Su mirada
Si intento buscar en mi memoria qué es lo primero que
recuerdo de Carmen no tengo ninguna duda. Su mirada.
Aquel verano del noventa y uno en el que se me acercó
para conseguir una plaza en mi curso su mirada me arrolló hasta el aturdimiento.
Sus ojos negros son bellos pero sin esa pincelada de insolente seguridad, sin
esa franqueza que le permite hablar con cualquiera clavando sus ojos en los de
su interlocutor no serían ni la mitad de atractivos.
Carmen tiene mil formas de mirar y todas ellas
reflejan su intensa vida interior. Sus ojos responden de una forma inmediata e
instintiva a sus emociones y pensamientos, algo que otras personas utilizan
conscientemente para coquetear y manipular en ella es natural, es así y esa
naturalidad trasciende a los demás que intuyen la total ausencia de intención en
gestos que, por otra parte, son profundamente sensuales.
Y sus cejas, perfectamente delineadas, dan el toque
final para que su mirada adquiera el máximo de expresividad cuando se arquean
para mostrar extrañeza o escepticismo o se curvan para mostrar tristeza,
empatía, disculpa… o descienden sobre sus hermosos ojos para resaltar la
profunda pasión que la domina. Es en esos momentos cuando su mirada me derrumba,
me deja sin fuerzas, sin argumentos, sin réplica posible, es entonces cuando me
derrota y sé que soy suyo, que haré cualquier cosa que me pida.
"¡No me vengas con esos ojitos!" – le decía su padre
cuando era una cría y reclamaba una chuchería o un juguete, sabiendo de antemano
que tenia la batalla perdida con su hija; Carmen no entendía, no sabía que
querían decirle con eso y a veces evitaba pedir algo que deseaba con tal de no
escuchar esa frase carente de sentido para ella. En alguna ocasión, cuando las
dos hermanas se enfrentaban a una reprimenda por alguna trastada, era ella la
que salía siempre mejor librada y tenía que aguantar después las quejas de su
hermana que le reprochaba haberse ganado a su padre sin que Carmen supiese en
realidad de qué la acusaba.
Desde el inicio de nuestra relación caí fulminado por
sus ojos y me estrené en formular conceptos que hasta entonces me parecían
cursis y ridículos. Cuántas veces me encontré sentado frente a ella dejándola
hablar, aparentando escucharla mientras toda mi atención estaba concentrada en
captar cada movimiento de sus cejas, cada guiño de sus ojos, cada parpadeo…
Sus ojos han hecho mella en amigos, parientes,
compañeros, a todos nos seduce y si fuera otra mujer habría hecho de su mirada
una potente herramienta para conseguir sus fines.
Pero Carmen no es cualquier mujer.
Atrás quedó el acoso tolerado de Roberto. Gracias a la
terapia había conseguido superarlo y, aunque apenas hacía algo más de un mes de
aquellos abusos, parecía que hubiese pasado mucho más tiempo. Carmen vivía
inmersa en la intensa emoción que le proporcionaba su relación con Carlos, una
relación que se asentaba día a día. La angustia que experimentó al comienzo de
aquella complicada etapa había desaparecido por completo, consideraba a Roberto
olvidado y Carlos constituía una dosis diaria de placer morboso, una sabia
mezcla de excitación y ternura, de pasión y cariño. Con él había logrado superar
tabúes que jamás se planteó vivir, su relación había pasado a ser algo aceptado
y asumido por ella y por mí. Ya no se trataba de echar un polvo, ambos sabíamos
que entre Carlos y ella había algo más que sexo. La esposa indecisa y
atormentada por sus devaneos se había convertido en una audaz mujer que no se
reprochaba nada.
Todo esto la hacía sentirse segura de sí misma y eso
se trasladaba a sus gestos, a su conducta y, por supuesto, a su mirada. Carmen
se sentía fuerte, casi invulnerable.
Su mirada, espejo de su vida interior, fue reflejando
la evolución en la que se encontraba; No recuerdo bien cuando fui consciente por
primera vez de esto, lo que sí recuerdo es que fue a través de las reacciones
que percibí en los demás cuando intuí que algo ocurría. Comencé a analizar los
momentos en los que detectaba ese sutil acoso al que era sometida mi mujer por
personas que hasta entonces jamás habían actuado así y descubrí dos cosas: Su
mirada directa, cargada de sensualidad, destrozando las defensas de su víctima,
sin intención alguna, sin doblez. Y la segunda, una leve diferencia casi
imperceptible en la distancia física que mantenía con sus interlocutores.
Observando su conducta y las reacciones que provocaba
descubrí que el espacio personal de Carmen se había reducido. Este es un
concepto que, debido a mi interés profesional por la comunicación no verbal,
provoca mi atención de un modo especial. Es sabido que todos tenemos un espacio
a nuestro alrededor al que reaccionamos si alguien lo sobrepasa. Es un espacio
que varía según el entorno, no es lo mismo tener a una persona a escasos
centímetros en el metro, en la oficina o en un espacio abierto. No mantenemos
las mismas distancias con un desconocido, con un amigo o con un familiar
cercano. La exigua distancia que nos separa de nuestra pareja de baile ocasional
constituiría una impertinencia si la mantuviéramos cuando la música ya ha
terminado. La violación de ese espacio personal por parte de un extraño genera
tensión, incomodidad y normalmente rechazo.
Más si el espacio personal de un hombre es invadido
por una mujer atractiva la reacción, casi inconsciente e inmediata, es otra muy
diferente.
Carmen, sin saberlo, había reducido su espacio
personal de una manera no deliberada. La observaba mantener una conversación con
alguien y comprobaba que la distancia se había acortado lo suficiente como para
que el interlocutor no pudiera evitar reaccionar. Si era mujer, a los pocos
minutos de estar charlando buscaba cualquier excusa para separarse ligeramente.
En el caso de los hombres la reacción es más variada, balbuceo, nervios y
retirada en los más tímidos, mientras que los más optimistas se crean falsas
expectativas que se traducen en galanteo, despliegue de seducción y ciertas
dosis de acaparamiento que rayan en el acoso. Ella no coquetea, por tanto no
suele ver el doble interés que les mantiene en la conversación, salvo los casos
más descarados.
Estos dos cambios en su conducta, - su intensa forma
de mirar y su facilidad para aproximarse en exceso a las personas con las que
habla -, comenzaron a provocar situaciones que nunca antes se habían producido.
Sara
A finales de Febrero acudimos a la fiesta de
inauguración de la nueva casa de unos amigos, aparejador él y farmacéutica ella.
En pleno auge de la construcción en España habían conseguido despegar
económicamente y se acababan de mudar a un precioso chalet en una de las zonas
más caras de las afueras de Madrid. Allí nos reunimos cerca de treinta personas,
la mayoría amigos comunes, En aquel momento estaba reciente mi descubrimiento
sobre Carmen y me esforzaba por someter a prueba mis hipótesis. Intenté que mis
especulaciones no sesgasen mi juicio.
La observé mientras charlaba animadamente con nuestros
amigos, ella es de abrazo fácil y de roce espontáneo, algo que siempre ha sido
entendido por nuestras amistades. Siente el impulso de establecer contacto con
quien habla para enfatizar su empatía, puede apretar el brazo de un amigo
preocupado, dejar una suave caricia en la mejilla del recién separado o
apretarse en un intenso abrazo con el que no veíamos hace más de tres meses,
ella es así y nunca ha levantado críticas entre nuestro círculo de amistades.
En aquella ocasión sin embargo enseguida comencé a
notar los signos primarios de cortejo incluso en amigos de toda la vida,
conductas y gestos inconscientes cuyo origen está en nuestro pasado pre humano y
que son, para un estudioso del lenguaje corporal, un mensaje claramente escrito.
Comencé a diseccionar las escenas como si trabajase
con un video. Estaba con un grupo de amigos cerca de Raúl, compañero de colegio
y de facultad. Mis ojos midieron la distancia entre ambos cuerpos y la respuesta
me vino dada por la conducta tensa y algo violenta de nuestro amigo, su mirada
huidiza escapaba del escote de Carmen y cuando sus ojos se cruzaban durante la
conversación Raúl aguantaba hasta que se agarraba a cualquier excusa que le
permitía desviar la mirada para a continuación buscarla de nuevo.
Intenté verla como si no fuese mi mujer, como si fuese
una extraña.
Lo que vi me cortó la respiración. Una mujer hermosa,
desinhibida, lanzando señales de seducción evidentes, sus ojos eran pura
sensualidad cuando tras una broma castigó a su interlocutor con una mirada
profunda. Una nueva broma la hizo reír y entonces se abrazó a nuestro amigo
pegándose a su cuerpo y riendo en su hombro. Al separarse apenas se distanció de
su rostro, mantuvo su mano en la nuca de Raúl, le clavó sus ojos negros y le
dijo algo al oído, ambos soltaron una carcajada, luego volvió a mirarle con una
sonrisa de malicia en su boca y siguió hablando con él a un tiro de sus labios.
Le sobrepasa unos cinco centímetros lo cual le confería a la escena más poder. Y
ahí estaba ella, dominadora, serena, sujetándole por la nuca con su mano
izquierda mientras su brazo derecho se balanceaba relajado.
Más tarde se sentó en el respaldo de un sofá que tenía
detrás y sus manos apoyadas en el confortable cojín presentaron sus pechos
erguidos, desafiantes. Vi las miradas furtivas de los que la rodeaban y la
territorialidad en forma de malestar en algunas de las mujeres del corrillo. Se
sentían eclipsadas por el intenso erotismo que emanaba de mi mujer y, aunque
racionalmente no lo habrían reconocido, la hembra primaria que habita en las
profundidades de su mente se rebelaba al ver a los machos eligiendo a otra. El
rito ancestral del apareamiento sigue intensamente vivo revestido de cultura,
socialización y reglas.
A veces su conducta desinhibida provocaba reacciones
insospechadas en personas cercanas. Vi como algún amigo, tras saludarla, dejaba
su mano en la cadera de Carmen mientras hablaban sin que ella hiciese nada por
evitarlo, eran gestos sin malicia por ninguna de las dos partes, pero que jamás
antes habían sucedido… o yo no había visto.
Contemple escenas como esta una y otra vez, en cuanto
podía me distanciaba para observarla de lejos y sobre todo para ver las
reacciones de ellos.
Siempre ha habido frases de doble sentido entre
nuestros amigos, todos reconocen la hermosura de Carmen y han bromeado a las
claras sobre lo que ocurriría si no estuviese yo o si un día perdieran la
cabeza… bromas breves e inocentes entre amigos con muchos años de amistad
compartida lanzadas en momentos en los que todos las aceptamos y entendemos en
su verdadero sentido. Pero aquella noche las bromas llevaban otra carga, otra
intensidad y me parecía increíble que solo yo fuera consciente de ello, no
dudaba de la lealtad de los amigos y por eso mismo me sorprendía que no fuesen
conscientes del cambio de enfoque que daban a sus bromas, las mismas palabras
usadas otras veces dichas, sin embargo, con otro mensaje implícito que yo leía
con facilidad en su mirada, en sus gestos, en las pausas, en la entonación.
Yo estaba en la fiesta como si me encontrase
realizando un trabajo de campo, la berrea de los ciervos en celo, la lucha entre
machos, la tensión sexual convertida en tensión física que hace que el pavo real
extienda su cola en toda su belleza, que colapsa el cuerpo del pez beta macho y
expande sus aletas con irisaciones azules y rojas. Esa tensión sexual que hace
que todos los machos exhiban sus atributos ante las hembras se reproducía en
aquella fiesta. Alrededor de Carmen todos pugnaban por ser el más ingenioso, el
más ocurrente, luchaban por acaparar su atención y se pisaban unos a otros las
frases. Todos mas erguidos, con los hombros mas ensanchados, con la voz más
alta… reacciones primarias inconscientes que yo leía con claridad y que no eran
sino mensajes dirigidos a la hembra, mensajes que circulan por debajo de las
palabras, escudados en ellas, ocultos a la racionalidad de los participantes
que, sin saberlo, reaccionan al estímulo que lanzan esos mensajes sin la defensa
que la razón, las normas, los pudores y los prejuicios les hubieran
proporcionado.
Fijé mi atención en Carmen y comprobé que también ella
emitía los inequívocos signos de estar recibiendo el reclamo subliminal de los
machos, coqueteaba sin coquetear, reía complacida, se la veía disfrutar al ser
el centro del deseo sin querer serlo, sin hacer nada para serlo y sin saber que
lo era.
¿Podía estar equivocado? ¿Me estaba dejando influir
por mis propios deseos?
Que no estaba equivocado lo demostraba el hecho de que
cuando yo me acercaba, las conductas variaban claramente.
Hacia la una de la madrugada me separé del grupo con
el que había mantenido una animada discusión política y busqué a Carmen. La
descubrí charlando con Sara, una escritora que mantiene aparcada su vocación
mientras vive de su trabajo en una emisora de radio en la que por aquella época
conducía un programa nocturno. Sabíamos a través de otros amigos que es lesbiana
aunque jamás había hecho referencia alguna al tema ni había mostrado en público
sus preferencias. De rasgos muy femeninos, tiene un aire enigmático. Se le
conocen algunas aventuras con hombres pero es notoria su preferencia por las
mujeres, Sara es lo más alejado del prototipo de marimacho con el que suelen
calificar algunos cafres a cualquier mujer que elije otra opción que no sea
pasar por sus entrepiernas. Todo lo contrario, es una mujer muy sensual, culta y
elegante.
Me acerqué por detrás de Carmen y rodeé su estómago
con mis brazos mientras la besaba en el cuello, Sara me había visto llegar y
comenzó a dirigirse a mí.
-
"Le preguntaba a tu chica qué es lo que hace para estar tan brutalmente
seductora" – creí ver en su mirada un destello de deseo contenido, pero
rechacé esa idea pensando que, de nuevo, mis fantasías me hacían una mala
jugada
-
"Eso es lo maravilloso, no hace nada, simplemente es así" – Carmen
agradeció mi cumplido pegándose más a mí.
-
"No sé que hacen todos estos que no te la arrebatan, si yo fuera
hombre…" – aquella frase no admitía dudas, no era yo quien interpretaba
sesgadamente
-
"Quien sabe, nunca digas ‘de este agua no beberé" – no sé de dónde me
había salido esa frase, pero provocó un brillo especial en los ojos de Sara.
-
"Vaya, te agradezco el consejo, no soy persona que se rinda fácilmente;
como bien dices, quien sabe si algún día no beberé de ese…" – hizo una breve
pausa para lanzarle una mirada traviesa más abajo de su vientre –
"…manantial"
La conversación fluía en un clima de irrealidad donde
la broma daba amparo y camuflaba al deseo. Carmen se había dejado arrullar por
nuestras palabras hasta que esta última frase la obligó a reaccionar.
-
"¡Pero… ¿estáis tontos? ¡estáis hablando de mí! - Sara y yo reímos sin
dejar de mirarnos a los ojos, sabía que con esa mirada le decía mucho más de
lo que me hubiera atrevido a expresar con palabras, ella a su vez me
interrogaba con su mirada; Ignore el comentario de Carmen y seguí hablando
directamente para Sara.
-
"Pues eso es cuestión de planteárselo, sabes que me tenéis de
colaborador en lo que haga falta" – Sara sonrió y la miró.
-
"Claro, como todos, dos chicas en la cama y ya está deseando mirar"
-
"¡Pero bueno! " – protestó de nuevo Carmen – "¿Qué clase de conversación
es esta?"
-
"Una en la que, como siempre, los hombres se muestran un poco patosos" –
dijo Sara
-
"Yo no he hablado de mirar, solo me he ofrecido a colaborar para abrirle
nuevas perspectivas a mi mujercita"
-
"¿Ya vale, no?" – su débil protesta dejaba claro que la conversación,
con no serle cómoda, tampoco le inquietaba demasiado.
-
"Querida,,," – Sara le cogió una mano y la miró intensamente a los ojos
– "nadie va a conocer mejor tu cuerpo, tus reacciones y tus necesidades que
otra mujer, te lo aseguro"
-
"Estoy absolutamente convencido" – apostillé yo, Sara, sin soltar la
mano de Carmen, me miró con una sonrisa enigmática en su rostro.
-
"¿Estás seguro? Pues lo mismo vale para ti, el gran teórico de la
bisexualidad evolutiva"
Acompañó esas últimas palabras con un gesto de sus
manos que emulaba a un director de orquesta en un crescendo. Conocía mis ideas
al respecto ya que en alguna ocasión había estado presente cuando las expuse.
Iba a replicarle cuando volvió a la carga.
Aquella frase me puso en guardia, me pareció tan
nítidamente relacionada con mi presión sobre Carmen que me costó rechazar la
idea de que ambas no hubieran hablado, cosa improbable dado el escaso trato que
teníamos en aquel entonces.
Pero mi reacción fue suficientemente clara para que
Sara la captase.
-
"¡Vaya! parece que he dado en el clavo"
-
"No creas, la cosas hay que dejar que sucedan cuando deban suceder, la
prisa no es buena consejera" – argumenté intentando evadirme.
-
"Eso quiere decir que, si las circunstancias fueran las adecuadas…
¿estarías dispuesto a probar lo que tu teoría defiende?" – nos miramos a los
ojos, yo buscaba una respuesta que me dejase bien ante ella pero que no
sonase a fanfarronada ante Carmen que me miraba con una sonrisa irónica.
Finalmente fue ella quien se me adelantó.
-
"Dudo mucho, muchísimo, que mi marido tenga intención alguna vez de
pasar de la teoría a la realidad…" – me miró por el rabillo del ojo, su
mirada denotaba complicidad y supe a lo que se refería cuando prosiguió" –
"…al menos en lo que a él se refiere" – la sonreí y me devolvió la sonrisa.
-
"Suele pasar, es muy fácil pedirnos a nosotras que seamos transgresoras,
que sigamos el camino que nos trazan y que serían incapaces de recorrer
ellos mismos" – apostilló Sara.
Sus palabras seguían inquietándome, parecían hechas a
la medida para el momento que atravesábamos Carmen y yo, ella lo debió notar
porque una sonrisa se abrió en su rostro mientras me tanteaba.
-
"Si, lo ven todo muy fácil cuando se trata de nosotras" – dijo al
sentirse identificada con la situación que pintaba Sara – "ya quisiera yo
verte a ti tan lanzado como…" – Carmen interrumpió la frase al entender que
rozaba los límites de lo que debíamos conservar para nosotros dos.
-
"Ya veo, las típicas fantasías masculinas han hecho arraigo en Mario,
¿no es así?" – su perspicacia comenzaba a resultarme incómoda, mas por
Carmen que por mí.
-
"La imaginación es libre, dejémosla expandirse, siempre nos traerá
momentos agradables"
Sara entendió mi frase como un punto final al tema y,
discretamente abandonó la discusión.
Me miró extrañada y se resistió a seguirla.
Carmen sonrió intrigada, dudaba entre la prudencia de
evitar el equívoco y el morbo que le producía aquella pequeña transgresión
convertida en juego. Bailar con Sara, ante los demás, implicaba bailar con una
lesbiana. La duda que provocaría tal escena, la excitación de moverse en la
ambigüedad ante todos le provocaba tal morbo que al siguiente tirón se dejó
llevar a la zona de baile donde apenas cuatro o cinco parejas se movían
siguiendo el sensual embrujo de Sade.
Las vi caminar cogidas de la mano, Carmen detrás de
Sara, casi arrastrada, se dejaba llevar como si no tuviera voluntad, como una
niña obediente; vi las miradas que comenzaban a fijarse en ellas, era la primera
vez que Sara protagonizaba una escena así ante nosotros y el hecho de que la
elegida fuera precisamente Carmen les causaba mayor morbo a todos.
Se detuvieron en el centro de la zona de baile y
quedaron frente a frente, Carmen no sabía cómo actuar y fue Sara la que tomó la
iniciativa, cogió sus manos y comenzaron a moverse lentamente, buscando el ritmo
común, tras unos pocos pasos la atrajo hacia ella y sus manos tomaron el talle
de Carmen mientras hacía que los brazos de esta rodearan su cuello, comenzaron a
moverse al ritmo de "Smooth Operator", dándole un ligero aire de chachachá,
Carmen comenzó a sonreír, se sentía libre, feliz, desinhibida, notaba las
miradas a su alrededor y fijó sus ojos en los de su pareja para sentirse más
segura, Sara le sonreía, comenzaron a sentirse más cómodas a medida que la
canción avanzaba y sus pasos de baile se cargaron de una sensualidad como solo
una mujer puede mostrar. La inicial timidez de sus pasos desapareció, vivían
intensamente la canción y la carga erótica de lo que aquel baile implicaba se
traslado a sus movimientos, Sara la manejaba como una muñeca, la lanzaba lejos
sin soltar su mano, luego la atraía hacia ella y le hacía dar una vuelta bajo su
brazo antes de enlazarla por el talle.
El silencio se había hecho en todos los grupos, las
conversaciones que se habían detenido para observar aquel atrevido espectáculo
de dos mujeres hermosas, altas, estilizadas, una morena, la otra rubia, que
interpretaban una danza provocativa por lo que implicaba y por las formas
sensuales de aquellos dos femeninos cuerpos enlazados.
Terminó la canción y ellas se detuvieron sin soltarse,
durante un instante se miraron sonriendo, luego comenzó a sonar "Eloise", la
vieja canción en la versión de Tino Casal, vi como Carmen abría los ojos
sorprendida, ambas rieron y comenzaron a moverse al estilo de los sesenta,
lanzando sus melenas al viento como si fueran protagonistas de Woodstock, Carmen
estaba disfrutando de la sensación de libertad que le daba no importarle quién
las mirara ni lo que pensaran, premeditadamente se hacían gestos ambiguos que
levantaban murmullos, Bailaban con los brazos en alto una frente a la otra. Sara
le hizo un gesto con el dedo para que se acercara y Carmen sin dejar de bailar
avanzó despacio hacia ella hasta quedar casi pegadas sin dejar de moverse
sensualmente. Comenzaron a sonar algunas palmas, ella estaban lanzadas,
desinhibidas, libres.
Cuando la canción acabó ambas se quedaron un momento
sonriendo mirándose a los ojos, luego estallaron en risas y abandonaron la pista
cogidas por la cintura, algunos aplausos sonaron perdidos entre la gente, los
comentarios las persiguieron en su camino hasta mí y me sorprendió lo bien que
encajaba Carmen alguna frase patética, "Vaya, vaya, no sabía yo de tus
aficiones" le dijo Román, un advenedizo al grupo con el que apenas teníamos aun
confianza, Carmen se limitó a sonreírle, subió las cejas y entornó los ojos
dejándole en la duda. Llegaron a mi lado cogidas de la mano, seguras de sí
mismas, inmunes a los comentarios buenos y menos buenos que habían provocado.
Al llegar se abrazó a mí, Carmen irradiaba emoción,
Sara nos observaba sonriendo.
-
"¿Ves? Han bastado unos pasos de baile y todos los machos de la manada
se han puesto a babear"
-
"En que mal concepto nos tienes a los hombres, Sara, no es justo"
-
"A todos no, Mario, a todos no, ten en cuenta que yo comulgo con tu
teoría sobre la bisexualidad, ¿Por qué desaprovechar a una parte de la
humanidad por el hecho de que la inmensa mayoría no sepan cómo tratar a una
mujer? Siempre hay valiosas excepciones"
-
"Y una de esas excepciones es mía" – dijo Carmen volviéndose hacia mí
sin soltar mi cintura, la besé en la boca sin apartar la mirada de aquella
otra mujer tan poderosamente atractiva.
-
"No me cabe la menor duda" – dijo Sara manteniendo mi mirada. Carmen
interrumpió nuestro pulso.
-
"¿Estáis ligando? ¡Dios, estáis ligando aquí, delante de mí! – dijo
fingiendo estar escandalizada.
-
"Si puedo seducir a la esposa, espero que también ella me permita
seducir al esposo" – su frase daba a entender que había captado mi mensaje.
No sé que deriva hubiera podido seguir aquella
conversación si no hubieran acudido varios de nuestros amigos a felicitarlas por
el baile, aquello se había convertido en el tema de la noche y poco a poco nos
fuimos separando con la sensación de no haber rematado lo que había surgido.
A las tres de la mañana la fiesta comenzó a diluirse,
un goteo continuo de gente dejó diezmado el salón y Carmen y yo decidimos irnos,
nos despedimos de los anfitriones buscando a Sara con la vista, estaba junto al
ventanal que daba al jardín, charlaba con unos amigos. Notó mi mirada y me lanzó
un gesto de despedida, ninguno de los tres hicimos nada por acercarnos, la
prudencia se había instalado de nuevo en nosotros.
-
"¿Se puede saber que juego os traíais Sara y tú?" – dijo Carmen
rompiendo el silencio cuando nos incorporamos a la autopista.
-
"¿Qué juego? Solo charlábamos, nada más"
-
"No te hagas el tonto" - dijo sonriendo con malicia – "me estabais
acosando"
-
"¿Nosotros? En todo caso sería ella la que te acosaba"
-
"Claro, y tu gustosamente la ayudabas ¿no?"
-
"Sabes que me encantaría verte con una mujer"
-
"¡Eso! ¿y luego qué, con un marciano?"
Ella misma fue la primera en romper a reír por su
ocurrencia.
-
"No, en serio, os habéis pasado un montón" – dijo sin conseguir que sus
palabras transmitieran demasiada credibilidad.
-
"Pues no parecías estar incómoda, sobre todo cuando bailaste con ella"
-
"Eso es distinto, fue una broma"
-
"Pues para la mayoría de los que estaban allí no les pareció ninguna
broma"
-
"¡Qué tontería! Me conocen, sabe que yo no…" – no llegó a terminar la
frase.
-
"¿Tu no, qué?"
-
"Que no me van las mujeres"
-
"¿Estás segura?"
Carmen no respondió, el resto del camino lo hicimos en
silencio, dejando que la radio pusiera melodía a nuestros pensamientos, Carmen
se adormeció y yo no quise interrumpir su sueño, me bastaba con recordar la
excitante escena que había visto en el baile, me bastaba con saborear cada
detalle de la conversación con Sara, cada gesto de complicidad entre ella y yo,
me bastaba con revivir en mi mente la levedad con que Carmen se había dejado
seducir por ambos.
……
Estaba sorprendida, se alejó del grupo con el que
desayunaba y salió a la calle para poder escuchar sin ruido, entonces fue cuando
se dio cuenta de que estaba sonriendo.
-
"Desapareces… de repente apareces… vuelves a desaparecer… ¿a qué debo el
honor?" – dijo irónica
-
"No seas mala"
-
"No soy mala, solo estoy sorprendida"
-
"¿Te tomarías una cerveza conmigo a mediodía?"
…..
A raíz de mi viaje a Coruña la relación con Carlos se
estabilizó, Carmen hablaba menos de él y yo consideré adecuado no seguir
insistiendo en lo que podía llegar a parecer un interrogatorio, dejé que fuera
ella quien me contase cosas cuando le apeteciera.
Y así era. A veces durante la cena, o por teléfono, me
contaba tal o cual cosa que le había dicho Carlos, otras veces en la cama,
atravesada por el placer me pedía que le hiciera algo "como Carlos". Sabía que
con esa frase me excitaba y ella también se sentía libre de pedir, de recordar,
de compartir conmigo la añoranza de su amante
Elena, la eterna olvidada, la injustamente postergada.
Hacía casi tres semanas que no hablaba con ella a pesar de mi compromiso para no
abandonar esa relación. No acababa de entender por qué no mantenía vivo el buen
entendimiento que parecíamos tener.
Buena pregunta, ¿por qué no reaccionaba al indudable
atractivo de Elena? ¿por qué no aprovechaba la clara disposición de Carmen a
admitir una relación con ella? No lo había intentado pero estaba convencido de
que si le planteaba ver a Elena no tendría un rechazo directo, por mucho que le
costase verme con ella.
-
"No lo sé" - ¿Acaso podía decirle que mi obsesión por verla follar con
Carlos era más intensa que cualquier relación física con otra mujer?
-
"¿No te gusta?" – el tono sugerente de Carmen camuflaba su intención de
conocer mi posición ante Elena.
La miré intentando encontrar la estrategia a seguir,
no era la primera vez que había pensado en que una relación con otra mujer
facilitaría las cosas. Parecía no ser ya necesario, pero ahora era yo el que
deseaba exhibirme ante Carmen, ¿cómo reaccionaría?
La distancia era un gran impedimento, no podía
pretender que Elena se desplazase a Madrid y mi viaje a Córdoba, solo para estar
con ella, restaba espontaneidad a una relación que entendía debía ser vista por
Carmen como algo no premeditado.
-
"¡Eh, vuelve!" - dijo Carmen sacándome de mis pensamientos. Sonreí
excusándome.
-
"Vaya, me quedé colgado…"
-
"Eso parece" – Carmen intentaba ocultar un ligero malestar y decidí
aprovechar ese conato de celos.
-
"Estaba recordando" – Carmen se lanzó al anzuelo sin dudarlo
-
"¿Vuestro polvo express?"
-
"Si… bueno, no solo eso"
-
"¿Te gustó, eh?
-
"Si, claro que si"
-
"¿Y entonces?"
-
"No lo sé, no quiero… no sé cómo lo vivirías si yo…"
Carmen asumió el papel que creía tener que asumir, la
vi revestirse con una expresión de seguridad y convencimiento que estaba lejos
de sentir.
-
"A ver Mario, me has visto acostarme con Carlos, lo hemos vivido juntos,
¿crees que no puedo vivir contigo tu aventura con otra mujer?"
No, no lo creía, estaba convencido de que le sería
duro asumir que su marido se acostaba con otra, por mucho que lo quisiera
superar, por mucho que pensase que debía corresponder a mi apoyo en su relación
con Carlos, estaba seguro de que le costaría superar mi relación con Elena. Pero
no se lo dije.
La miré agradecido, con total sinceridad apreciaba su
esfuerzo.
De nuevo Carmen asumió el papel que creía debía
adoptar.
-
"Deberías llamarla, te acostaste con ella y la dejaste tirada, no me
gustaría pasar por lo mismo"
-
"No le he dejado tirada…" – protesté – "…pero tienes razón, mañana la
llamo" – sus ojos se cubrieron por una leve sombra durante menos de un
segundo, el tiempo que le costó superar el temor y decirse a sí misma que yo
tenía el mismo derecho que ella a vivir una aventura.
Pero no la llamé, algo me detenía y no sabía bien qué
era, ¿me atraía? Por supuesto, desde el mismo momento que la vi me resultó muy
atractiva y luego, cuando bailamos me encontré con una mujer muy sensual,
atrevida, directa, tan directa como para que acabásemos… ¿Qué era entonces lo
que me detenía?
Pasó una semana antes de que Carmen sucumbiera a la
curiosidad y me preguntase si había hablado con ella, mi incapacidad para
explicarle las razones que me inhibían de hacer esa llamada la desconcertaba.
Una mañana, en mitad de una conversación con Carlos,
dejó que surgiera la pregunta
-
"¿Sabes algo de Elena?"
-
"¿Elena? Sí, claro, hablamos de vez en cuando ¿por qué lo preguntas?" –
respondió extrañado, era la primera vez que surgía Elena en alguna de sus
charlas.
-
"Le pregunté el otro día a Mario y me pareció… no sé decirte… algo
evasivo quizás"
-
"No me extraña, no se ha portado nada bien con ella, se lo llevo
diciendo hace meses, la quiero un montón y no me gusta que le hagan daño"
Carmen sintió una punzada de celos, ¿tan importante
había sido para Elena aquel encuentro como para sentirse dolida con su silencio?
-
"No me parece propio de él"
-
"Y por lo que le voy conociendo, a mí tampoco me cuadra con su forma de
ser, pero la realidad es que no volvió a llamarla desde nuestro encuentro en
Sevilla, luego me llamó para pedirme su teléfono… sería por Octubre quizás;
se que hablaron un par de veces y volvió a desaparecer. Elena está muy
molesta, no sé si sabes que cuando se conocieron…"
-
"Si lo sé"
-
"Mayor motivo para que se sienta mal ¿no crees?"
Carmen se imaginó en esa situación y sintió un brote
de simpatía hacia ella.
En un instante se desplegó en su mente todo un
escenario en el que las escenas se desarrollaban sin su intervención, un
torrente de sensaciones la atravesó antes de que pudiera reaccionar, miedo,
celos, excitación… ¿era eso lo que sentía yo cuando la imaginaba a ella con
Carlos?
Carmen consiguió alejar de su mente aquella locura
durante un par de días, pero por las noches, cuando me tenía pegado a su cuerpo,
no podía evitar imaginarme con ella, entonces volvía a sentirse azotada por la
incoherencia de sus emociones, intentaba analizar con cierta distancia la raíz
de ese arrebato de posesividad que la había dominado cuando me vio besando a
Elena en el cuello mientras bailábamos el verano anterior, era el mismo arrebato
que la trastornó cuando intuyó que habíamos follado, era se misma tormentosa
sensación la que aparecía cada vez que imaginaba la posibilidad de un encuentro
con Elena en Toledo.
Sin embargo, entre las muchas emociones que le
provocaba esa idea, no podía ignorar la excitación que crecía en ella, de forma
casi imperceptible al principio, asentándose en su sexo, en su vientre y en sus
pechos hasta que dejaba de ser una tenue vibración y se mostraba con toda
rotundidad, firme, potente… y la hacía sentir abierta, húmeda.
…..
El sábado por la noche leíamos en la cama cuando una
pregunta inesperada me sacó del libro.
Me sorprendía su insistencia sobre Elena, había sido
un tema tabú durante mucho tiempo y ahora, de repente, Carmen se tomaba un
exagerado interés en ella. Dejé el libro a un lado en la cama y busqué su
mirada.
Y yo no acababa de entender su insistencia.
¿Me estaba planteando una relación con Elena similar a
la que ella mantenía? Era la primera vez que insinuaba algo así
Me detuve, iba a decir que no me veía manteniendo una
relación con otra mujer que no fuera ella, esa era la verdad, no necesitaba
acostarme con nadie, la tenía a ella y me bastaba, en todos aquellos años jamás
sentí la tentación de tener una aventura.
Pero entendí que esa argumentación podía actuar en mi
contra, le dejaba a ella todo el peso de la infidelidad.
-
"¿No te ves cómo?" – me urgió Carmen.
-
"No me veo yendo y viniendo a Córdoba… si viviera aquí sería otra cosa"
-
"No te estoy diciendo que te acuestes con ella, solo que la llames y no
quedes como un cerdo"
La miré extrañado por sus palabras y ella reafirmó su
declaración con un precioso gesto, apretó la boca y bajó el rostro con
determinación al tiempo que entornaba los ojos.
-
"¿Soy un cerdo?"
-
"Si a mí me tiran en el césped, me echan un polvo exprés y luego no me
llaman en seis meses… pues sí, yo diría que eres un cerdo"
-
"¿Y qué hago? La llamo, charlamos, me grabo una alarma en el móvil para
llamarla cada semana…"
Carmen deslizó su mano por debajo de la sábana y
comenzó a acariciar mi estómago, sus uñas marcaban delgados surcos que erizaban
mi piel a su paso, se removió en la cama hasta pegarse a mi costado y subió su
muslo sobre mi pierna, sentí el suave roce de su vello púbico en mi piel. Antes
de que comenzase a hablar ya intuí su juego.
-
"¿Te gusta Elena?"
-
"Claro, es… bueno es preciosa y…"
-
"Y está buena, ¿no?"
-
"Si, está muy buena"
-
"Y es un pelín lanzada, bueno, muy lanzada" – dijo enfatizando la
palabra ‘muy’
-
"Tanto como lanzada…"
-
"¡Vaya! Le hiciste una insinuación y le faltó tiempo para quitarse las
bragas"
-
"Y el sujetador"
-
"Si eso no es ser lanzada…"
-
"Fue un juego"
-
"Un juego que terminasteis follando"
No contesté, el recuerdo de aquel instante no se me
había borrado de la cabeza en todos esos meses, me excitaba rememorar las
sensaciones, el morbo de ser descubiertos, la novedad de estar con alguien
diferente a Carmen…
-
"¿Te gustaría que yo fuera tan lanzada, verdad?"
-
"Ya lo eres cariño"
-
"No, sabes a lo que me refiero, son esos detalles los que te gustaría
hacer conmigo"
Su tono de voz expresaba una ligera frustración, como
si se sintiera en inferioridad de condiciones frente a Elena. Era el momento
para tratar de sacarle partido a aquel conato de rivalidad.
-
"Bueno, esas cosas tiene que surgir de una manera natural, no tendría
sentido que lo hicieras obligada… como los bikinis del año pasado"
-
"No me obligaste, solo que me costó decidirme"
Mi silencio quiso transmitir una duda sobre su
argumento y Carmen lo captó.
-
"¿Crees que no soy capaz de hacer esas cosas?"
-
"Supongo que si, en el momento adecuado quizás…" – la estaba picando en
su orgullo.
Nos quedamos en silencio un momento, Carmen continuaba
acariciándome el pecho con sus dedos mientras su pubis se movía levemente contra
mi muslo, hacía tiempo que mi polla había ganado en volumen y dureza hasta
quedar erguida sobre mi vientre, Carmen recorría mi tórax con sus dedos haciendo
incursiones hasta mi vello púbico cuando se tropezó con mi sexo, sin dudar un
minuto lo abarcó con su mano.
Carmen soltó su presa solo para recuperar el mismo
roce de sus uñas con el que me había atormentado hasta entonces. Recorría el
tronco arañándolo hasta llegar al escroto, luego descendía por el interior de
mis muslos y regresaba de nuevo hasta alcanzar la punta del glande que brincaba
cada vez que sus dedos lo rozaban, a veces se detenía en mis testículos y los
examinaba con el tacto, moviéndolos, palpando su forma, recogiéndolos en la
palma de la mano que ahuecaba para abarcarlos.
De sobra sabía lo que intentaba decirme, pero quería
escucharlo de sus labios.
¡Por fin lo había dicho! Estaba excitado, por primera
vez los papeles se habían cambiado, de una forma inesperada Carmen asumía el rol
de instigadora y yo me dejaba tentar por su morbosa idea. La besé en la boca sin
apenas moverme para no romper el dulce tormento que me estaba aplicando. Carmen
planteaba una situación utópica, una excitante fantasía que nos iba a conducir a
una noche de intenso sexo y me dispuse a seguir el juego.
-
"Me encantaría, me supo a poco"
-
"No me extraña, se debió quedar a dos velas mientras tú te descargabas"
-
"Para mí tampoco fue suficiente, ya sabes cómo me gustan a mi estas
cosas"
-
"¿Si? ¿cómo?" – dijo mientras comenzaba a masturbarme lentamente. Yo
busqué su pezón con mis dedos, estaba duro como una roca.
-
"Despacio, con calma, haciendo que las cosas duren…" – dije rodeando su
pezón con las yemas de mis dedos y tirando suavemente de él.
-
"¿Así es cómo se lo harías a ella?" – Carmen había cerrado los ojos pero
se recuperó y buscó mi mirada
-
"Si, muy despacio"
Se incorporó de un salto y se subió sobre mí, dejó que
su sexo se acoplara sobre el grueso tronco y me miró a los ojos mientras
comenzaba a deslizarse lentamente empapando mi verga, sus ojos me mataron, era
pura lujuria lo que transmitían, era esa fiebre de deseo y erotismo que los
convierte en un arma letal.
Su comentario me desconcertó, estaba instalado en el
terreno de la fantasía, del juego erótico y su frase me dejaba sin respuesta.
Ella vio mi confusión en mi rostro y continuó.
-
"Elena va a estar en Toledo este viernes" – sonrió al ver mi sorpresa.
-
"¿Y tu cómo lo sabes?... qué tontería, ya imagino"
-
"Di, ¿Quieres verla?"
¿Y ella? ¿Qué quería ella? ¿Qué querría más allá de
ese momento de excitación?
-
"Me gustaría, si, pero no creo que ella quiera verme"
-
"Prueba a ver, por lo que sé está dolida contigo pero no creo que sea
irreparable"
Me excitaba ver a Carmen asumir ese papel de
alcahueta, estaba proponiéndome que me fuera con otra mujer ¿realmente estaba
preparada para esto? Me asombraba el cambio tan radical que había sufrido en tan
poco tiempo.
-
"Y aunque así sea, no tenemos por qué acabar en la cama"
-
"Lo sé, pero reconoce que te gustaría que sucediera" – la miré a los
ojos mientras no dejaba de mecerse sobre mí.
-
"¿Me estás pidiendo que me folle a Elena?"
Buscaba provocarla y sus ojos me dijeron que lo había
conseguido con creces. Se agachó hasta dejar su rostro casi pegado al mío.
Entonces volví a ver esa transformación a la que aun no me había acostumbrado,
los matices de su rostro eran distintos, la media sonrisa que apareció en su
boca le dio un aire obsceno.
Busqué su boca pero me rechazó, moví mi cintura para
intentar hundirme en ella pero se desvió evitando mi verga.
-
"Quiero que me cuentes como te has corrido, como le has comido las
tetas, como sabe su coño…" – lanzó una mano hacia atrás y alcanzó mi polla
que se hundió de un golpe – "… y quiero que me folles contándomelo"
Se lanzó a un bombeo salvaje, me cabalgó sin piedad,
sin pensar en mí, descargando toda su necesidad en aquellos golpes que su pubis
me propinaba cada vez que botaba sobre mí.
…..
Estaba sorprendida, se alejó del grupo con el que
desayunaba y salió a la calle para poder escuchar sin ruido, entonces fue cuando
se dio cuenta de que estaba sonriendo.
-
"Desapareces… de repente apareces… vuelves a desaparecer… ¿a qué debo el
honor?" – dijo irónica
-
"No seas mala"
-
"No soy mala, solo estoy sorprendida"
-
"¿Te tomarías una cerveza conmigo a mediodía?"
Elena sintió como la emoción al escucharle se
desvanecía ante la fatalidad, ¿tenía que llamarla precisamente esa semana que
estaba fuera?
-
"Pues me temo que te vas a tener que tomar la cerveza tu solo, no estoy
en Córdoba"
-
"Yo tampoco, pero en Toledo hay sitios preciosos para que me dejes
invitarte a comer"
De nuevo la emoción la invadió pero intentó que no se
le notara.
-
"¿Y tú cómo sabes que estoy en Toledo?"
-
"Tengo mis contactos" – bromeé haciéndome el misterioso.
-
"Ya… ¿y por qué te imaginas que me puede apetecer verte después de tanto
tiempo?"
Entendí su queja como una débil protesta orientada a
obtener de mí una disculpa.
-
"Creo que al menos me dejarás disculparme, ya sabes, comenzaré una torpe
explicación que tu interrumpirás y me pondrás verde, solo por eso te puede
merecer la pena comer conmigo ¿no crees?"
-
"Si me lo pones así… la verdad es que la idea de cantarte las cuarenta
no me desagrada"
-
"Pues aprovecha, hoy tengo mi vena masoquista y me dejo hacer lo que
quieras" – escuché su risa fresca y alegre que me trajo preciosos recuerdos
de Sevilla.
-
"¡Claro, eso es lo que querrías tu!"
Apenas eran las doce y media cuando me dispuse a
localizar el restaurante a las afueras de Toledo que me habían recomendado. El
lugar, alejado del tumulto de la ciudad rebosante de turismo en cualquier época
del año, reunía las condiciones idóneas para compartir un almuerzo castellano y
una larga sobremesa en la que intercambiar confidencias y romper el silencio que
absurdamente había dejado crecer entre nosotros. Hice la reserva y regresé una
hora más tarde. Aparqué en el centro donde se impartía el seminario y la esperé
en la cafetería del recinto, frente a la puerta del salón donde tenía lugar el
evento.
En cuanto la vi salir la identifiqué, llevaba el
cabello más corto que en verano pero su figura y su forma de moverse eran
inconfundibles. Dejé el importe de la consumición y sin esperar el cambio salí a
su encuentro.
Sus ojos me sonreían desde lejos y, a medida que me
acercaba a ella sentí renacer el deseo que esa mujer había provocado en mi.
¿Cómo fui tan tonto? pensé, ¿cómo había dejado pasar aquella oportunidad?
Debería haberla recibido con un par de besos en sus
mejillas, si lo hubiera pensado quizás me habría contenido ante la clara
posibilidad de que si la besaba en la boca ella me mandaría a hacer puñetas.
Pero no lo pensé, simplemente me dejé llevar por lo
que deseaba y quizás por lo que veía en sus ojos al acercarse a mí.
Besé sus labios y no sentí ninguna oposición, ni la
más mínima reacción de rechazo.
-
"¿Tu te crees que puedes dejar pasar seis meses sin apenas llamarme y
presentarte así, de improviso y besarme?" – dijo regañándome sin ninguna
fuerza en su voz. No se había separado de mí, su aliento fresco en mi rostro
me excitó y yo, por toda respuesta, volví a besar suavemente sus labios.
-
"Tienes toda la razón, no me merezco este recibimiento"
Su sonrisa dio por zanjada la reprimenda, se agarró a
mi brazo y comenzamos a caminar hacia el aparcamiento hablando de nuestra vida
durante esos meses.
-
"Te he echado de menos" – le dije cuando aparqué en el restaurante, a
sabiendas de que mi conducta de aquellos meses restaba credibilidad a mis
palabras – "lo sé, lo sé, he sido un idiota, pero quizás cuando no suene a
excusa, te pueda llegar a explicar el por qué de este alejamiento" – dije
deteniendo su protesta.
Nos miramos a los ojos sin hablar, su rostro emanaba
ternura y mi cuerpo me enviaba señales inequívocas. La deseaba como si no
hubieran pasado casi seis meses desde que la poseí con urgencia y sin tiempo
para saborear a aquella espléndida mujer.
No me di cuenta de que mi cuerpo se había acercado a
ella hasta que mi boca volvió a rozar sus labios, no fui consciente de que sus
dedos acariciaban mi nuca hasta que mis manos se apoderaron de su cintura.
…..
Carmen me dijo adiós con la mano cuando mi coche salía
del garaje mientras ella aun se estaba acomodando en el suyo. Un profundo ahogo
en el pecho le hizo cuestionarse las razones que la habían llevado a ser ella
quien, sin lugar a dudas, había movido los hilos para que yo, su marido, me
encontrase ese día con la mujer con la que me había acostado fugazmente en
Sevilla. Desde que me puso al corriente del viaje a Toledo de Elena no había
dejado de ponerse en mi lugar. Estaba haciendo suyo el papel que había vivido yo
durante meses, instigándola, convenciéndola, haciéndole fácil la difícil
decisión de acostarse con otro hombre. Ahora era ella quien me había allanado el
camino para que, con toda probabilidad, acabase en la cama con Elena aquella
misma tarde.
Condujo como una autómata por la carretera, dejándose
llevar del flujo de coches, mientras su mente estaba en otra parte. ¿Por qué le
dolía imaginarme con Elena? ¿Por qué su absoluta seguridad en nuestro amor le
bastaba para no apreciar peligro en su relación con Carlos y sin embargo le
resultaba insuficiente para sofocar el miedo que le atenazaba la garganta al
imaginarme con otra mujer?
Vivió la mañana reflejando sus emociones en las que
imaginaba que debí haber vivido yo tantas veces. Su zozobra, su incertidumbre,
sus miedos le hicieron entender el suplicio al que voluntariamente me había
sometido yo al dejarla ir la encuentro de Carlos, al ayudarla a volver a verle
mientras estaba en Coruña.
¿Qué esperaba yo de su aventura con Carlos además de
morbo? - se había preguntado mil veces. Ahora la pregunta era otra: ¿Qué
esperaba ella lanzándome a los brazos de Elena?
No encontró argumentos, no supo contestar con razones,
sin embargo su cuerpo le dio la inequívoca respuesta. Estaba excitada,
dolorosamente excitada, muerta de miedo y vibrando de placer, luchando por no
reaccionar ante la intensa sensación de pérdida, de expolio. Su marido se iba
con otra mujer, acabarían follando y ella… ella lo iba a vivir sola, alejada,
sin saber qué estaba ocurriendo.
…..
El almuerzo se eternizó hasta que los camareros nos
hicieron entender que debíamos abandonar el comedor. No nos importaba nada,
seguimos charlando sin dejar de mirarnos a los ojos en la terraza del
restaurante, al abrigo del sol de Febrero que nos protegía del frío que ya se
hacía notar en la desierta estepa manchega. Seguimos jugando el juego de la
seducción, nuestras miradas directas y las sonrisas que nacían espontáneas sin
motivo y que contagiaban al otro declaraban sin ninguna duda nuestra voluntad de
retomar el instante en el que nos separamos.
Luego, cuando el sol ya se retiraba, volvimos a Toledo
y paseamos siguiendo las empinadas cuestas, recorriendo callejuelas alejadas de
las rutas turísticas, buscando un entorno donde aislarnos del bullicio que nos
hubiera distraído de nuestro encuentro.
Siete y media de la tarde. Con planes hechos para
cenar juntos nos detuvimos ante la puerta del hotel donde se alojaba. No había
dobles intenciones, ella quería arreglarse antes de volver a quedar conmigo y yo
estaba dispuesto a darle ese margen, escogería un lugar donde sentarme a tomar
algo y pensar.
-
"¿Quieres subir?" – su voz tembló ligeramente por la incertidumbre que
aquella frase escapada del fondo de sus deseos le provocaba. Sus ojos
mostraron la duda, quizás el arrepentimiento por lo dicho, puede que el
rubor reprimido se tradujera en aquella preciosa expresión de contenida
ansiedad a la espera de mi reacción.
-
"Me encantaría"
Entramos cogidos de la cintura, el movimiento de sus
caderas en mi mano me recordaba que no era Carmen, que aquella redondez más
rotunda no era la que solía abarcar con mis manos.
Subimos en el ascensor acompañados por un par de
turistas, en silencio, mirándonos a los ojos con la sonrisa en la boca a punto
de desbordarse.
Abrió la puerta y la seguí. No la dejé avanzar
demasiado, mis manos se apoderaron de sus caderas y la atraje hacia mí, Elena
descansó su cuerpo en mi pecho y dejó que su cabeza se venciera hacia atrás,
aspiré el aroma de su cabello en el que había hundido mi rostro, mis manos
viajaron por su vientre palpando una carne nueva y desconocida, el destino era
evidente y pronto alcancé sus pechos. Mis manos, acostumbradas a otros
volúmenes, me trasladaron una sorprendida sensación al no abarcar lo que estaban
habituadas a cubrir. Su gemido cerca de mi oído fue como una caricia. Lentamente
comencé a desabrochar la camisa mientras Elena, con las manos lanzadas hacia
atrás, intentaba acariciarme. Cuando elevé las copas del sujetador y sentí el
puntiagudo tacto de sus pezones se volvió hacia mí y me besó con fuerza.
La desnudé con calma frenando la urgencia que su
excitación demandaba de mí, torturando su necesidad de culminar su entrega.
¡Qué hermosa y qué diferente! Sus formas más
redondeadas, menos musculosas la revisten de una sensualidad clásica. Su vientre
cede con facilidad a la presión de mis manos, sus muslos son cálidos, suaves,
generosos sin ser gruesos, sus pechos me permitieron hundir mi rostro entre
ellos y perderme durante unos maravillosos instantes.
Podría decir sin mentir que no sabía cómo actuar,
aquello era nuevo para mí. Pero el instinto me guió, me dejé llevar del deseo
que aquel cuerpo desnudo despertaba en mí, le dije adiós dulcemente a Carmen
durante un tiempo en el que necesitaba olvidarla para poder dedicarme a esa
mujer sin que nada interfiriese entre ella y yo.
Hicimos el amor con pasión y con calma, besé su sexo
durante mucho tiempo y recordé su olor al instante, me resarcí de las prisas y
los temores que dilapidaron aquella primera vez, un momento que pudo haber sido
mucho más hermoso de lo que fue y que ahora podía disfrutar sin interrupciones.
Descubrí que el polvo urgente y clandestino de Sevilla
no representó ni la decima parte de lo que aquella mujer era capaz de dar.
Pasión, lujuria, ternura, obscenidad, deseo, ingenuidad…
Descubrí que el sabor de una mujer es único, personal,
diferente a todas, es el sello que la identifica y distingue. Y aprendí que una
mujer puede sollozar cuando se rompe en mil pedazos traspasada por un hombre y
que tras el llanto esa misma hembra puede convertirse en madre y amamantar al
macho con ternura mientras éste retrocede en el tiempo y se aferra a su pecho
buscando seguridad en lugar de excitación.
Descubrí… que podía haber sexo sin Carmen. Que podía
haber sexo sin Carmen y sin culpa. Que podía haber sexo sin Carmen, sin culpa y
con una intensa gratitud hacia ella. Me sentía intensamente unido a mi esposa
mientras mis dedos recorrían el cuerpo de Elena y comprendí lo que Carmen sentía
hacia mi cuando hacía el amor con Carlos.
Ese día dejé de tener miedo.
…..
Carmen se refugió en el gimnasio como medio para estar
ocupada y dejar que el tiempo transcurriera más rápidamente. Se lanzó a una
frenética carrera en la sala de ciclo y continuó más tarde con su habitual tabla
de ejercicios, había algo de compulsivo en su forma de entrenar que no pasó
desapercibido a uno de los monitores.
Quique debía tener entonces unos cuarenta y muchos
años, actúa como si tuviera algún rango sobre los demás monitores que le tratan
con un cierto respeto, lo cierto es que nunca hemos sabido si esa jerarquía es
oficial o simplemente se debe a su edad y experiencia. Los años le han hecho
ensanchar aunque mantiene una musculatura muy trabajada y quizás demasiado
desarrollada, sin llegar a la hipertrofia del culturista.
-
"Estoy bien, no te preocupes" – Carmen se secó el sudor que caía por su
rostro e ignoró las breves miradas a su pecho que Quique no fue capaz de
controlar, se miró en el espejo de la pared y comprobó que su top estaba
totalmente empapado de sudor.
-
"Hazme caso, baja un poco el ritmo… a ver las pulsaciones" – dijo
haciéndola agarrarse al tensiómetro del aparato.
-
"En serio, estoy bien"
Se sintió incómoda por su insistencia, nunca había
cruzado más de dos palabras con él aunque era frecuente encontrarse con su
mirada. Mientras esperaba obtener la cifra de pulsaciones Quique vigilaba el
contador y ella pudo observarle sin cuidado. Sabía que le gustaba, no le quitaba
ojo de encima aunque se cuidaba mucho de ser insistente en sus miradas. Cada vez
que entraba en el gimnasio él la localizaba por alejado que estuviera y le
mandaba un saludo con la mano, sin embargo esta era la primera vez que le
dedicaba una atención como monitor.
Pensó en mi, seguramente estaría en la cama de un
hotel con Elena ¿y si al regresar le dijera que Quique y ella…?
-
"Bueno…" – Quique interrumpió sus desvaríos – "… estás bien pero
tómatelo con más calma, el resultado será mucho mejor"
-
"No si ya lo iba a dejar"
-
"Muy bien, nos vemos – dijo alejándose no sin antes lanzarle otra fugaz
mirada a sus pechos.
Tres cuartos de hora más tarde Carmen bajaba las
escaleras del gimnasio y se dirigía hacia la salida. A su izquierda en la zona
de la cafetería vio a Quique ya en ropa de calle, que le hacía una seña, hasta
ese momento no había vuelto a recordar la absurda idea que surgió mientras la
monitorizaba.
Se detuvo. En menos de un segundo una ingenua emoción
ante la perspectiva de tomar algo con él le dio un motivo para dejar de
amargarse la noche.
-
"¿Cansada?" – le dijo levantándose cuando Carmen se acercó a su mesa.
-
"No más que cualquier otro día" – aceptó el gesto que la invitaba a
sentarse.
-
"Con lo que has sudado hoy creo que necesitas recuperar minerales" –
dijo reclamando la atención de la camarera – "…un Gatorade… ¿de algún sabor
en especial?"
Carmen elevó los hombros, en realidad le daba igual.
Le resultaba agradable dejarse cuidar por su monitor, sabía que su interés no
era solo el del preparador físico, supuso que tras tantos años de miradas
constantes encontrarse sentado en la misma mesa con ella le debía suponer algo
especial.
Se sintió halagada, esa agradable sensación de saberse
dueña de las emociones de un hombre, reconocerse fuerte, con una fuerza superior
a la potencia física que emanaba de aquellos músculos que se marcaban incluso
con la ropa.
No se equivocó, Quique comenzó una banal conversación
sobre la necesidad de reponer los compuestos perdidos por el sudor pero sus ojos
y sus gestos decían otras cosas, hablaban a la mujer deseada, brillaba en su
mirada la chispa de una recién nacida expectativa, una casi imposible
posibilidad de que aquel encuentro pudiera llegar a mas, ilusión crónica en cada
macho en su acercamiento a una hembra, reflejo genético de una arcaica pulsión
de apareamiento impresa en nuestro cerebro y modulada por nuestra cultura. Pero
el brillo estaba ahí, en sus ojos.
Y el cerebro de la hembra, preparado para captar esas
señales y responder a ellas, hizo que sus ojos enviasen el mensaje adecuado, "te
recibo, me gusta pero…"
El cortejo, el ritual del cortejo que se puede
controlar, se puede disimular y sublimar hasta convertirlo en coqueteo, juego o
galantería pero su raíz biológica, instintiva y pre racional es imposible de
eliminar.
Mientras le dejaba hablar pensó de nuevo en mi, ¿qué
diría cuando me contase que había estado tomando algo con Quique? Me conoce bien
y enseguida intuyó que aprovecharía ese mínimo detalle para desarrollar una
fantasía que aprovecharíamos bien.
¡Qué tontería! – pensó, ¿qué valor tenía esa fantasía
ante la realidad de su cita con Elena.
No lo iba a hacer, ni por un momento pasó por su
cabeza esa posibilidad, pero el argumento era incuestionable: solo si se
acostase con Quique podría ponerse a la altura de lo que quizás aun estaba
sucediendo en Toledo.
Le imaginó desnudo, ¿por qué surgía ahora esa imagen?
pensó divertida y algo excitada, alguna vez le había llegado a ver en bañador en
la piscina, su torso se había redondeado con los años y a pesar de mantener una
musculatura muy marcada el vientre hacía tiempo que había dejado de ser una
tabla, sus muslos grandes dibujaban con claridad unos músculos bien
desarrollados…
-
"… ¿te apetece?" – Regresó de sus cavilaciones sin saber a qué se
refería Quique, fue entonces cuando le pareció ver un ligero cambio en él,
difícil de explicar en palabras pero que enseguida detectó.
¿Es que quizás mientras se zambullía en sus
pensamientos su rostro había reflejado el sentido de sus fantasías? Temió
haberle mirado demasiado insistentemente, quizás sin darse cuenta sus ojos
expresaron las ideas morbosas que habían cruzado su cabeza.
Quique le sonrió a su vez. Una sonrisa de galanteo sin
duda, jugaba sus cartas con una exquisita precaución pero no cesaba de enviar
señales.
Carmen rió ante la ocurrencia.
Por un instante dudó, no tenía nada de malo tomar una
copa con un compañero del gimnasio, pero algo la detuvo, ni era el momento
adecuado ni su estado de ánimo era el mejor para jugar aquel juego.
-
"Lo siento, me tengo que ir ya, pero gracias de todas formas"
-
"¿Seguro?" – no le había pasado desapercibida la breve indecisión de
Carmen.
-
"Seguro" – dijo sonriéndole.
Quique se rindió ante la respuesta que ponía fin a sus
esperanzas.
Caminó por el jardín rumbo a casa diciéndose que había
hecho lo correcto, intentando acallar de esa manera la sensación de aventura
desaprovechada que sentía al alejarse del gimnasio. Ni por un momento se
planteaba algo más que dejarse mirar y poner a prueba de nuevo su poder sobre
aquel hombre, aun así le hubiera gustado seguir ese juego vanidoso.
Recuperó la cobertura del móvil al poco de salir del
gimnasio y sonaron los pitidos de mensajes entrantes, uno de ellos era mío y se
sobresaltó.
"Ceno en Toledo, luego te llamo, vuelvo pronto"
La rabia por no haber podido ver ese mensaje antes la
irritó, por un instante pensó darse la vuelta y buscar a Quique pero se detuvo,
no podía hacerlo sin quedar en evidencia. Luego, la irritación se focalizó en
mí, ¿es que no me bastaba con haber estado todo el día con ella?
…..
El camino a Madrid estaba despejado y me permitió
pisar el pedal a fondo, no me llevaría más de media hora llegar a casa.
Intentaba reaccionar, seguía en una especie de estado
de shock que a duras penas me había permitido aparentar una normalidad con Elena
cuando nos despedimos tras cenar. Nos acabábamos de acostar saldando una vieja
deuda que teníamos el uno con el otro. Ambos éramos conscientes de que la
distancia que nos separaba evitaría una relación frecuente pero también tuvimos
claro que aquella no iba a ser la última vez que nuestros cuerpos se fundieran.
Nadie hizo promesas, ninguno de los dos hicimos
planes, la cena transcurrió envuelta en una racional sensatez que intentaba
acallar las emociones que cruzaban la mesa entre ambos. Solo nuestros ojos
delataban la intensidad de lo que no íbamos a decir.
Ahora, camino de Madrid, mi pensamiento estaba en
Carmen, ¿cómo habría vivido aquel día? ¿Qué habría sentido al recibir mi mensaje
anunciándole que me quedaba a cenar con ella?
De nuevo revisé mis propios sentimientos en
situaciones similares y lamenté no haber buscado una excusa para poder llamarla
y decirle que todo iba bien, que era ella y solo ella la razón que me impulsaba
a probar lo que no había necesitado en todos nuestros años de convivencia.
Introduje la llave en la cerradura con cuidado de no
hacer ruido, era casi la una y media de la madrugada y quizás durmiese. La casa
estaba a oscuras, atravesé el salón guiándome por la costumbre y por la tenue
claridad que llegaba de la luna llena que brillaba en un cielo limpio de nubes.
Me asomé al pasillo y vi luz en nuestra alcoba. Cuando
me asomé por la puerta sus ojos vinieron a calmar mis dudas, su mirada me
interrogaba, su sonrisa me daba la bienvenida.
Me senté en la cama, a su lado y me volqué sobre ella
para besarla, sus manos buscaron mi nuca y me atraparon para impedir que me
separase de ella, de nuevo recuperaba sus tacto en mis labios, lo había echado
de menos, ahí es donde sin duda quería estar.
-
"Bueno, ¿me vas a contar o tengo que adivinarlo?" – dijo con expresión
pícara en sus cara.
-
"¿Qué quieres saber?"
-
"Todo" – dijo volviendo a abrazarse a mí con una fuerza que me dejó
claro su estado de ánimo.
Me desnudé intentando no declarar mi ansiedad por
sentirla en mi cuerpo, luego me acosté a su lado y quedamos el uno frente al
otro.
Y comencé a hablar.