(Nota: en principio es mejor que los relatos no tengan imágenes como muchos
de vosotros habéis indicado con acierto. Sin embargo, en este caso no he podido
evitar utilizar estas tremendas imágenes pues, de hecho, me he inspirado en
ellas. Proceden de un autor llamado Damian y en realidad son manipulaciones
realizadas con fotos reales, muchas de ellas de Insex. Espero que os guste).
Capítulo tercero. El cielo y el infierno pueden encontrarse en la tierra.
Al día siguiente se reanudó el juicio sólo que en el último momento el obispo
decidió que sería más práctico celebrarlo directamente en la cámara de tortura.
De este modo, los criados estuvieron muy ocupados llevando una gran mesa y
varias sillas hasta aquel espantoso lugar y lo iluminaron convenientemente con
velas y antorchas.
El obispo ordenó interrogar a Valeria primeramente, mientras Claudia
permanecía en su celda. Ante la negativa de ella a hacerle una felatio, el
desairado obispo mandó que la encerraran en una fría y húmeda mazmorra,
completamente desnuda y encadenada de las muñecas a una argolla situada a algo
más de un metro de altura. De este modo, Claudia pasó la noche en una incómoda
postura, obligada a permanecer encorvada o de rodillas con todo el cuerpo
estirado. Cuando pidió un poco de agua el carcelero se la tiró por encima
dejándola helada y tiritando de frío. Además la amordazó con un sucio trapo para
que sus gritos no le molestaran.
Por su parte, Valeria esperaba delante de la mesa del tribunal encogida y
tratando de tapar su desnudez inútilmente. Parte de su cuerpo estaba marcado por
el látigo y la joven no podía evitar derramar lágrimas pues sabía la dolorosa
prueba por la que iba a tener que pasar.
Esa noche, aparte de flagelarla y violarla de todas las maneras posibles,
Guido el verdugo le había mostrado los instrumentos de tortura explicándole con
detalle su funcionamiento. Además le puso al corriente de lo que le esperaba. Si
se empeñaba en no confesar lo que el obispo quería oír, sería sometida a tortura
durante horas o días, lo que fuera necesario. Sin embargo, si confesaba los
crímenes que se le atribuían entonces sería condenada a muerte. Guido explicó a
la pobre muchacha que normalmente la condena consistía en la hoguera. Si el reo
se arrepentía de sus pecados en el último momento se le concedía la gracia de
estrangularlo antes de encender la pira. Sin embargo, también le aclaró que su
caso y el de Claudia era especialmente grave y que con bastante probabilidad se
les aplicaría el suplicio de la rueda.
- ¿Qué es eso?, preguntó Valeria temiendo lo peor.
Guido se lo explicó con todo detalle.
"Se ata al reo sobre una cruz en aspa con cuñas de metal bajo el punto medio
de brazos y piernas. Luego se rompen todos los huesos de las extremidades, uno
tras otro, con una barra de metal. Acto seguido se coloca el cuerpo inerme sobre
una rueda de carro, de manera que los miembros rotos queden enredados entre los
radios. Finalmente se pone la rueda en alto para que el condenado muera
lentamente a la vista de todos. A veces el reo dura unas horas antes de morir y
otras veces su agonía se prolonga durante más de un día, todo depende, Antes de
expirar los cuervos empiezan a devorar el cadaver....."
Valeria recordaba todas y cada una de estas palabras temblando de terror y se
juró a sí misma que no dejaría que la mataran de una manera tan horrible y que
soportaría todos los tormentos que quisieran aplicarle, pero no confesaría.
El tribunal por fin se formó con los mismos miembros del día anterior,
incluida la madre abadesa que esperaba impaciente a que empezaran a ensañarse
con sus novicias. El secretario volvió a levantar acta, tras lo cual se reanudó
el juicio.
- Dime verdugo, comenzó el obispo Ruggiero, ¿le han sido mostrados los
instrumentos a la acusada?.
- Sí ilustrísima.
- Bien, espero que eso sea suficiente para que hoy nos diga la verdad. Vamos
a ver mujer ¿Cómo entrasteis en tratos con el Maligno?. ¿Quizá con un conjuro?
- Soy inocente señoría, yo no he hecho nada. A Valeria le temblaba la voz
pues a pocos metros, los verdugos terminaban de preparar el potro de tortura
- Se te ha dicho repetidamente que no colmes la paciencia de este tribunal,
¡responde a la pregunta!.
- Soy inocente, señor, no sé de qué me habláis. Valeria creía ingenuamente
que repitiendo esas palabras el tribunal se convencería de su inocencia. De
todos modos ella no podía hacer mucho más
- Está bien, ya te lo he advertido, verdugo, empieza a aplicarle tormento
ahora mismo.
- ¿La acuesto en el potro, señoría?
El obispo dudó un momento
- No,.... aún no, es mejor empezar poco a poco, primero la someteremos al
strappado
Guido se inclinó ante el obispo y tras obligar a Valeria a ponerse de pie, se
puso a atarle los brazos a la espalda con una soga. Valeria se dejó atar sin
resistirse pues sabía que era inútil. Nuevamente los miembros del tribunal se
excitaron de verla desnuda. Sus redondos pechos tenían aún las huellas de las
tenazas dentadas y las lineas paralelas rojizas y moradas indicaban que la
habían azotado con un látigo de colas. Guido le ató bien las muñecas y los codos
entre sí y acto seguido sus ayudantes se pusieron a accionar una gran rueda de
la que pendía la cuerda por el otro extremo.
A medida que la soga tiraba, Valeria se vio obligada a levantar los brazos
hacia atrás y empezó a encorvar la espalda con un gesto de disgusto. Poco a poco
la cuerda tiró fuertemente de ella y la joven no tuvo más remedio que poner los
pies de punta.
A una señal del obispo, los verdugos pararon.
- Vamos, muchacha, es tu última oportunidad, di la verdad y te prometo que no
te haremos daño.
Valeria le miró suplicante temblando como una hoja, pero no contestó,
entonces a una señal del obispo, los verdugos accionaron la rueda y suspendieron
a la joven en el aire.
-¡AAAAAH!
La mujer gritó de dolor durante unos segundos en que permaneció en vilo, pero
rápidamente la bajaron.
- ¿Lo ves?, le dijo el obispo, ya te lo había advertido. ¿Vas a hablar ahora?
Valeria ni se imaginaba que eso iba a ser tan doloroso.
- Piedad, no me torturéis, soy inocente..
- Bruja terca, arriba otra vez.
- ¡AAAAAHHH!, me duele, me duele, por favor bajadme.
- Confiesa y te bajaremos.
- No, no sé nada de lo que me decís, bajadme, por favor.
Esta vez la dejaron colgada más de veinte segundos y Valeria no dejó de
gritar ni pedir piedad en ningún momento.
Tras bajarla otra vez al piso y viendo que Valeria se negaba a confesar, los
verdugos repitieron la operación varias veces más.
Algunos de los presentes nunca habían visto una sesión de tortura,
especialmente Sor Angela que estaba muy impresionada.
Colgada de sus brazos estirados hacia atrás y hacia arriba, Valeria no dejaba
de gritar ni quejarse. Le dolían horriblemente los hombros y la parte superior
de la espalda, lo del strappado era simple pero efectivo.
El rostro de la joven estaba cubierto de lágrimas y crispado por el dolor
pero el obispo continuaba tercamente con ese interrogatorio sin sentido.
- Vamos, confiesa, confiesa de una vez que eres la amante de Satán y acabarán
tus sufrimientos, decía el cruel clérigo.
- ¡No he hecho nada!, ¡nada!, soy inocente, por Dios, ¿por que no me creen?.
El obispo hizo un fingido gesto de resignación antes de dar su siguiente
orden.
- Colgadle un peso de los pies, así hablará.
- Sí ilustrísima.
Los verdugos llevaron trabajosamente un peso de piedra y se lo ataron a los
tobillos con una cadena. Durante la operación mantuvieron el peso de la piedra
entre dos, pero cuando lo soltaron los gritos de Valeria fueron aún más
lastimeros.
- ¡AAAAh, AAAH, socorro, Dios Mío!.
Los miembros del tribunal miraban hacia arriba alelados ante el horrendo
gesto de la joven deformado por el sufrimiento, pero en ningún momento se
apiadaron de ella sino que la dejaron colgando un buen rato.

Mientras torturaban a su amiga, Claudia permanecía colgando de sus propios
grilletes, muerta de frío y de miedo. Seguramente en su celda había ratas pues
aunque no las veía podía oir cómo se movían en la oscuridad. La joven temía que
en cualquier momento se acercaran a ella y la mordieran. De repente oyó en la
lejanía los gritos de su amante y el corazón se le aceleró golpeando con fuerza
en su pecho. ¿Qué le estarían haciendo?. No hacía falta mucha imaginación para
deducirlo. El obispo le había dicho que cuando terminaran con Valeria ella
ocuparía su lugar así que la chica no podía hacerse ilusiones sobre lo que le
esperaba.
A Valeria le aplicaron el strappado durante varios minutos más, pero
finalmente al ver que no conseguían nada, el obispo decidió que había que pasar
a algo más fuerte.
- Es inútil, descolgadla y acostadla en el potro.
- Sí ilustrísima.
Guido sonrió con sadismo, el potro de tortura era su instrumento favorito y
desde que vio por primera vez a Valeria desnuda, estaba impaciente de someterla
a él. Poco a poco los verdugos soltaron la soga de la que pendía la joven y la
piedra y su cuerpo se fueron depositando en el suelo. Valeria ni siquiera tuvo
fuerzas para incorporarse, así que Guido la cogió en brazos y la acostó en el
potro, le cortó las cuerdas y entre los tres verdugos le estiraron los miembros
para atarla de muñecas y tobillos.
Valeria no tenía fuerzas para resistirse ni eso le hubiera servido de nada,
así que los verdugos la ataron sin problemas, como si fuera un cuerpo muerto.
Una vez inmovilizada y acostada sobre el madero, accionaron el ingenio dando
vueltas lentamente a una rueda. Se oyó el crujido de la madera del cilindro así
como el clic, clic rítmico del freno. Como por arte de magia el cuerpo desnudo
de Valeria se fue estirando lentamente sobre la tabla.
Los miembros del tribunal miraron atentamente la operación. Por su parte, Sor
Angela lamentó no poder masturbarse allí mismo y se tuvo que aguantar las ganas.
- Dios Mío, dijo el monje sintiendo que la polla se le ponía tiesa bajo los
hábitos. ¿Cuánto se puede estirar su cuerpo sin matarla?
Guido respondió con sádico orgullo
- A algunos reos les he estirado más de treinta centímetros, después de
romperles todas las articulaciones y rasgarles tendones y músculos durante
horas, por supuesto mueren durante la tortura. Pero ella tiene un cuerpo muy
bello, dijo acariciándole un muslo, así que ni siquiera le llegaré a dislocar
los brazos, no hace falta para hacerle confesar, hablará mucho antes.

- Aaaaah
Un quejido de dolor de la joven indicó a los verdugos que el potro había
alcanzado el punto de resistencia de su cuerpo y dejaron de apretar las ruedas
por el momento. Entre tanto, Guido se puso a avivar unas brasas para introducir
en ellas los instrumentos de tortura.
Valeria volvió a pedir piedad desesperada, pero en aquella sala nadie atendía
ya sus ruegos, todos estaban ansiosos de ver lo que Guido era capaz de hacer con
ella.

El Obispo Ruggiero se levantó de la mesa y se acercó al potro para ver la
operación desde más cerca. El cuerpo de Valeria se exponía completamente ante
sus ojos algo deformado por el estiramiento. Los huesos de caderas y costillas
se marcaban perfectamente bajo la piel y su torso se hinchaba y deshinchaba por
una respiración profunda pero trabajosa.
- Vamos hija mía, dijo el obispo hipócritamente. No tienes que pasar por este
tormento si no quieres, confiesa y pararemos.
Mientras le hablaba así, el cruel obispo miraba atentamente la entrepierna de
la chica irritada, enrojecida y destilando semen por la vagina y por el ano.
Entonces fingió un gesto de enfado.
- ¿Qué ven mis ojos? Veo que has vuelto a fornicar con tu señor Satán, su
pestilente simiente se derrama de tu sexo pecador. Puta del Demonio, ¿Cómo has
conseguido que traspase estos muros sagrados y llegue hasta ti?. ¿Qué infernal
conjuro han proferido tus labios?.
Valeria contestó llorando.
- ¡No ha sido el Diablo, señor, me violaron los verdugos.
El obispo miró a Guido y éste negó con la cabeza.
- Miente ilustrísima.
- Mentiras y más mentiras. Ya veo que no vas a decirnos la verdad ni una sola
vez. Mira muchacha, hasta ahora he intentado protegerte de las brutalidades de
estos sicarios, pero has colmado mi paciencia así que desde este momento se ha
acabado la misericordia contigo. Verdugo, aplica toda tu ciencia en torturar a
esta mujer pero hazlo con cuidado no sea que se desmaye antes de tiempo.
- Así lo haré excelencia
Dicho esto el obispo se sentó para disfrutar del "espectáculo" mientras
Valeria estallaba en sollozos y lloros desesperados pidiendo misericordia.
Guido se sonrió para sus adentros y cuando el obispo se sentó otra vez miró
sonriente a su prisionera. El sádico verdugo acarició su cuerpo desnudo mientras
estudiaba lo que iba a hacer con ella.
- Id apretando las ruedas, dijo por fin sin dejar de acariciarla,.... pero
despacio.
Los dos ayudantes accionaron nuevamente el mecanismo del potro y una fuerza
sobrehumana estiró de los brazos de Valeria hacia atrás
- ¡AAAAAhhh!. La joven sintió un tremendo dolor en las articulaciones y miró
angustiosamente al verdugo que en ese momento tenía un indescriptible gesto de
sádico..
- Así, así, apretadla un poco más
- AAAAAHHHHH, parad, parad por favor.
- Más, más, apretad, más
- No, mis brazos, me los vais a romper, mis brazos, AAAAAGGGG
- Otro diente, otro más, vamos.
¡Clic!
- UUUUUAAAAAGGG
Los brazos de la joven se fueron ahuecando y saliendo de los hombros pero la
habilidad de Guido evitó que se dislocaran en el último momento.
- Ahora aflojad un poco.
Los verdugos dejaron de hacer presión y al soltar el freno, el cuerpo de la
joven se destensó un poco pero ella siguió gimiendo entre toses y lloros.
La voz del obispo volvió a elevarse entre los gritos de Valeria.
- Confiesa, di la verdad o esta vez te sacarán los brazos de los hombros.
Por toda respuesta Valeria volvió a llorar diciendo cosas incoherentes.
- Continua verdugo, vuelve a estirarla.
Guido hizo una señal y los verdugos volvieron a apretar las ruedas.
- AAAAYYYY, otra vez no, piedad.
Pero el potro no paró, sino que con su quejumbroso mecanismo volvió a estirar
los miembros de aquel bello cuerpo hasta el límite. Todos los presentes
contuvieron el aliento mientras se oía un crujido que no se sabía si venía del
potro o del cuerpo de Valeria.
Guido da Fiesole era un experto en el manejo de semejante instrumento y sabía
que tenía unos efectos especialmente crueles sobre el cuerpo. En casos
excepcionales lo había utilizado para ejecutar a los condenados. Entonces el
potro era capaz de estirar hasta el límite músculos y tendones y de romper una a
una las junturas del cuerpo: primero los hombros y después rodillas y tobillos.
Sin embargo, eso era lo último, pues bien manejado podía producir un infierno de
dolor y sufrimiento en el reo durante horas.
- Mis brazos, mis brazos parad, por favor.
El cuerpo de Valeria brillaba bajo a la luz de las antorchas en un baño de
sudor, los brazos se estiraban tras su cabeza con los hombros completamente
deformados y salidos de sus junturas. Los verdugos no siguieron apretando, pero
tampoco aflojaron el potro, de manera que a la joven le era muy difícil
respirar.
Entonces intervino la madre abadesa.
- Ilustrísima, permitidme.
- Adelante hermana, hablad.
- Así no conseguiremos nada, ¿por que no le torturan en los pechos?. Las
mamas de estas jovencitas son muy sensibles.
Valeria miró a la Madre Superiora sin dar crédito a lo que oía, ¿cómo podía
sugerir precisamente una mujer que le hicieran a otra algo tan monstruoso?.
- Muy buena idea madre, dijo el obispo, verdugo atenázale los pechos, pero
por el momento utiliza tenazas frías.
Obedeciendo de inmediato, un verdugo agarró unas tenazas y haciendo caso
omiso de las protestas de la muchacha se puso a torturarla con ellas.

- No, no, no, eso no , por favor. Valeria negó histérica e impotente cuando
las puntas de la tenaza se acercaron lentamente y tocaron su pecho. La pobre
mujer lanzó un alarido tras otro cuando el verdugo apretó con todas sus fuerzas
y se puso a retorcerlo hacia los lados amenazando con arrancarlo.
La madre abadesa casi se corrió de gusto.
-Y ahora el otro, vamos
- AAAAAhh, AAAAYYYYYY.
Todos los presentes estaban muy excitados, aguantando el aliento mientras
oían como gritaba la pobre Valeria. Ya nadie le preguntaba nada ni le
interrogaba, dejando claro que todo era una excusa para satisfacer las sádicas
pasiones del obispo y su hermana.
- ¿Creéis que aguantará el interrogatorio? Preguntó el obispo al físico.
- Oh sí señoría, la mujer parece sana y fuerte, pero sería conveniente
drogarla para evitar que se desmaye.
- Hacedlo.
A pesar de que la puerta de la cámara de tortura era bastante gruesa, los
guardias que custodiaban los pasillos oían perfectamente los gritos de Valeria.
Esos hombres recordaban perfectamente cómo Guido había paseado a esa bella joven
desnuda y maniatada por todo el palacio y no había ni uno sólo de ellos que no
hubiera envidiado al verdugo. Evidentemente todos sabían que Claudia estaba en
ese momento encerrada en una celda esperando que empezara su propio tormento. Y
simplemente no se pudieron aguantar.
Presionado por cuatro soldados, el carcelero tuvo que abrir la celda de
Claudia y ésta recibió una "agradable visita".
Los soldados entraron con antorchas y repentinamente la mazmorra se llenó de
luz y las ratas huyeron despavoridas.
- Pero mira lo que tenemos aquí, dijo uno de ellos sonriendo con lujuria al
ver a la joven rubia desnuda e indefensa.
Claudia los vio entrar completamente horrorizada pues suponía que venían a
buscarla para llevarla a la cámara de tortura. Consiguientemente se puso a
llorar y negar desesperada.
- Tranquila, muchacha, dijo uno de ellos acariciándole los pechos, no te
vamos a hacer daño, sólo vamos a jugar contigo y pasarlo bien.
- Ya sabéis que no podéis violarla, dijo el carcelero, su Ilustrísima no ha
dado aún permiso para eso.
- Tranquilo, ya he dicho que sólo queremos jugar un poco con ella, dijo el
soldado sacándose la polla.
Claudia abrió mucho los ojos, aquel soldado era vulgar y bastante feo pero
tenía una tranca gruesa y tiesa que olía intensamente......como el cerdo
semental del convento.
Los otros se rieron e imitándole se sacaron sus propias pollas al aire.
Claudia no se lo podía creer y se empezó a mojar involuntariamente.
El soldado se agachó y sádicamente se puso a retorcerle los pezones con los
dedos a lo que la joven protestó sonoramente sacudiendo su cuerpo.
- Vamos pequeña si no quieres que te siga haciendo daño en tus tetitas
tendrás que chuparme la polla hasta sacar toda mi leche y luego se lo harás a
mis amigos, ¿lo haras?
Claudia dijo que sí insistiendo con la cabeza para que ese bestia soltara su
presa.
- Así me gusta, dijo él convirtiendo los pellizcos en lúbricas caricias, y
ahora te voy a quitar la mordaza para que uses tu boquita como se debe, ¿de
acuerdo?.
Claudia volvió a decir que sí.
Los soldados se sorprendieron por la reacción de la prisionera, pues Claudia
no sólo no rechazó hacer la mamada sino que parecio disfrutar con ello. Loca por
tener un pene como Dios manda, la joven se metió la primera polla en la boca sin
preámbulos de ningún tipo y empezó a mamarla animosamente como si le fuera la
vida en ello. El guardia se quedó muy quieto mientras ella le exprimía su polla
como si lo hubiera hecho toda la vida y tuvo que apoyarse con las manos en la
pared pues en unos minutos sintió que le llegaba.
- Así, así, sigue, sigue.... zorra...me corro..., el tío empezó a eyacular
dentro de su boca y como Claudia no paró en ningún momento de mamarla le
temblaron las piernas y estuvo a punto de caerse al suelo.
A Claudia se le llenó toda la boca de leche, pero en lugar de escupirla se la
tragó. En pocos segundos buscó un segundo pene sin siquiera mirar a la cara a su
dueño y se lo metió bien adentro hasta tocarle las pelotas con la barbilla.
- Dios qué zorra, cómo la chupa, dijo el guardia en cuanto pudo decir algo
coherente.
Mientras tanto, a lo lejos se seguían oyendo unos gritos desesperados de
mujer
Tras torturar a Valeria un buen rato retorciéndole los pezones con aquellas
tenazas de hierro, el sádico verdugo decidió pasar a un suplicio aún más cruel,
así que cogió una antorcha y con ella calentó la punta de las tenazas.
Esta vez los gritos y alaridos de la joven novicia fueron aún más intensos y
desesperados. Con las tenazas bien calientes el verdugo le cogió pequeños
pellizcos de carne provocándole pequeñas quemaduras.
Sin embargo, tras varios dolorosos pellizcos, y otra vez por sugerencia de
Sor Angela, el verdugo volvió a atenazarle las tetillas.
Dado el castigo que ya habían sufrido los pezones de la joven, el contacto de
las tenazas candentes sobre la piel de éstos le produjo un dolor brutal pues las
terminaciones nerviosas estaban sobreestimuladas.

- AAAAAAGGGG, AAAAAAYYYYY, por piedad, BAAAASTAA.
La tortura de Valeria se prolongó durante más de una hora entre alaridos y
gritos de clemencia y para evitar que la joven se desmayara, Guido le administró
la sustancia estimulante que le proporcionó el médico con la excusa de darle de
beber. Tras pellizcarle repetidamente las partes más sensibles de su cuerpo
incluidos pechos, axilas, vientre, labios vaginales y la parte interior de los
muslos, los verdugos dejaron las tenazas candentes por el momento. Entonces
volvieron a destensar y tensar el potro varias veces más hasta casi dislocar los
hombros de la mujer.
Por fin el obispo Ruggiero pareció apiadarse de la muchacha y mandó a los
verdugos que dejaran de estirar su cuerpo. El viejo se levantó y se acercó a la
acusada, y con ánimo de "consolarla"le acarició la mejilla.
- Vamos hija mía, confiesa ya. Estos tormentos por los que estás pasando no
son nada comparados con las llamas eternas del infierno, si no liberas tu alma
ten la seguridad que eso es lo que te espera por toda la eternidad.
Valeria pareció claudicar y entre sollozos dijo.
- Sí confieso que hice el amor con el Demonio ¿dejaréis de torturarme?.
- Claro que sí hija mía.
- Pero entonces, ¿qué pasará?
El obispo contestó cruelmente.
- Serás condenada a muerte y el verdugo destrozará tu cuerpo en la rueda,....
pero al menos tu alma se salvará.
- Noooooo, noo, eso no, por favor, tened piedad de mí, por favor, dadme un
muerte rápida os lo ruego.
- Eso no es posible, muchacha, debes pagar tus culpas, ¿Confesarás pues?
- Nunca. Valeria dijo esto lanzando un escupitajo al clérigo.
- Está bien, verdugo, dijo éste limpiándose la cara, vamos a continuar con
esta bruja. Ahora vas a buscar la marca del demonio en la acusada. Tiene unos
pechos muy bellos así que Satán también se habrá fijado en ellos. De todos modos
habrá que asegurarse así que utiliza agujas candentes.
Guido se volvió a sonreir, esa vez el obispo estaba siendo especialmente
cruel con la acusada.
- ¿Qué, qué va a hacer ahora el verdugo?, preguntó el franciscano que era la
primera vez que era testigo de un proceso inquisitorial. El físico se lo
explicó.
- Como es bien sabido. Satanás deja su marca en las mujeres que posee. Dicha
marca es invisible, pero se reconoce porque en ese punto la mujer es inmune al
dolor. Por eso el verdugo va a pinchar sus pechos con una aguja al rojo vivo
para comprobarlo. Si la mujer no siente ningún dolor será la prueba irrefutable
de que el Diablo la ha poseído.
- ¿Y si no?
- Si no habrá que seguir con la tortura hasta que confiese, dijo el obispo
muy enfadado.
- Excelente, dijo la Madre Abadesa, decid al verdugo que empiece ya , os lo
ruego.
Guido cogió un hierro al rojo y colocando un delgado punzón en contacto con
él, espero unos segundos a que se calentara y enrojeciera a su vez. Esto lo hizo
mientras miraba los turgentes pechos de Valeria.
Dado que el físico lo había explicado con todo detalle Valeria pedía por
favor que no le hicieran eso, juró y juró que ella no tenía esa marca, pero nada
le libró del suplicio.
Cogiéndole un pecho con la mano, Guido lo apretó con los dedos y aprovechando
su turgencia le pinchó con el punzón candente introduciéndolo casi un centímetro
en la aureola del pezón.
Lógicamente Valeria gritó como una condenada temblando del tremendo dolor.
Un hilillo de humo ascendió de su piel y la joven siguió gritando y agitando
todo su cuerpo hasta que el alfiler se enfrió unos segundos después
- Ahí no es verdugo, prueba otra vez.

Guido da Fiesole cogió otra aguja e hizo lo mismo, pero como la joven
respondía con alaridos de dolor, volvió a introducirle otra aguja y probó una y
otra vez perforando los pechos de la acusada con una saña brutal.
Valeria gritaba en una pura agonía, poniendo los ojos en blanco e incluso
llegó a orinarse durante la tortura.
A cada pinchazo del odioso punzón Valeria estaba a punto de confesar. Diría
lo que fuera, inventaría lo más increíble con tal de librarse de ese dolor tan
espantoso que perforaba sus sensibles mamas, pero entonces acudía a su mente el
suplicio de la rueda lo que le hacía sobreponerse y aguantar.
Los testigos no entendían cómo esa frágil muchacha era capaz de soportar un
tormento tan doloroso sin vender a su propia madre y naturalmente lo atribuían
al poder de Satán. Muy impresionados, pidieron al obispo que les excusara de
seguir viendo cómo torturaban a esa pobre mujer y él se lo concedió. De este
modo, el franciscano y el sacerdote abandonaron cabeceando la cámara de tortura
para tomar el aire o bien para masturbarse en otro lugar.
- Continua verdugo, no te pares, dijo Sor Angela, como si ella fuera la que
mandaba ahora.
Guido volvió a clavarle el punzón al rojo en el pecho, esta vez lo hizo
introduciéndolo por el centro mismo del pezón.
A Valeria se le volvió a escapar un chorro de orina mientras la punta de la
aguja perforaba lentamente su pezón.
- AAAAYYYY, piedad, por favor, no puedo más, dejadme por Dios, tened
misericordia.
- Ahora el otro pecho, verdugo, volvió a decir Sor Angela muy excitada, está
claro que ahí no está la marca.
El obispo apretaba los dientes con sadismo, el cuerpo de Valeria brillaba
intensamente cubierto de sudor y de sus heridas salían pequeñas gotas de sangre.
Si no hubiera sido por los estimulantes que le administraba Guido la joven hacía
rato que se hubiera desmayado. De hecho no fue así y ella sufría despierta y
consciente un calvario inefable.
Por supuesto, el verdugo no encontró la inexistente marca por mucho que la
buscó.
Desde la celda de Claudia ahora se oían perfectamente los gritos de la pobre
Valeria. La joven Claudia seguía afanándose con las pollas de los guardianes. A
esas alturas tenía ya la cara pringada de esperma y lo mismo le ocurría en buena
parte de su torso y sus piernas. En un momento dado, Claudia se sacó la polla de
la boca.
- ¿Qué, qué le están haciendo a Valeria?
Los guardias se rieron con sadismo.
- Pronto lo sabrás preciosa, cuando acaben con ella empezarán contigo. Y
ahora calla y disfruta tú que puedes.
El soldado volvió a reírse introduciéndole brutalmente su miembro en la boca.
Entre tanto, el verdugo seguía clavando agujas en los pechos de Valeria
intentado encontrar la marca del Diablo. Tras un buen rato de infructuosa
búsqueda, la Madre Superiora volvió a intervenir y otra vez para sugerir un
nuevo tormento.
- Quizá no hayamos equivocado, hermano, puede que el Diablo no se interese
por los pechos de estas novicias, quizá porque las identifica con la maternidad
que al fin y al cabo es un don de Dios. El sexo de la mujer es sin embargo un
pozo emponzoñado de maldad, seguro que ahí está la marca. Haz que le claven
agujas candentes en su sexo, si no se queja es que habremos encontrado la marca
de Satan.
El obispo ni siquiera contestó a Sor Angela que claramente había perdido el
control. No había más que ver sus ojos inyectados en sangre. Se limitó a
sonreirle y por supuesto dio orden a Guido para que hiciera lo que le sugería la
abadesa.
Cuando el verdugo se puso a clavarle agujas en los labios exteriores de la
vagina Valeria pidió a gritos que la mataran de una vez. Guido se los atravesó
con cinco agujas y tras eso pasó a los labios interiores. Esta vez el físico
quiso parar la tortura pero el obispo le hizo una seña de que callara y el
tormento continuó, las agujas al rojo perforaban una a una los labia de la mujer
entre los alaridos desesperados de ésta que no dejaba de pedir una muerte
rápida.

Finalmente, como allí tampoco estaba la marca, terminaron por introducirle
agujas bajo las uñas de los pies. Veinte minutos emplearon los verdugos en
perforarle las diez uñas pero Valeria siguió sin confesar.
Para ese momento, la novicia estaba al borde del colapso y el físico aconsejó
vivamente que se suspendiera el interrogatorio pues la acusada podía morir
durante la tortura.
El obispo lamentó que se le estropeara la diversión, pero hizo caso al físico
y dio por finalizado el interrogatorio.
Ya se marchaban los miembros del tribunal cuando Guido da Fiesole se dirigió
al obispo.
-¿Qué hacemos con la otra, señoría?
- Podéis divertiros con ella esta noche, mañana la tortu......quiero decir,
que mañana la interrogaremos.
El obispo salió de la cámara de tortura y Guido mandó a sus ayudantes que
fueran a buscar a Claudia.
Minutos después, volvieron con la joven Claudia que venía asustada y
confundida.
Guido torció el gesto al ver que la joven tenía la barbilla aún manchada de
goterones de semen.
- Se la hemos tenido que arrebatar a los soldados, dijo un verdugo, se la
estaban follando por la boca.
- Menuda puta, seguro que le ha gustado, colgadla de los brazos y cerrad la
puerta, esta noche vamos a divertirnos con estas dos.
(Continuará).