El Hotel
¡Ma… Mario! ¡Mario, qué sorpresa!
Hola Beatriz, ¿cómo estás?
¡Bien, bien… muy bien!… ¡Disculpame por no haberte
reconocido…! – no podía creerlo, era lo último que hubiera pensado, recibir
una llamada de él luego de tanto tiempo. Su voz era grave, de hombre maduro,
casi seductora… casi, si no fuera por algo que no lograba identificar.
No tengo nada de qué disculparte… de hecho creo que quien
debería ofrecerte disculpas soy yo, buscarte así de repente luego de tanto
tiempo… – hizo una breve pausa, aunque muy incómoda – supongo que te estarás
preguntando la razón de mi llamada, el porqué de que te esté buscando a
estas alturas de nuestras vidas, ¿no es así?
Pues… la verdad es que si… – nuevamente otra pausa
incómoda, un silencio extraño, que en realidad me parecía totalmente carente
de silencio… era como el eco sordo del viento pasando rápidamente a través
de una caverna de inconmensurable profundidad y oscuridad.
Beatriz… necesito verte… – ¿cómo, qué me estaba diciendo?
¿Me quería ver?
¿Cómo… me querés ver? – una sensación fría recorrió mi
espalda.
Si… necesito verte…
Bueno… pero… ¿por qué?
No puedo decírtelo por teléfono… pro necesito verte… por
favor, decime que si… – no lo había notado aun, pero tenía el auricular del
teléfono totalmente empapado de sudor…
. . . . .
Pasé toda la tarde en ese pequeño, pero acogedor café, frente
al viejo hotel colonial donde me hospedaba, esperándolo, pero nunca se asomó, me
sentí como una estúpida, ¿por qué acepté hacer ese viaje solo para darme cuenta
que no estaba, que me había visto la carota de idiota… como siempre lo había
hecho? ¿Qué necesidad tenía de hacer eso, sobre todo luego de tanto tiempo, ¡más
de 30 años!? Ninguna, no tenía ninguna necesidad… o tal vez si, después de todo,
y a pesar del tiempo, seguía unida a Mario por muchas razones.
Él escribió pasajes imborrables en el libro de mi vida, pocos
pero trascendentales, marcaron un antes y un después en mi existencia. Para
principiar fue mi primera vez en casi todo, mi primer novio, mi primer amor… mi
primer hombre y mis primeras lágrimas de dolor. Su paso por mi vida me hizo
mujer. Además me dejó el sabor salado de mis lágrimas de desilusión y la
amargura de su adiós… y a mi primer bebé.
Mario no era malo, no era un muchacho cruel y superficial, al
contrario, era cálido y amable, muy cariñoso, pero había algo que se interponía
entre los 2, el dinero. Mario provenía de una familia de buena posición
económica, de prestigio; yo era hija de una lavandera, madre soltera, no tenía
padre ni apellido, algo terrible en aquellos tiempos. Su familia se opuso a
nuestra relación desde el principio… y cuando supieron que estaba embarazada me
sacaron de su vida.
Como verán, aunque no supe nada de ese hombre por casi más de
30 años, irremediablemente quedé unida a él. Y eso, incluso, a pesar que me casé
2 veces con hombres que supieron hacerme muy feliz, a los que amé con locura y
que me amaron igual. Pero bueno, aunque no podía decir que seguía amando a Mario
(porque ciertamente no era el caso), aun le tenía reservado un lugar de
privilegio dentro de mi irracional corazón.
Me puse de pié cansada de esperar, salí del café, le pagué a
una jovencita y le dejé una buena propina, aun así ella se me quedó mirando como
asustada, como quien mira a un fantasma. No le di importancia y crucé la calle,
quería retirarme a mi habitación. Pero antes decidí dar un paseo por ese hermoso
lugar, realmente el hotel en donde el mismo Mario me había hecho la reservación
era precioso, un lugar idílico por donde el tiempo parecía no haber pasado
nunca. La entrada estaba flanqueada por una pared de bugambilias a ambos lados,
que crecían orgullosas y cargadas de flores. Luego, la vereda que daba hacia el
lobby estaba flanqueada de innumerables plantas de muy diversos tipos,
margaritas, violetas, chatías, etc., y todas estaban en plena floración. Y
finalmente, justo frente a la entrada, se erguía orgullosa e imponente una vieja
caoba, frondosa y llena de nidos y orquídeas, que desprendían una fragancia
dulce y penetrante.
Saludé al encargado y pasé junto a un animado grupo que
jugaba cartas en un salón. Eran pocas las personas que estaban en mi camino,
pero me sentí observada por todos, como que me examinaban de pies a cabeza. No
me molestó, al contrario, me sentí halagada, saber a que mis 50 aun atraía las
miradas fue bueno para mi ego. Aparte, modestia aparte, siempre fui bonita. Sin
embargo, y pese a que nos los vi bien, toda esa gente se me hacía familiar.
Entré a mi habitación y me puse a hacer no sé qué cosas,
todavía rumiando mi enojo, cuando de pronto sentí que se abría la puerta. Volteé
sobresaltada y me encontré con él, de pié en el lindero, viéndome atentamente
con una mirada indefinible. Debo decir que estaba muy cambiado a como lo
recordaba, mucho, de aquel jovencito quinceañero ya no quedaba nada, pero
extrañamente lo reconocí desde el principio, nunca tuve dudas que se trataba de
él. Era alto, de piel blanca y unos oscuros ojos azules, fríos y tristones, su
cabello negro estaba todo teñido de gris en las sienes y lleno de canas
esparcidas por toda su cabeza. Tenía un tupido bigote y la cara con la barba de
2 días, sinceramente no se veía bien.
Mario… – le dije, pero no me respondió – vaya… pensé que
te habías olvidado de mi…
Jamás… nunca podría… nunca pude… – me respondió casi con
un hilillo de voz.
Cuando no te vi en el café pensé que no vendrías… –
nuevamente no me respondió, se limitó a entrar, cerrando la puerta detrás de
él y tomando asiento sobre la cama. Tenía la vista clavada en el suelo,
aunque sus ojos estaba perdidos en la nada, como si no estuviera allí al
mismo tiempo que estaba – Todavía sigo preguntándome la razón de esta cita.
– le dije, más que todo para romper con ese incómodo silencio.
Perdóname… – me dijo, su voz sonaba apagada y hueca a la
vez, pero al mismo tiempo cargada de un profundo y desgarrador sentimiento,
les juro que se me arrugó el corazón.
¿De… de qué voy a perdonarte?
Perdóname, no fui más que un cobarde… – me dijo de nuevo,
sin quitar la vista de donde la tenía, sin verme, sin mostrar emoción
alguna. Esta vez fui yo la que se quedó en silencio – La… la… la niña… ¿cómo
está?
Bien… ella está muy bien… ya es una mujer, con familia y
todo… somos abuelos Mario. – traté de esbozar una sonrisa con ese último
comentario, pero no pude.
Le pusiste Virginia… como tu madre… ¿verdad?
Si…
Nunca la conocí, jamás la busqué… – subió la mirada, sus
ojos azules no brillaban, parecían apagados, más oscuros de lo que siempre
fueron. Inmediatamente una brisa halada penetró a la habitación, enfriándolo
todo – nunca la vi, jamás la busqué…
Si, si… pero… pero… es que tu familia… bueno… ellos no
nos dejaron, tu no tuviste la culpa. – le dije ya con un poco de temor.
¿Mi familia?… ¿mi familia?… – de nuevo bajó la mirada,
comenzó a murmurar algo entre dientes, no lo podía escuchar. En ese instante
noté como si la luz del día se estuviese apagando, como si la noche
estuviese cayendo súbitamente. Y mientras tanto el continuaba murmurando,
hasta que finalmente dijo algo casi gruñendo – mi familia… – nuevamente
subió la vista, sus ojos se veían más vacíos y oscuros que antes, además su
mirada venía acompañado de una sonrisa retorcida, llena de maldad – Mi
familia fue la culpable de todo… pero ya no me pueden hacer más daño…
Mario… ¿te sentís bien? – le pregunté, francamente
asustada.
¿Qué si me siento bien? ¿Tú creés que me siento bien? ¿Me
veo bien acaso?
¿Y si salimos al pasillo?… ya sé, te invito a un café
allá enfrente, ¿vamos?
¡¿vos creés que me veo bien, Beatriz?!
Se puso de pié tan alto como era, un halo aun más helado
recorrió el cuarto y baño mi espalda con un sudor frío, inmediatamente la
oscuridad aceleró su descenso dentro de la habitación, las paredes se tiñeron de
gris y todo me comenzó a parecer irreal, como sacado de una película de terror.
Noté, llena de un creciente pavor, que aunque no habían luces en aquel lugar,
Mario dibujaba una larga y negrísima sombra en el suelo.
¡Mario, me estás asustando, quiero salir YA!
¡¿SALIR, QUERÉS SALIR?!… no sabés cuánto tiempo llevo
tratando de salir… – dio 2 pasos hacia el frente, inmediatamente retrocedí
hasta pegarme contra la pared. Lo vi mejor, sus ojos estaban aun más oscuros
y vacíos, su semblante más pálido, su cuerpo se veía enjuto, con la piel
reseca… ¡y esa maldita sombra en el suelo se moviéndose sola hacia todas
direcciones!
¡¿qué está pasando aquí Mario, qué querés de mi?!
Me vas a dejar igual que todos, ¿no es así Beatriz? ¡Te
vas a ir y me vas a dejar aquí igual que todos, maldita puta!
¡no sé qué está pasando aquí, Mario, pero yo no vengo
para hacerte daño! ¡Vine porque tú me llamaste!
¡sssiiiiiiiiiiihhhhh, porque yo te llameeeeehhhh!
¡maldita, si fuera por eso jamás te habrías asomado, nunca te habría
preocupado por mi y…!
¡Fuiste vos el que me dejó, fuiste vos el cobarde de
mierda que nunca volvió por su hija! No me digás que no me preocupo por ti,
cuando tu nunca te preocupaste por tu propia hija… – no sé si fue el miedo o
el resentimiento que tenía dentro de mi corazón, pero estallé de ira y
rabia, ¿cómo se atrevía a decirme eso?, el no tenia ni puta idea de todo lo
que tuve que hacer para salir adelante con mi hija – ¡No tenés idea de todo
por lo que tuve que pasar por tu culpa!
¡Fue… fue… fue mi familia! – me dijo, titubeando.
¿Y acaso siempre has sido un hijo de papi y de mami? ¿No
sos un hombre ya?, pudiste buscar a Virginia por tu cuenta… – Mario
retrocedió – Mario, decime, ¿qué está pasando, qué te está pasando, por qué
está todo así?
Beatriz… Bea… perdoname, perdoname por favor… te lo
suplico. – su voz sonó lastimera, como un grito ahogado en la garganta,
nuevamente subió la vista, pero ahora me topé con unos ojos cálidos, llenos
de lágrimas y dolor, pero cálidos, llenos, humanos… a diferencia de él, que
cada vez aparecía con la piel más seca y el cuerpo más enjuto – perdoname,
per… perdoname… perdoname…
Ya… ya Mario… yo te perdoné desde hace mucho tiempo…
No… no eso… no es eso… perdoname por traerte aquí… quiero
que te vayás…
¿Cómo?
¡Quiero que te vayás sin ver hacia atrás!
¿Qué? – entonces, se me echó encima…
¡¡¡Que quiero que salgás corriendo de este hotel, que te
largués, porque si no lo hacés no vas a poder salir nunca más!!!
Tomándome de los hombros me estrelló contra la pared, un
terrible alarido salió de su boca, largo, sordo, vacío, casi como un grito
dentro de una inmensa caverna vacía. Apenas estaba a un palmo de mi cara, pude
percibir claramente un aliento a podrido, una exhalación hedionda y sucia,
acompañada por un repugnante gusano que desaparecía por un agujero en su lengua
reseca.
Un estridente alarido salió de mi boca e inmediatamente me
eché a correr, todo a mi alrededor cambió en ese momento, el piso y las paredes
estaba sucios y polvorientos, como si llevaran años sin ser limpiados, el
repello se estaba cayendo a pedazos y el piso estaba resquebrajado, crujía a
cada paso que daba. Alcancé las escaleras, apenas logré bajar los escalones sin
caerme, también estaba hechos pedazos. Pero al llegar abajo, una nueva y
horrenda sorpresa me esperaba:
¡Beatriz, Beatriz! – una figura alta, arrugada y enjuta
me salió al encuentro, su reseca piel parecía estarse cayendo a pedazos,
como un pergamino viejo – ¡Beatriz, sacame de aquí!
¡Don Luis, Dios mío, Don Luis! – frente a mi, el
cadavérico cuerpo del padre de Mario se me abalanzó, no sé como lo logré
esquivar, solo sé que continué corriendo sin detenerme.
El hermoso lobby ya no existía, ahora no era más que una
vieja y ruinosa estancia sucia, y afuera, ese jardín idílico ya no era tal, la
tierra seca y resquebrajada se hacía polvo bajo mis pies, el césped llevaba
muchos años de estar muerto, así como la inmensa caoba de la entrada, de la que
no quedaba más que un enorme tronco podrido y carcomido por los gusanos. Y yo
seguía corriendo sin detenerme, tan solo volteé a ver hacia atrás una vez, solo
para toparme con Mario, que me veía sin verme, de pié en un balcón a punto de
caer, sus ojos ya no eran más que cuencas vacías y oscuras y su rostro una mueca
rígida de dolor, miedo, sufrimientos… y de muerte…
. . . . .
Señora, ¿cómo se siente? – escuché una voz de hombre
hablándome, yo apenas trataba de abrir los ojos, trataba de enfocar algo,
pero una intensa claridad me cegaba – ¿Señora Beatriz, me puede escuchar?
¿Do…dónde… dónde estoy? – logré preguntar.
Usted se encuentra en el centro de salud del pueblo
señora, y yo soy el Doctor Domínguez… ¿recuerda qué le pasó?
¿Qué… cómo?
¿Qué si recuerda qué fue lo que le pasó? ¿Por qué estaba
tirada entre las ruinas de esa casa?
Ruinas de una casa… ¿qué casa?
Bueno, mejor descanse ahora, más tarde me platica…
Estuve en ese centro de salud por 4 horas hasta que me sentía
mejor para irme con mi hija, a la que llamaron luego de haberme encontrado en
ese lugar. Fue muy temprano en la mañana, un joven jornalero me vio tirada a lo
lejos en medio de lo que una vez fue un jardín en esa vieja casona abandonada,
que en tiempos mejores fue un hotelito muy coqueto. El joven le contó al médico
que me halló tirada en el suelo y fuertemente aferrada a un viejo tronco de
caoba, como si alguien hubiese tratado de jalarme al interior de derruido
caserón. Dijo que lo primero que pensó es que había sido atacada y violada por
la noche, pero que al final no creyó que ese fuera el caso porque mi ropa no
estaba rota. Llamó a la policía y esta me llevó al centro de salud.
La verdad es que no sabía qué pensar en ese momento, me
costaba mucho creer lo que me había pasado. Sin embargo, antes de irme aproveché
para preguntarle al médico sobre ese lugar…
Mire señora, esa casona fue, hace muchos años, un hotel
muy hermoso, lleno de jardines que siempre estaba floreciendo y en donde se
reunían todas las personas adineradas del pueblo. Eso fue hasta que se murió
el dueño… y luego pues… se fueron muriendo todos sus familiares… la verdad
es que fue una cosa bien rara, porque todos ello iban muriéndose aunque no
tuvieran nada… era como si alguien se los llevara de repente…
¿El dueño… cómo se llamaba?
Se llamaba… a ver… ya me esta fallando la memoria, vamos
a ver… se llamaba Mario… Mario algo… – la sangre se me heló inmediatamente –
bueno, la cosa es que se llamaba Mario… era un tipo bastante extraño, muy
callado y siempre parecía estar triste.
¿Cómo murió? – pregunté.
Pues… se puso un lazo en el cuello y amarró la punto al
balcón, luego se tiró de allí… murió de una fractura en las vértebras
cervicales. Desde entonces el caserón se ha ido arruinando cada vez más y
más… nadie lo quiere, porque dicen que por las noches se oye gente gritando…
Nunca más volví a ese pueblo, ni le conté a nadie lo que
pasó, total, nadie iba a creerme. Bueno, si se lo conté a alguien, se lo confesé
a mi hija, algo me dijo que tenía que decírselo… sobre todo luego que recibió la
llamada de su padre, invitándola a visitarlo para conocerse…
Garganta de Cuero.
Pueden enviarme sus mensajes y opiniones a mi correo
electrónico,
garganta_de_cuero@latinmail.com,
besos y abrazos.