CAPITULO 3
Para celebrar mi triunfo, me fui a comer a una
pizzería cercana a la oficina. Estaba tan concentrado mirando la carta, que no
me di cuenta que María acababa de entrar por la puerta del restaurante.
-José, ¿puedo sentarme?-, me preguntó
sonriendo.
-Sí, claro-, respondí, pensando que cómo habían
cambiado las cosas. Antes a esa rubia no se le hubiera pasado por la cabeza,
pedirme permiso para sentarse en mi mesa.
-Gracias, creía que iba a comer sola, es una
suerte que hoy hayas decidido comer aquí-.
Ese fue el inicio de una conversación insustancial
durante la cual, la muchacha no dejó de tontear conmigo. Supe que quería
sonsacarme información, por lo visto no estaba seguro que su adorada jefa le
hubiese contado toda la verdad y no se atrevía a confesarlo.
Ya en el postre, le pregunté:
-¿Qué es lo que quieres de mí?, no me creo que este
encuentro haya sido tan casual.
María se ruborizó al oírme. No sabiendo como
disculparse, ni que decir, empezó a llorar desconsoladamente. Siempre me ha
jodido que usen el chantaje emocional, por lo que en vez de ablandarme, su
llanto me encabronó.
-Deja de llorar-, le dije sin querer que se
me notara mi enfado, - no seas boba, que todo se va a arreglar.
Creyendo que había conseguido el objetivo, paró de
llorar y bajando la voz, se explicó:
-José, sé que ese tipo no ha hecho todo esto por
mí, sino por Jimena. Soy una víctima inocente-.
-Eso es cierto, pero estate segura que ahora que te
tiene, no va a dejar que te escapes. Eres una presa demasiado bonita para
soltarla. Creo que tu destino está irremediablemente unido al de tu amante-,
contesté dándole una de cal y una de arena. Por un parte le había dicho un
piropo y por otra la había acusado de usar su cuerpo para medrar en la empresa.
-No es mi amante, me obligó-, protestó al
escuchar mis palabras.
-Por favor, ¿me crees un idiota?. Fui testigo de
cómo le hacías el sexo oral y tampoco se te veía a disgusto cuando ella te tumbó
en la mesa-.
-¿Lo vistes todo?-, me preguntó totalmente
colorada.
-Si te refieres al estupendo sesenta y nueve que os
marcasteis, sí-.
Derrotada, me reconoció que era bisexual pero no
dio su brazo a torcer respecto a que era su amante. Según María, Jimena la usaba
cuando le venía en gana sin pedirle su opinión. Intrigado por su respuesta no
pude evitar el preguntarle cada cuanto era eso.
-Depende-, me respondió, -hay veces que
pasa un mes sin tocarme y otras que me usa toda la semana e incluso fuera del
horario laboral-.
-Es decir, que si te necesita, te llama y tú vas-.
-Sí, no puedo negarme. Mi sueldo es bueno y no
puedo perder este trabajo-.
Eso cuadraba, las malas lenguas llevaban hablando
años del furor uterino que consumía a la jefa. Aprovechando ese halo de
confianza que sus confidencias había creado, le pregunté:
-Y tú, ¿cómo te sientes?-.
-Mal, me siento permanentemente violada. Estos
malditos cacharros me tienen todo el día excitada. Ese cabrón consigue ponerme a
mil y cuando creo que me voy a relajar con un orgasmo, todo se para. He pensado
en masturbarme pero me da miedo, no vaya a ser que se entere y me castigue por
ello-.
-Si quieres eso tiene solución, no puedo anular sus
sensores, pero no creo que haya problema en modificar las frecuencias para que
cuando creas que no puedes mas, vengas a mí y yo libere tu tensión, haciendo que
te corras-.
-¿Harías eso por mí?-.
-¡Claro!, ¿no somos amigos?-.
Su esplendida sonrisa fue una muestra clara de que
se había tragado mi supuesta buena fe. María creyendo que me tenía en el bote,
pidió la cuenta y tras invitarme, me dio un beso diciendo:
-Pensaré en tu oferta-.
Al verla salir meneando su trasero, pensé:
"¡Esta tía es aún más imbécil que Jimena!, si viene
a mi despacho a que le ayude, su adicción por mí va a ser casi inmediata".
Me sentía un triunfador, todo se estaba desarrollando mejor que lo planeado, ya
me veía comiéndole el coño a esa preciosidad mientras ella se corría sin control.
La sensación de control era alucinante, después de una existencia gris se abría
el cielo para mí. Saber que en poco tiempo tendría dos estupendas mujeres a mi
entera disposición, me hacía sentir eufórico.
Al llegar a la oficina, me sorprendió ver sentada
en mi flamante despacho a la gran jefa. Estaba cabreadísima, nada mas verme
entrar, empezó a despotricar pidiéndome resultados. En cinco segundos, me llamó
inútil, inepto y demás lindezas. Aguanté esa bronca inmerecida sin inmutarme,
dejé que soltara todo lo que tenía dentro antes de responderla. Su furia no era
otra cosa que el resultado inesperado de las sesiones. Al igual que su
secretaria, Jimena no podía aguantar estar en permanente estado de excitación y
necesitaba liberarse.
-Señora, no creo merecerme esta reprimenda.
Estoy haciendo todo lo posible, pero como ya le he explicado necesito datos-.
Viendo que había metido la pata y que me
necesitaba, cambió de actitud pidiéndome perdón.
-No sé qué me pasa-, me confesó.-Llevo
cabreada todo el día desde que descubrí que ese hijo de puta me estaba haciendo
chantaje. Solo pensar que en menos de media hora, voy a ser el objeto de su
lujuria, me saca de quicio-.
-Pero también le excita, ¿verdad?-.
Me fulminó con la mirada antes de responderme:
-¿Cómo se atreve?. ¡No le despido ahora mismo
porque le necesito!, ¿Con quién coño se cree que está hablando?-.
Bajando la mirada, haciéndome el sumiso, le pedí
perdón, casi de rodillas, diciéndole:
-Le pido que me disculpe, soy un bruto
insensible. Le quería explicar que creo que he descubierto qué es lo que se
propone ese maldito hacker- .
-No le capto-, me confesó interesada.
-Jefa, María a la hora de comer ha estado
hablando conmigo y me ha contado que el hacker ha diseñado la ropa interior de
forma que ustedes dos se vayan excitando poco a poco y que antes de llegar al
orgasmo, les da una combinación de descargas que hacen que se les baje de
golpe-.
-Si eso es verdad-.
-No se enfade pero creo que su enemigo busca
convertirla en una olla a presión…-, le contesté haciendo una pausa,
…Quiere mantenerlas al límite de orgasmo, para así manejarlas a su antojo. Cómo
ya le he dicho a su secretaria y si usted lo considera oportuno, no creo que sea
difícil alterar esos instrumentos para conseguirle un orgasmo y desbaratar sus
planes-.
-No creo que lo necesite, pero vete estudiando cómo
hacerlo por si te ordeno que lo hagas-, me respondió dando un portazo.
ayudes
"¿Me ordenarás?. Puta, no creo que aguantes la
sesión de las cinco sin venirme a rogar que haga que te corras", pensé al
comprender que había tenido un error de principiante. Cuando calculé la duración
de su entrenamiento, no tomé en cuenta la angustia que les produciría la posible
vergüenza de ser expuestas al escarnio público, no soportaban la idea que ese
video se difundiera en internet. Si aplicaba esa variante al cómputo, la
resultante era que esas dos hembras iban a rendirse en menos de dos días.
Para ahondar en ese sentimiento de vergüenza, las
mujeres tenían que sentirse observadas y por ello, sonriendo, me puse a escribir
un e-mail modificando las reglas. La vez pasada, se habían acurrucado cada una
en una esquina, incapaces de reconocer a la otra su humillación, en cambio para
esta sesión les iba a ordenar que se colocaran una enfrente de la otra y que
durante los diez minutos que durara no se tocaran pero que debían no dejar de
mirarse entre ellas. Satisfecho por lo escrito, mandé el correo sabiendo que en
menos de treinta segundos, la zorra de Jimena lo leería. Acto seguido, encendí
el monitor para espiar su reacción. Mi querida jefa cumpliendo al pie de la
letra mis recomendaciones de excitar a su chantajista, estaba haciendo ejercicio
medio en bolas, solo cubierta con mi regalo. "¡Qué buena está, mi futura
sierva!", me dije al comprobar que las largas horas de gimnasio, le habían
dotado con un cuerpo no solo bello sino flexible.
Cuando escuchó que el clásico clic del Messenger,
dio una voltereta en el aire para acercarse a mirar mi mensaje. "Está
esforzándose en captar mi atención". Tal y como había anticipado, palideció
al leer que María iba a estar observándola mientras su intimidad y su persona
eran violentadas. Pude leer en sus labios una palabrota.
Faltaban cinco minutos para la hora cuando vi
entrar a la secretaria a la habitación. Jimena le explicó las nuevas
instrucciones y entre las dos cerraron las cortinas y movieron las sillas para
estar enfrentadas cuando todo empezara. Como el reo va al patíbulo, cabizbajas y
humilladas se sentaron en su sitio a aguardar que diera inicio su tortura. En
María, creí vislumbrar una lágrima aún antes que el vibrador incrustado en su
braga se pusiera a funcionar. "Esa va la primera en caer", pensé
satisfecho mientras mi pene se empezaba a alborotar, "pero a la que realmente
tengo ganas es a la puta estirada de la jefa".
Las vi tensarse al percibir que los tres
aditamentos de su ropa empezaban a trabajar al mismo tiempo. Inconscientemente,
cerraron sus piernas y se aferraron a los brazos de sus asientos, buscando
retrasar lo inevitable. Recordé que esa sesión iba ser más corta pero más
intensa. Las descargas en los pezones serían continuas y en cambio, las
vibraciones en el clítoris y el esfínter serían intermitentes, buscando
calentarlas pero sobre todo confundirlas. No me hizo falta estudiar los
controles para saber qué era lo que estaban sintiendo, María se agarraba los
pechos intentando controlar la excitación de sus aureolas mientras que Jimena no
dejaba de mover su pelvis como producto de una imaginaria penetración. El sudor
recorriendo sus pechos no tardó en hacer su aparición, las muchachas jadeando,
exteriorizaban su calentura. Temblaban por entero al ser conocedoras de que la
otra estaba siendo coparticipe de su humillación. Cada una de ellas era víctima
y verdugo. Al estar siendo violadas en público la degradación era máxima y
aunque les costara reconocerlo, también su excitación. Deseaban que terminara
pero a la vez anhelaban lanzarse una contra la otra, pero sabían que se les
había prohibido expresamente apagar el incendio que recorría sus cuerpos con el
extintor de sus bocas y manos. Jimena fue la primera en agitarse
descontroladamente encima de la silla. María, quizás alentada por su jefa,
rápidamente la secundó. Estaban a punto de correrse, pero sabían que antes de
poder explotar todo terminaría. Miré mi reloj, quedaban solo treinta segundos.
Era el momento que lanzando una salva final, las pezoneras, las bolas chinas y
los dos vibradores se volvieran locos, cortando de cuajo el placer que asolaba
ambos cuerpos. Disfruté viendo sus caras de sorpresa cuando esto ocurrió,
asustadas las muchachas se quedaron petrificadas sin saber que hacer o que
sentir, para respirar aliviadas al terminar.
Ni siquiera se miraron al vestirse, no tenían nada
que decirse. María salió sin hacer ruido del despacho de su jefa y se sentó en
su mesa esperando que nadie se diera cuenta que en su interior lloraba. Jimena,
por lo contrario, esperó que su secretaria saliera para derrumbarse en la
alfombra. La vi llorar y patalear durante cinco minutos. La orgullosa jefa
estaba rota y no le importó que su chantajista la viera así, no le quedaban
fuerzas ni dignidad para oponerse. Transcurrido un rato, se levantó del suelo y
cogiendo su bolso, salió de su oficina en dirección a la mía. La vi acercarse,
estuvo parada en medio del pasillo, luchando contra la idea de pedirme ayuda
pero cuando ya creía que iba a claudicar, dándose la vuelta, cogió el ascensor.
Desde mi ventana la vi marcharse.
"¿Faltó poco?, verdad. ¡Mañana caerás!".
Su espantada me dejó la tarde libre. Sin
supervisión, invertí mi tiempo en preparar las distintas trampas que mi fecunda
mente había diseñado. Usaría mi nueva posición para aprovechar y desembarazarme
de todos aquellos que en un pasado, se habían mofado de mí. Por supuesto, el
primero en caer iba a ser mi jefe, el Sr. González. Llevaba una hora enfrascado
en mi venganza, cuando tocando la puerta, María me pidió permiso para entrar.
-¿Tienes un momento?, me preguntó histérica.
Sus profundas ojeras me narraban por si solas el doloroso sufrimiento que
aquejaba a su dueña.
-Sí, ¿en qué puedo ayudarte?-. Era una pregunta
retórica, ya que su repuesta era evidente.
-José, me da mucha vergüenza pero necesito tu
ayuda, no lo soporto más-, me contestó echándose a llorar.
La tonta estuvo berreando durante largos minutos,
repartiendo la culpa de lo que le pasaba entre el hacker y Jimena. Al primero,
no le podía perdonar haberla mezclado en su vendetta, pero era a su jefa-amante
a la que acusaba directamente de todos sus males. Era una ironía del destino que
eligiera el hombro de quien le estaba puteando para sincerarse. María se quería
morir de la vergüenza, no podía soportar que sus padres y hermanos algún día
descubrieran que había sido capaz de tirarse a una mujer para mantener un buen
trabajo.
-Me gustan las mujeres pero prefiero a los
hombres-, afirmó intentado recalcar su independencia,-Maldito sea el día
que esa zorra se fijó en mí, daría todo lo que tengo para librarme de su acoso-.
No le pude decir que no se preocupara por eso,
cuando yo terminara sería del mío, del que tendría que preocuparse. En vez de
ello, le ofrecí mi apoyo, jurándole que en mí iba a tener un amigo. Poco a poco
se fue tranquilizando, le estaba dando una vía de escape a la que aferrarse, sin
caer en la cuenta que lo que le extendía a sus pies era una trampa incluso peor
que la de su odiada Jimena. Cuando ya pudo hablar tranquilamente, me pidió
ruborizada que cumpliera la promesa de la comida, necesitaba liberar toda la
excitación acumulada.
Me tomé mi tiempo antes de contestar:
-Cumpliré lo prometido pero, para hacerlo, necesito
acoplar a un emisor de ondas una serie de aparatos que tengo en casa. Tardaré al
menos cuatro horas. Mañana si quieres quedamos a las ocho, antes que lleguen
todos y lo hago -.
En su cara descubrí decepción, la muy ilusa debía
de pensar que su caballero andante la iba a salvar nada mas pedirlo. Por
supuesto que podía proporcionarle un orgasmo en ese preciso instante, pero según
mis cálculos no sería hasta las once de la noche, cuando el estrés llegara a su
punto álgido. Además tenía que ser prudente, que tuviese la solución levantaría
las sospechas tanto de ella como de su jefa.
"¡Qué espere, coño".
-¿Estás seguro que mañana lo tendrás listo?, no
puedo pasar otra noche en vela, sufriendo esos ataques-, susurró en un tono
desesperado.
-Lo único que puedo hacer es llamarte cuando haya
terminado y así sabrás que está listo-, le respondí con un doble propósito;
provocarle aún más tensión al esperar mi llamada y conseguir su teléfono
personal que me sería muy útil en el futuro.
Sin demora, cogió un papel que tenía en mi mesa y
garabateó su número mientras me agradecía mis atenciones y me prometía
compensarme de alguna forma. Tras lo cual, se acercó donde yo estaba y, por vez
primera, me dio un beso en los labios, dejándome solo y cachondo en el despacho.
CAPITULO 4
La maquinaría estaba aceitada, el firme de la
carretera en perfecto estado, tenían sus motores encendidos y sobre
revolucionados, solo faltaba un pequeño empujón para que esas dos aceleraran sus
cuerpos sin control y se despeñaran por el barranco. Tenía ya mis redes
extendidas. Redes que al liberarlas de un siniestro chantaje, las mantendrían
atadas de por vida.
Ese empujón iba a ser que ambas supieran que con
solo pedírmelo, yo podría hacerlas disfrutar como nunca antes. Para ello, tenía
que fabricar dos mandos portátiles que sustituyeran al teclado de mi ordenador,
uno lo suficientemente aparatoso para que ellas estuvieran seguras de no haberlo
visto antes, y otro tan pequeño que aún buscándolo pasara desapercibido.
Esa tarde, me volví a escapar antes de tiempo.
Sabiendo que tendría que invertir por lo menos un par de horas, me fui directo a
casa a trabajar. No me costó esfuerzo transformar un simple mando de la tele en
un instrumento práctico para controlar los distintos aditamentos de la ropa
interior de mis víctimas. Otra cosa fue crear de la nada un dispositivo no
detectable que al acercarse ellas a mí, los pusiera en funcionamiento sin que
ellas se diesen cuenta del cambio, y adujeran su excitación a una supuesta
atracción por mí. Vencidas las trabas técnicas, lo acoplé a mi cinturón.
Miré la hora al terminar. Eran las diez y media de
la noche y tenía hambre. Siempre he sido un desastre en la cocina en mi nevera
no había nada decente que comer, por lo que ordené en el Telepizza una
margarita. Tardaría media hora, para hacer tiempo a que llegara, decidí darme
una ducha.
El agua caliente fue el detonante que necesitaba mi
fértil imaginación para empezar a divagar. Bajo el chorro, soñé despierto que
Jimena venía gateando sumisamente a mi cama en busca de mis caricias. Sus ojos
hablaban de lujuria y rendición. Haciéndose un hueco entre mis sábanas, sus
manos recorrieron mi cuerpo buscando mi pene bajo el pantalón del pijama. En mi
fantasía, la vi abrir la boca y con su lengua transitar por mi sexo, antes de
introducírselo completamente hasta su garganta. Siguiendo el guión de esa visión
onírica, mi mano aferró mi endurecido tallo y empecé a masturbarme al ritmo
imprimido por mi jefa. Estaba a punto de regar la ducha con mi semen, cuando el
sonido del timbre me sacó de mi ensoñación.
"¡Puto repartidor!, podía haber tardado un minuto
más", pensé mientras salía de la ducha y cogía una toalla con la que tapar
mi erección. Al abrir la puerta, me llevé la sorpresa que en vez del empleado de
Telepizza, quien estaba ante mí era María. Me quedé de piedra. Casi desnudo, no
tuve la rapidez ni el valor de evitar que entrara.
-Disculpa que haya venido sin avisar, pero tenía
que saber cómo ibas-, me dijo mirando el bulto que resaltaba bajo la toalla.
-Estaba duchándome-, protesté.
-Por mí no te preocupes, termina que aquí te espero-,
me contestó con el desparpajo que solo una mujer, que se siente guapa, tiene.
Cabreado por esa intromisión, volví al baño a
secarme. "¿Quién cojones se cree esta niña para venir a mi casa?", no
podía dejar de repetir. Tardé en tranquilizarme, mi casa siempre había sido un
lugar sagrado, jamás había permitido que las prostitutas, que había contratado,
manchasen con su presencia sus paredes. Estaba poniéndome los pantalones cuando
empecé a verle el lado bueno, si esa perra había venido por mi ayuda, se iba a
llevar a casa mucho mas. Era incluso una oportunidad de oro que no podía
desaprovechar, mis planes antiguos me daban de ocho a nueve para someterla, pero
su indiscreción, me permitía contar con tiempo ilimitado.
De vuelta en el salón, María estaba de pie ojeando
la colección de porno que tenía en la estantería. "Posee un culo estupendo",
pensé al ver su trasero respingón. Al oírme, se giró diciendo:
-Tienes buen gusto, para mí Jenna Jameson es la
mejor-.
-¿Ves porno?-, le respondí extrañado. No
conocía a ninguna mujer que abiertamente reconociera que era fan de ese cine tan
mal catalogado por las mentes pensantes.
-Sí, me encanta, me ayuda a relajarme-.
Su respuesta me ablandó, quizás no fuera tan tonta
como parecía. Tratando de verificar que no se estaba echando un farol solo por
contentarme, le pregunté cuál era su película preferida. Sonrió al darse cuenta
que era una prueba:
-Sin lugar a dudas es los tatuajes de Jenna, me dio
mucho morbo la protagonista tatuando esos cuerpazos mientras le contaban sus
fantasías-.
Prueba superada y con nota, la chica sabía de qué
hablaba. Tras un momento incómodo donde no sabía que decir ni que hacer, le
pregunté si quería una copa. Me preguntó si tenía un whisky.
-En mi apartamento puede faltar comida, pero nunca
alcohol-, le contesté cogiendo el hielo.
Estaba sirviendo las dos copas cuando escuchamos el
timbre:
-¿Esperas a alguien?-.
-No-, le respondí, -debe de ser el
repartidor. Hazme un favor, sobre la cómoda hay dinero. Págale-.
Al volver, la rubia esta riéndose a carcajadas. Por
lo visto el motero le había echado los tejos, diciéndole que había terminado su
turno y que si quería se quedaba a disfrutar con ella de la pizza.
-¿Y qué le has contestado?-.
-Que ya tenía la mejor de las compañías-.
Me ruboricé al oírla. Esa muchacha estaba usando
todos sus encantos para echarme el lazo. Lo sabía y, curiosamente, no me
molestó. Tratando de evitar que al humanizarla tuviese algún reparo en usarla,
le dije que ya tenía listo el emisor y que si quería podía darle lo que había
venido a buscar.
Frunciendo el seño, me dijo:
-¿No me vas a invitar a cenar?, estoy que devoro-.
-Claro-, le respondí asustado por su franqueza.
Había supuesto que había venido a correrse y nada más, por lo que ese cambio de
actitud me desarmó.
La cena fue estupenda. María demostró tener ingenio
y sentido del humor, además de estar buenísima. Paulatinamente fuimos cogiendo
confianza. Me preguntó por mi vida, por mis aspiraciones y lo que más me
sorprendió si tenía a alguien con quien compartir una pizza de vez en cuando.
-Soltero y sin compromiso-, le repliqué
orgulloso de haber mantenido mi celibato intacto.
-Eso se puede arreglar-, pícaramente me
contestó mientras recogía los platos y los llevaba a la cocina.
Había llegado el momento y de nada servía
retrasarlo más. Esperé a terminar de recoger la mesa para preguntarla si estaba
lista:
-¿Qué quieres que haga?-, me respondió.
-Me da corte decírtelo pero tengo que confirmar que
tienes los mismos aparatos que Jimena. Necesito que te desnudes-.
Se le iluminó su cara como si fuera algo que
realmente deseaba. "Está actuando", pensé tratando de protegerme de su
influjo, "no debo de caer, es una puta", me dije buscando un motivo de no
excitarme. Me quedé maravillado al ver la forma en que se desnudó. Como si fuera
una stripper, María se bajó la cremallera de su falda contoneándose y sin dejar
de mirarme. "Mierda, me estoy poniendo bruto", tuve que reconocer cuando
la chica empezó a desabrochar los botones de su camisa.
-Eres una cabrona-, le solté sin poder
contenerme, - date prisa que si no voy a ser yo el que se ponga como una
moto-.
-Me pides que me desnudes y ahora ¡te quejas!-. su
desparpajo me estaba cautivando,- Si quieres que sea impersonal, ¡te jodes!-.
-Vale, vale-, le contesté tratando de mantener
una aséptica posición.
Dejó caer su ropa al suelo y modelando, me hizo
deleitarme con la belleza de su juvenil cuerpo. Con ella casi desnuda, aproveché
el paripé de revisar los aparatos para disfrutar de su cuerpo con absoluta
libertad. Me encantaron sus pechos de colegiala, sus contorneadas piernas, pero
lo que realmente me cautivo fue su culo y su pubis. Dos poderosas nalgas que
eran el complemento perfecto al sexo completamente imberbe que tenía.
-¿Estoy buena?-, me preguntó sin dejar de jugar
conmigo.
-No lo sé todavía no te he probado, pero como dices
eso se puede solucionar-, le dije metiendo un dedo en su sexo y llevándomelo
completamente embadurnado de su flujo a la boca,-Sí, ¡estás muy buena!-.
-¡Qué pedazo de hijo puta eres!-, me respondió
muerta de risa por mi caradura-, para eso es, pero se pide-.
Dándole una nalgada, le respondí que ya bastaba de
jugar, que había venido a desbaratar los planes de ese chantajista, y eso íbamos
a hacer:
-Un favor, antes que empieces. Te importa poner
una película y sentarte a mi lado, no quiero darle el placer de correrme como
una autómata, prefiero que sea Jenna quien me excite-.
No pude negarme, y tras poner el video, me acomodé
a su lado en el sofá.
-¿Cuando quieras?-, le dije.
Nerviosa, me rogó que esperara a que diera comienzo
la película y que no le avisara cuando, que no quería saber que parte era
natural y cual inducida. Eso no solo no me venía mal sino que favorecía su
futura adicción a mí, por lo que no tuve ningún reparo en prometerle que así
sería. Reconozco que no fue una decisión cien por cien racional también me
excitaba la idea de verla entrando en faena por sí sola.
La película que había seleccionado no podía ser
otra que su favorita. Ella al percatarse de mi elección, me dio un beso en la
mejilla y apoyo su cabeza en mi regazo para verla tumbada.
-¿No te importa?-, susurró sin apartar su ojos
de la tele.
En la pantalla, Jenna estaba atendiendo a una
espectacular morena en su tienda de tatuajes. La protagonista quería que le
tatuara un corazón muy cerca de su pubis, lo que daba al guionista el fútil
motivo para que la actriz afeitara el sexo de su clienta.
-Tócame-, pidió sin mirarme,-nunca he
follado viendo una porno-.
Esas palabras eran una declaración de guerra, María
quería que le diese caña y recorriendo con mi mano su dorso desnudo, decidí que
caña iba a tener. Recibió mis primeras caricias, diciéndome que no comprendía
porque nunca se había fijado en mí. No quise escucharla, llevaba demasiado
tiempo sin una mujer que me diera cariño. No podía creerla. Para tener las manos
libre, programé los controles para que fuera subiendo su excitación y en menos
de media hora se corriera brutalmente.
En la película, Jenna estaba pellizcando uno de los
pechos de la intérprete, fue entonces cuando decidí seguir el guión marcado por
el celuloide. Subiendo mi mano por su estómago, atrapé uno de sus pechos y sin
importarme si estaba lista, apreté su pezón entre mis dedos.
-Ahh…me gusta-, la escuché decir mientras se
llevaba su mano a la entrepierna.
Envalentonado, repetí la operación con el otro
mientras le decía que era una putita muy dispuesta. Mis palabras coincidieron
con la puesta en funcionamiento de los aditivos de su ropa interior, y sin
poderse aguantar la muchacha me rogó que siguiera acariciándola.
Para obedecerla, me puse de rodillas. Verla tirada
en el sofá, esperando mis mimos, me calentó de sobremanera. Cogí uno de sus
pies, y usando mi lengua fui recorriendo cada uno de sus dedos antes de
metérmelos en la boca.
-Dios, ¡qué maravilla!-, gimió descontrolada.
El suave sonido del vibrador me indicaba que aún
quedaba más de quince minutos para que mis artilugios estuvieran a plena
potencia. Tenía tiempo, mucho tiempo, podía disfrutar lentamente de esa cría.
Bajando por su tobillo, fui embadurnando de saliva sus piernas mientras mis
manos apresaban sus pechos, magreándolos. Sus caderas bailaban al ritmo de las
caricias de mi boca en una arcaica danza de fertilidad. Su excitación se fue
incrementando producto de mis caricias. El flujo estaba empezando a manchar la
braguita. Al notar ella que ya tenía su sexo a escasos centímetros de mi lengua,
me imploró que no parase que necesitaba sentirla en sus labios.
No le hice caso, ralentizando mi acercamiento,
recorrí su muslo cruelmente. Tenía que llevar el control. Con la respiración
entrecortada, me gritó que me diera prisa. En vez de ello, le aticé una sonara
nalgada mientras le decía:
-Llevas mucho tiempo esperando a correrte, no te
vendrá mal unos minutos-.
Estaba desbocada, le urgía sentir un pene entre
cualquiera de sus labios. Sin pedirme permiso se bajó del sofá y sentándose en
la alfombra, sacó mi pene de su encierro y hecha una loca golosa, se lo
introdujo en la boca. Su humedad envolviendo mi sexo coincidió con el inicio de
su estimulación anal. María no podía dejar de retorcerse de placer, mientras su
mano acariciaba mis huevos y su garganta se empalaba con mi tallo.
"¡Qué buen francés!", certifiqué al sentir que
estaba usando su lengua para presionar mi glande cada vez que se lo introducía.
"Esta muchacha es una verdadera máquina".
Viéndome a su merced y sin importarle que pudiera
pensar de ella después, se levantó y preguntó:
-¿Donde están los sensores?-.
-En los pechos y el coño-, le respondí sin
saber a qué se refería.
Poniéndose a cuatro patas, se quitó el estimulador
anal y agarrando mi pene, se lo acercó a su entrada trasera.
-¡Qué esperas!-, me gritó.
Sus palabras dieron carpetazo libre a mi lujuria y
cogiendo con mi mano parte de su flujo, aflojé los músculos de su esfínter antes
que, de un solo golpe, le introdujera toda la extensión de mi falo en su
interior.
-¡Animal!- chilló al sentir como se abría
camino en sus intestinos, pero no trató de sacarlo sino que tras una breve pausa
empezó a agitar sus caderas buscando llegar a su clímax.
Verla tan dispuesta, me exacerbó y usando sus
pechos como agarre, empecé a montarla sin misericordia. Tras un minuto de loco
cabalgar, mi montura se empezó a cansar por lo que le tuve que espolear dándole
una fuerte nalgada. Como buena yegua respondió al castigo acelerando su ritmo.
María no podía dominarse, gritando y gimiendo, me pidió que siguiera azotando su
trasero. Dominado por la pasión, no le hice ascos a castigar ese maravilloso
culo mientras su dueña berreaba sin control.
-¡Me corro!-, bramó retorciendo todo su cuerpo
sobre la alfombra.
Inconscientemente miré el reloj de mi pulsera, su
clímax estaba coincidiendo con el momento álgido de la acción de los aparatos.
Acelerando mis maniobras busqué sincronizar mi goce con el de ella. Agarrando su
melena, tiré de ella para conseguir que mi penetración fuera total. A punto de
explotar, fui coparticipe de su placer. Al rebotar mis testículos contra su
coño, el flujo que brotaba libremente de su cueva salpicó mis piernas,
dejándolas totalmente empapadas. Todo mi ser estaba disfrutando de ella cuando
desplomándose contra el suelo empezó a agitarse como posesa, pidiéndome que
abonara su sexo con mi simiente. Sus gritos fueron la espuela que me faltaba
para explotar dentro de María en feroces oleadas de placer. No tuve piedad y
seguí derramando mi esperma hasta que conseguí vaciar todo dentro de ella.
Al sacar mi pene, María me obsequió con una visión
celestial. Abierta de piernas, tirada sobre la alfombra, su esfínter totalmente
dilatado no pudo contener toda mi eyaculación por lo que me maravilló ver los
blancos riachuelos, que surgían de su interior, recorriendo sus piernas. Mi
adorada presa le costó recuperarse, desmayada no dejaba de gemir con los últimos
estertores de su orgasmo mientras, en la tele, Jenna se corría en la boca de una
apetitosa negrita. Agotado, me senté en el sofá con la satisfacción del trabajo
bien hecho. Al cabo de unos minutos, gateando se acercó a donde yo estaba y con
la felicidad impresa en su rostro, besó mi mano diciéndome que nunca en su vida
había disfrutado de un orgasmo semejante.
-Tienes mucho que aprender-, le dije
acariciándole la cabeza mientras volvía a poner en funcionamiento las pezoneras
y el vibrador-, esta noche te quedas a dormir, tengo que enseñarte un montón
de cosas-.
Apoyando su cabeza en mi regazo, solo pudo murmurar
un GRACIAS antes que, cogiéndola en mis brazos, la llevase a mi cama.
CAPITULO 5
Una mano acariciando mi pene me despertó. Medio
adormilado observé a María acurrucada a mi lado, tratando de animar a mi
amorcillado tallo con sus dedos. Mi querida presa me expresaba de ese modo que
no había tenido bastante con los múltiples orgasmos que asolaron sus defensas
antes de caer dormida por puro agotamiento. Recordé que de madrugada, la
muchacha, llorando de alegría, me rogó que la dejara descansar, que le dolía
todo el cuerpo de tanto como había gozado. No habían trascurrido más de tres
horas y ya estaba ansiosa por repetir.
"Esta niña me va a dejar seco", pensé al verla
ponerse en cuclillas y sin pedirme mi opinión, recorrer con su lengua mi
extensión. "Qué arte tiene", certifiqué al sentir como jugaba con mi
glande, con besos y lengüetazos mientras me acariciaba suavemente mis
testículos. No tuve que tocarla para que se fuera calentando de una manera
constante. Era una locomotora que se dirigía hacia el abismo y su maquinista
lejos de intentar frenar aceleraba cada vez más. Sus jadeos comenzaron aún antes
que consiguiera despertarme por completo, Moviendo sus caderas, usó mi propia
pierna para masturbarse. Fuera de sí, fui espectador de su primer orgasmo.
Retorciéndose como una sanguijuela, se introdujo mi pene en la boca. Estaba
poseída por la pasión, exigía como sacrificio desayunar mi leche para calmar su
hambre. Aunque le costaba respirar era tal su pavorosa necesidad que, alucinado,
experimenté como las paredes de su garganta se abrían para dar cobijo al intruso
hasta que sus labios rozaron la base de mi falo. Su coño empapado no dejaba de
rozarse contra mi piel, cuando sentí como todo su cuerpo volvía a temblar.
Totalmente excitada, no supo o no pudo detenerse y levantándose sobre el
colchón, la vi quitarse las bragas y las bolas chinas y de un solo arreón
empalarse. Gritó al sentir mi cabeza golpeando contra la pared de su vagina y
antes que pudiera, yo, siquiera moverme, caer derrotada retorciéndose mientras
no paraba su placer de fluir por mis piernas.
-Estás loca-, dije poniéndole las bragas y
reintroduciendo las bolas chinas en su interior,- el chantajista puede saber
que te las has quitado-.
-Me da igual, te necesitaba-, me respondió
con una sonrisa, - y la culpa la tienes tú-.
-No sé a qué te refieres-, dije extrañado.
-No te hagas el tonto, has encendido los aparatos
cuando sentiste que te tocaba-.
Entonces al oírla supe que la misión de los
artilugios había terminado, María con solo tocarme se había excitado hasta el
orgasmo sin ayuda exterior.
-Te equivocas, no he usado el mando. Has sido tú
sola-.
-¡Imposible!-, me respondió.- He sentido su
acción en mis pechos, en mi coño y en mi culo. No me digas que no-.
Era el momento de confirmar mi teoría. Dándole el
mando, le ordené que verificara ella misma que estaba apagado.
-José, no fastidies, te repito que lo noté-.
-Y, ¿Ahora?-.
Torciendo el gesto, visiblemente enfadada, me
contestó que no.
-Termina lo que empezaste-, le ordené
acercando mi sexo erecto a su boca.
Nada mas sentir sus labios rozar mi glande, la
excitación recorrió su cuerpo y renovando su pasión, se lanzó en la búsqueda del
placer mutuo.
Cinco minutos después, tirada en la cama y con su
estómago lleno de mi semen, derrotada, me miró:
-¿Qué me has hecho?, ¿porqué siento esto cada
vez que te toco?-.
-No lo sé, pero creo que el chantaje ha tenido este
efecto secundario. Te has vuelto adicta a mí-.
Se quedó unos minutos callada, pensando, tras lo
cual sin ningún rastro de vergüenza o de rencor me contestó que si era así, ella
estaba encantada. Nunca había experimentado tanto placer y si ser adicta
significaba que con tocarme su cuerpo iba a volver a disfrutarlo, bienvenido.
-Hay un problema, Jimena-, le recordé.
-Mi querido celebrito, ¿cómo es posible que
siendo tan inteligente, seas a la vez tan tonto?, no te das cuenta que durante
dos años he estado en manos de esa zorra y que con tu ayuda, le devolveremos con
intereses sus desprecios-.
Solté una carcajada al oírla y usando mi nuevo
poder, le pedí que se levantara a preparar el desayuno.
-Sí, mi amo-, me dijo con una esplendida
sonrisa.
Después de desayunar y mientras se estaba
vistiendo, le comenté que si quería no era necesario llevar el conjunto.
-Y eso ¿porqué?-
-Todavía no has caído en que yo soy el
chantajista-.
Me miró alucinada y tras unos instantes de
confusión me contestó:
-Eres un cabrón, pero …MI CABRON…me lo voy a poner
hoy porque seguimos con un trabajo que hacer pero, esta noche, ¡Te juro que me
vengaré!-.
CAPITULO 6
Fuimos al trabajo en el coche de María, pero antes
de llegar me bajé para que nadie nos viera. Teníamos que seguir guardando las
apariencias, no nos convenía que llegara a oídos de Jimena que nos hubieran
visto coger llegar juntos porque podría atar cabos. Durante el trayecto,
habíamos planeado los pasos a seguir, las diferentes trampas que extenderíamos a
su paso para que al terminar esa jornada, nuestra odiada jefa hubiese perdido su
capacidad de reacción y por eso al entrar en mi oficina, me enfrasqué en el
trabajo. Ni siquiera me di cuenta que rompiendo con una rutina de años, la zorra
llegó con dos horas de retraso.
Al salir del ascensor, vino directamente a verme.
Me sorprendió su aspecto desaliñado. Estaba histérica, no había podido pegar ojo
en toda la noche y quería saber que había averiguado.
-Muchas cosas-, le contesté, -he localizado
la IP del hacker y en este instante estoy intentando romper las claves de su
firewall. Solo queda esperar, en menos de veinticuatro horas, sabremos quién es
y si la suerte nos acompaña, podré inocularle un virus que destroce su disco
duro, borrando toda su información-.
-Entonces, solo queda esperar-.
-Sí, conviene seguirle la corriente para que no
sospeche y no se le ocurra hacer públicos los videos antes de tiempo-.
Le acababa de decir que su problema se podía
considerar terminado. Lo lógico hubiera sido que esa mujer hubiese saltado de
alegría al saberlo, pero su semblante seguía siendo cetrino.
-Jefa, no comprendo, ¿porqué no se alegra?-.
-No sé si voy a poder aguantar hasta mañana sin
volverme loca. Ese malnacido ha diseñado el instrumento de tortura perfecta.
Desde que lo llevo puesto no he podido dormir ni comer, me da miedo hasta beber,
por si al ir al baño saltan las alarmas. Fíjate lo mal que estoy que me parece
insalvable esperar estas veinticuatro horas-.
-Ya veo. Mire no sé si le puede servir pero ya he
terminado de desarollar el aparato que le conté. Solo hace falta encenderlo. Si
me da usted permiso, lograría relajarse-.
Se le iluminó la cara al oírme. No era consciente
pero en ese instante estaba siendo excitada por mí.
-¿En qué consistiría?-.
-Nada que no haya sentido pero amplificado. El
hacker diseñó un ingenioso sistema que les llevaba al borde del orgasmo, lo
único que he hecho ha sido romper esa barrera, por lo que no solo conseguirá
correrse sino que según mis cálculos, el placer que sentirá será algo nunca
experimentado-.
-¿De verdad?, ¿conseguirías hacerme descansar?-.
-Sí-.
-Entonces, ¿a qué esperas?-.
-Señora, no creo que la oficina sea el lugar
adecuado. Piense que el proceso tardará al menos una hora y cuando se aproxime,
ustedes dos perderán por completo el control-.
-Entiendo-, se quedó pensando en lo acertado de
mi consejo, si era la mitad de salvaje de lo que ella misma suponía, convenía
hacerlo en su sitio que no tuviera testigos. –José, voy a llamar a María y
nos vamos-.
No me había dicho donde pero daba igual el sitio
que eligiera. En dos horas, esa mujer iba a ser nuestra sirvienta, quisiera o
no. A través de mi ventana, observé a sus secretaria haciéndose la sorprendida.
Tal y como habíamos previsto, Jimena no iba a poder soportar el estado de
excitación continua y aceptaría gustosa cualquier vía de escape que le
propusiéramos. Llevando todo lo necesario en mi maletín, las esperé en el
pasillo.
Siguiendo a pies juntillas mi papel, bajé la mirada
al montarme con ellas en el ascensor. Para que no desconfiara, yo debía de
seguir siendo ese tímido empleado, mero ejecutor de sus órdenes. Fuimos directos
al parking donde había aparcado el Jaguar. Me hizo sentar en los asientos de
atrás mientras le pedía a María que se sentase a su lado.
La certeza de que quedaban minutos y no horas para
liberarse, fue haciendo que humor cambiase y en menos de diez minutos, había
vuelto a ser la misma hija de puta estirada de siempre.
-Mi linda, ¡cómo vamos a disfrutar!-, estaba
encantada con la idea de volverse a tirar a su secretaria y refiriéndose a mí,
le soltó:-Por éste no te preocupes, piensa que es un mueble, mañana cuando
descubra quien es ese hacker, le daré una gratificación y todo olvidado-.
No demostró enfado por ser tratada de puta en
presencia de un extraño, al contrario pude ver, a través del espejo, cómo mi
ahora cómplice me guiñaba un ojo mientras le preguntaba hacia adonde nos
dirigíamos.
-A mi casa-.
Fui incapaz de evitar sonreír al oírlo. Según
María, Jimena solo la llevaba a su apartamento en contadas ocasiones, la mayoría
de ellas cuando quería dar rienda suelta a su faceta dominante. "Esta puta no
sabe donde se está metiendo" pensé, disfrutando por anticipado, al saber que
entre otros artilugios esa mujer había hecho instalar una silla de ginecólogo
como objeto de placer. En ella, solía atar a su secretaria para abusar de ella.
Esa zorra tenía tanta prisa que, en un trayecto que
normalmente le tomaba medía hora, tardó veinte minutos. Sin bajarse del coche,
abrió la verja de su chalet y sin meter el coche en el parking, nos hizo
bajarnos . Nunca había estado en la Moraleja, no sabía que pudiera ser posible
tanta ostentación y lujo. Se mascaban los millones que se había gastado en
decorarlo. Abriendo el camino, nos llevó a su habitación. Reconozco que me quedé
alucinado al entrar, en ese cuarto cabían al menos dos pisos como el mío.
-Esperad aquí mientras me cambio-, nos ordenó
nada más entrar.
No nos hizo falta hablar, ambos sabíamos nuestra
función en ese drama. Teníamos que seguirle la corriente hasta que se excitara,
entonces y solo entonces daríamos la vuelta a la tortilla y la cazadora se
convertiría en víctima. Tardó unos minutos en volver vestida, además de con el
conjunto, con un antifaz y unas botas negras. Esa zorra se había disfrazado de
dominatriz. Haciéndome el idiota, pregunté si quería que me escondiera en un
armario para no ser testigo de lo que ocurriera.
-No hace falta, me da morbo que estés mirando.
Tómatelo como un anticipo-, contestó mientras desnudaba a su secretaria.
María se dejó hacer. Callada, soportó sin inmutarse que su jefa desabrochara su
falda y su blusa, dejándola solo con el conjunto que yo les había regalado. –Acerca
la silla a la cama-, me ordenó a la vez que tumbaba sobre las sabanas a la
muchacha,-quiero ver cómo te masturbas mientras me tiro a mi secretaria-
No hacía falta esperar más, sacando de mi maletín
el mando a distancia, di inicio al programa que había diseñado especialmente
para ella. La siguiente medía hora Jimena iba a sentir como se iba calentando
hasta conseguir llevarla más allá del orgasmo, sin saber que María solo
disfrutaría de una suave sesión.
La zorra de mi jefa gimió a sentir las primeras
vibraciones en su coño y poniéndose a cuatro patas abrió las piernas de María.
No le pidió su opinión para hundir su lengua hasta el fondo del sexo de la rubía
al saber que al igual que durante los dos últimos años esta no iba negarse, le
pagaba un buen sueldo y se creía en el derecho de usarla cuando le diera la
gana. "Qué buen culo a desflorar. Qué poco te va a durar virgen", pensé
catalogando mentalmente como un diez las nalgas de Jimena que su lujuria me
permitía observar pero no tocar por ahora. Mi cómplice me había comentado que
esa mujer solo tenía un tabú en el sexo. Podía ser una ninfómana pero nunca
aceptó que nadie hoyase su entrada trasera. "¡Eso va a cambiar!, de hoy no
pasa que yo te desvirgue tu rosado agujero".
La temperatura de la escena iba subiendo por
momentos. Desde mi posición, pude percibir como del fondo de su coño fluía sin
control un riachuelo que discurría por sus piernas, yendo a morir sobre las
sábanas. María era la persona que mejor la conocía, era ella quien debía de
dictaminar el momento de tomar el control y someterla. Mientras tanto solo podía
observar y callar. Sin quitar ojo de la escena, fui preparándome mentalmente
para el instante en que por medio de una seña previamente pactada me dijera que
era el momento de actuar. María no dejaba de decirme con su mirada que me
deseaba pero que esperara, que todavía Jimena no estaba lista.
Ser el convidado de piedra de un show lésbico no me
resultó sencillo y más al ser consciente que una de sus integrantes lo que
deseaba es sentir mi pene nuevamente deambulando por el interior de su coño, y
no la lengua de la otra. La secuencia de descargas y vibraciones estaban
llevando a Jimena al colapso, olvidándose de su pareja se dejó caer sobre las
sábanas y retorciéndose buscó con sus manos su propio placer.
-Ven. Déjame hacerte el sexo oral como a ti te
gusta-, escuché decir a María mientras tumbaba a su acosadora sobre las
sábanas. Cuando mi amante, aprovechándose del estado de Jimena, cerró los
grilletes en torno a sus muñecas, supe que había llegado el momento de
levantarme y ayudarla a inmovilizarle las piernas.
-¿Qué hacéis?-, gritó echa una furia al
percatarse de que estaba indefensa.
-Evitar que te escapes mientras María y yo hacemos
el amor-, le contesté mientras cogía el mando e incrementaba la velocidad de
los distintos aditamentos pero sobretodo del estimulador anal.
-Os ordeno que me soltéis, ahora mismo-,
chilló histérica.
Poniéndose a horcajadas encima de ella, María le
soltó un tortazo.
-¡Puta!, ¡cállate!. Necesito silencio para
disfrutar del pene de mi hombre-.
Asustada, obedeció. Se le notaba aterrorizada al
saber que la mujer que la tenía sometida había sido objeto de sus desprecios
durante mucho tiempo y que ahora se estaba vengado. María me llamó a su lado.
Dijo susurrando que quería que le hiciera el amor encima de su presa.
Rápidamente terminé de desnudarme.
-Jimena, chúpame mientras yo disfruto de su
hombría. Y hazlo bien, o ¡te arrepentirás!-, oí que le ordenaba poniendo su
sexo en la boca de la mujer y dirigiéndose a mí, me rogó que me acercara.
Asiendo mi pene con dulzura, acercó su boca a mi
tallo y sacando la lengua fue acariciándolo mientras me decía lo mucho que me
había echado de menos y que esa puta ya no conseguía excitarla. Su odiada jefa
tuvo que soportar escuchar que era un segundo plato, pero lejos de protestar,
incrementó sus caricias al sentir que su cuerpo se revelaba contra esa
humillación y que contra su voluntad estaba sobreexcitada. La rubia cambiando de
posición se tumbó sobre Jimena dándome la espalda, dejando su sexo expuesto a mí
pero permitiendo que la morena siguiera mamando de su néctar:
-Fóllame mientras está puta te chupa los huevos,
¡quiero que se trague el flujo de mi placer!-.
Comprendí cual era su intención, mi amante deseaba
que fuera coparticipe de nuestro placer para forzar su sumisión. Usando mis
manos separé sus nalgas y acercando mi glande a su vulva, exigí a nuestra
víctima que la lubricara. Incapaz de negarse abrió su boca engullendo mi miembro
mientras yo acariciaba los pechos de mi amada. Ya completamente ensalivada, fui
penetrando el sexo de María lentamente para que pudiera experimentar como cada
uno de sus pliegues se retorcía al dar paso a toda mi extensión.
-Te necesito-, gritó al sentir como que la
cabeza de mi pene chocaba contra la pared de su vagina.
Sus palabras de pasión me dieron la motivación
extra que esperaba. Usando mi miembro como ariete fui derribando una a una todas
sus defensas, a la par que mis huevos rebotaban contra la cara de Jimena. La
mujer no pudo evitar soltar un sollozo al oír los aullidos de placer de María.
"Estás celosa, puta". Acelerando mis penetraciones, usé los pechos de la rubia
como agarre. Completamente poseída por sus pasiones, me estaba rogando que me
corriera dentro de ella cuando empezó a temblar presa del éxtasis que dominaba
su cuerpo, momento que aprovechó nuestra jefa para beberse con gran sed el flujo
que su sexo derramaba sobre mis huevos.
-¡Me corro!-, clamó desesperada Jimena,
retorciéndose bajo nuestros cuerpos.
-No la dejes-, me pidió María,- debo ser yo
la primera-.
Reconozco que fui insensible a sus ruegos, pero
tenía una buena razón para ello, debía ser mi pene el que la sometiera. Por eso
y solo por eso, saqué mi miembro de su sexo y liberando a la zorra, le di la
vuelta. Ese culo con el que tantas veces me había masturbado tenía que ser mío.
Jimena chilló al darse cuenta de mis intenciones. No hice caso de sus lloros y
desgarrando la tela de sus bragas, le abrí sus nalgas y cogiendo flujo del coño
de María, relajé durante un momento su esfínter y de un solo golpe la desvirgué
analmente. Se quedó paralizada al sentir que le rompía el culo. Había supuesto
que iba a revelarse a mi agresión, pero en contra de mi previsión, esperó
pacientemente a que yo marcara el ritmo. Mi rubia amante decidió que ella
también quería su parte y tirándole del pelo llevó su boca a su sexo.
-¡Dale duro!-, me ordenó María.
No sé si fue eso, o verme como un semental que se
estaba cruzando con la mejor yegua de la oficina, pero dándole un azote en las
nalgas empecé a mover mi pene en su interior.
-Agg…-gimió al notar que sus músculos eran
forzados por los movimientos de mi extensión en su trasero.
Hice caso omiso a ambas mujeres, la posesión de ese
ansiado trasero me espoleó y acelerando mis penetraciones tiré de su negra
melena, mientras seguía castigando sus cachetes con mi mano. La presión de su
esfínter se fue relajando facilitando que la mujer se fuera acostumbrando a
sentir mi verga en su interior. Paulatinamente, el dolor fue dando paso al
placer, hasta que completamente rendida a mi acoso, clavando las uñas en el
colchón reanudó la mamada a la rubia. Ésta al sentir la lengua de su odiada jefa
hurgando en su clítoris, me miró buscando mi aceptación.
-Está bien-, al escuchar que no me importaba
que fuera su boca quien la hiciera gozar, mordiéndose los labios y cerrando los
ojos, se puso a disfrutar.
Ya tenía suficiente confianza con ella para sentir
celos de mi montura. Pero aún así, no podía olvidar los malos ratos que le había
hecho pasar ni los continuos desplantes con los que mi jefa me había tratado
durante años, por eso acercándome a ella, le susurré al oído que ya había
descubierto al chantajista y que entre su secretaría y yo habíamos montado esa
orgía con el único propósito de bajarle los humos.
-Eres una puta de culo fácil-, le solté
mientras cambia de agujero.
Su coño recibió mi pene totalmente mojado. La zorra
estaba a punto de correrse y al constatarse del cambio, empezó a estremecerse
pidiéndome que no parara. Obedeciendo a mi instinto de depredador, mordí su
cuello coincidiendo con el orgasmo de las dos mujeres. Cabreado por no haber
conseguido desahogarme, continué acuchillando su cuerpo con mi sexo, prolongando
su clímax más allá de lo razonable. María al ver que no conseguía vencer mi
erección se agachó a mi espalda y separándome las nalgas, violó mi esfínter con
su lengua. La sacudida fue brutal, mi verga explotó anegando la cueva de Jimena
con mi semen, mientras su dueña caía desplomada sobre la cama.
Tirados sobre las sábanas, nos costó unos minutos
recuperar el aliento, tras lo cual, mi amante me dio un beso diciéndome:
-Vámonos a casa, José. Aquí ya hemos terminado-
Sabía que tenía razón, solo quedaba una cosa por
hacer:
-Jimena, en este pendrive, tienes las pruebas
que el hacker es González. Haz lo que quieras con él, su disco duro ha sido
borrado y no tiene ninguna prueba que usar en contra de ti. Mañana pasamos por
el finiquito-.
Lejos de sentirse aliviada, mi querida jefa,
totalmente espatarrada y con el culo roto, se echó a llorar al saber que todo
había terminado. Ni María ni yo quisimos consolarla y vistiéndonos salimos de su
chalet.
-Podíamos haberle pedido que nos acercara a coger
un taxi-, me susurró la rubia al caer en la cuenta que teníamos que andar un
largo trecho hasta la entrada de la urbanización.
-Eres una ingenua. Antes de cinco minutos esa zorra
va a venir corriendo a buscarnos. Acostumbrada a mandar nunca había disfrutado
del sexo realmente. Hoy, la hemos desvirgado en más de un sentido. Por primera
vez en su vida ha sabido lo que es el placer y ya nunca se le va a olvidar.
EPÍLOGO
Esto que os he narrado ocurrió hace seis meses. Hoy
en día seguimos teniendo nominalmente un trabajo de mierda, María sigue siendo
la secretaria de Jimena y yo, ese empleaducho de tres al cuarto del departamento
de desarrollo pero al salir del trabajo y llegar a nuestra casa en la Moraleja,
nuestra altiva jefa cambia su traje de chaqueta por el uniforme de criada y se
dedica en cuerpo y alma a servirnos.