MASCHERATA A VENEZIA
Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura
ché la diritta via era smarrita.
(Inferno Canto I. La Divina Commedia di Dante Alighieri)
Colombina
Venezia. La Serenissima. No hay un lugar en el mundo
con mayor encanto para los enamorados. Pasear en góndola por esos románticos
canales a la luz de la luna junto a la persona amada es una experiencia que
nunca se olvida. Es una ciudad mágica. Un derroche de lujo y esplendor en la
semana de carnavales. Podría seguir alabando las maravillosas cualidades de
la ciudad del amor, como el folleto turístico de cualquier agencia de
viajes, pero prefiero ahorrarme más tópicos. Venecia es una mierda.
Sí, es cierto que es una ciudad muy bella. Bellísima. Su
aspecto es soberbio, tanto que me abruma. No sé cuántos palacios, cuántos
museos, cuántas iglesias he visto ya... Los nombres se me enredan y me
confunden. Recuerdo la Basílica, la de los mármoles y mosaicos, columnas,
arcos estilo árabe, la de los cuatro caballos de bronce del balcón; el
Palazzo Ducale, con esos salones completamente cubiertos, incluso los
techos, de obras grandiosas de Tintoretto, Tiziano, el Veronés. En la
escalinata del Palazzo tuve que cerrar los ojos. Me mareaba y tenía que
salir al exterior, de vuelta a la plaza San Marcos. Y es que tanta belleza
duele, me corta el aliento. Venecia es tan bella que hace daño.
Noto que me falta el aire en esta ciudad agobiante de
turistas, palomas, enmascarados, sedas, cristal, brillo, palacios, puentes y
callejuelas estrechas. Y cuando intento inspirar profundamente, una arcada
me revuelve el estómago por el hedor a podrido que emana del lodo de sus
románticos canales.
Contemplo desde uno de sus innumerables puentes a esa
parejita de la góndola. Se miran y se sonríen. Y yo cruzo el puente de
vuelta al hotel y me pregunto qué coño estoy haciendo aquí. Cuando Ernesto
me habló del viaje y me pidió que le acompañara, imaginé que sería
diferente. Pensé que aquí podríamos recuperar la ilusión tras siete años de
matrimonio, romper la rutina y volver a sentir de nuevo un poco de la chispa
de la magia del amor en nuestros apagados corazones.Qué estúpida fui. Esto
no es más que otro desagradable viaje de negocios, con esas absurdas
reuniones de directivos y todas esas insoportables cenas, junto a
insoportables nuevos socios, y sus insoportables esposas. Y yo, como buena
mujer florero, acudo siempre hermosa y perfumada del brazo de mi flamante
marido.
Y allí enmascaro mis ganas de vomitar con una enorme
sonrisa y cierto talento para proceder de la forma más adecuada, siguiendo
al pie de la letra el protocolo en esas reuniones de mierda.
Siempre llevo mi máscara, sean o no carnavales. Son
tantos años llevando esta careta puesta, que se me ha pegado ya a la piel de
mi rostro y ni siquiera ahora que me encuentro a solas con Ernesto en la
habitación del hotel soy capaz de quitármela. Sigo siendo la bella esposa
discreta y elegante, la serena amabilidad del beso en la mejilla de buenas
noches y las dos camas separadas que no recuerdo cuánto tiempo hace ya que
no se juntan.
-Buenos días, Paola -Ernesto me sonríe. Ya hace rato que
se ha levantado y se ha duchado. El servicio de habitaciones ha traído el
desayuno. Ernesto toma una taza de café capuccino ojeando la sección
financiera del periódico-. Acaban de traer los disfraces que encargué para
el baile de esta noche. Allí están. No encontrarás en toda Venecia otros
trajes iguales. Son modelos exclusivos de diseño, verdaderas obras de arte.
¿Te gustan?
-Buenos días, Ernesto... Oh... ¡Son preciosos! -Oh, sí,
de hecho, lo son. Son trajes como del siglo XVIII, suave terciopelo rojo
ribeteado con hilo dorado y lunas y estrellas bordadas en oro en la falda de
mi vestido y en la capa del suyo.
-Lástima que no pueda lucir el mío esta noche. Tengo que
preparar los informes finales para mañana, a primera hora, y me llevará
mucho tiempo. No te importará acudir sola, ¿verdad, cariño?
-Pues... - pues la verdad es que no me seduce demasiado
la idea- aunque llevar ese traje bien que valdría la pena, eso es cierto.
-Por favor, cariño, sabes lo importante que es para la
empresa conseguir esta venta, y si no acudimos al baile al menos uno de los
dos, pueden pensar que despreciamos la invitación de los Carpacce. No nos
podemos permitir ni el más mínimo error hasta que no tengamos todo bien
firmado y sellado. Lo entiendes, ¿verdad cielo? ¿Irás? No me falles ahora,
Paola. ¿Llamo para que te pasen a buscar?
-No, no es necesario. Está muy cerca, cruzando un puente,
en el Salón Scala Piano de la zona de Cannaregio. Y sí, claro que lo
entiendo. No te preocupes, claro que iré -y la máscara en mi rostro vuelve a
sonreír.
Ernesto toma sorbos de café muy caliente sin quemarse.
Comprendo que no se queme porque mi marido es frío como un témpano de hielo.
Sin embargo ahora mismo acabo de tener de nuevo esa sensación de que su
flema aparente es también una máscara que mantiene oculto a un hombre
completamente desconocido para mí. Su mirada huidiza, esa media sonrisa,
tanta insistencia para que acuda al baile... Cualquier mujer sospecharía que
su marido desea deshacerse de ella. Cualquier mujer cuyo marido llegase
siempre tarde a casa a causa de tantas reuniones de negocios sospecharía
algo, sí. Y cualquier mujer treintañera, apetecible y bien dispuesta a
complacer a su marido que comprobara que éste llega con excusas y sin ganas
de sexo noche tras noche durante meses, sospecharía que su marido la está
engañando. Y yo, evidentemente, soy como cualquier mujer.
Mientras converso sobre nimiedades, mi mente concibe un
plan que me sacará de dudas de una vez por todas.
*******
No es un traje tan espléndido como el que llevaba puesto
cuando salí del hotel, es otro bastante más tosco. Menos sofisticado, aunque
más sensual, con una falda larga de amplio vuelo y un corpiño negro ajustado
que deja mis senos casi al descubierto. Me miro al espejo. Tengo la
impresión de que parezco una prostituta de esas de las películas de Jack
el destripador. La máscara es blanca y cubre desde la frente hasta la
mitad de mi rostro, a la altura de la nariz. Por la parte de abajo tiene un
encaje negro de puntillas que cubre mi boca y el resto de mi cara. Es
imposible reconocerme.
La vieja de la tienda de disfraces me sigue mirando
asombrada. No entiende que le alquile un disfraz de inferior calidad y le
deje el mío en depósito hasta que vuelva a recogerlo. Un'altra pazza
turista buffona o algo así sussurra a sotto vocce.
Espero, medio congelada de frío, en el portal de una
tiendecita de lámparas de cristal de Murano. Desde allí puedo ver la entrada
de nuestro hotel. Si en treinta minutos no veo nada sospechoso, vuelvo a la
tienda de alquileres a recuperar mi traje, voy a la fiesta de los Carpacce y
ruego disculpas por acudir tarde.
Sin embargo, antes de que transcurra un cuarto de hora,
mi marido sale del hotel ataviado con su vistoso disfraz. No cruza el puente
hacia Cannaregio, sino que tuerce a la izquierda.
Por fortuna Ernesto es bastante alto, de complexión
robusta, y el traje es rojo con una capa y capucha brillante y llamativa. De
otra manera, le hubiera perdido avanzando contracorriente entre esas
callejuelas y puentes atestados por la marea de turistas, que arrastra hacia
el centro para ver los desfiles. Por fin llegamos a una zona más tranquila.
Las callejuelas son aún más oscuras y retorcidas. Sigo a Ernesto a una
distancia prudencial, hasta que se detiene ante una especie de casona grande
y antigua. La aldaba suena cuatro veces. Se abre el pesado portón y Ernesto
entra.
Espero sin saber qué hacer, y finalmente me decido. Ya
que estoy aquí, no voy a echarme atrás. Sujeto la anilla del aldabón con
manos temblorosas por el frío y los nervios y la dejo caer cuatro veces
consecutivas. El hombre de la puerta es alto y muy delgado. No lleva
disfraz, parece el mayordomo. Me pide la invitación. Le susurro que he
olvidado cogerla. Por suerte, no pone objeciones, no hace más preguntas y me
indica que le siga.
******
Arlequín
Suena la Introducción y Rondó Caprichoso para violín de
Camille Saint Saëns y ella entra en el salón revoloteando, algo perdida,
como una pequeña polilla atraída por la luz. Parece que busca algo o a
alguien, aunque observo que ha venido sin acompañante. No es necesario verle
la cara para adivinar su expresión de azoramiento y cierta perplejidad. Casi
podría afirmar que no ha sido invitada y se ha colado en nuestra fiesta
especial. Sí, seguro que el mayordomo ya ha avisado al maestro de ceremonias
de la presencia de la pequeña intrusa sin invitación.
La contemplo, apoyado en una de las columnas torneadas de
mármol, amparado por la oscuridad, como una araña vigila su presa. Desde
aquí puedo oler su inocencia, algo poco frecuente en este ambiente.
Y allí está de pie, exáctamente en el centro del salón,
en la zona más iluminada, bajo la pesada lámpara de bronce de doce brazos
estilo Imperio. Es menuda, lleva el cabello rizado castaño recogido con una
cinta roja. Su traje no es de tan buena calidad como el mío, sino que lleva
un modelo muy escotado, bastante vulgar, de materiales acrílicos. Aun así,
algo en ella resplandece. Es poderosamente atrayente para mí esa turbación
que demuestra su cuerpo paralizado, sus puños apretados y sus músculos
tensos cuando nuestro maestro de ceremonias se acerca susurrándole al oído,
y ella da un paso hacia atrás, sin saber qué hacer. No huyas, caperucita...
Has despertado mi apetito de lobo y esta noche he decidido comerte.
Sacudirme de encima a mi mujer con una estúpida excusa no
ha sido tarea difícil. Se lo cree todo. Sí, es la esposa ideal, la perfecta
anfitriona, la palabra correcta en el momento oportuno, y... y un
aburrimiento en la cama. El sexo con ella es tan previsible y rutinario que
me produce verdadera aversión. Me encantaría ver su cara simplemente un
momento, ver su expresión si supiera lo que me gusta realmente en el sexo,
si supiera todo lo que he hecho, todas esas noches salvajes, tantas orgías
de alcohol, drogas y sexo perverso que he disfrutado mientras ella creía que
estaba trabajando en la oficina hasta altas horas de la madrugada. Pensé que
esta noche sería así, pero creo que va a ser mucho, mucho mejor, y sin
haberlo planeado siquiera.
Una de las hermosas camareras portando una bandeja con
copas de champagne y rayitas de coca se acerca luciendo su torso desnudo,
vestida únicamente con una sencilla faldita de gasa negra transparente. En
esta modalidad de caza, es importante tener un buen reclamo que llame la
atención. Los invitados a la fiesta conversan, sonríen, beben, se miran y se
tocan disimuladamente... Ya es hora de que alguien rompa el hielo y comience
la función.
Noto que ella me está mirando mientras vierto un hilito
de dorado líquido sobre las tetas de la joven y chupeteo en sus pezones las
sabrosas gotas de Dom Ruinart. Las calzas de terciopelo no pueden disimular
el bulto en mi entrepierna, que no ha pasado desapercibido para una de
tantas zorras, una vestida de egipcia, que acude a meterme mano,
relamiéndose ante la perspectiva de llevarse a la boca una buena polla.
-Quieta, Cleopatra -detengo el ansia voraz de la mujer,
que entonces decide calmar sus apetitos acomodándose en el diván y
comiéndole el coño, previamente espolvoreado de coca, a la camarera que se
retuerce gimiendo.
El rondó caprichoso se encumbra hacia el orgásmico
apoteosis final, y tras unos segundos de transición oyendo la cacofonía de
carcajadas, suspiros, voces y exclamaciones, Saint Saëns vuelve a emerger
con fuerza con los violines vibrantes de la Bachanalle, fragmento de la
ópera de Sansón y Dalila. Bacanal. Mucho más apropiada, obvio. El dios Baco
se sentiría orgulloso de cada una de nuestras celebraciones, ya que antes de
finalizar la pieza musical, la mayoría de los enmascarados ya están ebrios y
desnudos, inmersos en un incitante desenfreno sexual. Yo no deseo eso. No se
trata de follar por follar. Eso me resulta aburrido. Mi deseo se centra en
la intención de pervertir a la pequeña palomita que, asustada, se oculta
sentada en una banqueta en aquel rincón, sin perder detalle de lo que
ocurre.
******
Colombina
Sexo. Mire hacia donde mire todo es sexo a mi alrededor.
Tapices, alfombras, esculturas, bajorelieves, motivos del mobiliario,
lienzos... toda la lujosa decoración está basada en escenas sexuales:
parejas, tríos, grupos, hombres, mujeres, animales... El escenario es el
adecuado para dar ambiente a este tipo de fiesta, donde todos acaban
follando a la vista de todo el mundo. Y eso es lo que veo, allá donde mire.
Parejas, tríos, grupos, hombres, mujeres, hasta animales... Todos follando.
Nunca me ha gustado la pornografía, ni las escenas de sexo explícito en las
películas pero... pero tengo que reconocer que en estos momentos estoy
realmente excitada. Veo a esa mujer mamándosela a ese hombre obeso y
sudoroso, mientras ese otro la tiene bien cogida, embistiéndola desde atrás,
berreando como un cerdo. Aaah... Es una escena tan sórdida... No comprendo
cómo algo así me está poniendo tan cachonda, pero es que nunca en mi vida he
estado caliente como ahora.
Debí haberme ido en el momento en que me habló ese hombre
que se presentó como el maestro de ceremonias, sin embargo decidí quedarme a
pesar de sus advertencias. "Questa é una reunione privata e realmente
speciale, signorina. Prego che abbandoni la sala senza armare scandalo,
benché possa rimanerti se tu lo desiderti, ma questo indica che devi
accettare qualunque domanda sessuale che gli indichi qualunque invitato. É
la tua decisione". Estaba claro, si me quedaba era con la condición de
aceptar cualquier demanda sexual de cualquiera de estos degenerados. Así que
por eso estoy aquí medio escondida en este rinconcito oscuro... Pero es que
no puedo irme ahora sin saber qué pasa con Ernesto.
Y es que lo más extraño es que con Ernesto no pasa nada.
No hace nada. Allí está, sentado en aquel sillón, tomando una copa,
totalmente vestido. Supuse que se iba a follar a la camarera esa, pero no.
Parece que espera algo, no sé... Pero ¿qué? ¡Oh! ¡Dios! ¡Aquel hombre se
está corriendo en la cara de esas dos chicas! Necesito urgentemente ir al
baño, yo... yo no puedo más, joder, necesito aliviarme, tengo las bragas tan
húmedas que seguro que he mojado hasta el tapizado de la banqueta.
*******
Arlequín
¿Dónde va mi palomita? Sale por el pasillo, mira hacia
los dos lados... Supongo que busca un cuarto de baño. La sigo sin que me
vea, pero no soy el único que está al acecho... Llegamos al baño, ella entra
y.. ¡Oh! Ese hombre con la máscara de tigre se ha avalanzado sobre ella .
Antes de que pueda gritar, la ha amordazado. Tipo listo. Si ella grita,
seguro que atrae la atención de otros cazadores que desean follarse a la
fuerza a alguna zorra estrecha menos dispuesta que las que acuden a este
tipo de eventos. Le desgarra la blusa y el chaleco de un zarpazo. Mmmm...
Preciosos... tiene unos pechos pequeños preciosos, su piel es muy blanca y
fina, en contraste con las manos oscuras y toscas de ese patán que le
manosea las tetas y le pellizca los pezones rosados.
Aaaah... Esto no me lo esperaba... Eres una gata salvaje,
pequeña colombina, arañas y muerdes, pataleas y te revuelves, pero no puedes
hacer nada contra ese fuerte golpe en la cabeza que te tambalea y te deja
aturdida. Tú te derrumbas, él te voltea, te sujeta la cabeza en el lavabo y
sube tus faldas. De un tirón rasga tus bragas, encaje y seda color beige.
¿El culo? Sí, claro, va directo a meterte esa polla enorme por el ano.
Seguro que no has practicado nunca sexo anal, que tu culito respingón
conservador de mojigata melindrosa se mantiene virgen y ese agujero lo
tienes bien, bien estrechito. Lo que no sabéis ni tú, ni ese perro
perdiguero que te manosea y tienta ya tu culo con su asquerosa polla, es que
yo te vi primero, que yo tengo preferencia, y que yo consigo siempre lo que
quiero. Y quiero ser el primero en romperte el culo. Por eso agarro el
jarrón Cloissone de bronce grabado. Es bellissimo... Una obra de
arte.
- Scussi... Va bene... -y le asesto al energúmeno
éste un golpe seco en esa testa grassa e calva con el jarrón-. Mi
dispiace. La ragazza é mia.
*******
Colombina
Me arrojó de allí como el que lanza a la calle una
colilla. Como si fuera basura. Estoy vagando por estas callejuelas, aterida
de frío bajo el relente de la noche, vigilada por las sombras espectrales de
los palacios herrumbrosos reflejadas en el agua. Siento escalofríos en el
cuerpo y un mordisco de hielo en el alma. Necesito respirar, en esta puta
ciudad no se puede respirar, joder, y menos aún en este puente cubierto, que
ya no me parece un refugio, sino una trampa mortal. El Pointe dei Sospiri
no recibe su nombre por los suspiros de los enamorados, esa es otra
creencia falsa, sino porque este puente comunicaba el Palazzo Ducale
con la prisión de la Inquisición, y en él los condenados a muerte suspiraban
porque sería la última vez que verían el sol, el cielo y el mar. Condenados,
no enamorados. Son los suspiros de los malditos herejes condenados.
La gente que pasa me mira sorberme los mocos y limpiarme
las lágrimas con el dorso de la mano. Piensan que me tambaleo y lloro porque
estoy borracha. Que se vayan a la mierda. Condenados, todos lo estáis
también, no sabéis nada. ¡Nada!
Recobré el sentido sentada en un catre en esa especie de
mazmorra húmeda y oscura. Aún seguía con la mordaza en la boca, la cabeza me
daba vueltas. Estába aterrorizada. Entonces vi a Ernesto, que se acercaba a
mí y acariciaba mi cabeza, y recordé pequeños flashes: el tipejo ese que me
atacaba, el pánico, la imagen en el espejo de la figura alta de mi marido
con un jarrón en la mano. Me había salvado... Sin saber que era yo, Paola,
su mujer, él me había salvado, y lloré de alivio y de agradecimiento.
Fue entonces cuando llegó el maestro de ceremonias
llevando a aquella muchacha pálida y demacrada. Parecía tan joven... y
parecía tan desesperada... Oí su risa cruel. Ernesto se reía y se negaba a
darle la papelina a la chica hasta que hubiera terminado de jugar con ella.
Cuando le dijo en qué consistía el juego, la joven palideció más, pero él
sabía que ella estaba dispuesta a todo, que se vendía a sus caprichos más
escabrosos por la imperiosa necesidad de su adicción. Ernesto sabe mucho
sobre negocios: es la ley de la oferta y la demanda. Esa pobre niña era sólo
un trozo de carne y él pagaba por hurgar en ella.
Ahora, apoyada sobre la barandilla del puente me vuelven
a dar arcadas, pero ya no queda nada en mi estómago que pueda vomitar.
Cierro los ojos y aún veo lo suyos aterrorizados, pobre chiquilla, cuando
Ernesto se quitó la capa y la casaca de su traje. Su mano y su brazo
brillaban por efecto del lubricante. La muchacha sobre ese jergón, desnuda,
temblando, con las piernas abiertas, las rodillas flexionadas... Aún parecía
más poquita cosa, tan escuálida.
No puedo olvidar sus ojos, espantados al ver cómo se
acercaba Ernesto con la mano y el brazo brillantes de grasa. La muchacha se
mordía los labios y se le saltaban las lágrimas cuando él le introdujo el
cuarto dedo. Las manos de Ernesto tienen la piel fina, sin callos, la
manicura perfecta, pero son manos grandes. Él hace caso omiso a los sollozos
apagados de la chica e insiste girando la mano una y otra vez, hasta
conseguir meter los nudillos. Ti piace? Vuoi che continui? Più
profondo?
Y la muchacha enmascara su dolor con una falsa sonrisa y
te dice que sí, que claro que le gusta, que más profundo, claro que sí...
Qué cabrón. Le metiste hasta el puño sabiendo lo que le dolía, pero eso te
encantaba, es lo que te calienta. Siempre pensé que eras frío, y no es
cierto. Lo que nunca imaginé es que lo que conseguía calentarte era
atormentar a otro ser humano.
Y en cuanto acabaste con ella, comenzaste conmigo.
La barandilla del puente es de piedra. Está muy fría.
Tengo dos uñas rotas. Veo las grietas que reptan desde el fango por la
piedra como heridas, como cicatrices eternamente abiertas que supuran
corroyendo una ciudad herida de muerte. Sangran las heridas de mis codos y
mis rodillas, magulladas por el roce contra el suelo de piedra por las
embestidas frenéticas de su cuerpo contra el mío, invadiendo a la fuerza,
clavado en mi carne. Lágrimas cálidas resbalan por mis mejillas y se
estrellan al caer sobre el moho del pretil. Gotas cálidas de sangre y semen
resbalan por mis piernas. El dolor agudo de mi ano es ahora un lamento
latente, pulsante y contínuo de fuego. Ti Piace, Colombina? Più profondo?
Y su polla se ensartaba de nuevo, hasta lo más profundo de mi ser,
desgarrándome por dentro el corazón hasta dejarlo tan agrietado, sucio y
frío como este puente de piedra, el puente de los suspiros de los
condenados.
Condenados... Todos estamos condenados, todo es una
mierda, en el fondo todo apesta, todo es falso. Es hermoso por fuera, la
apariencia es bella, pero la raíz está podrida. Por eso acaba hundiéndose.
Por eso la ciudad se hunde. Por eso mi matrimonio se hundía, porque era
hermoso en apariencia y en el fondo apestaba y estaba podrido. Ernesto es un
monstruo, es una farsa, está todo podrido, todo en él es falso, es... es un
monstruo. Un monstruo...
******
Pierrot
El tormento de tener que disimular, de fingir día tras
día, noche tras noche, me estaba matando. Aparentar que no pasa nada, que
todo va bien, disfrazando la realidad con una fría máscara, una farsa bien
interpretada en esta comedia costumbrista de vida tranquila y feliz.
¿Para qué contarle la verdad? ¿Para qué preocupar esa
linda cabecita y abrumarla inútilmente en
desvelos innecesarios? Para eso estaba yo, con todas esas noches sin dormir
dejándome la piel en este proyecto.
Para qué contarle lo del declive en las ventas, esta
maldita crisis exhortándonos a teñir de rojo los números, los balances con
rendimiento negativo en nuestros fondos en los últimos meses, las pérdidas
netas tan elevadas que los acreedores ya estaban arañando las puertas con
garras de acero. Ni reestructurar la plantilla, ni rescindir contratos
temporales... Nada, pensaba que nada podía salvarnos de la bancarrota. Todo
lo que tenemos, todas nuestras posesiones invertidas en esta empresa
destinada a la quiebra, a no ser que se obrara un milagro.
Paola, ¿cómo iba a mirarte a la cara tras un fracaso así?
Prometí dártelo todo, tenerte como una reina, y en cuestión de poco tiempo,
sólo podía ofrecerte la ruina total y absoluta. La ansiedad me oprimía el
pecho cada vez que tu cuerpo se aproximaba al mío durante todo este tiempo,
porque sé que deseabas que yo te tomara entre mis brazos y te hiciera mía.
Pero no podía, mi vida, no podía... El estrés era superior a mi deseo y... y
mi cuerpo permanecía apático, mi ánimo decaído, y todavía me sentía más
desesperado por la angustia de no poder satisfacerte, pero es que me sentía
tan impotente, tan fracasado...
Afortunadamente el milagro por el que he estado luchando
tanto tiempo se ha realizado. Ya está todo firmado por los socios
inversores. Este contrato con estos importantes clientes venecianos supondrá
una apertura hacia el mercado italiano y nuestra tabla de salvación ante
nuestro inminente hundimiento.
Y ahora por fin, puedo relajarme y respirar tomando una
copita de Chianti, contemplando esta bella ciudad desde la terraza del
hotel. Es tan hermosa, Venecia es la ciudad más bonita del mundo, la ciudad
del amor, y no la he disfrutado apenas con mi adorada Paola.
Ay, Paola, mi amor, espero que lo estés pasando bien en
esa fiesta de disfraces. Me hubiera encantado ir contigo. Era una lástima
que ese estupendo disfraz no se aprovechara, así que me alegro de habérselo
dejado al principal socio inversor de la empresa del señor Carpacce. Lo vio
y le encantó, y como tenemos la misma altura y la misma complexión, pues le
sentaba como un guante. Espero que él también disfrutara de su fiesta.
Yo, ahora mismo, no deseo fiestas. Sólo deseo que vuelvas
aquí, Paola, a mi lado. Deseo abrazarte, besarte, sentir el calor de tu
cuerpo junto al mío y hacerte el amor con toda la dulzura, con toda la
pasión, con todos mis sentidos. Sé que nunca he sido un hombre demasiado
expresivo, más bien todo lo contrario. No recuerdo la última vez que te dije
que te amaba. Debería decirte "te quiero" más a menudo; tú sabes que te
quiero, pero sé que debería decirte eso y mucho más. Decirte que eres mi
vida, que tú lo eres todo para mí, agradecerte toda la felicidad que me has
dado, mi bella Paola, tan hermosa, tan dulce, la mujer más bonita del mundo.
Mi mujer. Siempre me ha parecido algo ridículo descubrir mi lado más
sentimental, pero ahora, en este momento, me parece lo más apropiado. ¿Será
está ciudad tan hermosa la que despierta en mí ese deseo? Claro. No por nada
es la ciudad del amor. Venezia. La Serenissima. No hay lugar en el mundo con
mayor encanto para los enamorados. Aquel es el Puente de los Suspiros, y en
este preciso momento yo estoy suspirando de amor por ti, Paola.
FINE