Disclaimer: Los nombres de John, Deam y Sam Winchester no me pertenece, son
personajes de la popular serie de televisión Supernatural (Sobrenatural en
España). Su creador es Eric Kripke. Yo sólo los estoy tomando prestados para
crear esta especie de crossover entre mi serie erótica “Suspiros de Azúcar” y
los personajes de Kripker.
Recomiendo a todos aquellos que no los conozcan que no se conformen con mi
versión adulterada de ellos, ambientada a finales del Siglo de las Luces, y que
vean la serie. ¡No tiene desperdicio!
NOTA: Aunque pertenecientes a una misma saga, los relatos de Suspiros de
Azúcar pueden leerse de forma independiente, ya que cada uno aborda una temática
distinta.
...
Verónica Bianchi caminaba sola por los oscuros pasillos de la Escuela para
Jóvenes Damas de Santa Corona, en Veneto, asiendo fuertemente el cirio entre sus
delicadas manos, al amparo de la tenue luz. Había recorrido aquellas galerías
cientos de veces. Noche tras noche, escapaba de la alcoba que compartía con la
casta y aburrida Sabrina Divella, para encontrarse con alguno de sus múltiples
amantes. ¡Sólo con recordar sus caricias, se le ponía la piel de gallina! Pero
ahora estaba sola, en la oscuridad más absoluta.
El corazón le latía con fuerza. Temblaba.
― Estoy tiritando ―se dijo así misma, rompiendo el apabullante silencio con
su susurro―. Es el frío, nada más ―El vaho salía de su boca y se extinguía en el
fulgor de la vela, con cada exhalación. Era inútil que se mintiera a sí misma:
tenía miedo. Era evidente. Pero Verónica era incapaz de reconocer algo así. Ella
era una muchacha controlada, racional. Con un ego superior al de muchos hombres.
No, no era una muchachita melindrosa y asustadiza. ¡Ella no!
Trató de pensar en su directora, la señorita Regina Mattia. Eso era real. Si
la estricta mujer la descubría deambulando de noche, a oscuras, como una
delincuente, por las galerías de la escuela, se metería en un serio problema.
Tenía que concentrarse en aquello.
Comenzó a sentirse más segura. Pronto saldría de las tétricas estancias de
los criados y llegaría hasta la zona residencial para el alumnado. Si la
descubrían ahora, podía decir que había bajado a las cocinas en busca de algún
tentempié...
¡Tlon! El corazón casi se le salió del pecho. Una olla calló al suelo de
forma estrepitosa, retumbando con su canto metálico sobre las losas de piedra,
demasiado lejos de Verónica como para que ella fuera la responsable del
escándalo. Allí había alguien más.
Movió el candil, con urgencia desmedida, buscando al culpable. Caminó
envalentonada hacia donde había quedado tirado el cacharro. Pero no vio a nadie.
Tomó el puchero del suelo y lo observó con detenimiento. Era de cobre,
brillante bajo la luz del cirio. No tenía nada de particular. Se encogió de
hombros y lo depositó sobre la estantería de la que seguramente había resbalado.
Oteó la oscuridad y esperó unos instantes antes de seguir su camino. No se
oían pasos. Nadie en sus sano juicio saldría de la cama en una noche como
aquella sólo por un ruidito de nada. Hacía demasiado frío. Mucho, mucho frío.
Se puso nuevamente en marcha, ella también añoraba el calor de sus mantas.
De pronto, el frió se volvió más intenso. Mucho más intenso. Como si emanara
de sus propios huesos. Estaba helada, peor aún, paralizada. No podía moverse, no
podía ni respirar... Alguien la observaba. Sentía una mirada, penetrándole el
alma.
Sus pupilas se dilataron el la oscuridad. Sus manos temblaron ligeramente,
dejando caer el candil.
Un relámpago iluminó el cielo. La luz se abrió paso a través de los altos
vanos y Verónica pudo ver, a contraluz, la esbelta figura de quien la acechaba.
La joven corrió como alma que lleva el diablo. Gritando. Arrasando la cocina
en su enloquecida huida.
La escuela entera despertó...
A la mañana siguiente, todo el mundo hablaba de lo ocurrido durante la noche.
Costaba mucho imaginar a la valiente Verónica presa del terror más absoluto.
Todo el mundo admiraba su osadía y arrojo. Sus compañeras ansiaban poseer la
seguridad que a ella siempre parecía envolverla.
Ahora, la despampanante muchacha se hallaba recluida en su dormitorio, con la
cara demacrada por el miedo y la falta de sueño. No había podido pegar ojo.
Bueno, como casi todos en la escuela, después de oír sus estremecedores alaridos
de terror.
Sus compañeras habían tratado de tranquilizarla. Pero era inútil: Verónica se
hallaba fuera de sí.
A pesar de todo, dos de ellas se hallaban, ahora, en su alcoba, cuidando de
que no perdiera por completo la razón.
Laura Accolti, su más preciada amiga, le cepillaba los largos y lisos
cabellos caobas, en un vano esfuerzo por mejorar su aspecto.
― La veo mucho mejor ―comentó Dona, desde la cama de Sabrina, cargando su voz
de ironía.
― Si no vas a ayudar, márchate ―ordenó Laura, molesta. Verónica y ella se
habían hecho inseparables en los últimos meses, y no pensaba permitir que los
celos de su compañera de habitación hicieran mella en el pletórico espíritu de
su nueva mejor amiga.
― Intentaba provocarla ―se excusó la menuda muchacha inglesa, avergonzada―.
Pensé que respondería...
― No tengo fuerzas ―contestó Verónica, con la mirada perdida en su propio
reflejo. Aquella era la única habitación para estudiantes con espejo. Era suyo.
Un regalo de su padre, una de sus posesiones más queridas. Normalmente,
contemplar su bella imagen siempre lograba subirle la moral. Enormes ojos
verdes, carnosos labios rojos, piel de porcelana, cuerpo escultural y unos senos
generosos.¡Era preciosa! Lo sabía y se regodeaba en ello―. Estoy horrible ―Se
veía demacrada. Profundas ojeras mellaban su mirada, ahora, vidriosa por las
lágrimas derramadas. Sus labios estaban pálidos y agrietados. Su nariz
enrojecida e hinchada―. Estoy francamente horrible ―Nunca se había visto tan
mal. ¡No podía seguir así!
Se levantó de la cama.
― Voy a ver a Rodolfo.
― ¿Qué? ¿Al profesor Bartichiotto?
― Necesito algo de sexo, para sentirme mejor ―explicó, con paciencia.
¡Aquello era tan típico de Verónica!
― Vaya, no sabía que te lo hacías con el gordo ―Dona sonrió pícaramente.
El rostro de Verónica se cargó de gravedad. Había hablado demasiado. Estaba
agotada y no pensaba con claridad. No debería haber revelado ante la inglesita
el nombre de uno de sus amantes.
― Pero bueno, si todo lo que quieres es gozar, no hace falta que te muevas de
aquí ―Dona se relamió, desde el lecho, viendo como aquellos profundos luceros
verdes resplandecían llenos de deseo y excitación. Entendía perfectamente la
fascinación que la exuberante joven despertaba en su adorada Laura. Aquella
zorra viciosa nunca paraba de sorprenderla― Ya sabes que yo te puedo aliviar
encantada.
Verónica fingió pensárselo unos instantes. Era una oferta muy tentadora. Su
menuda compañera, con aquel aspecto infantil y encantador, era toda una
depravada, una sucia devora-almejas, como solía decir Laura. ¡Pero es que
devoraba de vicio!
La desmejorada Venus de cabellos negros comenzó a desnudarse dispuesta para
recibir las impúdicas caricias de su compañera. Puede que no hubiera estado de
más su comentario, después de todo. Dona odiaba a los hombres y le encantaba
competir con ellos, en el arte del placer. Sus manos, su boca, era una experta
en el uso de lo que tuviera a sus alcance. Las dos chicas se besaron
apasionadamente, deseosas de frotar sus suaves cuerpos, la una contra la otra...
― Este dormitorio no es seguro ―La fría voz de Laura las trajo de nuevo a la
realidad. Entre Verónica y Dona habían convertido a la virtuosa teclista del
Santa Corona en una muchacha desinhibida, entregada a los placeres de la carne.
Pero no por ello se había vuelto una estúpida pasional sin dos dedos de frente,
que era como a veces veía a sus amigas. Ella sabía que, pronto, Sabrina
regresaría de la capilla, preocupada por el estado Verónica―. Imagino lo que
estás sintiendo ―dijo compasiva. Sabía que en verdad su amiga necesitaba
liberarse del estrés sufrido, a través del sexo―, pero no puedes bajar la
guardia. Este colegio es un templo de castidad y decencia. Si nos descubren en
nuestros hábitos pecaminosos, perderemos el honor y el futuro.
― Tienes razón ―Llena de pesar, Verónica las dejó marchar.
Aquella misma noche, cuando Sabrina se hallaba sumida en su profundo
descanso, Verónica se levantó, silenciosa como un gato, y caminó hacia el
dormitorio que ambas amigas compartían. En busca del placer prometido.
Dona abrió la puerta, con una sonrisa infantil en los labios. Coquetas pecas
cubrían sus mejillas sonrosadas.
― ¿Interrumpo?
La habitación había sido decorada con un sinfín de candiles. El aire olía a
las flores silvestres que adornaban los cabellos de Laura y Dona. Ambas se
encontraban completamente desnudas, como si hubiesen comenzado sus juegos
privados sin ella.
― Nos habíamos propuesto esperarte.
― Pero Laura estaba tan bonita que no me he podido contener.
Era cierto. Su alta y delgada amiga se encontraba preciosa aquella noche, con
los finos bucles dorados recorridos por hileras de trenzas, decoradas con flores
secas. Su blanca piel resplandecía a la luz de las velas. Sus claros ojos azules
brillaban como zafiros. Verónica se arrojó a sus brazos, buscando el calor de su
cuerpo.
A su espalda, Dona levantó el camisón que la cubría. No llevaba nada más
debajo.
― Tienes un culo delicioso ―susurro, lamiendo sus nalgas.
Laura le retiró por completo el pijama, liberando sus extraordinarios senos.
Ninguna de las dos muchachas sentía una especial atracción por la otra. A ellas
les gustaban los hombres. A Verónica le gustaban demasiado, de hecho. Pero, Dona
les había enseñado a disfrutar de aquellos lascivos momentos.
― Acaríciame ―pidió Verónica, clavando su profunda mirada en el angelical
rostro de su amiga.
Laura cerró los ojos, y se dejó llevar por la sensación de cálida suavidad de
la piel de su compañera. Besando sus labios, mesando sus pechos.
Abajo, Dona acariciaba los sexos de ambas muchachas. Sus dedos bailaban en
las húmedas cavidades de sus amigas, haciéndolas gozar. Se sentía como una
titiritera jugando con marionetas de tela ante sus ojos color miel. Aquel
pensamiento la excitó tantísimo que comenzó a mover sus manos mucho, mucho más a
prisa.
Al poco, sus dos muñecas tuvieron que recostarse sobre uno de los lechos,
agotadas por la explosión de placer que habían sentido.
Dona las miraba con admiración, relamiendo los dulces jugos que bañaban sus
dedos infantiles. ¡Qué cuerpos tan bien formados, tan adultos tenían ellas! Las
envidiaba.
Los ojos de las dos muchachas se abrieron de par en par. Sus expresiones,
antes relajadas, se tornaron tensas, llenas de angustia. El vaho escapaba de sus
labios con lentitud, como si tuviesen miedo de respirar. Hacía frío. A pesar de
la abundante cantidad de lumbre, hacía frió.
Dona se giró lentamente sobre sus talones. Había alguien a sus espaldas.
Alguien que la observaba... Alguien o algo.
El agudo chillido retumbó a través de las paredes de todo el Edificio
Residencial. Y, con un sonido sordo, la pequeña cayó al suelo, inconsciente.
El blanco espectro aparecía y desaparecía a ojos vista de las muchachas. Era
una figura femenina, muy pálida. Tan delgada, que la luz de las velas podía ser
intuida al otro lado del ser. Se movía con celeridad, de un lado a otro del
dormitorio, sin emitir ningún sonido. Sin que sus rasgos se vieran del todo.
Verónica se levantó de la cama más furiosa que asustada. ¡Ya estaba harta!
Aquella puta traslúcida no iba a a poder con ella. No otra vez.
Con decisión, la joven tomó uno de los intrincados candiles negros de Dona, y
lo lanzó contra la aparición. El objeto atravesó a la criatura, que desapareció
definitivamente. Las velas del candelabro se apagaron con la caída, partiéndose,
algunas, y separándose de la base, otras.
Laura se levantó también. Rápidamente, apago todos los cirios, menos uno, y
los escondió bajo la cama. Luego, en un visto y no visto, se colocó sus ropas de
dormir, y deshizo su peinado, arrojando los adornos al fondo de uno de los
cajones de su mesilla de noche.
Verónica, al oír el torrente de pasos que se acercaban al cuarto, cogió sus
cosas y se escondió bajo el lecho de Dona, incapaz de salir del dormitorio sin
ser descubierta.
Cuando la señorita Regina Mattia irrumpió en la habitación, encontró a la
bella teclista ayudando a sus compañera de alcoba a recomponerse.
― ¿Qué está pasando aquí?
A Laura Accolti le costó mucho explicar lo sucedido. Al contrario que sus
compañeras, ella no estaba acostumbrada a mentir. Su historia estaba llena de
incoherencias... Al principio había dicho que ella estaba dormida y que no había
visto gran cosa. Pero al instante comenzó a hablar de fantasmas de mujer y de un
frió helador.
Dona, ya consciente, justificó las flores disecadas de su pelo, diciendo que
las llevaba a modo de prueba para la corona que pensaba hacerle en Pascua a la
Virgen María. También se excusó del lamentable estado de sus vestiduras,
diciendo que su atacante había tratado de arrancárselas.
La directora decidió, entonces, registrar por entero la habitación. Pero las
muchachas, llevadas por la histeria, comenzaron a gritar y sollozar
desesperadas.
La señorita Mattia, no tubo más remedio que salir del dormitorio, para poner
un poco de orden en los pasillos. Un verdadero tumulto se había formado ante el
umbral de aquella estancia.
Verónica aprovechó el alboroto para escurrirse entre la multitud, y
desaparecer de allí.
La directora no sabía que pensar. Ya era la segunda vez que le hablaban de
espíritus y fantasmas. Si aquello se convertía en una costumbre diaria, los
rumores pronto llegarían hasta la cercana villa de Feltre y, por supuesto, hasta
los oídos de su iglesia. Si se abría una investigación, si se enviaba a la
escuela un inquisidor, sería su ruina. Todos los nobles que alojaban allí a sus
hijas, las sacarían de inmediato del Santa Corona para devolverlas a sus
respectivos hogares o a colegios que fueran “más de fiar”. Ella tenía una
reputación que conservar.
De regreso en sus estancias, se dispuso a escribir una misiva a un viejo
conocido, versado en asuntos extraterrenales. Necesitaba de su ayuda con
urgencia, y así se lo expresó. Luego, quemó la carta tal y como él le había
enseñado, para que le llegase allá donde estuviera... ¡Ja, brujería! Tenía que
verse reducida a utilizar brujería. Pero, a fin de cuentas, aquello sólo era un
conjuro inofensivo. Ya tendría tiempo de arrepentirse más tarde, cuando el
prestigio de su adorada escuela se viese a salvo de nuevo.
El resto de la semana pasó, entre incidente e incidente. Noche tras noche,
las alumnas del Santa Corona despertaban entre gritos angustiosos. Se apiñaban
unas con otras en las pequeñas habitaciones o en los salones principales, ante
las chimeneas. Ninguna quería estar sola. Ninguna podía dormir. Y todas se caían
de sueño en las clases, durante el día. Los profesores no podían impartir sus
asignaturas. Servicio y rectorado hacían guardias en los pasillos, con la caída
del sol. Pero siempre, había gritos. Chillidos de terror. Y cuando eso ocurría
todos sabían que “la dama” había vuelto a dejarse ver.
El caos se hacía ya insoportable cuando, en los jardines de la escuela,
irrumpieron dos jinetes a lomos de sus magníficos corceles: un salernitano zaino
y un pura sangre inglés negro. Los caballos fueron acomodados en las cuadras y
los dos hombres conducidos hasta el despacho de la directora.
La señorita Mattia los recibió con entusiasmo, aliviada. Los criados no
pudieron más que sorprenderse por la extraña actitud de su severa ama.
― Siéntense, por favor ―Su nerviosismo era patente. Regina esperaba
reencontrarse con su viejo amigo John Winchester, un hombre maduro y de
confianza, no con sus dos jóvenes hijos, que a penas debían rozar la treintena―.
Lia, les traerá algo de beber. Deben estar agotados por el viaje ―La directora
tomó asiento, tras su enorme escritorio de madera oscura―. Me alegra que hayan
podido venir tan rápido. ¿Cómo se encuentra su padre? Esperaba que fuera él
quien se encargase de este asunto...
― Bueno ―El primero en hablar fue el más joven. Un caballero sumamente alto,
de amplia frente y lacia melena castaña, ligeramente revuelta por los trotes de
la marcha―, lo cierto es que papá falleció hace ya algunos años.
― Lo siento ―A la directora se le hizo un nudo en la garganta. De no ser por
la pesadilla que estaba viviendo, ni siquiera se habría enterado de la muerte de
John―. No tenía ni idea.
― Suele pasar ―La voz del mayor era seca y cortante. Parecía harto de las
condolencias que se le prestaban, como si hubiese vivido demasiadas veces
aquella situación. Era un hombre muy atractivo. El vivo retrato de su padre.
― Y díganos, ¿qué es lo que está pasando en su escuela, señorita Mattia?
―Samuel Winchester empleaba un tono conciliador muy agradable―. Su carta decía
que están sufriendo las molestias de un espíritu.
― Eh, sí. Eso parece ―declaró ella contrariada. Odiaba tener que hablar de
aquellos temas―. Varias alumnas lo han visto. Algunas, incluso, afirman haber
sido atacadas por él.
― ¿Es la primera vez que sucede algo así en su escuela?
― Por supuesto ―se ofendió. ¿Qué clase de pregunta era aquella? El Santa
Corona era su templo―. Conocí a vuestro padre en Mosa.
― Muy lejos de aquí, entonces.
― Sí. Muy lejos de aquí. Exacto.
― Disculpe a mi hermano, si la ha ofendido, señorita Mattia ―Los modales de
Samuel eran inmejorables―. Pero son preguntas que debemos hacer, antes de
enfrentarnos al ente.
― También necesitaríamos información sobre los fallecimientos que se han
producido en estas tierras. Antiguos y recientes. Cuanto más sepamos, mejor.
― Yo no sé si puedo ayudarles ―comentó dubitativa―. La gente muere. Son
tiempos duros ―se excusó―. Llevo un registro de la paga de los criados y del
profesorado. Así como la matriculación de las alumnas, por supuesto.
― Eso servirá. Muchas gracias ―Samuel sonrió de una forma tan encantadora,
que las huesudas rodillas de la directora comenzaron a temblar de la emoción.
Luego, se dirigió con susurró a su hermano―: Dean, yo me encargaré del papeleo
―Su hermano se limitó a asentir― Señorita Mattía.
― ¿Sí?
― Entenderá que debemos tener libertad para movernos por la escuela.
― Claro, por supuesto. Avisaré a los criados y a los profesores de que les
atiendan en lo que necesiten.
― También tendremos que hablar con las alumnas ―Dean Winchester dijo aquello
con seriedad, pero Regina percibió cierta satisfacción que le desagradó al
instante―. Ellas son los únicos testigos con los que contamos para identificar
al fantasma. Lo comprende, ¿no?
― Sí. Lo comprendo ―Aquel hombre no le gustaba. Su mirada era profunda y
triste, la de un hombre que ha visto más de lo que debería ver cualquiera en
toda su vida. No obstante, las comisuras de su boca, al sonreír, le resultaba
evidentemente lascivas. Llevaba escrita la palabra “pecado” en la frente―. Hagan
lo que consideren necesario. Pero, por favor, les ruego que alteren lo menos
posible la tranquilidad de esta pía institución.
― No se preocupe ―dijeron los hermanos al unísono, saliendo de su despacho.
Regina comenzó, entonces, a organizar los papeles que el joven Winchester le
había pedido.
Dean y Samuel recorrieron los pasillos del Santa Corona durante horas,
visitando los lugares donde, supuestamente, se había aparecido “la dama”,
acompañados siempre por alguno de los miembro del servicio. Todos los criados
respondieron a sus preguntas. Uno de ellos, incluso, confesó haber sido visitado
por el espectro. Pero, hasta que terminaran las clases de la mañana, no podrían
hablar con las alumnas ni maestros.
― ¿Tú qué opinas, Dean?
― Opino que es el mejor caso que hemos tenido en mucho tiempo ―sonrió―. ¡Una
escuela para señoritas, Sam! Estoy francamente emocionado.
― Dean, por favor ―¡Cuánta paciencia! Por mucho que fuera el pequeño, siempre
le parecía estar cagando con su hermano de un lugar a otro. El tiempo pasaba,
pero Dean no maduraba en absoluto con la edad―. Estamos aquí para encargarnos de
un muerto, no para coquetear con adolescentes.
― Yo lo llamo “investigar a fondo” ―Sus cejas se levantaron con un movimiento
muy significativo.
La señorita Mattia no tardó en reunirse nuevamente con ellos. Ya tenía todo
lo que le habían pedido organizado sobre la mesa de su despacho, así como un par
de habitaciones para sus nuevos huéspedes en el Edificio Residencial, en el ala
de los profesores, por supuesto.
― Señor Winchester, si tiene la bondad de acompañarme... ―pidió la directora
al joven Samuel.
― Qué te diviertas.
Sam respondió con una mueca a la provocación de su hermano. Otra vez se veía
rodeado de papeles, mientras que Dean se marchaba en busca de damas a las que
encandilar. Aquél era el precio de ser el más listo, se dijo así mismo, con
acostumbrada resignación.
Regina lo dejó solo. No confiaba en sí misma lo suficiente como para quedarse
en compañía de aquel joven tan apuesto.
Sam agradeció poder trabajar sin distracciones.
Mientras, Dean había quedado al cuidado de Lia, la doncella de las alumnas de
último curso, una muchacha pelirroja y menuda, muy bonita, pero demasiado tímida
y callada. Todos sus intentos por que la joven le desvelara algún tórrido
secreto sobre la escuela fueron en vano. Aquella chica ni siquiera le miraba a
los ojos. Harto, Dean la tomó de la malo y la volteó hacia sí.
― Me gustaría que me mirases cuando te hablo ―dijo con un susurro, a unos
pocos centímetros de la blanca carita infantil. Los enormes ojos castaños de Lia
se movían enloquecidos de un lado a otro. La chica no sabían dónde esconderse,
no sabía a dónde mirar para no encontrarse con los penetrantes ojos color oliva
de aquel extraño. Su respiración era acelerada. Aquel contacto la estaba
poniendo extremadamente nerviosa.
Dean sintió lástima y la soltó. No había forma de que él pudiera agradar a
aquella muchacha. No era su estilo aprovecharse de jovencitas inexpertas. A él
le gustaba que lo desearan de verdad.
No volvió a importunarla. Se concentró en las alumnas que habían sido testigo
de la aparición. Hizo su trabajo, dejando caer algunos comentarios mordaces y
sugerentes a las muchachas que encontraba más receptivas a sus encantos. De
momento, se lo tomaría con calma. Tenía que inspeccionar el terreno antes de dar
el siguiente paso.
Tras la charla con el profesorado, ambos hermanos decidieron encargarse de la
guardia en los pasillos aquella noche. Estaban acostumbrados a no dormir, y
debían hablar sobre lo que habían averiguado hasta la fecha.
― ¿Alguna muerte violenta? ―Dean fue directamente al grano, como era su
costumbre. En su opinión no tenía sentido andarse con rodeos.
― Nada destacable ―respondió Sam, apartándose el largo flequillo de los
ojos―. No hay historias sangrientas encerrada entre estos muros. Algunos criados
han muerto en accidentes, o de viejos. También alguna que otra alumna, sobre
todo por enfermedades comunes.
― ¿Alguna profesora que se acerque a la descripción de nuestro fantasma?
― Ninguna, que yo sepa ―Había retrocedido en la historia de aquella escuela
hasta su fundación. Pero no había encontrado nada que pudiera ayudarles―. ¿Crees
que es una falacia? ¿Que las alumnas mienten?
― Algunas de ellas, sí. Estoy seguro ―Con los años, Dean había aprendido a
leer a la gente. A veces se equivocaba, claro. Pero no en aquella ocasión―.
Estoy seguro de que más de la mitad de las damas que afirman haber estado en
presencia de lo oculto lo único que querían era llamar la atención.
― ¿Y las que no?
― Je, las que no, creo que han visto a nuestra dama-fantasma más de una vez.
― A demás, no creo que aquel criado mintiera.
― Yo tampoco, Sammy. Yo tampoco ―Dean comenzó a juguetear con la llave de
percusión de su pistola, pensativo.
― Podrías dejar de hacer eso, por favor.
Su hermano volvió a enfundarse la Barnett, bajo la desgastada casaca marrón.
Iba fuertemente armado con varias dagas de plata y un fino estoque de hierro,
oculto en su vaina. Unas armas un tanto extrañas, pero muy útiles en la caza de
lo sobrenatural.
Las horas pasaron despacio. Muy despacio, en opinión de Samuel.
Dean mataba el tiempo tarareando viejas tonadillas marineras, cuando un
fuerte golpe sordo los alertó. Los Winchester irrumpieron en la habitación de la
que procedía. Durante unos segundos, Sam y Dean vieron al espectro: una joven
delgada, vestida de blando, con el pelo enmarañado sobre la cara. Luego, el
espíritu desapareció. Ni siquiera hizo falta que los hermanos cargaran contra
él, simplemente, se desvaneció en el aire, como si no fuese real.
En el dormitorio, dos muchachas bastante asustadas los observaban,
expectantes. Una de ellas estaba tirada en el suelo, junto a la cama de la otra.
― ¿Estáis bien?
― Sí. ―La chica se levantó de inmediato, intentando aparentar normalidad.
Vestía un camisón de invierno, blanco, con escote generoso. Sus lisos cabellos
castaños caían sobre sus exagerados senos. Con un solo gesto, cubrió a su
compañera con las mantas, quien, avergonzada por encontrarse en ropa de cama
ante aquellos desconocidos, comenzó a sonrojarse.
Dean entró primero, seguido de su hermano.
De inmediato, Samuel comenzó a inspeccionar la modesta alcoba. A simple
vista, no tenía nada de especial, a parte de una alfombrilla de esparto, frente
a la imagen de Cristo crucificado.
― ¿Qué es lo que ha pasado? ―San se volvió hacia las muchachas, en busca de
respuestas.
― Ella... ¡Esa cosa atacó a Marianna! ―Carmine no se podía creer lo que
acababa de vivir. Siempre había tenido miedo de que las historias de terror
fueran reales. Ahora sabía que lo eran.
― Te movió desde la distancia, o sentiste su contacto ―Dean tomó a Marianna
de los hombros para guiarla hasta la cama. Lo mejor era que se sentase. La
mayoría de las damas se mostraban tranquilas justo antes de desmayarse.
― No, no me tocó, creo ―Marianna se dejó guiar, dócilmente, por aquel apuesto
desconocido, hasta el lecho―. Estaba detrás de mi. No la vi hasta que estuve en
el suelo.
― ¿Te dijo algo? ―Sam se sentía muy incómodo en aquella habitación. Esperaba
impaciente que alguno de los profesores acudiera a ver qué era lo que había
ocurrido.
― No... ―mintió Marianna.
― Cualquier cosa que recuerdes, nos sera de ayuda. Créeme ―inquirió Dean,
rápidamente.
Aquel era el hombre más atractivo que Marianna había visto en toda su vida. O
eso le parecía. Normalmente, no le impresionaban los caballeros recios y
galantes, el aspecto físico no le importaba en absoluto. Pero aquel hombre era
distinto. Había algo en su mirada...
― Me insulto ―reconoció con cierto rubor.
― ¡Marianna! ―la reprendió su compañera.
― ¿Qué te dijo exactamente? ―preguntó Sam.
― Nada ―Carmine empezaba a hartarse de que aquellos hombres siguiesen allí.
― ¿Reconociste al espíritu?
― No.
― ¿De veras?
― No sé quien es, lo juro.
Dean supo al instante que aquellos preciosos ojos grises no mentían. La
muchacha tetuda estaba siendo sincera. Pero, algo en la reacción de la otra
joven le escamaba... ¿Porqué no quería que su amiga dijese lo que le había
llamado el espectro? A veces, las damas eran en extremo cuidadosas con su
lenguaje. Pero no pensaba que se tratase de aquello.
― No has contestado a mi hermano ―dijo, tratando de llegar al fondo de aquel
asunto―. Por cierto, mi nombre es Winchester, Dean Winchester ―se presentó,
besando su mano, con una sonrisa capaz de iluminar el mundo―. Él es mi hermano,
Samuel.
― Yo soy Marianna Cannavaro. Un placer.
― Yo soy la señorita Giovanetti ―la secundó Carmine con brusquedad―. Y les
agradecería que continuasen sus investigaciones por la mañana.
Los dos jóvenes se marcharon de la habitación si protestas. Por cómo había
actuado el espíritu hasta entonces, no esperaban que aquella noche ocurriese
nada más.
― A la rubita no le gustamos, ¿eh? ―Dean se sentó en las escaleras,
aguardando a su hermano.
― Sabes que no nos lo han contado todo, ¿verdad?
― Sí ―Sus verdes ojos se perdieron en la distancia, meditando. Tenía que
averiguar que tenían las chicas atacadas en común. Debía hablar con ellas de
nuevo―. Aremos guardia hasta que los criados se levanten y descansaremos hasta
mediodía. Cuando las clases acaben, hablaré de nuevo con las testigos.
― Con las que crees que lo han visto de verdad.
― Sí.
Sam tenía la terrible sensación de que algo se le escapaba.
― El último fallecimiento que hubo en este sitio fue una alumna ―dijo de
pronto.
― ¿Crees que estas chicas tuvieron algo que ver?
― No. Pero lo miraré con más detenimiento ―Sam se levantó cuan largo era y
comenzó a caminar por el estrecho pasillo―. Se llamaba Nicola. No recuerdo el
apellido.
― ¿Cuando murió?
― Hace unos meses.
― ¿Crees que se ha hecho fuerte en este tiempo, y que clama venganza?
― No estoy seguro. No parecía un asesinato.
― No te preocupes, Sammy. Mañana lo averiguaré.
Después de aquella conversación, los hermanos Winchester siguieron con el
plan trazado por Dean: descansaron y continuaron con la investigación.
Dean volvió a hablar una a una con todas las muchachas, pudiendo descartar a
tres. Mirella Manassero, Paola Baretti y Vera Rossi mentían. Sus versiones eran
muy parecidas, pero totalmente distintas a las del criado y el resto de las
chicas. Decían que el espíritu era el de una hermosa dama vestida de novia. Él y
Sam habían visto al fantasma con sus propios ojos. Aquellas jóvenes solamente
buscaban llamar la atención.
― ¿Quien nos queda pues? ―Samuel estaba convencido de que la aparición se
correspondía con Nicola Giudici. Tres meses eran más que suficientes para que un
espíritu errante consiguiera dominar sus poderes.
― Bueno ―Dean había tomado nota de las declaraciones de los testigos―, la
primera en verlo fue Verónica Bianchi y luego, sus compañeras Laura Accolti y
Dona Gillespie. También está Orazio, el criado. Y las dos chicas de anoche,
claro, Carmine Giovanetti y Marianna Cannavaro.
― ¿Qué tienen en común?
― Todas las jóvenes son alumnas de último curso ―respondió cansado. Aquel
caso estaba resultando mucho menos entretenido de lo que esperaba. Hablar con
adolescentes era ligeramente divertido pero, sobre todo, doloroso. Todas
escondían secretos. Era exasperante―, compañeras de nuestro cadáver.
― ¿Y el chico?
― No lo sé ―suspiró―. Quizás, él y la muerta tenían un romance, las otras los
descubrieron y conspiraron para quitársela del medio, celosas.
― ¿Tú crees?
― No. Él chico no vale gran cosa.
― Mmm, no sé, Dean. Parece que hemos llegado a un callejón sin salida.
― Lo único que tenemos que hacer es quemar el cuerpo. El porqué no debería
importarnos ―Dean ya estaba cansado de investigar los motivos. Ellos estaban
allí para deshacerse de un espíritu, nada más―. ¿Dónde está enterrado?
― Sus restos deben de estar descansando en Pavia. Ella era de allí.
― En dos días podríamos tener este sitio libre de su presencia.
― No sé, Dean ―A Sam no le gustaba dejar los misterios a medias―. Pavia está
lejos de aquí. Por mucho que ella muriese entre estos muros, su espíritu debería
haberse marchado con sus restos. Quizás no esté vinculada al cuerpo, si no a
algún objeto que quede de ella por aquí.
― Es posible.
― A demás. No parece agresivo. No ha atacado, verdaderamente, a nadie. Se ha
limitado a dejarse ver.
― Dona Gillespie afirma que le arrancó la ropa. Y encontramos a Marianna
Cannavaro en el suelo.
― Vamos, Dean. Ambos sabemos que si un espíritu quiere hacerte daño te
electrocuta o se limita a atravesarte el pecho con la mano para llegar al
corazón y dejarte tieso.
Dean no pudo replicar a su hermano. Sam tenía razón.
Decidieron continuar investigando a las chicas.
― Voy a hablar con Laura Accolti ―dijo Samuel mientras se alejaba por el
pasillo.
― ¿Porqué con ella?
― Por que era la compañera de Nicola, cuando falleció.
Dean odiaba que su hermano se guardara información para él solo. Aquello no
era una competición.
Sam llegó a la habitación de Laura y Dona, tocó la puerta y esperó. Al otro
lado del umbral se formó un gran revuelo. Podía oírlo desde fuera.
― ¿Se encuentran bien?
― Sí. Un momento ―respondió una voz infantil.
Al rato, la puerta se abrió. Una niña de unos 12 años aguardaba en el
interior, ataviada con el gris uniforme. Hermosos bucles castaños se desprendían
de forma ordenada de su alto tocado.
― ¿Quería algo, señor Winchester?
― Buscaba a la señorita Accolti. ¿Se encuentra dentro?
― Sí, pero no está visible.
― Puedo esperar. Sólo quiero hacerle unas preguntas.
― Podría hacérmelas a mí, si quiere ―la voz de la niña no era en absoluto
cortés. Se notaba a la legua que estaba disgustada por algo.
― Bueno, es que son sobre su compañera, la señorita Giudici.
― Que entre ―ordenó Laura, desde el interior.
En la alcoba, las acompañaba el criado que también afirmaba haber visto al
fantasma. Aquello sorprendió a Sam. Pero sólo se trataba de una pieza más para
el rompecabezas.
― Este es Orazio ―dijo la pequeña inglesa de inmediato―. Ha venido de parte
de la directora, para ver cuales son los síntomas de su malestar.
El criado hizo una reverencia y se alejó presuroso del dormitorio, cerrando
la puerta tras de sí.
― Espero que no sea nada grave ―comentó Sam, sentándose junto a la joven.
― No ―susurró. Laura tenía el pelo revuelto, la respiración acelerada, las
mejillas sonrosadas y el pijama mal colocado―. Sólo estoy agotada, por todo lo
que está pasando estos días.
― Mi nombre es Samuel Winchester. Soy el hermano de Dean.
― Sí, ya sabemos quién es ―dijo Dona malhumorada―. Yo soy la señorita
Gillespie. Y ahora, si me disculpan ―la menuda muchacha salió de la habitación
como un tornado, dejando sólo calma tras de sí.
― Discúlpela. Es que está nerviosa ―la excusó su compañera―. A penas hemos
podido dormir, desde que fuimos atacadas.
― ¿Esa era Dona Gillespie?
― Sí. ¿La conoce?
― Mi hermano me ha hablado de ella. No me la imaginaba así.
― Aparenta menos edad de la que tiene, ¿verdad? ―sonrió, viendo el
desconcierto de su visitante. A la gente solía sorprenderle que Dona tuviese 15
años, los mismos que ella―. Aunque no le recomiendo que haga comentarios al
respecto. Las chicas somos muy sensibles en lo que se refiere a nuestra
apariencia.
Sam no dijo nada.
― Ha venido usted a hablar de Nicola, ¿cierto? ―La voz de Laura era distante.
Pero su agitación se mantenía. El corazón le latía con mucha fuerza. Estaba
segura de que aquel atractivo extraño podía oírlo desde donde se encontraba. Sí.
Seguro que sabía el porqué de su desordenado aspecto. Seguro que sabía lo que
Orazio y ella habían estado haciendo antes de que él entrase... ¡No! No podía
dejarse llevar por el miedo. Ella tenía el control de la situación. No podía
dejar que aquel desconocido la intimidase con su sola presencia. Se obligó a sí
misma a tranquilizarse.
― Sí. Verá, la señorita Mattia me ha dicho que usted era la compañera de
Nicola, cuando falleció.
― Sí. Eramos muy buenas amigas. Las mejores ―musitó con visible tristeza.
― ¿Conserva algo de su compañera? ¿Algún recuerdo de ella que fuera valioso
para ambas?
― Sí. ¿Por qué?
― ¿Podría verlo?
Laura no contestó. Aquello no le gustaba.
― Es ella, ¿verdad? ―dijo, apartando su mirada de los verdes ojos de aquel
hombre tan apuesto―. En cuanto la vi supe que era ella. Me negaba a creerlo
pero, dentro de mí, lo sabía.
― Verás, Laura ―inquirió Sam, algo inseguro―, cuando una persona muere, si su
alma no está en paz, no puede marcharse al otro lado. Al cielo. ¿Entiendes?
― ¿Porqué no iba a encontrarse Nicola en paz? Ella era buena ―comenzó a
sollozar.
― Bueno, podría ser por haber tenido una muerte violenta...
― ¡Nicola murió por la fiebre! ―gritó.
― Le dolía el estómago, ¿no? ―Sam estaba casi seguro de que podía haber sido
algún tipo de veneno. Él no era médico, pero sabía que la fiebre no cuadraba
demasiado con su teoría.
― ¿Qué? ―Aquello era demasiado ¿A caso aquel desconocido estaba insinuando lo
que ella creía?― Nicola era como una hermana para mí.
Quizás se equivocara.
― Puede que alguna de sus compañeras, por envidia... Ya sabes.
―¡No! ―Laura se quitó las manos del rostro, llena de ira―. Murió de causas
naturales ―dijo, clavando sus fríos ojos azules en el joven―. Comíamos juntas,
bebíamos juntas. Lo compartíamos todo. Si alguien le hubiese querido hacer daño
a ella, me lo habría hecho a mi también.
― Entonces, te pido perdón ―Sam se rindió ante aquellas palabras. Puede que
sus hipótesis no fueran demasiado acertadas. Pero, si aquella bonita niña estaba
en lo cierto, ¿porqué continuaba el fantasma de Nicola Giudici vagando por el
Santa Corona?
Mientras, su hermano, Dean le hacía aquella misma pregunta a Verónica
Bianchi, en los nevados jardines de la escuela.
― No lo sé ―respondió la joven con impaciencia. Tenía mejores planes para su
experimentada lengua y aquel hombre arrebatadoramente atractivo que perder el
tiempo en cháchara inútil―. Quizás quisiera tanto a Laura que decidió quedarse
por aquí, cuidándola. Puede que ahora esté rabiosa por que ella ya ha superado
su muerte y no la necesita en absoluto.
― Laura y tú sois muy amigas, ¿no? ―preguntó él, suspicaz.
― Las mejores.
― ¿Y Dona? ¿Y Marianna y Carminne?
― Dona quiere mucho a Laura ―comentó recelosa. ¿A qué venía aquello?―. Y
Marianna y Carmine son muy buenas amigas, entre ellas. Ya me entiende ―las
oscuras y finas cejas de Verónica se alzaron en un gesto fácilmente comprensible
por su interlocutor.
Dean se entendía muy bien con Verónica.
― Es extraño ―comentó, sin embargo―. Creía que Marianna, la del pelo liso y
castaño, ¿no?
― La de las tetas grandes ―lo ayudó ella―, sí.
― Bueno, creía que ella estaba bastante interesada en mí.
― Pues no te hagas ilusiones, cielo ―río Verónica divertida―. A Marianna le
gusta coquetear con los chicos, pero no pasa de ahí. Durante años, dio falsas
esperanzas a nuestro aprendiz de conserje...
― ¿A Orazio? ―¡Vaya, aquello sí que era interesante!
― Sí, pero nunca llegaron a consumar ―Sabía que estaba hablando demasiado.
Pero Verónica conocía bien a los hombres, y estaba segura de que con Dean
Winchester sus secretos estarían a salvo. Parecía casi tan acostumbrado a mentir
como ella―. Sólo hay una persona en esta escuela a la que Marianna esté
dispuesta a entregarse al cien por cien. Y esa es Carmine.
― ¡Joder! Pues ahora sí que no entiendo nada ―Se golpeó las rodillas con la
mano abierta. Carmine y Marianna, Marianna y Orazio. Había relación entre ellos,
sí. Pero, ¿qué tenían en común con Nicola Giudici? Su hermano estaba equivocado:
el Santa Corona encerraba tórridas historias entre sus muros.
― No te preocupes por tonterías, cariño. Yo puedo darte todo lo que necesitas
―susurró Verónica en su oído, acariciando con su lengua el lóbulo de Dean,
mejilla contra mejilla.
― ¿Dónde podemos ir, para hablar con más privacidad?
La muchacha se levantó con una sonrisa pícara en el rostro. Le ofreció su
brazo y lo guió, contoneándose con descaro, hasta una modesta cabaña para
herramientas, al otro lado del jardín.
― Tranquilo. Nadie nos ha visto entrar ―confirmó, mirando en todas
direcciones con las esmeraldas que eran sus ojos, antes de cerrar la
destartalada puerta tras ellos. Conocía la escuela como la palma de su mano―.
Aquí, no nos molestará.
El interior del cobertizo se encontraba en penumbras pero, aún así, pudo ver
cómo Verónica dejaba su largo abrigo de pieles en el perchero de la entrada y
cómo comenzaba a desplegar una serie de mantas sobre el suelo, antes enrolladas
y ocultas bajo costales viejos. Aquella pérfida jovencita tenía muy bien montado
su “nidito de amor”.
Tratando de ser de utilidad, Dean sacó del bolsillo de su casaca un pedazo de
papel recubierto de fósforo y un pastillero de marfil con polvos amarillos en su
interior.
― ¿Llevas una polvera de mujer? ―preguntó Verónica extrañada.
― Es un recuerdo ―se justificó Dean, sonriendo, tímido y encantador.
― Ya.
― A demás, lo llevo lleno de azufre de demonio ―Para algo tenían que servir
aquellos cabronazos.
― Sí ―silbó―. Me siento impresionada.
― Tú espera ―Dean tomó una astilla de madera de las paredes de la cabaña, la
hundió parcialmente en la cajita y luego rascó el papel con ella, haciéndola
prender―. Eh Voilà: fuego.
― Así que así es cómo lo hacéis lo pobres, ¿eh? ―se jactó divertida.
― Joder ―Aquella chica no tenía sangre en las venas. ¡Con lo fácil que
hubiese sido utilizar pedernal y eslabón... y ahí estaba él, haciendo el capullo
con la alquimia!
Terminó de encender los cirios, con visible mal humor. Esperaba que, al
menos, el sexo valiera la pena.
― Hay muchas velas ―comentó, liberándose él también de la ajada casaca
marrón. Debajo, no llevaba chaleco, sólo una gruesa camisa de lino verde, a
juego con sus ojos.
― Sí ―sonrío ella, relamiéndose. Aquel hombre era muy extraño, distinto a los
demás. No parecía un caballero, pero era demasiado arrogante como para
pertenecer al populacho. Cuando le miraba, veía a un aventurero, a un pirata.
Aquello le fascinaba. Era como vivir la sensualidad de una época pasada.
Comenzó a desnudarse con intencionada lentitud.
― ¿Vienes aquí a menudo?
― Ahá ―La chica se contoneaba frente a él, pasando sus manos por todo su
cuerpo, ya libre de vestiduras, pidiendo guerra.
Dean la tomó de las caderas, cuando se encontraba de espaldas a él, arrimando
el perfecto culito de la chica a su entrepierna palpitante. Sus fuertes manos
recorrieron la espalda de Verónica de arriba a abajo. Terminando la ruta con una
sonora nalgada.
Ella se dio la vuelta con gesto infantil, parpadeando más de lo necesario y
mesando uno de sus brillantes mechones negros. Tenia los jugosos labios rojos
entreabiertos, mostrando su lengua rosada y húmeda.
Dean no pudo resistirlo más. ¡A la mierda la investigación!
La besó con lujuria, tomándola de la nuca, para poder guiar sus movimientos
en beneficio de su propio placer.
¡Fue el mejor beso que a Verónica le habían dado en la vida! Excitada,
comenzó deshacer el lazo de los oscuros calzones del Dean, liberando su miembro
de toda presión.
― Joder ―suspiró entonces ella, con la vista clavada en la increíble
herramienta que el joven tenía entre las piernas. No solo era grande y
apetecible, si no que, además, era bonita―, ni Dona podría resistirse un rabo
como este ―comentó distraída. Llena de deseo, se colocó de rodillas frente a él.
Dean sonrió de nuevo.
― Dona, ¿he? ―A Verónica le gustaba demasiado oírse así misma. Al final,
aquello sí que sería una verdadera “investigación a fondo”.
― Sí ―dijo ella, masajeando el falo con maestría―. Esa devora-almejas odia a
los hombres. Pero a ti... ¡Joder, cariño! A ti nadie podría odiarte.
Dean tuvo la certeza de que la muchacha estaba hablando con su pene y no con
él.
― Ah ―suspiró, haciendo un esfuerzo sobrehumano, para no perder el hilo de la
conversación. Verónica le estaba tocando de miedo, como una auténtica
profesional―. Siempre... ¡Buff! ―resolló casi incapaz de seguir, cuando ella
recorrió sus genitales con la lengua―. Siempre he querido estar con dos mujeres
a la vez ―dijo tratando de provocar a la chica. Aquello ya lo había hecho, y en
más de una ocasión, pero ella no tenía forma de saberlo.
― Pues si lo llego a saber, me traigo a Laurita ―respondió entre lengüetada y
lengüetada ―. Aquí hay hombre suficiente para las dos.
― Joder ―Dean se mordió el labio inferior, intentando contener su fuego. Si
seguía así, pronto derramaría su semilla sobre la cara de la muchacha. Tiró
entonces de su larga cabellera morena, para apartarla de su miembro. Quería
penetrarla.
― Ah ―protestó. Cuando la hubo soltado, Verónica se recostó, dispuesta, sobre
el improvisado camastro, dejando bien a la vista su sexo totalmente rasurado.
Dean se coloco sobre ella, despacio. Quería disfrutar de cada centímetro de
su suave piel adolescente.
― Y dime ―le susurró al oído―, ¿cómo una señorita como esa iba a estar
dispuesta a hacer con un desconocido semejante cochinada?
El calor se desprendía del moldeado torso de Dean. Tenía unos hombros fuertes
y viriles que hicieron enloquecer a Verónica, al verlos tan de cerca. Con fuerza
incoó sus dedos en ellos. Y hundió la mano que le quedaba libre en los cortos y
rubios cabellos del hombre.
― ¡Dios! ―exclamó, llena de excitación, incapaz de concentrarse en las
palabras que salían de aquella boca perfecta.
― ¿Cómo la convencerías? ―repitió, para luego morder el blanco cuello con
fuerza.
― ¡Ah! ―gritó ella―. Laura es mi... es mi pupila.
― ¿Tu pupila?
Dean escogió ese momento para introducir su miembro en la húmeda cavidad de
la muchacha.
― Dona la enseño lo que era el placer ―reconoció, en contra de toda razón―.
Pero ahora es mía ―Cuando Verónica gozaba, no podía pensar. Él, perceptivo,
comenzó a mover sus caderas, al principio despacio, saboreándolo, pero luego más
y más deprisa―. Y Orazio de ambas. Y el profesor me... ¡Ah! ―No podía más―. ¡Oh,
Dios! Sigue, ¡sigue!
Dean no tenía intención de parar. Ya sabía todo lo que necesitaba. Bueno, más
o menos...
― ¿Y las otras dos?
― ¿Qué? ―No entendía nada. La cabeza le daba vueltas.
― La que tiene unas tetas comparables a las tullas ―Su boca se concentró
entonces en sus senos. La chica tenía los pezones duros y tiesos como pitones.
Dean los acarició con su lengua. No hizo falta nada más.
― ¿La baca y su puta? ―preguntó, mientras las lágrimas le recorrían las
mejillas. No podía creerlo: estaba llorando de placer―. Marianna... ¡Ah! Creo
que Marianna le enseñó a Dona a tocarse, o algo así ―No estaba segura en
absoluto de aquella historia, pero sabía que había algo esas dos. Algo que se
remontaba a cuando a penas eran unas niñas.
Dean cargó entonces con todas sus fuerzas, clavando su miembro hasta el fondo
de aquel coñito insaciable.
― ¡Ahg! ―gritaron al unísono, cuando la verga de Dean estalló en un torrente
de espesa leche.
Verónica perdió el conocimiento unos segundos.
― Ha sido el mejor sexo de mi vida ―suspiró cuando recuperó la consciencia.
Los ojos verde-oliva de Dean la miraban llenos de preocupación. Estaba
acostumbrado a dejar a las mujeres plenamente satisfechas, pero no así de
deshechas. A demás. Aquella chica parecía tener una dilatada experiencia. Su
reacción le resultó exagerada. Y así se lo dijo. No le gustaba que le tomasen el
pelo.
― Creído ―rió ella―. Es por la falta de sueño. Estoy más sensible de lo
normal.
Dean suspiró aliviado.
Una hora más tarde, volvieron a encontrarse a las puertas del dormitorio de
Laura Accolti y Dona Gillespie.
Verónica se adelantó, llamando a la puerta primero.
Se oyeron ruidos en el interior de la habitación y, finalmente, Laura abrió
la puerta, aún en camisón y con el cabello revuelto.
― Ah. Sois vosotros ―suspiró aliviada al ver a su amiga y al atractivo
investigador―. Pasad.
― Hola, Dean. ―Sam salió de detrás de la puerta, descamisado y con el pelo
enmarañado, empapado de sudor.
― Sammy... ―lo saludó su hermano, gratamente sorprendido. Le gustaba saber
que, debajo de sus modales refinados de caballerete de Oxford, se escondía un
hombre hecho y derecho.
― No te emociones ―rió Verónica, ante el descaro de su amante―. Laura tampoco
es de las que llega hasta el final.
La mirada que su amiga le lanzó fue tan fría como afilada. Laura deseaba
llegar virgen al matrimonio. Era lo que se esperaba de ella. Lo que una dama
decente debía hacer. A demás, ya no le quedaba tanto. Y había cosas de las que
sí podía disfrutar sin que su preciada flor fuera mancillada.
Dentro, no había nadie más. Dona no había regresado desde que les dejara a
solas. ¡Y cómo lo agradecía Laura! Había disfrutado mucho del cuerpo de Sam
Winchester. Era un hombre fuerte y alto. Perfecto para ella, que se veía a sí
misma tan fina y desgarbada. Pero, al lado de Sam, se había sentido como la niña
que era en realidad.
Habían disfrutado juntos y le había confesado todo lo que sabía. Mejor dicho,
todo lo que intuía que podía estar pasando con el alma perdida de su antigua
mejor amiga.
Las dos parejas tomaron asiento. Cada una en una cama distinta.
― Entonces ―a Laura le temblaba la voz. Después de la felicidad alcanzada por
el gozo, se sentía nuevamente abatida. Tomó la mano de Sam y la apretó con
fuerza―, ¿qué creéis que está pasando?
Dean dejó escapar el aire de sus pulmones, antes de hablar:
― Creo que Nicola no intenta haceros daño ―dijo por fin―. Creo que
simplemente quiere protegerte...
― ¿Protegerme de qué?
― Del camino que estás tomando ―No podía creer que fuera precisamente él
quien dijera aquellas cosas―. Yo soy tan partidario del sexo como cualquiera
―Muy, muy partidario, desde luego. Dean era un hombre sencillo. Sólo necesitaba
una chica (si eran más, mejor), abundancia de comida y bebida, y a su adorado
pura sangre, para ser feliz―. Pero creo que Nicola no ve con buenos ojos lo que
estás haciendo. Y trata de alejar de ti a aquellos que cree que te han
corrompido.
― Pero, Dean, nunca ha atacado a nadie ―Sam empezaba a sentirse incómodo de
nuevo. Si lo que decía su hermano era cierto, entonces, el espíritu de Nicola
iba a estar muy cabreado con él.
― No. De hecho no creo que quiera herir a nadie. Sólo asustarles o
advertirles, no lo sé.
― Me odia ―dijo Verónica de pronto―. La primera vez que la vi, sentí su ira,
su rencor.
― ¿Y cuando estábamos las tres? ―Los Winchestrer miraron a Laura
sorprendidos.
― No, entonces no sentí nada. Creo que por eso pude atacar.
― Sí. Yo sólo note... su frió ―reconoció la teclista, apesadumbrada―. ¿Que
creéis que significa?
― Que proyecta su rabia únicamente hacia la persona a la que pretende
reprender.
― Marianna Cannavaro dijo que el espíritu le había insultado ―Aportó Sam,
tras la afirmación de su hermano.
― Marianna, Dona, Verónica y Orazio. Es a ellos a los que odia ―Dean estaba
seguro. La chica de la impresionante delantera había mostrado a Dona lo que era
el placer, y ésta se lo enseño luego a Laura. Y, ahora, Laura y Verónica
mantenían relaciones de algún tipo con el sirviente―. Los considera responsables
de haber pervertido a su amiga ―murmuró, inmerso en sus divagaciones―. Es como
una rabieta sobrenatural ―sonrió―. No trata de hacer daño a nadie, sólo quiere
expresar su descontento.
― Y, entonces, ¿qué hacemos ahora? ―Sam deseaba hacer que aquella pobre chica
descansase en paz. Si continuaba en la tierra por mas tiempo, su ira iría a
peor. No podría soportar el echo de no pertenecer a este mundo y querría influir
en él. No podían permitirlo. Tenían que pararla―. Laura. Me dijiste que aún
conservabas algo de ella.
― No ―dijo rotunda, soltando la mano del joven―. Es lo único que me queda de
Nicola.
― Si no lo quemamos, Nicola nunca podrá descansar en paz. Lo entiendes, ¿no?
― ¡No!
― Laura, por favor ―pidió su compañera conmovida―. Tu eres la más racional de
todas nosotras.
― Pero ―Parecía a punto de echarse a llorar. Pero se contuvo. Todos la
miraban. Estaban expectantes, esperando que ella tomara una decisión. No
podía... Debía, pero no podía. Las lágrimas comenzaron a derramarse por su
rostro angelical sin remedio―. Lo haré ―sollozó―. Lo haré.
Sam la ayudó a ponerse en pie. Le fallaban las piernas. Se le retorcían las
entrañas sólo de pensar en deshacerse del recuerdo de Nicola. Caminó hacia su
mesilla despacio, muy despacio, y del primer cajón extrajo un pequeño flautín de
caña.
― Su padre lo hizo para ella, cuando era una niña ―lloraba―. Y me lo dio a
mí. ¡A mí!
Dean se lo arrebató de las manos, con toda la delicadeza que era capaz de
proyectar.
― Esos recueros, son más valiosos que ningún objeto ―intentó consolarla.
Luego se acercó hasta el lavabo y depositó el caramillo sobre la blanca
jofaina. Derramó algo de whisky de su pellejo en la pila de cerámica, echó sal y
le prendió fuego.
El espíritu de Nicola se dejó ver, entonces, con total claridad. llenando la
habitación con un amargo sentimiento de preocupación y pena, sobre todo pena.
Pero no atacó a nadie y no dijo nada. Sus ojos tristes se clavaron en los de su
amiga. Luego su imagen quedó envuelta en llamas. Y, finalmente, desaparecido.
― ¿Ya está? ―preguntó Laura, deshecha en lágrimas.
― Ya está ―respondió Sam, estrechándola entre sus fuertes brazos.
A la mañana siguiente, los hermanos Winchester abandonaron la Escuela para
Jóvenes Damas de Santa Corona. Allí ya no les quedaba nada más que hacer. Habían
completado su misión.