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Fecha: 23-Feb-10 « Anterior | Siguiente » en Parodias

La reina de los condenados (2)

La voz en off
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EL LÍMITE DE LA PASIÓN Y EL MIEDO Esta es la continuación de PÁSATE POR EL ADMIRALS ARM. Ahora, la pobre Mina ha descubierto la identidad de su misterioso salvador, y se siente morir de puro terror...y de algo más. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

La noche fue siniestra, plagada de sueños oscuros y difusos.

Se despertó de pronto, en una amplia y lujosa habitación victoriana, aislada del exterior por una pesada cortina de terciopelo escarlata que no dejaba pasar un solo rayo de luz y una sólida puerta de madera maciza. Tardó unos segundos en reconocer aquella tranquila y majestuosa alcoba revestida de paneles de roble, el escritorio, el armario y la mesita de noche de exquisita madera trabajada, la cómoda cama con dosel en la que se había despertado. Luego, su adormecido cerebro comenzó a rescatar la información de algún rincón de su memoria.

-"Estoy en la casa madre."-Se dijo, bostezando. Su mente empezó a funcionar algo más deprisa. Algo la había despertado pero, arrancada del sueño bruscamente, no había reparado en qué era. Sin embargo, el teléfono no tardó en volver a sonar, insistentemente.

Ah, claro. Había sido el teléfono. Miró su reloj, alarmada, y seguidamente suspiró aliviada: aún eran las ocho de la mañana; y los martes no empezaba las clases hasta primera hora de la tarde, después del almuerzo. El teléfono seguía sonando, así que Mina lo cogió y preguntó con voz cansada.

-¿Diga?-

-¡Mina! ¡Tenías razón! ¡Eres un genio!-

La joven se apartó todo lo que pudo del teléfono, para que la voz cargada de excitación de Jesse no le perforara los tímpanos.

-¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué?-Repuso, con tono de exagerada sorpresa. Jesse se rió: no era la primera vez que Mina le lanzaba indirectas sobre su tendencia a embalarse cuando encontraba la solución a un caso difícil.

-Sobre lo de que había un nido de vampiros en la Londres antigua.-Respondió, recuperando su habitual tono sereno.-¿Vendrás conmigo cuando presente la resolución del caso delante de la directiva de la orden?-

-¿Cuándo?-

-Pues dentro de una hora, en la casa madre…-

-Hay, no sé…anoche pasé un mal rato, y estoy hecha polvo; Jesse.-

-Anda, por favor…es justo que te lleves tu porción de gloria, prácticamente resolviste el caso.-Dijo Jesse, con voz suplicante.- ¿Qué fue eso tan malo que te pasó?-

-Verás. Mis colegas y yo estuvimos en el Admiral’s Arm y…-

-¿QUÉ?-

-…y me dio un ataque de pánico. ¿Qué pasa?-

-¿Estuviste en el Admiral’s Arm?-

-Si.-Contestó Mina, titubeante.-Uno de mis amigos sugirió que echáramos un vistazo.-

-¡Ahora sí que tienes que venir! He descubierto cosas horribles sobre el Admiral’s Arm.-

Mina se lanzó de la cama y comenzó a hacerla. La voz de Jesse volvió a sonar al otro lado de la línea, con tono de preocupación.

-¿Mina? ¿Qué pasa?-

-Si lo que vas a anunciarle a la directiva de la orden es lo que yo creo-respondió Mina, lanzando la almohada sobre el embozo de la cama, justo antes de atacar el ropero y empezar a seleccionar prendas-yo puedo darte la confirmación de tu hipótesis.-

Cuando respondió, la voz de Jesse resonó en toda la habitación, conmocionada.

-¡En serio! ¡Mina, por amor de Dios date prisa! Tienes muchas cosas que contarme. Ya veremos luego lo que le explicamos a David Talbot.-

A Mina le faltó tiempo para salir corriendo de su habitación y meterse en el baño. Apenas se dio cuenta de lo que hacía mientras se desnudaba y se metía en la bañera, casi se escaldó al darle al grifo del agua caliente con demasiado brío.

Tras enjabonarse el cuerpo y el cabello, decidió que no sería mala idea (sobre todo, recordó, teniendo en cuenta que anoche tuve un ataque de ansiedad) hacer algunos ejercicios de relajación. Se sentó en el interior de la bañera ya llena, contemplando con calma como el vapor se alzaba a su alrededor como una neblina tibia y suave. Moderó el ritmo de su respiración y notó como su corazón comenzaba a latir con más calma. Cerró los ojos y se sumergió por completo en el agua caliente con un gemido de placer.

Flotaba en el interior de la bañera, con cada músculo de su cuerpo completamente relajado y la mente en blanco; como sumida en una agradable duermevela.

De pronto, sin motivo aparente, su mente voló hacia la noche anterior, en el Admiral’s Arm. El pub, lleno de gente de rostro pálido que conversaba y bailaba, de la voz aguda y sonora del vampiro Lestat, de aquel poder oscuro que le había helado las entrañas. Luego, un terrible escalofrío, como una ráfaga de viento del norte en la oscuridad helada. Y, al levantar la vista, aquellos ojos verdes…

Se incorporó de golpe, dando un grito. Sin pensar en lo que hacía, se enjuagó rápidamente el pelo, salió de la bañera y se arrebujó en una gran toalla blanca. Luego regresó a su habitación y se vistió a toda velocidad, tras peinarse el cabello aún mojado. El pelo no había terminado de secarse cuando bajó a la cocina a tomar un desayuno tardío; ni cuando subió a la sala de juntas, donde la esperaban Jessica Reeves y los altos cargos de la Talamasca.

Ahora, un solo pensamiento poblaba su mente: también Jesse tenía muchas cosas que contarle.

* * *

Mina permaneció todo el tiempo en silencio, escuchando a Jessica Reeves; corroborando sus palabras con algún que otro asentimiento.

-Como era lógico pensar, di por sentado que Lestat era un alias; una estrella del rock con disfraz; pero una frase de una de sus canciones me dio la clave:

En el callejón de La Milla existe un oscuro lugar.

Ven a gozar de mis encantos,

pásate por el Admiral’s Arm.

Eso me dio la clave.-

Empezó a pasar diapositivas de fotografías, lanzándole una mirada de satisfacción y complicidad a Mina antes de continuar, con su habitual tono serio.

-Seguí la pista de todos los arrendamientos de Londres. Se da la coincidencia de que, a finales del s.XVI, había un pub en los callejones de final de La Milla llamado Admiral’s Arm. Tenía reputación de ser un centro de magia negra y un lugar donde la gente que acudía desaparecía. Ahora -Les mostró un plano de Londres, donde apareció señalado un punto concreto- es aquí donde podemos encontrar el Admiral’s Arm, en el Londres antiguo. Esta zona de Londres acoge en su mayoría almacenes, plantas de transformación y un club privado en el mismo sector.-

Luego, mirando a Mina, añadió.

-Creemos, y la propia Mina asegura poder demostrarlo; que es un nido de vampiros. Y Lestat nos está llevando a él.-

En ese punto, Mina tomó aliento y les habló brevemente a los miembros de la junta de la vivencia que había tenido la noche anterior en el Admiral’s Arm. Les describió la oscura sensación que había comenzado a sentir a medida que avanzaba la noche; y como uno de los clientes la había ayudado a salir del pub, aunque (ahora lo sabía) los otros vampiros del local habían intentado impedírselo.

Los miembros más antiguos de la Talamasca se quedaron horrorizados al constatar, no sólo que las fotografías que Jesse les mostraba en sus diapositivas habían sido tomadas por su propia mano; sino que también Mina había corrido un terrible peligro la noche anterior; pues, evidentemente, el misterioso caballero que la había rescatado de aquel antro no era sino un vampiro excepcionalmente poderoso.

-Como ya sabéis, Mina no estuvo al tanto de la verdadera naturaleza del lugar hasta que se encontró allí, rodeada de vampiros. Y yo…tuve que verlo por mí misma.-

Mina la miró, silenciosa. La voz de Jesse estaba cargada con una extraña determinación. De pronto se le ocurrió que, posiblemente, Jessica Reeves tenía un motivo especial para haber aceptado esa misión. Un motivo muy poderoso que, por alguna razón igualmente poderosa (¿Miedo? ¿Lealtad?) no le había confiado a nadie.

-¿David está al tanto de esto?-

Jesse titubeó.

En ese momento, una voz grave y enérgica, pero cargada de preocupación y tristeza, llamó a las compañeras desde la puerta.

-Jesse. Mina.-

-Hola David.-Saludaron, al unísono, con la voz desmayada.

-¿Seríais tan amables de venir a mi despacho?-

Las dos jóvenes se miraron y asintieron; y siguieron a David talbot, director supremo de la orden, hasta un enorme y cálido despacho, cubierto de estanterías cargadas de gruesos infolios, con los suelos decorados con magníficas alfombras de exquisita calidad. Ambas iban en silencio, pues sabían que aquella peligrosa actuación podría haberles costado la vida y la integridad de la orden. Poco sabían ambas chicas que aquella nada sorprendente regañina iba a marcar a fuego sus vidas para siempre.

* * *

Para sorpresa de ambas jóvenes, David Talbot estaba completamente al corriente de la verdadera identidad de Lestat, así como de todas sus pasadas aventuras y viajes iniciáticos.

-Venid, os mostraré algo.-

En una caja de madera especial para guardar pinturas, tenía guardada una magnífica colección de cuadros.

Eran cuadros tan extraños y exactos, que Mina casi creyó que podría saltar a través del lienzo y entrar en las escenas: salas de palacios venecianos, de piedra y mármol, iluminadas con velas, con ese magnífico estilo humanista que poseía el arte del renacimiento italiano.

-Mediados del s.XV, Florencia.-Identificó Jesse.

La mirada de Mina recorría las magníficas imágenes. ¿Qué mano magistral podía haber recreado aquellas escenas, con semejante precisión a la par que oscura idealización y belleza?

Entonces, David Talbot las instigó a examinar con mayor detenimiento las pinturas. Mina se quedó helada: en cada una de ellas, en distintas posiciones y actitudes, aparecía la misma figura esbelta, pálida, de pelo corto negro y penetrante mirada glauca.

-Ese hombre está en todos.-Señaló Jesse.

-Todos distintas muestras pictóricas, todos auténticos; cada uno pintado en diferente época con su particular estilo.-

Las miró, sin enfado, pero con gesto grave.

-Su nombre es Marius. Llevo años siguiendo su pista, es mi particular obsesión. Es lo más cerca que hemos llegado a un vampiro original: el origen de Marius data del s. IV antes de Cristo.-

Aquellas palabras fulminaron a Mina como un rayo.

La conversación de David y Jesse proseguía, pero ella ya no escuchaba. Sintió que la sensación de angustia se apoderaba de ella, que le arrebataba las fuerzas. Se aferró a una estantería para no desplomarse. El lento horror que había sentido la noche anterior se deslizaba por sus venas, como un quemante veneno mortífero, mezclado con otro pensamiento extraño, ardientemente doloroso. Mil imágenes cruzaban su mente, sin orden ni concierto. Marius, aquel poderosísimo vampiro antiguo, que tenía el suficiente poder en un solo dedo para matarla en cuestión de segundos, tendiéndole la mano y conduciéndola hacia la salida con ademanes de galán. Y, una vez fuera, no había ningún taxi. Entonces Marius le dirigía su mirada penetrante, su sonrisa misteriosa y ella, paralizada como un inofensivo ratoncillo ante la mirada de una serpiente, se estremecía al contacto de su mano fina y helada mientras él se inclinaba sobre ella. Casi pudo sentir los colmillos afilados del vampiro hundiéndose en su cuello, su sangre manchando los labios pálidos de Marius. Y luego, la debilidad apoderándose de ella…

Logró mantener la compostura hasta que David Talbot salió, dejándolas solas a ella y a Jesse. En ese momento, la joven se dejó caer sobre un sillón. Jessica emitió una exclamación de alarma y corrió a llenar un vaso de agua de una jarra de cerámica que David tenía sobre la mesa.

-¡Mina! ¿Estás bien? ¡Mina!-
La joven estaba pálida y sudorosa, blanda como el agua.

-Soy…estúpida. Me dejé seducir… ¡Podría haber muerto!-

-¿Qu-que?-

-¡Marius! Él es el vampiro que me rescató anoche.-

-¡Qué!-

-Sí.-Repuso Mina, sintiendo las lágrimas bajar por su rostro al rememorar aquella desarmante mirada, aquella enigmática sonrisa.

Jesse permaneció unos instantes mirándola, boquiabierta. Un destello de picardía asomó a su mirada, seguido de una encantadora sonrisa.

-Pues mira, Lestat podría contarnos un poco más sobre tu misterioso caballero milenario.-

-¡Sí, hombre!-

Entonces Jesse le reveló, con gesto triunfal, la parte de la conversación que, al quedarse indispuesta, se había perdido: en sus manos sostenía, con cuidado reverencial, un antiguo libro encuadernado en excelente cuero marrón.

-Marius es su padre oscuro, el creador y maestro de Lestat. Y este, el diario de Lestat de Lioncourt, que David Talbot me ha prestado.-

Mina la miró, sorprendida.

-¡Soberbio! ¡Esta podría ser la guinda para culminar nuestra investigación sobre el caso del vampiro Lestat! Pero eso tampoco me sorprende tanto, viniendo de un investigador tan eficiente como el director supremo de la Talamasca, el insigne David Talbot…-

-¿Entonces?-Preguntó inocentemente Jesse.

-¿"Tu misterioso caballero milenario"?-

Jesse emitió un carraspeo, que bien podía ser una risita mal disimulada. Luego se asomó con gesto torvo en una imaginaria bola de cristal y dijo, con voz cavernosa

-¿Has olvidado que soy una bruja?-

Mina enrojeció hasta la raíz del pelo, pero Jesse no pareció reparar en ello. Se sentó al escritorio del señor Talbot y apoyó el diario en él. Mina se sentó sobre la alfombra, y se dispuso a escuchar las palabras de Lestat de Lioncourt en los labios de su compañera. La joven no tardó en centrar su atención en las páginas del libro, manuscritas en francés antiguo.

-Je suis le vampire Lestat…-

La lectura las transportó doscientos años a través del tiempo y el espacio. Y Mina, sintiendo en cada rincón de su cuerpo los efectos de la mala noche, los agotadores ataques de pánico y el baño caliente que había tomado con intención de relajarse; se tendió sobre la alfombra persa de David Talbot y dejó que las palabras del vampiro Lestat, relatando la aventura, a la par inimaginablemente emocionante y dolorosa, que había supuesto para él su vida de Hijo de las Tinieblas, acompañado de su creador y maestro, Marius, un vampiro que ya era abrumadoramente poderoso cuando él lo conoció, en su vida mortal; se llevaran su mente lejos de aquella estancia, arrastrándola ferozmente al sueño como si fueran cadenas de acero, como si fueran los brazos marmóreos de Marius…

Estaba en una gran sala de piedra rodeada por una galería de arcos, cuyas paredes se perdían en las alturas, en la oscuridad. En una de las paredes de piedra brotaba una fuente de agua clara que, a la luz de las antorchas que alumbraban la estancia, parecía obsidiana líquida. Desde allí, cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, pudo ver con claridad gran parte de la inmensa sala; desde el suelo de baldosas de mármol blancas y negras que resplandecían con infinitos matices ambarinos a la tenue luz del fuego, hasta el final de las columnas que sustentaban el lejano techo envuelto en sombras, capiteles profusamente trabajados que sustentaban una altísima bóveda.

Mina miró hacia el fondo de la estancia: allí había una magnífica escalinata de mármol blanco como la nieve, que ascendía hasta otra galería que había más arriba, donde había un gran balcón, con balaustrada también de mármol, abierto a la noche estrellada. Fascinada, la joven permaneció varios minutos allí, quieta, examinando aquel lugar que, por algún extraño motivo, le resultaba curiosamente familiar.

En ese momento, una ráfaga de aire frío recorrió la estancia. Y Mina supo, con un escalofrío de terror, a la par que un extraño ardor que se extendía por su cuerpo, que no estaba sola.

Allí, al pie de la escalinata, vestido con su abrigo de terciopelo rojo, estaba Marius; mirándola con aquellos penetrantes ojos verdes. Ante la expresión de horror de Mina, el vampiro le lanzó aquella sonrisa misteriosa que la había hechizado desde un principio. La joven notó, con un estremecimiento, que la sonrisa era ahora más hermosa, más sabia, más terrible…y que podía ver sus afilados caninos apoyados sobre los labios suaves y pálidos.

La joven sintió deseos de huir, de buscar una salida…aunque una parte de ella le decía que, si abandonaba el palacio en aquellos momentos, dejaría detrás de sí una parte de su alma. Una parte que le había entregado a Marius, inconscientemente, en el momento en que su mirada del color de las olas se había clavado en ella por primera vez, en aquel sombrío club londinense.

Antes de que pudiera darse cuenta, sintió el gélido contacto en su hombro. Y al volverse volvió a estrellarse contra su mirada. Con un gesto de una de sus finas y mortalmente heladas manos, le señaló una puerta de madera maciza, en un lateral de la sala.

-Bienvenida a mi casa. Entre libremente y por su propia voluntad.-

Mina no sonrió ante la evidente muestra de su inteligente y sutil sentido del humor, aquella leve actitud de mofa hacia su nombre; un tipo de bromas al que, con el paso de los años, había acabado por acostumbrarse.

-Ven conmigo.-Susurró él.-No tomaré de ti nada que no quieras darme.-

Aquellas palabras se propagaron por su alma como un incendio.

Sin pensarlo dos veces, Mina le tendió la mano. Y en el momento en que estas se rozaron, aquella hoguera que había en su pecho, que se alimentaba de su miedo al igual que de su audacia, redujo a cenizas todas las visiones sombrías sobre lo que pudiera haber sido.

Salas y más salas de piedra y mármol tallado. Cada una de ellas era más misteriosa y bella que la anterior. Cada reflejo dorado del fuego sobre las paredes, suelos y columnas era más hipnótico y hechizante; cada relieve en los capiteles, piletas y fuentes más finamente esculpido; cada pintura, cada mural, más luminoso y perfectamente acabado. Y con cada rincón del palazzo que visitaban, con cada mirada de complicidad que se intercambiaban en silencio, cada sonrisa misteriosa que Marius le dirigía, el ardiente dolor que sentía Mina se volvía cada vez más intenso. Cuando llegaron a la última de las habitaciones, decorada con bellísimos frescos, que contenía el sarcófago de mármol níveo esculpido donde Marius se refugiaba para dormir durante las horas de luz; la joven notó que estaba llorando.

Asustada, aprovechó que Marius se había abstraído durante unos instantes contemplando los relieves de la señorial tumba para secarse las lágrimas.

Entonces, él se volvió. La contemplaba con el mismo interés y la misma inenarrable melancolía con que la había contemplado en el Admiral’s Arm, antes de levantarse y unirse a ella.

-Dije.-Susurró, de nuevo esa sonrisa que dejaba entrever los afilados colmillos.-Que no tomaría nada de ti que no quisieras darme.-

Mina sintió que algo en su interior se desplomaba. Ya no lloraba, ni sonreía. Simplemente, sintió que el incendio que asolaba su alma cauterizaba aquella herida invisible; y, antes de que el terror y el fuego que convulsionaban su alma terminaran aquella singular batalla (lo que ella sabía que ya no podría ocurrir jamás), se abandonó a sus brazos.

Sintió, tal y como había sentido en aquella breve visión en el despacho de David Talbot, los afilados colmillos del vampiro clavándose en su cuello, y su propia sangre brotando de las pequeñas heridas, deslizándose por su garganta y manchando los labios de Marius.

Nunca supo cuanto tiempo permaneció así, dividida entre el miedo y la pasión, mientras el vampiro bebía y las fuerzas la abandonaban. Ahora sentía el terrible poder de Marius más que nunca, y cada vez más fuerte.

Se sentía débil, aunque no hasta el punto de perder la consciencia. Las lágrimas bajaban de nuevo por sus mejillas, pero ya no sabía por qué lloraba ¿Era el miedo de sentirse a merced de uno de los más poderosos e implacables vampiros del planeta? ¿O era el miedo a salvar su vida pero perderlo para siempre? Justo en el momento en que se hacía esa pregunta, notó como Marius retiraba los caninos, su sed de sangre ya saciada.

Mina entreabrió la boca y dejó escapar un gemido. Entonces volvió a sentir los labios del vampiro apoyados en su cuello, sobre la herida…un beso suave, apenas un roce, que comenzó a ascender lentamente por su cuello, unos labios cada vez más ávidos buscando los suyos. Mina notaba el sabor de su propia sangre en la boca, pero eso no le importaba: Marius la besaba, con pasión, con hambre, con lujuria. Sintió como la apretaba contra su cuerpo de alabastro, haciéndole sentir cada centímetro de su piel a través de las ropas. Sus manos finas se deslizaron por su espalda, por debajo de su vestido, explorando su cuerpo con una caricia lasciva. Mina sintió que se le despertaba la carne; su mente completamente en blanco mientras, una a una, sus prendas y las de él caían al suelo.

Se encontraron tendidos en el suelo, sus cuerpos fundidos en un abrazo de fuego. Marius separó sus labios de los de Mina, para lanzarle una vez más su pícara sonrisa.

-Yo no tomaré nada de ti que no quieras darme.-Repitió en su oído, ebrio de deseo.-Pero tampoco te entregaré nada que desee conservar para mí, nada que no sea ya tuyo.-

-¿Y qué deseas conservar?-

-Nada.-

En aquel instante, cuando sintió el cuerpo de Marius hundiéndose en el suyo, Mina supo que, en realidad, tampoco ella quería conservar nada. Y que nunca había existido, al contrario de lo que sus creencias le habían dictado siempre, fuego del cielo o fuego del infierno. Solo existía un único tipo de fuego, un fuego capaz de consumir el mundo y de resucitarlo; un fuego que mata en la flor de la vida, y que devuelve la vida al borde de la muerte.

* * *

Despertó de golpe, con el corazón latiendo a una velocidad casi dolorosa, y sintiendo arder cada centímetro de su cuerpo. Al principio creyó que se iba a desmayar; pero eso ya le daba igual. Poco a poco se fue reponiendo. Se sentía curiosamente cansada pero eso (pensó, sonrojándose) al igual que la anormal cantidad de humedad que sentía en la cara interna de sus muslos, no era precisamente extraño, dadas las alocadas ideas que parecían pulular por su inconsciente.

-"Jesse lo sabía, maldita sea…y en vez de despertarme para que la oiga leer, va y se larga; y me deja tirada aquí, a merced de mi libidinoso mundo onírico. Se va a cagar cuando la pille…"-

En ese momento entró otra vez Jessica Reeves, con el diario en la mano.

-¿Ya te has despertado? ¡Pues sí que tuviste que pasarlo mal anoche! Igual es mejor que te vayas a tu cuarto y leas el diario tú por tu cuenta, cuando estés en condiciones físicas adecuadas.-

-¿En condiciones físicas adecuadas?-

Aquello sí que le resultaba increíble.

-¿Te has mirado al espejo esta mañana, Mina? Estás hecha un te aguado.-

Mina la miró con los ojos entrecerrados: estaba demasiado susceptible como para aceptar más bromas referentes a su nombre en el día de hoy.

-Por eso vi que te quedabas dormida y salí a dar una vuelta.-Concluyó Jesse.-Pero a juzgar por el aspecto que tienes, no has descansado muy bien.-

-No.-Respondió Mina, con tono de disculpa. Al fin y al cabo, había juzgado mal a la pobre Jesse.- He tenido un sueño un tanto…movido.-

Su compañera la miró durante unos instantes, con semblante inexpresivo.

-Entonces, hecho.-Dijo, al fin, tendiéndole el infolio manuscrito de Lestat.-Lo lees tú por tu lado. Y cuando lo leas, dame el toque: seguiremos con la investigación sobre Lestat y Marius. Hasta luego.-

Por suerte para Mina, la joven le había dado la espalda para salir antes de ver como esta se sonrojaba otra vez. Y, por suerte para Jesse, el chasquido de la puerta al cerrase ahogó el sonido de un inoportuno y mal disimulado ataque de risa. Una vez que la joven hubo podido oír los pasos de Jesse alejándose por el pasillo, se sentó de nuevo en la alfombra. Lo cierto es que su compañera tenía razón: se sentía un poco mareada y débil. Cerró los ojos y controló su respiración, para que su corazón recuperase la calma y no sentirse tan agotada. Paseó la mano por la alfombra, acariciando las cerdas…y entonces notó que sus dedos topaban con una zona de la alfombra que tenía un tacto extraño: húmedo, algo viscoso.

Alarmada ante la idea de haber babeado la hermosa alfombra de David Talbot mientras dormía, se examinó los dedos con cierta expresión de asco: era un líquido espeso y oscuro, que se secaba rápidamente y formaba una película endurecida.

Sangre.

Incapaz siquiera de pensar, se llevó lentamente las manos al cuello y las retiró rápidamente, con un quejido de dolor. Sin embargo, le había dado tiempo a palpar dos pequeñas heridas en su yugular, como pequeños pinchazos.

Temblorosa, paseó la mirada por la habitación. Sus ojos fueron a posarse sobre los cuadros que David les había mostrado. Un nuevo brote de denso horror, mezclado con aquel misterioso fuego que no parecía que llegara a extinguirse nunca, germinó en su alma.

En uno de los cuadros pintados por Marius, que representaba un coro de músicos, reconoció la sala del palazzo florentino donde se había encontrado con él. Y escondido entre los músicos, con su ya familiar abrigo de terciopelo rojo, estaba él: su misterioso caballero milenario, su oscuro amante, su vampiro. Desde su posición, entre los músicos que tocaban o cantaban en el coro, le dirigía aquella mirada penetrante que tan bien conocía, al igual que su fulminante sonrisa. Y, con disimulo, se llevaba uno de sus finos dedos a los labios, en un cómplice gesto de silencio.


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