VIERNES
El sueño la venció cerca de las tres de la madrugada.
Pasó la noche en un duermevela, inquieta, se levantó varias veces a beber y
cuando sonó el despertador la encontró despierta.
Se duchó rápidamente y se entretuvo más de la cuenta
eligiendo la ropa adecuada, si iba a ir en moto mejor sería usar pantalones.
Escogió un vaquero negro ajustado que le iría bien para llevar por dentro de
unas botas altas. Una camisa roja y una cazadora de piel completaron el conjunto
al que añadió un pañuelo al cuello. Cambió de bolso por uno más manejable y
guardó además varios salvaslips y unas braguitas. Se estaba preparando para
acostarse con su amante y lo hacía con una tranquilidad pasmosa, como si
estuviera acostumbrada a realizar estos preparativos habitualmente.
Quizás se volviera habitual con el tiempo, - pensó -,
quizás en el transcurso de los próximos meses estos preparativos se convirtieran
en rutina. En ese momento supo que estaba comenzando una nueva etapa en su
relación con Carlos, aquella cita en pareja marcaba el inicio de una relación
estable en la que ellos dos y solo ellos tenían cabida, no se imaginó cómo
forzar las cosas para que en el futuro volviéramos a ser tres.
…..
Llamé a Carmen a media mañana, no lo hice antes porque
supuse que necesitaría tiempo para pensar sin agobios, no fue hasta más tarde
que comprendí mi equivocación. Carlos no le daría ese margen. Estaba seguro de
que, para cuando yo marcaba su número, ellos ya habrían hablado largamente.
-
"Hola cielo, ¿cómo estás?"
-
"Nerviosa, no sé si he hecho bien"
-
"Ahora no es momento de replantearte nada, cariño, has hecho lo que
deseabas hacer y yo estaré contigo al cien por cien"
-
"No se Mario, no me veo yendo a un hotel con Carlos mientras tú estás
tan lejos. ¿Y a partir de ahora qué?" – noté que se estaba agobiando e
intenté calmarla.
-
"A partir de ahora nada. Vais a compartir una tarde juntos aprovechando
la ausencia de tu marido, eso no ocurre todos los días, no volverás a tener
esta situación salvo que tú quieras"
-
"Esto es muy diferente a lo que habíamos planeado. Era contigo, tu y yo,
los tres… esto no es lo mismo"
-
"Y volveremos cariño, volveremos a estar los tres juntos alguna otra
vez, podemos volver a la sierra o irnos juntos fuera…"
De pronto imaginé la escapada a la casa de Fidel junto
con Carlos, rompía con ello nuestro plan de pasar solos esos días, aunque a esas
alturas sabía que aquella huida al campo ya no tenía el mismo sentido.
Las horas se me fueron haciendo más largas e intensas.
A cada momento intentaba imaginar cómo estaría Carmen. Según sus planes, saldría
del gabinete a las tres, como casi todos los viernes. Carlos la recogería en su
moto en la Glorieta de Bilbao para evitar incómodos encuentros ya que suele
salir acompañada de Julia o alguna otra compañera con las que a veces se toma
una caña y luego normalmente se separan en el metro. Aquel día, si se producía
el encuentro a la salida, se propuso poner una excusa para no acompañarlas.
….
Caminó intrigada hasta la sala, eran casi las dos y
media y, aunque no esperaba que aquello la retrasara, no pudo evitar
preocuparse.
Abandonó la sala media hora después. Camino de su
despacho cogió el móvil y marcó el número de Carlos. Cuando saltó el contestador
supuso que estaría aun en la moto y le dejó un mensaje sin poner cuidado en que
alguien pudiera oirla.
-
"Carlos, soy yo, cuando oigas este mensaje llámame, ha surgido un
imprevisto y me temo que voy a retrasarme un poquito" dijo con voz desolada.
La voz de Julia a su espalda la sobresaltó, intentó
componer una expresión de normalidad mientras guardaba el móvil y se volvió.
-
"¿Te asusté?" – Julia la miraba con cierta sorpresa.
-
"Si, no te esperaba" - ¿Por qué se sentía como una delincuente?
-
"¿Habías quedado con alguien?"
La curiosidad de su amiga le molestó, intentaba
componer una respuesta cuando Julia reaccionó al leve gesto de disgusto que
Carmen no pudo disimular.
-
"Perdona, soy una cotilla"
-
"¡No, que va! Había quedado con unos amigos… para tomar algo, como Mario
está fuera… son amigos comunes…"
‘Excusatio non petita, accusatio manifesta’ Acababa de
caer en la trampa de su propia inseguridad y la imagen que le estaba dando a
Julia era la de alguien que oculta algo.
Estaba claro que su amiga bromeaba pero para Carmen
fue difícil contener la reacción defensiva al sentirse descubierta, una reacción
instantánea y anterior a cualquier razonamiento que hubiera podido mitigar su
alarma.
-
"¿Estás tonta?" – replicó seriamente molesta.
-
"No te enfades, joder, era una broma"
Siguió camino de su despacho, el encuentro con Julia
la había puesto nerviosa, por primera vez fue consciente de que vivía en una
doble clandestinidad, frente a su entorno personal y frente al propio Carlos,
solo yo compartía su doble vida, sin embargo eso no le restaba fuerza a la
culpabilidad que había experimentado al sentirse casi descubierta.
Su mente regresó a su amante y al deseo frustrado de
estar con él inmediatamente ¿Cómo se pueden torcer las cosas en el momento más
imprevisto? Si hubiera tenido la más mínima sospecha de que la iban a necesitar
en aquella reunión se habría ido antes para evitarlo.
Reaccionó inmediatamente ante aquel absurdo
razonamiento. Esa no era ella, esa no era su conducta responsable ¿qué le estaba
sucediendo? ¿Tan grave era un retraso de media hora, una hora a lo sumo? Se
reprochó ese arranque de irresponsabilidad y entró en su despacho a recoger la
documentación necesaria para volver a la sala.
A las tres y veinte el móvil comenzó a zumbar, se
excusó y salió de la sala.
-
"Hola ¿viste mi mensaje?"
-
"Si cariño, lo vi, estoy en la Glorieta ¿tienes para mucho?"
-
"Un poco, si" – dijo desolada – "una hora más o menos, ¡lo siento!"
Por el pasillo vio avanzar a Julia y sin pensarlo se
volvió de espaldas. Inmediatamente comprendió que había cometido un nuevo error.
Otra vez la veía hablando por el móvil y lo único que se le ocurría era
ocultarse de ella. Aquel gesto daba más aire de clandestinidad a su conducta
anterior. Intentó enmendarlo y se volvió de nuevo pero Julia ya había
desaparecido.
-
"No te preocupes cielo, no pasa nada, me voy al hotel, cojo las llaves,
dejo un par de cosas, me arreglo un poco y vuelvo, seguro que para entonces
ya estas libre"
….
La clausura terminó a la una, durante la mañana hubo
un goteo de abandonos, aquellos cuyo medio de transporte les obligaba a marchar
y otros que evitaban el coloquio final y las despedidas de rigor. Yo me quedé
con el grupo vasco, alejado de Roberto que había vivido el curso algo aislado
desde el incidente del martes. No hizo ninguna intención de dirigirse a mí.
Evité mirarle y no supe en qué momento desapareció.
Cuando dieron las tres en mi reloj había vivido los
últimos veinte minutos en una auténtica cuenta atrás, manteniendo una tensión
que agarrotaba mis músculos, no me di cuenta hasta que noté el cansancio en mis
hombros y la rigidez de mi cuello. Fue un tiempo en el que me planteé cientos de
veces la absurda posibilidad de llamarla y decirle que era un tonto, que no
soportaba la idea de que se fuese con su amante, que me perdonara y olvidase
aquello, había adelantado mi regreso a esa noche y la compensaría.
Cada vez que esa grotesca historia aparecía en mi
cabeza movilizándome hacia el teléfono me daba cuenta de que, si alguna vez la
tuve, esa opción ya no era viable. Podría quizás convencerla de que cancelase su
cita dejando a Carlos solo en Madrid, quizás quedase con él para tomar un café y
darle una explicación, ¿podría resistir aun la tentación de echarse a sus
brazos?
Si la obligaba a vivir esa renuncia, posiblemente
sucumbiera al verle y entonces el resultado sería infinitamente peor que si
dejaba que las cosas siguieran su curso, ahora era una infidelidad consentida y
provocada por mí mismo, de la otra manera estaría abocándola a cometer un
engaño.
Había atado mis propias manos, no tenía más opción que
dejar que lo que yo mismo había propiciado, sucediera.
A las tres y veinte me despedí de las últimas personas
que aun compartíamos cervezas y raciones en la cafetería cercana, busqué un taxi
y me dirigí sin destino fijo al centro de la ciudad, no quería aislarme en el
hotel, necesitaba ruido ambiental que acallara el intenso bombardeo al que me
tenía sometido mi cerebro.
La tensión me dominaba, contaba los minutos, "a tal
hora habrá llegado a la glorieta, seguro que se han besado furtivamente… ¿y si
los ve alguien? … habrán tardado en moto tanto en llegar al hotel, les habrán
tomado por pareja, o por un ligue… ahora estarán ya…"
Cronometraba mentalmente los tiempos, a las tres y
media se reavivó la tentación de llamarla, ya estaría con él pero aun podía
pedirle que se detuviera, que no estaba seguro, que no lo tenía claro… que
estaba muerto de miedo…
Pero no lo hice, me enganché al paisaje que se
mostraba a través de la ventilla del taxi y dejé que la ciudad pasara ante mí
sin parar de pensar, "ahora estarán entrando, quizás ya la esté desnudando…"
…..
Durante tres cuartos de hora Carmen intentó serenarse
y mantener la atención en el desarrollo de una reunión para la que no encontraba
la razón de su presencia. Comenzó a irritarse cuando sus expectativas de una
rápida intervención suya se estrellaron contra una tediosa e innecesariamente
prolija exposición del abogado del gabinete. Para Andrés no pasó desapercibida
la inquietud de Carmen que miraba repetidamente el reloj.
-
"Creo que Carmen, a la que hemos raptado sin previo aviso, tiene algo de
prisa…" – dijo mirándola con una sonrisa en su rostro – "… por lo que si os
parece le dejamos que nos presente los datos de las intervenciones de los
últimos meses y la excusamos del resto del temario" – Andrés le dio la
palabra ocultando bajo su amable intervención cierto malestar que Carmen
captó.
Se sintió mal, siempre había asumido sus funciones sin
ningún problema. Mucho antes de dirigir un departamento su sentido de la
responsabilidad siempre la llevó a dedicar un esfuerzo superior al que por su
posición estaba obligada. Esta era la primera vez que se mostraba ajena a un
proyecto e incómoda por lo que, para Andrés, podía entenderse como molestia por
la entrega de su tiempo libre al gabinete.
Se escuchó mentir con tal naturalidad… su balbuceo,
producto de la improvisación, le dio a su excusa una apariencia de emoción
contenida. No entendía cómo estaba siendo capaz de actuar así, todo su aplomo
exterior contrastaba con una escandalizada Carmen que se asombraba por la
facilidad con que inventaba una mentira. Pero el efecto que buscaba surgió en el
rostro de Andrés de inmediato, aquello cuadraba más con la Carmen que él
esperaba encontrar y en cuanto tuvo la información que necesitaba la instó a
abandonar la reunión con sus mejores deseos para el enfermo.
Recorrió el pasillo sintiendo el calor en sus
mejillas, había mentido, si, pero eso era lo de menos. Ahora por fin estaba en
camino, ya se iniciaba su viaje hacia Carlos.
Salió a la calle y agradeció el aire frío, a medida
que caminaba comenzó a enlazar hechos inconexos; si el comentario sobre el
supuesto enfermo llegaba a oídos de Julia podía enlazarlo con su turbación al
encontrarla posponiendo una cita por teléfono. Su inquietud la cegaba, - pensó
-, perfectamente podían encajar ambas situaciones, incluso sus nervios y su
rechazo a la broma de Julia eran explicables… No, en absoluto. Ahora recordaba
la torpe e innecesaria excusa que le planteó. Salía con unos amigos comunes,
¿cómo encajaba eso con una visita a un enfermo? ¿y por qué, si era cierto, no se
había confiado a su amiga?
Al llegar a la Glorieta rastreó nerviosamente toda la
zona, el corazón le golpeó cuando al otro lado de la plaza reconoció el cabello
de Carlos que estaba apoyado en una moto de gran cilindrada de espaldas a ella.
El semáforo en rojo se le hizo eterno y cuando por fin pudo cruzar, recorrió la
glorieta acelerando el paso sin darse cuenta.
Carlos levantó los ojos del móvil que tenía en las
manos y la vio acercarse, se incorporó de la moto y su rostro mostró toda la
felicidad que sentía, Carmen notó que estaba sonriendo también. Cuando llegó a
su altura tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse a sus brazos y besar
aquella boca que tanto deseaba.
-
"Por fin te han soltado" – dijo poniendo una mano en su brazo y
deteniendo el impulso de abrazarla, Carmen sonrió y bajó los ojos.
-
"Si, ¡qué pesados!"
-
"Si no fueras imprescindible…"
-
"¡Tonto!"
Carlos le ofreció un casco.
-
"Espero que te valga, lo compré antes de salir hacia aquí"
-
"¿Estás loco? ¿para un solo viaje me compras un casco?" – dijo entre
sorprendida e ilusionada
-
"Espero que no sea el único viaje que hagas conmigo en moto"
Carmen se sintió a salvo tras el casco, era como si le
permitiera ocultarse del mundo mientras se disponía a reincidir en un adulterio
para el que su entorno, salvo yo, no estaba preparado, se sujetó a Carlos
mientras éste arrancaba, en aquella época no estaba habituada a las motos y
sentía la inseguridad e inestabilidad de una principiante, las oscilaciones, la
aceleración y la frenada la cogían desprevenida y reaccionaba agarrándose con
fuerza a la cintura de Carlos.
Giraron en la Glorieta y bajaron Sagasta hasta Alonso
Martínez, de nuevo el temor a ser reconocida cerca de su lugar de trabajo la
puso en tensión, deseaba que el semáforo que les detenía cambiase a verde cuanto
antes, el casco no le parecía suficiente protección, su ropa, su bolso, su
altura en la moto podían ser suficientes indicios como para ser reconocida. Poco
después enfilaron la Castellana, la moto les daba una agilidad entre el denso
tráfico que les permitía avanzar allá donde un automóvil se hubiera quedado
atascado durante minutos.
Bordearon la estación de Chamartín hasta detenerse
frente al hotel situado en la parte posterior, un lugar más discreto que la Gran
Vía o alguna otra calle céntrica. Le observó mientras bloqueaba cuidadosamente
la moto, luego Carlos tomó los dos cascos con una mano y llevó a Carmen cogida
de la cintura hasta la entrada del hotel.
Carmen le miró, parecía estar concediéndole una última
oportunidad de convertir aquella tarde de sexo y ternura en una simple charla
frente a dos cafés.
Renunció a esa posibilidad, si alguna vez se planteó
una huída semejante la sincera oferta de Carlos deshizo cualquier opción que no
fuera entregarse a él. Carmen inició el paso hacia el hotel y Carlos la estrechó
con la mano que sujetaba su cadera.
Se mantuvo a su lado mientras le devolvían el carnet
de identidad, no se sintió violenta cómo le sucedió en el hotel de la Gran Vía,
había madurado en poco tiempo y las miradas de las dos personas que compartían
la recepción con el encargado no la intimidaron.
Entraron en el ascensor, Carlos pulsó la cuarta planta
y cuando las puertas se cerraron se fundieron en un beso largo, intenso,
deseado. El sonido de las puertas al comenzar a abrirse les devolvieron a la
realidad. Encontraron pronto la habitación, Carmen esperó a que abriera la
puerta con un ahogo en su pecho, iba a suceder, de nuevo se desnudaría para
Carlos, volverían a hacer el amor, se entregaría a él sin reservas.
Carmen pasó delante y miró la habitación mientras
escuchaba cerrarse la puerta tras de sí, luego sintió unas manos en sus hombros,
cedió al impulso que la invitaba a girarse y abrazó al hombre que deseaba. Se
besaron mientras sus manos se exploraban mutuamente satisfaciendo la nostalgia
de la separación.
Comenzó a desabotonarle la camisa y ella le dejó
hacer. Creyó percibir un movimiento a su derecha, apenas una sensación captada
por el rabillo del ojo que le hizo mirar instintivamente. En el espejo del hall
vio a una mujer joven abrazada a un hombre atractivo que desnudaba sus hombros.
Se observó con curiosidad, ¡no parecía ella! Verse en brazos de otro le resultó
difícil de asumir, por primera vez veía su imagen reflejada, su imagen abrazando
a otro hombre.
Carlos siguió el curso de su mirada, la despojó de la
camisa, soltó el sujetador y se situó detrás de ella, enfrentándola al espejo
mientras sus manos se apoderaban de sus pechos desnudos. Carmen evitó esa imagen
dominada por ese último rasgo de pudor ante la evidencia de su adulterio.
Obedeció y miró hacia la imagen que se reflejaba en el
espejo. Vio a una mujer con el deseo brotando en su rostro, era una mujer
entregada al placer, sus pechos aparecían cubiertos por las fuertes manos
masculinas, su cabeza caía hacia atrás buscando el apoyo del varón, su melena se
derramaba por sus hombros. Levantó el brazo y lo echó hacia atrás buscando
acariciar su mejilla, la imagen frente a ella le devolvía sus gestos como si no
fueran suyos, vio como su pecho se elevaba al subir el brazo y como la mano de
Carlos recorría el camino hasta su axila para luego regresar hambrienta a coger
su pezón con dos dedos. Las sensaciones iban parejas con la imagen que recibía,
era ella, era ella quien estaba entregándose a su amante una vez más. Dejó caer
su cabeza hacia la mejilla de Carlos y éste comenzó a besar su cuello, no podía
apartar los ojos del espejo, "Soy yo, soy yo", pensaba mientras veía como Carlos
recorría su vientre y su estómago con los dedos.
Se gustó. Echó en falta algún brote de pudor, en su
lugar solo sintió serenidad, placer, libertad.
Carlos la hizo volverse y ella, como una muñeca sin
voluntad, obedeció y buscó su boca, el botón de la cinturilla del pantalón se
resistía a los torpes intentos por abrirlo y ella misma lo desabrochó, luego
abrió la cremallera mientras veía como él se despojaba del polo. No pudo hacer
mas, Carlos se arrodilló ante ella y la ayudó a quitarse las botas, luego le
bajó el pantalón hasta sacárselo, la miraba desde abajo como si la reverenciara,
su rostro mostraba tal adoración que se sintió abrumada. Apretó sus labios sobre
su braga, le oyó aspirar profundamente.
El conato de pudor que apareció al escuchar esa frase
fue pisoteado por el morbo que le produjo mirarle mientras… ¡Oh Dios, estaba
oliendo su excitación, olfateaba su sexo como un perro! Un cosquilleo erizó su
piel a la altura de su vientre y se extendió en oleadas hacia los riñones y el
estomago hasta llegar a su nuca. Carlos besaba su pubis, eran besos suaves,
apenas una presión sobre su braga. Sintió unas manos apoderándose de sus
desnudas nalgas, jugando con la tirilla posterior del tanga que se perdía entre
ellas. Carmen se mantenía de pie, mirándole, viendo como apretaba la cara en su
regazo, escuchándole repetir una y otra vez, "¡Oh, Carmen!"
Sintió como su sexo se convertía en fuente, lo que
había sido un leve pero constante fluir se volvió arroyo impulsado por cada
contracción de su coño. Luego, cuando sintió como sus bragas se deslizaban por
sus piernas, cuando el contacto de los labios de Carlos en el vello de su pubis
la hizo cerrar los ojos, comprendió que nunca podría renunciar a este hombre.
Carlos se detuvo a mirar el interior de su tanga y
ella enrojeció cuando le vio recorrer la visible humedad con los dedos. Sus
piernas se separaron sin que mediara ninguna orden cuando sintió la lengua
inquieta en el inicio de sus labios intentando encontrar el surco.
Acariciaba el cabello del varón rendido a sus pies
mendigando de rodillas poder libar el néctar de su coño. Elevó el talón del pie
izquierdo quedando sobre las puntas de los dedos, dobló la rodilla y le permitió
que se perdiera entre sus muslos. Se sentía adorada, como una imagen sagrada.
La llevó casi en volandas a la amplia cama y allí,
durante un tiempo infinito, se dedicaron a reconocerse, a recordarse, a buscar
los rincones no explorados, sus bocas recorrieron lugares conocidos y rincones
prohibidos, sus piernas se abrieron para ofrecerle sin pudor lo más íntimo de su
anatomía.
Y cuando Carlos apuntó la verga en la entrada de su
coño, Carmen reconoció los gestos y los movimientos, el tacto en sus labios, la
forma de presionar… Carmen reconoció al hombre que ya formaba parte de su vida y
confió en él y se relajó para permitir que la atravesara hasta romperla en mil
pedazos.
…..
Llevaba un par de horas vagabundeando por el casco
viejo de La Coruña, una débil llovizna mojaba mi pelo y me hizo refugiarme en
una tasca típica.
Saphire con tónica, para invocar a Carmen. En el bar,
como una premonición, navajita plateá cantaba.
"Ya no sé cómo olvidarte
como arrancarte de mis adentro.
Desde que te marchaste
mi vida es un tormento.
Y ya no quiero recordarte
ni siquiera ni un momento
pero llevo tú imagen
grabada en mí pensamiento."
Me senté en una tosca mesa de madera maciza cerca de
un ventanal y… me perdí.
Me perdí en los recuerdos. Sin una intención previa me
remonté al verano del noventa y uno, cuando la conocí. Era una chiquilla, con
todo el genio de su personalidad pero apenas una niña, ¿Cómo tuve la suerte de
cruzarme con ella? ¿Cómo conseguí que se enamorara de mí?
¿Estaba poniendo en crisis nuestra felicidad? A estas
horas, casi las seis de la tarde, estarían relajados en la cama, tras follar
intensamente, recordé las imágenes de la primera vez en la sierra cuando les vi
descansando abrazados y les imaginé en la misma postura; aquel día había intuido
que entre los dos había algo más que sexo, ahora estaba seguro.
Tuve miedo, había embarcado a Carmen en algo cuyo
final estaba lejos de imaginar, ¿qué ocurriría si se enamoraban? No esperaba de
ella una doble vida, su sinceridad y su honestidad le obligarían a plantearme la
situación.
Y si la conclusión era que le amaba, si acaso Carmen
me planteaba una separación, un tiempo de reflexión… me moriría.
Me moriría, sin ninguna duda. Jamás le he tenido miedo
a la muerte, le tengo más miedo al dolor, al sufrimiento y, sin Carmen, a la
soledad. La muerte sería un alivio al futuro que imaginaba sin ella. No me
causaron ningún horror estos pensamientos, el espanto que me producía perderla
me hacía ver la muerte como una liberación.
Y al mismo tiempo… a la vez que me planteaba la
posibilidad de perderla, sentía un suave y creciente placer al imaginarla
desnuda, con las piernas abiertas abrazando a Carlos mientras la penetraba, la
imaginaba abrazada a él, acariciándole la cabeza como le había visto hacer
mientras sus pelvis chocaban produciendo un sonido rítmico que jamás se me fue
de la cabeza.
No necesitaba masturbarme, me bastaba estar sentado
allí, viendo llover como fondo a las imágenes que surgían de mis recuerdos y mis
fantasías y en las que veía a Carmen alcanzar el orgasmo. Escuchaba sus sonidos,
los que ya conozco, los que vive conmigo y que surgen de su intenso placer. La
vi con los ojos cerrados y una sonrisa en la boca, aferrada al cuerpo de su
amante y balanceándose por el vaivén que Carlos le imprimía mientras bombeaba
con fuerza para apurar el orgasmo. Escuché los gemidos de ambos al llegar al
éxtasis, cada vez más agudos y seguidos, y les vi desfallecer tras el esfuerzo.
Les imaginé tumbados con la respiración alterada, mirándose a los ojos con esa
inmensa ternura que había visto ya en la Sierra.
…..
Carlos se sentó en la cama y miró hacia atrás buscando
sus ojos.
Carmen asintió con la cabeza haciendo un mínimo
movimiento que no interrumpiera su estado de infinita paz, acababan de hacer el
amor de una manera inusual, tras un preludio largo y sereno en el que las
caricias habían ido elevando el color del deseo como pinceladas que, una sobre
otra, fueran cubriendo un lienzo en blanco. Había estado a punto de llegar al
orgasmo antes de que la penetrara con infinita dulzura, solo la paciencia de
Carlos consiguió detener la explosión que se precipitaba una y otra vez y
amenazaba con culminar aquel momento que ambos deseaban hacer eterno.
La penetró lentamente para no avivar el incendio antes
de tiempo y ella se abandonó, se dejó hacer, entregó las riendas de su cuerpo,
su sexo y su placer y se permitió a sí misma sentir, saborear cada una de las
múltiples sensaciones ahogadas habitualmente por la fuerza de otras más
potentes. Atender al avance de un solo milímetro de la rígida verga en su coño
suponía encontrarse con tantas sensaciones… Una pequeña pero brusca dilatación
tras ser vencida la musculatura de su vagina por la constancia del grueso
miembro… un roce ignorado en lo más profundo de su vientre que se hace notar si
se está dispuesta a escuchar al propio cuerpo… el esfínter que reacciona a la
dilatación al otro lado del periné y se abre como una pequeña flor… sensaciones
éstas que suelen pasar desapercibidas ante la fuerza de las otras, las más
potentes, las más inmediatas.
Fue un orgasmo que llegó despacio y en el que la
sensación de relajación no la abandonó en ningún momento. Fue un orgasmo
distinto a cualquier otro, donde la tensión muscular no se presentó para
anunciar el clímax, donde sus sentidos no se colapsaron y pudo ser consciente en
todo momento del palpitar de su coño, de la oleada de placer que recorría su
piel avanzando como una gigantesca ola por su cuerpo hacia los pies y hacia su
cabeza, fue un orgasmo que, cuando irrumpió en su mente brilló como una
explosión multicolor, una intensa luz blanca que se rompió en mi colores y se
transmutó en un intenso olor que invadió sus fosas nasales desde el interior de
su cerebro en lugar de provenir del aire que respiraba. Su cuerpo pareció
crecer, sintió sus pies lejos, muy lejos de su cabeza, sus ojos cerrados miraron
hacia abajo y percibió unas dimensiones gigantescas donde las distancias entre
sus miembros eran inmensas, parecía estar dentro del cuerpo de un gigante, como
un homúnculo gobernando una gran nave, un enorme cuerpo que vibraba por el
orgasmo que anegaba todo su ser.
Nada era real, no había luz ni aroma fuera de ella, el
orgasmo, libre de control, se expandió por todo su cerebro y excitó desde dentro
las áreas sensoriales como lo hacen los alucinógenos. Luces, olores,
dimensiones… ¿Quién ha dicho que las drogas sean la única llave de las puertas
de la percepción?
Se abrazó al hombre que la penetraba, se enganchó a él
con brazos y piernas, intentando hundirle aun mas en su coño, deseando tenerle
dentro, introducirle en ella y parirlo después.
Ahora, exhausta y feliz, agitada y plena, le veía
caminar hacia el minibar, con ese culo que tanto le gustaba tocar, ese culo que
hoy había mordido. Le vio agacharse a rebuscar entre las botellitas.
Le quería, si, le quería, Carlos formaba parte de
ella, le quería, sin ninguna duda, sin que eso le supusiera un problema ante el
amor por mí. No veía contradicción en querer a dos hombres y esa idea la llenó
de paz.
Volvió con dos pequeños vasos y dos botellitas de
cava, Carmen se apoyó en un codo para incorporarse mientras él descorchaba las
botellas y escanciaba el cava en los vasos.
Carmen sonrió, chocaron los vasos en señal de brindis.
Se había sentado en la cama descansando la espalda en
el cabecero. Apoyaba la mano que sostenía el vaso en una de sus rodillas
mientras paladeaba el frío cava. Fue entonces cuando vio a Carlos que no
apartaba la vista de su sexo impúdicamente expuesto entre sus piernas dobladas y
abiertas. La miró y sonrió.
Carmen sonrió. Era cierto, la posición que había
adoptado era totalmente obscena, pero más allá de ese pensamiento entendió que
acababa de cruzar otro límite. Se comportaba con él sin ningún pudor. No
necesitaba estar excitada para dejarse llevar y actuar con naturalidad, con la
misma naturalidad que tenía conmigo. Sentarse en la cama con las piernas
dobladas y abiertas no había sido un gesto provocador sino una actitud de
relajación y libertad. Libre de pudores y prejuicios podía dejar de cuidar las
formas ante su amante.
Aun no había contestado a la pregunta. En su rostro
apareció esa expresión de profunda sensualidad que tanto me aturde, separó aun
más las piernas y le retó.
Carlos acercó lentamente la mano hasta rozar sus
abultados labios con un dedo, luego los recorrió sin forzarlos, sin intentar
penetrar entre ellos. Llegó al periné, su pequeño esfínter se insinuaba entre
las nalgas aplastadas sobre el colchón, bastó un leve roce con el dedo para que
Carmen se moviera hacia delante hasta dejarlo expuesto para él. Llevó el vaso a
su boca sin dejar de mirarle, satisfecha por el efecto que cualquier cosa que
hiciera le causaba. El la miró agradecido por aquel gesto, sin dudarlo deslizó
el dedo entre sus labios y se empapó, luego bajó de nuevo y se dedicó a mojar
con esmero aquel pequeño punto rosado. Las caricias comenzaron a hacer efecto en
Carmen.
-
"¿Por qué te gusta tanto?" – Preguntó con la voz alterada por la
caricia. Carlos la miró intentando buscar una razón, luego enarcó las cejas.
-
"No lo sé, cielo, pero me vuelve loco tocarlo.
Carmen echó la cabeza hacia atrás, hasta tocar la
pared, y se dejó hacer. Sentía como el dedo abandonaba su ano y cada vez
regresaba para seguir empapándolo con la mezcla de flujo y semen que obtenía
entre sus labios. De vez en cuando bebía de su vaso sin dejar de concentrarse en
las sensaciones que le llegaban desde los lugares más íntimos de su cuerpo.
La primera presión apenas encontró oposición en un
esfínter ya relajado por las caricias y se introdujo con facilidad hasta la
primera falange.
Una perezosa sonrisa apenas consiguió elevar la
comisura derecha de su preciosa boca. Entreabrió levemente sus ojos y negó con
la cabeza.
Ambos disfrutaban del juego como un par de críos.
Carmen movió con indolencia la cabeza afirmativamente.
Carlos continuó avanzando, acariciando con la yema del
dedo las paredes interiores, buscando, palpando lugares que nunca habían sido
tocados, provocando reacciones al otro lado de la fina pared que le separaba de
su coño. Tenía el dedo hundido en su totalidad y se movía dentro de ella como un
reptil. Ella elevó el pie izquierdo y pegó la rodilla a su pecho. No fue hasta
que sintió un beso en su pubis que supo que Carlos había cambiado de posición,
ahora besaba sus labios al mismo tiempo que su dedo hurgaba en su culo.
Notó huir el dedo de su interior e inmediatamente
sintió de nuevo la presión, esta vez más difícil de asumir.
Carlos es paciente y se dedicó a relajar antes de
presionar, Carmen intentaba distender el fuerte musculo para facilitarle el
paso, la lengua que jugaba entre sus labios ayudaba a mantenerla excitada,
dispuesta a cualquier cosa que le pidiera ese hombre.
No le dolió, una ligera tensión que ella misma relajó
fue la única molestia que sintió al recibir en su culo los dos dedos.
Los dedos entraban con facilidad, Carmen se sorprendió
de la capacidad de dilatación de aquel musculo que hasta ahora se había negado a
dejarse traspasar, ahora sentía el vaivén de los dedos, como si la follara.
Sin darse cuenta se había ido deslizando en la cama,
ahora estaba casi tumbada, con las piernas abiertas y dobladas sobre su pecho
mientras su culo era follado por los hábiles dedos. Sintió un movimiento de
Carlos que no supo identificar, luego los dedos salieron casi del todo y la
siguiente presión tropezó en la entrada.
Carlos trabajó con paciencia, lubricando con la otra
mano los dedos que intentaban perforar su culo, presionando lo justo para
provocar una contracción del esfínter y aprovechar la siguiente relajación para
atacar de nuevo. Carmen aprendió pronto el ritmo y se dedicó a intentar relajar
el músculo cuando sabía que llegaría la siguiente presión. "¿Te duele?"
preguntaba continuamente Carlos y su dulzura y delicadeza la hacían desear darle
más. No, no le dolía, la forma en que su amante buscaba poseerla era tan
cuidadosa que no había molestia alguna.
Cuando los tres dedos lograron entrar se detuvo,
Carmen sentía una tensión alrededor de su ano que estaba en el límite del dolor.
Su rostro debió delatarla porque inmediatamente Carlos abandonó y se tumbo a su
lado besándola en la cara y dándole las gracias una y otra vez.
Carmen se emocionó, se sentía cuidada y protegida por
su amante. En ese instante fue consciente de que estaba con el hombre que
acabaría con aquella última virginidad. Finalmente no sería yo quien lo
consiguiese y esa certeza le hizo sentir cierta pena por no darme ese placer que
tanto deseaba. Recordó mis muchos intentos, mi paciencia, mi delicadeza para no
hacerle daño… pero era innegable que, si alguien la iba a penetrar analmente,
ese sería Carlos. Había recorrido en tan solo dos citas un camino que a mí me
había costado años, lo había sobrepasado y la tenía preparada, casi a punto para
recibirle por donde nunca nadie antes nadie la había follado.
Aceptó ese futuro, no se resistió a él. Sería de
Carlos.
Y así, tumbados el uno al lado del otro, cobijados
bajo la colcha, charlaron de mil cosas, Carmen se sentía cercana a él, nunca
habían estado juntos de esa forma, bajo las sábanas de una cama compartida en
soledad. Apoyada en el pecho masculino, sintiendo su brazo recoger su espalda se
sentía segura, sus dedos jugueteaban con un pezón de Carlos que se endureció
rápidamente con el roce de sus uñas. Mientras hablaban, Carmen dejó que su mano
vagara errática por su torso palpando sus músculos, apretando su vientre;
Conocía el destino de sus dedos, buscaba apoderarse nuevamente de su polla,
sentirla en su mano, calibrar su volumen, su tamaño, sus venas, su textura…
….
El reloj del bar marcaba las siete cuando hice un
gesto al camarero para que me trajera la cuenta, dos gin tonic y un par de
platitos de frutos secos habían conseguido mitigar la tormenta interior que me
torturaba. El alcohol, - pensé -, se está convirtiendo últimamente en mi aliado.
Salí a la calle, no conocía ningún lugar salvo el
hotel en el que me alojaba. Comencé a caminar siguiendo el rumbo que marcaban
las personas que a mi alrededor si tenían un destino concreto, me dejé llevar
como si me arrastrara la corriente, de vez en cuando me desgajaba de un cauce y
me dejaba llevar por otro que giraba hacia la izquierda o derecha buscando otras
rutas, otros caminos con algún sentido para ellos que no para mí.
Mi mente seguía en Madrid, espiando con la imaginación
a los amantes que compartían cama, sexo, caricias y cariño, dejando que la
excitación recorriese mi cuerpo como una corriente eléctrica que me hacía sentir
cada poro de mi piel. Cada vez que imaginaba un beso, todo mi cuerpo
reaccionaba, cada vez que recordaba como desaparecía la polla de Carlos entre
sus labios tenía que cuidar de no tropezar con la gente que se cruzaba conmigo.
Perdía el sentido, me movía como un sonámbulo entre imágenes obscenas y
recuerdos de lujuria que sabía se estaban repitiendo en aquellos mismos
momentos.
De repente, una alarma saltó en mi cerebro, aun tenía
que volver al hotel, hacer la maleta y llegar al aeropuerto con tiempo para el
check in. Miré el reloj, había dejado pasar una hora dando tumbos por la calle,
lo último que deseaba era perder ese avión, busqué nerviosamente la salida de la
zona peatonal y sufrí diez largos minutos hasta que conseguí un taxi, difícil
empresa un viernes por la tarde. El tiempo corría en mi contra, imaginé las
consecuencias de no tomar ese vuelo, con Carlos en Madrid y Carmen absolutamente
entregada.
…..
Carlos yacía vencido sobre la espalda de Carmen
mientras su aun erguido miembro se resistía a abandonar el cálido cobijo, los
breves y repetidos besos que sentía en su cuello la mantenían cercana al orgasmo
que acababa de traspasarla, un orgasmo más violento y salvaje que el primero. Su
coño aun emitía espasmos aislados que despertaban una leve queja en el hombre
que la montaba.
Recordaba como la había hecho ponerse de rodillas casi
con violencia y reconoció a ese otro Carlos que a veces mostraba el lado más
duro del macho. No protestó, no intentó imponer su propio ritmo, en cambio se
dejó manejar mansamente. Por un momento temió que lo intentara por detrás,
entonces sintió como apuntaba a su coño y se reprochó haber dudado de su amante.
Carlos la penetró sin preámbulos, de un solo golpe hasta el fondo y ella
agradeció estar ya muy dilatada, lo que le evitó el dolor de tan brutal
embestida.
Se sintió bien dejándose someter. No entendía por qué,
no iba con su forma de pensar sin embargo se encontró en su lugar, debajo del
macho. Conceptos que nunca creyó le valieran eran ahora tan coherentes…
Carlos la sujetaba de las caderas, de pronto la soltó
y sin dejar de montarla recogió su melena con una mano y tiró de ella ‘como si
fueran unas riendas’, pensó; y la idea de ser una yegua bajo el semental, una
yegua domada por el macho la excitó aun mas si es que era posible. ¿Qué le
sucedía? ¿Cómo podía pensar esas cosas sin escandalizarse?
Estaba como loco, respiraba por la nariz con fuerza,
sonaba como un animal enfurecido. Soltó su melena que cayó cubriendo su rostro y
se agachó para agarrar la muñeca de su mano derecha y llevarla hacia su espalda,
Carmen tuvo que hacer un esfuerzo para mantener el equilibrio con una sola mano
pero poco duró, Carlos retiró ese último apoyo haciéndola caer de bruces y llevó
su brazo hacia atrás hasta juntar las dos manos que atenazó con la suya, mas
grande y fuerte. Su rostro se aplastó contra la cama, estaba inmovilizada,
vencida hacia delante, sintiendo el potente bombeo mucho más profundamente en su
coño a causa de la postura a la que estaba obligada. Las rodillas separadas y la
mejilla sobre la cama conformaban tres puntos de apoyo que le daban un
equilibrio inestable continuamente puesto a prueba por los violentos envites de
Carlos
Sintió un atisbo de temor, nunca le había visto así,
pero era tan intenso el placer, era tan fuerte el morbo de sentirse casi violada
que…
Carlos recogió de nuevo su melena con su mano libre y
tiró de ella, cada vez que golpeaba con furia su coño tiraba de las riendas y
evitaba que se fuera hacia delante.
¿Estaba siendo violada? ¡si, quizás si! ¡Dios, deseaba
ser violada!
Carlos profería sonidos que a veces no parecían
humanos, movido por la fuerza de su intensa excitación se incorporó sobre sus
pies dejando las piernas de Carmen entre las suyas, ahora estaba en cuclillas
moviendo vigorosamente la cintura, penetrándola tan profundamente como nadie
jamás lo había hecho. Carmen arrastró la mejilla por la sábana hasta poder mirar
de reojo hacia atrás.
Parecía un animal, - pensó -, era como si la estuviese
follando un…
Explotó antes que él, gritó como nunca se había
permitido hacer y las intensas contracciones de su coño terminaron de acelerar
el orgasmo de aquella bestia que la empalaba como un animal, si, como un animal.
Ahora, tumbado sobre Carmen, recuperaba la forma
humana y besaba dulcemente su cuello mientras ella intentaba razonar por qué lo
había vivido como una violación, por qué se había sentido montada por una fiera
y por qué había deseado que esa brutal penetración no acabase nunca.
-
"¡Qué bruto!" – dijo con un mohín precioso.
-
"Lo siento cariño, perdí el control, perdona…"
-
"¡Tonto! Me ha gustado"
-
"¿Te va el rollo duro, eh?" – dijo bromeando – "el próximo día me traigo
un látigo y unas esposas"
-
"¡Ni se te ocurra!"
Se sumieron de nuevo en un silencio en el que
intentaban recuperarse del intenso esfuerzo, ninguno de los dos quería romper
ese momento, Carmen notaba como la polla iba perdiendo turgencia y tendía a
escapar de su interior, de vez en cuando apretaba sus músculos intentando
reanimarla, buscando que recuperara su dureza y siguiera dentro de ella. El peso
del cuerpo de Carlos la impedía respirar bien pero no quiso decir nada.
Aplastada bajo los setenta y tantos kilos de su amante se sentía pequeña,
desvalida, débil… Era tan profundamente excitante sentirse dominada…
Carlos movió su brazo derecho para ver el reloj y la
aplastó con su peso, su exagerada queja le hizo incorporarse y no pudo evitar
que su polla se escapase como un pez de su interior.
-
"¡Oh, no!" – lamentó Carmen, deseaba tenerla dentro eternamente.
-
"Son las ocho y cuarto"
-
"Tengo que irme"
-
"¿Ya?"
-
"Si…" – dijo con tristeza en su voz – "llega a las diez y Barajas es
impredecible"
-
"Te puedo acercar en la moto, si quieres"
Carmen sopesó la idea, pero el riesgo de que Carlos se
quedara a curiosear cómo sería su marido la asustó tanto que reaccionó de
inmediato.
Remoloneó un minuto más, no quería que se acabase, aun
no.
Debía irse, se sentía acuciada por el tiempo, por nada
del mundo quería retrasarse. Se lavaría en el bidet, se arreglaría…
Entonces recordó mis palabras, ‘quiero sentir las
huellas frescas de Carlos en tu piel, quiero oler el sexo en tu cuerpo, quiero
que me entregues tus bragas cargadas de semen"
Se excitó, una intensa excitación en la que el
protagonista era yo, y en la que ella era la anfitriona, la que me provocaba con
su cuerpo manchado aun por su amante.
-
"No, ya me ducharé en casa" – Carlos se acercó a su rostro con aire
preocupado.
-
"¿No es arriesgado? Jaime puede notarlo"
-
"Es Javier" – se había cuidado de bautizar a su supuesto marido con un
nombre sencillo de recordar, el de uno de nuestros mejores amigos.
-
"Eso, ¿no crees que puede notar algo?"
Carmen le miró de reojo, aun estaba bajo su cuerpo y
no quería dejar de estarlo.
-
"Quiero llevarme tu olor conmigo, esta noche me ducharé" – Carlos sonrió
halagado.
-
"No quiero que tengas ningún problema por mi culpa"
-
"Tranquilo, no se dará cuenta de nada"
-
"Eres muy atrevida" – ella sonrió y la lujuria iluminó sus ojos
-
"No lo sabes tú bien"
Carlos se incorporó y se echó a su lado, ella se giró.
La miró boquiabierto, luego llevó un dedo hasta su
coño, Carmen separó la pierna para dejarle vía libre
Deslizó el dedo por su vientre, arrastrando la mezcla
de flujo y semen que brotaba de su interior y lo extendió por la franja de vello
que adornaba su sexo, lo peinó una y otra vez con el semen, concienzudamente
hasta dejarlo liso y brillante, luego la miró a los ojos retándola.
-
"No puedes irte así…" – Repitió, pero calló al ver la expresión de
Carmen, una sonrisa enigmática, provocadora. Carlos movió la cabeza a uno y
otro lado asombrado.
Volvió a su coño, empapó sus dedos una vez más y los
llevó a sus pezones dibujándolos con la espesa mezcla. Cada vez que volvía a
cargar su improvisado pincel Carmen cerraba los ojos sin poder evitarlo movida
por la extrema sensibilidad en la que había quedado.
Carlos la ignoró y extendió una fina capa en sus
axilas, en su estómago, en su pecho… de vez en cuando la miraba y la volvía a
retar "no vas a poder irte así", ella respondía con su mirada más golfa y le
negaba su negación, le provocaba y Carlos jugaba más fuerte. El siguiente
destino de sus dedos cargados de flujo y semen fue su cuello, detrás de las
orejas.
Carmen no dijo nada, no se resistió y aceptó el nuevo
envite, sintió de nuevo los dedos en su coño y cuando regresaron pintaron sus
mejillas, su barbilla, su nariz, su frente.
Se incorporó de un salto y le miró sonriendo.
Carlos la detuvo y la obligó a tumbarse de nuevo, la
besó apasionadamente, luego la miró a los ojos.
Carlos se puso de rodillas a su lado e impidió que se
levantara.
-
"Es muy tarde, déjame que…"
-
"Con que tengo miedo, ¿eh?"
Se acercó gateando a su pecho, su polla comenzaba a
erguirse de nuevo, Carmen la miró, estaba tan cerca, se estremeció al ver el
glande empapado, brillante.
Carlos se cruzó por encima de ella y quedó a gatas
sobre su pecho, dirigió la polla con su mano hasta rozar su pezón, comenzó a
restregarlo mojando el semen que ya lo cubría y comenzaba a secarse, Carmen se
dejaba hacer excitada y divertida al tiempo viendo los esfuerzos de su amante
por salir ganador en aquella pueril apuesta. No podía imaginar que llevaba las
cartas marcadas, que su marido deseaba precisamente eso.
El la miró esperando una protesta, creyendo haberla
vencido pero solo encontró de nuevo la insolente mirada de una mujer dispuesta a
todo.
Recorrió sus pechos, la suave caricia del glande se
deslizaba impregnando sus pechos de una leve capa brillante. Subió más arriba
recorrió con su polla el camino hacia sus clavículas, Carmen rodeó su cintura
con el brazo y acarició sus nalgas, ¡cómo le gustaba hacer eso!
Cuando le vio avanzar por su cuello sintió como se le
agarrotaba el estómago, El suave roce en su mejilla le resultó tan agradable y
excitante, el penetrante olor a varón le llegó fresco y potente, estaba tan
cerca. Se detuvo y ambos se miraron, estaba prácticamente debajo de él, ninguno
de los dos iba a ceder, pero Carlos no se atrevió a cruzar el límite y siguió
mojando su sien. Un mundo de intensos aromas inundó su olfato cuando quedó
debajo de él mientras empapaba su frente, Carmen no reaccionaba, no pedía que se
detuviera.
Bajó por su pómulo.
-
"Cierra la boca" – esperaba que aquello provocara la renuncia de Carmen,
pero se equivocó, vio su mirada saltar de su polla a sus ojos, estaba a
escasos centímetros de su cara, ¿Cómo era capaz de contenerse?
Carmen cerró los labios que hasta ahora habían estado
entreabiertos y miró el hinchado glande pasearse por su nariz, le parecía
enorme, gigantesco, cerró los ojos y lo sintió en su labio superior, aspiró de
cerca el aroma hasta emborracharse, notaba la humedad pegajosa extenderse por su
cara, dejaba un ligero frescor que pronto desaparecía al comenzar a secarse y
provocaba una sensación de tirantez.
El suave glande recorrió su boca desde la comisura
izquierda, lentamente, mojando sus labios, sintió un agradable cosquilleo y su
boca sonrió sin poder evitarlo pero se resistió a hacer cualquier otro
movimiento que pudiera interpretarse como una claudicación.
Estaba intensamente excitada. Abrió los ojos y se
encontró los de Carlos, parecía asustado, o a punto de llorar o es que la
emoción le hacía mostrar sentimientos para los que no tenía expresión.
Frunció los labios, quizás sucedió sin su
intervención, puede que fuera un acto reflejo, nunca lo supo, fue un pequeño
beso, un beso breve en el glande y vio a Carlos estirarse como si le hubieran
atravesado el pecho con una daga. Un nuevo beso, esta vez pensado, deseado. Otro
más, otro y su mano derecha rodeó el tallo para que no se separara de su boca,
seguía acariciando sus nalgas, sus uñas recorrían el canal que las separaba y
sus yemas recogían con placer el tacto de la piel erizada por efecto de sus
uñas, luego bajaba entre sus muslos hasta recoger sus testículos con los dedos,
los sopesaba y retrocedía de nuevo, otras veces bajaba hasta su rodilla arañando
suavemente la parte interior de uno de sus muslos y cuando retrocedía siempre
procuraba tropezar con la apretada bolsa, unas veces le daba un par de
toquecitos, otras la apretaba y luego seguía su tortura hacia atrás.
Su dedos recorrieron toda la longitud de la verga que
apuntaba a su boca, no dejaba de darle besos, sabía que su labios estaban
recibiendo el intenso brote de flujo que sus caricias provocaban en Carlos, se
sentía mojada por él, buscó sentir en sus labios los que sus dedos ya conocían,
vagó por debajo del glande, por esa zona donde se divide en dos mitades y besó
el frenillo. Era agradable, más de lo que había esperado, estaba borracha, ebria
de placer y drogada por el intenso aroma que despedía la verga que, a tan escasa
distancia, le parecía aun mayor.
Carlos gemía, balbuceaba su nombre pero no podía hacer
más.
No se lo planteó, no pensó hacerlo, simplemente
sucedió. Su boca se abrió y el siguiente beso capturó la punta del glande entre
sus labios. Un lamento, un temblor en Carlos le dio la recompensa que esperaba.
Movió la punta de la lengua y encontró la pequeña
grieta en medio del glande, la recorrió una y otra vez, su lengua se movía con
soltura, sabía cómo hacerlo, estaba acostumbrada solo que ahora era otro quien
recibía esa caricia.
Sintió el sabor del flujo que caía directamente en su
lengua. Diferente, pensó, lo reconocía aunque no era igual a mi sabor.
Sujetó sus nalgas firmemente con la mano y empujó, la
cintura de Carlos obedeció al impulso y el glande se perdió en su boca, ya no
tenía por qué sujetarle y dejó que su mano siguiera vagando por el culo.
Le miró a los ojos y lo que vio en ellos la emocionó;
supo que verla así le provocaba un placer inesperado e intenso, sus ojos, más
allá de la excitación, le transmitieron cariño, devoción.
Frunció los labios tras la corona del glande y lo
apretó entre la lengua y el paladar, notaba cada nuevo brote de flujo, era
agradable. Siguió recorriendo con su lengua toda la superficie del cuerpo que
ocupaba su boca. Sus dedos arañaban sus nalgas y en su recorrido hacia el
escroto cruzaron más profundamente el desfiladero. Sintió una leve rugosidad en
la yema de su dedo medio y un intenso gemido de Carlos la hizo identificar el
lugar que había tocado. Como movido por un resorte Carlos separó las rodillas,
se había detenido allí y pensó huir pero… ¿por qué hacerlo? Él la había
acariciado de esa manera ¿qué se sentiría al hacerlo? Vio en su rostro contraído
el enorme placer que le estaba dando a su amante, ¿Por qué romper ese instante?
Sin darse cuenta, la mano que rodeaba el tallo había
comenzado a moverse recorriéndolo en toda su longitud, mantenía los dedos
separados, sin apenas ejercer presión en el duro tronco; dejó que el dedo que
rozaba su ano se moviera en mínimos círculos antes de abandonarlo, regresó a
capturar el escroto, movió los dedos palpando la forma de los testículos, pero
sabía que cuando volviera a pasar por allí no dejaría de rondar aquel pequeño
agujero.
Carlos apoyaba sus manos en la pared y mantenía el
cuerpo arqueado para llegar a su boca y facilitarle al mismo tiempo el acceso a
su ano. Carmen se sentía poderosa, triunfadora, había roto un tabú y se sentía
libre, orgullosa de ser libre.
Cada vez que rozaba el apretado esfínter le veía
desfallecer, parecía a punto de desvanecerse, tal demostración de placer la
subyugaba y volvía una y otra vez a acariciar el pequeño punto que parecía
engordar al roce de sus dedos, Notó como Carlos movía sus caderas y sintió
hundirse el glande en su boca, luego retrocedió y volvió a hundirse, ¡le estaba
follando la boca! esa percepción la excitó brutalmente, apretó sus labios contra
sus dientes para protegerle y siguió su vaivén con la mano que sujetaba sus
nalgas, fue una señal para Carlos que amplió la oscilación de sus caderas, ahora
salía completamente de su boca y volvía a entrar hasta tocar el fondo de su
paladar, Ella continuaba atormentando su ano, dejándose follar la boca, añorando
una lengua en su coño… de pronto la yema del dedo que acariciaba el esfínter
captó una pequeña contracción, un gemido más intenso de Carlos la sorprendió, el
tronco que sujetaba en su mano pareció cobrar vida propia, como si varias olas
lo atravesaran y, antes de que pudiera reaccionar, Carlos salió bruscamente de
su boca. Justo a tiempo. Dos disparos de semen se estrellaron en su barbilla,
uno de ellos alcanzó su boca, el resto cayeron sobre el cuello y el pecho de
Carmen.
-
"Oh Carmen, lo siento…" – ella le miró y alzó las cejas, su mirada
divertida y su sonrisa le tranquilizaron.
-
"¡Calla!" – murmuró sin mover los labios, un reguero de semen cruzaba su
boca casi en la comisura.
Lo que Carlos contempló a continuación fue un gesto
habitual en ella pero que para su amante representó una nueva sorpresa, Carmen
comenzó a extenderse por el pecho el semen que rebosaba en su cuello, un gesto
al que nunca me he acostumbrado y que sigue provocándome una intensa excitación.
Al ver cómo la miraba se dio cuenta de lo que estaba haciendo, un amago de pudor
quedó asfixiado ante la fuerza del morbo que experimentó, se sentía libre de
hacer lo que deseaba, sin pudores, sin censuras. Terminó de extender el semen
por su vientre y sus pechos bajo la atenta mirada de Carlos.
Carmen le esperó tumbada mientras le escuchaba hurgar
en el baño cogiendo pañuelos de papel. Acababa de hacerle una mamada, ¿era
posible? No se sentía sucia ni se arrepentía, todo estaba bien, era su primera
mamada "extraconyugal", pensó orgullosa y liberada.
Le vio acercarse con un pañuelo en la mano y cuando la
iba a limpiar se detuvo y la miró
Carmen se resistió pero no pudo evitar que la
levantara y se dejó arrastrar hasta el cuarto de baño.
La imagen que vio reflejada le provocó un latido en su
sexo. Era ella, con la sonrisa cruzada por un reguero blanco. Era ella, con el
torso manchado y con algún grumo ya seco y bien visible.
-
"¿Preciosa?" – dijo mientras le quitaba los pañuelos y recogía el semen
de su cara.
-
"Maravillosa" – dijo acariciándola desde atrás – "ahora sí que nos
duchamos"
-
"Es tarde, me arreglo un poco y me voy" – dijo mientras se inspeccionaba
cuidadosamente en le espejo para no dejar ningún rastro, afortunadamente no
había caído nada en el pelo.
-
"Pero… Carmen por favor, se va a dar cuenta, el olor…" – dijo
visiblemente preocupado.
Se volvió y lo abrazó.
-
"Déjame, quiero llevarte conmigo, se lo que hago, ya me las arreglaré
para que no note nada"
-
"Eres… eres una mujer increíble, nunca creí…" – los labios de Carmen
sellaron su boca.
…..
Eran las nueve y media cuando Carlos la dejó a la
entrada del aparcamiento cercano al gabinete, el irrefrenable impulso de besarle
ignoró el riesgo de hacerlo en plena calle repleta de gente que comenzaba a
vivir la noche del viernes. Se abrazaron fundidos en un largo beso del que solo
les sacó la sensatez de Carlos.
Era la primera vez que se lo decía sin que fuera una
respuesta, era la expresión espontánea de lo que sentía por él. Carlos la besó
con furia, no había necesitado provocar esa frase, había surgido por propia
voluntad de Carmen.
….
El mal tiempo convirtió el vuelo en una autentica
tortura para alguien como yo que odia irracionalmente volar. Toda mi experiencia
como terapeuta hacía aguas ante una reacción física y emocional incompatible con
cualquier razonamiento. Conocía de sobra los argumentos usados para mitigar esta
clase de fobia sin embargo cualquier mínimo bache, cualquier ruido inesperado
rompían las buenas intenciones y propósitos que me hacía para vencer esta pueril
conducta.
Aterrizamos con diez minutos de retraso, la larga
espera ante las cintas transportadoras de equipaje me pareció indecente para
tratarse de un aeropuerto internacional de la talla de Barajas. Por fin, media
hora después de aterrizar, logré salir arrastrando la maleta y una bolsa al
hombro.
Esperaba encontrarla en la puerta, intenté mitigar el
profundo vacío que sentí en el pecho al no verla pensando que el tráfico y la
fina lluvia que caía en Madrid la habrían retrasado. Lo cierto es que sentí una
gran decepción al no encontrarla esperándome.
Caminé sin rumbo, no quería alejarme demasiado de la
puerta de llegada por si aparecía, en dos ocasiones me contuve de coger el móvil
y llamarla, ¿y si estaba aún con Carlos? ¡Qué tontería, no puede ser! Pensé.
De pronto la vi, al fondo del inmenso pasillo
distinguí su inconfundible figura. Alta, con la melena ondeando al ritmo de esas
grandes zancadas que sus largas piernas le permiten cuando tiene prisa,
enfundada en un ajustado pantalón negro que se perdía bajo unas botas altas, su
camisa abierta hasta el nacimiento del escote le daba un aire sensual, la
cazadora corta no ocultaba sus caderas que se balanceaban para castigo de los
pobres mortales que la veían pasar como un sueño inalcanzable. Sus ojos me
encontraron y sonrieron antes que su boca. A su paso, los hombres la miraban con
deseo y admiración, ¡estaba tan bella, tan cautivadora!
No dijo palabra alguna, se echó a mis brazos y me dio
el beso más cálido que podía desear. Estuvimos enganchados el uno al otro un
tiempo que no podría medir.
Me lancé a su cuello y la besé apretándola con mis
brazos, ‘yo también’ iba a decir cuando un fuerte olor a sexo me sacudió
violentamente, era un inconfundible olor a semen el que brotaba de su cuello. Se
me cerraron los ojos mientras aspiraba, mientras llenaba mis pulmones con el
olor del hombre que la había follado. Luego la miré a los ojos y pude hablar.
Caminamos cogidos de la cintura, le conté cosas de
Coruña, ella me habló del atasco en la carretera y de algunos asuntos del
gabinete, estaba nervioso y ella parecía estarlo también, pero la alegría del
reencuentro nos impedía hablar de lo que ambos deseábamos.
La besé en la mejilla sin dejar de caminar y ella
sonrió, era una emoción mezcla de ternura y sexo, era mi niña y mi puta, la
quería y la deseaba.
Guardé la maleta en el capó y me dejé conducir a casa,
la radio llenó el coche de baladas de los años ochenta y excusó el silencio que
delataba nuestra torpeza para arrancar a confesarnos mutuamente cómo habíamos
vivido nuestra separación.
¡Era tan evidente! El coche estaba impregnado de un
fuerte olor a sexo, el trayecto con las ventanillas cerradas condensaba aun más
el aroma que, sin duda, provenía del cuerpo de Carmen. Me estaba excitando por
momentos. Me volví hacia ella con la intención de hablar pero me quedé absorto
mirándola.
Estaba preciosa, al principio no me vio mirarla y
durante esos instantes en los que condujo ajena a mi inspección pude disfrutar
de la naturalidad de sus gestos, su cuello erguido y largo deja ver una garganta
perfecta de la que nace una mandíbula recta, sin el menor indicio de flaccidez
en la papada, su melena recogida tras las orejas reposaba sobre sus hombros. Es
perfecta, pensé, es la mujer que todo hombre desearía tener.
Me miró descubriéndose observada y me regaló una
hermosa sonrisa
….
Carmen estaba nerviosa, caminaba a mi lado
presintiendo que yo ya había notado el olor que despedía su piel. No había dicho
nada pero no le hacía falta, me conoce tanto que es capaz de captar mis
pensamientos incluso en mis silencios.
Cuando se sentó al volante ella misma notó el fuerte
olor que se había extendido por el coche, me miró y solo encontró una dulce
sonrisa en mi rostro. No era posible que no lo hubiese notado, entonces ¿por qué
no decía nada?
Deseaba romper a hablar, se moría de ganas de
provocarme, de recoger la más mínima insinuación que yo lanzase para poder
contarme todo lo que había sentido, todo lo que había vivido sin mí pero
conmigo.
Absorta en sus pensamientos no se había dado cuenta de
que yo la observaba en silencio, se sintió descubierta, desnuda ante mí y una
especie de pudor extraño la invadió
Sonrió y siguió conduciendo, con la mirada fija al
frente, de vez en cuando me observaba por el rabillo del ojo y en una de esas
veces se volvió sonriendo.
-
"¡Ya vale! ¿no?"
-
"¡Estás preciosa!"
Sonrió halagada, yo deseaba preguntarle, saberlo todo,
pero me limité a dejarme llevar de la emoción que me provocaba saber que acababa
de estar con su amante y sonreí, una sonrisa de bobo se extendió por mi rostro,
sin embargo yo sonreía con motivos, "con razón, como lo hacen los bobos sin
ella", que diría Serrat.
-
"¿Qué pasa?" – refunfuñó Carmen
-
"¿Lo habéis hecho en el coche?" – no se lo esperaba, apartó la
vigilancia de la carretera demasiado tiempo, su mirada reflejaba la sorpresa
que le había causado mi frase.
-
"¡Qué dices!" – quería parecer escandalizada, pero no me engañó.
-
"Pues el coche huele a sexo que echa para atrás…" – de nuevo sus ojos se
cruzaron con los míos. Complicidad era mi mensaje y complicidad fue su
reacción.
Me miró de nuevo, un segundo antes de volver a vigilar
la autopista, pero esa breve mirada me dijo todo, la que me miraba era una mujer
libre, serena, sensual, sin prejuicios. Sonrió sin dejar de mirar al frente.
Si alguna vez he estado al borde de un infarto, creo
que aquel instante fue en el que mi corazón se sometió al estrés más grande que
había soportado hasta entonces. Era su regalo, había follado con Carlos pensando
en mí ¿qué más podía desear?
Sonreí, no podía hacer más, iba conduciendo, de buenas
ganas la hubiera estrechado en mis brazos, habría querido besarla hasta hacerle
daño, pero me conformé con sonreír bobaliconamente, estúpidamente emocionado.
-
"¿No es lo que me pediste?" – insistió casi con ingenuidad.
-
"Sí amor, sí, eso es lo que quería"
Pareció satisfecha, contenta por mi reacción.
Apenas hablamos durante el resto del trayecto, yo me
mantuve embelesado mirándola, admirándola y ella se dejó querer sin apenas
mostrar más que una sonrisa preciosa cada vez que captaba mi mirada rendida.
Sacamos las maletas del coche y cuando entramos en el
ascensor, se abrazó a mí y me besó con furia, con deseo desbordado, la larga
ausencia se saciaba en ese beso intenso en el que me dejó sentir de nuevo el
aroma del pecado, el perfume del delito, pecado consentido, delito provocado,
adulterio deseado. Aspiré profundamente para que me viera hacerlo, cerré los
ojos para captar mejor el olor que me llenaba y cuando los abrí me encontré su
hermosa sonrisa, sus ojos iluminados por una juvenil ilusión.
No hubo más palabras, las maletas quedaron olvidadas
en la entrada, mi abrigo y su cazadora cayeron al suelo tras errar al lanzarlos
al sillón. Nos arrastramos por el pasillo dando tumbos contra las paredes,
enzarzados en un abrazo salvaje que fue arrancando nuestras ropas hasta dejarnos
desnudos. Solo sus bragas permanecieron, símbolo y mensaje de sus vivencias de
aquella tarde de lujuria, tenían que continuar puestas, aun no quería llegar a
la meta deseada, aun no.
La colcha quedó hecha un bulto en el suelo, Carmen se
arrodilló en la cama y me esperó, sus ojos eran puro fuego, sexualidad al rojo
vivo. Me acerqué a ella y recorrí la piel de sus clavículas con los dedos,
descubrí con el tacto los limites tangibles donde comenzaba una zona áspera y
terminaba la suavidad de su piel, a ciegas recorrí esos caminos invisibles que
me hablaban de caricias húmedas, de potentes disparos. Secos regueros me
contaron cómo unos dedos de hombre recorrieron el camino desde su coño hacia su
piel dibujando formas que ahora yo descubría.
Carmen me miraba hermosamente erguida. De rodillas en
la cama mantenía su espalda recta, su columna formaba un perfecto arco que
realzaba la preciosa curva de sus nalgas.
La miré a los ojos mientras seguía leyendo en su piel
y sus ojos me devolvieron la mayor declaración de amor que jamás palabra alguna
pudo expresar. Veía mi gozo y gozaba a su vez por mi placer. Recibía lo que
esperó encontrar cuando decidió guardar su cuerpo mancillado para mí.
Hubiera llorado, poco me faltó pero el deseo, el
intenso impulso de conocer en su cuerpo el relato de su aventura me impidió
abandonarme a mi éxtasis y seguí explorando con mis manos el cuerpo de la
adultera.
Besé su cuello, - "¡Qué bien hueles!", "Sabía que te
gustaría", "Gracias, amor".
Mi rostro reptaba por su piel, olfateando como un
perro, siguiendo un rastro al que puse imágenes, ¿Cómo podía oler a semen su
axila? Y una historia probable nacía en mi mente, una historia para la que más
tarde habría tiempo de probar a corroborar. ¿Esa mota adherida a su sien era… lo
que yo creía que era? Ya preguntaría, ahora solo era tiempo de palpar, de
sentir, de imaginar.
-
"¿Mereció la pena, a que si? – le dije tras besarla como si nunca lo
hubiera hecho antes.
-
"Si, mereció la pena" – repitió envuelta en una pasión tierna y sensual
al mismo tiempo.
Mis manos alcanzaron la cinturilla de su tanga, pero
ella tenía otros planes, se la bajó hasta medio muslo, entonces se sentó en la
cama para terminar de quitárselas y luego, sin dejar de mirarme con ojos de
sucia puta que nunca antes me había atrevido a calificar así, las dobló del
revés y me mostró el interior atravesado por una ancha franja, una espesa mancha
blanquecina que resaltaba sobre el azul oscuro del tejido, lo miré y me quedé
hipnotizado, absolutamente bloqueado ante la prueba palpable de su adulterio.
Me lo acercó a la cara, la miré y sus ojos me
enfrentaron a una desconocida, me sobrecogió no reconocerla, sus facciones eran
las mismas, pero no era ella.
Obedecí, ¿cómo no hacerlo?, acerqué mi nariz a la tela
y aspiré, esnifé la droga que aquella hembra me ofrecía, el potente olor a semen
mezclado con su inconfundible aroma saturó mi pituitaria y cortocircuitó los
sistemas más primarios de mi cerebro, una brutal explosión de sexo incendió mi
cerebro. Cerré los ojos y no pude ver el momento en el que Carmen restregó sus
bragas por mi rostro, "¡huele!", repitió desbordada por la lujuria mientras
arrastraba sus bragas sucias por mis mejillas, mi boca, mi frente, "¡Huele!", me
exigía con lascivia mientras apretaba la empapada tela contra mis labios
buscando abrir mi boca.
Obedecí, ¿cómo negarme?, y mi boca se abrió al
indecente manjar que mi infiel esposa me daba a probar.
Carmen parecía poseída por una furia salvaje,
"¡toma!", me decía mientras hundía en mi boca sus dedos envueltos en la húmeda
tela y me hacía caer en la cama, rendido, derrotado por su fuerza.
Obedecí, ¿acaso tenía opción? y mi lengua salió al
encuentro del semen de su amante.
"¡Cómetelo!" – dijo gimiendo al verme lamer sus
bragas.
Y yo cerré mi boca alrededor de sus dedos envueltos en
sus bragas y chupé y mordí sin dejar de mirar su mirada perdida en mi boca,
extasiada viéndome chupar. Mi lengua jugó con sus dedos para que no le quedara
ninguna duda, estaba limpiando sus bragas.
La follé ciegamente, sin dejar un resquicio a la
ternura, sin la más mínima delicadeza, ella no lo hubiera admitido, ambos
buscábamos la unión más animal e irracional, la erupción del volcán que se había
ido gestando durante aquella intensa semana en la que la separación física nos
fraguó al rojo vivo en un yunque del que salimos transformados. Nunca más
surgirían las dudas, nunca más nos planteamos el retorno a una vida de la que ya
no formábamos parte, nunca más negamos nuestra realidad.
Dominado aun por mi orgasmo, la escuché sollozar
temblando en mis brazos mientras mi cintura se empeñaba todavía en traspasar
brutalmente el espacio entre sus caderas, temí hacerla daño y nadé hacia la
superficie de mi ensimismamiento.
No era dolor aunque también lo era, las lágrimas
surcaban sus mejillas y contrastaban con la hermosa sonrisa que iluminaba su
rostro. Era gozo, era placer, era liberación, era la llegada a la tierra
prometida.
Temblando aun nos quedamos abrazados un largo tiempo
en silencio, acompasando nuestras respiraciones y recordando cada detalle.
Adormilados descansamos diez, quince minutos. Mis dedos continuaban curioseando
por su piel. Cuando llegué a su pubis y encontré su vello seco formando capas
superpuestas como escamas aún húmedas en su interior me incorporé y la miré a
los ojos.
-
"¿Y esto?" – dije levantando una capa de vello.
-
"Una nueva clase de gomina" – sonrió y cerró los ojos, luego comenzó a
contarme la apuesta que Carlos no fue capaz de ganar.
Seguí jugando con su vello mientras ella rompía a
hablar y desgranaba con todo detalle cada momento pasado con su amante.
Y de nuevo la follé con furia, como si pretendiera
castigar su pecado. Ella buscaba mi boca y me besaba con pasión y cada vez que
me separaba para poder mirarla ella me atraía a sus labios sujetándome por la
nuca mientras yo la golpeaba sin piedad con mi pubis.
Carmen se sentía zarandeada por mi violencia. Cada
golpe de cadera la hacía bambolearse en la cama. Le excitaba verme fuera de
control, tratándola con rudeza. Mi reciente orgasmo evitaba que me desbordase
pronto y la brutalidad de mis embestidas ayudaba a mantener una erección
alimentada por las palabras soeces de mi esposa: "¡Fóllame cabrón, fóllame!".
Me besó, buscó mi boca, deseaba besarme más que nada,
sentía una atracción irresistible por unir sus labios con los míos y hundir su
lengua en mi boca.
Entonces lo comprendió, no había sido consciente hasta
ese momento. Olía a Carlos. Mi rostro, impregnado por el semen de sus bragas,
desprendía el olor de su amante, ahí estaba la raíz de su atracción.
No se culpó, todo estaba bien, todo estaba en orden,
dejó que sus sentidos la engañaran, cerró los ojos y me besó de nuevo
recordándole a él.
Su forma de besarme era tan peculiar que pronto
entendí lo que ocurría. La sentía aspirar por la nariz cada vez que pegaba su
rostro al mío. Nos miramos un instante y ambos supimos que el otro sabía.
-
"Hueles a él" – me confirmó, con la voz enronquecida por la lujuria que
la dominaba.
-
"¿Te gusta tenernos a los dos, eh?" – Carmen sonrió con lascivia.
-
"¡Mucho!" – y lanzó su lengua por mi mejilla
-
"¿Se corrió en tu boca?"
-
"A punto estuvo, pero se retiró antes"
Busqué las bragas que había abandonado a un lado y sin
dejar de cabalgarla las cogí buscando algún rastro de semen. Había en
abundancia, mas del que yo suponía, creía haberlas limpiado totalmente con mi
lengua cuando en realidad tan solo lamí el trozo que rodeaba con sus dedos. Se
lo acerqué al rostro y lo olfateó cerrando los ojos como si fuera una droga.
-
"¿Te gusta?"
-
"Me vuelve loca"
Se lo acerqué a la boca.
Carmen me miró un segundo, luego vi como su lengua se
acercaba cautamente y lamía su propia braga sin dejar de mirarme. Era la imagen
de la obscenidad, era la expresión máxima de la lujuria.
-
"¡Puta!" - sonrió como si aquel insulto la llenase de vida. Por toda
respuesta lamió de nuevo el semen. – "¡guarra!" – La provocaba con mis
palabras y ella seguía reaccionando como si aquellos insultos fueran el
mayor halago.
-
"¡Cabrón! ¿te gusta verme lamer el semen de Carlos?"
-
"¡Si, zorra, me gusta!"
Se relamió exageradamente.
Entonces, restregué los restos por su boca, quería
verla manchada, ella se dejó hacer mientras yo aumentaba la fuerza con la que la
embestía. Luego, atraído como por un imán, busqué su boca y la besé, sentí como
el semen ya frío en su cara se pegaba a mis labios. Carmen se apretó a mí, cerró
sus brazos alrededor de mi cuello y comenzó a responder a mis embestidas
golpeando con sus caderas hasta arrancarme un último y agónico orgasmo.
Se durmió en mis brazos dos horas después, tras una
intensa y detallada confesión en la que mis lágrimas emocionadas acompañaron a
las suyas al conocer como su boca había albergado el vigoroso sexo de su macho,
cómo su rostro había recibido la descarga del semental.
SABADO
Las diez de la mañana y aun dormía a mi lado, llevaba
hora y media sin cambiar de postura para no despertarla. De lado frente a ella,
no había dejado de mirarla ni un solo instante.
Dormida parece retroceder en el tiempo y vuelve a ser
la chiquilla de veintiún años de la que me enamoré nada más verla. Dormida
parece una adolescente, su rostro adopta una encantadora expresión de inocente
ingenuidad.
Recorrí su rostro deteniéndome en cada una de sus
facciones, sus labios tan sensuales, ni muy gruesos ni muy finos, dejaban
entrever sus blancos dientes. Esos labios acababan de recorrer la verga de
Carlos, la habían besado, se habían mojado con su flujo y quizás con su semen.
Esa preciosa boca había lamido la polla de otro hombre, la había acariciado con
su lengua, sabía con absoluta precisión cómo le habría apretado el glande contra
el paladar para hacerle gemir como tantas veces hacía conmigo. ¿Acaso esto la
hacía menos virginal, menos inocente? No, en absoluto, aquella niña-mujer que
descansaba a mi lado no había perdido ni un átomo de su inocencia, era ella, era
mi esposa, era mía.
Sentí una especie de vértigo. Durante meses la había
arrastrado casi a la fuerza a afrontar aquella aventura. Durante meses fui yo
quien la empujó a sortear sus prejuicios, a saltarse las normas morales que
habían guiado su vida hasta entonces. Durante meses fui yo quien la forcé a
caminar un camino desconocido.
Y ella me seguía no siempre convencida, titubeando,
dudando, deteniéndose y retrocediendo a veces. Intentaba adaptarse a mi paso
pero le costaba asumir los avances que yo le proponía.
Ahora, de pronto, era como si me hubiera sobrepasado y
me costase seguir su ritmo. Caminaba libre, a una velocidad para la que no me
sentía preparado. El asombro por su conducta se mezclaba con un murmullo de
alerta que nacía de lo más profundo de mí, una especie de velado temor
enturbiaba a veces estos momentos de excitación en los que Carmen y yo
compartíamos sus experiencias.
Me intenté incorporar con sigilo pero el colchón al
perder mi peso se elevó y la despertó. Sus ojos somnolientos me miraron
desorientados y volvieron a cerrarse, una sonrisa divina nació en su boca.
-
"Buenos días, ¿qué hora es?"
-
"Buenos días dormilona, son más de las diez" – apretó los ojos como
protestando.
-
"¡Qué tarde!"
-
"¿Tienes prisa?"
Negó con la cabeza.
Quince minutos más tarde regresaba al dormitorio
llevando una bandeja con café recién hecho, zumo de naranja y tostadas. La
escuché en el baño, canturreando bajo la ducha. Sonreí, Carmen estaba relajada,
tranquila, sin ningún tipo de tensión. Había pasado la tarde anterior con su
amante, habíamos follado como locos esa noche y ahora tarareaba una canción en
la ducha, como si aquel fuese un día más en su vida.
Dejé la bandeja en la mesita de noche y entré en el
baño, de espaldas a mi no se dio cuenta de mi presencia y siguió frotándose con
la esponja mientras cantaba, refrené mi primer impulso de entrar en la ducha y
me quedé mirándola.
La amaba, supe en ese instante cuánto la amaba. Todos
los peligros que habían enturbiado mi vida durante aquella etapa en la que
Carmen comenzó a acostarse con Carlos me parecieron tan lejanos, tan improbables
que lamenté haberme dejado llevar de ellos y no haber podido disfrutar aun mas
de su entrega.
Unos golpecitos en el cristal de la ducha me trajeron
de vuelta, Carmen me hacía señas para que entrase con ella.
La besé y fue la excusa para que ella se abrazase a mí
y me cubriera de besos. Su cuerpo pegado al mío fue el estimulo que desató mi
excitación, recorrí la suavidad de su piel con mis manos, resbalando en el
jabón, buscando sus curvas. Mi rígido pene perdido entre sus muslos se frotaba
con ellos, Carmen se arrodilló como movida por una urgencia y se lo llevó a la
boca, ¿acaso quería renovar las sensaciones de mi sexo o por el contrario quería
revivir el recuerdo de su primera felación a otro hombre? Me dejé hacer ¿qué
importaba? Carmen me regalaba una de sus mayores habilidades, mejor no pensar.
…..
Se mantuvo relajada con los ojos cerrados mientras me
escuchaba trastear a lo lejos con los platos del desayuno.
Se sentía bien, le molestaba la piel tirante en
algunas zonas, la sensación de humedad caliente en su vagina le hizo desear una
ducha.
Pero aun remoloneó un poco más. Estaba cansada, había
sido una jornada intensa y la noche no le concedió tregua alguna.
Recordó con apuro escenas de nuestro encuentro.
Revivió mi rostro cuando me restregó sus bragas, vio de nuevo el rastro por mis
mejillas y volvió a sentir la abrumadora excitación que la llevó a pegar la
prenda manchada a mi boca, la intensa lujuria que la hizo forzar mi boca y
desear verme lamer de sus bragas el semen de su amante.
Hubiera deseado que le comiera el coño, que lavara su
sexo con mi boca pero ni siquiera aquella fiebre ninfomaníaca que la había
invadido fue suficiente para pedirme algo así.
¿Cómo había sido capaz de comportarse de aquella
manera? Apenas se reconocía en aquella mujer dominante que humillaba a su marido
cornudo.
¿Me humillaba? No, claro que no, estaba segura de que
cumplía uno de mis más profundos deseos pero no pudo evitar recordar que,
mientras yo lamía sus dedos envueltos en la braga, ella me sintió humillado y
que la palabra ‘cornudo’ apareció varias veces en su mente.
Y en sus labios.
Ella no lo recordaba pero yo la había escuchado gemir
llamándome cornudo. "¡Cómetelo cornudo!" repitió varias veces envuelta en una
extraña ebriedad de sexo y lujuria, "¡vamos, chupa, chupa cabrón!".
Se levantó de un salto de la cama intentando huir de
la excitación que estaba a punto de dominarla y se metió en la ducha. El agua
casi fría en su espalda la despertó del todo.
Se enjabonó concienzudamente, dejando que la dura
esponja relajase su cuerpo. Luego lavó con sus dedos su sexo y bajó hacia su
ano. Lo encontró ligeramente irritado pero menos que la primera vez.
Si, acabaría siendo de Carlos, estaba segura.
Su dedo se movió con cautela buscando alguna huella
provocada por la forzada invasión que había sufrido pero lo encontró como
siempre, sin ninguna señal de haber sufrido daño.
Cuando se volvió me vio parado frente a la ducha. Me
hizo una seña pero yo estaba en otro mundo del que me logró sacar dando unos
golpecitos en el cristal. Me deseaba, me necesitaba a su lado, quería
transmitirme ternura, amor, dedicación, deseaba hacerme entender que nada había
cambiado.
Pero cuando me abrazó bajo la lluvia de la ducha,
Carlos apareció de nuevo entre los dos. Un escalofrió recorrió su espalda cuando
se dio cuenta de que su cuerpo había esperado encontrarse el cuerpo de Carlos y
no el mío. Sus manos se extrañaron de palpar mi piel y extrañaron las formas y
relieves de su amante. Rechazó con fuerza un turbio presagio y se agachó a
poseer mi polla en su boca para intentar exorcizar los demonios que la tentaban
con la turbadora visión de su amante desnudo. Quería dedicarse a mí, deseaba
olvidar y centrarse en nosotros pero una y otra vez su mente la arrollaba con la
imagen de Carlos montado sobre su rostro paseando orgulloso su erguido miembro
por sus mejillas, una y otra vez se veía abriendo la boca y recibiendo el grueso
falo en su lengua.
Y cuando lamió mi polla, una intensa preocupación la
envolvió al comprender que su paladar había echado de menos la verga de su
amante. Reaccionó y se entregó en cuerpo y alma a satisfacerme pero ambos
supimos lo que estaba sucediendo, aunque tardásemos más de seis años en
confesárnoslo.