Lluvia y frío, Febrero agonizaba y el invierno se
resistía a morir.
Durante un instante me detuve en el portal observando
cómo la gente apretaba el paso intentando huir de las finas gotas que se
clavaban como agujas en el rostro. Al fin me decidí a salir a la calle y caminé
hacia el café donde acostumbro desayunar.
Agradecí el cálido ambiente, la suave música y el
murmullo de los escasos clientes. Si algo me gusta de este lugar es la ausencia
del sempiterno televisor vomitando basura aunque nadie le haga caso, solo por
eso merece la pena tomar su más que mediocre café.
Respondí con un gesto al saludo de Julián, el dueño del
local, y me dirigí a la misma mesa que aun hoy suelo ocupar cerca del ventanal
en una esquina, protegiendo mi espalda contra la pared forrada de madera,
arropado por un perchero a mi derecha que me da una sensación de confort
inexplicable.
Miré a mi alrededor. Apenas tres mesas ocupadas y cinco
o seis personas compartiendo en silencio la vieja barra de madera desgastada,
memoria de tiempos mejores.
Julián me sacó de mi ensimismamiento con una rutinaria
alusión al mal tiempo mientras dejaba sobre la mesa el café y “El País”. Repasé
los titulares del día de un vistazo mientras abría el sobrecito de azúcar.
Me eternicé dando vueltas a la cucharilla mientras mi
mente viajaba en el tiempo. Formaba parte ya de mis hábitos, era inevitable para
mi caer día tras día en la minuciosa revisión de las escenas en las que Carmen y
yo dábamos un vuelco trascendental a nuestra vida. Había imágenes que me
asaltaban con una fuerza arrolladora sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Al
principio trataba de contenerlas, intentaba volver a mi trabajo y apartarlas de
mi cabeza, pero era imposible, cada vez me dominaban mas y acabé renunciando a
luchar contra ellas.
La imagen que mas me perturbaba, la que con mas fuerza
me golpeaba, la que me aturdía hasta dejarme paralizado era la misma que en
nuestra casa de la Sierra me había dejado sin pulso durante unos segundos:
Carlos sobre mi esposa, sus nalgas apretadas contra su pubis, las piernas de
Carmen rodeando sus riñones como si no le quisiera dejar escapar y sus manos
abarcando su espalda; sus respiraciones agitadas, acompasadas, solo rotas cuando
la cintura de Carlos cimbreaba y dejaba ver el grueso miembro brillando
fugazmente antes de enterrarse de nuevo en ella provocando un largo gemido de
ambos que volvía convertirse en jadeo.
Mis ojos se quedaban mirando como sus nalgas se tensaban
al apretarse contra su sexo, como sus testículos ascendían, como los largos
dedos de mi mujer seguían el contorno de los músculos de la espalda de su
amante, como sus muslos apretaban sus costados, como sus pies se elevaban
recorriendo inquietos su cuerpo. Y de nuevo los glúteos de Carlos se relajaban
anunciando un nuevo envite, y yo agudizaba mi atención para no perder detalle, y
veía como su dura verga comenzaba a brotar del interior de mi mujer arrastrando
sus delicados pliegues interiores hasta dejar su glande apoyado entre sus
gruesos labios, entonces se detenía un segundo, menos de un segundo haciéndola
desearle, esperando escuchar su aliento en su oído convertido en un jadeo
desesperado. Solo entonces se hundía en ella, unas veces lentamente saboreando
cada milímetro, otras en cambio con una brutal estocada que hacía gemir a Carmen
al tiempo que abría sus muslos y elevaba su piernas como si quisiera romperse
para poder recibirle mas adentro aun.
Otras veces les recordaba tumbados, agotados, con la
respiración todavía agitada, y cómo abrazada a él me pedía una tónica, con su
mirada de niña buena, mientras jugueteaba con el vello de su pecho y él enredaba
sus dedos distraídamente en su pubis.
Y yo, obediente, sumiso, marido consentidor, abandonaba
la habitación donde mi esposa yacía con su amante y corría a satisfacer el deseo
de la infiel.
¿Cómo podía recordar tantos detalles? ¿o es que acaso,
de tanto recordar, había idealizado aquellas escenas hasta el punto de
moldearlas a mis deseos y mis fantasías?
Y me masturbaba, si. Había vuelto a la masturbación con
un ímpetu de adolescente, con una frecuencia que rallaba en la obsesión y que
amenazaba con interferir en nuestras relaciones sexuales.
En aquellos días era el recuerdo del encuentro con Sara
el que permanecía fresco en mi cabeza y conservaba toda la fuerza erótica que
experimenté mientras jugaba con ella el juego de seducir a mi esposa.
¿Otra vuelta de tuerca?
De nuevo me aprestaba a movilizar todas mis armas para
doblegar la resistencia de Carmen, otra vez sentía ese fuerte y extraño placer
que me producía, - que me produce -, atisbar un objetivo imposible, utópico,
inalcanzable y preparar la estrategia con calma, sin prisas, horadando poco a
poco la muralla de impedimentos que separan en cada caso a mi esposa de la
imagen que, a esas alturas, ya me he formado de ella viviendo esa utópica e
imposible situación.
Esa mezcla de seducción y manipulación, ese lento y
perseverante juego de inseminación de ideas y argumentos es el mas poderoso
afrodisíaco que conozco, casi tan poderoso como el instante en el que al fin veo
germinar en ella mis deseos como si hubieran nacido de su propia decisión, ese
momento en el que veo a Carmen sucumbir a la constante infección de sus
convicciones a la que ha sido sometida por mi y decide y actúa. Ese instante en
el que rompe sus ataduras y desborda toda su pasión con otro hombre es…
Ella lo sabe, me conoce bien y sonríe cuando intuye lo
que comienzo a tramar; le bastan unas palabras, un gesto o simplemente una forma
de expresarme para que sepa por dónde quiero ir.
Aquella primera vez, camino de Sevilla calculó mal sus
fuerzas e infravaloró mis deseos; a partir de entonces el juego ha sido
desigual; sé de antemano que si no me precipito llevo siempre las de ganar. No
tengo prisa, la partida en si misma es tan sensual y excitante como la
culminación.
Y en el caso de Sara sabía que debía extremar la
prudencia, cualquier paso en falso daría al traste con mi intenso deseo de
verlas hacer el amor.
…
Carmen se detuvo frente al inesperado cierre metálico
que le impedía el paso. Durante unos segundos dudó entre las posibles
alternativas al pequeño bar en el que solía tomar el primer café del día antes
de comenzar la jornada y que hoy permanecía cerrado. Empezó a caminar sin rumbo
fijo; disponía de tiempo, la carretera se había comportado de manera inusual y
contaba con veinte minutos extra. No tenía prisa, no sentía frío.
Callejeó dejándose llevar por la curiosidad que le
producían algunas esquinas y bocacalles a las que jamás antes había dedicado
atención ni tiempo, callejuelas alejadas del denso tráfico y que aun mantenían
algo del silencio nocturno; calles antiguas, ajenas todavía al ojo codicioso del
urbanismo depredador al que se ha visto sometido Madrid.
Descubrió un pequeño bar con aspecto de pub, no era el
típico local que suele estar abierto a esas horas y por un momento especuló con
que no hubiera cerrado desde la noche anterior. Se asomó a la puerta. Unas
cortas escaleras descendían a un semisótano. El cálido ambiente, la luz
amarillenta que irradiaba desde los cristales color ámbar y la camarera que la
sonrió sin dejar de secar unas copas le animaron a entrar.
No había ruido y eso le agradó, tan solo dos personas en
la barra y una mesa ocupada por un absorto lector de prensa. Carmen eligió un
rincón apartado del televisor que desgranaba la información del tráfico. Seguía
inspeccionando el local cuando la camarera se acercó. Un café con leche
templada que no tardó en aparecer sobre la mesa acompañó su inspección visual
del pub al que supuso mucha mas vida los fines de semana.
Detectó la insistente mirada de uno de los clientes de
la barra e instintivamente le ignoró. Sacó su agenda del bolso y repasó los
compromisos el día. Desde que se hiciera cargo del departamento apenas hacía
terapia; reconoció con cierto malestar que había aparcado su verdadera vocación
y aunque se intentaba convencer de que aquello era solo temporal dudaba mucho
que a corto plazo pudiera volver a sumergirse en la actividad clínica.
De nuevo la molesta sensación de saberse observada le
hizo levantar fugazmente la vista en dos ocasiones. El hombre, un típico
oficinista de unos treinta y tantos, insistía en mirarla con ese descaro propio
del machito con sobredosis de ego. Carmen volvió a centrarse en sus planes del
día sin conseguir librarse del todo de esa tensión.
Apenas llevaba dos meses en el cargo y ya le parecía
como si su actividad anterior fuera algo muy lejano. Aquellos dos intensos meses
le habían permitido curarse de sus heridas gracias al trabajo. La relación con
Carlos, impensable un año atrás, era uno de los motivos para sentir muy lejana
su vida pasada. Tenia un amante, no era un desliz ni un rollito aislado no,
Carlos era su amante, hablaban a diario, se excitaban recordando y haciendo
planes, se decían "cariño", "cielo"… incluso ya no se sentía violenta cuando él
la llamaba "amor" aunque jamás le había respondido en los mismos términos.
Incluso la palabra “amante” había perdido cualquier
connotación peyorativa. Recordó como la primera vez que se dijo a sí misma “soy
la amante de Carlos” no pudo reprimir una mezcla de vergüenza, culpa y suciedad.
Ahora sin embargo, ser la amante de Carlos, tener un amante, acostarse con otro
hombre… eran conceptos que despertaban un agradable cosquilleo en su piel que
recorría su cuerpo hasta centrarse en sus pezones y en su sexo.
Como ahora. Recordar a Carlos levantó una oleada de
imágenes entremezcladas, breves e intensas, que erizó el vello de su cuello y,
como una llamarada, sus brazos y su espalda respondieron al reclamo; en un
instante toda su piel se había hipersensibilizado y reconoció esa presión que
sus pezones al despertarse hacían por liberarse de su cárcel. Y su sexo le mandó
señales inequívocas, calor, hinchazón, pronto algo de tibia humedad… si no
dejaba de pensar en su amante pronto sentiría una leve, casi imperceptible
contracción totalmente inapropiada para el lugar y el momento.
¿Era amor? Algo parecido. No era lo mismo que sentía por
mi, eso lo tenía claro, pero no era solo sexo, sentía algo por Carlos, algo mas
que cariño, algo mas intenso, mas profundo, no era amor pero le preocupaba.
Además, no era la primera vez que se encontraba pensando
en él mientras hacía el amor conmigo, intentaba evitarlo y sabía que esa
preocupación era contraproducente porque cuanto mas se preocupase mas le
sucedería y para colmo me tenía a mi, que aprovechaba cualquier ocasión para
introducir a Carlos en nuestros juegos eróticos; así era difícil sustraerse al
recuerdo de su amante.
Levantó la mirada azuzada por la misma sensación de
alerta y de nuevo sus ojos se cruzaron con los del hombre que, desde la barra,
no hacia sino observarla. "Si yo fuera un tío no se atrevería a mirarme
fijamente", pensó al tiempo que se hacía añicos el hechizo. Una mirada así entre
dos desconocidos solo se mantiene si buscas el enfrentamiento, es una clásica
conducta de provocación en cualquier cultura, un reto por el que dos machos se
miden antes de la pelea. Si alguno de los dos baja la mirada se rinde sin que se
tenga que llegar a la violencia, pero si ambos la mantienen, el "agredido" está
obligado a responder.
Conducta de demarcación de territorio, diría un etólogo,
conducta asimilada y reconvertida para sostener el instinto de poder; conducta
por la que se rigen sin saberlo, las relaciones de todos los varones y que
durante siglos se ha utilizado para marcar a las mujeres como parte del
territorio propio o como zona de caza.
Es indignante, – pensó Carmen -, que aun hoy en día
tengamos que seguir aguantando esas miradas a las que sin embargo cualquier
chico desde la infancia saber hacer frente sin dudar un segundo.
Sin embargo a nosotras nos enseñan a retirar la mirada,
a volvernos absurdamente tontas, como si no nos diésemos cuenta de que nos miran
a los pechos, a los ojos, a las caderas. Vamos por la calle evitando miradas,
con la vista baja, desviándola a los lados o con los ojos fijos en un
inexistente punto al infinito mas allá del impertinente que no deja de atravesar
nuestra ropa con sus ojos. Nos enseñan a no responder como se merecen. Aun
tendrán que pasar unos cuantos años para que acaben por desaparecer del todo los
restos de la rancia educación franquista que vivieron nuestras abuelas y que se
fue diluyendo en nuestras madres pero que aun deja ese leve poso que nos hace a
muchas retirar la mirada cuando en realidad lo que desearíamos es mirar
fijamente al imbécil que nos atosiga hasta hacerle bajar los ojos.
Se creen fuertes simplemente porque nos han educado en
la retirada como modelo de virtud y buenas formas, como método de no aparentar
ser unas frescas. Aun tiene peso en esta sociedad aquella absurda frase por la
que no solo se debe ser decente sino parecerlo.
Y a ellos, incluso al mas inútil, desgarbado e infeliz,
les han envanecido y convencido de que por el mero hecho de tener un colgajo
entre las piernas son seres deseables para cualquier mujer.
¿Por qué nos retiramos? – concluyó -, ¿por qué las
mujeres rehúyen esas miradas, hacen como si no se dieran cuenta y evitan la
confrontación que entre hombres implica un duelo de fuerza pero que en una mujer
es considerado como descaro… y predisposición?
¡Qué absurda es la cultura machista que aun hoy se
resiste a morir! Una mujer que aguanta la mirada de un desconocido es poco mas
que una fresca a los ojos de la sociedad. ¡Qué injusto! ¿Por qué hay que tolerar
esas miradas insolentes, impertinentes?
Carmen se concentró en organizar su agenda sin éxito.
Las ideas le venían a oleadas, una mezcla de queja feminista y análisis
antropológico le impedía olvidar que ahí estaba aquel hombre, mirándola como si
tuviese derecho simplemente por ser hombre y ella mujer.
Le miró con un mohín de fastidio y volvió a su agenda.
Por unos minutos le olvidó pero en cuanto levantó la vista le encontró de nuevo
frente a ella, con una media sonrisa en la boca. Estaba realmente enfada y le
mantuvo la mirada ¿pero qué se había creído?
Sucedió lo previsible, lo que siglos de acoso disfrazado
de galantería han grabado a fuego en los cerebros masculinos. El hombre se creyó
aceptado e hizo ademán de abandonar la barra en dirección a la mesa.
La reacción de Carmen no se demoró ni un segundo. Su
mano derecha abandonó el rotulador y se elevó frente a él en un firme gesto que
le ordenaba detenerse. El sorprendido cazador titubeó y ella reforzó su gesto
negando con la cabeza. Azorado esbozó una torpe sonrisa y volvió a la barra del
bar. No la volvió a mirar durante el breve tiempo que tardó en pagar y salir del
bar.
- "¡Bravo! – una voz grave, con un marcado acento
italiano sonó a su derecha. Carmen dirigió la mirada hacia el origen de la
exclamación y se encontró con un hombre de rostro agradable que sonreía
llanamente y que respondió a su mirada parodiando un lento aplauso.
- "¡Fantástica!, estuviste fantástica"
Se sintió halagada por aquel inesperado testigo de su
audacia, -aun no asumida del todo-, y sonrió levemente antes de volver a
centrarse en su agenda. “¡Dios, se parece al Conde Lecquio!” pensó divertida.
Esa forma de remarcar las esdrújulas tan típicamente italiana, ese ‘Brrravo” con
la erre y la uve tan sonoras… Sonrió de nuevo mientras miraba la agenda.
Para ella su comportamiento ante el mirón pesado había
sido toda una novedad, una conducta espontánea. En circunstancias semejantes
siempre se limitó a seguir la pauta habitual: ignorar las miradas y esperar
hasta que se cansase. Pero en aquella ocasión, (aun no entendía por qué ni
cómo), había afrontado la insistencia del hombre cara a cara, sin evitarle, sin
fingir que no se daba cuenta. Por primera vez había abandonado la conducta de
retirada clásica y miró a quien la miraba de igual a igual. Quizás su monólogo
interior había encendido tanto su profundas convicciones feministas que no dudó
ni un instante.
Intentó recuperar la atención a su agenda, pero no pudo.
Aun se sentía emocionada por lo que había conseguido.
- "Nunca había visto algo así, ha sido increíble"
– su fuerte acento italiano componía una especie de melodía con sus frases.
Carmen volvió a mirarle y esbozó una sonrisa de cumplido. Si insistía en hablar
con ella no tendría mas remedio que actuar de una forma u otra, lo que no se
podía permitir era regresar a la conducta del silencio y la pasividad, esa que
acababa de violar y por lo cual se sentía tan orgullosa.
- "En serio, has manejado la situación de una
forma excepcional, el pobre hombre no sabía donde esconderse" – terminó la frase
riendo.
Comenzó a sentirse inquieta, no le apetecía en modo
alguno iniciar una conversación con aquel desconocido pero tampoco podía
continuar en silencio o toda la admiración que aquel italiano decía sentir por
ella se esfumaría y al mismo tiempo su propia sensación de orgullo se haría
pedazos.
- "¿Tu crees? No ha sido para tanto" – acertó a
decir asumiendo el tuteo que él había iniciado, no podía hacer otra cosa.
Deseaba que con eso fuera suficiente, que terminase la incipiente conversación y
pudiese volver a su agenda, terminar el café y marchar tranquilamente al
gabinete, aunque sabía que no iba a resultar así de sencillo.
- "Era un pesado, un moscón, desde que entraste me
fijé que no dejó mirarte, a pesar de que era evidente que te estaba molestando,
le diste su merecido, ¡si señor! No se puede incordiar así ¿qué pensaría que iba
a conseguir?"
- "Seguro que él no lo ve de ese modo, quizás está
convencido de ser irresistible" –bromeó para relajarse, no se sentía cómoda pero
no quería que se le notase.
- "Por supuesto, esa clase de tipos tienen el ego
inflado"
Se sorprendió del vocabulario tan amplio que tenía para
ser extranjero, seguramente llevaba bastante tiempo en España aunque el acento
parecía desmentir esta hipótesis.
La conversación fluía con facilidad, poco a poco había
pasado de responder unas frase cortas a aceptar el dialogo de una manera mucho
mas distendida. De pronto, el italiano hizo un gesto señalando la mesa de
Carmen.
- "¿Me permites? Así sería mas cómodo charlar"
Le pedía permiso para sentarse a su mesa y ese
acercamiento imprevisto de nuevo la puso en tensión, no supo como reaccionar, no
estaba preparada para aquello, por un momento se sintió estúpida, tan solo era
una charla informal, nada mas, un café compartido y había perdido su aplomo y su
seguridad.
- "Lo siento, no quise caer en la misma tontería
que el moscón"
Carmen reaccionó de nuevo contra las normas absurdas que
cercenaban su libertad para compartir una charla con quien quisiera y se escuchó
a si misma decir.
- "No, en absoluto" – e hizo un gesto invitándole
a sentarse a su mesa
…..
Me acerqué a la barra a pagar el desayuno y salí a la
calle, pensé que el frío en el rostro me ayudaría a despejarme de la fantasía
que, como un sueño, me había construido entre sorbo y sorbo de café. En ese
escenario Carmen había cedido a sus mas escondidos deseos, yo habría utilizado
con inteligencia sus confidencias sobre sus amagos juveniles con su amiga de
instituto hasta llevarla a reconocer que deseaba mas, que Sara le atraía.
En ese tiempo imaginario Carmen volvía a ver a Sara una,
dos, tres veces… y me contaba y yo le proponía, sin prisas, con calma y
jugábamos a imaginar y ella negaba cada vez mas débilmente y volvía a verla y yo
hablaba con Sara y ella sabia que yo…
Pero las heladas gotas que herían mi rostro no lograron
apagar el incendio que corría por mis venas. Mi determinación estaba firmemente
decidida: iba a trabajar para ver a Carmen teniendo sexo con Sara.
La estrategia estaba clara y los impedimentos también,
quizás uno de los mas fuertes lo había planteado Sara y provocó el aplauso de mi
esposa. Me acusó de ver los toros desde la barrera.
“Nadie como un hombre va a satisfacer algunos de tus
deseos mas profundos” había dicho; y yo no lograba encontrar en mí esos deseos
que Sara parecía descubrir, aunque tenía la certeza de que no se equivocaba.
Recuerdo que me defendí como pude cuando Sara atacó de
frente.
- “si las circunstancias fueran las adecuadas…
¿estarías dispuesto a probar lo que tu teoría defiende?”
Carmen no me había dado opción a contestar.
- “Dudo mucho, muchísimo, que mi marido tenga
intención alguna vez de pasar de la teoría a la realidad, al menos en lo que a
él se refiere”
Aquella frase de mi mujer me había perseguido desde
entonces, con ella me dejaba claro que toda su confianza en mi tenía una laguna,
un punto oscuro. Carmen creía en mi a ciegas en todo excepto en una cosa. No me
creía sincero en la apasionada exposición que solía hacer de mi teoría sobre el
destino bisexual de la humanidad, una vez superada la etapa en la que la
procreación era el elemento indispensable para la supervivencia del grupo y en
la que la sexualidad por tanto estaba llamada a cubrir otras funciones
socializantes además de la procreación.
Comprendí que aquel era el mayor escollo que debería
salvar antes de conseguir ver a Carmen en brazos de Sara.
Miré a mi alrededor. Hacia mi avanzaba un hombre algo
mas joven que yo. Intenté mirarle como miraría a una mujer y no lo conseguí,
algo me lo impedía. Tenía que saber qué era lo que me frenaba , cuales eran los
prejuicios que se ponían en marcha cuando miraba a un hombre.
Recordé aquella tarde en el gimnasio cuando intenté esto
mismo. Allí había sido diferente, desnudos era quizás mas sencillo. Pero la
prueba era idéntica, miré a una chica joven que pasó por mi lado, esbelta,
guapa, con buena figura, sus ojos se posaron en los míos un segundo antes de
desviarlos y pasar por mi lado. Se había dado cuenta de mi mirada y yo advertí
el suave placer que sentí al verla.
Ya cerca del portal del gabinete me crucé con un joven
con aspecto atlético. Le miré pero evitando ser insistente, me fijé en su cuerpo
marcado en el jersey de cuello alto que llevaba, en su estómago plano, en sus
anchos hombros. Me sentí incómodo y me resistí a esa sensación. Busqué mas allá
de la incomodidad, ¿me gustaba lo que había visto?
Si, claro que si, lo reconocí aunque la incomodidad
renació para censurarme. Si, me había gustado y recordé los cuerpos desnudos en
los vestuarios del gimnasio y la sensación que tuve allí.
Y de nuevo una fuerte vergüenza invalidó mis argumentos
defensivos que me intentaban tranquilizar convenciéndome de que se trataba solo
de un experimento.
Pero yo sabía que no era suficiente, tenía que ser algo
mas que un experimento, no bastaba con demostrar que podía ser capaz de sentir
placer a la vista de un hombre, no era cuestión de forzarme a sentir deseo ya
que no era eso lo que yo esperaba de Carmen.
Porque… ¿qué es lo que yo esperaba de Carmen? ¿Y qué es
lo que no me hubiera bastado de ella?
Si la hubiera visto obligada, forzada o violenta con
Carlos jamás hubiéramos llegado al punto en el que estábamos. Yo quería
naturalidad, sinceridad, yo quería que ella fuera abierta, libre, espontánea, no
pretendía que interpretara un papel ni tampoco que se dejara llevar de un
momento de excitación que lamentaría mas tarde, no. Yo deseaba transformarla y
lo estaba consiguiendo. Carmen era la amante de Carlos sin complejos, sin dudas,
sin remordimientos. Y yo era feliz.
Y eso mismo era lo que me debía exigir a mi. Un cambio
radical en mi sexualidad, una asimilación de mi teoría en la práctica y no una
simple puesta en escena.
¿Sería capaz? Mi motivación para conseguirlo era Carmen
o, mejor dicho, la evolución de Carmen
…..
Por segunda vez miró el reloj que colgaba de la pared
sobre la barra del bar y de nuevo se concedió unos minutos mas. La conversación
que nació impuesta por mantener su recién estrenada imagen de mujer fuerte y
decidida se había ido transformando en una charla agradable en la que un hombre
atractivo que había aplaudido su firmeza al espantar al mirón no se amilanaba
sin embargo ante ella y lograba una adecuada combinación de miradas directas y
breves que en ningún momento intentaba ocultar y a las que envolvía en una
absoluta naturalidad. La primera vez que le sorprendió mirándola a los pechos
esperó una rectificación inmediata, sin embargo Domenico se limitó a sonreír y
continuó con la conversación. “¡Pero qué frescos son los italianos!” – pensó
Carmen al tiempo que no podía evitar sentirse halagada.
Cuando hablaba se sentía aun mas observada, sin embargo
la sensación era tan diferente a la que había tenido con el mirón… Casi podía
notar la trayectoria de aquellos ojos verdes sobre su rostro y mientras hablaba
espiaba el movimiento de sus pupilas e intentaba adivinar que parte de su cara
enfocaban, ahora los ojos, ahora la sien, quizás la barbilla… o quizás la boca…
Oh! de nuevo el escote!
Y se dejaba mirar, halagada, disfrutando como si fuera
una caricia y no le importó que él supiera que ella había entrado en el juego,
en un sutil juego de seducción en el que la Carmen que fue y ya no era, jamás
habría entrado con un desconocido.
Por fin el sentido de la responsabilidad se impuso al
juego y Carmen aprovechó una pausa en la charla para mirar el reloj de pulsera.
- “Bueno Domenico, ha sido muy agradable pero me
temo que ya es hora de comenzar el día” – dijo levantándose de la silla. El se
levantó inmediatamente y le ayudó a ponerse el chaquetón antes de pagar los dos
desayunos sin que las protestas de Carmen sirvieran para nada.
- “¿Te veré mañana por aquí?” – preguntó mientras
le franqueaba la puerta.
Ambos salieron en silencio, Carmen aprovechó ese momento
para pensar. No tenía ningún sentido, aquel no era el bar que ella frecuentaba,
incluso quedaba demasiado apartado para desayunar con rapidez por las mañanas,
sin embargo no podía negar que le apetecía volver a verle, volver a sentir esa
tensión seductora, ese deseo disparado hacia ella con elegancia y estilo.
Pero no era lo apropiado, ¿quedar otro día? ¿y luego
qué? Evaluó todos los inconvenientes, la distancia a su oficina, la posibilidad
de ser vistos por alguno de los compañeros que vivían por la zona… mil y una
pegas que le aconsejaban acabar allí mismo con aquello.
- “No creo, no es mi ruta habitual, hoy he pasado
por aquí de casualidad…”
- “Dime entonces donde quieres que quedemos a
tomarnos otro café y continuemos conociéndonos un poco mas”
Carmen había comenzado a negar con la cabeza aun antes
de que Domenico terminase de hablar.
- “No, de verdad, me ha gustado mucho conocerte
pero aquí nos debemos despedir” – dijo con una de sus mas hermosas de sus
sonrisas. Pero Domenico no estaba dispuesto a renunciar.
- “¿Te resulta incomoda esta situación, charlar con
un recién estrenado amigo tomando un café?”
Se dio cuenta que estaba echando a perder la imagen que
había conseguido al resolver la situación del mirón, también notó que por
primera vez desde que habían comenzado a charlar estaba tensa.
- “No es eso Domenico, es que… verás, no dispongo
de mucho tiempo y…”
- “No insisto Carmen, en absoluto pretendo
presionarte, pero si alguna vez te apetece tomarte un café conmigo, ya sabes
donde me encontrarás”
- “¿Vienes a menudo?”
- “Como tu, pasé por casualidad, pero volveré cada
día hasta que aparezcas” – dijo sonriéndole, Carmen volvió a admirar la blanca y
perfecta dentadura y el modo en que sus ojos parecían sonreír en sincronía con
su boca. Se sintió halagada una vez mas, como tantas veces durante aquella
mañana.
- “¿Tan seguro estás de ti?” - pretendió bromear
para relajar la tensión que sentía, sin embargo le pareció que había sonado
demasiado sugerente.
- “En absoluto, de quien estoy seguro es de ti” –
Por un instante se quedó fuera de juego y se limitó a sonreír, ¿qué quería
decir? por fin tras una pausa que se le hizo eterna, logró improvisar una
respuesta.
- "¿Crees que he quedado tan impresionada que no
podré resistirme a volver a verte?" – se movía en un terreno desconocido y tras
cada frase dudaba de la conveniencia de la misma.
- "Yo no he dicho eso, has sido tu" - ambos rieron
con ganas.
- “¿Y si no aparezco?”
- “Aparecerás, estoy convencido” – no acaba de
entenderle, no parecía vanidoso ni arrogante, sin embargo aquel órdago… se
sintió intrigada primero y retada a continuación.
- “Qué poco me conoces” – su tono volvía a mostrar
seguridad.
- “Por eso mismo necesitamos volver a compartir una
café… y lo que haga falta”
- “Y lo que haga falta, ya” – dijo sonriendo. De
nuevo había recuperado el control – “en serio, ha sido un placer” – dijo
ofreciéndole la mano, Domenico tomó su mano, se acercó y se dieron dos besos.
- “Para mi también ha sido un placer conocerte
Carmen, una brava española llena de fuerza y carácter” – Carmen sonrió,
lamentaba despedirse de él pero sabia que era lo mejor.
- “Entonces… adiós”
- “Hasta pronto”
Carmen se alejó sonriendo y moviendo la cabeza, “¡que
testarudo!”, pensó. No se quiso volver aunque sabía que él continuaba mirándola
pero no le quiso dar el gusto de verla volverse, se perdió dos bocacalles mas
abajo rumbo al gabinete.
Se sentía eufórica, como si acabase de superar una gran
prueba. Y así era en realidad, por primera vez en su vida había entablado
conversación con un desconocido, una charla de casi media hora, "como en las
películas" pensó; y una sonrisa apareció en su cara reflejando cierta auto
indulgencia por ese conato de ingenuidad.
Se sentía diferente, mas fuerte, mas independiente, mas
segura de si misma.
Y no pudo evitar reconocer que lamentaba que el tiempo
hubiera pasado tan rápido, ahora era consciente de lo mucho que había disfrutado
de aquel juego de seducción y se sintió… ¿disgustada? por ser tan sensata y
haber tenido que dar por terminada esa relación.
Aunque siempre quedaba la posibilidad de regresar al
café, le respondió una parte rebelde de sí misma, e inmediatamente censuró esa
alocada idea al tiempo que traspasaba el portal del gabinete.
Se sentó en su sillón, encendió el ordenador y mientras
esperaba que arrancase lo notó. Estaba excitada, sentía sus pechos sensibles
bajo su sujetador y el calor húmedo de su braga… Cerró los ojos moviendo de un
lado a otro la cabeza. “¡qué locura!” pensó. Cogió el móvil y marcó.
- “Hola, te echaba de menos”
- ….
- “mmm… ¿ahora mismo? En la cama es donde te
necesitaría”
- …..
- “así estoy, ya ves”
- ….
- “¡si, como una perra!”
- …
- “Para cuando llegues desde Córdoba, ya se me ha
pasado”
.....
Lo había visto cien veces al cruzar la plaza. Cada vez
que regresaba al despacho caminando desde la calle Princesa solía atajar por
Amaniel y luego callejeaba hasta llegar a San Bernardo donde solía coger un
taxi; me gusta perder esos diez o quince minutos caminando sin prisas por
callejuelas del Madrid antiguo, es como un pequeño oasis que me permito
ocasionalmente y que me relaja enormemente.
El local podría pasar desapercibido si no fuera por un
discreto rótulo que lo identifica como sauna. Una fachada en madera pintada de
verde sin ningún reclamo que pudiera molestar al vecindario. Frente al local,
en el centro de la pequeña plaza, unos columpios, varios bancos y un quiosco
conforman el escenario de un ambiente normal de barrio antiguo.
Durante toda la semana no había dejado de pensar en el
reto que se me planteaba y fui vapuleado por todos los demonios que creía ajenos
a mi. En mas de una ocasión me descubrí avergonzándome por plantearme siquiera
una remota posibilidad de tener sexo con otro hombre. A veces experimentaba
imaginándome escenas muy concretas, escenas que de entrada me producían rechazo.
Y convertía ese rechazo en objeto de estudio, ¿Era una repugnancia aprendida,
social o se trataba de una respuesta física que me alejaba del macho y me
acercaba a la hembra?
Me imaginé besando en la boca a un hombre, algo que me
producía una desagradable sensación, mitad asco, mitad vergüenza. Sabía que si
repetía la imagen las suficientes veces lograría rebajar la intensidad del
rechazo y eso me ayudaría a diseccionar mis sensaciones y analizar su raíz.
Una tras otra, fui trabajando diferentes escenas: la
visión de un hombre desnudo, el tacto de un pene en mi mano, caricias, abrazos…
escenas que fui desensibilizando para intentar descubrir el origen del impulso
que me hacia rechazar el sexo con un hombre.
Probé conmigo mismo, utilicé mi cuerpo intentando
sentirlo como si no fuera mío. Recorrí mis nalgas en la ducha imaginando que no
eran mis nalgas, palpé su forma, su tacto, su dureza, la sensación de su fino
vello en las yemas de mis dedos pensando en que acariciaba el culo de otro
hombre.
Comencé a dejar atrás las burlas que mi vergüenza me
lanzaba para protegerme.
Y probé a sentir mi pene como si no fuera mío.
Y sentí cosas que jamás me había detenido a sentir.
Su forma, sus venas, el canal que lo recorre por debajo,
el engrosamiento del tallo cuando nace el glande sentido bajo la piel que lo
recubre. El placer de acariciar con la yema del dedo índice la pequeña abertura,
muy suavemente, haciendo que ese leve cosquilleo se transforme en placer y, a
medida que la sensación cambia, el pequeño glande dormido comienza a crecer y
poco a poco va brotando de su caparazón que se estira dejando ver ese hermoso
cuerpo que comienza a brillar cambiando de color y del que brotan gotas
transparentes que mi dedo se apresura a extender por toda la sensible superficie
que, agradecida, tiembla cada vez que la recorro.
Son sensaciones que intento imaginar en otro hombre,
¿qué sentiré mientras acaricio su pene? ¿cerrará los ojos dominado por el placer
mientras extiendo esas gotas por su glande?¿derramará su semen en mi mano?¿seré
capaz de hacerlo?
Así un día tras otro.
Hasta que me masturbé pensando en ello, imaginándome con
otro hombre.
Pasé por la plaza como tantas otras veces, un anciano
tomando el sol, un yonki dormitando casi tumbado… Crucé la plaza y volví sobre
mis pasos, esta vez directo hacia la sauna, sin mirar a los lados, como si fuera
un delincuente. Abrí la puerta y entré.