Habían pasado algunas semanas desde que Mónica aceptara el trato con su
vecino Juan y se acostara con él. Y lo que en un principio le había parecido la
cosa más desagradable, repugnante, humillante y degradante del mundo, pronto se
convirtió en algo muy diferente. Por supuesto el dinero era lo que la movía a
acostarse con ese viejo y a participar de todas sus perversiones, pero tenía que
reconocer que más de una vez había disfrutado. Quizá en el fondo a ella también
le gustaba todo aquello, quizá había descubierto que degenerarse con aquel viejo
podía llegar a ser muy excitante.
Todas las semanas la pagaba una misma cantidad de dinero, no era una cifra
exhorbitante, pero a ella le servía para seguir pagando el alquiler. Daba igual
el número de veces que se acostaran o las veces que requiriera sus servicios, la
cantidad no variaba, algunas semanas se veían con mucha frecuencia, otras no se
veían en muchos días. Peo cuando la llamaba, ella debía dejarlo todo y acudir a
su casa. No quería reconocerlo, se resistía, pero sabía perfectamente que se
había convertido en una puta, en una prostituta, de un solo hombre, pero en una
puta, y ni siquiera tenía derecho a elegir o quejarse, el trato lo dejaba muy
claro, cobraba, y a cambio debía cumplir todos los caprichos sexuales y
perversos de Juan.
Por supuesto una de las cosas que más fascinaban a Juan era la juventud de
Mónica y saber que una chica tan guapa como ella se avenía a todos sus caprichos
y era complaciente, no importaba lo que le pagaba, exprimía al máximo hasta el
último céntimo. La mayoría de las veces la llamaba por móvil y la ordenaba que
subiera a su piso, Mónica se vestía sexi, como podía gustarle a Juan y pasaban
el rato que a Juan le apeteciera follando y practicando cualquier guarrada que a
su vecino le apeteciera ese día. Pero otras veces la pedía que se vistiera muy
provocativa y que le acompañara a dar un paseo por la ciudad.
La primera vez que esto ocurrió fue casi peor que la primera vez que se
acostó con él. Se vistió y subió a su piso para que le diera el visto bueno. Se
había puesto una falda a medio muslo, una camiseta de manga corta y sandalias, y
ropa interior. Cuando Juan la vio se enfadó muchísimo, y le preguntó que si es
que se estaba burlando de él. Volvió a su piso, se cambió y volvió a subir. Era
finales de verano, y todavía hacía calor. Esta vez llevaba una falda muy corta y
una camiseta de tirantes, más unas sandalias de tacón. Juan la miró sonriendo,
dando su aprovación.
-¿Ves como cuando quieres sabes vestirte como a mí me gusta? Recuerda que
parte del trato es que vestirás siempre cuando estés conmigo de forma muy
erótica, como la puta que eres, ¿comprendido? Aunque falta un pequeño detalle...
Le hizo quitarse el sujetador y las bragas, y así vestida, salieron a la
calle. Mónica se sentía totalmente humillada y vejada. Además, ahora estaban en
público, no era como vestirse como él quisiera en la intimidad de su piso,
aparte de que cualquier conocido podía verla. No es que nunca se hubiera vestido
así, Mónica no era precisamente una monja, y le gustaba ir a discotecas y ligar
con chicos, y le encantaba vestir provocativa, no siempre, pero al menos cuando
la situación lo requería. Pero esto era totalmente diferente. Al principio
Mónica se apartaba todo lo que podía de él, para que no pareciera que iban
juntos, pero en seguida Juan la cogía de la mano o de la cintura, y entonces
Mónica ya sólo podía pensar en el dinero que estaba ganando gracias a aquello.
Juan la iba sobando todo el paseo, con la mano siempre más en su culo que en su
cintura. La faldita marcaba perfectamente sus nalgas y la camiseta no dejaba
ninguna duda de la ausencia de sujetador. Mónica estaba muy confusa, por un lado
miraba a su alrededor constantemente, temiendo ser reconocida, por otro el
calor, el aire metiéndose bajo su falda y la mano de Juan por su cuerpo, su
lasciva y degradante presencia la tenían mojada y excitada. Juan era consciente
pero para él era suficiente saber que la monada que caminaba a su lado, con su
cuerpo llamando la atención como la puta más provocativa, era suya. Su mano se
apretó más contra una de sus nalgas, sintiendo la carne joven y suave bajo la
tela, se deslizó un poco y se acopló entre las dos nalgas con un dedo encajado
en la raja del culo; el dedo se iba introduciendo en la raja, masajeándola,
según paseaban por la calle.
Los besos llegaron más tarde, cada cierto tiempo, la paraba y la besaba en la
boca con lujuria, sobándola todo el cuerpo con las manos. La gente los miraba
con deseo unos, con vergüenza ajena otros, con asco algunos, con envidia muchos.
Un viejo y una jovencita provocativa dándose el gusto en plena calle y
provocando a la gente. Era algo digno de verse. Juan disfrutaba como nunca, no
sólo de Mónica y su cuerpo y su boca, sino de la vergüenza que pasaba, de lo
humillada que se sentía, eso le hacía sentirse aún más excitado. Una de las
veces que estaban parados besándose, sus manos acariciando con gula su culo,
lentamente le fue subiendo la faldita hasta que su culo desnudo quedó al aire.
La gente que pasaba a su lado y se daba cuenta, se quedaba mirando alucinada,
todo el mundo tomando a Mónica por lo que de hecho era en ese momento, una puta.
Esa tarde, después de exhibirla por media ciudad, Juan la llevó de vuelta a su
piso, con la polla como una roca bajo los pantalones y tantas ganas de follar
como no recordaba en mucho tiempo. Sin desnudarla, la apoyó en la mesa del salón
y bajándose los pantalones la folló allí mismo, tantas ganas tenía que en pocos
minutos se corrió dentro de ella. Esa noche la pasaron los dos juntos.
Mónica se había ido acostumbrando poco a poco a los gustos y reglas de Juan,
como el hecho de que no usara nunca condones con ella, y tener su coño o su culo
siempre mojados de su semen. A veces él mismo la ordenaba no lavarse para estar
sucia para él, o para que sintiera su semen durante más tiempo. Muchas veces
Mónica había salido a la calle, sin bragas, como a él le gustaba que fuera, con
gotas de semen resbalando de su coño o su culo por sus muslos y piernas. Y poco
a poco también se fue acostumbrando a salir de paseo con Juan, a sentirse
degradada en público, observada por todos, y arriesgada a ser pillada por algún
conocido, o incluso alguien de su familia. Se vestía de forma exageradamente
provocativa, Juan ya no tenía que decirla nada, sólo mirarla boquiabierto y
babeando, cuando subía a su piso vestida con minifaldas, shorts cortísimos y
ajustadísimos, siempre sin ropa interior, tops, camisetas muy escotadas y
sandalias, planas o con tacones. Cuando llegó el frío, siguió yendo provocativa,
pero con otro estilo: tacones, medias, ligueros a veces, minifaldas o pantalones
ajustados, y escotes de vértigo. Mónica cada vez se sentía más puta, y cada vez
lo disfrutaba más.
El día que Juan cumplía 75 años, decidió celebrarlo a lo grande. Pasó varios
días sin contacto con Mónica y sin masturbarse, quería aguantar lo máximo
posible y llegar a ese día con todas las fuerzas y las ganas posibles. La llamó
el día anterior para decirla a qué hora la quería en su casa. Cuando se
presentó, sexi y provocativa como siempre, Juan le dijo que se desnudara, que
iban a salir, pero que él la había comprado la ropa. La entregó una bolsa y sacó
un vestido blanco, corto y semi transparente. Se lo puso y comprobó el efecto
delante de un espejo. Sin ropa interior, todo su cuerpo se traslucía claramente,
era exageradamente provocativo y lujurioso. De una caja sacó unos zapatos
también blancos, de tacón alto y con una ligera plataforma. El efecto de todo el
conjunto era sencillamente impactante.
Salieron a la calle y ya desde el principio Mónica pudo notar las miradas
sobre ella. Era perfectamente consciente del efecto y casi del escándalo que
estaba provocando. Era casi como si fuera desnuda por la calle, los hombres,
jóvenes y mayores, la miraban con lujuria en los ojos, las mujeres también la
miraban, unas con vergüenza, otras con deseo, muchas con envidia; la decían
cosas al pasar, la silbaban, y Juan no había disfrutado tanto en toda su vida,
porque veía las miradas de envidia y celos sobre él, y él a cambio fomentaba y
aumentaba más si cabe esa envidia, con su mano recorriendo la cintura y el culo
de Mónica al pasear. De la excitación y la emoción los pezones de Mónica se
pusieron erectos, mucho, y el efecto bajo la trasparencia era increible.
Pasearon por las zonas más frecuentadas de la ciudad, el centro, e incluso por
alguna calle donde había prostitución callejera, en esa zona Mónica llamó un
poco menos la atención, pero su líbido aumentó aún más, al pasear entre las
putas como una más, de la mano de su cliente.
Salieron de esa zona y tras andar un rato más llegaron por fin al destino que
teía Juan preparado. Se pararon ante una puerta de cristal en un edificio y
entraron, era un centro de la tercera edad. No había nadie en recepción y
pasaron directamente a una de las salas de ocio. La cruzaron, y Mónica se fijó
en todos los viejos sentados en los sillones y sillas, jugando a las cartas,
leyendo o viendo la tele. Hombres y mujeres muy mayores, algunos de ellos muy
ancianos, que pasaban las tardes de calor al fresco de ese centro de ocio. Juan
hizo un gesto a algunos de los viejos que estaban por allí sentados, y en
seguida tres ancianos se levantarosn y los siguieron hasta una sala vacía del
segundo piso. Parecía un pequeño despacho, con una mesa y varias sillas, y un
sofa a un lado. Entraron todos y cerraron la puerta. Juan le dijo que hoy era su
75 cumpleaños, y que ella era su regalo de cumpleaños, y que quería celebrarlo y
compartirlo con sus amigos. Los tres viejos la miraban babeando de lujuria y
Mónica no se creía lo que estaba a punto de pasar. Uno de ellos se acercó y
comenzó a sobarla las tetas. Mónica intentó protestar, pero Juan muy serio la
dijo que fuera tan complaciente como lo era con él, y que ese día tendría una
gratificación. Mónica abrió la boca, cerró los ojos y se dejó besar por el
viejo.
Sabía que no había otra cosa que pudiera hacer, así que Mónica se dejó sobar
todo el cuerpo por aquellas manos arrugadas y decrépitas, los cuatro hombres,
especialmente los tres viejos amigos de Juan la metían mano por todas partes;
eran tan viejos como su vecino, alguno incluso bastante más, caras arrugadas,
manchas, granos, todos oliendo a senectud. Mónica cerró los ojos y besó aquellas
bocas malolientes, con pocos dientes, su lengua repasó encías vacías y lenguas
ávidas; uno de ellos llevaba dentadura postiza, y se la quitó para disfrutar
más. Lentamente la quitaron el trasparente vestido, y aunque la diferencia no
era mucha, verla así, desnuda, solo con los zapatos, joven, suave, delante de
ellos, aumentó un millón de veces su excitación.
Siguieron besándola y sobándola, hasta que Mónica se arrodilló entre ellos y
se puso a palpar sus entrepiernas, en algunas había manchas de orina, todas
olían mal, pero Mónica las lamió todas, una a una, antes de empezar a bajar
braguetas y sacar pollas. Los pequeños y arrugados trozos de carne salían mucho
más crecidos de lo que ella esperaba, e incluso uno de los viejos tenía una
polla realmente aceptable. En cuanto Mónica se puso a lamerlas, la habitación se
llenó de suspiros y gemidos. Las pollas iban pasando una a una por la boca
golosa de Mónica, que miraba de vez en cuando a Juan, quien le devolvía la
mirada con deseo y aprobación. Mónica no sólo buscaba aprobación, sino que Juan
viera que lo estaba disfrutando, y que ese día iba a ser la puta más
complaciente y caliente que todos estos viejos hubieran disfrutado nunca.
Dos de los ancianos no aguantaron casi nada y se corrieron en seguida,
llenándo la boca de Mónica de semen. Ella seguía mamando, pero entre todos la
levantaron y la tumabaron en el sofá. Se desnudaron, ofreciéndole sus cuerpos
decrépitos y ancianos, y uno a uno se fueron tumbando sobre ella para follarla.
Los dos que no se habían corrido en su boca, incluído Juan, lo hicieron ahora,
por turnos, dentro de su coño, sudando y jadeando encima de ella. Mónica les
animaba sin parar, les decía todo tipo de obscenidades, se tocaba, gemía, lo que
ponía a los viejos al borde del infarto. Mónica empezó a disfrutar de verdad
de aquella sesión, de aquellos cuerpos ancianos, de los olores, de sus ganas;
cada uno de ellos la sacaba más de 50 años, y en algún caso incluso bastante
más, y aún así, parcía que fuera ella la mujer madura enseñando a follar a
cuatro adolescentes. Así se sentía, y quizá por eso lo disfrutaba tanto, y para
ellos era la mejor mujer y el mejor polvo que habían echado en varias décadas,
al menos sin pagar. Descansaron un rato, pero Mónica no queria dejarles así como
así, quería más, siguió mamando pollas hasta que los fue poniendo a todos de
nuevo en disposición, lo que no fue difícil a pesar de la edad. Se colocó de
rodillas en el sofá, de espaldas a ellos y ofreció su culo al más valiente. Uno
de ellos la cogió de las caderas y la folló entre gritos e insultos. Mónica
seguía animando a todos con lo que les decía y con su gemidos y jadeos, mientras
el resto se pajeaba.
-¡Vamos cabrones, preparaos, porque quiero que me folléis todos, quiero
vuestras pollas dentro de mí, quiero vuestro semen en mi interior! ¡Os voy a
dejar secos! Esta puta ha venido para sacaros toda la leche... ¿me la vais a dar
toda, ancianitos míos?... ¿me vais a follar toda?
El primero no pudo aguantar y se corrió antes de lo que hubiera desedo,
llenando el culo de Mónica de semen, ella se metió los dedos en el ano, los sacó
mojados y blancos y delante de todos, mientras se seguían pajeando, se los llevó
a la boca y los chupó con exageradas muestras de lujuria. Otro de los ancianos
gritó "puta" y se corrió, salpicando con su corrida a la propia Mónica y
mojándose las manos, su polla seguía palpitando en su mano y Mónica se levantó
del sofá y se arrodilló ante él para limpiársela con la boca.
-¡Pobrecito!... ¿no has podido aguantar?, no te preocupes, yo te dejaré
limpito.
Otro de ellos tampoco pudo aguantar y se corrió manchando el pelo de Mónica.
Mónica se tumbó en el suelo y dejó que acabaran de pajearse y correrse sobre
ella. Mientras ella se iba extendiendo todo el semen por su cuerpo, frotándose
de manera erótica, se chupaba las manos y sonreía pícara a todos. Uno de los
ancianos no pudo resistir el esfuerzo, su esfínter se relajó tras su última
eyaculación, y acabó cagándose encima. Otro de ellos se desmayó por el esfuerzo
y la emoción, y hubo que tumbarlo en el sofá para que se recuperara. Mónica se
vistió lentamente, sin dejar de mostrar sus encantos a los ancianos, dándole un
besito en los labios a uno de ellos, reconoció en alto que había tenido tres
orgasmos, y que eso no lo conseguía con cualquiera. Juan se subió los
pantalones, se lavó el sudor de la cara y salió del centro de ocio con Mónica, a
la que no permitió lavarse.
Durante el camino de vuelta, el vestido se le pegaba en alguna zonas debido a
la humedad de su cuerpo, con lo que el efecto era aún si cabe más escandaloso
que al principio, pero a Mónica no le preocupaba en absoluto, y mucho menos a
Juan, había tenido una sesión de sexo increible, y ahora iban a rematarla en
casa de su vecino los dos solos.