Mujer sola.
Mariana se mira desnuda en el espejo. Rubia, ojos azules, en
los cuarenta y dos, con un cuerpo cuidado al que los dos partos han hecho
madurar en belleza, los senos ni grandes ni pequeños talla 85, sin caer , con
los pezones erectos, rosados. La cintura estrecha, las caderas piensa que podían
ser más anchas, le dan un aspecto de ambiguo, pero así tiene la cola, pequeña y
paradita, como dos medios balones, el triángulo del sexo apenas cubierto por una
pelusa. Se sabe hermosa, deseable. Pero está sola, su marido la ha dejado.
Después de 24 años de matrimonio, tras casar a su hijo y a la niña, le anunció
que no la quería, que se iba a vivir con otra mujer. Había preparado todos los
papeles del divorcio sin decirla nada.
Ha sido mujer de un solo hombre: su marido. Le ha complacido
siempre, nunca le ha dicho que no a sus propuestas sexuales, desde que le
entregó su virgo una semana antes de la boda. Creía que le volvía loco, en el
viaje del veinte aniversario de la boda a Grecia y Turquía, durante los siete
días que hicieron turismo en aquellas lejanas tierras mediterráneas, él pidió
que, como los viejos griegos y turcos (nunca supo de donde lo había sacado)
quería tener relaciones anales. Una y otra vez la sodomizó, sin una queja por su
parte y cuando él se dormía, se masturbaba para poder acabar. Sólo en Madrid,
antes de volver a Buenos Aires la había penetrado normalmente.
Recordó como le chupaba la pija hasta que se endurecía, y
como le recibía en cualquier posición, pendiente de su placer.
La había dejado una tarde y nunca volvió a casa. Sabía que
vivía con una muchacha de apenas 30 años, él con sus 53 debía estar en una
segunda juventud.
Su refugio ha sido su socia y amiga de la infancia, Silvia,
que también está sola , pero hace más tiempo que ella. La ha convencido, para
que se anime, en pasar una semana en un "todo incluido" de Isla Margarita, la
tienda da beneficios y se lo puede permitir. A ella le gusta el calor y en
Buenos Aires hace frío y llueve.
Está sola en Isla Margarita, apenas hay clientes en el hotel.
Ha pasado el día disfrutando del agua templada del Caribe.
Luego en la pileta, tomando daikiris, mientras leía una novela policíaca: "Los
Ángeles al desnudo", había visto la película, así que no necesitaba pensar
mucho.
El camarero que servía las copas, la devoraba con los ojos,
ella se ha soltado la parte alta del bikini para tomar el sol de espaldas,
dejando ver sus senos colgantes al cambiar de página.
Está muy caliente, Se ha duchado y puesto crema hidratante.
Pero siente la vulva empapada. Se ve hermosa, desnuda frente al espejo.
Se cubre con el albornoz cuando llaman a la puerta. Es el
muchacho que trae un sándwich y un gin tonic, Ha pedido que se lo suba a la
habitación cuando acabase su turno.
Abre la puerta. El camarero es un ejemplar de macho fuerte,
musculoso de color ébano. No lo duda, se abre la bata y le dice con voz ronca:
"Dame placer y tendrás una buena propina"
Se asombra cuando el joven se desnuda, atlético, con una
verga enorme, erecta, poderosa, apuntando al techo. No creía que existían cosas
así.
No se entretiene en preliminares, se tumba en la cama,
abierta de piernas para que la penetre. Cuando se llena de carne dura y el
muchacho comienza a bombearla, suspira, gime y acaba chillando.
Está relajada y feliz, hacía tiempo que no la cogían tantas
veces seguidas, su pareja es incansable. Tumbada, mientras le vuelve a acariciar
el pene, le pregunta:
"¿Cómo te llamas? ¿ Cuántos años tenés?"
"Mauricio y tengo 19 años"
"Podías ser… mi hijo"
"No me lo creo, es usted muy joven, debe tener treinta y muy
pocos"
Mariana se ríe con el candor o de la facilidad de mentira del
hombre. Le besa y le musita al oído:
"Déjame dormir. Anda vete, toma 50 dólares de propina.
Mañana, nos volvemos a ver".
El hombre se va, Mariana se mueve satisfecha en la cama.
Piensa en Mauricio y su enorme verga incansable, toda mujer blanca ha fantaseado
con el negro de pija descomunal, ella ha comprobado que existe. Sonríe haciendo
planes para toda la semana.