Mi hijo, único.
Hoy, pasados 10 años de aquella experiencia, me animo a
contarla para tratar de averiguar, a través de este autoanálisis, mi grado de
responsabilidad real en los acontecimientos que quiero relatar, ya digo, mas por
hacer un ejercicio de autocrítica sincera, que por el morbo de trasladar a
alguien esta, no sé si positiva, experiencia que no creo que llegue nunca a
confiar a nadie; es decir, la escribo casi exclusivamente para mí misma.
Todo sucedió a raíz de la muerte de mi marido, sucedida hace
ahora casi 11 años, cuando tan solo contaba con 40 años y como consecuencia de
un infarto masivo, quedándome viuda con tan solo 37 años y con un hijo único de
16.
No es necesario explicar mi profunda depresión por aquella
muerte imprevista y tan temprana en un momento de total plenitud de nuestra
vida, cargada de proyectos e ilusiones, con una relación excelente con mi marido
en todos los terrenos y con una situación económica próspera. Su muerte truncó
de improviso todos nuestros proyectos, aunque la situación económica de nuestra
familia quedó garantizada con un elevado seguro de vida de mi marido y una
pensión de viudedad complementada con otra pensión que mi marido tenía aparejada
a sus emolumentos en su empresa, como el resto de empleados de la misma y que
suponía la garantía de por vida de nuestra total estabilidad económica, de modo
que, en ese terreno, no había de qué preocuparse.
Pues bien, con este contexto previo, mi vida cambió
radicalmente, volcándome, a partir de ese momento, en el cuidado de mi hijo,
único soporte afectivo que me había quedado en la vida y sin ninguna actividad
profesional o laboral que me facilitase la superación del fuerte trauma sufrido,
mi existencia se tornó triste y llena de preocupaciones infundadas sobre
cualquier adversidad que pudiese surgirme, pues me veía incapaz de superar
cualquier otro contratiempo de importancia. Por otra parte, mi hijo, también
traumatizado en ese momento de su vida, continuaba con su actividad de
estudiante normal.
Desde aquel acontecimiento y como mutuo consuelo, mi hijo se
solía acostar conmigo muchas noches, algo que resulto muy positivo para superar
el trauma.
A la edad de mi hijo, yo era consciente de su desarrollo
sexual pero, dentro de un contexto de normalidad, yo no daba mayor trascendencia
a los cambios que veía desarrollarse en él. Era frecuente que tuviese poluciones
nocturnas o notar en ocasiones, cuando entrábamos en contacto en la cama, su
sexo, muchas veces en erección. Solíamos abrazarnos con frecuencia, siempre
dentro de una relación materno filial normal, pero sin poder evitar explotar
nuestro aspecto físico que, aunque a veces con algo de turbación por mi parte
cuando mi hijo apoyaba sobre mi cuerpo su pene erecto, yo procuraba no hacer
mención alguna a un suceso tan normal como quería que él mismo lo viese. También
él, en ocasiones, al abrazarme, reposaba sus manos sobre partes sensibles de mi
anatomía y yo, seguía sin dar mayor importancia a estos sucesos normales.
En la Navidad de aquel año y el viernes que a mi hijo le
dieron las vacaciones, hacía ya cuatro meses de la muerte de mi marido, hacia
las 2 de la madrugada, me despertó mi hijo, que dormía a mi lado, para
informarme de que tenía un fuerte dolor en los testículos. Yo me llevé un
pequeño sobresalto por lo intempestivo de la hora y la preocupación que me
causaba cualquier pequeña enfermedad que pudiese tener mi hijo, así es que me
incorporé de inmediato y, cuando fui a encender la luz de mi mesilla de noche,
me pidió mi hijo que no lo hiciese, pues le daba mucha vergüenza que le viese
desnudo. Yo accedí y acerqué mi mano hacia la zona que mi hijo me decía casi
tanteando, pues la escasa luz de entraba por la ventana de mi habitación, no me
permitía distinguir claramente lo que me indicaba mi hijo. No tuve mucho que
buscar, pues enseguida me tropecé con un erecto pene y unos testículos, algo
pequeños, pero muy duros. No será necesario explicar que una enorme turbación
invadió mi corazón que latía fuertemente, no sé si de preocupación o nerviosismo
por la situación tan violenta que se me presentaba y que en mi doble función de
padre y madre, tendría que solucionar en primera instancia, así que tratando de
controlarme y no mostrar a mi hijo ningún tipo de turbación ajena a la
preocupación normal por su salud, como si de otra cuestión se tratase, le dije
que se tranquilizase, pues debía tratarse de algo completamente normal a su edad
y que se le pasaría en un momento. El me confesó que estaba así hace ya casi 4
horas, pues se había acostado hacia las 10 de la noche y desde ese momento, su
estado había ido empeorando, siéndole ya imposible soporta el dolor testicular
que sufría.
Yo, mientras le palpaba sus partes y tremendamente excitada
por el tiempo que hacía que no tenía ninguna experiencia sexual con hombre
alguno y mi hijo ya era un hombre hecho y derecho, le propuse ir a urgencias,
aunque me resultaba muy violento llevar a mi hijo a ningún sitio en esas
condiciones, pero fue él que me indicó su negativa a ir a ningún sitio por la
tremenda vergüenza que sentía de que alguien le viese así, prefiriendo que le
diese alguna pastilla o algo para el dolor que le consumía. Yo comprendía
perfectamente que mi hijo no se recuperaría salvo que tuviese una eyaculación,
pero como decírselo a él?. Pensé que ya debería saber que, a su edad, era
totalmente normal masturbarse de vez en cuando, pero no sabía como ejercer mi
función de padre en aquel momento, así es que le dije que se echase a mi lado un
rato y le daría un masaje a ver si se le pasaba el dolor. El, se acostó junto a
mí en mi cama y yo, haciendo de tripas corazón y tratando de darle a la
situación una apariencia de total normalidad en mi conducta a la ayuda que una
madre debe prestar a un hijo con algún tipo de problema, me dispuse a masturbar
a mi hijo en lugar de decirle y explicarle que eso debería hacerlo él de vez en
cuando, pues me resultaba muy difícil hablarle de esos temas, que ya debió su
padre explicarle hace años.
En esta situación le dije que se estuviese quieto y comencé a
tocarle sus partes que efectivamente tenía a punto de estallar y realmente me
preocupé un poco, pues nunca había visto a su padre así de excitado; pensé que
quizá yo estaba equivocada y posiblemente tenía algún tipo de patología que
debiera ver un médico. No me era posible tocarle mucho los testículos, pues era
en esa zona en donde se le concentraba el dolor que se le extendía hasta el bajo
vientre. Me centré en su pene erecto tratando de controlar mi instinto sexual y
no perder el control, pues se trataba de mi propio hijo y a pesar de mi propia
necesidad derivada de la prolongada abstinencia desde que murió me esposo, no
debía permitir el llegar a pensar en que aquello rebasase el único y exclusivo
fin de ayudar a mi hijo, aunque fuese en esta situación un tanto violenta para
ambos. Posiblemente era algo frecuente en los chicos de su edad y que sus padres
solucionarían explicándoles, de hombre a hombre, cual era la solución mas
adecuada. En nuestro caso, no existía esa posibilidad y asumí esa
responsabilidad en exclusiva.
Como digo, me dispuse a enseñarle cual era la solución a su
problema para que él lo pusiese en práctica en el futuro, y tras frotarle
suavemente un pene a punto de reventar, no tardó mucho en producirse, entre
quejidos de mi hijo de dolor y placer, un orgasmo tremendo, con una eyaculación
extraordinaria que manchó todas las sábanas, mis manos, su pijama, calzoncillos,
mi camisón, etc., pues sus chorros intermitentes, con una presión inusitada, yo
no podía controlar hacia donde orientarlos, pues no me esperaba una explosión de
esas dimensiones que yo no había visto nunca en mi marido. Realmente debía estar
muy necesitado el pobre para llegar a esta situación.
Enseguida recordé el olor del semen de hombre, tanto tiempo
olvidado, con la eyaculación de mi hijo. Me excité sin poderlo evitar, aunque
tratando de desvincular mi excitación del objeto de la persona de mi hijo. Traté
de asociar mi erotismo hacía mi marido desaparecido y los buenos ratos de sexo
que con él disfruté.
Mi hijo, tremendamente violento por lo sucedido y yo,
tratando de tranquilizarle y convencerle de la normalidad de todo, a pesar de mi
propia turbación, me apresuré a levantarme y proceder a limpiar todo el desastre
que habíamos generado, levantándose igualmente mi hijo para ayudarme.
Encendí la luz de la habitación y mi hijo se cubrió
pudorosamente sus partes, con su calzoncillo y pijama mojados por varias partes
de su propio semen. Yo también tenía machado mi camisón y tendría que cambiarme.
Mientras yo quitaba las sábanas con la ayuda de mi hijo, le
pregunté si se encontraba mejor, confirmándome que el dolor había desaparecido
totalmente y que había sido un masaje muy agradable; traté de explicarle que ese
"masaje" que yo le había dado, debía él aplicárselo cuando lo creyese
conveniente, para evitar llegar a que la excitación sexual normal, a su edad, se
convirtiese en dolorosa. En una palabra, trataba de explicarle que el
masturbarse era algo normal a su edad y muy conveniente en ocasiones. Esperaba
que lo hubiese comprendido y no se repitiese la situación anterior, pues me
había llegado a violentar mucho el tema, aunque comprendí que yo era la única
persona a quien mi hijo podía confiar estas cosas, a falta de su padre.
Una vez acabado el cambio de sábanas, le dije que se marchase
a su habitación a cambiarse de pijama y a dormir y yo hice lo mismo con mi
camisón, acostándome después sola.
Tras permanecer un rato meditando sobre lo sucedido y aún
excitada por la experiencia y sin poderlo evitar, comencé a fantasear con la
posibilidad de una experiencia con mi propio hijo estimulándome manualmente mi
sexo, algo que no había hecho nunca. A pesar de mis valoraciones éticas y
morales que trataban de reprimir estos pecaminosos pensamientos, no pude evitar
regodearme en ellos hasta conseguir un orgasmo mas que satisfactorio, manchando
nuevamente mi camisón con un abundante flujo que me bajó y que mostraba
igualmente, el estado de necesidad en que me encontraba por mi larga abstinencia
a mi aún temprana edad. Después del orgasmo disfrutado, y arrepentida de mis
pensamientos relacionados con mi hijo y que me prometí rechazar en adelante, me
dormí plácidamente hasta las diez de la mañana del día siguiente, pues no tenía
que despertar a mi hijo para clase, como hacía a diario, ya que era sábado y,
además, estaba ya de vacaciones de Navidad desde ésta semana y hasta el día 7 u
8 de Enero; es decir, tenía tres semanas de vacaciones.
Cuando me levanté, sentí a mi hijo duchándose, así es que fui
a la cocina a preparar unas tostadas de desayuno, que sabía le gustaban mucho,
como a mí, así es que cuando salió de la ducha y al olor de las tostadas, se
acercó a la cocina aún desnudo y con la toalla cubriéndole de cintura para
abajo. Bajo la misma, no pude reprimir observar su abultada entrepierna y
reprimí la mirada y los pensamientos, prometiendo evitarlos en lo sucesivo.
Mi hijo, mucho más tranquilo, se sentó a desayunar y yo le
ofrecí todo aquello que le gustaba: su zumo de naranja natural, su café
caliente, sus tostadas… en fin, un buen desayuno para un chico de 16 años que
aún está creciendo.
Con ciertos reparos comenzó a hablar a mitad del desayuno,
diciéndome que se quedó muy bien anoche y que ya no le había vuelto a doler nada
en toda la noche. Que él sabía lo que tenía que hacer en aquellas ocasiones,
pero que anoche lo había intentado y no le había sido posible lograr su
objetivo, por lo que recurrió a mí asustado por si le pasaba algo y que,
conmigo, le había resultado una experiencia extraordinariamente agradable,
consiguiendo eyacular muy pronto, cuando a él le constaba mucho trabajo y no
siempre lo conseguía, habiéndole pasado alguna vez mas, que terminaba con un
dolor muy grande, aunque nunca como anoche. Me dio las gracias por ayudarle y yo
le dije que no pasaba nada, pero que tratase de aprender él mismo a solucionar
el problema en lo sucesivo, pues a su edad, era normal que eso le sucediese con
frecuencia.
No pasó de ahí el asunto y yo, más tranquila, me dispuse a
mis faenas domésticas sin poder de quitarme el asunto de la mente mientras
trabajaba. Comimos y yo me fui a echar la siesta, pues aunque no me dormía
habitualmente, me gustaba descansar, como siempre hacía con mi marido cuando
vivía y era nuestra hora favorita para hacer el amor. Normalmente luego él se
dormía y yo me quedaba viendo la TV en la cama hasta que él se despertaba. Ahora
simplemente me echaba un rato y veía la televisión.
Mi hijo solía quedarse en su cuarto, jugando con el ordenador
cuando, pasado un rato, mi hijo volvió a entrar en mi dormitorio y, nuevamente
mostraba, a través de su pijama, un abultamiento exagerado de su pene,
pidiéndome ayuda, pues le había vuelto a pasar lo de anoche, habiendo intentado
él solucionarlo sin éxito.
Yo, muy violenta por el cariz que estaban tomando los
acontecimientos y en un todo ciertamente áspero, le mandé salir de mi habitación
diciéndole que lo que había pasado anoche era una excepción extraordinaria y que
su madre no podía ser su amiga o amante de juegos eróticos, debiendo él, como
todos los muchachos de su edad, solucionar este asunto. Cabizbajo, salió de mi
dormitorio sin decir palabra y yo, muy nerviosa, esperé acontecimientos en la
cama. Me arrepentí del tono que había usado con mi hijo, cuando, a lo peor, se
trataba de un problema real en su caso. De repente recordé que tengo una amiga
enfermera en el Servicio de Urología del Hospital, y rápidamente decidí
consultarle el caso para ver hasta que punto mi hijo sufría un problema real o
no, así es que aprovechando que estaba en su cuarto y no saldría después de la
reprimenda en un rato, salí de mi habitación con el deseo de llamarla enseguida.
Me dijeron en el servicio que esa tarde estaba libre y la llamé a su casa. Allí
estaba ella y tras comentarle el asunto con cierto reparo, me dijo que era
frecuente en algunos chichos de su edad, el sufrir este tipo de molestias, los
cuales eran fruto de su instinto sexual insatisfecho y que no siempre les
resulta fácil a todos el masturbarse, lo que requiere un ejercicio de
imaginación que no se da en todos los casos, originando casos de fuertes dolores
testiculares que remitían sin mayores consecuencias y, sobre todo, cuando
comenzaban a salir con chicas y a mantener ciertas relaciones sexuales aunque no
fuesen plenas. Ese fue el resumen de la conversación que me causó un cierto
complejo de culpabilidad, pensando en el posible dolor que estuviese padeciendo
mi hijo, por lo que no pude evitar interesarme por su estado y me acerqué a su
habitación.
Estaba acostado pero despierto y le pregunté como estaba,
confirmándome que le dolían bastante los testículos, pero que se acababa de
tomar una aspirina y quería dormirse un rato. Le dije que me disculpase por mi
tono de antes y que tratase de comprender lo violento que era para una madre
solucionar este tema de un hijo de su edad. Él, sin responder, se dio la vuelta
mostrando su enfado y tratando de culparme de sus males. Yo, comprendiendo que
es lo que quería, le pedí que me hiciese sitio en la cama para acostarme junto a
él y tratar de quitarle el dolor; él, sin volverse hacia mí, se desplazó un poco
en su estrecha cama y me dejó sitio. Yo, sin preámbulos, le acerqué mi mano a su
pene y vi la terrible erección que sufría, sin comprender como le estaba pasando
aquello que yo no recordaba en mi marido, pues otras experiencias no había
tenido. Le bajé lo suficiente el pantalón y los calzoncillos como para dejarle
al descubierto su pene y comencé a frotarle. Enseguida y con el rostro vuelto
aún, se giró hacia mí situándose boca arriba, con el fin de facilitar mis
tocamientos. Yo no tenía conciencia ni de culpa ni de lo contrario, pues me
encontraba presionada y sin ayuda de nadie acerca de lo correcto o incorrecto
para estos casos. Por otra parte, mi hijo estaba siendo excesivamente mimado
desde la muerte de su padre y no se conformaba fácilmente con una negativa.
Cuando llevaba un rato de frotaciones y me di cuenta de las consecuencias de
otra eyaculación, le dije que se viniese a mi cama, pues la suya era muy pequeña
para los dos y de paso le pondría algo para evitar manchar de nuevo la ropa
nuestra y de cama.
Me levanté y salí delante hacia mi habitación para buscar
alguna toalla pequeña que pudiese limpiar su semen y me acosté esperando a mi
hijo, que llegó enseguida, pero desnudo de cintura para abajo y con una verga
increíble, impropia de su edad; no recordaba la de su padre de esas dimensiones
descomunales. No pude de nuevo evitar una turbación que a mi hijo parecía
afectarle; venía con esa pose descarada y desafiante como sometiéndome, o así lo
entendí yo, que no quise mostrar ningún tipo de emoción y evité mirarle
directamente. Esperé que entrase en la cama y, a continuación, se puso boca
arriba en disposición de recibir mis "masajes", es decir, claramente, mi
masturbación. Me ofendió un poco su postura arrogante y me prometí mostrarle mi
total frialdad e indiferencia, pues me daba la sensación que me estaba tratando
de seducir o algo así y me molestó. Yo traté de mostrar indiferencia y sentido
de la ayuda materna a un hijo, sin cruzar la frontera a la que mi hijo parecía
querer llevarme.
Tras colocarle la toalla en el vientre, bajo su pene erecto,
comencé a frotarle suavemente el pene y los testículos, observando
cuidadosamente como su excitación iba en aumento progresivo; yo, de vez en
cuando y para prolongarle el rato de placer, extendía mis caricias a todo su
cuerpo, vientre, pecho, piernas… etc., y él disfrutaba visiblemente. Me pidió
que colocase mi cabeza sobre su hombro derecho, para una mayor comodidad, de
modo que me cogió y facilitó mi acercamiento a su miembro. Yo notaba como su
mano, que recorría mi espalda, me frotaba también a mí, pero lo interpreté como
movimientos inconscientes fruto de su excitación. Por mi parte, la excitación
estaba subiendo del límite aconsejable, pues el "asunto que me traía entre
manos", no daba para menos, pero traté de controlarme y evitar una situación
comprometida.
Al cabo de un rato noté la mano de mi hijo sobre mis riñones
desnudos, comprendiendo que me había subido poco a poco el camisón buscando mi
piel desnuda. Dado que mi mano izquierda estaba bloqueada entre nuestros cuerpos
y la derecha ejercía de masajista, no pude bajarme el camisón, confiando en que
se correría pronto y dejaría de manosearme, pero esta vez el asunto se estaba
prolongando mas de lo previsto inicialmente.
Me pidió, eso sí, por favor, que le pasase mi pierna derecha
sobre las suyas, a fin de notar mi piel en contacto con la suya y tras
advertirle de con quien estaba, accedí a sus deseos. Subí la pierna lo que
puede, hasta rozar sus testículos con mi rodilla y nuevamente sentí mi
excitación subir peligrosamente. Mi sexo, con el movimiento de mi pierna sobre
mi hijo, y estando tan solo cubierto por mi braga, estaba en contacto con su
parte alta de la pierna, trasmitiéndole un calor inconfundible. Así seguimos un
buen rato hasta que mi hijo, sin aviso previo, se giró ligeramente hacia mí, de
tal modo que su pene quedaba peligrosamente cerca de mi sexo, algo del todo
intolerable, sobre todo sin pedirme permiso como en las otras maniobras que
había llevado a cabo. Con la mano derecha le empujé su cadera para volverle a su
posición de tendido boca arriba y se molestó, indicándome que trataba de
aumentar su excitación para no tenerme mucho rato frotándome y posiblemente
cansada. Le hice ver que no estaba bien lo que estaba tratando de hacerme y que,
por favor, no me forzase a llegar mas lejos. Él pareció tranquilizarse un poco y
me pidió por favor, si podría tocarme los pechos mientras yo le masturbaba. Le
dije que no rotundo, pero era difícil de aceptar una negativa para él e
insistió, diciéndome que sería un momento y solo a través del camisón… en fin,
que le consentí tocarme un poco mientras le manoseaba y él a mí, provocándome
una excitación total. Yo comenzaba a debilitarme y me preocupé, así es que me
separé de él y le dejé en esa situación dándole la espalda asustada de mi
pérdida de control.
El, comprendiendo que me había forzado mas de la cuenta, se
volvió hacia mí para abrazarme y consolarme, echándome su mano sobre mi cintura
y apretándose contra mi espalda, situándome su pene en mi trasero. Comenzó
suavemente a pedirme que le perdonase, pero que le daba miedo no correrse, como
cuando se masturba solo y que solo pretendía aumentar su excitación conmigo, que
le parecía que no era nada malo, pues era mi madre y con nadie mejor que con
ella para hacer estas cosas que le daba vergüenza y miedo hacerlo que alguna
chica y menos aún, con alguna prostituta. Por otra parte, yo tampoco tenía ya
compromiso con nadie, desde la muerte de su padre, por lo que era libre de hacer
lo que quisiese y con quien quisiese, sin tener que dar explicaciones a nadie,
pensando él que con su propio hijo era con quien menos reparos debía tener.
La verdad es que tenía unos argumentos difíciles de rebatir
por mí en aquella situación, casi inmovilizada con su brazo, con su pene en mis
partes más sensibles, completamente asustada por el descontrol de los
acontecimientos y sin deseos de herir a mi hijo y menos aún de inducirle a una
prostituta, de modo que, sollozando de angustia e impotencia, por mi incapacidad
para reaccionar, me dejé abrazar por mi hijo quien, aprovechando el momento de
debilidad que sufría, comprendió que me tenía a su merced, por lo que,
discretamente, trató de sacar ventaja de la situación, así es que continuó con
su seducción verbal diciéndome que él comprendía que yo, tan joven y sin un
hombre a su lado, debía estar pasando ciertas privaciones como él y que
podríamos consolarnos mutuamente y hasta donde yo quisiese; él podría "tocarme"
a mí para hacerme disfrutar y yo a él y todo quedaría en la intimidad de nuestra
casa, en donde a nadie le importaba lo que hiciésemos.
Ya digo, me dejé llevar por mi propia debilidad, mas que por
su argumentos y asentí levemente dándole mi conformidad, pero sin dejar de
llorar. Él, con su pene erecto entre mis piernas, comenzó a meterme la mano por
debajo de mi camisón que ya estaba por encima de mi braga y comenzó a tocarme
los pechos. No puedo decir que me molestase, pues era muy delicado
acariciándome, pero sí que sentí una gran depresión pensando en el tremendo
delito, al menos ético, que estaba consintiendo a mi hijo, aún menor de edad. No
obstante, no se lo impedí y él se fue animando más.
El frotaba su pene entre mis piernas estimulando mi vagina
bajo la braga, a la vez que manoseaba mi cuerpo sin llevar sus manos hacia mi
sexo, quizá por temor a que yo se lo impidiese, que no hubiese sido el caso en
mi situación.
Me pidió que abriese ligeramente las piernas, asegurándome
que no era para hacerme nada, sino para tener él mismo acceso por delante, a su
propio pene y masturbarse mientras rozaba mi sexo a través de la braga. Le dije
que no era necesario y que yo lo haría y que, si lo deseaba, podría seguir
tocándome los pechos, algo que hizo de inmediato.
Yo le frotaba su pene, que mantenía pegado a mi sexo, dejando
mi braga en medio chorreando de mis flujos vaginales y traté de olvidarme por un
momento de prejuicios y tratar de disfrutar con mi hijo, pues, como él mismo
decía, no parecía que ofendiésemos a nadie, salvo a nuestra moral y ética, que
para mí era excesivo.
Le pedí por favor que no me forzase a llegar mas lejos, que
no quería hacer eso con mi propio hijo, pero parecía poco probable parar a este
toro bravo, a pesar de mi sincero deseo de suspender y, si fuese posible,
retroceder lo andado.
En unos segundos con esta maniobra, noté como se derramaba
sobre mi braga un tremendo chorro de semen ardiente, recorría mi pierna derecha
y caía sobre la cama. Sus salpicaduras mancharon mi vientre, sábanas, camisón,
manos, … etc., en fin, cambio de nuevo de toda la ropa mía y de mi cama. La
toalla que le puse se había perdido en el fragor de la batalla.
Apretado contra mi espalda, disfrutaba de su orgasmo
apretándome los pechos y yo esperaba, tambien ardiendo de deseo pero alegrándome
de que, por ahora todo hubiese pasado y me prometí no propiciar ninguna otra
situación de riesgo similar.
Mi hijo se estaba duchando y yo me cambié completamente y
cambié la ropa de mi cama, meditando taciturna sobre cual habría de ser mi
actuación a partir de ahora. Sí, era necesario hablar seriamente con mi hijo y
explicarle algunas cosas relacionadas con nuestras respectivas vidas sexuales
totalmente independientes. Debía hacer de padre en esta ocasión y dejar claro lo
que yo quería o no quería hacer y con quien. Por su parte si precisaba algún
tipo de ayuda médica, aquí estaba su madre para ayudarle.
No aguardé ni un minuto más y cuando salió de la ducha, aún
sin quitarse la toalla que le cubría de cintura para abajo, en el salón le
expliqué aquello que había decidido y que, tanto conmigo como con cualquier
mujer con la que llegase a tener algún tipo de relación, habría de ser del todo
respetuoso para entender un NO, independientemente de lo que él creyese que
quería la otra persona; es decir, le estaba prohibido ética y legalmente, actuar
siguiendo un criterio personal de interpretación sobre lo que la otra persona
quería o no. Sí persistía en forzar una situación como la de hacía unos minutos
con su madre, algo que me parecía aberrante y contra natura, tomaría la decisión
de marcharme de casa o exigirle que se marchase a él. Por supuesto no
denunciaría a mi hijo, pero me separaría definitivamente de él si llegaba a
intentar violarme.
Aparentemente su expresión hacía pensar en la posibilidad de
que mi hijo rectificase su actuación, pero creo que ni la falta de
convencimiento que vio en mí, ni la consistencia de mis argumentos, consiguieron
disuadirle de sus intenciones, pero pronto lo sabría.
La tarde pasó, como de costumbre, sin mayores incidencias,
viendo la televisión y comiendo palomitas; mi hijo no salió, como de costumbre y
después de cenar, me quise marchar pronto a la cama a ver una película
interesante y, sobre todo, por evitar tentaciones a mi hijo. Cerré la puerta de
mi dormitorio, en contra de mi costumbre, aunque lógicamente no puse el pestillo
de bloqueo, pero era la primera medida de decisión por mi parte y esperaba que
mi hijo supiese entenderlo. No habría de pasar mucho tiempo cuando mi hijo llamó
a la puerta de mi habitación, pidiéndome permiso para entrar; yo, asustada y
pero sin querer mostrarlo, le di permiso para entrar aparentando normalidad y
firmeza. Solo quería darme un beso de buenas noches y pedirme perdón por lo que
había sucedido; tras explorar con la vista sus zonas peligrosas y comprobar que
estaban en estado de reposo, le recibí satisfecha de la apariencia de normalidad
que todo había recuperado. No es necesario añadir que con cuatro carantoñas y
mimos me convenció, entre otras cosas por mi propio deseo de no indisponerme con
mi único hijo y el único pilar de mi vida tras la muerte de mi marido. Se
recostó conmigo un rato a ver la televisión y le abracé tiernamente. Así nos
quedamos dormidos hasta la mañana siguiente, domingo, en la que me desperté
bruscamente al sentir la presión de mi hijo sobre mi espalda.
Serían las 0800 h de la mañana y se había despertado
completamente excitado y con una erección tremenda, como solía ser en su caso ya
habitual. Yo me sobresalté y volví a caer en una gran decepción al comprobar que
mis esfuerzos no habían producido fruto alguno. Aquí estaba de nuevo mi hijo
solicitando mi "ayuda". Parecía bastante evidente que había iniciado un camino
sin retorno y debería aceptar las consecuencias de mi debilidad. Traté de
separarme de él que, angustiado, me pedía perdón, supuse que por lo que pensaba
hacerme. Él me apretaba fuertemente contra sí, acercándome su pene de nuevo a mi
trasero. Con sus manos fuertes me tocaba mis pechos y me subía el camisón que,
al instante, lo tenía en el cuello. Le pedí un momento de calma, pero parecía
imposible pararle. Me metió la mano bajo mi braga y comenzó a tocar mi sexo que,
al instante, se preparó para una penetración segregando su flujo natural en
abundancia. Con una voz firme y de autoridad le ordené que parase lo que estaba
haciendo y se quedó completamente inmóvil y con los ojos muy abiertos,
completamente asustado y le dije: "Mira hijo, lo que vas a hacer es violarme, lo
sabes??"
Él comenzó a llorar desconsolado y yo me fortalecí,
permaneciendo firme por primera vez desde que el viernes comenzó esta terrible
historia que tanto cargo de conciencia que crearía durante años. Yo continué
hablándole mientras él escondía su vista de la mía y se mantenía con la cabeza
agachada. Le dije: "No voy a consentir que esto que vas a hacer conmigo nos
suponga un trauma mayor de lo que ya lo es para mí, de modo que lo aceptaré como
hecho inevitable y, en cierto modo, consumado y me dispondré a concederte lo que
tanto deseas, pero de un modo lo mas agradable posible para ambos, sin permitir
que la fuerza suponga después un motivo de mayor autoreproche para ti; yo
trataré de superar la parte de culpa que me toca y tú, la tuya, pero no pienso
agravar tu delito obligándote a forzarme. Quédate quieto y espérame unos minutos
y tendrás lo que buscas".
Salí de la habitación para ducharme y en unos minutos estaba
de regreso. Sobre la ropa de cama que cubría a mi hijo sobresalía un abultado
miembro que esperaba ansioso su presa y con la cabeza vuelta hacia la otra parte
de la habitación, supongo que para evitar ver mi cara a mi regreso, me esperaba
mi hijo, que había dejado de llorar. Yo, tremendamente excitada pero tranquila,
me acerqué a la cama y me puse junto a él. Traté de llevar el control en todo
momento, impidiéndole tomar iniciativas, de tal modo que, tal y como estaba,
boca arriba, comencé a quitarle su calzoncillo, única prenda que se había dejado
puesta y a tocarle su gran pene erecto; cerró los ojos y se dejó llevar. Yo le
manoseaba todo su cuerpo, especialmente los testículos y el pene. Trató de
girarse hacia mí y no le dejé, pero le acerqué su mano hacia mis pechos, que
comenzó a tocar a través del suave camisón de seda que me había puesto para la
ocasión tras ducharme, y noté como su excitación aumentaba apretándome hasta
hacerme daño. Le pedí un poco de control y acerqué mi cara a su miembro para
proceder a masturbarle con mi boca, algo que provocó, en escasos segundos, un
nuevo orgasmo para el que yo, en esta ocasión, ya me había preparado, habiendo
previsto una toalla con la que pude limpiarme y limpiarle a él. Mantuve mi
posición durante un rato posterior a su eyaculación facilitándole un prolongado
y satisfactorio orgasmo, llegando notar sus espasmos en mi lengua y mis manos
que sujetaban sus testículos hasta descargarlos totalmente de su ardiente
líquido.
Tras retorcerse literalmente en la cama, le dije que se fuese
a la ducha, pues ahora iba a comenzar lo que él tanto había deseado, por lo que
sería conveniente que se preparase "para afrontar una auténtica sesión de sexo y
con la debida profesionalidad para, al menos, ser lo suficientemente hombre como
para ser capaz de satisfacer a tu pareja; si no lo logras, será la última vez
que te lo consienta. De salir bien esta primera vez, ya no deberás verme como tu
madre, sino como tu amante fiel y contraerás nuevas obligaciones conmigo y yo
contigo. ¿Has comprendido lo que te digo? –asintió con la cabeza-. Las
consecuencias las afrontaríamos después, pero ya no era posible mantener una
guerra contra mi hijo que, finalmente, sé que tengo perdida. Mi decisión era
sobre lo que haría después y eso ya lo he decidido: será la resignación y
soportar toda mi vida el cargo de conciencia de haber sabido educarte
convenientemente. Espero que Dios algún día me perdone".
Salió cabizbajo y yo me dispuse a situarme sobre la cama, sin
cubrirme y con el camisón verde de seda, casi transparente y con una braga de
encaje negra y ligueros que a su padre le volvían loco.
A su regreso, cabizbajo y apesadumbrado, sin levantar la
cabeza para mirarme siquiera, me dijo que posiblemente podría controlarse en el
futuro y que si yo no quería, él no me forzaría. Yo le recriminé su actitud
infantil y le prohibí ese comportamiento en el futuro. El había querido saltar
la frontera que separa al niño del hombre y yo ahora no daría marcha atrás
esperando otro altibajo suyo cuando su instinto sexual se despertase de nuevo.
El me miró y noté como se esforzaba por mantener el tipo, lo que no le fue
difícil al verme a mí en la posición que me había situado. Su calzoncillo delató
enseguida que su conciencia estaba siendo doblegada por su pasión y sin mas
titubeos se acercó a la cama, en donde yo, cariñosamente, le tendí los brazos.
Quiso subir sobre mí, pero yo no le dejé, sino que le tumbé boca arriba y le
quité los calzoncillos. Él era evidente como estaba, pero yo no estaba mejor que
él, pues mi pasión me aceleraba el pulso y me parecía que el corazón me iba a
estallar; no obstante mantuve el control y, una vez decidida a afrontar lo que
viniese, estaba igualmente decidida a disfrutarlo al cien por cien. Traté de no
ver, en el hombre que me iba a poseer a mi hijo y me entregué a una pasión
desenfrenada y tanto tiempo contenida.
Me subí sobre él y coloqué su pene entre mis piernas,
mientras me quitaba el camisón. Sin darme tiempo a reaccionar, me había cogido
los pechos y los apretaba a su gusto. Yo me centré en su pene pretendiendo que
nuevamente tuviese otra eyaculación, pues me temía que en cuanto me penetrase,
alcanzase el orgasmo y yo me quedase sin estrenarme, por lo que traté de
estimularme a mí misma pero sin permitir que me penetrase aún. Cuando se fue
animando, trató de soltarme los ligueros y bajarme la braga, pero su
inexperiencia y excitación no le permitían actuar con precisión, por lo que yo
misma me solté los ligueros y me quité la braga. Mi hijo quedó estupefacto al
verme desnuda por completo ante él y tan solo con las medias negras de encaje
puestas. Me pidió cortésmente que me acercase a él y yo le pedí que antes se
echase un momento. Cuando se hubo situado, me puse sobre él en sentido
contrario, de tal modo que tuve su pene al alcance de mi boca y mi vagina la
situé justo en la suya que, sin pensárselo, comenzó a chupar con placer. Yo
trataba de controlar mi orgasmo y acelerar el suyo, lo que no me fue muy
difícil, pues al minuto escaso de esta posición, nuevamente llenó mi boca un
chorro tremendo de semen caliente y mi hijo dio un pequeño grito de placer y
unas convulsiones características de un gratificante orgasmo.
Me retiré de la posición en que me encontraba y me limpié
cuidadosamente, limpiándole a él tambien.
Le pedí que me acompañase al baño y nos duchamos ambos, él
primero y yo después. Le pedí que se perfumase y me esperase de nuevo en la
cama. Ante su sorpresa, le expliqué que ahora es cuando debía dar la talla y que
esperaba que se portase como un hombre. Él, algo preocupado por sus fuerzas
maltrechas, salió del baño y yo me arreglé convenientemente, dirigiéndome tras
él de inmediato al dormitorio de nuevo. En esta ocasión estaba decidida a que
fuese la definitiva, por lo que me dispuse a disfrutar a placer y sin pararme,
por ahora, en consecuencias.
En cuanto llegué a la habitación me acosté junto a mi hijo y,
al tacto, comprobé que su "animo" ya no estaba tan alto como antes, algo que ya
me esperaba, pero estaba segura de poder remediar esta situación prevista, así
es que tras pedirle que me diese un masaje por todo el cuerpo, yo le devolvería
el masaje directamente sobre sus zonas mas sensibles; en esta faena conseguía el
doble propósito de yo ir alcanzando el punto óptimo y él ponerse a tono para la
siguiente función. Yo, desde luego, aún estaba a estrenar y mi estimulación no
había conseguido bajar desde por la mañana, sintiendo permanentemente mi vagina
chorreando de deseo, por lo que, en cuando la dureza de su pene alcanzase la
máxima tensión, en ésta ocasión consumaría la penetración.
Tras un largo rato de caricias recíprocas, esperando que mi
hijo alcanzase su mejor momento, en el que mi lengua había recorrido todo su
cuerpo, de repente él me sujeto por la cintura y tras tumbarme en la cama boca
arriba, maniobra que le dejé hacer a su gusto, se subió como un potro desbocado
sobre mí y me abrió bien las piernas; yo creí que se me saldría el corazón del
pecho y el miedo por lo que iba a hacer hizo acto de presencia de nuevo en mi
conciencia, pero pronto me ayudaron los acontecimientos a superarlo de un solo
golpe. Puso su pene en la puerta de mi vagina y tras frotar de arriba abajo dos
o tres veces, empezó a penetrarme lentamente, como con miedo, lo cual me
sorprendió dados los ímpetus que había demostrado hasta ese momento.
Yo no pude reprimir un largo quejido de placer mientras mi
hijo introducía en mi interior todo su largo pene y no recordaba una sensación
similar cuando practicaba el sexo con mi marido; quizá el período de abstinencia
y deseo reprimido había hecho mella en mí y ahora todas mis ansias estaban
siendo satisfechos de golpe. Mi hijo, al unísono conmigo, emitió un largo
suspiro de placer que luego se trasformó en un rítmico jadeo, sincronizado con
el mío y que acompasaban sus vaivenes que, como un buen profesional, introducía
su pene en mi interior hasta la raíz, para luego sacarlo casi en su totalidad,
dándome un erótico restregón en mi clítoris vibrante. Así me tuvo posiblemente
15 minutos de éxtasis total y yo no pensaba en nada mas que en gozar como no
recordaba haberlo hecho antes nunca. Mi hijo, quizá condicionado por mis
amenazas previas, estaba cumpliendo como todo un hombre, aguantando lo que
tampoco recuerdo que hubiese aguantado nunca antes mi marido, aunque, a decir
verdad, tampoco nunca le sometí, previo a un coito, a un vaciado total como a mi
hijo.
Como era de esperar y tras esta larga sesión de sexo intenso,
noté que mi hijo no aguantaría ni un minuto más, por lo que traté de sincronizar
mi orgasmo con el suyo, lo cual no fue fácil, pues al contrario de lo que
esperaba, casi termino yo antes que él, pues el autocontrol que yo tenía, era
muy diferente al de mi hijo que, como digo, a pesar de todo, se portó como un
auténtico profesional. Lo cierto es que nuestro orgasmo simultáneo fue
extraordinario; yo sentía mi vagina contraerse y expandirse al compás de mis
espasmos y mi hijo eyaculaba dentro de mis entrañas con unas violentas
contracciones que me hacían enloquecer.
Se dejó caer sobre mí exhausto, cuando sus brazos no podían
sujetar su peso y en esa posición y con mi vagina llena de su pene y su semen,
permanecimos otros 10 o 15 fantásticos minutos en los que yo no dejé de sentir
un largo y ansiado orgasmo total. ¡Solo Dios sabe lo que yo necesitaba aquello!
Mucho más que mi hijo, que tenía a su alcance cualquier chica de su edad, pues
hay que reconocer que con sus 16 años, era un muchacho guapísimo, con 75 kilos
de peso y 1,79 de altura.
Incorporándose lentamente me preguntó si lo había hecho bien
y yo, en un arranque de pasión y lujuria, le besé en los labios con mi mejor
sonrisa y plena de satisfacción, mostrándole una conformidad absoluta. Él
comprendió el mensaje y sonrió tímidamente, dándome las gracias más efusivas que
le he visto en mi vida, pues, en el fondo, se trata de un chico muy tímido,
causa que, con el tiempo, he supuesto le llevó a forzar la situación conmigo, ya
que con otras mujeres, jamás se habría atrevido.
Aquella tarde mi hijo, aún extenuado por el esfuerzo, no me
propuso repetir, pero yo no había quedado del todo satisfecha y propicié un
segundo encuentro para goce pesonal, pues ahora ya mi pasión se había desatado y
no era capaz de pensar en otra cosa, así es que me fui a mi habitación y tras
ponerme el conjunto mas sexy que encontré en mi casa, sentada en mi cama, llamé
a mi hijo, que estaba en el salón, acostado en el sofá y viendo la televisión.
El conjunto era negro, como a mí me gustaba siempre mi ropa
interior, de encaje y de reducidas dimensiones. Camisón muy corto y
transparente; sujetador que ya se me había quedado pequeño, lo cual hacía más
grandes y duros mi pecho. La braga minúscula y totalmente transparente, dejando
traslucir el vello de mi pubis tan rubio y suave como el de mi melena y los
obligados ligueros que tanto efecto causan en los hombres.
Mi hijo llegó de inmediato a la habitación, pues daba la
sensación que se volcaba por complacerme y me preguntó que es lo que quería,
aunque su mirada inquisitiva a todo mi cuerpo le dieron la respuesta. Se acercó
a mí y yo le pregunté que cómo tenía su pito, pues después de tanto trajín,
podría estar maltrecho, pero me confirmó que aunque algo agotado, en perfecto
estado. Yo lo quise comprobar y le bajé el pantalón del pijama y el calzoncillo,
quedando su pene a la altura de mi boca y totalmente fláccido. Le cogí por su
trasero acercándole a mí y lo introduje en mi boca. Mi hijo no hizo oposición
alguna y yo comencé a chupar, lamer, succionar… etc. y con el exclusivo
propósito de provocarle otra erección y poder gozar de nuevo del sexo hasta
saciarme, si eso era posible.
Al cabo de unos minutos, mi hijo ya trataba de alcanzar mis
pechos con sus manos, y su pene estaba nuevamente listo para la faena, por lo
que paré un minuto y le pedí que me desnudase lentamente, a fin de que
aprendiese a desnudar a una mujer y dado que antes había tenido ciertas
dificultades con el liguero y después fuese tocando cada parte de mi cuerpo que
descubriese. Él lo hizo quitándome primero el camisón y pasó su mano por mi
tronco desnudo, palpando mis pechos y mi entrepierna. Yo notaba su pene ya a
punto de reventar de nuevo y no pude por menos que celebrar su potencia pensando
en los buenos ratos que me esperaban. Pronto pasó al sujetador que saltó, debido
a la presión que tenía, dejando en libertad mis dos pechos nada despreciables.
El se acercó y los besó y lamió durante un ratito, empujándome para que me
recostase sobre la cama. El de rodillas ahora entre mis piernas, que colgaban
aún de la cama, me besó mi vientre y se centró en el liguero. En ésta ocasión no
tuvo dificultad en soltar las medias y quitarme el liguero, dejando mi braga
como única prenda que cubría, escasamente, mi vello púbico. El comenzó a
bajármelas poco a poco y a medida que descubría mi vello, pasaba su lengua por
la zona descubierta. La verdad es ahora era yo la que se retorcía de gusto y
estaba ansiosa por que mi hijo acelerase un poco el proceso, pero él era
disciplinado y cumplía con mis instrucciones. Levanté mis caderas para que
pudiese retirar totalmente la braga y en la misma posición anterior, es decir,
yo recostada en la cama y con mis piernas colgando fuera y mi hijo de rodillas
en el suelo y reclinado sobre mi sexo y tendiendo sus manos hacia mis pechos,
que le enloquecían, me chupaba directamente la vagina que comenzó a fluir como
una fuente de líquido hirviente.
Yo no deseaba mas que me penetrase lo antes posible, pero
aguanté para que comprobase que yo también controlaba la situación; no obstante,
cuando ya llevaba varios minutos pasando la punta de su lengua por mi clítoris
erecto visiblemente y a punto de provocarme un orgasmo, le dije:
"Por favor, hijo, penétrame ya y, por favor, no me tortures
más." No pude evitar mostrarme tan débil, pero realmente no podía aguantar más.
Mi hijo se incorporó y mostrando su preciosa herramienta
brillando de dureza, me impidió cambiar de posición y así mismo, como estaba y
chorreándome por los muslos un intenso flujo vaginal, acercó su pene a mi
agujerito y abriendo mis labios mayores con sus manos me introdujo, de un solo
empujón, todo su pene en mi vagina ardiente. ¡Dios mío, que increíble sensación!
Realmente todo parecía nuevo para mí, pues no recordaba experiencias similares
con mi marido. Le pedí que me hiciese el amor con fuerza y rapidez, pues ahora
me apetecía que fuese así, y él no lo dudó, comenzó a meter y sacar con fuerza
su pene y en escasos minutos me corrí sin poderlo evitar ni controlar entre
gritos y suspiros de placer, pero mi hijo no había terminado, así es que
continuó con sus embestidas mientras yo gozaba de un orgasmo permanente en el
que me mantenía con su vitalidad.
Mi hijo metía y sacaba su pene con fuerza y también gozaba
como si fuese la primera vez, pero debía estar algo incómodo de rodillas y me
pidió que cambiásemos de postura. Yo, sintiendo el parar en ese momento en el
que disfrutaba de este anormal orgasmo interminable, me apresuré a seguir sus
instrucciones, pues no estaba para tomar decisiones y me dijo que él se tumbaría
boca a arriba y yo debía subirme sobre él. Lo hice en el acto y recuerdo que me
dijo que le excitaba muchísimo hacerme el amor con las medias puestas. Yo sin
mas entretenimientos cogí el pene de mi hijo y me lo introduje con ansia en mi
vagina. Comencé a saltar sobre él y recuperé el intenso placer que sentía antes,
recordando lo que había oído en alguna ocasión acerca de las mujeres que tenían
varios orgasmos juntos. No podía entender lo que me sucedía ni estaba en
condiciones de estudiar el fenómeno en este momento, así es que me dispuse a
gozar a tope del hecho y estuve en este estado de éxtasis y semi – inconsciencia
durante largos minutos, no sé muy buen cuantos, pues perdí toda noción del
tiempo y de la realidad. Solo veía la cara de mi hijo que, con los ojos en
blanco, no dejaba de suspirar y jadear, diciendo tan solo "así, mamá, así… más,
más".
Solo sé que mi hijo debió correrse de nuevo, pues sentí sus
latidos en mi interior y el derramarse fuera de mi vagina una gran cantidad de
semen y flujo, que mostraba nuestros vellos entrelazados, completamente mojados
y chorreando hasta la cama por los costados de mi hijo y por entre sus piernas.
Como digo, así seguimos mucho tiempo, posiblemente media hora, hasta que el pene
de mi hijo se salió de mi vagina por su estado de flaccidez y lo vi caído hacia
el lado izquierdo de su cuerpo, cuando yo aún daba saltos sobre él. En ese
momento paré un minuto para poder recobrar el conocimiento y el sentido de la
realidad y vi a mi hijo completamente exhausto, con sus brazos en cruz y
respirando agitadamente, lo que me asustó un poco, pero cuando paré, mi hijo
abrió sus ojos y, sonriendo, me dijo que lo sentía pero que ya no había podido
aguantar mas. Me pidió un poco tiempo para recuperarse y volvería a hacérmelo
otra vez.
Yo comprendí que me había excedido y se acosté junto a él,
tan agotada o más que mi hijo y así estuvimos descansando un rato. En esta
ocasión ni me molesté en limpiar la cama…. Nos quedamos dormidos hasta la noche,
completamente desnudos sobre mi cama.
El día siguiente fue parecido al domingo anterior, pues salvo
ducharnos varias veces y comer en otras dos o tres ocasiones, nos pasamos el día
haciendo el amor desenfrenadamente en todas las habitaciones de la casa y en
todas las posiciones que pude imaginar, hasta el extremo de que ambos llegamos a
la noche exhaustos y con nuestros sexos escocidos. Era el escozor más placentero
de mi vida, pues jamás, insisto, jamás, había llegado a disfrutar tanto y tantas
veces del sexo como aquel día, pues mi marido era bastante conservador y, en
cambio mi hijo, era muy ocurrente en esta tarea. Por otra parte, su enorme
vitalidad propia de su edad, propiciaba una actividad extraordinaria y no me fue
posible anticiparme, ni una sola vez, a los deseos de mi hijo, quien siempre
tomaba la iniciativa ensartándome su verga incansable en cualquier lugar de la
casa en donde me sorprendiese.
Los días siguientes fueron parecidos; una inagotable
actividad sexual que solo cesaba para las necesidades biológicas más básicas, o
para bajar a comprar alimentos. En general, las vacaciones de Navidad de mi
hijo, de aquel año, se transformaron en una auténtica orgía entre los dos y
disfrutamos de muchas Nochebuenas.
Después de aquello, ya mi hijo dormía habitualmente en mi
cama, haciéndome el amor a diario, todas las noches y muchos días cuando sus
clases le daban ocasión y, dado que apenas salía con los amigos, nuestra vida en
común, hasta que se echó novia a los 23 años, fue la comunidad sexual más
perfecta que me pude imaginar nunca. Desde entonces y con su consentimiento,
nuestros contactos sexuales se fueron distanciando hasta desaparecer totalmente
cuando se casó, hecho éste que supuso para mí el disgusto más grande de mi vida,
tras el fallecimiento de mi marido.
Hoy, 3 años después de aquella boda, mi hijo sigue viniendo a
verme con su familia y yo sufro en silencio y, en ocasiones, me consuelo en
solitario con aquellos recuerdos de nuestra vida en común.
A pesar de ello siempre he tenido mi conciencia sucia con
esta historia y no he sido capaz ni de confesarlo a ningún sacerdote, a pesar de
que siempre he sido religiosa y he seguido yendo a misa todos los domingos,
pidiéndole a Dios que me perdone y perdone a mi hijo, pues aunque él fuese el
que inició esta desgraciada historia, no tengo ningún reparo en admitir todo el
resto de la responsabilidad de lo que ocurrió, por lo que rezo todos los días de
mi vida purgando mi pena y esperando que, al menos Dios, comprenda mis
debilidades.