Son las 7 de la tarde y Anabella está esperando
impaciente que llegue su esposo. No le gusta que la deje esperando, y Ernesto
siempre llega alrededor de las 6.45. Para Anabella, lo peor de la espera es lo
incomodo de la postura.
Es costumbre que ella lo espere siempre de la misma
forma: con un delantal negro y blanco de criada, la cofia blanca en la cabeza,
sobre una cola de caballo, y descalza. El único adorno que lleva su cuerpo es el
clásico collar negro de cuero con una argolla por delante. Y nada de maquillaje,
Ernesto odia a las putas. La pose es siempre la misma: de rodillas juntas, la
cola sobre los pies. Las manos tomadas por atrás. La vista al piso. Al cabo de
15 minutos, la espalda empieza a dolerle, las rodillas están completamente
entumecidas, al igual que los desdos de los pies. Pero Anabella sabe que su
marido nunca la dejará esperando más del tiempo que ella puede esperar, y en
realidad son pocas las veces que se demora de las 6.45.
Ella siente el ruido de la puerta del ascensor y sabe
que él ha llegado. La puerta se abre y su Amo entra al departamento. Porque a
partir de ahora y hasta las 12 de la noche Ernesto no es más su marido sino su
Señor, su Amo, su Dueño. Así lo han convenido ambos, y así les gusta que sea.
Todo comenzo en los primeros meses de matrimonio,
cuando aún se estaban acostumbrando a vivir juntos, y aún se estaban conociendo.
Ernesto siempre había sido muy puntual en sus gustos y en sus espectivas, y
varias veces, viendo que Anabella no incorporaba los nuevos conocimientos sobre
su marido con la prontitud y exactitud que él esperaba, el mismo se propuso
disciplinarla. Cuando le explicó a Anabella lo que iba a hacer, lo llamó
disciplina doméstica. Era muy simple: el le explicaría una vez lo que hacía mal,
si ella incurría en el error una segunda vez, el le haría cumplir algún castigo
acorde a la falla.
Y la verdad es que a Anabella le pareció muy bien.
Sabía que no era muy consistente con las atenciones que debía prestarle a su
esposo y le pareció lo más lógico que él tomara cartas en el asunto para
asegurase que el matrimonio no se desbarranque. Ambos sabían que la vida de
casados podía llegar a ser muy complicada y no querían ser como esos matrimonios
donde las continuas fallas en el otro no hacían más que terminar con el propio
matriomonio.
Pero también había otra verdad, Ernesto comenzó a ser
cada vez más quisquilloso con sus requerientos, los detalles, los horarios, los
lugares, que pronto no había un día que pasara sin que Anabella necesitara una
"disciplina doméstica". Pero ella era felíz, no veía a mal que su marido se
tomara cada vez más atribuciones a la hora de manejar el hogar, al contrario.
Había algo en esta nueva forma de vida que los iba uniendo como pareja cada día
más.
Al principio los errores eran puramente de índole
doméstico. Una de las primeras veces, Anabella no había preparado la cena a
tiempo porque se había entretenido mirando una película en el cable, y cuando
Ernesto llegó a la casa, apenas si estaba encendiendo el horno para cocinar el
pollo. Pero Anabella entendió que no había tenido criterio a la hora de actuar,
ya que Ernesto trabajaba todo el día para mantener el hogar, y lo mínimo que se
merecía era llegar y que la comida estuviera lista o cerca de estarlo. En esta
ocación, el castigo había consistido en que Anabella debía permanecer lo que
quedara del día con una cinta de embalaje en la boca, por lo que no podría
probar el pollo que iba a cocinar, no podría beber líquidos hasta el día
siguiente, y por supuesto, no podría hablarle a Ernesto.
De a poco los castigos se fueron haciendo más
corporales, aunque nunca dejaba de haber un poco de humillación en los mismos,
ya que Ernesto mantenía que la humillación era lo que realmente provocaba un
cambio de actitud, dando lugar al acto de contrición.
En otra ocación, por ejemplo, ya pasados unos largos
meses desde las primeras disciplinas domésticas, Anabella había comprado una
blusa demasiado escotada. El escándalo se produjo cuando Ernesto se entero de
que había estado paseando por la ciudad con esa blusa, y no había limitado su
uso a la intimidad de su hogar, dando la ocación de que todo el pueblo mirara
sus atributos.
- Veo que usas está blusa porque estás contenta con tus senos, y no te
averguenza andar mostrandolos en público. Pero ya deberías saber que esos
senos son únicamente para mi deleite, para mi gozo, y no para el gozo del
resto de los hombres de esta ciudad. ¿Estás de acuerdo con esto, Anabella?
- Sí, Ernesto, lo siento. Debí ser más cuidadosa a la hora de elegir la
ropa que usaría para salir a la calle. Te prometo que no volverá a suceder.
- ¿Entiendes que tus tetas me pertenecen y que solo yo puedo gratificarme
con ellas?
- Sí, mi amor. Lo entiendo y estoy de acuerdo contigo.
- Bien, ahora vamos a tratar de que este ejercicio haga que lo que acabas
de aprender se te grabe en la memoria.
- Gracias, mi amor. Prometo cumplir con el casitgo que me impongas, y
entiendo que es para que pueda ser una mejor esposa.
- Muy bien, ahora quiero que vayas a la habitación y me traigas un
corpiño.
Acto seguido, Anabella le trajo un corpiño de algodón
blanco. Ernesto fue hasta el escritorio y sacó de uno de los cajones una caja de
chinches y la cinta plateda. Cortó 4 pedazos de cinta, clavó las 50 chinches que
traía la caja sobre el lado del pegamento de la cinta, y pegó dos cintas en cada
taza del corpiño. El resultado era un nuevo corpiño más duro y con 25 pinches
cada uno. Luego se le ordenó que se quitara la blusa y el corpiño que llevaba y
él mismo le puso el nuevo corpiño. La dejó con él toda la noche, y a la mañana
siguiente, cuando se despertó, le ordenó que se quitara el corpiño frente al él.
Ella no se hizo esperar, sus senos le dolían demasiado y he hecho apenas si
había podido dormir con el corpiño puesto. Cuando se lo retiró, pudo ver lo que
tanto le había hecho doler: sus dos senos estaban completamente enrojecidos, y
donde habían pichando las chinches, ahora había puntos rojos. Los pinches de las
chinches había lastimado la piel.
- Muy bien, amor, supongo que hoy no tendrás tantas ganas de andar
exhibiendote en público.
- Lo siento, cariño, te prometo que no lo volveré a hacer.
- ¿No tienes nada más para decirme?
- Si, amor. Gracias por esmerarte tanto en que sea una buena esposa para
ti.
Con el pasar el tiempo, las sesiones de disciplina se
habían vuelto cosa de todos los días, por lo que a esta altura, la pareja había
llegado a la conclusión de que, directamente, todos los días dispondrían de la
tarde y la noche para estos menesteres.
Ahora Anabella sabía que su lugar dentro del hogar era
el de complacer a su marido como una criada, por eso el uniforme, y por otro
lado, el de complacerlo sexualmente, por eso el hecho de que no llevara nunca
ropa interior dentro del hogar.
Ernesto llegó a su casa unos minutos pasadas las 7 de
la tarde. Ella lo esperaba en la posición de espera, y con la ropa
correspondiente. Sabía que debía mirarle a la cara a menos que tuviera la
certeza de que podía hacerlo, y eso nunca pasaba hasta pasados unos minutos de
que él hubiera arribado. Si estaba de buen humor y ella había cumplido con todas
sus tareas, seria una tarde tranquila donde disfrutarían en su mayoría de una
tarde relajada y en armonía. Si estaba de mal humor, o si su mal humor aparecía
cuando notaba alguna falta de ella, sabía que tendría una tarde agitada y en
esos casos ya había aprendido que nunca debía mirarlo a los ojos.
Ernesto le tendió el manojo de llaves y el maletín
para que lo guardara. Pasó directamente al cuarto de baño y se lavó las manos.
Dejó el saco del traje sobre una silla, que ella tomó inmediatamente y guardó en
el ropero. Cuando Anabella volvió al living, con la vista baja, Ernesto le dijo:
- Acabo de notar dos cosas: si puedes decirme cuáles son, y tienes una
excusa para ellas, puede que tu castigo sea más leve.
- Lo siento, Amo (a estas alturas ya había pasado a ser su Amo). Tuve la
necesidad de orinar muy cerca de la hora, y luego tuve miedo de no estar a
la espera cuando abriera la puerta, por lo que no he podido bajar la tapa
del inodoro. Pero no puedo pensar en el segundo error. Estoy muy apenada.
- Muy bien, te has dado cuenta sola del primer error. Pero el segundo es
sencillamente imperdonable. Se ve que en tu urgencia por salir del baño, has
dejado una gota de orina en la tabla del inodoro.
Anabella se ruborizó completamente. Esta vez no le
salieron las palabras, estaba totalmente paralizada.
- Parece que más que una esposa tengo frente a mi a un cerdo, un animal de
la jungla. Hasta un perro tiene mejores modales que tu para hacer sus
necesidades!
- Lo s..s…si..
- Callá, no quiero escuchar qué débiles excusas inventas para este
inexcusable acto. Ahora vete al rincón, quiero pensar en tu castigo.
Anabella corrió al rincón del living, junto sus manos
en su espalda y se quedó parada mirando la pared. Ernesto se fue al baño a
meditar. Al cabo de un rato largo volvió con una resolución tomada.
- Muy bien. Hoy te llamaré cerda por lo que queda del día, ya que no te
has ganado que te llame como a una persona. Las personas no orinan el
sanitario. Ademas, claro está, has perdido el privilegio de usar el inodoro
hasta nuevo aviso. Hoy aprenderas a ser un inodoro, ya aprenderás a respetar
un inodoro.
Anabella, todavía con la vista clavada en la pared,
pudo esta vez articular las palabras.
- Gracias, mi Señor, se que no merezco los esfuerzos que dispensa en mi.
Sé que mi falta fue grave y estoy dispuesta a cumplir el castigo que haya
dispuesto para mí, con gran aceptación.
- Primero quiero que te quites toda la ropa, excepto el collar. Los
animales no usan ropa, cerda, así que quítate el delantal y la cofia. Hoy no
eres merecedora de ellos.
Ella salió del rincón se paró en el medió del living,
se quito presura las pocas prendas que vestía, y quedó totalmente desnuda. Dejó
la ropa sobre una silla y se quedó parada a la espera de nuevas órdenes.
- Por lo menos puedo decir que tengo una cerda obediente. Vamos, rápido,
trae una jarra de agua y un vaso de la cocina.
Ella salió presurosa, y trajo la jarra y el vaso.
Ernesto se había sentado en su butaca preferida y había prendido el noticiero.
Anabella sabía lo que seguía, de memoria. Dejo la jarra y el vaso en la mesa de
junto y fue a buscar un cigarrillo. Lo encendió en la cocina y se lo llevó a su
marido. Le sirvió un vaso con agua y se arrodilló entre la butaca y la mesa de
junto, con las manos en cuenco, para recibir las cenizas que el fuera a
depositar.
Ernesto tomó un vaso entero de agua, y Anabella le
sirvió otro sin que lo tuviera que pedir. Pero hoy él estaba realmente muy
enojado. Le ordenó que abriera la boca y que sacara la lengua. Debía mantenerse
en esa posición hasta que terminara el cigarrillo. Esta vez las cenizas fueron
cayendo en su boca. No la quemaba ya que las cenizas no estaban calientes, pero
el sabor que le quedaría en su boca le duraría unas varias horas. Cuando había
terminado el cigarrillo, se lo puso en la boca, por lo que ella tuvo que cerrar
la boca para evitar que el cigarrillo se le cayera. Fue a la cocina, apagó el
cigarrillo con le agua de la cocina y escupió todo lo que pudo en la bacha.
Volvió y le sirvió otro vaso de agua.
Este rutina duró hasta que terminó el noticiero, a las
8. Para ese entonces, la vegija de Ernesteo estaba lista para el desagote.
- Vamos, cerda, hoy serás mi inodoro.
Enrique la tomó del brazo y la llevó hasta el baño. La
hizo sentarse de rodillas en la ducha y le ordenó que mirara siempre al piso.
Luego, sacó su pene y descargó un gran chorro de orina sobre su cabeza. La orina
cayo por su cara y sus pechos y espalda, para terminar en sus piernas y luego en
la bañera. Interiormente, Anabella agradecía que no le hubiera hecho abrir la
boca.
Acto seguido, habrió la ducha de agua fría y la dejó 4
minutos bajo lluvia helada. No le dio indicaciones de que cambiara de posición.
Cuando volvió al baño a cerrar la ducha, Anabella estaba tiritando. La sacó de
la bañera, la paró en mitad del baño. Tomó una toalla limpia, secó la bañera y
el suelo del baño, la pasó por la tabla del inodoro y luego la secó a ella, con
brusquedad, como quién seca el pelaje de un perro.
Lo mismo se repitió 2 veces más esa noche. De más está
decir que Anabella no comió con su Amo en la mesa del comedor, sino que comió su
comida y bebió su agua de unos platos que había puesto en el piso de la cocina.
Una vez recogidos los platos de la cena, Anabella fue hasta el living y le pidió
a su Amo.
- Disculpe, Amo, no es mi intención molestarlo, pero necesito su permiso
para ir al baño.
- Finalmente la cerda está aprendiendo que hay un lugar específico para
eso.
- Realmente lo siento, Amo, prometo que no volveré a cometer ese error,
pero por favor, necesito su permiso para ir al baño.
- ¿Y que tienes que hacer en el baño, cerda?
- Tengo que orinar, mi Señor.
- Pues vas a tener que aguantarte, cerda. No creo que te hayas ganado el
privilegio del baño todavia.
- Por favor, mi Señor, haré todo lo que me pida, pero me urge ir al baño.
- ¿Tanto es así?
- Si, mi Amo, tengo la vegija llena de pis, y siento que si espero un poco
más voy a reventar. No quise pedirle permiso antes porque no lo quería
importunar, y esperaba que para cuando llegara este momento ya hubiera
terminado el castigo, pero veo que no es así, y no tengo otra opción más que
rogarle, por favor, que me permita orinar.
- En algo tenías razón. Todavía no te has ganado el privilegio de usar el
baño, pero ve a buscar unos periódicos viejos y tráelos enseguida.
Así lo hizo, en instantes estaba Anabella de vuelta
con una pila de periódicos.
- Vamos, cerda, que no tengo toda la noche. Sal al balcón, así como estás,
no me importa si te ven los vecinos. Despliega varias hojas de papel en el
piso, como hacen los dueños de perros, y orina allí si tanta necesidad
tienes.
- Pero Amo, no puedo hacerlo, todavía es temprano, y hay mucha gente
despierta, muchos podrían verme.
- Eso tendrías que haberlo pensado antes, ahora es tarde. Quiero que te
pares en el balcón, mirandome a mí, y te sientes en cuclillas, como una
perrita hembra, y orinas sobre el papel de diario.
Anabella entendía que su Amo no iba a ceder, pero no
podía esperar más tiempo. Abrió el ventanal que daba al balcón, hacía mucho frio
y su pezones se erectaron al instante. Desparramó los papeles sobre el piso, se
sentó en cuclillas de espaldas a la baranda, y abrió bien las piernas. El frió
la había hecho que se le ponga la piel de gallina, y la vergüenza extrema de lo
que se veía obligada a hacer, la habío hecho ruborizarse gravemente. Pero la
satisfacción de haber podido orinar hizo que valiera la pena tanta humillación.