Cobardía I
Encontré a Ofelia compartiendo momentos de intimidad con su
gran amiga Gloria, y lo que había pensado en principio que se trataba tan solo
de una gran amistad resultaba ser algo más que eso, luego de que las descubrí no
dije nada aún a pesar de haberse dado cuenta ellas de mi presencia. Más tarde
dejé que mi mujer tratara de explicarme su comportamiento, aunque de momento yo
había simulado una molestia que no sentía, pero entonces mis pensamientos se
volcaron en aquella increíble relación con María, a la cual había pretendido
olvidar.
Cobardía I
Me casé con Ofelia porque pensé que de esa forma podría
olvidar a la persona que más amaba en la vida y que sentía no podía ser mía a
pesar de haber sostenido una maravillosa relación desde que eramos unos niños
jugando a inocentes juegos infantiles, haber pasado por la pubertad sin mayor
pena ni gloria y finalmente tras haber madurado sexualmente, haber compartido
una delirante aunque preocupante relación para mí, pues se había convertido en
un bonito aunque obsesivo amor filial para ambos del que yo pretendía
desprenderme.
Conocí a Ofelia en la misma empresa en donde trabajamos, una
empresa de comunicaciones y en la que ella se desempeña como operadora. Trabamos
una bonita amistad y con el tiempo nos fuimos haciendo más que simples amigos.
Por ese entonces yo tenía un conflicto conmigo mismo, el cual pensé que podía
remediar casándome con ella para olvidar un poco aquel cariño inmenso que
abrazaba mi corazón con lenguas de un fuego que no podía apagar.
No había tenido ocasión de conocer a mi futura esposa
íntimamente, cuando novios, pues ante todo siempre fui muy respetuoso de la
mujer y de su virtud, había sido prácticamente todo un caballero antes de
nuestra boda, sin embargo, las cosas no iban como yo esperaba. Desde nuestra
luna de miel supe que algo no andaba del todo bien, pues por más que me
esforzaba por complacerla íntimamente, su respuesta era más bien tibia,
demasiado tibia, diría yo. Luego ya de regreso en lo que sería nuestro nuevo
hogar, ella se pasaba gran parte del tiempo saliendo con amigas y hasta cierto
punto tratando de evitar nuestra intimidad. Pensé que yo estaba fallando en
algo.
Ofelia seguía demostrándome un gran cariño, aunque cuando me
acercaba para besarla, me rehuía. Era una gran mujer en otros aspectos, pero las
amigas con quienes ella salía se habían convertido en nuestra principal barrera.
Gloria su mejor amiga había tenido un bebé, el cual dejaba a
menudo con su madre para poder salir con mi esposa. Ella es mamá soltera y
compañera también del trabajo. El aspecto de Gloria era el de una chica de buen
ver, bonita cara y facciones muy delicadas, delgada, de bonitas piernas, buen
trasero y pechos exuberantes, lo cual yo atribuía a que estaba en período de
lactancia.
- Voy a acompañar a Gloria a comprar algunas cosas que
necesita para el bebé, ¿te importa?
- ¡No, claro, ella es tu amiga y es bueno que salgas con tus
amistades!
- Gracias, amor, eres muy comprensivo.
Y entonces salía y ya regresaba por lo general después de las
diez de la noche.
Sucedió como pasa en ocasiones, un día, tuve que regresar a
casa por unos papeles del trabajo que eran de gran importancia para un informe
que tenía que elaborar.
Gire la llave de la puerta de entrada a nuestro departamento
y entré procurando no hacer ruido, pues Ofelia se había quedado en casa,
alegando un dolor de cabeza, aprovechando que tenía unos días que se le debían
de sus vacaciones. Me sorprendió encontrar un sostén sobre la mesa de nuestro
pequeño comedor, el cual no me era familiar, aún cuando mi esposa es de pechos
grandes, sin embargo, esté no era como los que ella utilizaba.
Unos leves gemidos que provenían de la recámara me tomaron
por sorpresa. Caminé extrañado pensando que tal vez ella era quien se quejaba
por el dolor de cabeza, aunque más bien semejaban gemidos de placer, me detuve
un momento, pero pensé que no podía dejarla así. La recámara estaba abierta, no
podía ser otra cosa, me reprendí a mi mismo por pensar mal.
La escena que apareció ante mis ojos me pareció en si misma
más que repulsiva, encantadora, me quedé impávido observando, al cuadro se unían
palabras que Gloria le estaba diciendo a mi esposa.
- Mámame las tetas querida, bebe la leche de mis pechos, y
sácamela toda por que me excitan tus chupadas, mi amor.
- Gloria, estás exquisita mi vida, me llevas al cielo con tus
besos llenos de tu propia leche.
Ahí estaban Gloria y Ofelia sin darse cuenta que las
observaba, con sus cuerpos desnudos y entrelazados. Ella arriba de mi esposa con
sus pechos colgando sobre mi querida y adorable mujer que se metía con
apasionado deleite los pezones de su amada dentro de su boca para succionar el
líquido que salía de ellos, mientras que Gloria movía con maestría sus nalgas
para…
Entonces me di cuenta de que Gloria llevaba puesto un gran
pene de hule que le introducía a Ofelia dentro de su vagina, moviéndose,
sacándolo y metiéndolo repetidamente gimiendo las dos en una entrega que parecía
llevarlas al cielo. Con sus manos tomó el pene artificial y entonces ella era la
que ahora lo sacaba de dentro de su vagina, dejando metida la otra parte en
Ofelia. ¡Golosas!, tenían puesto ni más ni menos que un pene doble.
Comprendí de inmediato que el fracaso de nuestras relaciones
no había sido por mi culpa, a mi mujer la llenaban otras mujeres, su naturaleza
lésbica no le permitía sentirse mujer, al menos en los brazos de un hombre.
Mi mujer giró su cara hacia la puerta al tiempo que también
lo hacía Gloria, las dos se quedaron estáticas, no sabían que hacer ni como
proceder ante mi presencia.
- Yo, querido… tengo que explicarte que…
- No hacen falta explicaciones, Ofelia, no hacen falta…
-simulé cierta molestia que no sentía.
- Es que… -Gloria se levantó de la cama tratando de taparse,
en realidad poseía un cuerpo muy provocativo.
- Si tú quieres, en la tarde que regrese, lo platicamos,
ahora tengo que irme a mi trabajo, me esperan y solo vine por unos papeles,
pensé que aún te dolía la cabeza. –le dije a mi esposa en tono serio.
Me volví sobre mis pasos y salí de ahí, pensando en todo lo
que había presenciado. Regrese al trabajo, pero no pude concentrarme en la
junta, todo el tiempo me la pase repasando aquella escena la cual contra todo lo
repulsiva que pudiera parecer, en realidad me había dejado una grata impresión.
La mujer con la que me había casado tenía preferencia por acostarse con otras
mujeres. En vano habían sido mis esfuerzos por satisfacerla, sin embargo, yo
tampoco estaba limpio del todo. No le había revelado mi secreto, un secreto que
había pretendido olvidar y que ahora parecía bullir en mi mente, causándome un
deseo incontrolable por hablar con ella. ¡Sí!, tenía que hablar con María cuanto
antes. Antes de que fuera a arrepentirme…
- María necesito platicar contigo, ¿puedes por la tarde?
- ¡Sí, claro!, quede en verme con Jorge más tarde a eso de
las diez, ¿no te tardarías?
- No, si quieres yo llevo los cafés para no perder más
tiempo. Te veo a las 5:30, apenas salga del trabajo.
- Si entonces te espero.
Jorge era el prometido de María con el cual estaba a punto de
decidir el rumbo que tomaría su vida luego de que él le pidiera querer casarse
con ella. No podía permitir que se diera ese error, no al menos hasta que mis
sentimientos quedaran puestos sobre la mesa, así como ella había hecho con los
suyos cuando me case con Ofelia, y de los cuales preferí no hacer caso. Tenía
que hablar con ella antes de aclarar cualquier cosa con mi mujer. Y si la
indecisión me había llevado a ese momento, no todo estaba perdido.
Hable por teléfono a la casa. Ofelia no se encontraba. Hable
a su celular, me contestó Gloria.
- Antonio, necesito hablar contigo por lo de la mañana.
- No estoy molesto, Gloria, sólo que creo que Ofelia debió
decírmelo desde antes, yo la hubiera comprendido.
- Era solo un juego sin importancia, Antonio, Ofelia te
quiere mucho, no quiere que te enojes con ella. Dale la oportunidad de que te lo
explique.
- Si, Gloria, aún hay tiempo para explicaciones. Por favor
dile a mi esposa que lo platicaremos todo con calma y sin reproches ni enojos,
tú no te preocupes, pero llego como a las ocho o nueve a la casa, entonces dile
que me espere por favor.
- Sí, se lo diré, Gracias Antonio, me tranquiliza que lo
tomes así.
Saliendo del trabajo me dirigí a una cadena de super pequeña
para comprar el café que tanto nos gusta a María y a mí, pedí dos y unos
cigarros y llegué a la casa que nos habían dejado nuestros padres, durante el
camino estuve pensando tantas y tantas cosas que no sabía por donde empezaría.
Mi corazón latió apresuradamente al llegar frente a la casa.
Entré y escuche la voz de María decirme:
- En un momento salgo, me estoy cambiando.
- ¡Sí!, traje el café para ti y para mí.
María salió despampanante, llevaba los pantalones ajustados y
la blusa que me hacía volverme loco, ella conocía mis gustos. Su cabello se
mostraba aún mojado y lo secaba con la toalla que llevaba entre las manos.
- ¡Y bien!, ¿qué es aquello tan importante que te trae por
aquí?, si hace más de un mes que no nos vemos… -me dijo en tono de reclamo.
- ¡Quería verte!, no puedo dejar de pensar en ti.
- ¡Extraño que lo digas!, pensé que siempre estabas
evitándome.
- ¡Soy un tonto lo reconozco!, pero quiero que todo eso
cambie.
- ¡Ahora que me voy a casar con Jorge!, ¡no creo que cambie
algo por eso! ¡Pero bueno primero salúdame!
La proximidad del cuerpo de María junto al mío en el momento
de aquel abrazo me trajo los recuerdos de algunos meses atrás. La abracé y no
pude evitar jalarla contra mí para sentir la gloria de volver a tenerla entre
mis brazos.
- ¿Acaso estás caliente, hermano?
- ¡No María!, bueno es decir… ¡Tengo mucho de que platicar
contigo!
- ¿Y mi beso?
- ¡Claro, si seré tonto!
- ¡Así no me gustan tus besos! –la había besado en la
mejilla.
María me atrajo contra su cuerpo de nuevo y me miró
directamente a los ojos, con esa mirada que me derretía por completo.
- Antes dime ¿como está tu esposa?, ¿no se enojará si te
beso?
- Por supuesto que no lo va a saber, y de eso te quería
hablar.
Pegó sus pechos cubiertos por la sensual blusa contra mi
traje y busco mis labios.
- ¿Puedo besarte en la boca? –me dijo mirándome coquetamente.
Nuestras bocas se fundieron en interminables besos,
instintivamente mis manos buscaron sus pechos y quise descubrirlos para tenerlos
más cerca de mí, pero ella me detuvo, entonces para sorpresa mía, fue ella misma
quien se quitó la blusa acercándose a mí para quitarme el cinturón, desabotonar
mi pantalón y meter su mano dentro de mi trusa. Mi pene estaba crecido por la
excitación que ella me provocaba.
- Yo si me calenté pensando en ti, ¿crees que pueda sentarme
en tus piernas?
La agitación nos invadió de manera intempestiva, no era lo
que esperaba tener de mi hermana en ese momento, pero me imagino que al igual
que yo, el habernos conocido un poco más íntimamente nos llevaba ahora a buscar
el deleite de lo prohibido entre nosotros.
Me sentó en una de las sillas del comedor, al mismo tiempo
que me dejaba ver como ella se quitaba la ropa para quedar totalmente desnuda.
Sus pechos me habían fascinado siempre. Tenía sus pezones muy paraditos, signo
inequívoco de su gran excitación. Yo también me despojé de toda mi ropa,
instintivamente ambos sabíamos que esos momentos serían totalmente nuestros, nos
pertenecían y no los íbamos a desaprovechar.
- ¿Todavía te sigue asustando el incesto, hermanito?
- ¡Ahora menos que nunca, María, porque siempre me he
considerado tuyo!
- ¿Aún a pesar de que nunca quisiste penetrarme por tu
respeto a la mujer?
- ¡No estaba preparado, aún para eso! Recuerda que siempre me
lo pediste y…
- ¡Tuvimos que conformarnos con un amor a medias! Nunca
dejaste que mi entrega fuera total hacia ti.
- Lo hice porque pensé que era lo más correcto para los dos,
María!
- ¡Pues ahora quiero que demuestres cuanto me quieres en
verdad! Han pasado muchos meses y no he dejado de pensar en eso, ¿Ahora si me
vas a demostrar cuanto me quieres?
- ¡Sabes que te quiero y que te deseo más que a nadie en el
mundo, María!
María puso su humedecida vagina sobre mi pierna y tomó mi
pene para ponerlo en la entrada de sus carnosos genitales, los besos nos
perdían, su aroma a perfume me deleitaba. Su vagina era la de una mujer deseando
a un hombre. Ella misma se introdujo mi miembro sin dejar de besar mi boca.
- ¡Traje el café! –dije jadeando, aquello era alucinante para
los dos. La sensación de sentir que estaba penetrando a mi propia hermana era
algo que siempre había querido hacer y que por cobardía y miedo no había hecho.
- ¡Hasta que la pruebo Antonio, vaya que la tienes bien
grande y rica! ¡Vente en mí sin miedo!, ¡Lléname con tu crema!, ¡Hazlo antes de
que despierte de mi sueño!
María se colapsó viniéndose profusamente al sentir mi
eyaculación que no pude contener, había sido tan precipitada como lo fue nuestra
excitación.
- ¡Te he extrañado tanto, Antonio!, ¡Cómo me hacían falta tus
besos y todo tú! Ahora que lo hemos hecho como debe ser, me siento totalmente
tuya, ¡No me dejes jamás!
- ¡María, creo que por fin ahora comprendo que fui muy tonto
al intentar terminar con esto tan bello que sentimos el uno por el otro y quiero
remediarlo!
- ¿Cómo quieres remediarlo, amor mío, mi hermanito?
- ¡No te cases con Jorge, sería un error!
- ¿Y tú te vas a divorciar de Ofelia?
- ¡No creo que sea necesario después de lo que tengo que
contarte!
- ¿Y si no me caso, entonces que haríamos para vernos?
- Creo que Ofelia me está dando la solución al problema,
además si pensamos inteligentemente, es la mejor opción tanto para ti y como
para mí.
Le conté lo que había visto y María se mostró asombrada de la
experiencia que había tenido al ver a mi esposa con su mejor amiga. Nos tardamos
varios minutos en la plática, con ella sentada en la misma posición sobre mis
piernas, tomamos nuestro café y saboreamos un cigarrillo así, inesperadamente mi
miembro recobró su rigidez, ella lo miro y sugirió que nos fuéramos a su cama.
- ¡Ven conmigo, quiero que me poseas en mi cama para soñar
esta noche con tu recuerdo!
- ¡Te amo, María!
- ¡Y yo a ti hermano mío, mi hermanito!
Me recosté boca arriba y María me lleno la boca y el pecho
con sus besos, besos delirantes que me acercaban más a ella, miraba mi reflejo
en sus ojos y ella me sonreía, dejando que sus pechos tibios cayeran sobre mi
cara. Yo los atrapaba, tomándolos entre mis manos, pensando en que tal vez
despertaría de un momento a otro de ese sueño seductor, pero no, esta vez no
desperté, ahí estaba ella mi María, que deslizaba su boca para tomar mi pene y
lamerlo apasionadamente, lubricándolo con su saliva para llevarlo dentro de su
cálida cavidad, y así hacer partícipe a su lengua de aquel arrollador
sentimiento que nos unía.
- ¿Te gusta así, Antonio?
- ¡Me gusta lo que me haces, María!
- ¡Esperé tanto tiempo por este momento que quiero
disfrutarlo mucho, mi amor!
- ¡No sé si pueda soportar tanto, siento que puedo explotar
en cualquier momento, cariño mío!
- ¡No, no lo hagas aún! – Ya tenía mi pene dentro de ella
sintiendo los latidos de mi miembro tocando sus lubricadas paredes, el chasquido
de nuestros genitales con sus movimientos ondulatorios era alucinante, más aún
al ver su cara cerca de la mía y sus pechos tocando el mío, sus pezones estaban
hinchados de deseo.
Traté de no pensar en nada de eso, tratando de retardar el
momento culminante. Fueron cinco minutos de un sufrimiento intenso en el que mi
eyaculación fue casi inminente. María no pudo tampoco evitar el intenso orgasmo
que la estaba sacudiendo, y ante esa visión mi pene estalló en una intermitente
expulsión del semen que ya no podía contener.
- ¡Me negaste todo este placer, Antonio!, ¡Todo este tiempo
me dejaste pensando en como sería pertenecerte como mujer!
- ¡Yo también lo pensaba, María! No se como fui tan tonto en
tratar de evitarlo!
- No te pares, deja tu miembro ahí, déjame sentirlo porque
aún no se ha bajado.
En efecto, mi pene continuaba teniendo una erección no tan
sólida, aún a pesar de la eyaculación que había experimentado, lo atribuí al
intenso deseo que sentía por mi María. Para mi sorpresa este continuaba erecto y
al cabo de unos minutos adquirió mayor rigidez. María experimento varias
contracciones más que la llevaron a un tercero, cuarto y quinto orgasmo, todos
casi seguidos, yo volví a eyacular, sorprendido por la gran cantidad de semen
que me salía y que escurría por su vagina.
- ¡Voy a terminar con Jorge!, ¡No lo quiero!, ni quiero
casarme con alguien que me va a hacer infeliz por estar pensando en el hombre a
quien realmente deseo y al que quiero hacer feliz, no me importa si aún
continuas con Ofelia, creo que no puedo sentir celos por alguien que
indirectamente me ha ayudado a que lo nuestro se haya realizado finalmente.
- Además a ella no le interesa sentir a un hombre, Ofelia es
feliz con su lesbianismo, y si ella lo disfruta, entonces yo también puedo
ayudarla a continuar así.
Cuando llegué a la casa, me sorprendí de ver un par de
maletas en la sala, sentadas sobre el sillón estaban Ofelia y Gloria,
esperándome, eran cerca de las diez de la noche. Ofelia no se atrevía a mirarme,
en su lugar fue Gloria la que se levanto para decirme:
- Nos vamos Antonio, Ofelia está muy apenada contigo por lo
que pasó, es algo que es mayor que nuestras fuerzas y no podemos apagarlo aunque
quisiéramos.
- ¿Tú quieres irte, Ofelia?
- ¡Se que lo que hice está mal y debo afrontar las
consecuencias!
- Todo se hubiera solucionado tan fácil si hubiéramos sido
sinceros el uno con el otro.
- Ya es tarde para enmendarlo, Antonio.
- Ofelia va a estar un tiempo en mi casa, mientras decidimos
que hacer.
- ¡No es necesario que te vayas Ofelia!, yo te quiero y te
aceptó a ti como eres y si quieres continuar con Gloria también lo acepto, y te
lo digo sinceramente, me gusta que sean así y que no haya más secretos entre tú
y yo, además escogiste tener una novia muy guapa y eso me enorgullece.
Ofelia se quedó sorprendida de mis palabras, sus ojos se
abrieron con extrañeza, no creía en todo lo que estaba escuchando.
Continuará…