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Fecha: 09-Ago-10 « Anterior | Siguiente » en No Consentido

Violando a su cuñada

Carmelo Negro
Accesos: 71.976
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 32 min. ]
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Senén idea un plan para follar con su cuñada, pero termina violándola ante los ojos impasibles de su marido. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Violando a su cuñada

Senén y Fermín, ambos de 35 años cada uno, eran amigos de la infancia y habían tenido la suerte de enamorarse de dos hermanas cordobesas, de Marta y Elena. Senén se casó con Marta, de la misma edad que ellos, y Fermín lo hizo con la hermana pequeña, con Elena, de veinticinco años. Eran dos bombones impresionantes, dos pijas hijas de unos ricos empresarios de la ciudad. Marta era alta y delgada, con pelo corto castaño, pequeños pechos que cabían en la palma de la mano y culo plano y estrecho, aunque estilosa y extrovertida. Como hija de papá, dejó los estudios y se dedicó a vivir la vida. Se casó con Senén, albañil de profesión, un chico serio que siempre solía llevar barba de tres días. Últimamente estaba echando una barriga cervecera que le afeaba el físico, porque siempre fue un chico que gustaba a las niñas, pero ya había empezado a perder el pelo y las pronunciadas entradas le estaban dejando medio calvo. Ambos tuvieron dos hijos y vivían felizmente en Sevilla. Y luego estaba Elena, una morenaza despampanante. Estaba más rellenita que su hermana, pero estaba más maciza, poseía un culo ancho y redondo que quitaba el sentido y unas tetas con formas de campana con la base erguida, y todo acompañado de una piel tostada por sus horas de sol. Era guapísima, ojos verdes, labios sensuales y un cabello como el azabache, negro brillante, con una melena larga con volumen, casi siempre ondulada descansando sobre su espalda. Elena se casó con Fermín, un chico diez años mayor que ella, pero del que se enamoró perdidamente cuando estudiaban juntos en la universidad. Fermín era más tímido que su amigo Senén, y eso que era un chico muy atractivo, con unos pectorales musculosos y un culito estrecho que gustaba mucho a las chicas. Los dos matrimonios funcionaban estupendamente y la relación entre los cuatro resultaba envidiable, de hecho salían juntos en la misma pandilla, solían irse juntos de vacaciones y convivían largas temporadas en el chalet de los padres de ellas, ubicado a las afueras de Córdoba. Eran felices. Hasta que llegó el verano y surgió una circunstancia inesperada.

Casi siempre, durante el mes de Agosto, las dos hermanas solían pasar las vacaciones con sus padres en el chalet, donde ya residían definitivamente desde que se jubilaron, pero las hermanas acordaron pasar todo el verano con ellos porque Tomás, el padre, había sufrido un infarto cerebral que le había dejado muy débil, de hecho no se valía por sí mismo. Sus maridos estuvieron encantados con la decisión y a primeros de julio se presentaron cargados de equipajes. A Senén le habían despedido de la empresa y Fermín y Elena eran profesores en un instituto y hasta septiembre no regresaban al trabajo. El chalet era de lujo, situado en un enclave privilegiado de la sierra, de estilo modernista. Constaba de tres plantas. En la primera había un amplio recibidor, un salón con mirador a la zona de la piscina, cocina y una pequeña habitación con lavabo para los invitados, con dos camas y amueblada estilosamente. En la segunda planta estaban los cinco dormitorios con tres cuartos de baño y en la tercera planta una bohardilla con terraza, con vistas a la sierra. Tras el porche existía una zona de césped, donde se encontraba una piscina grande con forma de riñón.

Senén era un vicioso del sexo y cada vez que podía se iba de putas con los amigos. La idea de convivir casi todo el verano con su cuñada Elena transformaba ese vicio moderado en obsesión. Era su fantasía sexual, poder follársela algún día, aunque era consciente de que esa fantasía contaba con pocas probabilidades de que traspasara la realidad. Mantenía una estupenda relación con ella, casi siempre solía salir en su defensa y trataba de mimarla todo lo que podía para ganarse su confianza, pero Elena estaba muy enamorada de Fermín y Senén sabía que jamás le pondría los cuernos, y menos con él, el marido de su propia hermana. La había espiado muchas veces, la había grabado y fotografiado en bikini y en bragas, también haciendo top less, y se había masturbado cientos de veces pensando en ella, aunque siempre fue muy discreto y nadie sospechaba nada de esa obsesión enfermiza. A Elena le encantaba la ropa interior femenina, solía usar camisones muy eróticos y no era nada vergonzosa, quizás porque confiaba en él como amigo y marido de su hermana mayor. Senén recordó aquella vez en una feria cuando él y Marta la taparon para que meara tras una caseta porque en los lavabos había largas colas. Estaba muy oscuro, pero la vio subirse las faldas, bajarse las bragas, acuclillarse y mear ante sus ojos sin ningún tipo de pudor. Recordó otra vez cuando la oyó hablar con Olga, una prima hermana de ellas que solía ir mucho por el chalet, diciéndole que le gustaba depilarse la vagina. Sus ojos se iban tras su culo cada vez que la veía. Sabía que estaría empalmado todo el verano sólo con verla. Fermín, más cohibido, también era muy amigo de la pornografía y casi siempre estaba bajando pelis o enganchado a Internet, bien visitando páginas guarras o chateando con alguna prostituta. Alguna que otra vez había acompañado a su cuñado Senén a algún club, sobre todo en alguna despedida de soltero de los amigos. Una de sus mayores fantasías consistía en compartir a su mujer, observar cómo otro hombre se la follaba, pero sabía que eso difícilmente iba a poder vivirlo. Elena era una mujer fiel y tradicional, cariñosa, profundamente enamorada de él, y demasiado religiosa como para plantearle alguna experiencia liberal. Le ponía cachondo cuando algún hombre la piropeaba, cuando la veía hablar con algún chico, cuando salía de fiesta con los compañeros de trabajo, y sobre todo cuando su cuñado Senén la devoraba con la mirada. A veces se hacía pajas con solo pensar que su cuñado se la tiraba. Sabía que su amigo la fotografiaba y la grababa, y eso le excitaba muchísimo. Una vez, en medio de una juerga, medio borrachos, llegaron a hablar de compartir las hermanas, y él le confesó a su amigo que no le importaría. Senén solía usar bañadores tipo slip para que su cuñada se fijara en el bulto, pero nunca consiguió arrancarle una mirada picarona. Ella actuaba en un entorno de confianza dentro de una familia normal como cualquier otra.

Tras asentarse en el chalet aquel primer día, Senén comenzó a ponerse nervioso. Fue el último en bajar a la piscina antes de la comida. Y allí la vio con su bikini verde fosforito. Le gustaba llamar la atención con aquellos colores tan fuertes. Las copas del sostén tapaban la base de sus tetas, lo que permitía dejar antes sus ojos el resto de aquella carne blanda y deliciosa. Además se balanceaban con el más mínimo movimiento. Las tenía blanditas. Su piel amulatada, su cabello negro y aquellos muslos tan macizos. Luego se dio la vuelta. La braguita del bikini era un tanga. La parte delantera era una tira que sólo tapaba su vagina, así es que al ir depilada se veían sus ingles y sin rastro de vello. Y detrás llevaba un cordón grueso con forma de trenza metido por el culo, dejando sus nalgas libres, unas nalgas que Senén pellizcaría y mordería. Se acercó al borde de la piscina y miró hacia ella. Las dos hermanas ayudaban al padre a tumbarse en una hamaca. Elena permanecía inclinada hacia su padre, con el culo empinado. Senén tuvo que rascarse al ver el cordón en el fondo de la raja. Discretamente, sacó el móvil para grabarla. Era una buena imagen para después hacerse una paja. Y Fermín, dentro de la piscina, observaba excitado cómo su cuñado se fijaba en su mujer, cómo la grababa, cómo se le hinchaba la verga tras el bañador. Tuvo que aplacar el placer rozando sus genitales por la pared. Luego vino el almuerzo y Senén se sentó al lado de ella, sus robustas piernas rozaron las suyas bajo la mesa, aunque ella ni se inmutaba de sus sucias intenciones. Sólo ese roce le ponía los pelos de punta.

Tras la comida, sus suegros y Fermín se fueron con los niños a dormir la siesta. Senén se quedó en el salón enredando con el portátil, porque era incapaz de concentrarse. Por el mirador podía ver a las dos hermanas tomando el sol en las hamacas, boca arriba. Al estar sola, Elena se había bajado los tirantes del sostén y se había bajado un poco las copas para ponerse morena las tetas. Dio una vuelta echando un cigarrillo y pasó junto a ellas. Las dos hermanas chinchorreaban sobre algunas amigas de la pandilla. Pudo distinguir la aureola morada de sus pezones, así como la forma de la rajita del coño al metérsele la tela por dentro. Se incorporó para hacerse una cola y las copas se le cayeron sobre el regazo dejándola con las tetas al aire, sin importarle la presencia de su cuñado. Había hecho top less muchas veces en la playa con su cuñado por testigo. Senén pudo admirar sus gruesos y morados pezones erguidos en unas aureolas muy oscuras. Aquellas tetas se movían levemente hacia los lados y continuaba dirigiéndose a su hermana sin pudor. No hizo ningún ademán de taparse, incluso se volvió para exhibir su culo y tostar su espalda, con las tetas sobresaliendo por los costados. Era como verla desnuda. El cordón permanecía oculto entre las nalgas. Tuvo que regresar al salón para tocarse la verga y calmarla. Con la mano metida dentro del bañador, vio el pantalón corto de su cuñada colgado de una silla. Al descolgarlo, vio sus bragas negras, unas bragas de encaje que olió con profundidad. Miró por el mirador, aún permanecían tumbadas. Pronto Elena se acercaría a la casa a servirse un café, solía hacerlo dos o tres veces cada tarde. Podría descubrirle oliendo sus bragas. ¿Cómo reaccionaría su cuñada ante una situación así?, se preguntó Senén. Cabían varias posibilidades. Que se quedara boquiabierta y no le dijera nada a nadie, que lo dejara pasar, que se lo guardara para sí misma por puro bochorno. Era la posibilidad más probable. También podría excitarse al verle con sus bragas, aunque conociéndola, esta circunstancia podía descartarla. Y una tercera posibilidad, tal vez la más vergonzante, es que se lo contara a su marido o a su hermana, aunque él sabría defenderse alegando que las había visto colgada y que las había olido por puro morbo, que no había hecho nada malo, que pensaba que eran de Marta. En todos los casos, no tenía nada que perder. Así es que decidió arriesgarse, comprobar cómo reaccionaba ante una situación morbosa. Colocó la butaca estratégicamente frente a la puerta para que cuando ella irrumpiera le descubriera de perfil y activó la cámara web del portátil para grabar su reacción al encontrarse con la escena. Para evitar sospechas, redujo el brillo de la pantalla al mínimo, como si estuviera apagado. Aguardó de pie con las bragas en la mano. Fermín era incapaz de conciliar el sueño por esas fantasías que le rondaban por la cabeza. Se imaginaba a su cuñado echándole un buen polvo a su esposa ante sus narices. Fue una casualidad que decidiera bajar y descubriera a su cuñado con las bragas de su mujer en la mano. La situación morbosa le endureció el pene. Senén estaba de pie junto al mirador, espiando a Elena. Fermín vio que se metía las bragas dentro del bañador para refregarse la verga con ellas, expectante, deseoso de que Elena viniera hacia la casa. Había pasado a la acción. Tenía cara para eso y mucho más. Fermín estaba muy excitado y decidió compartir con su amigo aquella lujuria. Irrumpió en el salón inesperadamente y Senén se volvió hacia él con las bragas en la mano, sorprendido y abochornado de que le hubiese pillado in fraganti.

- ¡Coño, Fermín! Joder, me he encontrado tiradas las bragas de tu mujer y bueno, hostias, me he puesto cachondo y la verdad, estaba haciéndome una paja…

Fermín se detuvo a su lado, con la vista puesta en las hamacas donde se encontraban las hermanas.

- No pasa nada, hombre…

- Es que está tan buena, cómo me gustaría follármela -, volvió a bajarse la delantera del bañador para refregarse las bragas por toda la zona.

- Lo que le gusta lucirse…

- Estaba pensando en qué pasaría si me descubriera masturbándome. Igual se animaba, ¿no?

- Pfff, es muy beata, ojalá…

- ¿No te importaría que me la follara? – le preguntó rodeándose la verga con las bragas para sacudírsela.

- Ya sabes que yo soy muy liberal, es una lástima que ella no sea como yo…

- ¿Te gustaría ver cómo follamos?

- Sí, claro, me gustaría…

- Joder, la muy puta me tiene loco. ¿Por qué no me haces una paja y me imagino que es ella?

Fermín tragó saliva ante la apasionante proposición. Sintió un estimulante revuelo en su mente. Jamás había mantenido relaciones homosexuales, pero complacer a su amigo para que se inspirara en su mujer le causó cierto placer.

  • Venga, te doy un poco.

Senén se puso a oler las bragas y Fermín acercó la mano derecha a la gigantesca polla, gruesa y delgada, de piel blanquecina. Y se la comenzó a machacar muy despacio. Senén no apartaba la vista de la piscina mientras su amigo le masturbaba.

  • ¿Tienes fotos de ella desnuda?
  • Sí, seguro que en mi ordenador hay alguna.
  • ¿Y os habéis grabado en video echando un polvo?
  • Una vez la grabé sin que se diera cuenta.

Fermín le sacudía la verga a un ritmo uniforme.

  • Tócame los huevos -. Acercó la palma izquierda y comenzó a sobarle con la palma los pequeños huevos duros y peludos – ¿Es verdad que tiene el coño depilado?
  • Sí…
  • Mmmmm… Hija de puta…. ¿Y se la has metido por el culo?
  • No, eso no.

Vieron a lo lejos que Elena se incorporaba con sus tetazas balanceantes. Cogió el sostén del bikini y se lo abrochó ocultando sus pechos. Después se levantó. Era la hora del café.

  • Lárgate – le ordenó a su amigo -, quiero que me pille masturbándome, a ver cómo reacciona la muy puta.
  • Vale, luego me cuentas, ¿no? Ten cuidado, yo no sé nada, ¿eh?
  • Tranquilo, igual es más puta de lo que tú te crees y tienes más cuernos que un venado. Anda, maricón, lárgate de aquí.

Fermín subió las escaleras, pero en el primer recodo se acuclilló para ser testigo de la escena. Senén se tumbó en la mecedora y se bajó la parte delantera del bañador. Tenía la polla muy hinchada. Comenzó a masturbarse despacio a la vez que olía sus bragas negras. Todo estaba dispuesto. Elena fue acercándose poco a poco a la casa. Cruzó el recibidor y al abrir un poco las cortinas de acceso al salón descubrió en el fondo a su cuñado haciéndose una paja con sus bragas. Retrocedió un paso sin hacer ruido, desorientada y escandalizada. Olfateaba sus braguitas negras mientras se machacaba una inmensa polla con contundencia, una polla carnosa de glande voluminoso y piel blanca. Le espió durante casi un minuto, pero después dio media vuelta y regresó a las hamacas. Le dijo a su hermana que aún era temprano, que más tarde tomaría el café. Se había quedado pasmada con la visión. Su cuñado masturbándose con sus bragas. No sabía qué hacer, si contarlo o mantenerlo en secreto. Los hombres eran todos unos salidos. También a su marido le había pillado películas pornos escondidas en los cajones del despacho, lo había comentado con sus amigas y ellas le habían dicho que eso era un gesto normal. Decidió no darle más importancia de la que tenía y no decirle nada a nadie para no provocar una situación comprometida.

Senén visualizó su reacción en el portátil unos minutos más tarde, donde también quedó registrado la paja que le había hecho Fermín. Le había espiado durante unos instantes con cara de confusión y por su forma de actuar un rato más tarde cuando todos juntos tomaron el café y se dieron un nuevo chapuzón, es que había decidido mantener en secreto el descubrimiento. Cuando ya oscurecía y las hermanas se fueron a dar un paseo por las inmediaciones del chalet, Fermín le enseñó a su cuñado un puñado de fotografías donde su mujer aparecía semidesnuda y el video donde hacían el amor, él encima y ella debajo. Mientras Senén se deleitó con el contenido sexual de su cuñada, Fermín estuvo haciéndole una mamada, como si se hubiese convertido en su sumiso. En los días posteriores todo se desarrolló dentro del mismo entorno de confianza. Ella actuaba con naturalidad, sin pudor, como si no hubiese visto lo que había visto. Y Senén, pendiente de cualquier gesto, se satisfacía con las pajas y mamadas que le hacía su amigo. El viernes por la mañana, los dos cuñados fueron a la ciudad a unos recados y entonces Fermín le contó que Elena había hablado por el Messenger con su prima Olga y le había narrado lo sucedido en un tono de cierta indignación, como si no le hubiera gustado lo que había descubierto. También le dijo que las bragas negras las había tirado a la basura por asco.

  • Ya te lo dije, ella no es como nosotros… Estas cosas la escandalizan.
  • Hija de puta – Maldijo Senén -. No sé si proponérselo.
  • No, Senén, por favor, es una locura y la vas a liar. Montarás un escándalo…
  • Es que me tiene loco la hija puta…
  • No hagas nada de lo que puedas arrepentirte – le advirtió su amigo.

Regresaron al mediodía y la encontraron sola en el chalet, tomando el sol con un bikini con las mismas características que el del día anterior, pero de color rosa fucsia. Al parecer, Marta y sus padres se habían acercado a la ciudad para las sesiones de rehabilitación. Cuando se reencontraron con ella en la piscina, llevaba los pechos tapados por el sostén. Tomaron juntos unas cervezas y se dieron un baño donde jugaron a la pelota. A Fermín le ponía a cien la forma viciosa de su amigo, rozándola, mirándola, tonteando con ella. Almorzaron juntos en la terraza y en cuanto se tomaron el postre Fermín salió precipitado hacia la casa bajo la excusa de acostarse a la siesta, aunque sabía que no iba a dormir sabiendo que les había dejado a solas. Decidió espiarles desde la ventana del dormitorio. Elena y Senén conversaron un rato, pero luego ella se levantó para quitar la mesa.

  • Quito esto y me voy a tomar el sol. No puedo desaprovechar estos rayos.
  • Yo estoy rendido, apenas he dormido, necesito una buena siesta.
  • Muy bien.

Ella se dirigió hacia la piscina y Senén hacia la casa, pero en cuanto entró en el salón se dirigió al mirador para acecharla. Era una buena oportunidad de plantearle su fantasía. Marta y sus suegros tardarían en regresar y al maricón de su marido no le importaba convertirse en un cornudo. La vio tirar la toalla en la hamaca y a continuación se desabrochó el sostén y liberó sus sabrosas tetas, con las manchas moradas de los pezones, con sus bases chocando levemente una contra la otra. Qué buena estaba. Qué tetas más blanditas y tan bien hechas. Al darse la vuelta, le vio el cordón trenzado metido por el culo. Al ser de un color tan fuerte, brillaba entre las nalgas. Daba la impresión de que estaba completamente desnuda. Y se puso a tomar el sol durante una hora, de un lado y de otro, tiempo que estuvo su cuñado sin apartar la mirada de ella. Cerca de las cinco de la tarde, la vio levantarse de la hamaca y dirigirse hacia la casa con las tetas al aire, botando locamente con cada paso, quizás segura de que los hombres dormían la siesta. Senén se ocultó en el recodo de la escalera. Elena entró precavidamente, temerosa de encontrarse una escena desagradable, pero el salón permanecía vacío. Se dirigió a la cocina y se puso en preparar la cafetera. Senén bajó muy despacio las escaleras y avanzó hacia su posición con disimulo. También Fermín contemplaba el acecho de su amigo desde lo alto. Se detuvo bajo el arco de la puerta. Ella estaba de espaldas, frente a la encimera. Dedicó unos segundos a mirar su culito ancho y redondo, con la trenza rosa fucsia metida por la profunda raja. Qué buena estaba. Qué polvo tenía. Sabía que era un impulso incontrolable y que no sabría contenerse.

  • Elena…

Elena giró repentinamente hacia él con la taza en la mano. Sus tetas danzaron con el movimiento. Vio a su cuñado frente a ella, con el ajustado bañador y sus genitales tensando la tela. Sus mejillas se sonrojaron al verse de aquella manera frente al marido de su hermana, pero quiso aparentar naturalidad y no hizo ningún además por taparse.

  • ¡Senén! Creí que dormías…
  • Quería comentarte una cosa.
  • Tú dirás.
  • Aquí no, es un tema delicado, ahí en la habitación.
  • Me estás asustando. ¿Pasa algo? – preguntó cruzando los brazos, como queriendo taparse la zona de los pezones.
  • No, bueno, no pasa nada, sólo que… Ven un momento.
  • Vale, venga…

Ella pasó por su lado y él la siguió con los ojos fijos en el culito que contoneaba gracias a las sandalias con medio tacón que calzaba. Desde su escondite, Fermín les vio dirigirse hacia el cuarto de invitados. Su amigo la iba a liar, conocía a su esposa y sabía que no iba a permitir ninguna proposición indecente. Pero la morbosidad superaba el placer. En cuanto les vio entrar, bajó las escaleras. Por suerte, su amigo había empujado la puerta, pero no la había cerrado del todo.

En el cuarto, Elena se detuvo entre las dos camas y se giró enseguida hacia su cuñado sin descruzar los brazos. Podía adivinar su sucia mirada, no dejaba de examinarla desde los pies a la cabeza y se apreciaban los contornos del pene tras la tela, señal de que estaba empalmado.

  • ¿Qué pasa, Senén?
  • Bueno, verás, quería pedirte disculpas…
  • ¿Disculpas? ¿A mí? ¿Qué me has hecho? Que yo sepa… ¿Por qué?
  • Sé que la otra tarde me pillaste haciéndome una paja con tus bragas.

Ella soltó una sonrisa pudorosa, sin saber el modo de actuar, perpleja por la afirmación. Sus mejillas se sonrojaron aún más.

  • Bueno, me quedé un poco impresionada, no sé, pero…
  • Las encontré en la silla y se me fue la cabeza…
  • No pasa nada, en serio.

Extendió el brazo derecho y le acarició la mejilla con las ásperas yemas de los dedos.

  • Es que eres tan guapa y estás tan buena… -. Se tocó con ambas manos la zona del bulto -. Mira cómo me pones… Tienes unas tetas preciosas.
  • Bueno, Senén, no pasa nada, ¿vale? – le dijo con voz temblorosa -, voy con mi sol…

Cuando se disponía a marcharse, él le agarró la manita y se la acercó al bulto. Elena, horrorizada y atrapada, percibió la dureza del pene tras la tela.

  • ¿Por qué me no me desahogas un poco?
  • ¿Qué coño dices? – se mosqueó apartando la mano -. ¿Estás loco? No vuelvas a dirigirte a mí en ese tono. ¿Qué demonios te pasa, Senén? ¿Te has vuelto loco?

Pasó delante con la intención de salir, pero en cuanto le sobrepasó, Senén la agarró por la cintura y la empujó hacia él. El bulto de su bañador de aplastó contra sus nalgas. Ella trató de evadirse arañando sus brazos y tratando de desenlazar sus dedos, pero le resultó imposible. Percibía el relieve del pene pegado a su culo.

  • ¡Suéltame, cabrón!
  • Calla, zorra, tú y yo lo vamos a pasar muy bien – le susurró en tono jadeante.
  • Te voy a denunciar si no me sueltas. Socorro. Se lo diré a mi hermana, suéltame ahora mismo, quita tus sucias manos de encima…

Senén acercó los labios a su oreja y le habló a modo de susurro.

  • ¿Sabes que te grabé con el portátil? -. Ella detuvo sus manotazos, petrificada por aquel extraño comportamiento -. Te tiraste un buen rato observando cómo me masturbaba. Te gustó, ¿verdad? Qué pensaría tu puta familia si viera tu cara de placer…
  • Estás loco. Por favor, Senén, esto es una locura… Suéltame y lo olvidamos, ¿vale?

Sus manos se deslizaron hacia arriba hasta que abordaron sus tetas. Qué gusto, qué blanditas estaban. Las sobó con delicadeza sin que ella se resistiera. Tenía los pezones duros y afilados. Fermín ya se masturbaba desde fuera con el acoso que sufría su esposa a manos de su amigo.

  • Sólo quiero relajarme un poco contigo…
  • No, por favor, Senén… No me hagas esto.

La empujó hacia la cama y ella retrocedió hasta caer sentada, con una mirada suplicante levantada hacia él.

  • Te lo ruego, Senén – suplicó con el horror dibujado en el rostro.

La sujetó por los hombros y la obligó a echarse hacia atrás. Después se bajó el bañador hasta las rodillas y exhibió su polla erecta y palpitante, con sus huevos pequeños y duros. Se arrodilló encima de sus piernas. Los huevos le acariciaban las rodillas. Le dio unas palmadas a las tetas obligándola a quejarse y se curvó para chupárselas, le baboseó ambos pechos deslizando su asquerosa lengua por todos lados.. Después volvió a sujetarla por los hombros y la forzó a mirar boca abajo, ahora con los huevos rozando la parte trasera de sus muslos, su culo muy cerca de la verga, sus tetas aplastadas contras las sábanas y la mejilla pegada a la almohada. La iba a violar. Fermín veía a su cuñado de espaldas, disponiéndose para abusar de su mujer. Aceleró la masturbación al verles en aquella postura, al verla sometida por aquella bestia sin escrúpulos.

Senén se echó encima de ella, con la verga rozando aquellas nalgas carnosas. La baboseó por la nuca y el cuello y le mordisqueó las orejas. Ella permanecía con la boca abierta, respirando pánico, muerta de miedo, sin saber cómo defenderse. Notó que le tiraba del tanga hasta bajárselo unos centímetros por debajo de las ingles. Senén se incorporó arrodillándose de nuevo encima de sus muslos, le sobó el culo y le abrió la raja rudamente para apreciar su ano, un agujerito cerrado de carne rosada. Vio entre sus piernas su coñito depilado, una pequeña rajita que estaba a punto de destrozar.

  • Relájate, zorra, vas a probar una buena polla…
  • Por favor, Senén, no diré nada de esto, pero, por favor, déjame… - suplicaba cabeceando en la almohada.

Le atizó una severa palmada en el culo y le dejó la mano señalada.

  • Cállate, hostias…

Se agarró la verga por la base, se inclinó un poco más hacia el culo y la dirigió hacia la entrepierna. Cuando la punta acarició la rajita del coño, se echó totalmente encima contrayendo el culo y clavándole la polla hasta el fondo. Elena tensó los músculos del cuello y elevó la cabeza ante el severo pinchotazo, notó cómo le dilataba su chochito con aquel grosor tan duro y emitió un grito seco que envolvió todo su cuerpo en sudor. Notó el asqueroso aliento de su cuñado por la nuca, su fofa barriga presionándole la espalda.

  • Ahhhh…. Ahhhh… - suspiraba ella.

Senén comenzó a contraer el culo nerviosamente follándola con energía. Fermín podía ver cómo temblaba todo el cuerpo de su mujer ante las penetraciones. Terminó por correrse cuando ella más gemía de dolor, cabeceaba constantemente con el ceño fruncido. Senén respiraba con fatiga contrayendo el culo sin descanso, a veces elevándolo lo suficiente como para extraer media verga y clavarla de golpe. Tras follarla durante unos minutos, se incorporó de repente para sacudirse la polla sobre el culo de su cuñada. Fermín se daba de nuevo con la escena. El glande azotaba las nalgas con cada sacudida. Su esposa, envuelta en sudor, levantó el torso para mirar a su agresor por encima del hombro, con las tetas colgando y balanceantes.

  • Cerdo, hijo de puta – le insultó indignada -, te voy a denunciar, cabrón…

Senén no atendió la amenaza y jadeó intensamente salpicando todo el culo de su cuñada de gotitas blancas y viscosas. La intensa lluvia de semen alcanzó el fondo de la raja inundando su ano y también algunas salpicaduras se desperdigaron por su coñito depilado. Disipado por la tremenda corrida, retrocedió de rodillas hasta bajar de la cama. Elena, nerviosa y atemorizada, se subió las bragas a toda prisa y se limpió el culo con las sábanas. Se levantó con la barbilla temblorosa y se tapó las tetas cruzando los brazos. En ese momento, Senén se subía el bañador.

  • Esto no va a quedar así, cabronazo.
  • Cállate, zorra, todo está grabado -. La agarró con dureza de las mejillas y le acercó la cabeza -. Caeremos los dos y con nosotros el payaso de tu padre. No tiene el corazón muy allá. Vas a matarle con el disgusto. Adelante, jodida puta.
  • Cabrón…

Elena salió precipitadamente de su habitación y subió alterada las escaleras. Cuando entró en su cuarto, Fermín se hacía el dormido. Entró en el lavabo, cerró la puerta y unos segundos más tarde la escuchó llorar. Era un monstruo al permitir esos abusos, pero era un jodido pervertido sin remedio con la violación a la que acababa de asistir.

Llegó la noche. Marta regresó con sus padres y todos se reencontraron en el porche, menos Elena, que al parecer, según contó Fermín, se había quedado en su habitación porque sufría fuertes dolores de cabeza y había dado órdenes de que nadie la molestara, que necesitaba dormir. En realidad, Elena estaba horrorizada con lo sucedido y era incapaz de mirar a nadie a la cara. Los dolores de cabeza eran sólo una excusa, le dolía el alma. Había sido un tormento, su cuñado la había violado. Y se encontraba en un trágico dilema. Podía denunciarle a la policía, contárselo a su marido y a su hermana, pero se liaría un escándalo de dimensiones incalculables. Su padre estaba muy delicado, los médicos habían advertido de que no debía llevarse fuertes impresiones. También su hermana era feliz, y sus sobrinos, y toda la familia. Y encima estaba la amenaza de haber grabado su reacción con la cámara, surgiría la duda de si había sido ella quien le había incitado. Estaba muerta de miedo. Se dio una ducha para intentar serenarse. Salió del cuarto de baño, se puso unas bragas y un camisón negro semitransparente, cortito, de tirantes y escote en forma de U. Y se sentó en el borde de la cama a reflexionar.

En la terraza estaban todos alrededor de la mesa cenando bajo la espléndida luz de la luna. Sobre las once de la noche, Marta se interesó Portu hermana y le preguntó a Fermín.

  • Pero si esta mañana estaba bien. Tendrá que ir mañana al centro de salud. ¿Cómo está ahora?
  • Sigue acostada, dice que necesita estar en la cama.

Senén apuró el vaso de vino y corrió la silla hacia atrás, dispuesto a levantarse. Sabía que su cuñada estaba acojonada, su amigo le había deescrito los síntomas de su rostro.

  • Voy a verla…
  • Dile si quiere que le subamos un poco de comida – le pidió Marta.
  • A ver si la convences… - añadió su suegra -, le vendrá bien comer un poco.

Senén llevaba un pantalón corto y el torso desnudo. Se alejó aligeradamente hacia la casa. Fermín aguardó unos segundos y después se levantó con la intención de seguirle. Sabía lo que podía pasar y no quería perderse la escena.

  • Le acompaño, a ver si conseguimos que baje un rato. Aquí se está bien.

Y salió tras él para espiarles.

Elena se encontraba sentada en el borde de la cama, pensativa, con las piernas cruzadas, cuando su cuñado irrumpió precipitadamente en la habitación. Enseguida se amedrentó y se levantó de golpe. Sus tetazas se vaivenearon tras la gasa del camisón. Estaba demasiado provocativa como para frenar su rudeza.

  • ¿Qué haces aquí? Fuera de mi habitación…
  • ¿No ibas a denunciarme, zorra?

Se acercó a ella y la cogió del brazo empujándola hacia el lavabo. Ella trató de resistirse frenando con la planta de los pies.

  • ¿Qué haces, Senén? Por favor – protestó mientras la arrastraba -, no me encuentro bien… De verdad.
  • Cállate, cojones…
  • Yo no hice nada, me quedé mirando porque me daba vergüenza de decirte nada… Por favor, suéltame…
  • Que te calles, hostias…
  • Entiéndelo, por favor…

La empujó dentro del lavabo sin cerrar la puerta ni nada. La familia cenaba animadamente en el porche y no había peligro alguno de que les descubrieran, sin embargo, su marido lo observaba todo desde el pasillo, ya con la mano frotándose el pene. La zarandeó hasta obligarla a inclinarse sobre el lavabo, de cara al espejo. Dado los severos empujones, una teta se le había salido por fuera del escote, pero el pánico le impedía percatarse. Miró su imagen patética reflejada en el cristal. Se aferró con fuerza a los cantos del lavabo, como aguardando los abusos, sin oponerse a aquella brusquedad. Le subió el camisón hasta las axilas, dejándola con las tetas al aire, y le bajó las bragas arrastrándolas con brusquedad por sus piernas, hasta arremangarlas bajo las rodillas. La dejó con el culo al aire. Enseguida se arrodilló y clavó la cara en la raja para chupárselo a lengüetazos, desde el chochito depilado hasta la rabadilla. Elena contraía las nalgas ante el roce de la lengua. Movía la cabeza como un obseso, recreándose en el ano y en la rajita de su coño. Fermín podía verle arrodillado con la cara pegada al culo de su mujer. Se levantó inquieto para desabrocharse el cinturón con nerviosismo, como deseoso de metérsela. Ella aguardaba con el culo baboseado, mirándose al espejo, sin atreverse a protestar. Se bajó los pantalones a toda prisa y también el slip. Tenía la verga a punto, tiesa y empinada. Se la agarró con la derecha para conducirla y con la izquierda le abrió los bajo del culo. Enseguida Elena notó el rozamiento por su entrepierna, enseguida notó como la punta rebuscaba por su coñito y enseguida notó cómo se la empezaba a hundir dilatándola.

  • Ahhhh… - se quejó ella con los ojos desorbitados.

Se la hundió despacio hasta pegarse a sus nalgas. Luego apartó su cabello moreno para besarla por la nuca, le agarró las tetas y empezó a follarla moviendo el culo con ligereza. La sacaba hasta el glande y la hundía secamente golpeándole las nalgas con las caderas, sin pausa, asestándole con potencia.

  • Ummmm… Ummmm… Ummmm… - jadeaba él.
  • Ahhh… Ahhh… Ahhh… - gemía ella.

Y en el pasillo Fermín masturbándose con la nueva violación que sufría su mujer. Le pellizcaba las tetas con coraje, estrujándolas como esponjas. Ambos cuerpos se movían juntos en cada embestidas. El espejo se empañaba por la forzada respiración de Elena. Las manos de Senén subieron hacia arriba. Con la derecha la agarró del cuello y con la izquierda le tapó los ojos, sin parar de abrirle el coño con sus duras penetraciones.

- Uff… Uff… Uff… - gemía ahora Elena, como si se hubiera concentrado para no sentir el dolor.

Senén miró hacia el pasillo y descubrió a Fermín masturbándose. Al puto maricón le gustaba ver cómo se follaba a su mujer. Aceleró las embestidas hasta hacerla temblar. Los chasquidos retumbaban en el lavado al chocar contra las nalgas. Ella gemiqueaba con los ojos tapados por la mano de su agresor. De pronto, Senén rugió y frenó con la polla dentro y el culo contraído. Elena percibió el vertido de leche en su interior y entonces respiró por la boca de manera más sosegada, aliviada por el cese del castigo. Senén descansó unos segundos con la polla dentro y la boca apoyada en la nuca de su cuñada, daba la sensación de que ambos precisaban de unos segundos para superar la fatiga. Después Senén se irguió y retiró despacio la verga del coñito, aunque la mantuvo muy cerca. Suspiró y frunció el entrecejo. Fermín lo observaba. Un segundo más tarde se puso a mear sobre el culo de su cuñada, regándole las nalgas y las piernas. Elena miró asustada por encima de su hombro al sentir el chorro de caldo caliente caer sobre su culo.

  • ¿Qué haces, Senén?
  • No he podido aguantarme. Te gusta, ¿verdad, zorra?
  • Joder, Senén…

La puso perdida de orín, con las nalgas empapadas, así como su chocho y el fondo de la raja, con multitud de hileras resbalando hacia sus piernas. Ella se volvió hacia él y se atrevió a atizarle una bofetada que le volvió la cara, pero obtuvo una sonrisa viciosa por parte de su cuñado.

  • Esto no va a quedar así, hijo de perra.
  • ¿Qué vas a hacer, puta? Adelante, inténtalo, y probamos las consecuencias. Estoy dispuesto a todo -. La sujetó bruscamente por las mejillas -. Pero ten en cuenta una cosa. Eres mía. ¿Entiendes? Eres mi puta. Quiero oírtelo decir -. Ella agitó la cabeza amedrentada -. No voy a repetírtelo.
  • So… So… Soy tu puta.
  • Así me gusta. En diez minutos quiero verte abajo. Tu familia está preocupada por ti.

Se subió los pantalones y abandonó el lavabo. Elena dio un portazo y echó el cerrojo quedándose encerrada, deslizando su espalda por la pared hasta caer sentada en el charco de orín. Esta vez no lloró, sólo cerró los ojos. Se encontraba en un callejón sin salida ante tales vejaciones.

En el pasillo, Fermín aguardó la llegada de su amigo y cuñado Senén. Venía colocándose los pantalones y aún se le notaba el abultamiento de la verga. Acababa de llenar de leche el chocho de su mujer.

  • Te has pasado, Senén, joder…
  • Cállate, seguro que has disfrutado viendo como me follo a tu mujer, maricona…

Y siguió su camino. Más tarde, siguiendo órdenes de su cuñado, Elena bajó a cenar con su rostro alicaído, pero todo el mundo lo achacó a sus dolores de cabeza.

Fermín no pudo dormir, aunque simuló hacerlo, y supo que su mujer tampoco pudo pegar ojo. No paró de dar vueltas, de ir al baño, de deambular por la habitación en medio de la penumbra de la noche. La oyó lloriquear. Su amigo la estaba sometiendo duramente, la estaba violando y coaccionando, y él lo estaba permitiendo por culpa de su pervertida adicción al sexo. Comenzó a percibir síntomas de arrepentimiento y pena por ella. Era un monstruo, un degenerado que nadie volvería a mirar a la cara si todo saliera a la luz. Creyó que su mujer a lo mejor se habría prestado a las proposiciones de su cuñado, pero todo formaba parte de sus cerdas fantasías. Antes de las siete de la mañana, cuando ya amanecía, la oyó salir de la habitación. Iba descalza, con su camisón negro transparente. Cinco minutos más tarde oyó la puerta de la habitación de su cuñado y bajó de la cama para asomarse. Le vio escaleras abajo, sólo con el slip, como persiguiéndola. Todo el mundo dormía a esas horas. Fermín se acojonó. Nunca pararía de abusar de ella. El infierno para su esposa acaba de comenzar y él se había convertido en el sucio cómplice. Decidió seguirle discretamente, aunque sabía de sobra que no tendría cojones para intervenir.

Elena se hallaba en la cocina, sentada ante la mesa, tomando una taza de café, cuando vio aparecer a su cuñado medio desnudo, salvo por el slip con la delantera hinchada. Se irguió con los ojos muy abiertos, asustada, aunque no hizo ningún ademán por huir ni levantarse.

  • ¿Qué quieres, Senén? -. Mostró un semblante de súplica -. ¿Es que nunca me vas a dejar? Por favor, te lo ruego una vez más… Hazlo por tus hijos…

Senén se colocó de pie frente a ella, con el bulto de sus genitales a escasos centímetros de su cara. Elena soltó la taza y levantó la cabeza para mirarle, como implorando el cese de aquella humillación. Pero su cuñado se inclinó hacia ella y, bruscamente, le bajó los tirantes del camisón y le tiró del escote hacia abajo. La prenda cayó sobre su regazo dejándola desnuda de cintura para arriba, con sus tetas en reposo. Luego se bajó el slip liberando su enorme polla erecta y blanquecida y sus huevos pequeños y duros. La verga se meció hacia los lados, empinada hacia el rostro de su cuñada.

  • Chúpamela… -. Ella agitó la cabeza de forma negativa -. Quiero que me la chupes…
  • Voy a gritar, Senén – le amenazó.

Le sujetó la cabeza con la mano derecha y la empujó hacia la verga. Su rostro chocó contra aquella dureza y la barbilla le rozó los huevos. Se la agarró con la mano izquierda e intentó metérsela en la boca, pero ella se resistía sellando los labios y el glande resbalaba hacia la mejilla.

  • Abre la boca, cabrona…

Le tiró dolorosamente de la barbilla y la obligó a abrir la boca, entonces le metió la verga hasta la garganta. Ella no podía hacer nada, tenía la frente pegada a su barriga, la barbilla aplastando sus huevos y sus mejillas dilatadas por la amplitud de la polla. La tenía agarrada de los pelos para que no pudiera retirarse. Fermín, oculto tras el sofá, asistía al sometimiento, esta vez sin masturbarse, más bien asustado por lo que estaba sucediendo. Vio que por la comisura de los labios le chorreaban babas por la falta de respiración. Senén la soltó, pero ella no movió la cabeza con la verga dentro.

  • Vas a chupármela…

Y así fue. Comenzó a hacerle una mamada arrastrando sus labios a lo largo de toda la polla, de manera muy inexperta, con los mismos movimientos, sin apenas mojarla. Deslizaba los labios hasta que la frente chocaba contra la barriga y retrocedía hasta la punta para luego realizar la misma operación. Para mantener el equilibrio, había plantado sus manitas en los muslos robustos de él. Sus tetas se meneaban al son de los movimientos del tórax. A su marido el arrepentimiento ya le había invadido las entrañas, nunca pensó que la degenerada idea de su amigo llegara tan lejos de una forma tan humillante. Le estuvo chupando la verga durante unos minutos sin descanso, hasta que ella retiró la boca para tomar aire, de hecho acezaba como si fuera una perra. Levantó la mirada hacia él de manera suplicante.

- Ya basta, Senén – gimió limpiándose la boca con el dorso de la mano – No diré nada.

- Eres mía – susurró.

La cogió del brazo y la obligó a levantarse. La puso contra la mesa, de espaldas a él, y ella se aferró a los cantos inclinándose sólo levemente, como la noche anterior en el lavabo. Tenía el camisón en la cintura y se lo bajó a tirones hasta los tobillos. Luego le rasgó las bragas hasta retirar los trozos y la dejó completamente desnuda, con su ancho culo expuesto a la enorme polla. Iba a follarla de la misma manera, siempre la follaba sin mirarla a la cara. Elena cerró los ojos y apretó los dientes. En pocos segundos notó el roce por su entrepierna hasta que se la pinchó en el chocho secamente, hasta notó el choque de los huevos contra sus depilados labios vaginales. Ella aguantó en silencio y él gimió débilmente. Le asestó tres potentes embestidas que la hicieron temblar y mover sus tetas y frenó derramando su leche dentro del coño, en menos de treinta segundos. Un polvo rápido. Se apartó de ella enseguida subiéndose el slip y atizándole una palmada en el culo. Luego abandonó la cocina sin decir palabra, satisfecho del polvo que acaba de echarle, satisfecho de haberla violado por tercera vez en pocas horas.

Fermín continuó oculto hasta que le vio desaparecer por las escaleras. Su esposa permaneció inmóvil con el rostro pensativo, desnuda, aún aferrada a los cantos, con la crema brotando de su chocho. No lloraba, pero se le notaba el horror dibujado en el rostro. Se agachó y recogió los trozos de braga y se limpió con ellos. Luego se puso el camisón y se dejó caer en la silla, envuelta en esa horrible abstracción. Fermín se acercó hasta ella como si no supiera lo que estaba pasando.

  • Cariño, ¿estás bien? – vio sus bragas en la mano, rotas en dos trozos -. ¿Qué pasa?
  • Senén está abusando de mí – confesó abatida.
  • ¿Qué? – se arrodilló ante ella -. ¿Senén? -. Elena asintió -. Pero, ¿cómo que está abusando de ti?
  • Me ha violado, Fermín.
  • ¿Violado? Qué dices, amor… Vamos a la policía…
  • No podemos…

Y le contó las amenazas de Senén, el miedo que tenía a que le hiciera daño si le denunciaba, el temor a que el escándalo destrozara su familia, el temor a que detuviera el corazón de su padre. Eran una familia normal y feliz. Pero ella estaba siendo humillada, pagando un precio muy caro por esa felicidad.

- Hijo de puta, le voy a matar… - simuló su enfado tirando con una silla.

- Quiero que se vaya, pídele que se vaya y no le denunciaremos.

- Hablaré con ese cabrón.

Desayunaron con normalidad, como si allí nada pasase, aunque Fermín, acorralado, prefirió mantenerse ausente y no bajó al porche. Estaba un lío enorme, todo producto de su viciosa obsesión. Elena se mantuvo seria, apenas dijo nada, sólo que se sentía mal, que prefería ir a dar un paseo y estar sola. Marta la notaba demasiado deprimida, y todo había sucedido de repente.

  • ¿Has discutido con Fermín?
  • No, todo esta bien, hermana, no te preocupes. No me encuentro bien.
  • Te llevo al médico.
  • No, de verdad, voy a tomar un poco el aire, ¿de acuerdo?

Cómo decirle a su hermana que su marido la estaba violando, la estaba humillando, tratando como a su puta, como si él fuera su chulo. Ahora se sentía más protegida sabiendo que su marido estaba al corriente y que hablaría seriamente con él del asunto.

En cuanto tuvo la ocasión, Fermín fue en busca de su cuñado y le encontró tumbado en el salón viendo la tele.

  • Me lo ha contado, joder. Sabía que esto iba a pasar. ¿Y ahora qué hacemos?
  • No tengo ni idea.
  • Quiere denunciarte y a ver cómo le digo que no.
  • Tú eres tan culpable como yo. Antes de que vaya a denunciarme, tendrás que contarle la verdad, lo entiendes, ¿no?
  • Tenemos que idear algún plan, ya sé, le diré que la has grabado y que si te denunciamos publicarás las fotos por Internet y las enviarás a todos nuestros amigos. Así yo también estaré entre la espada y la pared, la convenceré para que no haga nada.
  • Es buena idea.
  • Pero tienes que dejarla en paz. Senén, ya ha sido suficiente y si sigues, esto va a explotar y nos vamos a joder todos. Imagina la vergüenza.

Senén se levantó.

  • En una hora os veo en la bohardilla. Dile que te he amenazado y que quiero hablar con los dos. Trataremos de zanjar el asunto.

Fermín buscó a la desesperada a su esposa y tardó en encontrarla. Cuando lo hizo, permanecía en su habitación colocando unas prendas en el armario. Llevaba unas mayas ajustadas blancas que definían sus curvas, tacones negros y una camiseta negra de tirantes. Trató de simular el horror y le narró las amenazas que había proferido su cuñado.

  • Quiere vernos. Nos está chantajeando. Va a destrozar nuestra familia si le denunciamos.
  • Está bien, tranquilo, vamos a hablar con él – le calmó ella, como acostumbrada a las amenazas.

Inquietos, subieron a paso lento las escaleras de acceso a la bohardilla. El resto de la familia se divertía en la piscina. Senén les esperaba junto a un colchón viejo tirado en el suelo, ataviado sólo con un bañador tipo slip de color verde oscuro. Junto al colchón había una silla con un portátil que tenía la tapa abierta reproduciéndose el salvapantallas. El matrimonio entró y cerró la puerta tras de sí. Se escuchaba el vocerío procedente de la piscina mientras ellos se enfrentaban a un violador sin escrúpulos. Juntos, temerosos, avanzaron sólo unos pasos hacia él.

  • Quiero que la dejes en paz – le amenazó Fermín con voz temblorosa en su papel de marido indignado.
  • Desnudaros.
  • ¿Qué?
  • Que os desnudéis, los dos. ¿O quieres que apriete este botón y todo el mundo vea cómo me follo a tu esposa? Los emails están preparados a falta de apretar la tecla de envío.
  • Senén, por favor…
  • ¡Cállate y quitaté la puta ropa! – gritó enfurecido.

Elena tomó la iniciativa y se bajó las mayas hasta quitárselas. No llevaba bragas, así es que lució su chochito depilado ante los ojos de su agresor. Luego se sacó la camiseta para mostrar sus tetas, quedándose completamente desnuda. Cuando le tocó el turno a Fermín, lo hizo muy despacio, abrigado por el terror. Se quedó desnudo, con su pene lacio colgando hacia abajo. Luego Senén se bajó el bañador y exhibió su polla erecta. Se recostó en el viejo colchón.

  • Acércate, preciosa – le ordenó a Elena.

Elena caminó hacia el colchón. Su marido aguardaba horrorizado. Primero se arrodilló y luego se tumbó de costado junto al cuerpo de su cuñado, con las tetas descansando sobre sus pectorales.

  • Bésame y mastúrbame, guarra…

Se lanzó a morrearle y le agarró la polla sacudiéndosela despacio, con sus tetas aplastadas contra el costado, con una pierna subida encima de su muslo. No paraban de besarse a mordiscos. Los chasquidos de la saliva entraban por los oídos de Fermín, que como un atontado, presenciaba la nueva humillación. Ella le correspondía. Fermín vio cómo meneaba el culo para refregar el coño por el muslo de Senén. Pronto Senén comenzó a jadear excitado. Ella dejó de besarle, pero continuó mirándole, pajeándole más deprisa y con más soltura, contrayendo el culo para rozar el coño por el muslo peludo. Los huevos se movían de lo fuerte que le daba. Ella se meneaba al son de la paja, con las tetas reposando sobre la fofa barriga de su cuñado. Le estaba haciendo una buena paja y Fermín debía presenciarlo. Seguro que se comportaba así por puro miedo, pensó Fermín, quería hacerlo bien para evitar que le hiciera daño. Enseguida la polla comenzó a salpicar leche sobre la barriga y ella le atizó unos golpes más hasta escurrirla. Después Elena se levantó tan campante y se dirigió a su marido. Él la miró serio y ella le sonrió. Acto seguido, le agarró su polla lacia y se la retorció con rabia. Fermín chilló de dolor cayendo arrodillado. En ese momento, le dio una patada en los huevos clavándole la punta del zapato. Sin apenas respiración por el terrible sufrimiento, se recostó en el suelo tapándose los genitales, de donde brotaba sangre en abundancia. Lo había notado, le había roto los huevos y la polla se la había dejado muy malherida, casi inservible. Senén abrazó a Elena por detrás cariñosamente y juntos fueron abrazados hasta el ordenador. Movieron el ratón y la quitarse el salvapantallas apareció la escena de cuando Fermín masturbó a Senén en el mirador del salón.

  • Puto maricón, sucio hijo de puta – le acusó su mujer -, lo sabías, hijo de puta, sabías lo que me estaba haciendo, que me estaba violando. Le has estado dando fotos mías, me has grabado follando contigo y se las dabas a él. Tú le incitaste. Lárgate de esta casa, ahora, y no vuelvas… - Se acercó a su marido y le agarró de los pelos. Le habló a modo de susurro -. Le prefiero a él. Folla mejor que tú, maricón -. Volvió a levantarse y se giró hacia su cuñado -. Lárgate de nuestras vidas o lo pagarás caro. ¿Nos damos un baño, Senén? Este maricón tiene que irse ya.

Fin. Joul Negro.

OPINIONES: joulnegro@hotmail.com

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© Carmelo Negro

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