DOBLE INFIDELIDAD
Mamen, 6 de diciembre de 2002
NOTA DE LA AUTORA
Esta narración corresponde a la descripción de los hechos
reales que me acontecieron el pasado verano, y por tanto, no es una historia
inventada.
Todo ocurrió en una calurosa tarde del mes de agosto de 2002.
Mi marido y yo estábamos de vacaciones en Cádiz. Habíamos alquilado un
apartamento en el paseo marítimo, muy cerca del estadio Ramón de Carranza.
Nuestro plan de vida era semejante al de cualquier matrimonio sin hijos que
disfrutaba de unas merecidas vacaciones: levantarse hacia las diez de la mañana,
desayunar en la terraza del apartamento, ducharnos, ponernos los bañadores y
bajar a la playa. Hacia las dos de la tarde comíamos en algún restaurante
cercano al paseo marítimo, tras lo cual regresábamos a la playa, en la que
permanecíamos hasta las cinco; luego nos íbamos al apartamento, nos duchábamos
para quitar el salitre de nuestra piel y dormíamos un par de horas de siesta, la
cual por descontado, incluía hacer el amor; hacia las ocho de la tarde nos
arreglábamos y salíamos a cenar y a tomar unas copas hasta no mas tarde de las
dos de la madrugada, hora en la que regresábamos al apartamento para dormir.
Aquel día, después de comer, mi marido no se encontraba muy
bien, por lo que decidimos no ir a la playa por la tarde. Nos fuimos al
apartamento y mi marido se acostó. Como no era nada grave, yo decidí ir a
visitar un centro comercial mientras mi marido se reponía. Tomé una ducha rápida
y, como hacía mucho calor a esas horas centrales del día me puse un bikini seco
y un pareo atado a la cintura. Baje hasta el garaje, cogí el coche y me puse en
marcha en dirección al citado centro comercial, el cual se encuentra a las
afueras de la ciudad.
Al abandonar el casco urbano e ingresar en una vía de
circunvalación me encontré a dos chicos jóvenes, de unos dieciocho o veinte
años, que hacían auto-stop en el mismo sentido de mi marcha. No tenían mala
pinta y el calor era asfixiante, así que decidí parar y llevarles. Uno de ellos
se sentó detrás y el otro se acomodó en el asiento de mi lado. Los dos iban en
bañador y se dirigían a unas calas no muy lejanas de allí.
A los pocos minutos, en mitad de la típica charla informal de
presentación, el que iba detrás comenzó a bromear sobre lo atrevida que había
sido al montar en mi coche a dos desconocidos cuyas intenciones ignoraba. Yo les
dije que lo había hecho por dos razones. La primera porque eran muy jovencitos y
me daba pena verles en el arcén bajo el calor sofocante de aquella tarde. La
segunda porque no tenían aspecto de pretender violar a nadie. Los tres no reímos
jocosamente con mis pobres razones, pero aquel segundo argumento, que dije casi
sin pensarlo, hizo que un cierto miedo invadiera mi ser.
Luego el chico que viajaba en el asiento de mi lado me
preguntó que donde demonios iba a esas horas con el calor que hacía. Yo les
conté mis intenciones de visitar el centro comercial, y también que estaba de
vacaciones con mi marido, el cual se había sentido indispuesto aquel día. Para
seguir con el tono de broma añadí que esas cosas pasan cuando ya has cumplido
los cuarenta años. Entonces uno de los muchachos lanzó un halago diciendo que
para mi edad estaba estupenda. Yo agradecí el comentario.
A pocos kilómetros de las calas donde tenía intención de
dejar a mis pasajeros, el joven que iba a mi lado posó suavemente una de sus
manos sobre mi muslo derecho y comenzó a acariciarlo. Sin darme tiempo a
reaccionar, ya que iba conduciendo, introdujo hábilmente sus dedos por debajo de
la braguita del bikini y empezó a jugar con mi sexo. Yo no quise hacer ningún
movimiento brusco para no tener un accidente, lo que el chaval interpretó como
que me iba la marcha. Entonces se abrió camino entre mis labios vaginales y me
metió un dedo en el coño. En ese mismo momento, su amigo que iba detrás,
abrazándose literalmente a mi asiento me metió las dos manos por debajo del
sujetador del bikini y empezó a masajearme las tetas.
En un principio mi intención era parar suavemente en el arcén
y aclararles que no quería que hicieran eso, pero increíblemente me excité como
una perra en celo y les dejé continuar a sus anchas sin oponer la más mínima
resistencia. Habíamos llegado a las calas, por lo que salí de la autovía y
recorrí unos metros hasta detener el coche en un lugar solitario. En cuanto que
paré el motor el muchacho de mi lado, sin sacarme el dedo de mi sexo, se giró
hacia mí y me beso en la boca metiéndome la lengua hasta la campanilla. Su amigo
para entonces se había librado del sujetador del bikini y me magreaba las tetas
pellizcando de vez en cuando mis abultados pezones. Entonces mi excitación fue
tal que introduje mi mano derecha por debajo del bañador del chico que me estaba
besando y comencé a masturbarle el pene. A los pocos segundos pude apreciar que
aquel chico estaba muy bien armado.
El de atrás comenzó a abatir mi asiento hasta que quedé
literalmente tumbada. Entonces el chico que iba a mi lado se quitó el bañador,
se arrodilló en el hueco de los pedales, me apartó la braga del bikini y me
penetró hasta el fondo. Su amigo, desde atrás, se quitó el bañador y colocó su
nada despreciable rabo a la altura de mis labios, por lo que no me quedó mas
remedio que metermelo en la boca y chupárselo, mientras el otro me follaba. De
repente me sobrevino un tremendo orgasmo que hizo que mis piernas temblaran y mi
coño se abriera de placer. En ese mismo instante el rabo que tenía en la boca
comenzó a expulsar leche como loco. Nunca en mi vida había visto, o mejor dicho
degustado, una corrida tan abundante y espesa. Salía tanta cantidad que para
evitar ahogarme me lo tuve que tragar todo. Luego comencé a notar una sensación
extraña en mis piernas, pero comprobé que aquel cosquilleo húmedo era ni mas ni
menos el semen del otro muchacho que, tras rebosar en mi coño, discurría por mis
muslos hacia el asiento.
Luego, mientras ambos se recuperaban de sendas corridas
estuvieron lamiéndome el coño, las tetas y la boca, por turnos, hasta hacerme
alcanzar tres inolvidables orgasmos. Una vez recuperados me hicieron el
"sándwich", es decir, uno me follaba el coño y el otro el ano, al mismo tiempo.
No podía creer que existiera tanto placer. Me emborracharon de sexo hasta tal
punto que me deje hacer todo lo que quisieron. Finalmente ambos se corrieron en
mi boca, por turnos, para aliviar mi sed. Aquel día tragué más lefa que en toda
mi vida matrimonial.
Luego se bajaron del coche, me despidieron con dos besos en
la boca y yo proseguí mi camino. Por descontado que me olvidé del centro
comercial y regresé directamente al apartamento. Mi marido ya se encontraba
mejor, por lo que hicimos el amor. Y reconozco que mientras lo hacíamos, cerré
los ojos e imaginé aquellas dos enormes y musculosas pollas follándome por todas
partes y terminando en mi boca. Fue una experiencia inigualable.