La Proposición de Fabio II
Nuestra protagonista vuelve a gozar con su amante y un
amigo se une a la fiesta
Nos conocimos a través de Fabio, un amigo común. Gianluca
era, al decir de Fabio, flor de pícaro con las mujeres. Fabio, por su lado,
no era ningún santo, y lo sabía porque habíamos follado en algunas ocasiones
pero como era cliente de la empresa que tenemos mi marido y yo tuvimos que
dejar de vernos, lo cual me daba una bronca bárbara, ya que él estaba muy
bueno y varios de los orgasmos que tenía con mi marido se los debía a él.
El asunto es que Gianluca no era una locura, pero no sé
por qué, quizá porque los hombres pícaros siempre me dan un dolorcito del
lado interior de la pelvis, apenas lo vi, me dio un golpe en el pecho y el
corazón me palpitó más rápido.
No sé si puse cara de estúpida, o que cuando me pongo
caliente con alguien pongo una cara especial o que, simplemente, que él era
gran conocedor de las reacciones femeninas. El tema es que, como si notase
como me sentía yo, me lanzó una sonrisa muy sutil entremedio de las miradas
de mi marido y de los demás, sólo con sus ojos, que dejó marcado en nuestras
historias algún momento posterior muy intenso.
Luego de aquel encuentro inicial seguimos viéndonos en
muchas ocasiones, aunque siempre con mi marido presente o en encuentros y
reuniones de amigos: comidas, asados, idas al cine. Pero nunca faltaban
entre nosotros aquellas miraditas, aquellos comentarios, que mantenían aquel
acuerdo tácito de que allí había un asunto pendiente.
Durante algunos de esos encuentros recuerdo una ocasión
que estabamos jugando al truco y formamos pareja con Gianluca. Entre risas y
chistes, jugábamos para divertirnos contra mi marido y Sandra, una amiga del
grupo.
Grito va, envido viene, seña va, seña viene, de pronto me
equivoqué en una seña. Gianluca se rió y me siguió. Como si fuera broma, me
hizo otra seña equivocada. Luego de esa seña ya no me importó demasiado el
partido. Prefería seguir bromeando con Gianluca y hacernos señas ocultas,
haciéndonos guiñadas, mordiéndonos el labio inferior y pasándonos la lengua
por los labios con excesiva lentitud.
Nuestras risas ya no eran tan carcajadas y sí eran cada
vez más nerviosas. A todo esto mi marido estaba en otra. Él sí jugaba en
serio y quizá por todo el vino que había tomado no se daba cuenta de nada de
lo que allí pasaba.
Aquella partida ya se había transformado en un suplicio y
sólo deseaba que se terminara de una vez, ya que yo estaba tan caliente que
temía que en cualquier momento todo iba a reventar. O que mi marido se iba a
dar cuenta o yo me iba a llevar a Gianluca a algún sitio privado para
hacerle saber cómo me sentía.
Cuando llegó la hora de irse mi marido ya estaba bastante
borracho y yo tuve que manejar hasta casa.
Nos fuimos al cuarto y cuando yo salí del baño sentía que
tenía el clítoris tan inflamado que casi debía caminar con las piernas
entreabiertas. Caliente como estaba me llevé una gran desilusión, él ya
estaba dormido como un tronco.
Me tiré sobre la cama y comencé a acariciarle el bulto
por encima del pantalón para ver si lo despertaba un poco. Lo único que
obtuve como respuesta fue un resoplido y girando sobre sí mismo quedó boca
abajo dando profundos ronquidos.
Me levanté de la cama, me fui hacia el baño y tomando, de
la repisa, un tubo de desodorante, de unos que tenían la tapa redonda, me
senté sobre el bidé. Abriendo mis piernas comencé a acariciarme el clítoris
con el desodorante en una mano y a tocarme las tetas con la otra mientras me
imaginaba que por la puerta del baño entraba Gianluca.
No podía imaginarme con mucho detenimiento, porque con
sólo pensarlo me subían unas sensaciones indescriptibles desde la vagina
hacia el estómago y la garganta y unas ganas de acabarme que no podía
contener. Entonces apuré los trámites. Me imaginé que se bajaba rápidamente
los pantalones y con un ágil movimiento me introducía, de rodillas contra el
bidé, su verga que estaba super dura. En el mismo momento que yo abría las
piernas todo lo posible y me enterraba el desodorante lenta pero firmemente
y sentía cómo resbalaba entre las lubricadas paredes hasta el fondo de mi
vagina.
En ese preciso instante, en que el miembro de Gianluca en
mi imaginación y el desodorante en mi mano, entraban por primera vez en mi
concha, un temblor me recorrió el cuerpo y me contraje abruptamente de pies
a cabeza. Piernas, vagina, abdomen, brazos se sacudían sin control en medio
de un violento orgasmo a la vez que escapaba de mi garganta un gemido, o
alarido que no pude ahogar.... Aaaaaahhhhhh!!!!!!.....
Aaaaaaaahhhhhhh!!!!!!!! Que debió durar como dos o tres
minutos.
Me quedé un rato largo contraída sobre mí misma, con los
ojos cerrados pretendiendo que aquello era la realidad y que así debió
terminar aquella velada.
Un par de días más tarde nos volvimos a encontrar y como
si hubiese adivinado lo que ocurrió aquella noche, me pregunto: ¿No tuviste
mucha suerte con aquél, la otra noche, no? Debí ponerme colorada o poner
cara de estúpida nuevamente pero creo que le confirmé plenamente sus
sospechas. Él parecía darse cuenta de todo. Con sólo mirarme sabía qué
quería yo.
Un par de semanas más tarde organizamos una reunión de la
barra en la casa de Jorge. Tenía flor de casa. De esas con habitaciones por
todos lados y terrible patio con barbacoa y todo lo demás.
Conversamos, jugamos a las cartas o hicimos juegos
grupales mientras bebíamos y nos divertíamos mucho.
En varias ocasiones durante toda la noche nos habíamos
cruzado varias miradas con Gianluca, quien estaba algo alegre por la bebida
pero todavía muy lúcido, y me había lanzado algunas guiñadas o había dejado
entresalir la lengua de su boca sonriente, con mucho disimulo, y me miraba
como diciendo: te deseo.
A esa altura mi nerviosismo inicial de las primeras
miradas ya empezaba a ser calentura y como siempre me ocurre la parte
interior de la pelvis comenzaba a palpitarme como si quisiera algo duro
contra qué friccionarse.
Como la casa era grande yo buscaba la manera de estar un
rato a solas con Gianluca. No sé muy bien qué iba a hacer después, pero el
momento seguramente lo diría, ¿no?
En determinado momento le pido que me ayude a traer las
ensaladas, y cuando llegamos a la cocina, yo me detuve a recoger la primera
fuente sobre una mesa en un lugar que dejaba un paso muy estrecho para que
circularan dos personas sabiendo que él debería pasar por ahí a recoger la
siguiente fuente.
Él, nada bobo, cuando pasa por detrás de mí, lo hace
mirando hacia donde estaba yo de manera que forzosamente su miembro iba a
rozar mis glúteos.
Cuando pasa, con excesiva lentitud, efectivamente, siento
cómo su pene semi duro, por encima de un short de baño suelto y de tela muy
fina, se detiene un instante, justo en el momento en que se ubica sobre la
raya de mi cola.
En ese instante, que a mí me pareció una eternidad,
cuando sacaba su miembro de entre mis nalgas dijo con el tono más irónico
que podía: Oh! ¡Perdón!
El corazón me dio un salto que pensé que se me saldría de
la boca. Lo único que salió de mi garganta fue un suspiro y una risita
nerviosa.
Gianluca caminó hasta el fondo de la cocina tomó un par
de espumaderas y cuando se disponía a pasar detrás de mí, fui yo, ahora,
quien tomó la iniciativa. En el preciso instante que él iba a pasar con su
miembro semiduro por entre mis nalgas yo puse la marcha atrás y levantando
la cola lo mas que pude lo aprisioné contra la pared mientras le decía: no
fue nada, no te preocupes, entre sonrisas de calentura que ya no podía ni
quería ocultar.
Emitiendo un leve Aaaahhhh, Gianluca soltó las
espumaderas en la mesa por delante de mí y bajando sus manos hasta mi
cintura, las introdujo por debajo de mi blusa y de mi soutien y me agarró de
las tetas con una habilidad y destreza que me erizó toda la piel.
Yo sentía que esa verga, que tenía su buen tamaño, y que
en un primer momento estaba semiblanda iba endureciéndose y creciendo en el
transcurso de segundos y moldeando su short, por debajo de mi diminuta
minifalda se estrellaba fuerte y delicadamente contra mi vulva por sobre de
mi tanga.
Por unos instantes creo que perdí la consciencia. La
vista se me desenfocó. Me palpitaba hasta la última vena de mi cuerpo. No
hubiese necesitado más de cinco segundos más para acabarme.
En un instante pienso que pasó por mi mente un relámpago
de cordura y me di cuenta de lo que estabamos haciendo y de las pocas
precauciones que estabamos tomando. Fue cuando aproveché para sacarle la
cola y retirándome rápidamente le dije: ¡Estamos locos! ¡Vamos a pudrir
todo! ¡Vamos a llevar las ensaladas!
Tomé la fuente de la ensalada con ambas manos y salí
hacia el patio, donde estaban todos los demás charlando y riéndose. Todo el
mundo estaba en otra. Nadie había sospechado lo más mínimo. Ni siquiera mi
marido, que seguía jugando a las cartas y tomando vino en exceso como cada
vez que salíamos. Oh, no, otra vez va a tomar hasta quedar inservible y yo
con terrible calentura.
La velada siguió con risas y copas para todo el mundo y
yo no podía quitar de mi mente aquel momento vivido en la cocina. Mientras
caminaba sentía el clítoris hinchado entre mis piernas y el roce me
calentaba aún más. Nunca un hombre me había hecho sentir ni cerca de lo que
sentía esa noche. Me preguntaba si algún día se iba a concretar algo con
Gianluca. Yo no me animaría a tomar la iniciativa y no sabía si él lo haría.
Sumida profundamente en mis pensamientos no reparé que el
tiempo había pasado y ya era hora de irse a casa.
Me dirigí a mi marido para indicarle que debíamos irnos y
al intentar levantarse se fue sobre la mesa tirando varios vasos y alguna
botella. El pobre había tomado tanto alcohol que ya no tenía fuerzas ni
lucidez para mantenerse en pié.
Evidentemente esta noche - yo no podía pensar en otra
cosa- también tendría que recurrir al tubo de desodorante.
Al verme luchar contra el pedo de mi marido intentando
introducirlo en el auto, Gianluca y Fabio, muy amablemente se ofrecieron a
ayudarme a llevarlo hasta casa.
Que no se preocupen, que yo me encargo, que si no puedo
lo dejo tirado en la vereda, les decía entre risas.
Dale, que no es molestia, que si no vamos, vos no lo vas
a poder hacer subir la escalera.
Nos subimos los cuatro al auto y conduje hasta casa
mientas por mi cabeza corrían todo tipo de pensamientos. Pero lo único que
lograba era calentarme más porque yo no estaría dispuesta a dar la más
mínima de las posibilidades de que allí ocurriera algo. Es decir, cuando la
posibilidad de tener algo con Gianluca se acercaba yo me cagaba hasta los
pelos.
Llegamos a casa y, en un solo envión, Gianluca y Fabio
subieron la escalera, entraron al apartamento y arrojaron a mi marido, ya
dormido y rezongando entre sueños, sobre el sillón del living.
Como es de rigor, ya que me habían hecho tremendo favor,
les ofrecí algo que tomar. Ambos me pidieron sólo agua mineral, ya que
alcohol y el picoteo de comidas fuertes les había dejado el estómago
caliente.
Cuando Gianluca terminó su vaso de agua, se volvió hacia
mí y con esa mirada que me calentaba tanto me dijo señalando a mi marido:
éste no se va a despertar en unas cuantas horas, ¿Querés que nos quedemos un
rato a hacerte compañía?
Al escuchar esto me subió una sensación desde el pecho
hacia la garganta que me cortó la respiración por un momento y como era de
imaginar nuevamente surgió la cara de estúpida. Seguramente me puse
colorada. El hecho fue que, lejos de decir que no, lo único que atiné a
hacer fue a hacer un gesto hacia Fabio como diciendo: ¿y a éste...,? ¿Que lo
hacemos?
Pero ni bien Gianluca me decía que no importaba, que
Fabio era discreto, que ya sabía todo, ya me estaba tomando por la cintura
con ambas manos y mientras se agachaba para pasarme la lengua por el cuello
arrimó su pelvis contra la mía y el contacto con aquel anhelado miembro semi
erecto me hizo olvidar de todo.
Gianluca comenzó a descender con la lengua por el escote
y se acercaba al nacimiento de mis pechos que parecían explotar. Mis ojos se
cerraron para permitir que mi mente asimilara cada momento, cada contacto.
Lo único que atinaba a hacer era entregarme y emitir pequeños gemidos que
salían de mi garganta de forma involuntaria.
En determinado momento que Gianluca ya me había
desabotonado la blusa, levantado el soutien y estaba lamiéndome los pechos
en forma terrible siento que un par de manos que no estaban en el asunto me
toman, desde atrás, por la parte delantera de mis caderas y me halan hacia
atrás hasta chocar mi cola contra otro cuerpo masculino. Era Fabio, se había
metido en el baile por la puerta del fondo. ¿Qué debo hacer? ¿Lo dejo? En
realidad yo le seguía teniendo ganas... y en ese momento, con terrible
calentura, cuántas más manos y vergas tuviera para mí sola parecía estar
mejor.
De todas maneras, no me dio tiempo de elegir. Él lo hizo
por mí. De pronto sentí que introducía su miembro, ya duro y fuera de su
bragueta por entre mis piernas. Y mientras sentía que por encima de la tanga
me acariciaba la concha con su glande mientras por delante Gianluca me
rozaba la pelvis con la verga. Una contracción me recorrió el cuerpo y de un
grito, algún alarido y varios gemidos deje escapar un orgasmo gigantesco que
me vino, de improviso, sin poder controlar. AAAAAAaaaaaaaaaaahhhhh!!!...
AAAaaaaaaahhhhh!!... Aaaaahhh!!!... Aahhhhhhhhh!... SSSSSiiiii... Qué
bueeeeennnoooohhhhh...
Realmente, ese orgasmo había pagado con creces el tiempo
esperado. Pero no había razón para no seguir en aquella actividad tan
placentera.
Cuando la tensión de aquel orgasmo mayúsculo había
descendido un poco y antes que comenzara a subir nuevamente les sugerí a
Gianluca y Fabio que nos fuéramos al dormitorio ya que ahí, en el living, mi
marido podría despertarse.
Ambos accedieron a llevarme al dormitorio y sin soltarme
y, dejando de besarme y de acariciarme sólo para irme despojando de mi ropa,
fuimos caminando dificultosamente por el pasillo hacia el cuarto.
Cuando llegamos al cuarto me arrojaron sobre la cama,
boca hacia arriba, completamente desnuda. Terminaron rápidamente de quitarse
la poca ropa que les quedaba y se fueron acercando, con sus enormes vergas
en sus manos.
El alivio que me había provocado el orgasmo anterior ya
había desaparecido por completo. La sola presencia de aquellos dos machos
totalmente desnudos frente a mí hacían que mi vagina se lubricara a mil y
que los deseos de ser penetrada por aquellos miembros gigantes aumentaban a
cada segundo.
Gianluca se encaminó hacia mi parte inferior y separando
mis rodillas semi levantadas se fue ubicando entre mis piernas mientras
Fabio traía su miembro a la altura de mi cara y pacientemente se lo
acariciaba mientras permitía que disfrutara el trabajito que comenzaba a
hacerme Gianluca.
Éste, arrodillándose en el piso apoyó el pecho sobre la
cama y entrando con sus hombros por entre mis piernas me sujetaba firmemente
de la cadera. Yo, desde mi posición, podía ver su cara sonriente aparecer
por entre mis tetas, mi barriga y mis piernas. Con esa sonrisa estaba como
diciendo: ¿viste? Tardó, pero al final llegó. Con esa sonrisa que siempre me
había calentado tanto...
Pude ver cómo esa cara me besaba el ombligo, la
entrepierna y luego se ocultó hasta los ojos debajo de los vellos de mi
pubis. Un escozor recorrió todo mi cuerpo cuando Gianluca rozó suavemente mi
clítoris con su lengua. Debo confesar que jamás un hombre me había chupado
la concha de esa manera, a excepción de Fabio, claro.
Otro lengüetazo un poco más intenso rodeando el clítoris
con mayor dedicación siguió luego arrancándome un profundo suspiro.
Lentamente comenzó a introducir su lengua entre los labios de mi vulva
buscando cada rincón de placer y a medida que transcurría el tiempo iba
agitando su lengua con un ritmo cada vez más acelerado.
Los escalofríos se sucedían unos a otros y yo podía ver
su cara subir y bajar en movimientos rítmicos que yo acompañaba
violentamente con mi pelvis a la vez que abría cada vez más las piernas para
pedir más placer.
Arriba... abajo..., arriba... abajo... ,
Y yo le decía: sssssiiiiii..., assssiiiiii..., dale
assssiiiii..., aaahhh... aaahhh...
Las ganas de acabarme comenzaban a venirme pero todavía
las podía contener. De pronto miré a mi lado y fue demasiado... ahí, a
centímetros de mi cara estaba Fabio con su miembro terriblemente duro. Con
su mano derecha se lo pajeaba lentamente ocultando y mostrando
alternativamente una enorme cabeza rosada. ¡Qué verga! Parecía incluso más
cabezona y larga desde la ultima vez que la había visto, un portento de
picha, tan grande y tan linda.
Estiré mi brazo derecho y se la agarré por la base y
aquello estaba tan duro y era tan fibroso debajo de aquella piel que
resbalaba perfectamente dentro de mi mano, arriba y abajo, arriba y abajo,
que me excitó tanto que sentí que se me venía una acabada terrible. Apreté
la cabeza de Gianluca entre mis piernas, con su lengua apretándome el
clítoris y la verga de Fabio en mi mano derecha y tuve un orgasmo de los más
fuertes de mi vida.
En un grito que debieron sentir todos los vecinos exploté
todo ese placer acumulado a la vez que se me contraían los músculos
abdominales en un violento y placentero espasmo. Aaaaaaaaahhhhhhhh! Grité
repetidas veces y aquello parecía no tener fin.
Aquello era increíble, ya había tenido dos acabadas
grandiosas y sin siquiera haberme puesto la puntita.
Gianluca, por aquellos momentos ya tenía terrible
calentura. Quizá lo excitó la chupada que me hizo o cómo me acabé. El hecho
es que cuando me enderecé para atenderlo a él ya tenía la verga como un
hierro.
Entonces me puse en cuatro patas sobre la cama y
pidiéndole que se acostara me dispuse a hacerle algo que hacia tiempo no le
hacía a mi marido: chuparle la verga. Pero bueno, mi marido últimamente
nunca me había hecho sentir de esa manera, tampoco.
Con muchas ganas e inspiración me metí el duro pedazo de
carne en la boca y lo metía y lo sacaba acariciando la cabeza con la lengua.
Podía sentir sus jadeos y quejidos de placer a la vez que con desesperación
me tomaba la cabeza entre sus manos.
Nunca hubiese imaginado de qué manera me excitaba aquello
que estaba haciendo. Queria tragarme toda la leche pegajosa que eyaculara,
estaba trastornada de pasión. Mi vagina volvía a segregar montones de jugos
lubricantes. Fabio pareció darse cuenta de lo excitada que estaba y de cómo
necesitaba que me enterraran una verga lo más grande posible en la vagina.
Necesitaba sentir algo de fricción contra el hueso de mi pelvis.
Cuando me di cuenta de que Fabio se había arrodillado
detrás de mí y acariciaba los labios de mi concha con la enorme y jugosa
cabeza de su verga casi me acabo. Pero me pude contener concentrándome en la
chupada que le estaba haciendo a Gianluca.
Pero a pesar de mis intentos no podía abstraerme del
placer que me daba Fabio por detrás. Tomaba los jugos de la puerta de mi
vagina y con suaves movimientos los esparcía por entre los labios de mi
concha y cada vez que me la pasaba por el clítoris me estremecía, dándole un
gran chupón a la verga que tenía en la boca, haciendo la delicia de
Gianluca.
Cada vez que volvía a la puerta de mi vagina a recoger
jugos metía la cabeza un poquito más y yo daba un profundo suspiro. Cada vez
deseaba más ser penetrada por aquel enorme pene, cuya cabeza ya me daba la
pauta de cómo lo iba a sentir dentro de mi concha. Ya estaba a punto de
explotar.
De pronto, Fabio entendió que yo ya había sufrido
demasiado las ganas de ser cogida y comenzó a metérmela. ¡Por fin! Aaahhh...
ssssiiii... dije yo quitándome la verga de Gianluca de la boca por un
instante.
El terrible pedazo comenzaba a ingresar despacio y
resbalaba perfectamente contra las lubricadas paredes de mi vagina a la vez
que el enorme espacio que ocupaba me iba generando un placer impresionante.
Yo quería disfrutar aquello al máximo. No quería acabarme
hasta tenerla toda adentro. Gozar que me serruchara un poco.
Aquello entro unos cinco centímetros pero era tan gruesa
que parecía que me partía al medio. ¡Ay! ¡Que me acabo! Cuando Fabio me
escuchó sacó su pene hasta tener sólo la punta de su cabeza enfrentada al
agujero de mi concha. Me oyó suspirar, aliviada. Pero volvió al ataque, esta
vez, enterrándome, lenta pero firmemente, diez o doce centímetros. Me partía
de placer. ¡Ahora sí! ¡No lo aguanto más! ¡Me voy a acabar! Nuevamente me
sacó el pedazo de carne rápidamente y nuevamente pude contenerme. El placer
era indescriptible. Esta vez no me permitió recuperar demasiado y ni bien la
había sacado completamente, aquellos, veinticinco centímetros de largo con
un diámetro de 7 (y lo se porque la he medido completamente erecta),
volvieron a deslizarse totalmente dentro de mi concha. Sentí que me abría al
medio. El placer que me provocó aquella arremetida no entra dentro de este
relato. ¡Ahora si que no puedo evitarlo! ¡Ahora sí que me
acaboooooohhhhh...! Aaaaahhhhsssssiiiiiihhh...
Me acabé con tal violencia que Gianluca debió quitarme la
verga de su boca para evitar acabarse con el chupón que le di. Si alguna vez
me hubiese imaginado el placer que me seguiría proporcionando ese pistolón,
seguramente no hubiera dejado pasar tanto tiempo.
¡Aahhh...! ¡Que buenooohhh...!
Mientras me acababa con intensas contracciones de todo el
cuerpo sentía que Fabio me seguía serruchando con aquel terrible pedazo de
tripa, duro como hierro, y hacía que aquella sensación no acabara nunca. No
sólo no se me iba la sensación sino que esa forma de serrucharme, sacando la
verga hasta la punta de la cabeza y enterrándomela toda, lentamente, hasta
los huevos, empezaba a excitarme nuevamente y ya me llegaban, nuevamente,
sensaciones de otra acabada.
Pero yo quería gozar, también, con Gianluca, que era
quién, al fin y al cabo me había llevado a esa situación que estábamos
gozando, ahora, los tres.
Con una pena bárbara desprendí las manos de Fabio que se
aferraban mis caderas para utilizarlas a modo de asas de dónde afirmarse
para controlar cada penetración y separé la cola hacia delante de forma que
pude sentir cómo aquel miembro caliente salía, centímetro a centímetro, de
mi interior.
Al borde del orgasmo como estaba y en cuatro patas avancé
sobre Gianluca, que estaba boca arriba sobre la cama, pasándole la lengua
por la barriga, subiendo por el pecho mientras su verga, terriblemente dura
por la chupada que le había estado haciendo, me pasaba por entre las tetas.
Seguí avanzando hasta que, sentándome sobre él, le tomé la verga por la base
y me la puse entre los labios de la vulva. Luego de hacerme un par de
caricias en el inflamado y lubricado clítoris me lo enfrenté al agujero de
la concha y en un solo movimiento, acompañado de un profundo gemido:
aaaaahhhhh... me la enterré hasta los huevos. ¡Qué buenoooohhh...! Lenta y
suavemente comencé, apoyada sobre mis rodillas en la cama, a levantarme y a
sentarme sobre Gianluca sintiendo cómo su verga entraba y salía de mi vagina
provocando gran placer a mi hipersensible vulva mientras Fabio dio la vuelta
y se paró por delante de mí. De esta manera su verga quedó enfrente de mi
rostro. Esa hermosa verga, que no había tenido la oportunidad de disfrutar
demasiado con mis manos no se me iba a escapar. La tomé con mis dos manos,
ya que el espacio era suficiente, y me enterré la cabezota rosada dentro de
la boca lo más adentro que pude y mientras rodeaba el enorme glande con mi
lengua por cada uno de los rincones, con mis manos y mis dedos que no
llegaban a rodearlo por completo podía sentir cómo resbalaba, bajo la
delgada y suave capa de piel del prepucio, su fibroso y duro miembro. Con mi
mano izquierda le estrujaba los gordos y peludos testículos y con la derecha
recorría todo el pene. Desde la base hasta mi boca, atrás y adelante. Y otra
vez, pajear ese terrible pedazo duro, chupándole la cabeza a la vez que me
perforaba la concha con la verga de Gianluca y casi me acabo de nuevo si no
fuese que Fabio, en el intento de no acabarse él, me retiró rápidamente la
verga de la boca y se retiró unos metros a tranquilizarse un poco.
Disfrutaba muchísimo saber que les resultaba muy difícil resistir su deseo
por mí.
Igualmente seguí cabalgando sobre Gianluca, quien también
había tenido que detenerse un par de veces y cuya cara denotaba una
excitación terrible. A estas alturas, lo que Gianluca no sabía era que si
bien él me hacía gozar mucho, lo que yo deseaba era la verga de Fabio.
Me giré hacia él y, como suplicante, le hice una seña de
que se acercara para seguir gozando. Él se acercó, si, pero no por dónde yo
lo esperaba. Girando alrededor de Gianluca y de mí, se arrodilló por detrás
y mientras me acariciaba los pechos pasando sus brazos desde atrás su falo
me acariciaba la cola y la vulva, que ya estaba ocupada por la verga de
Gianluca.
Yo no sabía de sus intenciones, pero sus caricias en las
tetas, los besos en la nuca y principalmente sentir su verga cerca de mi
sexo me excitaba terriblemente.
De pronto retiró sus manos de mis infladas tetas y
ubicándolas suavemente en mi espalda me empujo hasta que mis brazos se
apoyaron en la cama a ambos lados de Gianluca. De esa manera yo quedé
literalmente en cuatro patas y comenzaba a ponerme nerviosa cuando siento
que Fabio comenzaba a introducir la punta de su dedo lubricado con saliva
dentro de mi ano. Me puse nerviosa porque jamás nadie me la había puesto por
el culo mientras alguno más me la estaba metiendo por la concha. Pero debo
confesar que en el mismo instante que Fabio me perforaba magistralmente con
la punta de su dedo me desaparecieron absolutamente todos los temores. Una
sensación de placer nunca antes vivida me provocó un estremecimiento que
hizo que mi espalda se arqueara hacia arriba a la vez que dejaba la cola
exactamente en la misma posición para que no interrumpiera el trabajo de
Fabio.
Ensanchaba mi agujero introduciendo y sacando su dedo
mayor perfectamente lubricado en forma totalmente coordinada con la verga de
Gianluca. Aquello me daba unas ganas de acabarme brutales que Fabio
dosificaba y detenía con la lentitud de sus movimientos.
Una vez que su ya dedo penetraba perfectamente hasta el
fondo procedió a sacarlo y tomando su pene de la base lo apuntó directamente
al agujero de mi culo. El enorme y suave glande acarició mi ano y se
escurrió dentro de mí, aaahhh..., mientras sentía que sus manos se ayudaban
sosteniéndome por las caderas. Un dolor, que me llenó de placer, me inundó
el pecho. La cabeza de la verga de Fabio ya me había penetrado por el culo y
se proponía, seguramente, a enterrármela toda. Me sacó la cabeza y con una
lenta y suave embestida volvió a meterme una parte mayor de aquel hierro
duro, escapándose de mi garganta un quejido que ya no era de dolor.
Seguramente se habría colocado bastante saliva, porque resbalaba y entraba
sin mucha fricción. Sólo que al entrar me daba la impresión que las nalgas
se me iban a separar para siempre. La siguiente vez entró hasta la mitad. El
placer y mis aullidos aumentaban en cada embestida. Yo me quedaba quietita
porque no quería que me doliera demasiado y para que entrara más fácil.
Además si me movía corría el riesgo de acabarme y quedarme sin gozar aquella
cogida por el culo que estaba buenísima. La sacó nuevamente, momento que
aprovechaba Gianluca para meterla hasta los huevos, y volvió a introducirla,
pero esta vez, hasta el fondo, aaaaahhhhhh... ssssiiii... Me sentí un
sándwich entre sus manos, que me aferraban fuertemente por las caderas, y su
cuerpo que golpeaba contra mis nalgas mientras sentía que por dentro me
traspasaba aquel enorme pedazo de carne provocándome una extraña mezcla de
dolor, ganas de defecar y de placer infinito.
Cada vez que Fabio salía de mi cuerpo, Gianluca me
penetraba y viceversa, cuando Gianluca me la sacaba, era Fabio el que me la
enterraba. Ambas vergas entraban y salían, chuaf... chuaf..., primero una y
luego la otra en perfecta coordinación mientras yo, quietita, mordiéndome
los labios de placer calculaba el momento para empezar a serruchar yo
también. Increíblemente, me estaba controlando y sin acabarme estaba
"orejeando" el mejor polvo de la noche. Desde muy adentro podía sentir la
sensación que llegaba con cada uno de mis movimientos. Comencé a moverme yo
también al compás de la serruchada de aquellos dos machos impresionantes que
me estaban enloqueciendo de goce. Movía la cola arriba y abajo lentamente y
podía sentir cómo la sensación del orgasmo me llegaba lentamente. Me detenía
y podía disfrutar la cogida sin que el orgasmo avanzara. Sin embargo, mi
cabeza, que estaba cada vez más repodrida no soportaba más aquella
situación. De tal manera, entendiendo que ya había disfrutado bastante
empecé a serruchar, también yo, fuertemente. Arriba, abajo, ssssiiiii...
adentro, afuera, aaahhhh...
Mis jadeos y gritos de placer iban aumentando a medida
que sentía llegar, lentamente, el orgasmo.
Ya estaba al borde y mis movimientos se descontrolaban,
desesperados, en busca del placer. Cuando Fabio me incorporó hacia él, que
estaba arrodillado detrás de mí, y me apretó fuertemente contra sí, me llegó
la acabada más fuerte que he tenido en mi vida. Un calor que partió desde la
vagina y el ano, me recorrió el cuerpo pasando por el estómago y se alojó en
mi garganta provocándome un ahogo que únicamente alivié con un gran alarido:
Aaaaaaaaahhhhhhhh...
Un torrente de leche caliente que me inundó la vagina y
el recto en el mismo instante que yo me estaba acabando completó el placer
de aquel momento.
Ambos machos, que aquella noche eran enteramente míos, me
apretaban fuertemente mientras bufaban y se contraían enviando dentro de mi
todo su placer. Gianluca se contraía mientras clavaba sus dedos en mis
caderas que lo cabalgaban y Fabio apretaba fuertemente mis tetas desde
atrás. Cada bufido, cada caricia, cada contracción, cada quejido de placer
parecía multiplicar mi goce.
Rendidos, exhaustos y profundamente satisfechos, casi en
la posición en que estábamos, nos dejamos caer sobre la cama y quedamos
durante largo rato, acariciándonos.
Una vez repuestos, nos vestimos, trajimos a mi marido a
acostarse y se fueron con la promesa de volver a repetirlo.