La cama se movía rítmicamente golpeando contra la
pared a cada nueva embestida, cada vez con más violencia. Raquel, a cuatro patas
frente a mí, mantenía la cabeza enterrada entre las almohadas intentando ahogar
sus violentos gemidos, aferrándose con crispados dedos a las sábanas de la
deshecha cama. Aparte de eso lo único que se escuchaba en la oscura habitación
eran mis propios gemidos, sordos y ahogados, y el repicar de mis huevos contra
el coño de ella. Y estando ya casi a punto de correrme dentro de su enrojecido
culo no pude evitar pensar en cómo habían cambiado las cosas durante esos
últimos meses.
Todo había comenzado con el relato de cómo mi mujer
se había enrollado con su mejor amiga, confesión que al principio me enfureció
pero que terminó excitándome de una forma terrible, y tras el cual yo mismo
acabé contándole una experiencia que tuve en mi adolescencia con una novia que
tenía por entonces y con un amigo de ella. Y parece que también le excitó mi
relato, ya que me propuso revivir la experiencia, esta vez con ella como
protagonista. Y yo, tentado no sé si por lo que disfruté aquella primera vez o
por la oferta de un trío con su amiga, acepté encantado.
Durante los siguientes días hablamos continuamente
del tema y aprovechábamos cualquier momento para follar como locos, en cualquier
lugar y a cualquier hora, como si fuéramos dos adolescentes en celo. Creo que en
los más de cinco años que llevo con ella jamás habíamos echado tantos polvos
seguidos, ni siquiera al comienzo de nuestra relación, y eso que siempre hemos
llevado una vida sexual bastante activa. Pero es que la idea del sexo con una
tercera persona estaba continuamente en el fondo de nuestras mentes
calentándonos de forma indiscutible tanto a ella como a mí.
La primera vez que me lo pidió fue un domingo. Nos
habíamos levantado tarde ya que el día anterior habíamos organizado una cena en
casa con unos amigos y no nos habíamos ido a dormir hasta pasadas las cuatro de
la madrugada. Sobre la mesa del comedor, tal como la habíamos dejado al
acostarnos, nos esperaba una pila de vasos y platos sucios, así como un par de
botellas de whisky ya vacías. La cocina parecía un campo de batalla, con
cacerolas sucias, platos, cubiertos y vasos cubriendo toda la encimera. Tras
desayunar sin demasiadas ganas y sintiendo todavía los efectos del alcohol sobre
nuestras cabezas nos dispusimos a recoger un poco la casa, Raquel en la cocina y
yo en el comedor. A ambos nos ha gustado siempre andar desnudos por casa, así
que nos parece lo más natural del mundo hacer todas las tareas domésticas en
pelotas, y dado que nos habíamos acostado sin pijama, así permanecimos durante
toda la mañana mientras intentábamos poner un poco de orden. Poco a poco el
comedor fue recuperando su aspecto habitual, y mientras acababa de pasar la
fregona al suelo escuchaba a Raquel terminando también su trabajo en la cocina.
- Corre, Raquel, vente aquí al sofá y siéntate para
que pueda acabar de fregar el suelo. –le grité.
- Espera, espera, que ya termino.
Y apareció en la puerta del comedor vestida tan
solo con un delantal y se dirigió a saltitos hacia el sofá pasando por mi lado.
Yo la miré embobado, observando con deleite su redondo culo moviéndose
graciosamente de lado a lado- ¿Cómo puede ser que después de cinco años no me
canse todavía de mirarla?, me pregunté sin apartar mis ojos de ella, que se
había echado en el sofá y permanecía tumbada cual una moderna maja desnuda, o
mejor dicho semidesnuda. A veces hablando con compañeros del trabajo que
llevaban más o menos lo mismo que yo casados me sorprendía al escucharles decir
que ya no encontraban atractivas a sus mujeres, que estaban hartos de ellas y de
sus caprichos, y me indignaba la forma asquerosa que tenían de mirar a las
chavalas jóvenes por la calle devorándolas con la mirada como perros babosos.
Está claro que yo también miro a las chicas jóvenes y guapas, ¿quién no lo
haría?, pero me limito a contemplar la fresca belleza que les imprime la
juventud, no a babear frente a ellas mientras les digo el fantástico polvo que
me gustaría echarles. Tal vez sea que no quieren a sus mujeres. O tal vez sea
que yo quiero demasiado a la mía.
- Ven aquí, cielo. ¿No vas a darme un abrazo? –le
dije extendiendo mis brazos.
- Claro. ¿Cómo crees que voy a resistirme, con esa
pinta? –me respondió ella con una de sus pícaras sonrisas.
Y levantándose se abalanzó sobre mí y mientras la
estrechaba entre mis brazos y la apretaba fuertemente contra mi desvalido cuerpo
no pude menos que decirle en un susurro a su oído.
- Te amo, Raquel. Te quiero un montón. Lo sabes,
¿verdad?.
- Claro que lo sé, tonto. Yo también te amo.
Y nuestros labios se fundieron en un tórrido beso,
mientras la estrujaba entre mis brazos. Y nos besamos con furia, con una pasión
desbocada, nuestras lenguas danzando una junta a la otra como si ese fuera el
último beso del que íbamos a disfrutar y quisiéramos extraer de él hasta la
última sensación. Ella se apretaba firmemente contra mí, sus fuertes brazos
rodeándome la cintura, atrayéndome hacia ella, y yo la rodeaba con un brazo
mientras con la mano libre del otro acariciaba su cara con suavidad, guiando sus
labios contra los míos. Ella fue bajando uno de sus brazos con lentitud, hasta
que sus manos alcanzaron mis nalgas y las asieron con fuerza, y yo le
correspondí bajando mi propio brazo hasta alcanzar su culo y extendiendo la
palma de la mano sobre la suave y sedosa piel de su glúteo.
Lentamente, una de las manos que reposaba en mi
culo fue deslizándose suavemente hacia el lado opuesto del cuerpo, hasta
alcanzar el trozo de carne que había cobrado vida entre su vientre y el mío,
duro, palpitante y caliente. Lo asió en su mano y separando los labios de los
míos me miró con sus enormes ojos castaños.
- ¿Esto es la prueba de tu amor? –me preguntó con
dulce sonrisa.- Porque si es así, yo también tengo pruebas del mío.
Y diciendo esto aferró una de mis muñecas con la
mano y la guió con firmeza hacia su propio sexo. Liberó mi brazo y lo subí hasta
tomar su cara entre las manos y la besé. Ella se apartó un poco de mí y se giró
dándome la espalda, amplia y robusta, de un agradable color canela tostada
gracias a las horas de sol en la playa. La rodeé en un fuerte abrazo mientras
mis manos se introducían bajo el delantal buscando sus rollizas y opulentas
tetas al mismo tiempo que mi erecta verga se colocaba entre sus dos nalgas
frotándose contra la delicada piel. Mis labios besaron su cuello con pasión,
mordisqueándolo, lamiéndolo, acariciándolo, muy lentamente, sintiendo como sus
piernas aflojaban a cada nuevo roce. Mis dedos jugueteaban con sus pezones
pellizcándolos con suavidad unas veces, con firmeza otras.
Permanecíamos así de pie frente a recién ordenada
mesa del comedor, nuestras respiraciones cada vez más agitadas, más apasionadas,
yo restregándole mi verga entre sus nalgas y ella apretándolas contra mi
excitado cuerpo. Saqué las manos de debajo de su delantal y acaricié su espalda
con delicadeza pero presionando firmemente hacia abajo obligándola a reclinarse
contra la mesa hasta que sus pechos reposaron sobre el tablero separados tan
solo por la fina tela del delantal. Comencé entonces a acariciar su espalda
bajando las manos hasta alcanzar la suave curvatura que anuncia la proximidad
del culo, recreándome en la suavidad de su piel y la firmeza de su carne. Ella
movía sus caderas en pequeños círculos, restregándose contra mí, contra mi
erecta masculinidad que parecía a punto de reventar, hasta que me fue ya
imposible resistirme y agarrándola con firmeza por la cintura le abrí un poco
las piernas con un ligero golpe del pie, tal como hace la policía cuando
proceden a cachear a algún sospechoso. Ella no se resistió en ningún momento,
sino que más bien contribuyó un poco separando sus piernas y poniéndose de
puntillas con el fin de elevar un poco su culo y acercar su sexo al mío. Me así
a ella y la penetré lentamente, disfrutando del abrazo de su húmeda vagina,
notando como a medida que la introducía ella se retorcía de placer hasta
alcanzar el fondo de su sexo.
Raquel siempre se vuelve loca cuando hacemos el
amor en esa posición. Le encanta y se le nota. No hay más que escucharla gemir,
ver como se mueve y cómo se agarra a la mesa, con dedos como garfios. Se mueve
de adelante hacia detrás con suavidad intentando marcar ella misma el ritmo del
coito y a mí me gusta siempre frenarla a fin de ver cómo se excita todavía más y
emite pequeños ruidos que demuestran su ardor y pasión. Esa vez no fue diferente
de las demás. Ella se movía y yo la sujetaba con fuerza por las caderas,
penetrándola a un ritmo suave pero constante, dirigiendo mi vista hacia abajo
para ver como mi duro falo era tragado por aquellos carnosos labios. Siempre me
ha fascinado y excitado la visión de mi propio pene introduciéndose en su sexo o
en su boca. Me hace sentir como el actor de una película pornográfica, en la que
ella es la estrella principal.
Pero aquel día ni aquella excitante visión logró
excitarme lo suficiente. Raquel alcanzó un impetuoso orgasmo al mismo tiempo que
yo me movía frenéticamente en su interior tratando de liberar la enorme tensión
que amenazaba con hacer estallar el glande, pero era incapaz de lograrlo, creo
yo que debido a los excesos con el alcohol cometidos la noche anterior. Así que
ahí seguía yo, moviéndome a toda velocidad escuchando como ella continuaba
jadeando sin control preparándose para un nuevo orgasmo, sudando a chorros y
totalmente concentrado en el oscilante movimiento de su culo hacia delante y
hacia atrás. Y fue justo en ese momento cuando me sorprendió con su petición.
- Para, para. Métemela por el culo.
Yo frené mis movimientos y me recliné hacia
delante, pegando mi espalda a la suya y acercando mis labios a su oreja.
- ¿Por dónde quieres que la meta? –le susurré al
oído.
- Métemela por el culo. Quiero que me des por culo.
Yo estaba sorprendido ya que en los cinco años y
pico que llevábamos juntos era esa la primera vez que me pedía algo semejante.
Tan solo una vez lo había intentado yo, casi al comienzo de nuestra relación, y
lo habíamos dejado nada más empezar porque ella se quejó de que le dolía, y como
nuestra vida sexual ya era suficientemente interesante no habíamos vuelto a
intentarlo ninguna vez más sin perjuicio para ninguno de los dos. He de confesar
que la idea de darle por culo me excitaba bastante, pero debido a aquel
frustrante inicio había quedado relegada al cajón de las fantasías. Así que
imaginaos como me puso escucharla pedirme eso.
Y no deseaba que volviera a quedar en una fantasía.
Sin sacársela del coño agarré sus nalgas entre mis manos y las separé, quedando
al descubierto el estrecho agujerito, con esos sonrosados pliegues de carne que
lo protegían. La verdad es que a pesar de las innumerables veces que había
fantaseado con ese momento no sabía muy bien qué hacer a continuación, ya que mi
experiencia en el sexo anal a pesar de mis ya casi cuarenta años es bastante
escasa. A casi todas las mujeres con las que he estado les parecía una cosa
asquerosa, a excepción de Paz, que fue la única mujer a la que he podido dar por
culo, y a las que la idea no les desagradaba sentían tanto dolor nada más
empezar que al igual que Raquel acababan pidiéndome que parara. Y la verdad es
que no acababa de entenderlo ya que la única vez en la que a mí mismo me dieron
por culo había sido molesto al principio, pero no doloroso. No sé, tal vez mi
esfínter sea más elástico.
Introduje el dedo índice en mi boca y lo chupe,
impregnándolo bien en saliva y nada más sacarlo eché sobre la punta un salivazo.
Con prisa por temor a que se me secara bajé el brazo hasta que el mojado dedo
quedó sobre su esfínter y comencé a trazar círculos a su alrededor. Al sentir la
presión sobre su culo ella dio un respingo de placer acompañado por un leve
gemido que la hizo volver a ensartarse en la polla que la llenaba. Mientras con
una mano intentaba separar sus nalgas, con el dedo mojado de la otra intentaba
abrir el agujero de su ano, encontrando más resistencia de la esperada, pero no
por parte de ella que gemía cada vez que la rozaba sino por parte de su tenso
esfínter, que defendía con tesón la entrada a aquel soñado canal. Poco a poco la
presión constante iba haciendo sus efectos y pude conseguir introducir la punta
del dedo consiguiendo arrancarle un pequeño grito, más bien creo que de dolor
que de placer. Pero no estaba dispuesto esta vez a renunciar y no lo saqué, sino
que más bien al contrario presioné hundiéndolo todavía un poco más. Ella se
apretó contra la mesa, aferrándose al borde con garras de acero al mismo tiempo
que mi apéndice comenzaba a moverse en su interior, muy lentamente para tratar
de hacérselo lo menos doloroso posible. A medida que su esfínter se iba
relajando, los movimientos eran más suaves y menos dolorosos para ella, que
liberó la presión de sus manos sobre el borde del tablero y aunque evidentemente
todavía un poco tensa comenzaba a mostrar ciertos signos de que algo le gustaba
sentir el dedo dentro de su culo. Pero claro, un dedo no es una polla, y lo que
yo más deseaba en ese momento no era meterle un dedo sino poder clavarle mi
palpitante verga hasta que no me entrara más. Así que cuando noté que se iba
relajando la saqué de su coño donde todavía permanecía y el glande recorrió
restregándose contra su piel el estrecho margen que la separaba del ano.
Al sentir esa nueva presión, más fuerte, ella
volvió a tensarse, y al notar como empujaba con firmeza y la punta de la polla
se abría paso a través de su enrojecido ano, dilatándose con brusquedad para
acogerla, ella no pudo evitar soltar un grito.
- Para, para. –Me gritó.- Me haces mucho daño, me
duele.
Y yo la saqué porque tampoco era mi intención
violarla. De todas maneras no estaba dispuesto a rendirme tan pronto esta vez y
se me ocurrió una cosa. Me incliné sobre ella acercando mi boca a su oído y le
susurré.
- No te muevas mi amor, quédate aquí. Enseguida
vuelvo.
Y abandonándola sobre la mesa me dirigí corriendo
hacia el dormitorio para coger el bote de aceite que usaba para darle masajes y
cuando regresé al comedor ella todavía permanecía medio tumbada sobre la mesa
con el culo en pompa. Volví a ocupar la misma posición de antes y le restregué
la polla por las nalgas.
- Tranquila, cariño, tranquila. –le susurré viendo
que ella se agitaba nerviosa con cierto temor.- Relájate. Si tú quieres pararé,
¿vale?
Ella asintió con un leve movimiento afirmativo de
su cabeza mientras yo abría el bote de aceite y echaba un chorro sobre mi mano.
No había visto lo que traje del dormitorio y se estremeció al sentir mi mano
impregnada acariciando su culo. Lo masajeé durante un rato con fuerza hasta que
noté que ella se relajaba un poco, momento que aproveché para deslizar el
resbaladizo dedo por encima de su ano y en un rápido movimiento hundirlo hasta
el nudillo. Con el aceite penetró sin dificultad y ella dio un respingo.
- ¿Te duele? ¿Quieres que pare?
Raquel se limitó a hacerme un gesto negativo con la
cabeza. Con la mano que me quedaba libre restregué sus nalgas para a
continuación cogerme la polla y frotármela con el aceite. Estaba muy nervioso,
deseando poder meterla de una vez, así que con cierta brusquedad saqué el dedo
de su culo y apresuradamente me situé justo detrás con la polla apuntando
directamente a su ano. Comencé a empujar firmemente y esta vez no tuve que hacer
mucha fuerza para que su culo se abriera y la cabeza de mi polla penetrara en
aquel inexplorado agujero. Ella se aferró con fuerza al borde de la mesa y
emitió un ahogado gemido, mezcla de dolor y de placer y yo me quedé quieto
dejando que su esfínter se adaptara a esa nueva presencia. Viendo que ella no se
quejaba ni me pedía que abandonara empujé tímidamente y mi polla, resbaladiza
como estaba, se hundió unos centímetros sin encontrar la más mínima resistencia
consiguiendo arrancarle un nuevo grito mezclado con un gemido.
- ¿Quieres que pare, amor? ¿O prefieres que te siga
dando por culo?
No me respondió. Se limitó a levantar un poco la
cabeza y respirar entrecortadamente, casi como si le faltara la respiración.
Volví a empujar con suavidad y se hundió suavemente esta vez hasta el fondo,
hasta que mis huevos chocaron con su coño, y me quedé ahí quieto disfrutando del
momento. Por fin lo había conseguido. Era la culminación de una vieja fantasía.
O mejor dicho el comienzo de la culminación. Escuchaba a Raquel gimiendo y veía
como su espalda se movía de forma rítmica y me llevó un rato darme cuenta de que
se estaba masturbando. En efecto, había soltado una de las manos que la unía a
la mesa y la había deslizado hacia abajo hasta alcanzar su sexo, cuyo clítoris
masajeaba con fuerza a juzgar por el movimiento de su brazo.
La agarré por la cintura y lentamente comencé a
sacársela hasta que con un sonoro "plop" se salió de su culo. Me la agarré con
la mano y volví a apuntar al estrecho agujero, que ahora se veía abierto, y con
un solo movimiento la volví a hundir hasta el fondo, consiguiendo que entre sus
gemidos se escuchara también un pequeño grito. Y la volví a sacar y a meter otra
vez. Y otra. Y otra.
Y me gustaría contaros que me la follé de esa
manera durante una eternidad consiguiendo que ella se corriera infinidad de
veces gritando como una puta. Pero no fue así. Sí es verdad que fue algo
maravilloso e increíble, pero bastaron cinco o seis embestidas mías para que no
pudiera contenerme más y explotara violentamente dentro de su culo. Y lo hice
gritando de una forma descontrolada, cosa extraña en mí, que no suelo hacer
demasiados ruidos al follar, derramando todo mi semen en su interior, en lo más
profundo de su culo y me quedé ahí parado con la polla todavía clavada en ella,
respirando agitadamente, sin apenas darme cuenta del agónico esfuerzo que estaba
haciendo ella con su mano para conseguir su propio orgasmo, un orgasmo que al
parecer no acababa de llegarle y para el que yo no hice lo más mínimo por
ayudarla, tan extasiado estaba con mi propio placer. Y ella no se corrió. Y por
feo que sea decirlo, no me importó lo más mínimo. Por fin había conseguido algo
con lo que había fantaseado infinidad de veces, había dado por culo a Raquel.
Qué más contaros. Que a Raquel a pesar de no
correrse le encantó la experiencia aunque estuviera un par de días con el culo
escocido. Que la hemos repetido durante estos últimos meses, y que la hemos
hecho de una forma tal vez abusiva. Que a pesar de que durante esta última
temporada hemos follado prácticamente todos los días hace ya más de un mes que
no la he metido en su coño y que Raquel ha aprendido a disfrutar con una polla
en su culo. Y que yo también he aprendido a disfrutar con el sexo anal,
descubriendo la infinidad de nuevas sensaciones que puede proporcionar.