MARAVILLAS EN EL PAÍS DE LA DELICIA
25/9/02
Capítulo IV. La Chica-abeja
Las cosas empezaron a repetirse, sólo que con detalles
distintos. Maravillas, la chica del pasillo y la otra chica, la que la había
elegido como mejor besadora, subieron otras escaleras. Unas anchas y lujosas
escaleras cuya alfombra atenuaba sus pasos. No se soltaban de su brazo, por lo
cual no podía buscar a la fotógrafa que tenía en su poder la instantánea en la
que besaba a otra mujer.
De nuevo se oyeron risas y voces cercanas.
De nuevo entraron por una puerta para entrar en una
habitación, sólo que esta era bastante más amplia, era un salón de billar,
débilmente iluminada por una lámpara sobre la mesa verde.
De nuevo cerraron la puerta tras ella.
Nuevamente la habitación estaba llena de mujeres inquietas,
pero esta vez, por sus expresiones, no se diría que sólo querían besar a la
chica que había en el centro.
Porque de nuevo había una chica en el centro, sobre la mesa
de billar. Pero esta no estaba vendada. Esta estaba sujeta de pies y manos a las
patas de la mesa con cuerdas, con bastante holgura para removerse sobre ella,
pero no para escapar.
La chica vestía sólo una camiseta y unas braguitas. En su
cabeza, sobre una diadema, llevaba dos muelles acabados en bolitas rojas que
danzaban con cada movimiento. La chica parecía una abeja.
De nuevo las mujeres que hacían corro a su alrededor
planeaban algo.
La chica intentaba ser buena, mostrarse tranquila y sonreír,
demostrar que tenía sentido del humor. Pero, mientras tanto, intentaba librarse
de las ataduras de las muñecas.
- Vamos, tías, ya vale -decía-. No hace falta tomárselo todo
tan al pie de la letra. ¿Es que no sabéis cuándo una está de tonteo? ¡Venga,
hombre, las cuerdas no hacían falta, yo ni siquiera he dicho nada de cuerdas!
Maravillas inspeccionó todos los rostros. ¿Sería una de ellas
su fotógrafa?
Una mujer de unos cuarenta años se adelantó a la mesa.
Parecía enfadada. Un enfado de juego. Iba vestida toda de negro: medias, botas,
minifalda, chaqueta... Su maquillaje era agresivo. Sus labios, muy rojos. A
Maravillas no le habría extrañado que hubiera asesinado ya a sus tres maridos
para quedarse con sus viñedos y sus mansiones, y que la llamaran "La Viuda
Negra".
- Esta chiquilla -les dijo a las demás, alzando la voz-, ha
propuesto un juego y ahora no quiere jugar. Eso no está bien... -dijo,
ronroneando las palabras- Me parece que aquí hay alguien que la próxima vez que
se emborrache fuera de casa, se lo pensará dos veces antes de ofrecerse para un
juego así. ¿Verdad?
Las mujeres rieron. Se iban acercando al billar. Parecía que
se la iban a comer con cuchara.
- Esa chica -le susurró a Maravillas su amiga de los besos-
tiene sólo diecisiete años. Qué preciosidad... ¿Puedes creerlo?
Maravillas se fijó bien por primera vez. Verdaderamente, la
chica era preciosa. Era un poco delgada pero era increíble que tuviese aquel
cuerpo a su edad. Se inquietó. Allí iba a pasar algo con una menor, y no estaba
seguro de querer verlo.
Una chica joven se acercó a la mesa. Llevaba un largo vestido
de tejido plástico rosa. Posó una mano sobre la espalda de la atada.
- Ahora no puedes echarte atrás -dijo, también dirigiéndose a
todas en general-. Te has ofrecido para este juego de buena gana, todas lo hemos
oído. Ahora debes afrontarlo.
- ¡¿Pero no véis que estaba borracha?! ¡Y en serio: no hace
falta que me atéis! ¡Desatadme! -decía ella, luchando con las cuerdas.
- ¿Porqué? -dijo la Viuda Negra- Así es más divertido. Más
excitante. Además, ya te has arrepentido demasiado. No queremos que salgas
corriendo.
- Está bien... está bien... -murmuró la chica, viéndose
acorralada- Pero por favor, no me hagáis daño.
Las otras símplemente sonrieron.
- ¿Qué es esto? -preguntó Maravillas a sus acompañantes- ¿Qué
va a pasar?
- Se ha ofrecido para hacer un juego. Para satisfacerlas a
todas, una por una. Y desde hace un rato, parece que empieza a echarse atrás.
- ¿Cómo satisfacerlas?
- Cada una de las que hay aquí pueden acercarse y hacerle lo
que quiera, lo que más desee. Eso había dicho ella. Este es tu premio, para eso
te hemos traído.
- ¡Pero deja de mirarme así! -la riñó la chica del pasillo-
No va a pasar nada malo, y además, puedes hacer lo que quieras. Mira, si sólo
quieres hacer eso.
La primera fue una mujer con unas larguísimas piernas. No
parecía que llevase medias. Mostrando una increíble pericia, se subió a la mesa
de billar sin que los largos tacones la hiciesen caer desde una altitud
desnucante. Situó una pierna a cada costado de la chica-abeja. Miró a su
alrededor: todas las mujeres la jaleaban, algunas gritaban obscenidades, como
"fóllatela", "destroza esa putita" o "desvirga a esa zorra". Después volvió a
centrarse en la víctima, que esperaba con la respiración contenida y los labios
apretados. La mujer de las larguísimas piernas sujetó con delicadeza la goma de
sus bragas entre sus dedos. Comenzó a tirar hacia arriba. Tiró y estiró. La tela
se puso tirante. La prenda se convirtió en un fino jirón que empezaba a perderse
entre las carnes. Tiró hasta que la tela apretaba al máximo el pubis de la
chica, hasta que sólo era casi un hilo partiendo la línea de sus nalgas. Tiró
hasta que la chica-abeja comenzó a retorcerse y quejarse de dolor, y siguió
tirando, y tanta era su excitación por ver aquella fantasía realizada que,
mientras estiraba las bragas más allá de lo posible, metió su propia mano entre
sus piernas y comenzó a masturbarse con furia, a frotarse en círculos. Y cuando
la carne púbica y la rajita del culo de la chica no podían aguantar más, la
torturadora se corrió furiosa entre espasmos. Las espectadoras aplaudieron. Bajó
de la mesa, resoplando, y se perdió entre el público. Las bragas no eran más que
una floja tira de tela que colgaba de sus muslos.
La chica-abeja parecía siempre a punto de llorar.
La siguiente fue la chica joven que había hablado antes, la
del traje plástico rosa. Se situó ante ella y dedicó un buen rato a mirarla a
los ojos con cariño. Las demás gritaban impacientes. Por fin se subió a la mesa,
se tumbó en ella, situándose bajo la chica-abeja. Con esmero le fue subiendo la
camiseta hasta las axilas. No llevaba sujetador, sus pechos quedaron a la vista
de todas, con esa curva única que sólo tiene un pecho colgante. La chica del
plástico rosa quería lamerlos hasta el fin. La obligó a bajar un poco, hasta que
llegaron a su boca. Aquellos pechos eran muy bonitos, voluminosos y suaves, pero
viéndo cómo ella los chupaba, parecían la cosa más delicada y deliciosa del
universo. Podía oirse cómo gemía mientras atrapaba el pezón en su boca y
succionaba como una lactante. No era violenta, era suave. Tenía todo el tiempo y
la ternura del mundo. Chupaba hasta que los pezones salían de su boca gruesos y
pegajosos. Primero uno y luego el otro, hasta dejarlos duros y brillantes. Los
lamía, más bien los rozaba con la punta de la lengua. Uno, otro, el uno, el
otro... Pequeños y duros. Y mientras, la chica-abeja no podía esconder su
expresión de placer.
Luego la chica de plástico se desesperó, quería perderse en
ellos y quería perderlos dentro de su boca, se abrazó fuerte, aplastó la suave
carne contra su cara, gimiendo de impotencia al no poder tragárselos enteros,
pero los mordió y los aspiró con fuerza. La chica abeja comenzó a quejarse, las
cuerdas no le permitían escapar.
La chica del plástico rosa se dio por satisfecha. Se retiró
de debajo de la chica atada, y se levantó como borracha, limpiándose la saliva
que le corría por la comisura del labio.
La siguiente mujer fue más directa. Resaltaba su mueca de
ansia. Se quitó la falda y las bragas y subió a la mesa. Se situó a horcajadas
sobre la chica, agarrándola fuerte de la cabellera. Examinó su cuerpo hasta
encontrar un lugar propicio. Se relamió con la idea. Brusca, obligó a la
chica-abeja a inclinar hacia alante la cabeza y apartó su pelo, sin soltarlo.
Puso su entrepierna sobre la nuca desnuda y pareció la mujer más satisfecha del
mundo. Le faltaba gruñir. Frotó su coño contra aquella nuca adolescente, que
Maravillas imaginó cubierta de vello suave e invisible de tan rubio. Se masturbó
con furia contra la nuca, sin dejar de utilizar rudamente aquel puñado de
cabellera como riendas.
Los vítores y exclamaciones de ánimo fueron esta vez más
potentes que las anteriores ocasiones. Acompañaron los movimientos de las
caderas arabescas, hasta que la mujer apretó los dientes entre espasmos y perdió
el control de su cintura.
El cuello de la chica-abeja quedó reluciente, con sus
preciosos cabellos castaños cayendo a un lado de la cabeza.
Perecía derrotada.
La siguiente parecía muy joven, quizá menos de veinte años.
Se masturbó bien profundamente con dos dedos mientras besaba a la chica-abeja de
la forma más húmeda y sexual, lamiendo toda su boca y alrededores, comiendo sus
labios, introduciendo su lengua en lo más hondo, obligando a la lengua a salir a
base de dientes, chupando, lamiendo, mordiendo...
Maravillas vio las delicadas manos retorciéndose, haciendo
crujir las cuerdas.
La chica llegó al orgasmo y dejó paso a la siguiente.
La siguiente resultó ser una pareja. Una chica de melena
corta parecía la dominante. Se excitó al extremo dando sonoras cachetadas al
redondo trasero de la chica atada, mientras su pareja le practicaba el sexo
oral, por debajo de la minifalda y por encima de las bragas, sin desvestirla.
Quién sabe cuántas veces en su vida soñó con ver cumplida una fantasía como
aquella.
Se corrió exclamando suciedades como "Eso es, cariño,
cómemelo todo...", "Mira qué rojo se le está poniendo... ¿quieres que le pegue
más fuerte?" y "¡Te voy a despellejar el culo a golpes, pequeña guarra!".
Al acabar, la pareja decidió retirarse de la habitación,
compartiendo una tierna mirada que sólo podía presagiar otra fiesta inmediata,
esta vez privada, sólo para amantes.
La cosa fue degenerando.
Una mujer la obligó a chuparle el clítoris. Aseguró haberse
corrido tres veces en sólo el tiempo que le tocó.
La siguiente se deleitó probando el anillo de su culo, como
si de un pequeño helado de chocolate se tratara, e intentó en vano penetrarlo
con la lengua.
Lo dejó bien húmedo para la siguiente, que decidió aprovechar
y hacerla probar el sexo anal, mientras ella misma se masturbaba. No pudo pasar
de los dos dedos, no parecía caber más en aquel estrecho conducto.
La siguiente frotó su coño contra sus nalgas.
La siguiente pareció limitarse a masturbarse delante de ella,
en una difícil postura. La sorpresa fue cuando, entre gruñidos de gusto, soltó
un potente chorro de orina contra la cara de la chica-abeja, que apretó los ojos
y la boca. Un chorro que no acababa nunca, en todas direcciones.
Todas aplaudieron y gritaron.
Fue entonces cuando Maravillas decidió irse del cuarto, sin
importarle lo descortés que pareciera a ojos de las amigas que la habían llevado
allí como premio. Ni siquiera las miró mientras cruzaba la puerta.
Bajó por las escaleras rojas, mientras oía unos últimos
gritos, lejos, en la habitación:
- ¡Méteselo todo, no lo dejes salir...!
Continuará...
14/11/02
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