PUTAS CALLEJERAS (I)
La continuación de "Carolina y Susi: el reencuentro"
La brisa vespertina de aquel 21 de Septiembre de 2.005 mecía
suave y rítmicamente mi larga y cuidada melena. En esa misma fecha se cumplían
once años de mi estreno oficial en el arte de "hacer la calle". Y ahora, más de
una década después, volvía a tomar contacto con la prostitución del más bajo
nivel y de la peor de las famas.
Había quitado la capota de mi Volkswagen Golf GTI convertible
para aprovechar el agradable vientecillo que la velocidad provocaba, aplacando
en parte el intenso bochorno de aquel caluroso mes de Septiembre. Jamás hubiera
imaginado que a mis 28 años, y siendo y siendo una de las putas con mejor caché
de toda la ciudad, con experiencia en varios burdeles de reconocida categoría, y
tras un exitoso -pero fugaz- paso por el mundo del cine porno, regresaría a
aquel polígono a ofrecer mis servicios a todo aquel que tuviese unos míseros
Euros en el bolsillo.
Estoy nerviosa, Carol – dijo Susi, interrumpiendo
los recuerdos que sobre mi propio pasado me fluían por la mente.
No lo estés, Susi – la dije sin apartar la vista
de la carretera – Es un día que recordarás siempre. La primera vez
que haces algo, debes disfrutarlo a tope … porque esa primera vez ya
no volverá – la expliqué - ¿Aún recuerdas la primera vez que
nuestras bocas se encontraron, que mi lengua jugueteó con la tuya
mientras te metía los dedos en el coño? ¿Recuerdas aquel día en los
servicios del colegio, Susi?
¡Claro que sí, Carol! ¡Cómo iba a olvidarlo!
¿Y no te gustaría por un momento volver a
experimentar aquellas sensaciones, aquel primer lametón en mi coño …
la primera vez que te corriste con mi lengua jugueteando en tu
conejo? – la pregunté. Antes de que pudiera contestar, continué –
Podremos repetirlo cientos de veces … cada día si nos apetece … pero
en nuestro recuerdo permanecerá imborrable aquella primera vez. Del
mismo modo que jamás olvidaré el día que perdí la virginidad, la
primera polla que chupé o la primera escena porno que grabé –
argumenté.
Entiendo – dijo Susi con su habitual inocencia y
su permanente gesto bobalicón.
Hoy es tu primera vez en la calle. Lo harás
muchas más veces, pero siempre recordarás este día porque es
especial. Y como es especial, debes disfrutar de cada momento … de
cada cliente … de cada polla … de cada Euro que te embolses, …
Dejé que mis palabras hicieran mella en su influenciable
personalidad y guardé silencio durante unos instantes. Susi permanecía con la
mirada fija en la carretera, absorta, sumida en Dios sabe qué pensamientos. Era
insegura por naturaleza y temía no dar la talla, no resultar tan buena como yo
misma había pronosticado. Aprovechando un semáforo en rojo, me coloqué mis
llamativas gafas de sol a modo de diadema, sobre la cabeza, de tal forma que
sujetasen el flequillo de mi larga melena. La miré con detenimiento, sentada a
mi derecha, contemplando lo atractiva que estaba con aquella ropa que habíamos
escogido concienzudamente para ella entre mi madre y yo. Unas botas negras de
caña alta hasta las rodillas, abotonadas por delante, con unos tacones de diez
centímetros; medias de rejilla blanca hasta media pierna; una minúscula
minifalda negra que dejaba totalmente al descubierto sus torneados muslos,
insinuando la generosidad de su trasero; una ajustadísima camiseta de lycra
blanca que se ceñía como un guante sobre su poderosa delantera, marcando a la
perfección sus pezones, libres de sujetador alguno; y unos llamativos y enormes
pendientes de aro completaban su atuendo. Estaba preciosa. Me hubiera lanzado
sobre ella, a mordisquear sus carnosas tetazas o a sobarle el culo, de no ser
porque el semáforo volvió a su fase verde y había que reanudar el camino.
¿Cómo fue tu primer día en la calle, Carol? – me
preguntó.
Fue emocionante, Susi – respondí, antes de
comenzar a narrar aquella fecha inolvidable en que, a mis 17 años
recién cumplidos, mi madre me dejó en el mismo polígono industrial
de la misma localidad a la que ahora nos dirigíamos.
"Corría el verano de 1.994. Las clases ya habían terminado y
hacía tiempo que había decidido abandonar el colegio para seguir los pasos de mi
madre y mi hermana en el mundo de la prostitución en el que ellas mismas me
habían iniciado unos meses antes, mientras cursaba 3º de BUP. Cumplidos los
diecisiete, mi madre insistió en que mi formación de puta pasase
obligatoriamente por una temporada haciendo la calle. Yo no compartía ese
criterio, pues había pasado el último año prostituyéndome, sustituyendo a mi
propia hermana como puta "oficial" del colegio, además de participar en las
peculiares fiestas que organizaba el director, Don Alfredo, y en las que el
centro de atención era aquella descarada jovenzuela llena de ilusiones y
fantasías, ansiosa por demostrar a todos el talento que atesoraba y el magnífico
futuro que le aguardaba como meretriz. Ello por no hablar de las orgías que mamá
organizaba en casa y en las que, esporádicamente, me venía dejando participar.
No había, por tanto, necesidad de lanzarme a la calle y correr los evidentes
riesgos de prostituirme en tan deplorables condiciones, subiéndome a coches de
absolutos desconocidos y potenciales psicópatas en busca de emociones fuertes al
más puro estilo del mismísimo Jack "el destripador", sin más protección frente a
estos peligros que mi ingenio y un acusado sexto sentido que, por suerte,
siempre me ha acompañado. Sin embargo, mi madre había sido tajante: "la mejor
escuela es la calle … y toda puta que se precie tiene que haber pasado por ello.
Dentro de unos años, recordarás este tiempo como sumamente enriquecedor y
excitante."
Mi madre, con dos décadas de experiencia como puta, quería
ofrecerme las enseñanzas y la educación que ella nunca tuvo. Siempre se quejaba
de que tuvo que aprenderlo todo ella sola, sin ayuda de nadie … y con dos hijas
a su cargo. Por ese motivo, quería que a nuestra formación como putas no le
faltase ningún detalle. Hacía meses que había incorporado a Alicia a su negocio
en casa, donde recibía clientes a diario. Y para mí tenía pensado que trabajase
en uno de los burdeles en los que ella misma había prestado sus servicios años
atrás. Aquella idea me parecía excitante y no dejaba de preguntarla con
impaciencia cuándo me llevaría allí. Sin embargo, durante meses estuvo dándome
evasivas, retrasando aquel deseado momento y prometiéndome que cuando terminase
el curso por fin podría trabajar en uno de aquellos puticlubs. En cambio, cuando
llegó el verano y el curso concluyó, mi madre me explicó que debía estar un
tiempo haciendo la calle, para coger tablas y experiencia.
Ese mismo día, y una vez que hubo anochecido, me llevó en
coche hasta un pequeño municipio del extrarradio de la capital. Pintada como una
puerta para aparentar más edad de la que realmente tenía, y vestida como una
furcia barata, mi madre no dejada de decirme lo orgullosa que estaba de mí:
Cariño, ¡me hace tanta ilusión que vayas a hacer
la calle! – exclamaba continuamente para darme unos ánimos que, por
increíble que parezca, no necesitaba, ya que estaba tan excitada
como el primer día que me prostituí en el colegio, meses atrás –
Verás qué bien va todo. Vas a ser la fulana más joven de todo el
polígono y tendrás un montón de clientes durante toda la noche.
¿A qué hora vendrás a recogerme?
Sobre las seis – respondió – Ahora tengo un
servicio a domicilio con un cliente habitual – me explicó – Luego
iré a casa a dormir un rato. Y al amanecer pasaré a recogerte.
Espérame a esa hora en la misma rotonda en que te voy a dejar ahora,
¿vale, cariño?
Durante unos minutos permanecimos en silencio, mientras mi
madre conducía por la M-30, rumbo a la A-2 (Autovía de Barcelona). La oscuridad
se había apoderado de la ciudad y la luna brillaba por su ausencia. Estaba algo
contrariada porque pensaba que aquello no era necesario, que ya había demostrado
ser una puta lo suficientemente buena como para poder trabajar en un burdel,
pero la idea de pasarme la noche follando con desconocidos, comiendo pollas y
siendo sobada por camioneros y borrachos que acudían a aquellos sucios y
semi-abandonados polígonos en busca de carne fresca para pasar un rato divertido
"metiendo en caliente", me ponía muy cachonda. A pesar de estar excitada e
impaciente por ponerme a la tarea cuanto antes, quería mostrarme serena ante mi
madre, para que viera lo profesional que era. Para no hacer más evidente mi
creciente excitación, intenté distraerme escuchando algo de música.
"No, no limits, we'll reach for the sky.
No valley too deep, no mountain too high. No, no limits, won't give
up the fight. We do what we want and we do it with pride …" -
"No limits", del dúo Two Unlimited.
Era una de las canciones de moda, de esas que se bailaban a todas
horas en las discotecas que yo había dejado de frecuentar en el
último año. Mis escasas nociones de inglés sólo alcanzaban para que
comprendiese que la letra hablaba de que no había límites. Pensé que
era muy apropiado para ese momento, porque no tenía límites y a mis
17 años recién cumplidos iba a prostituirme en la calle, alentada y
dirigida por mi propia madre, y no iba nerviosa, avergonzada o
preocupada, sino más salida que el pico de una mesa. "¡Exacto!
Soy una zorra sin límites", pensé mientras movía ligeramente mis
pies sobre unos tacones infinitos al son del estribillo. Aquella
melodía me acompañó durante toda la noche. Se había metido en mi
cabeza y sabía que por más pollas que mamara y más veces que botara
sobre algún cincuentón sudoroso y bebido en el asiento trasero de un
coche con su rabo incrustado en mis entrañas, no lograría apartar de
mi mente aquella melodía, que quise interpretar que me decía que me
había convertido en una puta sin límites.
Mira, Carol – dijo de pronto mi madre, tomando
uno de los desvíos de la A-2 – Ya casi hemos llegado.
Apenas un par de kilómetros después, llegamos a un polígono
industrial de calles amplias, con una pequeña mediana que separaba los sentidos
de la circulación del tráfico. Naves y más naves, muchas en un estado ruinoso,
se alzaban a ambos lados de las calles. Podía verse algún camión aparcado, pero
apenas si nos cruzamos con dos o tres coches. No parecía que hubiera mucha
actividad y por un momento temí que mis pretensiones de pasarme la noche
atendiendo clientes, y hacer una buena "recaudación", quedasen en una mera
ilusión.
¡Esto está vacío, mamá! – exclamé mostrando mi
evidente descontento – Aquí no pillo ni un resfriado.
Tranquila, nena … que ahora llegamos a la calle
principal – me tranquilizó.
Mamá giró a la izquierda y ante nosotras se abrió un paseo
mucho más amplio aún que las calles que hasta el momento habíamos transitado.
Unos instantes después, y en la oscuridad de la noche, apareció a nuestra
derecha la primera prostituta. Apenas si la recuerdo, pero era evidente que
estaba entradita en años. Su aspecto era demacrado, casi enfermizo. Más que una
fulana parecía una vagabunda o una yonki intentando conseguir un chute que el
calmase el "mono". Fuimos dejando a nuestro paso a más putas, de parecidas
características a la primera. Ninguna de ellas me pareció mínimamente atractiva.
Todas presentaban un aspecto lamentable e incluso poco higiénico. Pensé que a
poca actividad que hubiera en aquella zona, y modestia aparte, no había allí
ninguna buscona que pudiera hacerme sombra … y que cualquier tipo en su sano
juicio me elegiría a mí para pasar un buen rato antes que a cualquiera de
aquellas viejas putas desdentadas.
Como todas las fulanas sean así, ¡me voy a
hinchar a follar! – me dije a mí misma, ilusionada e impaciente por
entrar en faena.
¡Hemos llegado, Carol! – me dijo al tiempo que
accionaba el freno de mano en una pequeña rotonda vacía -
¡Ten mucho cuidado!
Tranquila, mamá. Sé arreglármelas solita –
respondí con seguridad, mientras abría la puerta y me esforzaba por
sacar del coche los tacones de doce centímetros que había elegido
para la ocasión.
Dame un beso, cariño – me pidió. Me incliné hacia
ella y besé con suavidad sus labios siliconeados. Antes de que
pudiera dar media vuelta y salir del coche, me cogió del brazo – Ten
cuidado, Carolina. Y pórtate como la puta que eres – añadió,
guiñándome un ojo con picardía.
Sí, mamá. No te preocupes – dije con gesto
despreocupado, como si aquello fuese "pan comido". Acto seguido, me
apeé del coche y compuse ligeramente mi atuendo, colocándome la
faldita de cuero y colgándome el bolso del hombro.
Recuerda, Carol: a las seis pasaré a recogerte.
En esta misma rotonda, ¿vale, cariño? – me gritó a través de la
ventanilla, mientras arrancaba el coche e iniciaba la marcha. Asentí
haciendo un ademán con la mano y, segundos después, pude ver cómo se
alejaba por el mismo camino que nos había llevado allí.
Eché un vistazo a mi alrededor para comprobar que ninguna de
aquellas putas del polígono estaba cerca. Supuse que una de las primeras tareas
era marcar territorio, que todas las fulanas del lugar supiesen que aquella
rotonda era mía. Caminé unos metros hacia lo único que iluminaba tenuemente la
zona: una vieja farola de luz amarillenta. "Habrá que ponerse en un lugar
iluminado para que se vea bien la mercancía", pensé mientras me apoyaba
sobre la roñosa farola y miraba a izquierda y a derecha en busca de algún
vehículo que se aproximase a la zona.
Eran las once y media de la noche y aún no había avistado ni
el más mínimo indicio de actividad. Llevaba unos veinte minutos y empezaba a
temer que por allí no pasase nadie o que los potenciales clientes se quedasen
con las putas que estaban apostadas a lo largo del trayecto, pues había que
pasar junto a todas ellas para llegar adonde estaba yo, cuando atisbé las luces
de un coche a unos cien metros. El vehículo avanzaba despacio hacia mi rotonda.
Giró acercándose muy lentamente. Cuando llegó a mi altura, pude advertir que se
trataba de un Opel Ascona azul oscuro. La ventanilla derecha se bajó mostrándome
el rostro imberbe de un joven de no más de 20 años, que me miraba de arriba a
abajo sonriente. Le devolví la sonrisa con el gesto más lascivo que pude
concebir, al tiempo que echaba hacia atrás mi larga melena con toda la
coquetería de que fui capaz. Para mi sorpresa, y decepción, el coche no se
detuvo, sino que continúo a la misma velocidad haciendo el giro entero de la
rotonda y deteniéndose justo en el lado opuesto. Durante unos segundos, los dos
integrantes del vehículo mantuvieron una conversación y, casi al instante, el
Opel Ascona completó el giro de la rotonda y se detuvo junto a mí.
¿Cuánto? – me preguntó el joven sentado en el
asiento de copiloto, al tiempo que sus ojos recorrían mis torneadas
piernas.
Mil chupar; dos mil follar – respondí
tajantemente, para que vieran que los precios no eran negociables.
¡Marchando dos mamadas! – exclamó el conductor.
El acompañante respondió a tan ingenioso comentario con una risa
nerviosa, propia de un adolescente al que la testosterona se le
salía por las orejas.
Muy lentamente, el conductor acercó el coche hacia la cuneta
de la rotonda. Durante unos segundos, y con el motor del coche apagado, sólo se
escuchó en el silencio de aquella calurosa noche de Verano el tintineo de los
infinitos tacones sobre los que me alzaba, golpeando sobre el asfalto de aquella
sucia y retirada rotonda, caminando en busca de las dos primeras "presas" que
había logrado capturar en mi estreno como puta callejera.
¿Quién va a ser el primero? – pregunté mientras
acomodaba mis posaderas sobre el asiento trasero de aquel viejo y
destartalado Opel Ascona.
¡Yo! – exclamó nervioso el copiloto.
Pues … ¡pasa a mi despacho! – le dije sonriendo e
indicándole con un gesto que se acomodase en el asiento trasero. Un
instante después, el conductor había abandonado el vehículo y
esperaba fuera su turno – La pasta por delante – le exigí al otro,
mientras se bajaba los pantalones.
Sí, sí … sí, claro – tartamudeó entregándome un
arrugado billete de mil pesetas que guardé en mi bolso.
¡Vaya! – exclamé – Veo que estás bien dotado –
mentí para que se sintiera más cómodo y relajado. El chico estaba
totalmente empalmado y presentaba un miembro de no más de quince
centímetros. Acaricié suavemente su capullo durante unos instantes,
mientras le miraba fijamente con el gesto más lascivo que pude
adoptar.
¡Ohhhhh! – exclamó al sentir el tacto de mi dedos
en su glande, momento que aproveché para empezar a menearle la polla
lentamente.
¿Quieres que usemos condón? – le pregunté. Antes
de que pudiera responder, me anticipé haciendo una aclaración – Que
conste que estoy sana y que no me gusta chupar un trozo de látex.
Prefiero el contacto directo polla-boca. Pero tú mandas …
¡No! ¡Chúpamela así! – exclamó muy excitado por
mis palabras y por el masaje de polla y huevos que le estaba
dedicando para hacerle entrar en calor. Además, era evidente que
estaba deseando meterme la polla en la boca.
¡Así me gusta, valiente! – le dije con la mejor
de mis sonrisas. Acto seguido, me metí su polla en la boca. Lo hice
como me habían enseñado mi madre y mi hermana: de un golpe seco
hasta notar su capullo en mi garganta.
Disfruté de lo lindo los siguientes minutos. Mamé con
glotonería su polla, acelerando y reduciendo el ritmo de mis chupadas
alternativamente, acariciando con suavidad sus cojones. Estaba superexcitada y
deseosa de que me inundase la boca con su leche caliente y pastosa, pero quería
disfrutar el momento, alargarlo controlando la situación, sintiéndome una puta
experimentada. De pronto, el otro chico interrumpió la mamada.
¿Os queda mucho? – preguntó asomándose por la
ventanilla trasera del Opel Ascona.
No te impacientes, nene. Espera tu turno – le
dije sin dejar de menear la polla de su amigo. De pronto, una
lucecita se encendió en mi cabeza. Tenía una idea para aplacar la
impaciencia de uno sin dejar de mamársela la otro - A no ser que …
queráis que os atienda a los dos – insinué – Por dos mil "pelas"
más, dejó que me folléis los dos, además de chupárosla.
¡Venga, zorra! – exclamó mientras se aflojaba el
cinturón con una mano, y con la otra buscaba en uno de sus bolsillos
- ¡Toma!
Me entregó dos billetes de mil, que guardé en mi bolso al
tiempo que salía del coche para recomponer la situación. Cogí una mano del que
estaba fuera y la llevé a mi escote.
¡Méteme mano sin miedo, que va incluido en el
precio! – le dije con descaro. El tipo sonrió y empezó a sobarme las
tetas por encima del top, buscando mis pezones con los dedos índice
y pulgar - ¿Qué te parece si te la chupo a ti mientras tu amigo me
la mete por detrás? Supongo que querrás probar mi boca antes de
follarme … - insinué.
Tras asentir con la cabeza, le ordené que se sentara en el
asiento trasero del coche, con la puerta abierta y las piernas hacia fuera. El
otro abandonó su posición y se animó a imitar a su compañero dedicándome una
rápida sobada de tetas mientras recomponíamos la escena. Me giré hacia delante,
manteniendo mis piernas rectas y poniendo el culo en pompa para ofrecérselo al
que debía follarme, lo que provocó que mi estrecha faldita de cuero cediese
hacia arriba, de tal forma que mi generoso pandero quedó al descubierto. El que
se había sentado en el asiento del coche ya tenía la polla fuera de los
pantalones y repetí con él lo que le había hecho momentos antes a su compañero,
acariciando, lamiendo y meneando su polla. El otro se había ubicado tras de mi y
sobaba mi culo y mis muslos al tiempo que restregaba su cipote por mi
entrepierna.
¡Quieres metérmela de una vez, cabrón! – exclamé
presa de la excitación – ¡Estoy deseando sentir tu polla dentro de
mi puto coño!
¡Ahora mismo, zorra! – me dijo apuntando su
capullo a mi chumino - ¡Te voy a destrozar!
¡Ahhhhh! – exclamé con la polla del otro metida
en mi boca cuando sentí su rabo deslizándose en mis entrañas.
¿A qué chupa bien? – preguntó el que me follaba,
cogiéndome por la cintura y comenzando las embestidas.
¡Uffffff! ¡Ya te digo! – confirmó el otro - ¡Es
una jodida chupapollas!
Aquella escena apenas si duró treinta segundos porque detecté
que aquel par de niñatos podían empezar a correrse en cualquier momento y había
pactado que me follarían los dos. Sabía que la mayoría de las putas callejeras
sólo persiguen que sus clientes se corran cuanto antes, sin preocuparse mucho
por lo que puedan disfrutar y, por descontado, sin gozar ellas lo más mínimo.
Pero yo no era una puta cualquiera. Disfrutaba con aquello tanto como aquel par
de jóvenes, o incluso más. Ser puta no era para mí sólo un oficio, algo con lo
que buscarme la vida. Nada de eso. Ser puta era mi vocación.
Por eso, y aunque podía haber prolongado aquella postura
durante medio minuto más para que ambos alcanzasen el orgasmo, sugerí que antes
ambos debían probar mi coño.
¡Venga! ¡Ya está bien! – les dije sacándome sus
pollas de mi boca y de mi coño – Que os vais a correr los dos y aún
tienes que follarme tú.
¡Es verdad! – exclamó al que se la había estado
chupando un momento antes – Eres una furcia muy profesional.
¡No os mováis! – les ordené – Tú quédate sentado
que te voy a follar yo a ti – le indiqué mientras me sentaba sobro
su cipote recién salido de mi boca. Me acomodé su polla apoyando uno
de mis taconazos sobre el cenicero de la puerta abierta y empecé a
deslizarme suavemente sobre su rabo – Y tú … ¡acércate! Que te voy a
limpiar la polla de mi jugos vaginales.
Apenas si habíamos recompuesto nuevamente el trío, cuando una
voz potente y autoritaria nos sorprendió.
¿Necesitáis ayuda con la chica?
El ritmo de la follada se detuvo en seco cuando los tres
advertimos a una pareja de policías municipales, ataviados con su traje azul y
sus bandas reflectantes en la pechera, los pantalones y la gorra. ¡Nos había
pillado la pasma! En mi primera noche haciendo la calle. ¡Joder, qué mala
suerte! Tenían el coche estacionado junto al de aquellos chicos-clientes.
Obviamente, no llevaban los luminosos conectados. Los muy cabrones habían ido
allí con sigilo, como si persiguieran la detención de alguien. ¡Y no me había
percatado de su llegada! Estaba demasiado metida en faena, demasiado excitada
con mi primera pareja de clientes como para advertir la llegada del coche
patrulla. ¡Craso error!, me lamenté una y otra vez mentalmente.
¡Venga! ¡Vosotros dos! ¡A casita si no queréis
pasar la noche en el calabozo! – dijo uno de los agentes con
autoridad. Ambos, tras un primer momento de estupor y vacilación por
lo inesperado de la irrupción de aquella pareja de agentes,
reaccionaron de inmediato y, sin decir palabra, subieron al coche y
emprendieron rápidamente la marcha, alejándose en la oscuridad de la
noche. Entretanto, recompuse mi indumentaria, colocándome el top y
la faldita y atusándome la melena.
Bueno, bueno, bueno … ¿qué tenemos aquí? – lanzó
retóricamente el otro agente mientras giraba a mi alrededor
escudriñándome con la mirada de arriba abajo – Así que hay una nueva
putita en la zona …
¡No! No se confunda, señor agente – intenté
aclarar, mintiendo descaradamente – He conocido a esos dos en la
discoteca y … y … y sólo estábamos aquí pasando un buen rato.
¡Ya! – exclamó el más alto y fuerte - ¡Y yo soy
cura!
De momento, vas a acompañarnos a Comisaría … - me
indicó el otro mientras sacaba unas esposas.
¡No he hecho nada! – exclamé - ¡No me detengan,
por favor! - supliqué.
Estaba perdida. Aquello era lo último que me esperaba y no
había trazado ninguna estrategia para salir de un apuro semejante. En tan sólo
un momento, pasaron por mi cabeza todos los acontecimientos que me esperaban a
partir de entonces. Me ficharían. Descubrirían que era menor de edad. Iniciarían
una investigación donde saldría a la luz que me estaba prostituyendo sin haber
cumplido aún los dieciocho años. Meterían las narices en mi entorno familiar y
descubrirían que mi madre y mi hermana eran putas. Me llevarían a un centro
tutelado. Mi madre perdería mi custodia. Nos separarían y daría con mis huesos
en sabe Dios qué sucio y apartado orfanato. ¡Mierda! Lo había estropeado todo. Y
lo peor es que no se me ocurría nada para salir del atolladero.
Cuando quise darme cuenta, estaba en el interior del coche
patrulla, con las esposas puestas, rumbo a la Comisaría. Tenía que hacer algo,
pero no sabía el qué. Si les ofrecía mis servicios, ya no podría negar qué
estaba haciendo allí con aquel par de chicos. Por otro lado, si reconocía que
estaba prostituyéndome, podía ser mi perdición y desencadenar toda esa sucesión
de desastrosas consecuencias que ya había imaginado un momento antes. Lo mejor
era negarlo todo.
Una vez en Comisaría, me llevaron a un pequeño calabozo. Me
quitaron el bolso, donde llevaba la documentación que acreditaba que era menor
de edad. Al menos tuvieron la consideración de atender mis súplicas y esposarme
por delante. Contemplé aquel minúsculo zulo de no más de dos metros cuadrados,
protegido por una robusta puerta de hierro, cuyos goznes habían chirriado con
estruendo al cerrarse.. La desesperación se apoderó de mí cuando percibí que,
producto del pánico, me temblaban las piernas. Me apoyé sobre la balda de
cemento que había a modo de asiento e intenté pensar qué podía hacer para salir
airosa de aquella situación.
Sin embargo, apenas tuve tiempo de recomponer mis ideas para
trazar una estrategia. La puerta se abrió y una pareja de agentes, esta vez
formada por un hombre y una mujer, me condujeron a través de varias dependencias
hasta llegar a un pequeño despacho."
¿Qué pasó entonces, Carol? – me preguntó
impaciente Susi. Había notado que al llegar a ese punto del relato,
había hecho una prolongada pausa.
¡Joder, Susi! Estamos llegando ya – dije una vez
que tomé la salida de la A-2 en dirección al municipio donde se
habían sucedido aquellos mismos hechos que en ese momento relataba –
Te lo contaré en otra ocasión.
¡No, Carol! – me imploró, impaciente por conocer
el desenlace de aquella primea noche en que me prostituí en la
calle, doce años atrás.
Está bien. Aún es temprano – dije mirando mi
reloj y comprobando que aún había tiempo para terminar mi relato.
Detuve el coche en un pequeño descampado en el margen derecho de la
calzada y continué con mi narración.
"En aquel despacho estaba el Comisario. Un tipo de mediana
edad que ocuparía las primeras páginas de todos los periódicos del país años más
tarde, al desmantelarse una trama de corrupción que alcanzaba prácticamente a
todo el estamento policial de la localidad y comprometía seriamente a varios
cargos políticos que consintieron, toleraron y fomentaron tal abuso de poder.
Con el tiempo se convirtió en un auténtico mafioso que llegó a controlar no sólo
los locales de alterne de toda la zona, sino varios negocios ilegales como, por
ejemplo, trata de blancas y trafico de estupefacientes; por no hablar de una
innumerable serie de corruptelas tales como falsedad de documento público,
extorsión, chantaje, cohecho, amenazas y proxenetismo. En aquel momento, corría
el año 1.994, y ya estaba empezando a fraguar su "imperio" de corrupción. Yo no
lo sabía, pero ya entonces se dedicaba a extorsionar a las prostitutas,
exigiéndoles parte de sus beneficios y, además, disfrutar de sus servicios a su
antojo.
Carolina Fernández, nacida en Madrid … bla, bla,
bla … - leyó directamente de mi carnet de identidad - … ¡en 1.977!
Así que eres menor de edad, ¿eh, jovencita?
Sí, pero no estaba haciendo nada – traté de
explicarme – Conocí a esos dos tíos en una discoteca y me llevaron
en coche para enrollarnos y …
Y acabasteis follando en un conocido polígono
plagado de putas baratas, ¿no? – interrumpió en tono sarcástico – Ya
… claro … la típica historia.
Se lo digo en serio – supliqué – Créame, por
favor.
Mira, niña … te has debido creer que somos
gilipollas. ¡Y no! - sentenció levantando la voz - Has venido a
hacer la calle a mi territorio y ahora crees que te vas a ir de
rositas, ¿verdad? Y encima, menor de edad. ¡Menuda puta barata estás
hecha!
Le suplico que … - argumenté tímidamente.
¡No me supliques y acata mis reglas! – exclamó
furioso - Aquí todas las putas me deben lealtad y deben pagar un
tributo por hacer la calle en mi territorio, ¿entiendes?
Sí – asentí atemorizada.
Me importa una mierda tu edad, tu origen, tu
clase social, si eres una viciosa o si te prostituyes por necesidad,
¿entiendes? ¡Aquí todas sois iguales! Y todas pagáis … o si no … ¡al
trullo! – exclamó con los ojos inyectados en sangre. No sabía si
estaba actuando o si realmente estaba tan cabreado – En tu caso, y
siendo menor, creo que lo más normal es que te internen en un centro
de menores … ¿quieres eso?
No, Señor Comisario.
Entonces … a partir de ahora me pagarás la
tercera parte de lo que recaudes cada noche – me explicó – Mis
agentes pasarán cada noche a recoger el dinero. ¡Y no intentes
escamotearnos nada! ¡Te controlaremos como controlamos a cada puta
que hace la calle en esta ciudad!
Sí, pagaré – acepté esperanzada por salir "viva"
de aquel asunto. Una tercera parte de la recaudación me parecía una
minucia a cambio de poder mantener mi estilo de vida tal cual estaba
hasta ese momento. Bien mirado, no hacía la calle por dinero, sino
para coger tablas y convencer a mi madre para que me dejará por fin
trabajar en un burdel. Y como no estaba en la mejor de las
posiciones, no me convenía cabrear más a aquel tipo. Además, ¿qué
otra alternativa tenía?
Llevas tres mil pesetas en el bolso – dijo –
Supongo que sólo has hecho el servicio ese cuando te detuvieron,
¿no?
Así es, Señor Comisario. Apenas si había
comenzado … - expliqué, ya sin temor a reconocer cuál era mi
cometido aquella noche en aquel polígono – Pero si me deja volver
allí, seguro que recaudaré más. Se lo garantizo.
No me cabe la menor duda – me dijo, cambiando por
primera vez el tono de su voz. Ahora se le notaba más relajado –
Creo que tienes muchas posibilidades. No hay muchas busconas de tu
edad y de tu belleza por la zona. Si follas la mitad de bien de lo
guapa que eres, ganarás mucho dinero. Hoy, por ser el primer día, no
te cobraré nada de lo que has recaudado, pero tendrás que pagar en
especie.
Como quiera. No hay problema – respondí
resueltamente. Lo cierto es que no me sorprendía nada aquella
proposición, toda vez que cuando fui descubierta en el colegio
apenas unos meses atrás, el propio director (Don Alfredo) me había
hecho una proposición parecida.
¡De acuerdo! – exclamó poniéndose en pie – Veo
que eres una puta resuelta, decidida y sin complejos - ¡Ven conmigo!
Salimos de su despacho y, deshaciendo el camino antes
recorrido para llegar allí desde el calabozo, atravesamos varias estancias hasta
llegar a una sala en cuya puerta había un cartel que decía "Sala de
interrogatorios". En la estancia contigua, donde nosotros nos hallábamos, había
un gran ventanal. Inmediatamente entendí que era una de esas salas que permiten
ver lo que pasa dentro desde la estancia contigua, pero no en sentido contrario.
¡Pasa ahí adentro y demuestra si vales para esto!
– me ordenó.
Pero … pero … ¿usted no desea …? – pregunté
confundida. Pensaba que, como Don Alfredo, el Señor Comisario
pretendía usar mi cuerpo y comprobar mis habilidades y talentos
naturales para el arte de la prostitución.
¡No! Yo prefiero mirar – sentenció mientras me
empujaba al interior de la "Sala de interrogatorios".
Continuará.
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