Utilizamos cookies propias y de terceros para prestar nuestros servicios y mostrar publicidad relacionada con sus preferencias.
Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies.
Usuario:
 Contraseña:
 CREAR CUENTA  Recordar Clave  Ayuda
 9.172 Usuarios Conectados [ Contactos ] [ Comunidad TodoRelatos (Cams) ]  1.437.441 Miembros | 17.572 Autores | 85.949 Relatos 
NOVEDADES CATEGORÍAS TOP100 AUTORES BUSCADOR
TODORELATOS » AMOR FILIAL » ENAMORADO DE MI MADRE, OBSESIONADO CON SU CUERPO 2
[ +
Nuevas series de Videos Amateur
Los reyes del fuking en Internet!.

Haz click aquí para entrar!

ZONA SEXO

CONTACTOS

SEXSHOP

COMUNIDAD/CHAT

VIDEOS X
Te apetece un polvo de una noche?
Fecha: 11-Ene-11 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Enamorado de mi madre, obsesionado con su cuerpo 2

Mortocoro
Accesos: 78.217
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 20 min. ]
 -   + 
Continúa mi pasión por mi madre hasta que al fin la consigo. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Encuentra una amante sexy hoy mismo.

Capítulo anterior: http://www.todorelatos.com/relato/73606/

Enamorado de mi madre, obsesionado con su cuerpo II.

Después de la primera noche en que deseaba a mi madre cómo a una mujer, todo pareció volver a la normalidad. Pero sólo pareció. Desde aquel día quedó la costumbre de darnos un beso en los labios, cómo madre e hijo, sin ningún tipo de consideración sexual… al menos para ella, pues yo deseaba cualquier excusa para darle tal beso y cualquier motivo me parecía bueno, cuando se iba a trabajar, cuando volvía, si salía con los amigos… Pero nunca pasó más allá de poner nuestros labios juntos y dar el beso.

Otra cosa que cambió era nuestra forma de dormir. Desde esa noche dormíamos abrazados y he de reconocer que algunas veces mi mano recorría furtivamente su cuerpo cuando la sentía dormida, eso sí, mi pene siempre estuvo alerta por la excitación del momento.

Durante los dos años siguientes intenté verla desnuda todo lo que podía. Entraba en el servicio con cualquier excusa para observar la silueta de su cuerpo a través de la mampara de la ducha mientras ella se duchaba. Entraba en la habitación cada vez que suponía que estaba vistiéndose y mi vista buscaba en cada momento cualquier parte de su cuerpo que pudiera ver en esos descuidos que tienen las madres al sentarse o moverse por la casa.

Pero ya tenía dieciséis años, ya le sacaba más de diez centímetros de altura. Mi cuerpo se había transformado en el cuerpo, aún inmaduro, de un hombre. Empezaban a aflorar los pelos en mi pecho. Mis genitales se convertían en una selva de pelos que ocultaban la lujuria que encerraban al ver y sentir a mi madre junto a mí.

Ella ya había cumplido los treinta y seis años y aún conservaba ese maravilloso cuerpo. Nunca supe cómo lo conseguía. Mientras las madres, algunas muy apetitosas, se les veían envejecer cada año, mostrando la inminente celulitis en sus caderas y culos, Cristina, mi amada madre permanecía tan joven como siempre. Y ese cuerpo, aquellas vistas que me ofrecía, el dormir juntos y tantas otras cosas, mezcladas con las hormonas que circulaban por mi sangre, hacían que estuviera todo el día en estado de excitación, cómo un perro que huele el celo de la hembra y desea, por encima de todo, montarla. Pero sólo tenía mis masturbaciones como vía de escape. Por las noches, cuando podía, acariciaba suavemente su cuerpo y por el día, en la primera oportunidad que tenía, me masturbaba pensando y poseyendo el cuerpo de mi madre.

Y eso pasaba una mañana de julio. Yo estaba de vacaciones, en mi casa, solo. Por la noche había tocado a mi madre. Y como era natural, después de estar hasta cerca de las cuatro de la mañana acariciando tan excitante cuerpo, me desperté a eso de las once y media de la mañana. Mi madre andaba por el trabajo. Recordaba el tacto de su cuerpo y aquellas curvas que me volvían loco. Me quedé acostado en la cama y empecé a tocarme el pene recordando su cuerpo y oliendo la almohada donde había descansado para sentir su aroma.

Vi a los pies de la cama un trapo de color azul… ¡No podía ser! Lo cogí y lo estiré. ¡Eran las bragas que tenía aquella noche! Seguramente se las había cambiado y se le olvidaron allí.

Nunca había probado el oler las bragas usadas de mi madre y cuando las acerqué a mi nariz y sentí su intenso aroma, mi mano aceleró el ritmo de las sacudidas sobre mi pene. ¡Qué excitante era poder oler el sexo de mi madre!

Estaba en la gloria, mientras mi mano se agitaba cerré los ojos y empecé a sentir que el olor del sexo de mi madre empezaba a inundar toda mi mente. Estaba a punto de correrme. Nunca había tenido aquella sensación, masturbarme mientras mi madre se apoderaba de mi ser con su aroma. Aceleré los movimientos de la mano y ya quedaba poco, ya iba a estallar en un orgasmo colosal. Y así fue… Sentí como mis testículos se vaciaban lanzando grandes chorros de semen que caían por todas partes, mi cuerpo se convulsionaba mientras mi nariz no dejaba de absorber el olor del sexo de mi amada y deseada madre. Quedé rendido en medio de la cama. Si esto se siente con una paja ¿qué será hacer el amor con ella?

Después de un rato descansando de aquel intenso orgasmo, tomé unos pañuelos de la mesita y limpié los restos de semen que había esparcido por la cama. Me levanté desnudo me dirigí a la cocina para tomar un poco de agua. Caminaba por el pasillo y sentía mi pene un poco grande después de aquella masturbación, todavía no había desaparecido por completo la erección y notaba como se movía de un lado para otro. Caminé por el pasillo hasta que giré para entrar en la cocina mientras me frotaba los ojos para desperezarme estirando los brazos al techo.

-¡Vaya, parece que ya te has despertado! – Era la voz de mi madre. - ¡Y vaya cómo te has despertado! – Abrí los ojos y me quedé de piedra. - ¡Esta es mi compañera de trabajo Beatriz y creo que estará encantada de verte… así!

Me tapé como pude y corrí a la habitación para ponerme algo. Estaba avergonzado y no me atrevía a salir de allí. Entonces se abrió la puerta y entro mi madre.

-¡Cariño, no te avergüences! – Me dijo con tono cariñoso mientras se sentaba junto a mí y apoyaba su cabeza en mi hombro. – ¿No recuerdas que este viernes no trabajaba? – Me miró con cariño y me dijo. - ¡No me había dado cuenta de que ya eres todo un hombre! – Me agarró por la barbilla y me giró para mirarme a la cara, me dio un beso en los labios para tranquilizarme. - ¡Ven tonto, te presentaré a mi compañera!

La cuestión de aquella visita era que aquel sábado iríamos a visitar a Beatriz a una casa que tenía en la costa y volveríamos el domingo. Toda la mañana se pasaron las dos preparando el viaje de ese fin de semana, hasta tenerlo todo previsto no pararon.

Así que el sábado temprano cogimos el coche y nos dirigimos hacia el lugar donde nos esperaban Beatriz y su hijo, un chaval de unos dieciocho años llamado Eduardo. Ellos también vivían solos y a ambos les venía bien que fuéramos para hablar con alguien diferente.

Y llegamos, nos acomodamos en la habitación que nos habían preparado y después de un buen rato de charla y algún refrigerio, partimos los cuatro a la playa. Y allí nos pusimos, colocamos unas sombrillas y las dos madres empezaron a aplicarse loción protectora para el sol. Después se acercaron a nosotros y nos tocó otro tanto de lo mismo. Beatriz se colocó al sol para broncearse al igual que hizo su hijo. Mi madre y yo permanecimos a la sombra, pues el sol no nos gustaba.

-¡Vayamos a bañarnos! – Dijo Eduardo.

-¡Estupendo! – Dijo su madre levantándose y mostrando el vaivén de sus enormes tetas que empequeñecían el bañador que las cubría.

-Ahora vamos nosotros. – Dijo mi madre.

Nuestros dos amigos caminaban juntos hacia la orilla. Él tenía un cuerpo bien formado, no muy musculoso; ella era algo más regordeta que mi madre y se le notaba algo de celulitis, su culo rebotaba con cada paso y la verdad es que la encontré apetitosa a mis jóvenes y calientes ojos.

-Cariño. – Me dijo mi madre. – No sé si será el mejor momento para hablarte de esto… - Paró de hablar intentando encontrar palabras.

-Dime mamá… - La insté a que continuara.

-Verás, desde que tu padre murió pues… - No sabía bien cómo seguir. – Pues eso, que perdí a mi marido y me dediqué en cuerpo y alma a ti, a criar a mi único hijo.

-¡Gracias mamá por todos los sacrificios que has hecho estos años! – Le agradecí y cogí una de sus manos para acariciarla.

-Pues eso… - Aún dudaba al hablar. – Verás… es que no sé cómo decirte esto… Uno de los sacrificios que hice fue el no tener relaciones con hombres… - Sus ojos me miraron para ver mi reacción, pero quedé igual esperando sus palabras. – Ahora ya tienes dieciséis años y creo que podría tener alguna aventura sexual con algún hombre…

Mi madre había dado un paso más en nuestra amistad de madre hijo y me estaba contando sus necesidades como mujer, incluso parecía pedirme permiso para poder satisfacerlas.

-Mamá. – Le dije mirándola a los ojos. – Creo que ya es hora de que hora de que disfrutes de la vida… de que conozcas a hombres… - Y en mi interior decía "qué me conozcas a mí".

-Gracias hijo… - Me dio un beso en los labios espontáneo ya que ella nunca me besaba en público, sólo en casa. Continuó hablando cómo si yo fuera una amiga suya y me contara sus deseos más íntimos. – Pablo, la verdad es… - Y paró de hablar. – Hijo de lo que hablemos no le cuentes nada a nadie.

-Claro que no mamá, seré tu confidente si me necesitas.

-Pues verás hijo, desde hace tiempo hay uno que la verdad es que tiene algo que no sé… - No era clara, pero tenía un brillo en los ojos, como de ilusión con aquello. – Pero… ¿Y tú? ¿Tienes alguna chica en la mente?

Quedé pensando. Tenía una vida más o menos normal, salía por las tardes lo fines de semana y era verdad que me recogía pronto para poder disfrutar de mi madre mientras dormíamos. Una chica no tenía, mi madre era la que ocupaba toda mi atención sexual. Sinceramente, en la cuestión emocional la seguía queriendo como mi madre que era, eso no había cambiado… supongo que los cambios hormonales que se producían en mi cuerpo desde que tenía los doce o treces años, me hacían verla como una mujer y querer tener su cuerpo, querer poseerla. En cuanto a las chicas de mi edad, pocas tenían aún el cuerpo de una mujer, y más de una mujer como mi madre.

-No… no… chica no. – Quedé un poco pensativo. - ¿Qué es de la oficina? – Le pregunté.

-No hijo, no… - Ella también quedó pensando. – La verdad es que es algo perverso… Es un chico joven. ¿A ti te gustan las mujeres mayores?

-¡Hombre, si tienen tu cuerpo, sí! – Le respondí con tono de broma, pero era un sentimiento muy sincero que brotaba de mi corazón. - ¿Y quién es el chico?

-¡Buenas! – La voz de Eduardo nos sacó de nuestra conversación. - ¿No se bañáis?

-¡Sí, vamos hijo! – Mi madre se levantó y se marchó con él hacia la playa, sin esperarme.

Caminaban juntos, mi madre lo agarró por la cintura y él le pasó el brazo por los hombros. Ambos caminaban a unos diez metros de mí. ¿Sería ese el puñetero joven que mi madre me dijo que la excitaba? Dentro de mí empezó a revolverse un extraño sentimiento que nunca antes había sentido. Empezó una lucha de sentimientos en mi mente, por un lado me excitaba el cuerpo de mi madre, por otro la idea de que otro hombre lo tuviera me enervaba sin poder controlar ninguno de los dos sentimientos. Por un lado el fuego de la lujuria y la pasión quemaban mi mente, por otro el de los celos destrozaban mi corazón. ¿Me estaba enamorando de ella?

El frío del agua en mis pies me sacó de mis delirantes pensamientos. Los tres estaban en el agua jugando. Mi madre agitaba las manos llamándome para que llegara hasta ellos. No tenía muchas ganas de bañarme, pero la idea de que ella estuviera cerca de él me quemaba y entré hasta que estuve con ello.

-¡Ayúdame a flotar! – Mi madre corrió hacia mí y se colocó dándome la espalda para que la sujetara por detrás y dejarse flotar boca arriba. - ¡Qué bien se está así! – Me tranquilizó ver que ella me eligió a mí y no a Eduardo para que la sostuviera, mis celos se aplacaron un poco.

-¡Yo también quiero lo mismo! – Dijo Beatriz andando hacia su hijo para que la cogiera como yo sostenía a mi madre. - ¡Vamos hijo!

Cada hijo teníamos a nuestras madres sujetas por la espalda. Sus cuerpos casi salían del agua y ahora podía ver perfectamente las diferencias entre aquellas dos mujeres. Si mi madre tenía un cuerpo más armónico que Beatriz, eran impresionante las dos tetas que tenía esta última. Además por el frió del agua sus pezones se marcaban en la tela del bikini, tenían que ser exageradamente grandes al ver el bulto que formaban. Ella sabía que esos eran sus mejores atributos y gustaba de exponerlos con bikinis que tenían poca tela para cubrirlos.

-¡Eh, qué haces! – Gritó Beatriz a su hijo sin dejar la posición que tenía.

-¡Vamos mamá, sé que te gusta dorar tus tetas! – Con gran habilidad le quitó la parte de arriba del bikini y las dejó libres. Sus pezones eran tremendamente grandes, de dos o tres centímetros y estaban totalmente erectos y endurecidos.

-¡Vamos Cristina, quítatelo tu también! – Le dijo su amiga a mi madre.

-No me gusta quemarme y nunca he tomado el sol en esa zona, me puedo hacer mucho daño.

-¡Pablo, quítaselo tú, quítale el bikini a tu madre para que le veas las tetas! – Beatriz bromeaba y yo no estaba dispuesto a dejar que Eduardo viera los hermosos pechos de mi madre. Me hice el loco.

La cabeza de mi madre reposaba en mi pecho, mientras mis manos la agarraban por la cintura para mantenerla estable en el agua. Deseaba besar su hermoso cuello y sus hombros, pero no podía… Entonces se incorporó, se giró y me rodeó con sus piernas por la cintura y con sus brazos por mi cuello.

-¡Qué a gusto me he quedado! – Dijo con una gran sonrisa y más hermosa de lo que nunca la había visto.

Tenía su pelo mojado y me miraba con sus hermosos ojos verdes. Necesitaba besarla… pero no podía. Sentía su calido cuerpo unido al mío, quería poseerla… pero no podía. Me pareció una eternidad el momento en que nos mirábamos, sin apartar la mirada el uno del otro, sintiéndonos más unidos que nunca. Mis manos en su cintura, mi sexo en su sexo, su pecho en el mío… Quería morirme por no poder amarla allí mismo.

-¡Eh, ustedes dos, vayámonos que hay que hacer la comida! – Sonó la voz de Beatriz.

Nos soltamos y salimos del agua. Después de secarnos, caminamos hasta la casa. Mi madre y su amiga caminaban delante de Eduardo y mía. Ellas hablaban y reían, del trabajo, de sus cosas. Yo las miraba en silencio.

-¡Están buenas nuestras madres! – La voz de él me saco de mis pensamientos.

-¿Cómo? – Lo había escuchado, pero quería que me lo repitiera para estar seguro de lo que me había dicho.

-¡Qué están buenas nuestras madres! – Lo miré y me guiñó un ojo. – La tuya tiene un cuerpo maravilloso, pero a mi las maduras que me gustan son del tipo de la mía. Mira cómo se le mueve el culo con cada paso que da… ¿Te fijaste en las tetas que tiene? No me extraña que yo haya salido tan grande, si me comí esas dos maravillas…

Permanecí en silencio, asintiendo con la cabeza a los comentarios que hacía de su madre. En ningún momento se refirió a los atributos de la mía, pero se notaba que también le gustaba y aquella idea me encendió de nuevo el fuego de los celos.

Pasamos el resto de la tarde en la casa de ellos. Después de comer descansamos en el salón. Beatriz y su hijo estaban en el sofá, ella recostada y él tumbado con la cabeza apoyada en su regazo. Mi madre y yo estábamos cada uno en un sillón individual, uno enfrente del otro. La miraba y me fijaba en su cuerpo, en su pelo rizado, en su hermosa cara. Al rato quedó dormida plácidamente y nuestros anfitriones también. Miré a mi madre, después a Beatriz y su hijo y eso fue lo último que recuerdo al caer en un profundo sueño.

-¡Vamos hijo, despierta ya! – Escuché la voz de mi madre.

Todos se habían levantado, eran cerca de las nueve de la tarde. El sol ya se estaba ocultando.

-¿Vienes a dar una vuelta por la playa para ver el atardecer? – Me preguntó mi madre.

Me levanté como pude y me aseé un poco para salir. Media hora después los cuatro estábamos a la orilla del mar. El sol se hundía y se perdía poco a poco en el final de aquel mar inmenso. Media hora después estaba una radiante luna llena en todo lo alto del cielo, iluminando levemente nuestro paseo.

-¡Hay que ver la luz que da la luna! – Dijo Beatriz.

-No se diferencian bien las cosas, pero se ve. – Habló mi madre.

-¿Quién se da un baño ahora? – Preguntó Eduardo. – ¡El agua está estupenda! ¡Vamos, todos al agua!

-¡Pero no nos hemos traído bañador! – Dijo mi madre.

-¡Y quién los necesita! – Su amiga y su hijo fueron a donde había arena seca y empezaron a desnudarse. - ¡Vamos, no seáis vergonzosos, quitaros la ropa y al agua!

Los dos pasaron desnudos por nuestro lado, correteando levemente para meterse en el agua. Nos fijamos en sus cuerpos. Eduardo parecía que tenía su pene medio erecto y la verdad que con aquella luz tenía un buen cuerpo. Beatriz caminaba y sus voluminosas tetas se bamboleaban al ritmo de sus pasos. En su sexo se podía ver la oscura mata de pelos que custodiaban su entrada al placer.

-¡Vamos, no seáis tontos! – Nos gritaban desde el agua. - ¡Está estupenda! ¡Venid aquí!

-¿Lo hacemos? – Me dijo mi madre.

No me dio tiempo a decir sí o no, corrió hasta donde estaban las ropas de los otros y se quitó toda la que ella llevaba. A la luz de la luna podía ver su cuerpo, sus oscuros pezones y su depilada raja.

-¡Vamos! – Me dijo desde la ropa. Corrí y ahora pude verla mejor, era una diosa.

Me desnudé con algo de prisa y me agarró de la mano para correr juntos hasta el agua. Mi pene estaba algo excitado y la miré intentado ver sus pezones. Parecían estar erectos y duros. Entramos hasta que estuvimos junto a nuestros amigos. Beatriz tenía abrazado a su hijo por los hombros y cara a cara. Ella echaba atrás su cabeza y el la movía jugando con su cuerpo en el agua.

-¡Qué bien se está así! – Exclamó Beatriz mostrando pasión y sensualidad.

Mi madre se colocó delante de mí y agarró mis brazos para pasarlos por su cintura. Nuestros cuerpo se juntaron, mi pene tocó su culo. Podía sentir la raja que separaba sus nalgas y aquello hizo que me excitara, mi pene cobró vida y al momento empujaba con fuerza sobre la parte del cuerpo de mi madre que me había provocado aquella reacción. Ella se giró.

-¡Hijo, me alegra que tu madre provoque esa reacción en ti! – Se giró y me rodeó con sus brazos por los hombros. - ¡Cógeme por la cintura!

Puse mis manos en sus desnudas caderas y me deleité al pasar mis manos hasta rodearla con mis brazos. Nuestros cuerpo estaban pegados y mi pene erecto se presionaba contra su vientre. Eduardo y Beatriz se alejaban poco a poco de nosotros entre juegos hasta que casi no podíamos verlo, aunque sí oíamos sus voces a lo lejos. En mi pecho se clavaban los erectos pezones de mi madre. Estaba en la gloria.

-¡Pablo hijo! – Me habló mi madre. - ¿Nunca has estado con una mujer desnuda?

-No. – Contesté. – Estar aquí contigo me excita y por eso estoy así.

-Entonces tenemos un problema. – Dijo ella. – Ya te dije esta mañana que necesito tener un hombre en mi cama…

-¿Y es Eduardo al que quieres tener? – El fuego de los celos no me dejó pensar lo que dije.

-¡Ja, ja, ja! – Sus carcajadas sonaron en toda la playa. - ¡No hijo, no! ¿Estás celoso de él?

-Yo… yo… - No sabía que decir.

Me besó en los labios, pero aquella vez el beso no fue leve y suave, sus labios estuvieron un buen rato jugando con los míos. Me soltó y se giró para apoyar su espalda en mí.

-El joven que me gusta me ama en secreto… - Sus manos agarraron las mías y las movía para que acariciara su barriga. – Es muy joven e inexperto… - Seguía jugando con mis manos y las iba subiendo por su cuerpo. – Es cariñoso y delicado… - Podía sentir la redondez de sus pechos. – Me acaricia en la oscuridad y me da el mayor de los placeres… - Ya no hacía falta que sus manos me guiaran, ahora estaba acariciando sus tetas y sentía sus pezones duros en la palma de las manos. – Me ama en secreto y me da el amor prohibido de un hijo, mi deseo eres tú.

Se inclinó hacia delante de forma que su culo presionó contra mi pene. No solté sus pechos e instintivamente me moví para follarla. Mi pene se deslizaba en la raja de sus cachetes y en dos o tres embestidas sentí que me vaciaba en aquel mar inmenso.

-¡Oooo, aaaaah, te quiero mamá!

-¡Y yo a ti!

Se giró y me abrazó. Su boca se unió a la mía y sentí por primera vez la lengua de mi madre que buscaba la mía para jugar con ella. Estábamos abrazados y nuestras lenguas pasaban de una boca a otra.

-¡He deseado esto por mucho tiempo! – Le dije.

-¡Lo sé hijo! ¡Te sentía todas las noches cuando me acariciabas en secreto!

-¡Entonces estabas despierta!

-¡Claro cariño! Desde el día de la boda he deseado ser tuya, pero necesitaba que crecieras más y estuvieras más seguro de lo que hacías. Iba a esperar hasta que tuvieras dieciocho años, pero ya no puedo más te necesito, quiero ser tuya, quiero ser tu mujer.

Nos fundimos en otro beso que duró una eternidad. Mis manos recorrían su cuerpo, ya no tenía que esconderme ni esperar a que se durmiera para tocarla. Todo su cuerpo era para mí, para que yo disfrutara de ella.

-¡Pero ahora tendremos que tener cuidado de Beatriz y su hijo! – Le dije preocupado.

-¿Sabes a donde han ido? – Me preguntó con una sonrisa. Respondí que no moviendo la boca. – Ahora estarán haciendo el amor. Se han separado para dejarnos un poco de soledad y para desahogar el deseo que están conteniendo durante todo el día.

-¡Entonces ellos dos…!

-Sí hijo, ellos dos son amantes. – Me volvió a besar. – Beatriz es buena amiga mía y desde que empezaste a hacerme caricias por la noche, le consulté a ella lo que podía hacer. Resultó que ella estaba en el mismo caso que nosotros. Su hijo también la tocaba por la noche. Entre las dos hemos ido viendo que hacer. Ellos llevan un año siendo pareja. En la calle se portan como madre e hijo, pero en su casa son como una pareja de enamorados.

Entonces vimos la figura de ellos dos, desnudos en la orilla, esperando a que saliéramos del agua. Caminamos cogidos de la mano por el agua hasta llegar donde estaban nuestros amigos.

-¿Cómo ha ido la cosa? – Preguntó Beatriz.

-¡Aquí tenéis una nueva pareja de amantes! – Mi madre se abrazó a mí y sentí un poco de vergüenza.

-¡Enhorabuena! – Dijo Eduardo tendiéndome la mano para felicitarme. Le correspondí al saludo. Después le dio dos besos a mi madre.

-¡Bien hecho! – Dijo Beatriz acercándose para darme dos besos. - ¡Verás que bien estaréis! – Después le dio otros dos a mi madre. - ¡Vayamos a casa y pidamos comida! ¡Hoy disfrutaremos de la noche!

El comienzo de mi vida sexual, mi ardiente madre.

Llegamos a la casa de nuestros amigos. Me sentía incómodo con aquella situación. Mi madre ahora era mi mujer, para lo que yo deseara en todo lo sexual. Pero cómo sería ahora vivir con ella, ahora que además de mi madre sería mi amante. Socialmente no estaba bien visto aquella situación. Para mi suerte, mi madre había conocido a Beatriz que se encontraba en la misma situación que ella, que iba varios pasos por delante de ella y que todo en su relación con su hijo marchaba bien. Pero ¿cómo sería la nuestra? ¿Defraudaría a mi madre cuando la poseyera en la cama? Yo seguro que disfrutaría con ella, pues me había excitado durante mucho tiempo con sólo tocarla.

-¡Anda culito, llama para que traigan comida del chino! – Le dijo a su madre dándole una cachetada en su abundante culo. Eduardo se transformó al entrar en la casa.

-¡Cuidado niño, aún soy tu madre! – Le respondió en broma.

No sabía que hacer ni donde ponerme, todo aquello era nuevo para mí y no sabía que hacer. Mi madre parecía igual. La notaba excitada, pero sin saber bien que hacer con su nuevo hijo amante.

-¡Ducharse ustedes mientras viene la comida! – Sugirió Beatriz mientras marcaba el número. – Después nos ducharemos nosotros mientras llega la comida.

-¿Te duchas tú primero cariño? – Me preguntó mi madre.

-¡Vamos Cristina! – Dijo Eduardo. - ¡Bañarse juntos, veréis que es mejor!

Mi madre me miró y yo asentí con la cabeza. Me agarró la mano y nos fuimos a la habitación para coger la ropa. Entramos los dos en el baño. Ella se miraba en el espejo y yo la abracé por detrás. Agarró mis manos sobre su vientre y nos miramos reflejados en el espejo.

-¡Siempre he deseado esto! – Le dije.

Se volvió, me abrazó y me besó con pasión. Mis manos recorrían su espalda y bajaban hasta llegar a su deseado culo. La sentía vibrar entre mis brazos. Mi pene rápidamente obedeció a mi instinto y se puso erecta al momento. Le quité la camiseta que llevaba. Quedó con esos pequeños pantalones cortos con los que había bajado a la playa, aún estaban algo húmedos. Solté su sujetador y liberé sus hermosos pechos. Por primera vez podía ver perfectamente sus oscuros y perfectos pezones. Con ambas manos acaricié sus tetas. Me senté en el retrete y la acerqué a mí agarrándola por la cintura. Puse mi boca en su barriga y comencé a besarla. Me abrazó y acariciaba mi pelo dando pequeños suspiros de placer.

Separé sus brazos y contemplé desde abajo sus redondos pechos. Llevé mis manos hasta ellos y los acaricié desde abajo. Podía sentir su firmeza. Levanté mi cabeza y mi boca buscó uno de sus pezones. Saqué mi lengua y acaricié el erecto pezón.

-¡O, es maravilloso sentirte! ¡Mámame cómo cuando eras un niño! ¡Vuelve a comer de mamá!

Mis labios rodearon su pezón y succioné con fuerza mientras miraba hacia arriba para ver su hermosa cara. Echó la cabeza atrás y lanzó un gritito de placer.

-¡Aaaah, qué bueno amor mío! ¡Sigue así!

Cambié al otro pezón y me deleité en lamerlo mientras mis manos amasaban los sensuales pechos de mi madre. Lamí, mamé y le di placer a mi madre que se retorcía y gimoteaba de placer.

-¡Cuántos años sin sentir esto! ¡Me estoy mojando por completo!

Sus manos acariciaban mis pelos y tiraba de ellos para que cambiara de un pecho a otro. Sentía el sabor salado de su piel. Mi lengua no dejaba de darle caricias. Mi pene quería salir de su cárcel para ofrecerse a mi lujuriosa madre que no paraba de moverse sensualmente.

Dejé sus pechos y desabroché su pantalón, los dejé caer al suelo. Ella sacó un pie y con el otro los empujó a un lado del baño. Pasé una mano por encima de su sexo, sus bragas estaban mojadas, parte por el baño nocturno y parte por los flujos que su sexo no paraba de lanzar en señal del deseo que la poseía.

Me arrodillé delante de ella y le hice poner un pie sobre el retrete. Ahora tenía a mi amada madre con las piernas abiertas delante de mí. No sabía bien que hacía, pero alguna vez había visto en alguna película hacer algo parecido y mi imaginación me guiaba torpemente. Acerqué mi boca a su sexo y su olor penetró en mi cerebro, como aquel día que olí sus bragas. Aquello me encendió más. Abrí mi boca y di un suave bocado en su blanca braga.

-¡Dios, que bueno! – Mi madre puso una mano en mi cabeza y la empujó contra ella. - ¡Cómetelo entero, es para ti, mi hijo, mi amante!

Movía mi boca como si masticara su coño. Ella se retorcía y gemía de placer. Sentía un gran bulto por debajo de la tela donde se mezclaban la humedad de sus flujos y mi saliva.

-¿Qué es ese bulto? – Le pregunté separando mi boca y tocando con un dedo en él.

Ella bajó la pierna y se quitó las bragas. Volvió a tomar la misma postura para mostrarme todo su sexo. Separó los labios que protegían la entrada al placer de mi madre.

-Este es mi coño. He separado los labios que lo cubren y ese bulto es mi clítoris. Es más grande de lo normal y a algunos hombres les gusta que sea exageradamente grande… ¿Te gusta a ti? – Asentí con la cabeza. – Pues pasa la lengua por él y chúpalo cómo hiciste con mi pezón.

Me volví a acercar y ahora su olor era más intenso. Saqué mi lengua y busqué su clítoris… lo acaricié.

-¡Uooo, eso es cariño, así, así, con suavidad!

Era un bulto del tamaño de un pezón, pero aún más duro. Pasé mi lengua por él y lo rodeé. Ella se agitaba y empujaba mi cabeza contra su coño, animándome a que no parara de lamerla.

-¡Pasa tu lengua por toda mi raja! – Apenas podía pronunciar palabra por el placer. - ¡Me voy a correr!

Sus piernas temblaban un poco y decidí chupar su clítoris, mamarlo cómo antes hice con sus pezones. Mis labios rodearon su endurecido clítoris y di un gran chupetón. Mi madre pareció enloquecer. Sus piernas apenas podían sostenerla en pie y no paraba de gemir y empujar mi cabeza contra ella.

-¡Me corro, me corro! – No dejaba de jadear y gemir mientras yo no cesaba de trabajar en su punto más débil. - ¡Dios, estoy en la gloria!

Se sentó… más bien se cayó encima del retrete con sus piernas totalmente abiertas para ofrecerme su coño. Volví al trabajo y sentía como todo su cuerpo se convulsionaba cada vez que la chupaba.

-¡Levántate, rápido, levántate! – Me pidió enloquecida. - ¡Frota con tu mano mi coño!

Puse mi mano encima de su coño y la moví sin saber muy bien cómo quería que lo hiciera. Su mano agarró la mía y me guiaba en los movimientos. Se agitaba, temblaba y miró hacia mí para ofrecerme su boca. Nos besamos jugando con nuestras lenguas mientras mi mano se movía entre sus piernas que no dejaban de temblar. Se separó de mí de golpe.

-¡Ya me corro, ya me corro! – Si dejar de moverme la mano sobre su coño, empezó a salir un gran chorro de líquido de su raja, se estaba meando de placer. - ¡Qué corrida más buena, no pares, no pares!

Poco a poco fue cesado el placer que había sentido y mis roces en su clítoris ahora le resultaban molestos.

-¡No lo toques más, ahora está muy sensible y me harás daño!

-Mamá, ¿te has meado de gusto?

-No hijo, me he corrido. Algunas mujeres lanzan sus flujos mientras se están corriendo y van mojando homogéneamente para que no paren de penetrarlas. Pero otras, como yo, lo soltamos todo de golpe, en una explosión de líquidos y placer, por eso te hice para de lamerme… - Me besó en la boca. – Levántate, ahora te toca a ti.

Me levanté y rápidamente me quitó toda la ropa. Estaba sentada y mi pene erecto apuntaba directamente a su cara. Su mano la agarró suavemente.

-¡Qué buena polla! – Sus ojos no se apartaban de ella, tiró atrás y liberó el glande de su funda. - ¡Qué me gusta tu polla! ¡Qué cabeza más hermosa tiene! – Se levantó sin soltarla. - ¡Sígueme!

Nos metimos en la ducha y el agua empezó a caer sobre mí. Ella me besó apasionadamente sin que en ningún momento mi polla se le escapara de su mano. Se puso de cuclillas a mis pies y me empezó a masturbar con su mano. La tenía dura como nunca antes la había tenido e incluso me parecía más grande.

-Ya te has corrido una vez en la playa. ¿Quieres correrte otra vez? – Mi cabeza respondió afirmativamente.

Podía ver cómo agitaba su mano sobre toda mi polla, era genial masturbarse, pero nada como que tu madre te haga una paja. Sus tetas se movían al ritmo de la masturbación. Ella la miraba, esperando su deseado regalo. Su cuerpo mojado brillaba y me miraba con sus ojos verdes para ver si yo estaba gozando. Verla allí, en cuclillas con sus piernas abiertas, con su gran clítoris sobre saliendo de aquella depilada raja, con el movimientos sensual de sus pechos de oscuros pezones… aquello era más de lo que nunca había imaginado.

-¡Ya viene, ya viene! – Sólo pude decir esto antes de que sintiera subir mi semen desde los huevos hasta salir por la punta de mi polla. Grité de placer.

Mi madre esperaba mi semen ansiosamente. El primer chorro fue algo inesperado y le dio algo en la barbilla y en el cuello. Se movió para acercarse a mi polla y el resto de mi semen se esparció por sus pechos. Con una mano me masturbaba, con la otra extendía la crema que había sacado de su hijo.

-¡Para, para por favor! – Le dije exhausto. – Ya no puedo más.

-¿Te ha gustado? – Me dijo mientras se levantaba y se abrazaba a mí. Yo no podía hablar. - ¡Esto es un anticipo de lo que te espera esta noche! – Me susurró al oído y nos besamos en un apasionado beso.



Valore y Comente los relatos que lee, los autores lo agradecerán y supondrá una mejora en la calidad general de la web.
 Comentarios sobre este Relato (15)
\"Ver  Perfil y más Relatos de Mortocoro
 Añadir a Lista de Favoritos
 Reportar Relato
 Excelente
 Bueno
 Normal
 Malo
 Terrible
« VOLVER A LA PAGINA ANTERIOR IR ARRIBA  ▲
 
Estas teniendo el sexo suficiente?
LWNET 1999-2014 | TodoRelatos.com v3.80
Info Legal / Privacidad / Cookies · Ayuda · Stats · Enlaces · Contacto · Webmasters (Sponsors Favoritos)