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Fecha: 22-Sep-10 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Mi madre en busca de un nuevo sexo

Mortocoro
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Mi padre y mi madre ya no tenían el sexo que ella necesitaba. Tendrá que buscarlo por otro lado y tal vez la solución la tenga cerca. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Mi madre en busca de un nuevo sexo.

Allí tenía el culo de mi madre, delante de mí. Agarraba sus caderas y empujaba para que mi polla entrara en ella, dándole placer, sintiendo un éxtasis que nunca hubiera imaginado.

Ya hacía tres meses que teníamos relaciones sexuales. Nunca quise tenerlas, nunca me he enamorado de ella… y ella me correspondía con lo mismo, nada de amor, simplemente sexo. ¿Pero por qué esto? ¿Cómo empezamos? Intentaré contaros lo que me sucedió en estos últimos tres meses.

Mi madre, Leticia, está "felizmente" casada con mi padre, Juan… Eso creía yo, los veía cómo a todos los padres, se hacían sus cariños, iban a las reuniones familiares… todo normal.

Ella es una mujer menudita, medirá un metro cincuenta y poco. Muchas veces me río con ella pues a veces compra la ropa en la sección de jovencitas. Está proporcionada para su estatura, tiene cuarenta y cinco años.

Por algunos problemas que tenía mi padre, nunca me los quiso contar, llevaba bastante tiempo sin tener sexo. Ya antes era poco el sexo que tenía con él, por lo visto una vez a la semana de media y además del malo. El se clavaba en ella hasta que se corría, dejándola la mayoría de las veces a medias.

Desde que ya no tenían nada de sexo, su cuerpo se le había revelado. Se sentía excitada en muchas ocasiones con parientes nuestro, sobre todos con sus sobrinos, jovencitos que imaginaba por la noche dándole todo el placer que su marido no era capaz. Por supuesto que nunca intentó tener nada de sexo con ellos, era algo demasiado inmoral para ella. Después se masturbaba en la ducha recordando a sus sobrinos e imaginándoselo en las más inverosímiles situaciones.

Pero para Leticia llegó un momento que su imaginación no era suficiente. Durante un tiempo se dedicaba a bajar al salón de la casa mientras mi padre y yo dormíamos en la planta de arriba. Se dedicaba a ver vídeos de jovencitos que follaban a insaciables maduras y se imaginaba a ella misma siendo penetrada por aquellas pollas. Entre una página y otra llegó a descubrir esta página de relatos. Aquello era otra cosa. Si los relatos le proponían un escenario, una situación, ella montaba en su mente el resto de la escena, follando con el o los que ella elegía en esa ocasión.

De todas las temáticas, la que más excitación le producía eran las relaciones incestuosas. Según me dijo, follar con un hombre que con otro era lo mismo, dependía de las cualidades del amante en sí, pero la excitación que le producía leer como las mujeres eran folladas por sus hijos, o por sus sobrinos… o por ambos, le producían unos orgasmos que nunca había tenido con su marido.

Incluso se hizo con una colección de juguetes eróticos para esos momentos de soledad. Los había comprado en secreto y en secreto los guardaba en un lugar que nunca hallamos mi padre o yo. Los utilizaba cuando estaba sola en la casa y montaba sus orgías mentales.

En su locura sexual empezó a espiarme. Tengo diecisiete años, mido un metro ochenta y mi polla empezó a ser una obsesión para ella. Me contó que un día en que yo entré en el servicio, ella se sintió excitada con la idea de espiarme. Así que intentó verme de alguna manera sin que yo me diera cuenta, pero le fue imposible. La única solución que encontró fue entrar en el baño de forma descuidada como si no se acordara de mí. Y así lo hizo. Abrió la puerta, me miró y cerró la puerta después de pedir perdón.

"¡Hijo, tuve que masturbarme después de aquello! Cuando abrí la puerta esperaba verte desnudo para tener una imagen para mi fantasía de la noche… pero verte agarrado a tu gran polla, totalmente erecta, con ese hermoso, hinchado y rojo glande… ¡Eso me desbordó! Entré en el otro baño, me quité las bragas y me senté en el inodoro. Abrí mis piernas y mi coño ya lanzaba flujos con lo que había visto. Metí mis dedos para castigar mi clítoris y en unos minutos estaba gimiendo y temblando por el placer. ¡Qué corrida más buena tuve con tu imagen!"

Cuando salí del baño estaba un poco cortado pues no sabía cual sería la reacción de ella. Por supuesto que no pude acabar mi paja. Para sorpresa mía, ella actuaba como si no pasara nada.

Después de aquel día, casi siempre que me duchaba y por supuesto mi padre no estaba, ella entraba en el baño sin preocuparse de mí, como si fuera a coger algo. Nuestra ducha tenía la mampara transparente y me podía ver perfectamente. Casi siempre yo me volvía y protestaba, pero ella siempre decía lo mismo "¡No seas tonto! ¡Te he visto desnudo desde que eras un bebé!". Aquello empezaba a ser habitual y yo siempre reaccionaba de la misma manera.

Pero un día me preparé. En cuanto entré en el baño, me masturbé un poco para que mi polla creciera y estuviera bien dura por si entraba. Y así fue, unos minutos después sentí como la puerta se abría. Yo tenía los ojos cerrados con el agua cayendo por la cabeza. Estaba de lado para que mi polla se mostrara por completo, para que ella pudiera admirarla y su mente tuviera algo con lo que soñar. Incluso se tensó más al sentir como sus ojos se fijaban en ella, en su grosor, en su dureza, en su glande… Me mostraba orgulloso a mi madre.

-¡Hijo, vas a tener que buscar a una chica que te quite tanta energía! – Sonó la voz de mi padre. - ¡Pero que sepas que me siento orgulloso de tu hombría!

Salió del baño riendo y escuché como se lo contaba a mi madre. Mi polla se encogió en el mismo momento en que sonó la voz de mi padre y seguro que mi cara tomó un tono rojo intenso con aquella situación. Cuando salí, mi padre ya no estaba, pero la sonrisa que mostraba mi madre me aseguró que antes de irse le había dado todo tipo de detalles de lo que había ocurrido en el baño.

Durante un tiempo, mi madre dejó de "visitarme" mientras me duchaba. Pero llegó un día… llegó el día en que todo empezó. Fue un domingo de finales de Junio. Había estado preparando durante todo el día los últimos exámenes del curso en el instituto. Serían las ocho de la tarde cuando decidí entrar en el baño a ducharme para después descansar. Mi padre se había marchado a otra ciudad para temas de sus negocios y estábamos los dos solos.

Escuché como sonó el timbre de la puerta y mientras me secaba, escuché hablar a mi madre con mi tía Ángeles. No tardaron mucho y cuando salí, sólo pude darle un beso a mi tía. Había venido a traer las ropas que ya no necesitaban sus hijos, mis primos Roque y Yolanda. Mi madre solía ir por la iglesia para llevar la ropa que no necesitábamos, por si alguien podía aprovecharla.

Después nos sentamos en el salón para ver las ropas. Muchas veces aprovechábamos cosas que a nosotros no estaban bien. Mi primo Roque tenía diecinueve años y era algo más alto que yo. Yolanda tenía dieciséis y la última vez que la vi tenía un cuerpo en desarrollo que empezaba a mostrar que se convertiría en toda una hembra.

Empezamos a sacar ropas y algunas me las ponía por encima por si me estuvieran más o menos bien, otras se las ponía ella para ver si las podía aprovechar… Y entonces salió una falda del instituto de mi prima, de esas escocesas con tablas.

-¡Qué te parece! – Me dijo mi madre levantándose y poniéndola delante de su cuerpo. - ¿Me quedaría bien?

-¡Mamá! – Dije yo. - ¡Si sales con eso a la calle todos los tíos van a querer hacerte cosas malas…!

Ella río y me mandó ir a la cocina a por unas bolsas para ir guardando la ropa que llevaría a la iglesia. Cuando volví ella no estaba y me senté en el sofá y seguí mirando la ropa de mi primo.

-¿Qué te parece esto? – Escuché la voz de mi madre.

Levanté la mirada y allí estaba ella. Tenía aquella diminuta falda que apenas le llegaba cuatro dedos por debajo de su sexo. Se había puesto una camiseta blanca muy ajustada y además se había cogido dos colitas con su pelo a ambos lados de su cabeza. Por sus piernas subían dos calcetines largos que llegaban un poco por encima de las rodillas.

-¡Mamá! – Acerté a decir pues sentí miedo y excitación a la vez. - ¿De qué vas?

-¡De nada hijo! – Me dijo. – Me lo he puesto para divertirme… ¡Hacía tiempo que no me vestía así! ¡Estudié en el mismo colegio que tu prima! – Se giró para mostrarse por completo y con el giro su falda cogió algo de vuelo y mostró parte de las blancas bragas que llevaba. - ¡Veo que aunque reprimes mi forma de vestir, te gusta!

No podía evitarlo, me sentía demasiado excitado con la visión de mi madre. Sus piernas, su culo respingón que abultaban sobre manera aquella falda, sus marcadas tetas, que no eran grandes, pero conservaban muy bien su forma, aquella cintura marcada, aquellas caderas ancha, aquella cara perversa intentando mostrarse como la jovencita que fue… Todo aquello me asustaba y me excitaba. Mi polla lo mostraba.

-¡Este sujetador me sienta mal! – Dijo mientras se miraba en el espejo. Llevó sus manos a la espalda y soltó el broche. Por una de las mangas se quitó un tirante, por la otra el otro, después por delante sacó su sujetador. - ¡Ahora está perfecto! ¿Está mejor así?

Cuando se volvió hacia mí quise morirme. En la fina tela de la camiseta se marcaban sus erectos pezones. Se sentó frente a mí. Me miraba y era evidente que notaba mi erección. Empezó a hablarme.

-Hijo… - Dudaba en que decirme. – Desde hace algún tiempo tu padre y yo tenemos… verás, es difícil decir esto… Tenemos problemas en el matrimonio… - La miraba atentamente, más por los sensual que estaba que por las palabras que decía. – Desde hace más de un año tu padre y yo no hacemos lo que hacen todos los padre… ¿Me entiendes? – Asentí con la cabeza. – Entonces la única forma que tengo de desahogarme es tener momentos de soledad en los que yo misma me satisfago… Al igual que tú el otro día…

La observaba, aquella madura excitante, sensual y apetecible… aquella madre que empezaba a contarme sus problemas sexuales… aquella caliente mujer que me levantaba el ánimo de tal manera.

-Hijo, he probado de casi todo, me he masturbado… - Bajó la vista un poco avergonzada al hablarme así. – viendo vídeos, leyendo relatos… pero ahora… - Se quedó callada. – Hijo… - Se notaba que estaba nerviosa y no sabía que decir. – Hijo… no sé si te enfadarás… - Se movía agitada por la mezcla de excitación y vergüenza que sentía al hablarme así. – Había pensado que si… no sé… mejor no… es una tontería… - Se fue a levantar, pero se paró. - ¿Te masturbarías delante de mí para que te viera?

Mi cuerpo no se movió, no puse ninguna expresión, sólo la miraba. Su cara mostraba el miedo que tenía ante mi reacción. No sabía que iba a hacer después de lo que me había dicho. Por dentro yo sentía temblar mi cuerpo por la excitación que me producía la petición de mi madre. Ya no le eran suficientes los vídeo, relatos y demás, ahora quería ver en vivo una polla joven… quería ver la polla de su hijo. Sus hermosos ojos me miraban temiendo, esperando una reacción.

Bajé la cremallera del pantalón, sus ojos dejaron de mirar los míos y se posaron en el bulto de mi polla. Su cuerpo se relajó al ver que había aceptado su proposición. Desabroché el botón y me bajé los pantalones. Su cara mostraba ahora el ardor que la empezaba a invadir, sus piernas se abrieron inconscientemente, sus manos empezaron a acariciar sus hermosos muslos.

Mi polla abultaba en los calzoncillos y los bajé un poco para que mi glande asomara. Su lengua pasaba por sus labios mientras sus manos subían la falda para dejar a la vista su sexo cubierto por aquellas blancas bragas.

Me levanté y me quité los pantalones, después agarré los calzoncillos y los bajé hasta quitarlos. Me levanté y allí estaba mi polla totalmente erecta para que mi madre disfrutara de aquella visión. Mi mano derecha la agarró y empezó a subir y bajar.

Los ojos de mi madre no dejaban de mirar aquel miembro endurecido. Mi glande iba a estallar, nunca la había sentido tan dura como aquel día. Mi madre se quitó las bragas. Su peludo coño quedó a la vista. Su mano derecha se movía encima de él al mismo ritmo que mi mano sobre mi polla. Nos estábamos masturbando con la visión del sexo del otro.

Con los dedos separó los pelos y después los labios que custodiaban aquella húmeda entrada. Podía ver su rosado interior. Me acerqué un poco para ver como sus dedos entraban en lo más íntimo de mi madre que se agitaba en la silla en la que estaba sentada. Mi polla estaba cerda de ella, a menos de un metro. Veía como su mano aceleraba el ritmo, cómo ella se agitaba y de su interior salían flujos que chorreaban por su raja hasta mojar su asiento. Aceleré también mi ritmo para sentir con ella el orgasmo que nos producía vernos en tal situación.

Sus ojos se cerraban por el placer y ella los forzaba a que siguieran mirando mi hinchado glande que apuntaba a ella. Su mano se agitaba en su coño y su cuerpo se agitaba por el placer que estaba sintiendo.

Miré su pecho que se agitaba con sus movimientos y sus pezones parecían querer romper la tela que los contenían. Mi madre cerró los ojos y echó la cabeza atrás en el momento de sentir aquel orgasmo. Su boca lanzó gemidos de placer.

Yo estaba como en un sueño al ver a mi madre de tal manera. Sentía ganas de clavar mi polla en su maduro coño, pero eso no podía ser, era mi madre y bastantes guarrerías estábamos haciendo… Sentí una gran presión en mis huevos, me iba a correr. Miré la cara de mi madre, tenía la expresión descompuesta por el placer y los ojos muy abiertos por el orgasmo… y brotó el primer chorro de semen de aquel glande que la apuntaba. Y con tal fuerza salió que cayó sobre su pelo y su cara.

-¡Más, lanza más! – Gritaba enloquecida por la lujuria que la invadía. - ¡Moja a tu madre con tu leche!

Me acerqué un poco más y mi polla ahora estaba a menos de medio metro de ella, lanzando semen sobre su cuerpo que temblaba. Coloqué una pierna en medio de las suyas y sentí en ella el calor que brotaba de aquel coño. La mano que la masturbaba se agarró a mi pierna y sentí como su coño se pegaba mojándola. Empezó a restregarlo para darse de nuevo placer.

Estaba enloquecida, agitándose para que su clítoris se machacara contra mi pierna. Sentía como los flujos que lanzaba su coño bajaban por mi pierna. Salieron los últimos chorros de semen pero mi polla no perdió su dureza. Tener a mi madre masturbándose allí con mi pierna me volvía a excitar. De nuevo tenía otro orgasmo y podía verla.

Me soltó la pierna y me senté cansado por la eyaculación que había tenido, pero con la polla aún endurecida.

-¡Gracias hijo! – Me dijo. - ¡Nunca había tenido un orgasmo tan intenso! La verdad es que nunca había tenido dos orgasmos seguidos… ¡Gracias por hacer esto por mí!


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