Capítulo Primero: Noches dulces en el convento
Un convento de monjas en una ciudad del Norte de Italia a mediados del siglo
XVI.
Valeria y Claudia eran dos jóvenes novicias sin vocación. Sólo hacía unos
meses que habían entrado en el convento y aún no la habían encontrado.... la
vocación digo.
La aburrida vida de aquel lugar deprimente se les hacía insoportable: largas
horas de trabajo y rezos sin ninguna distracción. De la celda a la iglesia, de
ésta al refectorio, de ahí a la cocina, siempre igual, todos los días lo mismo.
Y siempre rodeadas por todas aquellas monjas abnegadas. Algunas eran
autoritarias como la madre superiora, otras muy devotas y serias, pero ninguna
se permitía una sonrisa o una amabilidad con las jóvenes.
Además las monjas mayores solían ser muy rudas y desagradables con las
novicias. Éstas tenían que hacer los trabajos más duros y recibían reprimendas y
castigos a la menor falta.
No es extraño que en este sórdido ambiente Valeria y Claudia terminaran
acercándose la una a la otra, eran casi de la misma edad y tenían sentimientos y
deseos parecidos.
Todo empezó una noche que Claudia, la más joven, sintió deseos de llorar una
vez más en la soledad de su habitación. Estaba muy deprimida e incapaz de pasar
otra noche sola en su celda. Por eso salió con sigilo al pasillo y se encaminó
hacia la de Valeria.
Ni siquiera se atrevió a tocar a la puerta para no despertar a nadie sino que
rascó ésta con las uñas. A Valeria le extrañó oír ese ruido pero al acercarse a
la puerta a ver quién era, oyó cómo le susurraba su amiga.
- Valeria, ábreme, soy yo, Claudia.
Sin saber muy bien qué hacer Valeria abrió finalmente la puerta y la dejó
entrar.
Lo que Valeria vio le sorprendió y agradó a un tiempo. Claudia no llevaba
encima su toca ni sus hábitos de manera que su largo cabello rubio caía ahora
libre sobre el camisón y éste se transparentaba dejando entrever las formas de
su cuerpo. Era la primera vez que Valeria veía el dorado pelo de su amiga y no
pudo evitar acariciarlo.
- ¿Qué te ocurre, querida?
- No puedo, no puedo pasar otra noche sola, déjame dormir contigo, por favor.
- Pero Claudia, sabes que eso está prohibido, si nos cogen nos castigarán.
- No me importa, no puedo pasar un día más aquí, no lo soporto, déjame dormir
contigo, sólo esta noche.
Claudia se echó a llorar abrazándose a su compañera. Ésta no supo qué
contestar pero el abrazo y el contacto del cálido cuerpo de su amiga no le
dejaron responder otra cosa.
- Está bien, quédate, pero no llores más, nos pueden oír.
En verano, las jóvenes novicias solían dormir sin sus hábitos, ni ninguna
otra ropa, sólo con un ligero camisón, de ahí que al abrazarse las dos jóvenes
sintieran perfectamente las formas y calidez de sus respectivos cuerpos que
hasta el momento habían ocultado los gruesos hábitos.
A Valeria le agradaron los breves pechos de Claudia, unos pechitos de
adolescente que contrastaban con los suyos, más redondos y grandes. Por contra a
Claudia el generoso pecho de su amiga le recordaba al de su madre lo cual le
reconfortó aún más en aquel ingrato lugar.
Las dos jóvenes se metieron juntas en el lecho y a pesar de la promesa
inicial de no repetirlo, siguieron haciendo lo mismo las noches siguientes. En
principio se limitaron a dormir juntas sin hacer nada más, pero con el tiempo
comenzaron a explorarse la una a la otra. Primero fueron caricias y pequeños
besos, y por fin una noche que hacía mucho calor decidieron dormir desnudas.
Dulcemente se acariciaron en sus partes más sensibles y pronto empezaron a hacer
el amor.
Así pasaron las semanas y los meses y la vida en el convento cambió
radicalmente para las dos novicias. Estaban enamoradas, o al menos creían
estarlo y eso las hacía felices. Todo lo que antes les había parecido oscuro e
ingrato era ahora perfectamente soportable, pues cada noche se acabarían los
sinsabores y vendría el premio que les resarciría de todo.
Las dos muchachas no pensaban en otra cosa. Tampoco creían estar haciendo
nada malo ni estar cometiendo ningún pecado. Al contrario, durante los trabajos
diarios se encontraban continuamente y todo eran miraditas y sonrisas cómplices
esperando el deseado momento de irse a dormir la una en brazos de la otra.
Es posible que esa actitud pasase inadvertida a la mayor parte de la
comunidad, pero la sagaz hermana Micaela no tardó en reparar que pasaba algo
raro con aquellas dos.
La hermana Micaela era la encargada de vigilar en secreto la moralidad de las
novicias recién llegadas y tenía un sexto sentido para esas cosas. No era la
primera vez que en el convento una monja se encariñaba de otra más de la cuenta
y había que velar para que la cosa no fuera a más. Consiguientemente, la hermana
se dedicó a vigilarlas estrechamente y tras unos días fue testigo de algo muy
revelador.
Creyendo que nadie las observaba, Valeria acarició los pechos de Claudia a
través de su hábito y le dijo algo en susurros que le provocó una sonrisa. La
hermana Micaela no pudo oírlo con claridad pero sí se quedó con dos palabras
"esta noche". En ese momento estuvo a punto de reprenderlas pero sospechando
algo más grave prefirió callar y esperar.
Efectivamente, esa misma noche, la hermana Micaela también se aventuró por
los solitarios pasillos del convento y fue hasta la celda de la novicia Claudia.
Esta estaba en completo silencio y permaneció allí largos minutos. Durante un
buen rato no ocurrió nada, sin embargo Micaela no se rindió y entonces fue hasta
la celda de Valeria. También allí todo parecía estar en calma, por lo que la
monja pensó que se había equivocado en sus sospechas. Sin embargo, cuando estaba
a punto de marcharse creyó oír algo dentro, algo como un gemido o un lamento.
Esperanzada, la hermana Micaela pegó la oreja a la puerta y cuando acostumbró el
oído empezó a percibir otras cosas.
- Sí, se dijo a sí misma, son esas dos niñas, pero ¿qué están haciendo?
La hermana Micaela apenas podía oír nada, sólo suspiros, y quizá palabras
sueltas, pero no podía reconocerlas. Sin embargo, en un momento dado Valeria se
puso a suspirar y medio gritar sin control.
- Sí asi, más fuerte, chúpame, no pares, voy a .....correrme!.
Esta vez Micaela se quedó helada,... de una pieza. Era monja pero no tonta,
ni había nacido ayer. Para ella estaba claro lo que estaban haciendo esas dos, y
era un tremendo...,un horrible pecado. Su primera reacción fue irrumpir en la
habitación para sorprenderlas, pero se lo pensó mejor y no lo hizo. Aquello era
mucho más grave de lo que creía y había que ponerlo en conocimiento de la
abadesa inmediatamente.
Puede que la hermana Micaela actuara por cuestiones de conciencia, pero Sor
Angela, la Madre Superiora, era una bruja de la peor especie y cuando escuchó la
revelación de la hermana la despidió sin más con la orden de que no contara a
nadie lo que sabía. Sin embargo, cuando la Abadesa se quedó a solas una extraña
sonrisa sádica asomó en su rostro mientras se llevaba la mano a la entrepierna
para acariciarse.
Al día siguiente, la madre abadesa ordenó la redistribución de las celdas
entre algunas hermanas que naturalmente afectó a las dos novicias. En su recto
modo de pensar, la hermana Micaela creyó que la madre abadesa había dado una
solución rápida y discreta a ese pecaminoso asunto, sin embargo, la intención de
ésta era muy distinta y desde luego nada piadosa.
De hecho, las celdas a las que fueron enviadas las novicias no eran celdas
normales sino muy especiales, pues sobre ambas existía una pequeña habitación
secreta a la cual sólo se podía acceder desde la cámara de la madre superiora.
Además, y gracias a unos agujeros practicados en el techo se podía ver lo que
ocurría dentro de las citadas celdas sin que sus ocupantes se percataran.
La abadesa tuvo que esperar varios días, pues las jóvenes novicias decidieron
actuar con prudencia no fuera que lo del cambio de celdas tuviera que ver con
sus actividades nocturnas. No obstante, tampoco pudieron aguantar mucho de modo
que una noche Claudia volvió a las andadas. Esa noche, la paciente espera de la
abadesa se vio recompensada con creces.
Las dos jóvenes novicias estuvieron varias horas juntas y lo que ocurrió en
ese tiempo hizo que la vieja abadesa se hiciera tantas pajas que perdió la
cuenta. Las chicas ni siquiera apagaron la luz para hacer el amor, Claudia se
quitó el camisón de un golpe al entrar en la habitación y Valeria subió los
brazos para que se lo quitara a ella también mientras la otra llenaba de besos
su torso. En unos segundos los dos cuerpos desnudos estaban enredados en el
lecho y las dos no paraban de acariciarse o besarse locas de lujuria.
No era la primera vez que la abadesa usaba dichas celdas para espiar a sus
novicias, pero Sor Angela nunca había visto a dos jovencitas haciendo el amor y
menos de forma tan apasionada. Además la cosa fue a más por momentos y las dos
novicias recurrieron a las prácticas más aberrantes que nadie pudiera imaginar.
En un momento dado Claudia se puso a chuparle los pechos a su compañera mientras
ésta se limitaba a gemir con los ojos cerrados. Luego le tocó el turno a Valeria
que se puso a comerle el coño a Claudia con toda naturalidad. La abadesa se
tocaba una y otra vez sus viejas tetas viendo con envidia cómo a Claudia se lo
comían con tanta delicadeza y esmero. Ni las putas del arroyo habían
desarrollado tanta habilidad, noche tras noche de placer.
Tras esto, las dos se pusieron a hacer un sesenta y nueve y Sor Angela no
pudo evitar levantar sus faldones y masturbarse. Desde su posición alta podía
ver por detrás el sensual cuerpo de Valeria a cuatro patas con el culo en alto y
la cara enterrada entre las piernas de Claudia. Y por otro lado el angelical
rostro de ésta mientras le mamaba el coño a su compañera pasándole una y otra
vez la lengua entre los labios de la vagina.
La madre superiora acompañó con sus orgasmos los de las dos jóvenes que no
por eso dejaron de hacer cosas cada vez más fuertes. En un momento dado Valeria
sacó un objeto alargado de debajo de la cama, le colocó una especie de funda de
piel y se lo introdujo dentro de su coño. Entonces, asegurándolo a la cintura
con unas correas se empezó a follar su compañera con él. Las dos follaron con
ese objeto durante un buen rato gritando como posesas.
Claudia llegó antes que su amante, entonces Valeria ofreció su ano a su amiga
y ésta hundió su cara entre los glúteos y se puso a chuparlo ante la atónita
mirada de Sor Angela. Después de chuparlo se metió el dedo índice en la boca y
se lo fue introduciendo a su amante por el agujero del culo. Valeria apenas
podía contener los gritos de placer. Luego de un rato de chupar bien el ano con
su lengua y dilatarlo con los dedos, Claudia cogió otra vez el falo y se puso a
sodomizarla con él mientras le daba fuertes nalgadas que le dejaban rojos los
mofletes del culo. Mientras su amiga la enculaba con aquel instrumento Valeria
no dejaba de masturbarse con los dedos sin parar de suspirar.
Eso sí que nunca lo había visto la abadesa. Tras un rato de follar de esa
manera otros cinco minutos, Valeria apenas pudo reprimir sus gritos de placer y
se corrió.
- ¡Sodomía! Dijo la abadesa entre cachonda y escandalizada. No hay duda de
que esto es cosa del Demonio, se arrepentirán esas putas.
A pesar de su indignación, la Madre Abadesa siguió acudiendo todas la noches
a la habitación secreta. Durante dos semanas y, sin faltar una noche, las dos
jóvenes le dieron un espectáculo parecido de lujuria y depravación. Poco a poco
la madre superiora fue superando su sorpresa inicial y ahora se masturbaba
anticipando los sádicos placeres que pensaba disfrutar en breve. En ese momento
las despreocupadas jóvenes yacían abrazadas en el lecho e ignoraban que en la
malvada mente de Sor Angela se estaba diseñando un plan diabólico.

De hecho, cuatro noches después, la abadesa no fue la que disfrutó de su
entretenimiento secreto pues en su lugar se encontraba su hermano el obispo. El
día anterior Sor Angela le había puesto al corriente de estos sórdidos hechos
mediante una prolija carta que captó su interés inmediatamente. Ruggiero da
Rimini, era un digno hermano de Sor Angela pues de obispo sólo tenía el nombre.
Más bien era un viejo gordo y degenerado que vivía entre barraganas y
prostitutas y al que más de una vez su hermana había facilitado novicias y
jóvenes monjas complacientes para que calentaran su lecho. Cuando se enteró de
que había en el convento dos novicias lesbianas quiso verlo él también, así que
con la primera excusa que encontró fue a visitar el convento.
Ese día se celebró misa mayor por el magno acontecimiento y todas las monjas
del monasterio recibieron la bendición del señor obispo. La madre abadesa ya le
había señalado a las dos pecadoras así que cuando Claudia se acercó a recibir la
bendición se arrodilló y no pudo evitar sonrojarse ante las rijosas palabras del
obispo. Este agarró a Claudia de la mano y le susurró.
- Qué bonita eres hija mía. Tienes suerte de estar protegida por esos
hábitos. Si no fueras novicia ya habrías probado a qué sabe el miembro de un
hombre.
Claudia se sintió ultrajada por esas palabras y por la mirada lujuriosa de
aquel sapo que babeaba a pocos centímetros de su cara, así que se deshizo como
pudo de la mano y volvió rápidamente a su sitio con el corazón palpitando.
Durante los oficios el obispo miró sonriente varias veces a la muchacha lo cual
hizo que ésta bajara la cabeza avergonzada y con la cara roja. Y lo más curioso
es que esa situación le hizo mojarse hasta tal punto que esa noche no pudo
evitar hacer la acostumbrada visita a su amante Valeria.
- ¿Estás loca? Le dijo ésta, esta noche no podemos hacerlo, el convento está
plagado de los soldados del obispo y vigilarán los pasillos. Vete a tu
habitación
Claudia no lo pudo evitar, desoyendo lo que le decía su amiga, se desnudó en
un santiamén y se echó en brazos de Valeria. Esa noche, Claudia folló como
nunca, cerró los ojos y en lugar de pensar en su adoraba Valeria estuvo todo el
rato pensando en el obispo. Era algo inexplicable pero le ponía cachonda
imaginarse a aquel cerdo abusando de ella. Se lo imaginó con una enorme polla
que ella chupaba y de la que salían enormes cantidades de semen como les ocurría
a los cerdos sementales del convento. De este modo, Claudia pidió enseguida a su
amiga que sacara la verga para penetrarla por la vagina y por el ano, pero antes
la chupó como una loca, como si se la estuviera mamando a un hombre. Valeria no
daba crédito a lo que veía.
Esa tórrida escena hizo que el obispo que no perdía detalle desde la
habitación secreta eyaculase tras espiarlas largo rato sin parar de masturbarse.
La joven Valeria era una hembra hermosa con un bello cuerpo de generosas curvas.
Pero a ojos del depravado obispo la joven Claudia era preferible. Claudia era
poco más que una adolescente y tenía un cuerpo menudo y delgado con un pequeño
culito de niña exactamente como le gustaban a él.
Tras limpiarse las manos de su propio semen, el obispo salió de la celda
secreta y fue a la cámara de la abadesa, impaciente por llevarse de allí a
aquella jovencita rubia.
- Ya he visto bastante, le dijo a la abadesa aún excitado, tenemos que actuar
ahora mismo.
Y saliendo al pasillo dijo.
- Capitán coge unos soldados, recorre el pasillo de las novicias y registra
sus celdas, tienes el permiso de la Madre Superiora.
El soldado miró a ésta que afirmó con la cabeza adivinando la intención de su
hermano. No entendió muy bien por qué le daban esa orden, pero estaba
acostumbrado a obedecer sin hacer preguntas.
Minutos después los soldados recorrían el pasillo de las novicias y aunque
Valeria y Claudia les oyeron desde dentro de su habitación reaccionaron tarde.
Antes de apagar la vela, la puerta de la celda se abrió de una patada. Los
soldados entraron con sus cuchillos desenvainados y se quedaron mudos al ver a
las dos jovencitas desnudas abrazada la una a la otra muertas de terror. El
capitán esperaba todo menos eso.
Minutos después un improvisado tribunal se formó en la sala capitular del
monasterio. Este lo formaban el obispo y la abadesa auxiliados por algunos
frailes y monjas de confianza. Las dos jóvenes novicias se encontraban ante
ellos flanqueadas por el capitán y varios soldados. Se les había permitido
cubrirse con sus camisones pero en ese momento estaban descalzas y tiritando de
miedo y de frío.
- Capitán, ¿qué es esto, qué ha pasado?
- Ilustrísima, me encontraba haciendo guardia cuando vi algo sospechoso y
decidí entrar en la celda de una de las novicias. Entonces encontré a estas dos
haciendo...haciendo..
- Haciendo ¿qué capitán?, continua
- Creo,, creo que estaban haciendo el amor señoría
- ¿Con quién capitán?
La pregunta dejó descolocado al soldado
- Es...estaban solas, señor, ¿cómo que con quién?
- Una de dos, capitán, o estaban haciendo el amor entre ellas, lo cual es un
horrendo crimen contra natura, o bien lo hacían con un espíritu o una entidad
diabólica...... lo cual es aún peor ¿estáis de acuerdo madre?
- Por supuesto Ilustrísima, la experiencia me dice que en estos casos el
Maligno no anda lejos, la Santa Inquisición ha probado repetidas veces este
extremo, Satán gusta de poner su mano sobre estas inocentes criaturas para
arrebatar sus almas a Dios.
Valeria quiso protestar pero el obispo se lo impidió.
- Cállate, ya tendrás ocasión de hablar a su debido tiempo. ¿y bien capitán?,
¿juraríais que no había ningún ser maligno fornicando con ellas?. ¿Vais a negar
lo que afirman los doctos inquisidores en sus manuales?
El capitán se vio cogido entre la espada y la pared.
- Señoría, quizá hubiera algo.... o alguien con ellas, pero si fue así
desapareció inmediatamente.
- O sea que lo admitís, muy bien capitán, vuestro testimonio será requerido
más adelante en el juicio, quedáis a disposición de este tribunal.
El capitán se apartó haciendo una reverencia
- Y bien, ¿qué tenéis que decir vosotras?, ¿cómo explicáis que os encontraran
en tan vergonzosa situación?
Valeria se arrodilló muerta de miedo con las manos entrelazadas.
- Señoría somos inocentes, es mentira no hacíamos eso que dice el capitán.
- ¡Cállate puta!
El capitán le dio un tortazo que la tiró por el suelo.
- Desgraciada ¿Y dices eso a pesar de haber sido sorprendidas en el acto?.
¿Te atreves a contradecir la palabra de un hombre de honor?. El obispo
sobreactuó un poco. Muchacha, más te vale decir la verdad aquí y ahora, si no
tendremos que recurrir a otros métodos para haceros confesar.
- Somos inocentes, no hemos hecho nada, dijo Valeria con la mano tocándose el
carrillo enrojecido y las lágrimas asomando a sus ojos.
- Ya veo que es inútil, no vas a hablar, ¿Y tú, vas a confesar por las
buenas?, le dijo el obispo a Claudia. Ésta no contestó, sino que negó con la
cabeza volviendo a bajarla avergonzada.
- Está bien ya veo que calláis obedeciendo a vuestro señor Lucifer, pero no
importa ya hablaréis, los verdugos se encargarán de ello en las mazmorras del
Palacio Episcopal.
Ante estas palabras las dos jóvenes miraron boquiabiertas al obispo.
- Madre Superiora, ya que están bajo vuestra protección, pido vuestro permiso
para conducir a estas dos descarriadas al palacio episcopal para que puedan ser
convenientemente examinadas por el físico e.... interrogadas por los verdugos.
Las jóvenes comprendieron perfectamente qué significaba ser "interrogadas"
por los verdugos del obispo y tuvieron que controlarse los esfínteres para no
mearse de miedo.
- Todo sea por el bien de sus almas, añadió la abadesa hipócritamente.
Adelante, lleváoslas y que Dios se apiade de ellas.
- Capitán conduce a las condenadas al palacio episcopal esta misma noche y
enciérralas en una mazmorra. Mañana se formará el tribunal y empezará el
interrogatorio. Ah y asegúrate de que nadie las toque por el momento pues
tendrán que ser examinadas por un físico para que certifique su virginidad.
El obispo y la abadesa se marcharon de allí mientras los soldados procedían a
maniatar a las dos jóvenes llorosas y angustiadas que aún no entendían por qué
les estaba ocurriendo algo tan horrible. Como no tenían cadenas tuvieron que
improvisar, y con unas ásperas sogas les ataron las muñecas a la espalda.

Hecho esto consiguieron un caballo para llevarlas hasta el palacio episcopal
esa misma noche. El obispo quiso que el traslado se hiciera discretamente, por
eso se hizo por la noche y las dos novicias fueron amordazadas durante su viaje
para que sus gritos o súplicas no despertaran a nadie.
Ya lejos de los guardias y viendo cómo maniataban a las dos jóvenes, la madre
abadesa no se pudo reprimir.
- ¿Mandarás que las torturen, hermano?.
- Querida, la santa iglesia nunca tortura a sus hijos, de eso se ocupan los
verdugos como bien sabes, y eso sólo lo harán si es absolutamente necesario.
La madre insistió muy excitada.
- ¿Me dejarás ver cómo las torturan?
- Sí, por supuesto
(Continuará)