MANOS
06/01/03
Se diría que alrededor de ella la oscuridad late. No ve más
allá de las puntas de sus dedos si estira totalmente los brazos.
Se pone cómoda en la gran silla de mimbre, esperando no sabe
qué. Tiene unos ojos verdes que llevarían a muchos al harakiri con sólo pedirlo.
Es inocente, con cuerpo de mujer y expresión de niña que espera muy quieta en la
oscuridad. Su pelo rubio y liso no llega más abajo de sus suaves mandíbulas.
Sin hacer ningún ruido, sin ser esperada, una mano surge de
las tinieblas ante ella. Es una mano de mujer, tiene las uñas muy bien pintadas
de rojo. Se posa sobre su muslo y ella se sobresalta. La mira: está acariciando
su muslo. Sin prisa, llega a su entrepierna. Ella aprieta los muslos para
cerrarle el paso, pero la mano se escurre entre sus ingles, dándole sabias
caricias. Parece que en la yema de cada dedo tenga un pequeño ojo que viese en
la oscuridad, sabiendo dónde y como tiene que acariciarla, apretar la tela de su
pantalón sobre ese bulto que empieza a calentarse.
La mano tantea el botón de su pantalón. Ella quiere sujetarla
con sus manos infantiles, pero duda. Es ese calor que está empezando a hacer
sentir entre sus piernas lo que la hace dudar. Tiene miedo pero siente calor,
curiosidad, llamada.
La mano de mujer desabrocha su pantalón.
Justo en ese momento, una mano se posa sobre su fino cuello.
Es una mano de hombre, más grande, pero delicada en cada movimiento. Acaricia su
piel suavemente. El vello se le pone de punta. La roza desde el hombro hasta el
hueco tras su oreja, y vuelve a bajar...
La mano de la mujer vuelve a colarse entre sus muslos. Esta
vez las caricias son sobre la fina tela de las bragas. Unas braguitas blancas
con ribete bordado y un lacito en lo alto. Sujeta ese brazo sin hacer fuerza,
sólo lo sujeta, insegura, mientras siente con los párpados cerrados esos dedos
que se pasean sobre su bulba, con el fino roce de la tela.
Mientras la mano del hombre acaricia cariñosamente su
puntiaguda barbilla, otra más se une. Aparta con dificultad la tela de su
ajustada camiseta para acariciar su otro hombro. No es una mano fría, sino
cálida, la que tantea con interés de geógrafo los huesos de su clavícula, la
curva de su hombro aterciopelado, la superficie lisa y fuerte del pecho que
precede a los senos, más abajo. Los dedos se están introduciendo ya
peligrosamente bajo el cuello de la camiseta, y ella ya no sabe a quién sujetar,
de quién quejarse, contra quién volverse.
La mano de la mujer intenta penetrar su vagina a través de la
tela.
- ¡Ah! No, por favor... cuidado...
Los dedos desoyen la queja. Siguen acariciando una hendidura
que ya empieza a humedecerse, dedos estúpidos que no saben que no pueden hacerlo
con tela de por medio.
Asiste aterrorizada a la pérdida del control de su cuerpo.
Una conciencia más poderosa, el calor sanguíneo que empieza a indundarla,
controla ahora sus movimientos.
La uña del índice se clava en un punto especial, y ella gime.
- Por favor... por favor para... -murmura, manoteando
inutilmente ese brazo de mujer.
Una de las manos masculinas baja hasta su pecho. Es grande y
redondo, para siempre joven. Lo engloba y lo aprieta. No lo hace brutalmente,
parece que lo prueba con cuidado. Lo trata como un juguete blandito y caliente,
nunca te cansas de probar su tacto. Pulgar e índice se concentran en la zona de
su pezón.
La otra mano de hombre hace círculos muy cerca del otro
pecho.
El calor animal, ahora comandante de su cuerpo, hace bailar
sus caderas sobre esa mano que la frota por abajo, aplastada entre trasero y
cojín de la silla.
Las enormes manos de hombre la agarran de sendos pechos. Los
manejan en círculos sin ritmo ni concierto entre ellos.
- ¡No, por favor, esperad...! -se queja ella, con sus finas
cejas arqueadas en una mueca de triste disgusto.
Intenta arrancar esas manos, pero están fuertemente
enrraizadas en sus ubres. Luego es la mano de mujer la que intenta arrancar,
pues algo de lo que acaba de hacer allá abajo la está volviendo loca. Dos manos
más surgen de la oscuridad y sujetan sus manos sin piedad.
Ahora las manos pueden trabajar a placer sobre su cuerpo sin
que ella lo impida. Se agita y queja como una gatita, pero la fuerza de las
manos es implacable. Le es inútil resistirse.
La mano femenina sigue acariciando su mojada bulba. Las manos
masculinas amasan sus pechos. Unos dedos audaces se apoderan del borde de su
camistea, en el preciso momento en que otros están haciendo lo mismo con el
borde de sus bragas. Le suben la camiseta poco a poco para descubrir dos grandes
pechos. Agitados por el miedo y la excitación, hacen temblar el sostén que con
trabajo los sujeta. Son de una perfecta curvatura, iluminados por la candidez de
un cuerpo de adolescente.
Las manos la sujetan ahora de los brazos y los aprietan hacia
atrás, hasta el borde del dolor. Reprime un gemido. En esta postura los pechos
resaltan de su tórax descarados y aun más enormes.
Los dedos apartan las copas de su sujetador y comienzan a
acariciar la piel hendida de los pezones, al mismo tiempo que otros dedos se
posan sobre los viscosos labios de su vagina. Afronta los dos envites a la misma
vez.
Sus pezones aun están hundidos hacia adentro, pero prometen,
y cumplen sus promesas cuando las caricias y jugueteos, que sacan chispas
eléctricas de los poros de su piel, hacen emerger dos bultos gordotes. La piel
antes hendida y suave, ahora es dura y de puntos afilados.
La mano femenina no tiene prisa por explorar su vagina. Se
entretiene en su rizado vello púbico. Juguetea, coge un puñado y tira hacia
arriba, haciéndola levantar las caderas.
- ¡Aaaaaaaaah...! ¡Eso no! ¡Basta, por favor!
Las manos aprietan sus brazos y la amenazan con el dolor para
que no se resista. Ella obedece como una niña buena y se queda muy quieta.
Otra mano más surge de las tinieblas y la coge fuerte del
cuello, justo bajo la mandíbula. Parece capaz de estrangularla si se porta mal.
Otra mano la sujeta del pelo, causándole dolor en el cuero cabelludo.
Está completamente dominada.
La mano de mujer, la de las uñas rojas, baja el pantalón y
las bragas hasta los pies, impaciente. Le mete un dedo. Se escurre sin
problemas, los flujos son abundantes, ya están manchando el cojín. Comienza un
viscoso mete y saca.
Ella quiere decir algo, basta, por favor, no más, pero un
dedo se introduce en su boca y la obliga a chuparlo.
Otro dedo dentro de su vagina. Penetrándola ahora más rápido.
Explorando las paredes mucosas de su interior, estrechas y apretadas por el
miedo. Descubre que si relaja esa zona le dolerá menos.
Otra mano aparece tras ella. Ella adivina que es femenina,
pues es de dedos largos y finos, además de estar embutida en un suave guante de
terciopelo. No puede verlo, pero se lo imagina negro. Parece lo más adecuado
para una mano parida por la oscuridad. El tacto sobre su trasero es
deliciosamente suave. Lo tiene difícil por la postura, pero acaricia la curva de
su culo por los huecos que la silla deja libre.
Las maniobras de la mano en su vagina se están volviendo
estrañas. Su intención parece ser elevar sus caderas en el aire a base de
penetraciones, levantarla del asiento. No tiene más remedio que ceder.
Con el trasero en el aire, un fino dedo se cuela en la línea
entre sus nalgas y comienza a acariciar en círculos su orificio trasero.
La mano en su coño sale y comienza a acariciar su clítoris.
Sus piernas flaquean. La mano enguantada toma el lugar de la otra y la penetra.
Pero ahora el tacto del terciopelo ya no es delicioso, sino áspero. Cada
penetración duele, raspa su delicada piel interior, hasta que su sabio cuerpo
segrega aun más jugos, hasta empapar por completo el guante.
Efectivamente, es negro.
El ritmo general final es frenético. Y chupando dos dedos,
con dos manos fuertes y varoniles estrujando sus pechos, con un dedo estimulando
su ano, otro sacudiendo su clítoris y otro dedo de terciopelo penetrándola hasta
lo más hondo, ella llega al clímax, como una deliciosa cuesta arriba, se detiene
en la cima y vuelve a bajar a toda velocidad, y vuelve a subir y bajar y
culminar incontables cimas, ya no sabe si más altas o más bajas unas que otras
pues no tiene capacidad de pensar o de centrarse en nada que no sea esas manos
que no la abandonan y la llevan una y otra vez al orgasmo.
Al final, las manos se retiran a la oscuridad de la que han
surgido, en la que han sido entretejidas. La dejan acurrucada en su gran silla
de mimbre. Los pantalones y las bragas por los tobillos, la camiseta arrugada,
los pechos descubiertos y enrojecidos, el pelo alborotado. Y tras la oscuridad
de sus párpados, con el sueño, ella se hace una con la oscuridad, pues allí ya
no hay cuerpo y oscuridad, sino una misma cosa.
Oscuridad
FIN
07/01/03
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