorio y plantara mi bandera. Era mí grito de guerra, en la cual ambos
habíamos resultado victoriosos. Nadie perdía en la guerra del amor...
-¿De verdad le hiciste la cola? –preguntó Marcos.
-Sí –dijo Alejandro.
-¿Y gritó?.
-Más que gritar, gemía.
¿Y después te la agarraste otra vez por el culo?.
-Dos veces más. Y me chupó la pija.
-¿La chupaba bien?.
-Sí. Te pasaba la lengua por la cabeza y te hacía la paja al
mismo tiempo. Estuve a punto de acabarle en la boca.
-¿Y después qué pasó?.
-¿Cómo después?.
-Sí. Después que terminaron de coger, ¿qué hicieron?.
- Ella se levantó y fue a buscar los cigarrillos. Prendió uno
y después me prendió uno a mí. Me parece que hablamos un rato y como a las dos y
media, nos vestimos y ella me acompañó hasta la salida de la villa.
-¿Te la pensás coger otra vez?.
-No sé. Depende de las ganas que tenga.
El verano casi estaba terminando. Las clases habían
comenzado, y Alejandro ya no podía acompañar a los muchachos en el reparto de la
mercadería. Ahora iba los sábados a la mañana a un comedor que estaba cerca de
su casa. Ayudaba a preparar la comida y luego a servirla. En ocasiones se
quedaba a comer ahí, pero últimamente no estaba haciéndolo. Era difícil ver como
la gente casi literalmente se arrojaba sobre la comida.
Un sábado a la tarde, una mujer de unos treinta años llegó al
comedor a eso de las tres. Dos chicos pequeños la acompañaban y tenía otro
alzado. Estaba desarreglada, pero Alejandro ya se había acostumbrado a eso.
La mujer en cuestión quería comer. Al parecer había perdido
el colectivo y había venido caminando. En vano trató de explicarle que era
tarde, que estaba solo y que las cocineras se habían ido. Tenía que acomodar
algunas cosas y se iba. Pero la mujer insistía.
-Si me das de comer te la chupo –insistió la mujer-. Te chupo
la pija.
Alejandro le señalo el baño con la cabeza tratando de evitar
que la mujer hiciera un escándalo ahí y alguien pudiera verlos si entraba.
Al ver la seña de Alejandro, ella apartó a los chicos que
estaban junto a ella y caminó hacia el baño. Cuando estuvieron ahí, ella le pasó
el chico que tenía en los brazos y luego se arrodilló. Alejandro notó que el
chico en cuestión pesaba muy poco. Sus piernitas flacas colgaban a los costados
de su cuerpo y su cabeza estaba recostada sobre su hombro. También había
enlazado sus brazos alrededor de su cuello. Era sin dudas un chico desnutrido.
Los labios de su madre envolviendo la cabeza de su pija lo
sacaron de sus pensamientos y lo volvieron a la realidad. La mujer lo hacía
bien, y al cabo de unos minutos de placer e intensos cabeceos por parte de la
mujer, doblando un poco las piernas, Alejandro acabó en su boca.
Les calentó un poco de sopa que había quedado, y mientras la
tomaban, les calentó también un paquete de salchichas de doce.
Se las fue poniendo en panchos y luego les agregó mostaza.
Esto era Tucumán en la actualidad. Una provincia en la cual
se podía conseguir sexo a cambio de comida. Un lugar en el cual las mujeres
entregaban el cuerpo para que sus hijos pudieran comer. Un amargo y triste
infierno. Un escalofriante infierno. Un infierno en el cual un chico de quince
años había podido cumplir su sueño de meter su pija en el ano de una mujer.
¿Pero tenía que haber chicos desnutridos para que Alejandro pudiera cumplir su
sueño?. ¿Para que él pudiera meter su pija en el culo de una mujer desesperada y
que se había quedado sin comer, había chicos que tenían que morirse de hambre?.
Un triste infierno. Un amargo y triste infierno.
Un infierno encantador.
Dieche.
Dieche2003@yahoo.com.ar
Rojas, 21-01-03.