Me llamo Ana García, y ya relaté un resumen de algunas de las
experiencias sexuales que más me han impactado y que de alguna forma han marcado
mi vida. De todas ellas, quizá la que recuerdo con más morbo fue la época en que
con 19 añitos me convertí en la secretaria complaciente que se sometía a todos
los deseos de mi jefe.
Desde aquella mañana en que provoqué la líbido de mi jefe
haciendo que me tumbase sobre la mesa y tomara posesión de mi coñito afeitado,
para luego recibir sus jugos en mi cálido culito, creció en mí la fantasía de
convertirme en su objeto privado de placer. Y a medida que pasaban los días y él
disponía más libremente de mi cuerpo, me mostraba más entusiasmada en mi
sometimiento a su voluntad, hasta que le confesé que me encantaría ser su
perrita particular, su chochito siempre dispuesto y su dieciocho añera obediente
y cariñosa. Creo que era una fantasía que siempre había deseado realizar, y que
fue creciendo en mi hasta convencerme de que quería experimentarla con mi propio
jefe, 10 años mayor que yo.
Como que gran parte del día trabajábamos solos en la oficina,
nos bastaba con cerrar las persianas para que nos envolviera la más absoluta
intimidad. Mi mesa se encontraba junto a su despacho, y sólo una puerta nos
separaba. Desde la primera vez en que me tomó, me hacía ponerme vestidos de
punto, ceñidos, muy escotados y casi transparentes, tan cortitos que apenas me
tapaban el tanga, única prenda que se me permitía vestir debajo, y que debía
quitarme al entrar en la oficina. No tuve problema para que me comprara varios
de diferentes colores y talles, con la condición de que realzaran la fresca
lozanía de as carnes que guardaban debajo. También me hizo comprar varios pares
de zapatos de tacón muy altos que realzaban mis largas piernas y me daban la
imagen de sofisticación complementaria.
Mi aventura sexual diaria empezaba ya en el taxi que tomaba
de viaje a la oficina. No es que viviera muy lejos del trabajo, pero siempre he
sido muy perezosa al levantarme, y aunque no andaba sobrada de dinero, el taxi
era ese pequeño lujo que debía permitirme. La brevedad de mi vestido
difícilmente podía esconder la lozanía de mis muslos, la rotundidad de mis
pechos desprovistos de sujetador, perfectamente adivinables bajo la fina tela, y
la erección de mis pezones cuando entraba en contacto con el aire acondicionado
del taxi. Debía además cruzar perfectamente mis piernas, o poco podría hacer el
tanga para ocultar mi feminidad de la mirada lasciva del conductor. Los taxistas
prestaban más atención al retrovisor que al tráfico, mirándome descaradamente
hasta casi sofocarme, y en varias ocasiones estuve apunto de tener un accidente.
Y es que así vestida y tan maquillada, la verdad es que más parecía una golfa de
lujo que fuera a la cita con un cliente, que una tierna jovencita dirigiéndose
al trabajo diario.
Cada mañana, al llegar a la oficina, debía entrar en su
despacho, colocarme frente a su mesa y mostrarle mi cuerpo, tras lo cual me
quitaba el breve tanga que cubría mi coñito, lo dejaba sobre su mesa, y le
ofrecía mi pubis perfectamente afeitado. Si me lo ordenaba, me levantaba el
vestido por detrás y le mostraba mi culito respingón, de carnes apretadas al que
tanto le gustaba dar palmaditas cariñosas. O debía sacar mis tetitas por el
amplio escote y ofrecer mis rosados pezones a sus labios golosos. Una vez
cumplido el ritual, podía volver a mi mesa, sentarme, poner en marcha el
ordenador, y empezar con mi trabajo diario.
A menudo, me llamaba a su despacho para dictarme cartas. Para
ello, ponía el bloc sobre su mesa, justo a su lado, me recostaba en ella
doblando mi espalda y empezaba a tomar nota de su dictado mientras él por detrás
aventuraba sus manos bajo el vestido y empezaba a recorrer mis nalgas y muslos,
adentrándose cada vez más en mi entrepierna, metiendo sus dedos y notando como
me iba empapando rápidamente por la excitación. Un par de palmaditas entre los
muslos era la indicación de que debía separar un poquito las piernas para
facilitar su libre acceso a mis encantos. A medida que me magreaba me costaba
más concentrarme en las notas y mi letra se iba deformando hasta casi parecer
ilegible. Pero no se me permitía separarme del trabajo para gozar, ya que mis
obligaciones eran las de una secretaria y una esclava sexual, y debía
compaginarlas. A medida que se animaba, aumentaba el ritmo de penetración y
metía dos o tres dedos en mi ofrecido coñito, para luego usar mis propios jugos
como lubricante anal, pasando entonces a mi coñito trasero. Desde siempre he
gozado tanto por detrás como por delante, quizá por que la estrechez de mi ano
me permite sentir con más intensidad que mi ya dilatada vagina.
Me tenía así un buen rato hasta que adivinaba que mi orgasmo
se acercaba, para entonces parar de golpe y dejarme completamente encendida y
desesperada, sofocada y necesitada de una buena corrida. Esa era la peor de las
torturas, ya que me quedaba con un calentón que me corroía por dentro y no podía
saciar. De esta forma sabía que me tendría constantemente cachonda y dispuesta
durante toda la jornada.
Entonces me ordenaba volver a mi mesa a pasar la carta a
limpio, con toda la raja chorreando y mi entrepierna húmeda y caliente por el
deseo insatisfecho. Al principio, intenté consolarme tocándome el coño, y así
lograba correrme como una loca, aunque en silencio para no ser descubierta. Pero
creo que pronto lo notó, pues desde entonces no me permitió cerrar la puerta de
su despacho al salir, pudiendo controlarme perfectamente desde su mesa.
Otra de sus diversiones era sentarme frente a él sobre su
mesa, con el vestido subido hasta la cintura, las piernas abiertas y mi coño
perfectamente ofrecido, obligándome a masturbarme pero prohibiéndome
terminantemente correrme si no me lo indicaba. Mientras me observaba,
aprovechaba para llamar a sus clientes y comentar con ellos los temas de
inversiones que manejaba. En alguna ocasión me tenía así horas enteras,
indicándome con gestos si debía acelerar el ritmo, meterme los dedos en el culo
o en el coño, o si debía dejárselos chupar para catar mis jugos. Pasaba mucho
tiempo al borde del orgasmo, pero cuidando de no llegar a él para no ser
severamente castigada. Y si, entretanto sonaba el teléfono, debía responder sin
dejar de acariciarme, intentando ahogar mis gemidos y mi entrecortada voz. Una
vez fue su mujer la que llamó, y casi me corro de gusto al sentir la sensación
de estar haciéndomelo delante de ella. En una ocasión, tuve que pedirle que me
dejara salir para ir al baño a hacer pis, ya que con los largos tocamientos
sentí la imperiosa necesidad de orinar. Cuál fue mi sorpresa cuando me dijo que
si tenía que mear lo hiciera sobre su mesa, y que luego me haría limpiarlo. Así
que tendida sobre la mesa, abierta completamente de piernas y mi vejiga a punto
de estallar, acerqué mi culo al borde de la mesa, me solté y un gran chorro
amarillo brotó de mi coño, formando un largo arco que caía sobre el suelo.
Sentado a un lado, mi jefe me metía rítmicamente sus dedos en mi culo mientras
gozaba al verme orinar. Me sentí tan ofrecida y sometida a su voluntad, tan
esclava a sus deseos y tan vejada que no pude reprimir mi orgasmo y exploté
salvajemente con un temblor salvaje que recorrió mi cuerpo. Lógicamente, mis
temblores hicieron que el chorro se entrecortara, saliendo a trompicones,
salpicando toda la oficina, mientras mi jefe los notara en sus dedos clavados en
mis esfínter. Me sentí avergonzada por correrme, pero mi jefe fue indulgente por
orgasmar sin su permiso, y sólo me castigó a limpiar todo lo que había
ensuciado.
Desde aquel día se me prohibió ir al lavabo para nada, y
cuando tenía una necesidad debía pedirle permiso, y a menudo me obligaba a
esperar un buen rato hasta verme a punto de estallar. Entonces debía poner un
orinal de cristal transparente sobre su mesa, subir a ella abierta de piernas y
hacérmelo todo ante su atenta mirada. Si le venía en gana, me metía sus dedos en
el culo mientras meaba, o me masturbaba el coño si me veía obligada a defecar,
poniéndome de nuevo al borde del orgasmo. Estaba segura de que nadie que
conociera a mi jefe podría haber pensado en las perversiones que practicaba, ya
que parecía una persona de lo más normal, y ese secreto entre ambos aún
enardecía más mis deseos de participar, y sentirme totalmente entregada,
sometida y objeto total de sus caprichos. Imagino que alguien que no lo haya
experimentado difícilmente comprenderá mis pensamientos, pero sentirme la perra
complaciente de mi jefe me hacía creerme deseada, sensual y capaz de satisfacer
y dar placer como nadie. Ahora me pongo mojada sólo de recordarlo.
Yo fumaba poco, pero nunca se me habría ocurrido hacerlo en
la oficina ya que a mi jefe le molestaba mucho que alguien lo hiciera en su
presencia. Si por la mañana, antes de salir de casa, encendía un cigarrillo,
tenía que asegurarme de enjuagar bien mi boca para que no notara el olor. Por
eso me extrañó que un día, mientras me tenía recostada sobre su mesa, con el
vestido subido y mi culito ofrecido, me ordenó alargar la mano hasta mi bolso y
encender un cigarrillo. Lógicamente lo hice sin rechistar y mantuve en mis
labios un Nobel mientras me separaba las nalgas, abría mi culo con sus dedos y
dirigía su polla a mi agujero trasero para clavármela de un solo golpe sin
previo aviso. Instintivamente, al sentirme de repente invadida di una tremenda
calada que hizo que le humo llenara por completo mis pulmones a la vez que su
pene ocupaba mi recto. Esto pareció satisfacerle sobremanera, de forma que tras
unos segundos de mete-saca suave volvió a meterla hasta el fondo, obligándome de
nuevo a aspirar profundamente el cigarrillo y llenar mis pulmones. Siguió con
estos cambios de ritmo hasta que consumí por completo el cigarrillo, y soltó su
semen caliente y pegajoso dentro de mi recto. Mi cara era de vicio total, y
nunca he vuelto a disfrutar tanto un cigarrillo como cuando me tenía así. Ahora,
con solo notar el gusto de un Nobel en mis labios, me entra un picor en el ojete
que daría cualquier cosa por satisfacer.
Otra de sus diversiones preferidas era la de obligarme a
follarle subiéndome a horcajadas sobre su polla mientras él estaba cómodamente
sentado en su butacón, y yo subía y bajaba rítmicamente, tragando completamente
su pene con mi vagina a cada movimiento. Entonces, me hacía coger el teléfono y
llamar a su mujer para darle cualquier mensaje. Cuando ella descolgaba debía
esforzarme para disimular mi acelerada respiración, por lo que instintivamente
reducía el ritmo de la follada. Él me obligaba a mantener una conversación lo
más larga posible, y para excitarme aún más, trasladaba su pene sacándolo del
coño y clavándolo en mi culo, emprendiendo una perforación salvaje para
torturarme, pues sabía que debía aguantar sin correrme o sería descubierta al
otro lado del teléfono. Si lo hacía bien, me recompensaba dejándome llegar al
orgasmo con su polla entre mis nalgas, permitiéndome incluso que me tocara el
clítoris para aumentar la sensación de placer. En cambio, si creía que no había
podido resistir suficiente tiempo, al colgar el teléfono me la sacaba y me
obligaba a chupársela hasta correrse en mi garganta, tragando hasta la última
gota de su semen. Me dejaba así tan caliente que salía de su despacho sofocada y
en ascuas por volverla a sentir en mi coño o en mi culo, y poder dar rienda
suelta a mi orgasmo. Con el tiempo conseguí un admirable control de mi cuerpo,
pudiendo estar al teléfono un cuarto de hora mientras me hacía lo que le venía
en gana, sin que su mujer notara la más leve señal en mi voz, y eso que hacerlo
con ella al teléfono me ponía a mil.
Cuando mi jefe había disfrutado de una noche de sexo con su
mujer y no tenia ganas de penetrarme, se divertía con un juguetito que había
comprado en un viaje a Londres, donde iba a menudo por negocios. Se trataba de
un grueso consolador de látex transparente, blando y flexible, con el que le
encantaba masturbarme. A veces, al pasar revista a mi cuerpo a primera hora, me
hacía abrirme sobre su mesa y lo acercaba a mi vulva, restregándolo con fuerza
por mis labios y mi clítoris, haciendo que mi coño se inundara de jugos, para
inmediatamente penetrarme con él, invadiéndome hasta el fondo. Una vez bien
empapado, me hacía darme la vuelta y, recostada sobre la mesa, me abría el
esfínter y me lo introducía por detrás, poco a poco, notando cada centímetro en
mi interior, como me dilataba el ano e iba tragando semejante instrumento.
Como que era demasiado largo y grueso, siempre quedaban unos
centímetros que sobresalían del culo. Cuando notaba que era imposible meterlo
más adentro, me daba una nalgada, que era indicación de que podía volver a mi
mesa con el consolador puesto, hasta que me invitara a sacarlo. Me excitaba la
sensación de caminar notando mi recto suavemente invadido, con el consolador
moviéndose a cada paso, pero el cenit de mi placer era cuando me sentaba y la
presión del consolador en mi culo se hacía insoportable. Eso me tenía cachonda
toda la mañana, hasta que me llamaba de nuevo a su despacho para retirarlo con
cuidado y disfrutar del agujero redondo y oscuro en que se había convertido mi
culito.
Esta experiencia me sirvió para dilatar considerablemente mi
culo, y permitirme luego tragar miembros realmente monstruosos, como los que
gocé durante unas vacaciones en Kenya, en compañía de unos negros grandotes y
bien dotados, que disfrutaron de lo lindo con una blanquita tan complaciente
como yo. Y es que como decía una amiga mía, 'no serás una mujer completa hasta
que un negro te la meta'. Y si puede ser por el culo, aún mejor... Más adelante,
mi jefe ideó otras atrevidas fantasías a las que someterme, que consiguieron
enriquecer aún más mi vida sexual. Pero eso ya lo contaré en otra ocasión...
Si tienes experiencias que podrían sorprenderme, puedes
proponérmelas en mi correo electrónico
ana_garcia_bl@msn.com