NOTA: Aunque pertenecientes a una misma saga, los relatos de Suspiros de
Azúcar pueden leerse de forma independiente, ya que cada uno aborda una temática
distinta.
...
Carmine rezaba en silencio, apoyada en uno de los modestos reclinatorios de
la pequeña capilla de la Escuela para Jóvenes Damas de Santa Corona. No estaba
sola, Sabrina Divella oraba a su lado.
Ambas muchachas eran extremadamente pías. Amaban a Dios sobre todas las
cosas, como ordenaban los mandamientos. Eran obedientes y serviciales, amen de
buenas estudiantes, incapaces de cometer falta alguna.
Sabrina era, además, una joven muy estricta y severa, tanto con ella misma
como con los demás. Lucía una larga y ondulada melena azabache, que contrastaba
a la perfección con su blanquísima piel. Sus ojos eran grandes y marrones. Era
sencilla, pero bonita. Un poco menuda, quizás, aunque no de forma exagerada.
Carmine la miraba de reojo, entre plegaria y plegaria. Parecía anonadada con
las anchas caderas de la muchacha... Cerró los ojos y rezó con más intensidad.
― Ave Maria, gratia plena ―susurraba con fervor―, Dominus tecum ―Debía expiar
sus pecados―; benedicta tu in mulieribus ―Debía alejarse de la tentación―, et
benedictus fructus ventris tui Iesus...
― Por favor, ¿podrías orar en silencio? ―dijo de pronto su beata compañera,
con voz autoritaria―. Es que no puedo concentrarme en mis propios salmos.
― Sí ―respondió ella al instante, abochornada― Lo siento.
Carmine hizo una reverencia y se alejó de allí, no sin antes santiguarse.
¿Cómo había llegado a aquella situación?
Ideas lujuriosas parecían dominar sus pensamientos a todas horas. El deseo
que sentía era tan fuerte que había minado por completo su capacidad de
concentración. Mirase donde mirase, veía sexo. Cualquier forma redondeada le
recordaba a las nalgas de Mariana, o a sus inmensos senos. Cualquier rajita en
la tierra, cualquier grieta en la pared, le traía a la memoria el cálido agujero
de su amante.
Tenía continuos deseos de acariciarse.
Estaba obsesionada. Enferma.
Al principio, rezaba por su alma pecaminosa una y otra vez. Repetía las
oraciones en busca de paz. Ahora, no podía permanecer ni una hora en la capilla
sin comenzar a imaginar al resto de sus compañeras desnudas.
Tenía que parar aquello, o ardería en el infierno, sin remedio.
Corrió a la habitación que compartía con Marianna, en busca de un merecido
castigo. Sabía que tarde o temprano debería confesar aquellos pecados a un
miembro del clero, pero sentía tanta vergüenza que, de momento, se conformaba
con revelárselos a su compañera.
Su amiga se encontraba inmersa en sus labores de costura. Sentada en el
lecho, los lisos cabellos castaños le caían sobre sus ojos grises, mientras
cosía concentrada. Cuando se percató de la presencia de Carmine, dejó a un lado
el bastidor de bordado, las agujas y los hilos y se dirigió, contenta, hacia su
amada.
― Qué pronto has regresado ―La besó con ternura en los labios―. ¿Qué tal tus
oraciones? ¿Ya te sientes mejor? ―Odiaba que su compañera viese la relación que
mantenían como un pecado. Ella estaba segura de que habiendo amor, Dios tenía
que aprobarlo. Que era la sociedad, y no su Señor, quien las mal juzgaba. Porque
Cristo veía en los corazones. Y en sus corazones solo había amor.
Se sintió muy cursi por pensar aquellas cosas. Pero ella era así. Por muy
depravadas que parecieran sus acciones, su corazón era como el de una niña
ilusionada. Tenía la cabeza llena de príncipes y princesas. De amores
imposibles, como el que ahora vivía.
Algo iba mal. Carmine estaba muy callada.
― ¿Ocurre algo?
― Estoy empeorando ―respondió, recostándose sobre su propia cama―. Mi lujuria
está descontrolada. ¡No he podido completar mis salmos! ―Sus ojos verde-miel
dejaron que las lágrimas corrieran libres por sus blancas mejillas―. No sé...
Sniff. No sé que voy a hacer ahora. ¿Qué va a ser de mi?
― Carmine, cálmate. Por favor ―Mariana se sentó a su lado―. Dime qué es lo
que te a turbado así, y encontraremos una solución.
― No hay solución. Estoy condenada ―murmuró con voz distante, sintiendo ya
sobre su piel las abrasadoras llamas del infierno.
Entre sollozos, Carmine consiguió contarle a su amante los temores que la
acechaban. Le gritó por ser la culpable del inicio de su decadencia. Y luego le
suplicó perdón, por que ella era la única en el mundo capaz de apaciguar sus
ansias. Carmine estaba muy confusa. Lloraba y golpeaba el colchón con sus puños
llena de ira, desesperada.
Mariana sintió por un instante que en verdad sus acciones estaban siendo
castigada por una entidad superior. No era la primera vez que una de sus amigas
se derrumbaba, por tener en su interior deseos considerados contra natura.
No. Ella no podía desfallecer. Haría que Carmine se sintiera mejor. Y el
mejor método que conocía era la mortificación. No entendía el porqué, pero verse
castigada por sus acciones, aliviaba el sufrimiento de su amada. Conocía el
hecho de que, en algunas órdenes religiosas, sus miembros practicaban la
autoflagelación como medio de expiación.
A falta de cilicio; las dos muchachas habían ingeniado uno casero, hecho con
una gruesa tira de esparto, en la que habían incrustado algunos espinos.
Marianna había insistido, hasta salirse con la suya, en recortar las puntas de
los espinos, para que estos no penetrasen demasiado en la delicada piel de su
querida Carmine.
La beata joven se desnudó por completo y procedió a arrodillarse frente al
Cristo que colgaba en la pared de su dormitorio. Había rociado sal gorda sobre
el suelo, para que su padecimiento fuera mayor.
Se santiguó ante la cruz y levantó sus brazos, para que Marianna pudiera atar
el rudimentario cilicio al rededor de su esbelta cintura.
― Más fuerte ―pidió, al ver que su compañera dejaba demasiada separación
entre la piel y el esparto. Sabía que Marianna no quería herirla y que estaba en
contra de aquellas prácticas que no entendía. Pero ella necesitaba sentirse
castigada. Sentir que estaba pagando por sus impúdicos deseos―. Ah ―gimió cuando
Marianna apretó las tiras que sobresalían en los extremos de la terrible faja―.
Un poco más ―rogó, aguantándose las ganas de gritar. Las duras fibras silvestres
se le clavaban en la piel de forma dolorosa. El más mínimo movimiento de caderas
provocaba que la fricción le resultara casi insoportable. Pero aguantó como una
jabata―. “Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su
cuerpo, que es la Iglesia” ―Las palabras de san Pablo le dieron fuerzas―. Ahora
el yute.
Marianna sacó de un cajón de la mesilla de su compañera un largo pedazo de
arpillera, extraída, con toda seguridad, de algún saco viejo. La enrolló con
fuerza al rededor de los modestos, pero hermosísimos, senos de su amiga. Aquello
no le dolería. El objetivo de aquel rudo tejido era más molestar que dañar.
Sabían que Juan el Bautista llevaba una vestimenta urdida con pelo de camello y
que en el Nuevo Testamento se recogía a menudo el uso de aquella tosca tela como
símbolo de luto y penitencia. La aspillera le provocaría a Carmine un fuerte
escozor. Pero ella así lo quería.
Mariana se dispuso a atar los brazos de la muchacha, unidos por encima del
oprimido pecho, como si rezase, con sus dedos entrelazados. La cuerda de cáñamo
le dejaría algunas marcas, pero confiaba en que las largas mangas del uniforme
las ocultasen.
― ¿Estás bien? ―preguntó Mariana, intranquila. Todavía no habían llegado a lo
peor.
― Sí. Procede.
La joven tomó, entonces, la disciplina, una especie de látigo, también de
esparto, y se dispuso a flagelar las indefensas y blancas nalgas de su amada.
― Padre nuestro ―comenzó a orar Carmine.
― Uno ―contó Marianna.
―... que estás en el cielo.
― Dos.
― Santificado sea tu nombre.
― Tres.
― Venga a nosotros tu reino.
― Cuatro.
― ¡Ah! ―gritó.
― Cinco.
― Hágase tu voluntad ―Sus lindos ojos verdes se inundaron de lágrimas.
― Seis ―Marianna sabía que, pasara la que pasase, no debía parar.
― Así... así en el cielo cómo en la tierra.
― Siete.
― Danos hoy ―No podía más―. Danos hoy nuestro pan...
― Ocho.
― Nuestro pan de cada día.
― Nueve.
― Perdonanos. Perdona nuestras ofensas ―El llanto le era incontrolable―.
Sniff.
― Diez ―Marianna moría de interna angustia.
― Como también ―la voz se le quebraba―. Como también nosotros perdonamos a
los que nos ofenden.
― Once.
― No nos dejes caer ―Se estaba derrumbando.
― Doce.
― No nos dejes caer en la tentación.
― Trece.
― No... no nos dejes caer en la tentación ―repitió, llorando a lágrima viva.
― Catorce.
― Y libramos del mal. Amén ―dijo rápidamente, tratando de evitar un último en
insoportable golpe. No obstante, fue en vano.
― Quince ―terminó Marianna, orgullosa por haberse mantenido entera, hasta el
final. Aquello había sido casi tan duro para ella como para su amada. ¿Y pensar
que todo comenzó con pequeños castigos inocentes? La cosa se había
descontrolado. Carmine parecía no encontrar límite para sus mortificaciones
físicas. ¿Hasta dónde le obligaría a llegar su amiga?―. Ya hemos acabado ―Las
nalgas de su compañera estaban completamente rojas, marcadas con multitud de
laceraciones, algunas de ellas, sangrantes. Intentó ayudarla a ponerse en pié.
Pero Carmine se resistió.
― Aún no ―Su cara estaba contraída en una horrible mueca de dolor. Las
lágrimas surcaban sus mejillas, sonrosadas por el esfuerzo. De su nariz colgaban
cristalinas mucosidades que se perdían en la comisura de su boca―. Aún queda el
vinagre.
― Te lo aplicaré en cuanto te tumbes sobre la cama ―La voz de Marianna no
admitía discusiones. Sabía que su amada quería quedarse con las rodillas sobre
la sal el máximo tiempo que le fuera posible. Pero ella no estaba dispuesta a
prolongar más su agonía.
Poco a poco, consiguió levantar a Carmine del suelo. Estaba entumecida,
sudada y agotada. Extrañamente, eso excitó mucho a Marianna.
Tumbó el afligido de cuerpo de su compañera sobre el lecho y la obligó a
colocarse bocabajo. Aún llevaba los brazos atados. Aún tenía el busto oprimido
por la faja de yute. Al recostarse, el cinturón de espino se le clavó aún más en
el abdomen. Pero, nada de eso importaba. Lo primero era curar las llagas
producidas por el látigo de esparto.
¡El vinagre escocía como mil demonios! Marianna se lo administraba a través
de un sencillo paño de cocina. Una vez superada la quemazón inicial, Carmine
pudo relajarse y dejarse hacer, sumisa. En paz.
Se quedó dormida. Aún en aquella incómoda postura, se quedó dormida.
Marianna, una vez se hubo ocupado de sus heridas, la liberó del rústico
cilicio y de las ligaduras que mantenían unidos sus brazos. Por orden expresa de
Carmine, le dejó puesta la aspillera. Aún la llevaría por unos días, bajo el
corpiño del gris uniforme escolar.
Esperaba que con todo aquello fuera suficiente. No sabía si la próxima vez
sería capaz de torturar así a su niña amada. ¡La quería demasiado para todo
aquello!
― Tu también eres bastante tonta ―murmuró, apartando los rubios mechones de
la cara de su desfallecida compañera, para luego besar con ternura la frente
perlada por el sudor.