Hola a todos otra vez. Soy Marta, la chica gallega que había
escrito a esta sección hace unos días para contaros lo que me pasó el verano
pasado, estando de vacaciones en un pueblo de la costa norte gallega. Pues bien,
aquella experiencia extrema de sexo, aunque al principio me resultó bastante
difícil de asimilar, poco a poco me fui dando cuenta que no era nada malo.
A fin de cuentas, ¿qué había hecho yo aparte de gozar como
una condenada con un montón de tíos buenísimos? Quizás ellos pensasen que era
una puta y que me habían utilizado, pero yo llegué a pensar que no era nada malo
gozar del sexo sin inhibiciones, y en realidad, me dije, fui yo quién los
utilicé a ellos. Sólo había que ver lo calientes que estaban y cómo en todo
momento se ocupaban de mí sin atender a ninguna otra cosa. ¡Qué demonios! A fin
de cuenta tengo 20 años y derecho a disfrutar de esta vida tan corta lo más
aprisa que pueda.
En esas vacaciones, por supuesto, tuve más relaciones
sexuales aparte de la del equipo de baloncesto, pero fueron bastante normalitas,
por eso no voy a perder el tiempo contándolas aquí; ya sabéis, las típicas
noches que sales de marcha y te acabas yendo con un tío que te mola a follar en
cualquier playa de los alrededores o en el coche del tío en cuestión.
Pero lo realmente interesante me ocurrió justo al volver de
las vacaciones. Resulta que me tuve que volver a mi pueblo a mediados de agosto
por causa de los exámenes. Soy estudiante universitaria, y me habían quedado un
par de asignaturas para septiembre, con lo que tenía que regresar para
concentrarme y estudiar. Por su parte, mis padres se quedaron en el lugar de
veraneo hasta principio de septiembre, pues mi padre no tenía que trabajar hasta
entonces.
Con esto, un domingo por la tarde cogí el autobús y después
de dos horas y media de viaje, llegué a la estación de autobuses de mi pueblo.
Allí me esperaba mi hermano, que se había quedado en casa todo el verano
castigado estudiando, pues le habían quedado nada menos que ocho asignaturas, y
mis padres se pusieron hechos unas furias y le dijeron que no vendría con
nosotros de vacaciones.
Al bajar del autobús, mi hermano me dio dos besos y juntos
nos fuimos paseando hacia casa, contándonos mutuamente cómo habíamos pasado ese
mes y medio que habíamos pasado sin vernos.
Mi hermano Sebastián es un jovencito de 16 años, que como
todo chaval de su edad está en esa época difícil del despertar sexual. Yo ya lo
había descubierto varias veces urgando en mi ropa y en alguna ocasión me habían
desaparecido tangas, con lo que supuse que las cogía para masturbarse, pero no
le di ninguna importancia, pues creía que eran cosas de la edad, aunque era un
poco fuerte pensar que mi propio hermano me mirase con deseo y que le gustaría
echarme un buen polvo. Yo era consciente de eso, y cuando estábamos en casa, lo
provocaba disimuladamente, por ejemplo saliendo de la ducha media desnuda o
cambiándome de ropa en mi habitación con la puerta abierta, para que él pudiera
verme. Pero, en fin, no dejaba de ser una especie de jueguecillo prohibido.
Cuando llegamos a casa ya eran más de las once y media, y le
hice una cena a base de huevos fritos y luego me fui para cama, pues estaba
agotada del viaje.
Al día siguiente, me levanté temprano para ir a la biblioteca
a estudiar, y volví a la una de la tarde para hacer la comida. Mi hermano era un
traste; le quedaban apenas quince días para los exámenes y no cogía un puto
libro en la mano. Era el típico chico rebelde, de media melena y con un
pendiente en su oreja izquierda.
Al terminar de comer, me ayudó a recoger la mesa y luego le
dije que me iba a duchar para inmediatamente volver a la biblioteca. Cuando salí
de la bañera después de la ducha, al cerrar el agua oí la voz de mi hermano, y
supuese que estaba hablando con alguien por teléfono, pero hablaba muy bajito,
casi susurrando, obviamente para que yo no me enterase. "¿Pero qué cojones
andará tramando éste" me dije yo, mientras me acercaba a la puerta sigilosamente
y la abría con mucho cuidado para no hacer ruido. En ese momento decía mi
hermano a su interlocutor:
- Sí, sí , Manu. No te preocupes por nada. Vamos a estar
solos toda la tarde. Mi hermana se va dentro de diez minutos para la biblioteca
a chapar. En cuanto salga, paso por ahí, cogemos las cosas, llamamos a los otros
y nos venimos para acá.
Ya no me hacía falta escuchar más, estaba llamando a uno de
sus mejores amigos para montar alguna especie de fiesta o algo así en nuestra
casa aprovechando que yo me iba a estudiar por la tarde. "Pues te va a salir el
tiro por la culata, chaval, pensé", y acto seguido volví a cerrar la puerta del
cuarto de baño con el mismo cuidado con el que la abrí, para no levantar
sospechas, y acabé de secarme el cuerpo. Antes de salir hacia mi habitación, me
enrollé la toalla al cuerpo, pero la dejé muy subida para que me quedara bien
cortita por abajo, de manera que apenas tapaba mi culito. Estaba dispuesta a
calentar un poco a mi hermanito, que se hallaba tumbado en el sillón mirando la
tele, como estaba casi todo el día. Hice como si fuese hacia la cocina a buscar
algo, y al pasar por el salón, donde estaba él, dejé caer al suelo un bote de
crema corporal que llevaba en las manos, y me incliné para recogerlo, dejando en
ese momento ante los ojos de mi hermano Sebas la esplendorosa visión de mi culo
y mi coño en toda su extensión. Por el rabillo del ojo pude ver como Sebas
clavaba los ojos como dos puñales en mi trasero, poniéndose colorado ante el
espectáculo. "Eres una auténtica bruja" , pensé para mí.
Después de pasar por la cocina(para disimular) fui a mi
habitación, me puse una tanguita violeta con un sujetador a juego, un vestido
blanco con lunares rojos de una pieza y unas chanclas de plataforma; cogí la
carpeta y me dirigía hacia la puerta de salida de casa. Eran casi las cuatro de
la tarde. Antes de marcharme le dije a mi hermano:
-Sebas, me voy para la biblio. Vendré sobre las nueve y media
o diez.
-Vale, no te preocupes. Yo me voy a quedar en casa
estudiando. Chao.
Con esto, salí de casa y bajé las escaleras del edificio
hasta llegar a la calle (vivimos en un 2º piso); bajé por la carretera en
dirección a la biblioteca, pero en la primera bocacalle me metí a la derecha y
di toda la vuelta a la manzana, apareciendo nuevamente al lado del portal del
edificio en el que vivo. Acto seguido, me escondí detrás de un coche que había
aparcado a unos veinte metros de la entrada, pero en la acera de enfrente, y me
puse a vigilar desde allí la salida. Como había supuesto, no pasaron ni cinco
minutos antes de ver al caradura de mi hermano salir a toda pastilla cuesta
abajo hacia la casa de su amigo. Cuando se hubo alejado lo suficiente, volví a
entrar en el edificio y subí a casa. Me metí en mi habitación y me puse a mirar
por la ventana, pues desde allí puedo ver toda la calle. Al cabo de un cuarto de
hora aproximadamente vi acercarse cuesta arriba a cuatro chicos; al acercarse un
poco más comprobé que era mi hermano con tres de sus mejores amigos: Manu, Fran
y Luis, tres jóvenes de la edad de mi hermano, es decir, todos rondan los 16 ó
17 años.
Manu vive muy cerca de nosotros y es el amigo más íntimo de
Sebas. Es un chico alto y fuerte, muy espabilado para su edad. Es muy moreno y
sus colegas lo llaman familiarmente "el negro".
Fran es el más guapo de todos. Es rubio, de ojos azules y
está considerado el guaperas y el ligón de la pandilla.
Por su parte, Luis es el típico chaval "heavy" de pelo largo
que se rebela contra todo.
Los cuatro venían muy contentos bromeando entre ellos, y
tanto mi hermano Sebas como Manu traían cada uno en sus manos una bolsa.
Probablemente eran botellas. Seguro que querían emborracharse en casa y dejar
todo hecho un asco y yo no estaba dispuesta a permitirlo, pero no quería
aguarles la fiesta ya desde el primer momento, sino que tenía pensando pillarlos
"in fraganti" para darles una sorpresa; por eso, mientras ellos subían por las
escaleras yo me agaché debajo de mi cama.
Enseguida se abrió la puerta del piso y se empezaron a oir
las risas de los chicos.
-Venga tíos, que nos lo vamos a pasar de puta madre. Pero
antes de nada dejadme ir a comprobar que no hay moros en la costa –dijo mi
hermano, pasando acto seguido a revisar una por una todas las habitaciones de la
casa para verificar que no había nadie.
-Todo correcto. Venga, sentaos por ahí que voy a poner la
peli –dijo acto seguido.
-Será bastante guarra, ¿no? –habló Fran de repente.
Sebas le contestó enseguida:
-Por eso no te preocupes, tío. Dile ahí a Manu, que vino a
alquilarla conmigo. En la carátula se veía a una tía buenísima que tenía dos
pollas a la vez metidas en la boca, mientras un tío se la enchufaba por el coño
y otro le daba por el culo. Así que... imagínate.
-Joder, pues venga, ponla ya –dijo entonces Luis.
¡Una peli porno! Para eso querían quedarse solos en casa los
chavales. Ahora lo comprendía todo.
Enseguida se empezaron a oír gemidos en el televisor y frases
guarras. Había comenzado el espectáculo. Salí de debajo de la cama y asomé la
cabeza por la puerta de mi habitación. Luego me quité las chanclas y comencé a
andar muy despacio por el pasillo que conduce al salón. Desde el umbral de la
puerta podía ver la tele de frente. Delante de ella estaban sentados Fran y Luis
en el sillón grande. A los dos lados de la mesa de la televisión se hallaban mi
hermano y Manu, cada uno sentado en los sillones individuales. En la pantalla se
veía a una chica haciendo una tremenda mamada a un negro con un pollón
descomunal, mientras otro tío le magreaba las tetas.
Los cuatro chicos no pestañeaban, parecían como hipnotizados
por la visión y hacían comentarios como: "joder como traga la tía", "vaya puta
de mierda", "que se la follen por todos los agujeros a esa guarra".
Todos estaban bebiendo cervezas de lata, de ahí las bolsas
con las que los había visto subir a casa. Se les notaba excitadísimos y yo
también me estaba calentando. En ese momento me fue inevitable pensar en el
verano y en la historia del equipo de baloncesto. ¡Cómo me habían dominado
aquellos cabrones! Y ahora era mi oportunidad para tomarme la revancha (por
decirlo de alguna manera) y ser yo quien dominase la situación. En un instante
me decidí. Saqué el vestido, el sujetador y el tanga, quedándome en pelota
picada, y sin mediar palabra entré en el salón y me fui a sentar en el sillón
grande, entre Fran y Luis. Quedé totalmente abierta, con mi pierna derecha
apoyada en el regazo de Luis y mi izquierda en el de Fran.
No os podéis imaginar la cara de los chavales. Estaban rojos
como tomates y con los ojos como platos, sin poder articular palabra. Sin duda
debían pensar que estaban soñando. Mi hermano se había apresurado en apagar la
tele y visto que nadie decía nada, hablé yo, como si nada pasase:
-Bueno, chicos ¿qué estáis viendo? Anda, cerveza, ¿me das un
poco? –y le arranqué el bote de las manos a Luis, que era el que tenía más
cerca.
Los cuatro estaban paralizados, no sabían qué hacer. Manu
clavaba sus ojos en la raja de mi coño, que se mostraba en todo su esplendor al
estar yo tan abierta de patas. Mi hermano Sebas me miraba boquiabierto, como
diciendo "¿pero qué estás dispuesta a hacer?". Los otros dos, que tenía pegados
a mí casi no se atrevían ni a mirarme con lo acojonados que estaban.
-Sois unos maricones –les dije-. Mucha peliculita porno y
cuando tenéis delante a una buena hembra con ganas de guerra quedáis como
muertos. ¿Qué pasa, Manu, no te gusto? –el chico asintió con la cabeza- Pues ven
aquí ahora mismo y cómeme el coño, hijo de puta.
El chaval se levantó del asiento como un resorte y se
arrodilló delante mía, agachando la cabeza contra mi pubis tímidamente. Yo lo
agarré por los pelos y lo junté con fuerza contra mí, empezando enseguida a
desperezarse y a juguetear con su lengua en mi clítoris.
Yo agarré las pollas de Luis y Fran y las empecé a masajear
por encima del pantalón. Sus erecciones eran impresionantes. Ambas trancas
estaban duras como piedra. Ellos parecía que ya empezaban a perder su timidez y
me tocaban las tetas y pasaban sus lenguas mojadas por mis orejas, mis mejillas
y mi cuello. Naturalmente también me querían morrear, y yo tenía que ocuparme de
ambos un poquito tiempo para que el otro no se celase.
Por su parte, mi hermano seguía en su asiento mirando el
espectáculo sin saber muy bien cómo actuar, aunque en un evidente estado de
excitación.
Le miré fijamente a los ojos y pasé mi lengua lascivamente
por mis labios, de un lado a otro, pero viendo que aún así no se movía le dije
sin contemplaciones:
-Pero a ti , ¿qué te pasa? ¿Eres maricón o gilipollas? Ven
aquí ahora mismo y chúpame las tetas.
Fueron las palabras mágicas. Como si acabase de despertar de
una sueño pegó un salto en el sillón en el que estaba y se abalanzó contra mí
como un animal en celo. Quién sabe cuántas veces había soñado con ese momento.
Me apretaba las bufas con una fuerza que hacía que gritase de dolor, mientras
sus dientes y su lengua se cebaban con mis pezones.
El trabajo que por su parte estaba haciendo Manu en mi coño
no era ni mucho menos propio de un crío de inexperto de dieciséis años, pues su
lengua buscaba mi clítoris con maestría, mientras sus dedos se introducían como
flechas en el agujero de mi coño. La verdad es que yo me encontraba en éxtasis:
pajeando a Luis y Fran por encima del pantalón mientras me morreaba con ellos
por turnos, recibiendo en mi coño las lamidas fenomenales de Manu, y si por esto
fuera poco, mi propio hermano comiéndome las tetas con un frenesí que parecía
que le fuese a dar un ataque. Para resumirlo: ESTABA EN LA GLORIA. No lo podía
soportar más. Un orgasmo salvaje sacudió todo mi cuerpo llevando a un éxtasis al
que nunca antes había llegado en mi vida. Y lo más curioso que me lo habían
provocado cuatro chiquillos inexpertos que probablemente no habían estado nunca
con una tía.
En ese momento decidí volver a tomar el mando. Me quité a los
chicos de encima como pude, me puse de pie y adopté un riptus serio. La cara de
los amigos en ese instante reflejaba una inquietud tremenda, pensando
seguramente que me había enfadado por algo e iba a acabar con la orgía de
inmediato, ignorantes ellos de que me acababan de provocar el orgasmo más
intenso de toda mi vida. Por supuesto, la última idea que se me pasaba por la
cabeza era acabar con aquello, pero sentía la necesidad de imponerme a ellos, y
haciéndome la enfadada les dije:
-No sois más que unos putos niñatos. Quitaos toda la ropa
enseguida. Si en medio minuto no estáis en pelotas, me largo de aquí pitando y
os matáis a pajas.
Aún no había terminado la frase, cuando ya ellos habían
empezado a desnudarse a velocidad de vértigo, creo que no tardaron ni diez
segundos.
Los cuatro quedaron parados delante de mí con sus vergas
duras como piedras y no sabiendo muy bien qué hacer, ansiosos porque yo tomase
la iniciativa. La verdad es todos estaban muy bien dotados y sus pollas no eran
precisamente las de unos niños. Cualquier tío de treinta años podría darse por
conforme teniendo un instrumento como el de aquellos chicos. Pero entre todos
destacaba especialmente Manuel. Su tranca no era mucho más grande que la de sus
amigos, pero os puedo asegurar que de gorda, poco le faltaba para ser como las
latas de cerveza que habían traído. Os prometo que llevo probado muchas pollas
en mi vida, pero creo que ninguna tenía ese grosor.
-Joder, Manu –le dije sorprendida- pero eso ¿qué es? ¿Una
polla o un cañón?
El chico se puso rojo y los otros se rieron.
Acto seguido me arrodillé en el suelo y les dije con voz
autoritaria:
-Ahora venid todos aquí y haced un círculo a mi alrededor.
Ellos obedecieron al instante y yo empecé a comer pollas sin
parar. Empecé por la de mi hermano, por eso de portarse bien con la familia y
seguí con las demás. Con la de Manu tenía algún problema, pues era tan gorda que
tenía que hacer un gran esfuerzo para abrir la boca al máximo y poder tragarla.
Los chicos aullaban de placer, y yo, para que sufriesen más, les clavaba un
poquito los dientes en los capullos, lo que los hacía enloquecer. Pero enseguida
empezaron a impacientarse para que les llegase el turno e incluso se celaban
entre ellos si estaba mucho tiempo dedicado a uno. Poco a poco iban
desinhibiéndose por completo e incluso siguieron bebiendo sus cervezas mientras
yo les hacía las mamadas.
Pero la inexperiencia de su corta edad se empezó a notar. No
llevaba ni cinco minutos chupando, cuando Luis me llenó la garganta de leche.
Fue en el momento en que yo me estaba metiendo su pene hasta el fondo de la
garganta para ver a dónde me llegaba. La primera descarga fue a parar a mi
campanilla. Luego le saqué la polla un poquito más hacia fuera y una segunda y
más terrible descarga se estrelló en mi paladar. La verdad es que los otros
chicos no se enteraban muy bien qué pasaba hasta que vieron la cara descompuesta
de su amigo gritando como un loco, pues yo en ningún momento abrí la boca. Me lo
tragué todito, sin que me saliese ni una gota por fuera.
Luis quedó rendido y se fue a sentar al sillón. Yo le di un
cachete en el culo y le dije:
-Tenía el depósito lleno, ¿eh, campeón?
Al ver mi comportamiento los otros chicos se excitaron aún
más y obviamente todos quisieron correrse en mi boca, para no ser menos que su
amigo.
El segundo en descargar fue mi hermano Sebas, que me agarró
por los pelos con fuerza y empezó a agitar la tranca apuntando directa a mi boca
abierta. Al menos tres chorros de esperma caliente penetraron en mi garganta,
mientras otros dos se estrellaron contra mis labios y mi nariz, dejándome la
cara manchada.
El siguiente fue Fran, el guaperas. De éste sólo pude recibir
dentro de la boca el primer chorro, pues fue tan grande que me la llenó toda con
su leche. Los demás los recibí resignadamente contra las mejillas y contra los
labios. Ya tenía toda la cara empapada y la lefa se deslizaba por mis tetas
llenando todo mi cuerpo. Y aún faltaba lo peor: el pollón de Manu. Aquello era
espeluznante. Los chorros del chico salían de su polla sin ningún control y me
manchó el pelo, la frente, los ojos, la nariz, las orejas, y lo que era peor
aún, ¡la alfombra de mi madre! Vaya semental de 16 años.
Me levanté como pude y fui a tientas hacia el baño, pues
tenía los párpados llenos de semen y no podía abrir los ojos. Me estaba echando
agua a la cara para quitarme la lefa, cuando siento por detrás una cosa dura que
se apoya contra mi culo y dos manos que me agarran las tetas con fuerza. Al
subir la cabeza vi que era mi hermano Sebas.
-Me has puesto como una moto, hermanita. Quiero follarte
ahora mismo –dijo, y sin más me inclinó el cuerpo hacia delante y después de
tantear la entrada de mi coño, me lo atravesó con la polla de un golpe seco y
duro. Yo ya estaba muy caliente y empecé a disfrutar como una loca de los
pollazos de mi hermano.
Al poco rato, asomó por la puerta del cuarto de baño la
cabeza de Fran, que gritó inmediatamente a sus compañeros:
-Ey, tíos, venid aquí, que hay un espectáculo de cine.
Y enseguida aparecieron los otros dos para mirar el incesto
que se estaba produciendo.
Los tres amigos se reían mientras Sebas me la metía y le
decían:
-Oye, tío, que te estás follando a tu hermana. Vaya guarra
que es. No la rompas que aún tenemos que darle un repaso nosotros.
Después de unos cinco minutos noté como un chorro caliente
inundaba mi agujerito y mi hermano dejó sitio a sus amigos, que uno a uno fueron
pasando por mi entrepierna.
Pero luego decidí tomar otra vez el mando. Temí que se
corriesen demasiadas veces y que ya no se les levantase más y aún quería que me
hiciesen más cosas.
-Esperad un momento y seguidme, quiero daros una sorpresa
–les dije, y salí del lavabo andando lenta y provocativamente, ante la mirada
cercana de los chicos que me seguían como si fuesen un rebaño de ovejas.
Entré en la cocina, cogí un plátano del frutero y el bote de
mantequilla. Acto seguido me senté encima de la mesa con las piernas abiertas y
echadas hacia atrás y empecé a untarme la mantequilla en el culo. Los tíos
estaban todos delante mía con cara de flipados, con sus rabos empinados y
haciéndose pajas. Yo empecé a meter lentamente un dedo por el culo, luego dos,
luego tres y finalmente logré meter hasta cuatro. Con la otra mano cogí el
plátano y me lo llevé a la boca, chupándolo lascivamente como si fuese una
polla. Luego me lo metí en el coño totalmente, todo ello sin sacar los dedos de
la otra mano del culo. Parece que la imagen fue demasiado fuerta para Fran, que
empezó a correrse, echando toda la lefada encima de la mesa donde yo estaba. Yo
dejé mi labor, y poniéndome a cuatro patas encima de la mesa absorví con mi boca
toda la corrida sin desperdiciar ni una gota.
Luego bajé y me puse de pie dándoles la espalda e inclinando
todo mi cuerpo de manera que quedó apoyado en la mesa, y les dije:
-Venga, chicos. Podéis darme por el culo hasta que me
reventéis.
Todos se pusieron como locos para ver quién era el primero, y
viendo que la discusión iba subiendo de tono tuve que intervenir. El primero
sería Sebas, que por algo era mi hermano.
Después de haberme untado con mantequilla y metido los dedos,
tenía el agujero muy dilatado y su pene entró si dificultad. La verdad es que el
cabrón bombeaba muy fuerte y se le notaba que me follaba con ganas. Yo sentía su
cipote golpeando mis intestinos mientras sus amigos hacían cola diciéndole que
terminara rápido, que me iban a romper.
Todos pasaron por mi retaguardia varias veces y yo estaba de
espaldas recibiendo todo su empuje juvenil y disfrutando muchísimo la enculada.
Después de más de media hora de enculamiento, me incorporé y mandé a Manu que se
tumbase en el suelo. Obedeció al instante, y yo agarré su pollón con mi mano y
lo ensarté de una tacada por el ano. Entonces le dije a Sebas que me la metiese
por le coño y por supuesto también me complació. Después le dije a los otros
dos:
-Vosotros intentad metérmela los dos a la vez en la boca, a
ver si hago como la de la película.
-Joder, como la de la película. Es verdad –dijo Fran
entusiasmado.
Fue un importante esfuerzo, pero mereció la pena. Al final
las dos pollas se alojaron en mi boca al mismo tiempo, mientras sus amigos me
hacían una doble penetración que tardaré muchísimo en olvidar. Estaban
perfectamente coordinados, ni que llevasen toda la vida ensayando la posturita.
O quizás fuese de ver tanta peli porno que habían aprendido. Lo cierto es que
tuve un orgasmo brutal, que me hubiese hecho chillar como una loca de no haber
tenido la boca totalmente llena. ¡En fin!
Como fin de fiesta les tenía preparado algo realmente guarro
para que lo recordasen siempre. Así les pedí que no se corriesen dentro mía, y
que cuando estuviesen a punto se saliesen de mi cuerpo y esperaran. Una vez más
obedecieron como buenos chicos.
Yo volvía a coger el plátano de marras, lo pelé y lo puse
encima de la mesa de la cocina.
-Ahora correos todos encima de él, que tengo hambre y me lo
quiero comer.
Los chavales pusieron cara de alucinados, pero siguieron mis
instrucciones. Lo llenaron de leche por todos lados. Luego yo ni corta ni
perezosa lo comí bocado a bocado con lentitud y saboreándolo a
conciencia:!ESTABA RIQUÍSIMO! Os lo digo en serio.
Después de todo el ajetreo los chicos quedaron bastante
cansados, y yo también a decir verdad. Pero había merecido la pena.
Antes de irse insistieron en llevarse un trofeo de recuerdo
de aquella increíble tarde, y tuve que darles a cada uno (incluido mi hermano)
una tanga mía, previamente pasadas por mi coño todavía húmedo. Y todos se fueron
tan contentos. ¡Juventud divino tesoro!
Me gustaría que me mandaséis vuestra opinión del relato a mi
e-mail y si queréis podéis contarme alguna fantasía que tengáis conmigo. Un beso
a todos . Chao.