EL ESCARMIENTO
Mamen, 02 de febrero de 2003
Desde que éramos novios, a mi marido le gusta mucho poner a
prueba mi fidelidad hacia él. Unas veces lo hace con mi conocimiento y otras a
escondidas. Al principio yo me lo tomaba como un juego y le seguía la corriente
pero, poco a poco, a llegado a molestarme un poco esa actitud, ya que con ello
demuestra que en el fondo nunca se ha fiado de mí, a pesar de no haberle dado
jamás motivos para que no lo hiciera.
A los dos años de nuestro matrimonio, una noche que salimos
de copas con varios amigos y amigas, se le metió en la cabeza que me gustaba un
amigo suyo. Entonces simuló que se marchaba al baño de la discoteca, cuando en
realidad se escondió tras una columna para vigilar si yo le tiraba los tejos a
su amigo. Cuando regresó de su escondite, y tras comprobar que no había pasado
nada anormal, parecía como si estuviera de mal humor. A veces he llegado a
pensar si lo que en realidad desea es que le ponga los cuernos con alguien en su
"presunta ausencia".
Estas situaciones se han ido sucediendo de forma similar en
el transcurso de los años, y debo reconocer que nos han causado mas de una
discusión, sin que por mi parte haya habido ningún motivo para ello. Después de
quince años de matrimonio sigue poniéndome "cebos", aunque ya no tan
insistentemente como antes. Pues bien, tanto va el cántaro a la fuente que
termina por romperse. Y eso es precisamente lo que sucedió hace dos meses.
Era el cumpleaños de mi amiga Conchi (31 años), que está
casada con Carlos (32 años). Para celebrar su onomástica nos habían invitado a
cenar a su casa. – Por cierto, yo me llamo Carmen (42 años) y mi marido Julio
(45 años) – . Julio, aprovechando aquella circunstancia, después de cenar se
inventó uno de sus macabros juegos para ponerme a prueba una vez más, solo que
en esta ocasión le salió el tiro por la culata.
A sabiendas de que nuestros anfitriones, a pesar de estar
felizmente casados, son una pareja muy liberal y promiscua, propuso que yo le
hiciera una paja a Carlos y que Conchi se la hiciera a él, por supuesto estando
los cuatro juntos en la misma habitación, con la apuesta de que Conchi
conseguiría que él se corriera antes que Carlos. A nuestros amigos les pareció
una idea brillante y divertida. Yo, pese a que por dentro no podía creer lo que
estaba escuchando de mi propio marido, me propuse seguirle el juego para darle
un escarmiento.
Para darle mayor morbo al asunto, se decidió que los cuatro
debíamos permanecer completamente desnudos mientras realizábamos la apuesta. Y
así lo hicimos. Una vez que los cuatro nos quedamos en cueros, Carlos y Julio se
sentaron juntos en el tresillo. Conchi se arrodilló entre las piernas de mi
marido y yo entre las de Carlos. A una señal de mi marido las chicas comenzamos
a masturbarles utilizando nuestras mejores armas, ya que se trataba de hacer que
nuestro respectivo hombre se corriera antes que el otro.
La cara de Julio adquirió una mueca de cierta preocupación
cuando comprobó que la polla de su amigo era bastante más larga y gorda que la
suya, y que yo, aparentemente, la masturbaba con decisión. La muy zorra de
Conchi le acariciaba los huevos a mi marido al mismo tiempo que su mano le
recorría el pene con maestría, y al muy cabrón de Julio parecía gustarle aquello
demasiado. Entonces un sentimiento de rabia y celos me hicieron comportarme como
lo que no soy, o al menos como lo que nunca había sido hasta entonces: Un "putón
berbenero".
Agaché mi cabeza y, mientras masturbaba la polla de Carlos,
comencé a lamerle la comisura de los huevos. Aquella primera acción ocasionó que
Julio y Conchi se desconcentraran en su faena, ya que ambos me miraban con
expresión atónita. Al mismo tiempo la polla de Carlos se puso enorme y más dura
que el cemento. Sin acobardarme separé mis labios y me introduje en la boca
aquel monumental trozo de carne, que dicho sea de paso comenzó a emitir un olor
fuerte, producto de que las primeras gotas de líquido pre-seminal rezumaban por
su hinchado y rojizo capullo. Aquel hedor, lejos de producirme asco me puso
cachonda.
Mis labios recorrían el miembro de Carlos suavemente, al
mismo tiempo que mi lengua le repasaba en círculos el glande, asumiendo sus
líquidos previos. Paralelamente mis manos le trabajaban los huevos,
imprimiéndoles un masaje sin pausa. Carlos sollozaba de placer y cerraba los
ojos sometiéndose a mis maniobras, sin la más mínima negativa. Pese a los
esfuerzos de Conchi, a Julio aquel espectáculo se la estaba poniendo cada vez
más flácida. Aquella sensación de triunfo que estaba experimentando, unida a que
me había puesto cachonda de verdad, provocó mi siguiente acción: Me levanté del
suelo, me coloqué a horcajadas sobre Carlos y apunté su verga entre mis labios
vaginales.
Julio pensaba que era una treta mía para darle un
escarmiento, pero que no me iba a atrever a dar el siguiente paso. Estaba
equivocado. Me introduje el capullo de Carlos en la vagina y, sin darme tiempo a
arrepentirme, me senté sobre su pubis con fuerza, de modo que su polla me
penetró hasta el fondo. Acto seguido comencé a cabalgarle sin parar. Su rabo
entraba y salía a toda velocidad en mi húmedo coño, clavándose con fuerza en mis
entrañas cada vez que dejaba caer mi cuerpo sobre su pubis. Conchi ya había
abandonado sus quehaceres, puesto que la polla de mi marido estaba más flácida y
pequeña que la de un crío de 6 años, mientras que la de Carlos parecía no parar
de crecer y endurecerse a cada embestida que le daba. Era como una taladradora
penetrando en un muro de hormigón.
A los pocos segundos me sobrevino un tremendo y larguísimo
orgasmo que me hizo gritar de placer. Julio estaba aterrorizado, no podía creer
que me estuviera follando a su amigo delante de él, pero lo cierto es que lo
estaba haciendo a conciencia. Además, como Carlos se sabía controlar a las mil
maravillas, aquel polvo se fue prolongando de una forma increíble. No llevaba
reloj, pero puedo calcular que estuve follándome a Carlos durante mas de quince
minutos sin parar, a juzgar por los cinco orgasmos que me proporcionó. En
agradecimiento de ello, cuando comprendí que Carlos ya no aguantaba mas, volví a
agacharme entre sus piernas, me la metí en la boca y seguí mamando hasta que se
corrió en mi garganta.
Cada vez que Carlos se retorcía y emitía un gruñido de
placer, me obsequiaba con un potente y caudaloso chorro de leche condensada.
Tenía el semen muy espeso y abundante, pero ello no fue óbice para que me lo
tragara todo sin el menor reparo. Los lefazos fueron remitiendo, después de
cinco o quizás seis descargas, y el cuerpo de Carlos se fue relajando poco a
poco, aunque su polla seguía tan grande y dura como al principio, por lo que
aproveché para metérmela en el coño, aún goteando esperma, y alcanzar un último
pero no menos intenso orgasmo.
Cuando terminamos de follar me quedé un rato sentada sobre
Carlos. Notaba en mi interior como su miembro iba perdiendo dureza y tamaño,
mientras que mi marido no daba crédito a sus ojos y Conchi se había ido a la
cocina a preparar unas copas. Permanecí sentada sobre Carlos, con su rabo
clavado en mi coño, durante dos o tres minutos mas, mientras me recuperaba.
Cuando finalmente me fui a levantar, Carlos me lo impidió. Entonces comenzó a
besarme en la boca y a masajearme las tetas. En menos de dos minutos noté como
su polla, que no había abandonado mi raja todavía, comenzaba a engordar otra
vez. Aquello me provocó tal excitación que comencé a responder a sus besos hasta
ponernos otra vez cachondos.
Luego comencé a cabalgar de nuevo, pero Carlos me obligó a
parar. Me pidió que me levantara de encima de él. Luego me sentó en el sillón,
se arrodilló entre mis piernas y me la clavó de un solo empujón. Esta vez quería
mandar él. Me colocó las piernas sobre sus hombros y empezó a follarme ante la
horrorizada mirada de mi marido. En aquella posición, su polla me entraba hasta
los mismísimos huevos, los cuales parecían querer entrar también en mi coño.
Esta vez me proporcionó mas de diez orgasmos antes de que él
se corriera, ya que su aguante se había multiplicado por dos. En un momento dado
pensé que me iba a desmayar de placer, pero justo en ese momento Carlos empezó a
vaciarse en mis entrañas. El muy cabrón se estaba corriendo dentro de mi coño
sin ni siquiera preguntarme si "iba segura", pero aquel detalle no importaba en
ese momento. Su leche rebosaba por debajo de mi coño hasta alcanzarme el ano, el
sillón y la alfombra, pero él seguía follándome sin parar. Desde ese momento,
hasta que ya no pudo más, consiguió que yo me corriera dos veces más. Aquello no
era un hombre, era una máquina de follar y dar placer a las mujeres.
De esa forma mi marido tuvo su escarmiento y yo el mejor
polvo de mi vida.
- Fin -